V de Viktoria

Es conocido por mucha gente (entre la que están los lectores habituales de este blog, por supuesto) que en la Segunda Guerra Mundial la letra "V" se convirtió en un popular símbolo de resistencia frente a los nazis. Lo que no todo el mundo sabe es que los propios nazis también la utilizaban en su propaganda. A menudo se ha explicado como un torpe intento de apropiarse del símbolo cuando los alemanes vieron el éxito que había alcanzado entre la población civil de los países conquistados. Supuestamente se trataba de hacer pasar las pintadas contra la ocupación por muestras espontáneas de apoyo a los ocupantes.

Eso explicaría por qué su propaganda se empeñaba en usar la "V", cuando la palabra alemana habitual para "victoria" es "sieg". Según se dice, la única forma de encajar el signo de resistencia en sus carteles fue sustituyendo "sieg" por la nada común palabra de origen latino "viktoria":


Pero esta teoría tiene un problema: la "V" fue utilizada antes por la propaganda alemana que por la aliada.

En esta fotografía se ve la Torre Eiffel decorada con una gran "V":


La foto es del verano de 1940, poco después de que los alemanes ocupasen París y medio año antes de que el locutor belga de la BBC Victor de Labeleye propusiese a sus compatriotas el uso de la "V" como símbolo de la lucha por la libertad y la unidad nacional frente al invasor. Bajo la "V" hay una pancarta con la frase "Deutschland siegt an allen fronten", es decir, "Alemania vence en todos los frentes". De la misma época es esta foto del Parlamento noruego, en Oslo:


Son solo dos ejemplos. Muchos otros edificios representativos de Alemania y de los países ocupados fueron decorados con grandes uves y pancartas con la misma consigna.

Pánico

El 10 de mayo de 1940 comenzó la ofensiva alemana en el frente occidental con un ataque masivo contra Bélgica y Holanda. Mientras las mejores divisiones aliadas se movilizaban hacia el interior de Bélgica para formar junto a los belgas una línea defensiva en el río Dyle, el Grupo de Ejércitos A de Von Rundstedt avanzó a toda velocidad hacia el oeste a través de Las Ardenas, un terreno que el mando aliado había considerado infranqueable para las unidades motorizadas. El 12 de mayo la punta de lanza de Von Rundstedt, el XIX Cuerpo Panzer del general Heinz Guderian, salió de Las Ardenas y entró en territorio francés. Allí la principal línea de defensa aliada se encontraba a lo largo del río Mosa. Los franceses se apresuraron a volar los puentes y atrincherarse en la orilla occidental. Más al norte, en Dinant (todavía en Bélgica), Erwin Rommel sería el primero en cruzar el Mosa con su 7ª División Panzer. Pero el enfrentamiento decisivo iba a tener lugar en la ciudad de Sedán, casualmente el escenario de una de las derrotas más humillantes de la historia de Francia, la rendición de Napoleón III y todo su ejército a los prusianos en septiembre de 1870.

El cruce del Mosa en el sector de Sedán iba a correr a cargo de las tres divisiones acorazadas del Grupo Panzer Guderian. La 1ª División Panzer sería la encargada de atravesar el río al norte de la ciudad, mientras que la 10ª Panzer lo haría al sur. La 2ª División Panzer se mantendría a la espera para explotar la ruptura en cuanto esta se produjese.

Enfrente esperaba la 55ª División francesa del general Lafontaine. Era una división de las catalogadas como B, integrada mayoritariamente por reservistas (al no esperar los aliados una ruptura a través de Las Ardenas, aquel sector del frente había sido asignado a unidades de segunda línea), con un entrenamiento deficiente, pero con una posición defensiva muy ventajosa. La división estaba desplegada en las alturas del Bois (bosque) de La Marfée, desde donde dominaba el Mosa, y a lo largo de la orilla izquierda contaba con una red de bunkers y emplazamientos defensivos que, aunque estaban en gran parte inacabados, servirían para entorpecer o impedir las maniobras de los alemanes en el cruce del río. Además tendrían un fuerte apoyo artillero por parte de la artillería divisional y de un buen número de baterías pesadas del X Cuerpo de Ejército francés.

Pero los franceses descuidaron la defensa en un punto fundamental: el aire. Aún no habían aprendido las lecciones de la campaña de Polonia y se vieron sorprendidos por el novedoso uso del poder aéreo que hacía la blitzkrieg alemana, concentrando centenares de aparatos en un estrecho sector del frente para apoyar la ruptura de las fuerzas de tierra. A primera hora de la mañana del 13 de mayo la Luftwaffe inició el ataque con una serie de devastadores bombardeos de sus Dornier Do 17 contra las líneas de comunicaciones y los centros de mando de la artillería. Hacia el mediodía fueron relevados por los aviones de ataque en picado Junkers Ju 87 Stuka, que se dedicaron a machacar todo tipo de objetivos en tierra, con preferencia por los bunkers y las baterías de artillería. Dorniers y Stukas se fueron turnando en su tarea de arrasar las defensas francesas, protegidos en todo momento por los cazas Bf 109 y Me 110, sin que la aviación aliada apenas hiciese acto de presencia. El bombardeo aéreo permitió a las fuerzas acorazadas alemanas desplegarse en la orilla derecha del río y prepararse para el ataque.

Pese a la eficacia de los ataques aéreos, las fuerzas francesas que defendían el río mantenían gran parte de su capacidad de combate. Por la tarde, las primeras unidades de zapadores alemanes que trataron de cruzar el Mosa en botes de goma sufrieron pérdidas pavorosas (en el sector de la 10ª Panzer solo lo consiguieron tres de los cincuenta botes de la primera oleada de asalto). Al final de la tarde algunas fuerzas de infantería de la 1ª Panzer, apoyadas por tropas de élite del regimiento Grossdeutschland, habían logrado asegurar una pequeña franja de terreno en la orilla izquierda, al norte de Sedán. Desde allí comenzaron a trabajar en el tendido de un puente de barcas que permitiese el paso de los vehículos de la división.

La batalla no había hecho más que comenzar. Y entonces ocurrió...

A última hora de la tarde, el coronel Poncelet, comandante de artillería del X Cuerpo de Ejército francés, recibió un informe del teniente coronel Dourzal, jefe del Grupo B de artillería pesada, desplegado en apoyo de la 55ª División, en el que aseguraba que habían estallado violentos combates a unos pocos cientos de metros de su puesto de mando y solicitaba permiso para retirarse. Cuando Poncelet pidió más detalles, Dourzal confirmó que estaba bajo el fuego de las ametralladoras enemigas y que en pocos minutos estaría rodeado. Es posible que estuviese exagerando para obtener la autorización y abandonar el lugar, pero que realmente creyese que su situación era crítica. Al parecer un motorista de enlace había llegado a su cuartel general avisando de que se habían visto tanques enemigos en los bosques próximos a Bulson y que era cuestión de minutos que llegasen hasta allí. Poncelet autorizó la retirada confiando en la palabra de su subordinado. Aquello provocó una reacción en cadena. Los hombres que abandonaban sus posiciones arrastraron tras de sí a todos los que se encontraban por el camino, asegurando que se había dado la orden de retirada y extendiendo rumores sobre la inminente llegada de los panzer. Aterrorizados y desmoralizados después de haber estado soportando espantosos ataques aéreos durante todo el día, no necesitaban mucho más para emprender la huida en dirección sur, lejos del río. Algunos jefes de batería tuvieron la precaución de inutilizar sus cañones antes de retirarse para evitar que pudiesen ser usados por el enemigo. Otros se limitaron a salir corriendo, abandonando todo el equipo pesado. No todos se dejaron llevar por el pánico. Hubo quien mantuvo sus posiciones, e incluso quien avanzó hacia el frente siguiendo el sentido contrario de la marea humana. Pero fueron excepciones.

En el cuartel general de la 55ª División, a unos kilómetros del pueblo de Bulson, el general Lafontaine vio aparecer por la carretera una riada de soldados aterrorizados, muchos disparando sus armas contra no se sabía quién. Según decían, los tanques enemigos habían alcanzado ya Bulson. En realidad ningún carro había cruzado todavía el Mosa, y las fuerzas alemanas en la orilla izquierda del río se reducían a algunas unidades de zapadores que a duras penas podían mantener la franja de terreno desde la que se estaba tendiendo el puente. Lafontaine intentó sin éxito que aquellos hombres entrasen en razón. Los oficiales a los que se dirigía le aseguraban que habían recibido la orden de retirarse, pero el general sabía perfectamente que él no la había dado. Finalmente decidió trasladar su puesto de mando a Chémery, ocho kilómetros al sur, para tratar de reorganizar sus fuerzas. Lo que se encontró allí fue todavía peor. Por entonces a la desbandada se habían sumado gran parte de la 55ª División y elementos de la 71ª División, desplegada en su flanco derecho: “La riada de fugitivos atraviesa el pueblo sin cesar: todas las fuerzas de la división concentradas en esta zona (unidades de combate, planas mayores regimentales, columnas de suministros, parques móviles...) se dirigen al sur, junto con rezagados; naturalmente, como por arte de magia, sus oficiales han recibido una misteriosa orden de retirada”. El general Baudet, comandante de la 71ª División, fue informado de la presencia de tanques enemigos en Bulson y decidió retrasar varios kilómetros su cuartel general para situarlo en un lugar más seguro. Aquel traslado, en el momento más crítico, le hizo perder casi completamente el contacto con sus tropas. La 71ª División se sumió en el caos, y no estaría en condiciones de oponer resistencia cuando los alemanes lanzasen el ataque auténtico al día siguiente. Por su parte, la 55ª División, en la práctica, había dejado de existir.

Los hombres de la primera línea francesa permanecieron en sus posiciones, ajenos a todo lo que ocurría detrás de ellos. Pero la infantería que defendía el Bois de La Marfée se había quedado sin apoyo artillero y sin capacidad para lanzar un contraataque. Los ingenieros alemanes continuaron trabajando en la construcción del puente sin ser molestados por la artillería enemiga. A medianoche completaron el puente, y a primera hora de la mañana del 14 de mayo los tanques de la 1ª División Panzer comenzaron a atravesarlo. Las puertas de Francia se habían abierto para los ejércitos alemanes.

El coronel Poncelet, destrozado por su responsabilidad en el desastre, se suicidó unos días más tarde.

La realidad de la guerra


Esta fotografía fue tomada por el reportero gráfico de la revista Life George Strock un día de finales de diciembre de 1942 o comienzos de enero de 1943. El lugar es la playa de Buna, en Nueva Guinea. Retrata los cuerpos de tres soldados estadounidenses anónimos semienterrados en la arena. No es una imagen excesivamente dura. En ella apenas son visibles las marcas más desagradables de la muerte: los cadáveres parecen intactos, sus heridas permanecen ocultas, ni siquiera hay manchas de sangre, y las caras no están a la vista.

Los días 15 y 22 de febrero de 1943 Life publicó sendos reportajes sobre la batalla de Buna-Gona. Incluían varias de las mejores fotografías de Strock, pero entre ellas no estaba la de los tres cuerpos en la playa. Los funcionarios de la Oficina de Censura la rechazaron siguiendo la consigna vigente desde el comienzo del conflicto: podían verse imágenes de combates y cadáveres de enemigos, pero nunca soldados estadounidenses muertos. Como mucho, cuerpos tapados con mantas o ataúdes cubiertos con la bandera nacional. La prensa gráfica, igual que la escrita, estaba obligada a dar una cobertura blanda y optimista de la guerra para evitar una posible desmoralización del público norteamericano.

Los editores de Life presionaron a las autoridades para conseguir el permiso de publicar la fotografía de Strock. Un corresponsal de la revista en Washington llamado Cal Whipple convirtió la cuestión en una cruzada personal. Presentó sus recursos a un funcionario tras otro, a un oficial tras otro, subiendo en el escalafón hasta que terminó llegando hasta la mismísima Casa Blanca. Logró convencer al director de la Oficina de Información de Guerra, Elmer Davis, con el argumento de que había que enfrentar al público estadounidense con la realidad de una guerra que estaba lejos de terminar. La sociedad tenía que ser consciente de lo que estaba en juego y del precio que había que pagar por la victoria. Davis logró que Roosevelt levantara la prohibición de publicar fotografías de soldados estadounidenses caídos en combate. Las únicas limitaciones que se mantuvieron fueron que las fotos no podrían mostrar las caras de los muertos ni las insignias de las unidades a las que pertenecían (esto último para evitar que se pudiese dar a conocer información valiosa desde el punto de vista militar).

La fotografía se publicó al fin a toda página en el número del 20 de septiembre de 1943. Por primera vez, unos meses antes de que se cumpliesen dos años de la entrada del país en la guerra, los estadounidenses veían a sus soldados muertos. El 5 de noviembre de 1943 la foto fue portada de la revista Yank, el semanario del Ejército de los Estados Unidos, como sirviendo de confirmación del cambio de criterio del gobierno y las autoridades militares, convencidos ahora de que tenía que dar una imagen más realista de la guerra para evitar que la sociedad cayese en la complacencia.

Después de la publicación, Life recibió críticas por un supuesto “sensacionalismo morboso”, aunque fueron menos de las esperadas. Se ha dicho que la fotografía de Strock tuvo una gran influencia, no está claro si positiva o negativa. Al parecer provocó un aumento de las ventas de bonos de guerra y al mismo tiempo una disminución de los alistamientos de voluntarios en las fuerzas armadas, pero dudo que se pueda determinar con claridad una relación causa-efecto entre la publicación de la foto y sus supuestas consecuencias.

Takeichi Nishi, de héroe olímpico a héroe de guerra

Takeichi Nishi nació en Tokio el 12 de julio de 1902. Era hijo de Tokujiro Nishi, un danshaku (un rango de la antigua nobleza japonesa), diplomático y antiguo miembro del Consejo Privado Imperial. Takeichi heredó el título nobiliario a la muerte de su padre, en 1912.

Siguiendo los deseos de su padre, Nishi estudió en estrictos colegios militares que seguían el modelo prusiano. En 1920 ingresó en la Academia del Ejército Imperial de Tokio. Fue compañero de clase de Masanobu Tsuji, que llegaría a ser un oficial de Estado Mayor muy influyente, además de uno de los mayores criminales de guerra japoneses. Se graduó en 1924. El primer destino del alférez Nishi fue el 1º Regimiento de Caballería de Setagaya. Fue ascendido a teniente en octubre de 1927.

El teniente Nishi era un habitual de las fiestas de la alta sociedad japonesa. Las familias más poderosas se peleaban por contar en sus actos sociales con aquel joven y apuesto aristócrata, oficial de caballería, aficionado a los coches deportivos, y con un carácter abierto, alegre y nada ceremonioso. También era un destacado jinete, y comenzó a viajar con frecuencia a Europa para representar a su país en torneos hípicos. En 1930, en Italia, se encaprichó de un hermoso caballo llamado Uranus. Cuando el Ejército rechazó su petición de adquirirlo, decidió comprarlo con su propio dinero. Con él compitió en numerosos concursos de saltos por toda Europa. En 1932 Nishi y Uranus fueron seleccionados para participar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.

Takeichi Nishi con Uranus:


Nishi hablaba inglés perfectamente y estaba acostumbrado a relacionarse con la alta sociedad. Su carácter de playboy y su exotismo de aristócrata oriental (en Estados Unidos tradujeron su título de danshaku como “barón”) sedujeron a Hollywood. Empezó a relacionarse con las estrellas del cine, y en poco tiempo se convirtió en el invitado imprescindible de cualquier fiesta que pretendiese ser glamourosa. Hizo amistad con la pareja formada por Douglas Fairbanks y Mary Pickford (la "novia de América"), y a través de ellos conoció a otras celebridades como Charles Chaplin o Will Rogers. Se decía de él que su fotografía aparecía más en las crónicas de sociedad que en las páginas deportivas de los periódicos. A pesar de todas aquellas distracciones, el 14 de agosto de 1932 Nishi y Uranus ganaron la medalla de oro en la categoría individual del Gran Premio de las Naciones, el concurso hípico de saltos de los Juegos Olímpicos. El barón Nishi, como se le conocía, contó con el apoyo incondicional del público angelino, que durante la competición le animó como si fuese uno de los suyos. Su popularidad le convirtió en un héroe para la numerosa comunidad japonesa de California.

Nishi durante la competición olímpica:


A su regreso de Los Ángeles, Nishi fue destinado a un regimiento de caballería con base en una pequeña ciudad de la prefectura de Chiba, cerca de Tokio. En agosto de 1933, ya con el rango de capitán, obtuvo una plaza de instructor en la escuela de caballería del Ejército Imperial. En los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 volvió a participar con Uranus, pero una caída durante la competición le impidió luchar por las medallas. En marzo de 1939 fue ascendido a comandante y destinado al departamento encargado de la compra de caballos para el Ejército.

Durante esos años el Ejército Imperial completó la modernización de sus últimas unidades de caballería sustituyendo los caballos por blindados ligeros. En agosto de 1943 Nishi fue ascendido a teniente coronel y recibió el mando del 26º Regimiento de Tanques, una unidad del Ejército Kwantung con base en Mudanjiang, en el norte de Manchuria. Antes de partir dejó a Uranus en las cuadras del Ejército de Setagaya, en las afueras de Tokio. Siempre que viajaba a la capital, Nishi iba a visitar a su caballo para comprobar que recibía los cuidados adecuados.

En julio de 1944 el 26º Regimiento de Tanques recibió la orden de dirigirse a Corea para embarcar allí con destino a una insignificante isla del archipiélago de las Vulcano que pocos meses después se haría mundialmente famosa: Iwo Jima. Era un pedazo de tierra de poco más de 20 Km², yermo, inhóspito y maloliente (esto último debido a las emanaciones de vapores sulfurosos). Pero su situación, a medio camino entre Japón y las bases aéreas de las Marianas, la había convertido en un objetivo de vital importancia estratégica. El Estado Mayor Imperial sabía que los estadounidenses iban a tratar de conquistar la isla para utilizarla como base de apoyo a sus bombarderos. El regimiento del teniente coronel Nishi fue una de las unidades elegidas para reforzar su defensa.

El 18 de julio de 1944 el buque Nisshu Maru, que transportaba a Iwo Jima al 26º Regimiento, fue torpedeado y hundido por el submarino estadounidense Cobia. Aunque apenas hubo bajas, todos los vehículos del regimiento se perdieron en el naufragio. Nishi se trasladó a Japón para solicitar nuevos tanques. Tan solo pudo conseguir veintidós, todos ellos blindados medios del Tipo 97 Chi-Ha y ligeros del Tipo 95 Ha-Go, muy inferiores a los M4 Sherman estadounidenses con los que iban a tener que enfrentarse (el Tipo 95 ya estaba considerado obsoleto al comienzo de la guerra).

En Iwo Jima Nishi y su 26º Regimiento de Tanques quedaron bajo el mando del general Tadamichi Kuribayashi, comandante supremo de las fuerzas japonesas en la isla. Kuribayashi preparó a sus hombres para enfrentarse al desembarco estadounidense ideando un complejo sistema de túneles, cuevas y bunkers excavados en el terreno volcánico unidos en una gigantesca red defensiva que cubría toda la isla. Kuribayashi y Nishi tenían personalidades opuestas, y desde el primer momento la relación entre ambos fue tensa. A diferencia del general, Nishi era un comandante poco estricto y bastante permisivo con la disciplina de los soldados bajo su mando. Él mismo rompía la uniformidad calzando unas elegantes botas de montar de fabricación francesa. Pero eso no le impidió demostrar una gran eficacia desplegando a sus hombres y preparándolos para la batalla. El terreno de Iwo Jima hacía casi imposible el movimiento de vehículos, incluso de los provistos de orugas, por lo que muchos de los tanques de Nishi fueron utilizados como emplazamientos fijos de artillería, enterrándolos hasta las torretas en la ceniza volcánica.

Tras tres días de intenso bombardeo naval y aéreo, los marines desembarcaron en Iwo Jima el 19 de febrero de 1945. En cuanto empezó la batalla el cuartel general del 26º Regimiento se trasladó al este de la isla, lejos de los primeros objetivos enemigos, el monte Suribachi y los aeródromos de la región central. Los norteamericanos, que sabían que Nishi era uno de los comandantes de las fuerzas japonesas, le hacían todos los días llamamientos con altavoces solicitando su rendición, para evitar, decían, que el mundo tuviese que llorar la muerte de un héroe olímpico. Como era de esperar, Nishi nunca respondió a aquellos mensajes.

El 7 de marzo el 2º Batallón del 9º Regimiento de Marines se encontró con un durísimo núcleo de resistencia japonesa en el este de la isla. Fue bautizado como “la Bolsa de Cushman", por el nombre del coronel estadounidense que mandaba el batallón. Durante diez días se libró allí uno de los combates más encarnizados de toda la batalla. Los marines no lo sabían, pero estaban enfrentándose a lo que quedaba del 26º Regimiento de Tanques, desplegado en torno al cuartel general del barón Nishi. Los tanquistas mantuvieron una resistencia suicida obligando a los estadounidenses a pagar un enorme coste en vidas humanas por cada metro de terreno conquistado. Se cree que Nishi fue herido y quedó parcialmente cegado durante el combate.

La Bolsa de Cushman cedió el 16 de marzo. No hubo supervivientes entre los hombres del estado mayor del 26º Regimiento, por lo que es imposible saber cuál fue el destino final del barón Nishi. Hay varias teorías sobre su muerte. Unos dicen que la mañana del 21 de marzo fue alcanzado por el fuego de una ametralladora estadounidense cuando trataba de llegar a su cuartel general. Según otros, murió abrasado por un lanzallamas el 22 de marzo. Hay quien cree que se suicidó junto a su ayudante cuando se vieron acorralados. Por último, también se ha dicho que cayó dirigiendo a los últimos supervivientes en un asalto banzai final. Lo único seguro es que Nishi no salió vivo de la isla. Su cuerpo nunca fue encontrado. Tenía 42 años.

Takeichi Nishi fue ascendido póstumamente al rango de coronel. Solo una semana después de su muerte, su caballo Uranus falleció en Setagaya.

En la película Letters from Iwo Jima (2006) el personaje de Takeichi Nishi fue interpretado por el actor Tsuyoshi Ihara:

Helene Mayer, la judía que confió en Hitler

Antes de los Juegos Olímpicos de Berlín hubo una fuerte campaña internacional para promover un boicot como protesta por las leyes racistas del gobierno nazi. En Estados Unidos, el Sindicato Atlético Amateur presionaba al Comité Olímpico de su país pidiendo que no respondiese a la invitación hecha por Alemania para participar en los Juegos a menos que el gobierno de Hitler garantizase la no discriminación de los deportistas judíos. Otros países amenazaron también con el boicot por el temor (más que fundado) de que sirviese de escaparate propagandístico para el régimen nazi, pero era evidente que la clave estaba en Estados Unidos. La decisión del Comité Olímpico Estadounidense arrastraría a los demás tanto en un sentido como en otro.

Para tranquilizar a los partidarios del boicot, uno de los miembros estadounidenses del COI, el general Charles Sherryll, propuso la inclusión de la esgrimista judía Helene Mayer en el equipo olímpico alemán como gesto que demostrase la sinceridad de las autoridades nazis. Con la mediación de Sherryll, el Comité Olímpico de Alemania se puso en contacto con Mayer, que residía en Estados Unidos, para saber si estaría dispuesta a representar al Reich en los Juegos. Aceptó encantada. En Estados Unidos muchos la criticaron por no apoyar el boicot, pero ella sentía que no podía negarse a participar en la competición deportiva más importante que se había celebrado nunca en su país. Junto a ella, otros veinte deportistas judíos fueron invitados a competir en las pruebas de selección. Se les permitió regresar a su país (en el caso de los exiliados) y reintegrarse en los clubes deportivos de los que habían sido expulsados.

Los gestos del gobierno de Hitler consiguieron su objetivo. Con el inestimable apoyo de los principales dirigentes de los comités olímpicos internacional y estadounidense, que buscaban por encima de todo asegurar la celebración de los Juegos, los nazis convencieron al mundo de que en Berlín no iba a haber ningún tipo de discriminación hacia los judíos. En cuanto se disipó la amenaza de boicot, las autoridades alemanas volvieron a deshacerse de los deportistas judíos excluyéndolos de sus equipos. De los veintiún preseleccionados solo mantuvieron a una: Helene Mayer. Tenía a su favor su popularidad en Estados Unidos, su patriotismo a toda prueba y su carácter nada reivindicativo. Y además, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria. Por todo ello Helene Mayer fue la única judía entre los cuatrocientos setenta deportistas que integraron el equipo olímpico alemán en los Juegos de Berlín (en realidad Mayer solo era de padre judío, pero para los nazis aquello no suponía una gran diferencia).

Helene Mayer tenía 25 años y era hija de un médico de Offenbach del Meno, en Hesse. Los de Berlín iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos. En Amsterdam 1928, con solo 17 años, había ganado la medalla de oro en la especialidad de florete. Para entonces ya se había impuesto en cuatro campeonatos de Alemania consecutivos (el primero con tan solo 13 años) con el club de Esgrima de Offenbach. Antes de sus segundos Juegos ganaría otros tres campeonatos nacionales más y los mundiales de 1929 y 1931. En Los Ángeles 1932 acabó en un discreto (para su palmarés) quinto puesto. Pero su participación en aquellos juegos le valió una beca deportiva de la Universidad del Sur de California. Mayer se fue a estudiar a Estados Unidos coincidiendo prácticamente con la llegada de los nazis al poder en Alemania. La entrada en vigor de las leyes de Nuremberg en 1935 le supuso la pérdida de su ciudadanía y de gran parte de sus derechos civiles. Entre otras cosas, fue expulsada del Club de Esgrima de Offenbach, al que tantos triunfos había dado. Pero a pesar de todas las ofensas e injusticias que tuvo que sufrir, ella nunca quiso renunciar a su país.

En Berlín, Helene Mayer ganó la medalla de plata en la competición de florete. Fue derrotada por otra judía, la húngara Ilona Schacherer-Elek. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la vencedora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, Mayer sorprendió a todo el mundo haciendo el saludo nazi.


Más tarde Mayer conoció a Hitler en una recepción celebrada en la Cancillería del Reich. El Führer la alabó afirmando que era "la mejor y más limpia deportista del mundo".

Después de los juegos, Mayer regresó a Estados Unidos pensando que cuando quisiese volver a su país encontraría las puertas abiertas. Se equivocaba. El gobierno de Hitler se desdijo de sus halagos y promesas y le retiró nuevamente la ciudadanía. La prensa alemana ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez en 1937) y sus compatriotas no tardaron en olvidarse de ella. Mayer no perdía la esperanza de poder regresar a Alemania, pero unos años más tarde, al estallar la guerra, su sueño se volvió imposible. Se estableció en San Francisco y continuó con su impresionante carrera deportiva, ganando todo lo que podía ganar en aquellos años (que no era mucho, con los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos cancelados por la guerra). Venció en los campeonatos estadounidenses ocho veces, la última en 1946. Por entonces ya había obtenido la nacionalidad estadounidense y compaginaba la esgrima con un trabajo de profesora de ciencias políticas en la Universidad de California.

En 1952 Helene Mayer regresó a Alemania. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y quiso pasar sus últimos meses de vida en su tierra natal. Allí se casó con un antiguo novio de juventud, el ingeniero aeronáutico Erwin Falkner von Sonnenburg. Murió en Munich en octubre de 1953, con solo 42 años.