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El plan italoespañol para bombardear Gibraltar

A comienzos de junio de 1940, pocos días antes de la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, el ministro de Exteriores italiano Galeazzo Ciano escribió una carta al ministro de Gobernación español, Ramón Serrano Suñer, en la que explícitamente le solicitaba permiso para que bombarderos italianos repostasen en bases aéreas españolas ”al regreso de una importante acción de guerra”. En su respuesta, Serrano ofrecía la colaboración española “no sólo por una vez, sino por todas las que ustedes quieran”. El entusiasmo de Serrano contrastaba con la desconfianza con la que el ministro de Exteriores, Juan Beigbeder, veía las maniobras italianas para empujar a España hacia la beligerancia plena. Pero Ciano sabía a quién dirigirse. Había conocido a Serrano un año antes, durante un viaje oficial del ministro español a Italia, y ambos (Cuñadísimo y “yernísimo”) habían congeniado. Serrano le hizo algunas confidencias sorprendentes, como que ambicionaba el cargo de ministro de Exteriores (que por entonces ocupaba Jordana, un monárquico anglófilo), sugiriendo que Mussolini podría interceder ante Franco a su favor. Se mostró incondicionalmente pro-Eje y muy hostil hacia Gran Bretaña y Francia. Ciano se quedó impresionado por su energía y su elocuencia. Tanto él como Mussolini le consideraban ”el puntal más firme del Eje en el régimen de Franco”.

Lo que en principio iba a ser un simple permiso a una fuerza de bombardeo para repostar en el vuelo de regreso a Italia (en el mensaje original no se especificaba, pero era evidente que el objetivo iba a ser Gibraltar), en algún momento se convirtió en un plan para bombardear la colonia británica partiendo desde bases españolas. Aquello era un acto de guerra que, de descubrirse, pondría en grave peligro la recién declarada no beligerancia española. Puenteando al ministro de Exteriores, Serrano consiguió de Franco el permiso para iniciar los preparativos necesarios. El ministro del Aire era el general Juan Yagüe, falangista convencido, probablemente el único en el gobierno de Franco que podía competir con Serrano en lo que a pasión por el Eje se refiere. Yagüe era un abierto admirador del régimen nazi cuyo sueño era construir una Fuerza Aérea Española a imagen y semejanza de la Luftwaffe. Así que el ministro no tuvo ningún problema en aceptar la tarea de iniciar, con la mayor discreción, la colaboración con los italianos.

Un alto mando de la Regia Aeronautica, el general Ruggero Bonomi (que conocía España por haber participado en la Guerra Civil con la Aviazione Legionaria), viajó a Madrid para concretar los detalles del plan. Aunque no está claro qué reuniones mantuvo ni con quién, el hecho es que Bonomi consiguió el visto bueno de las autoridades españolas. El 29 de junio el comandante de la base aérea de El Carmolí, en Murcia, recibió la orden de preparar el aeródromo con el máximo secreto para la llegada inminente de dos escuadrillas de bombarderos italianos. La tarde del domingo 30 de junio aterrizaron en El Carmolí diez Savoia-Marchetti S.M.79 de las escuadrillas 204ª y 205ª del 41º Grupo de Bombardeo Terrestre, con base en Ciampino Norte, cerca de Roma. Al mando de la fuerza de ataque estaba el comandante Ettore Muti, que además de oficial de la Regia Aeronautica era el secretario del Partido Nacional Fascista (lo que indica la importancia política que el gobierno de Mussolini daba a la operación).

El comandante Ettore Muti, veterano de la Aviazione Legionaria, amigo personal de Galeazzo Ciano y alto cargo del partido fascista, fue el elegido para dirigir la misión:


Pero la llegada de los aviones italianos se produjo en el momento más inoportuno. Franco acababa de destituir al general Yagüe como ministro del Aire. La excusa oficial fue que Yagüe había hecho unos comentarios muy poco diplomáticos al embajador del Reino Unido, Samuel Hoare. El general le había espetado que Inglaterra estaba acabada y que merecía su derrota, provocando la indignación del gobierno británico. En realidad sus palabras no eran muy distintas a las que el propio Franco había dirigido a Hoare unos pocos días antes: “¿Por qué no acaban la guerra ahora? Nunca vencerán. Todo lo que sucederá, si se permite que la guerra continúe, es la destrucción de la civilización europea”. Aunque los motivos reales del cese de Yagüe aún no están del todo claros, parece ser que a Franco le llegaron informaciones sobre la participación del ministro en una conspiración militar que pretendía derrocarle. Yagüe llevaba tiempo criticando abiertamente a Franco y apoyando las posturas del falangismo más radical. Tras el cese fue confinado durante unos meses en su pueblo natal de San Leonardo, en Soria (más tarde renombrado San Leonardo de Yagüe en su honor).

Aunque la destitución de Yagüe no tenía ninguna relación directa con la misión de bombardeo a Gibraltar, acabó suponiendo su cancelación. Todo se había preparado al margen de los mandos locales y de la Región Aérea de Levante, que no tenían ningún conocimiento de la operación. Todas las órdenes venían directamente de Madrid. Pero Franco no había nombrado sucesor, por lo que en esos momentos no había nadie al frente del Ministerio del Aire español. El personal del aeródromo de El Carmolí esperaba la orden para proceder al repostaje y permitir el despegue de los bombarderos italianos. Aquella orden nunca llegó. Al parecer Ettore Muti voló a Madrid en un avión pilotado por un teniente español para tratar de conseguir la autorización, pero fue inútil. El jefe del Estado Mayor del Aire, prudentemente, se negó a dar la asistencia prometida a los italianos.

Finalmente se permitió a los bombarderos repostar para regresar a Italia. Se hizo de forma escalonada, en los dos días siguientes, en grupos de tres o cuatro aviones, para impedir que continuasen con su misión de bombardeo a pesar de la prohibición española.

El gobierno de Mussolini no volvió a comprometer la neutralidad española solicitando a Franco su colaboración directa para un raid contra Gibraltar. Aun así, el sucesor de Yagüe en el Ministerio del Aire, el general Juan Vigón, continuó dando facilidades a la Regia Aeronautica. Durante la guerra la aviación italiana bombardeó Gibraltar hasta en quince ocasiones. Fueron casi todas incursiones realizadas por pocos aparatos (a veces uno solo), que partían generalmente desde bases aéreas en Cerdeña. Siempre llegaban a su objetivo sobrevolando territorio español, sin que las autoridades españolas hiciesen nada por impedirlo ni presentasen la más mínima protesta. Al contrario, era habitual que en el vuelo de regreso los bombarderos italianos hiciesen escala en aeródromos españoles para repostar o efectuar reparaciones. La convención de La Haya obligaba a los países neutrales a internar aparatos y tripulantes hasta el final del conflicto cuando éstos hubiesen llegado a su territorio después de participar en una acción de guerra. Pero eso no se cumplía en el caso de los italianos, a los que se les permitía seguir su camino tras darles la asistencia que solicitaban.

La situación cambió a partir del 20 de octubre de 1942. Esa noche un bombardero italiano que participaba en una misión contra Gibraltar lanzó por error tres bombas sobre La Línea de la Concepción, causando dos muertos y doce heridos. Jordana, que había regresado al Ministerio de Exteriores sustituyendo a Serrano Suñer, vio la oportunidad de utilizar el incidente para reforzar la política de neutralidad española y consiguió el compromiso de Vigón de no permitir violaciones del espacio aéreo español por parte de la aviación italiana. Aun así, hubo otros dos ataques más, ya muy tardíos (junio de 1943 y junio de 1944, este último a cargo de aviones de la República de Saló) en los que los bombarderos sobrevolaron territorio español durante cientos de kilómetros sin ser molestados.

Bill Wyatt, el fugitivo bendecido por el Papa

Charles “Bill” Wyatt era un joven contable empleado en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros, el organismo público encargado de proteger los intereses de los titulares de bonos en libras esterlinas emitidos en el Reino Unido en nombre de otros estados. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial dejó su trabajo y se alistó en el Ejército. En 1941 fue destinado al 10º de Húsares, un histórico regimiento de caballería que había cambiado los caballos por carros de combate. Con el rango de alférez, se convirtió en comandante de un Crusader, el más famoso de los tanques de crucero británicos (así se denominaba a los carros ligeros de caballería, cuyo punto fuerte era la velocidad, en detrimento de otros aspectos como el armamento o el blindaje). El regimiento estaba integrado en la 2ª Brigada Blindada, que en diciembre de 1941 participó en la contraofensiva que obligó a las fuerzas del Eje a retirarse de Egipto y regresar a Libia.

El 23 de enero de 1942, en Saunnu, al sur de la ciudad libia de Bengasi, el escuadrón de Wyatt fue sorprendido por un ataque de tanques y cañones anticarro. Su Crusader fue alcanzado por un proyectil anticarro y comenzó a arder. Wyatt vio que el artillero estaba muerto y que el operador de radio había sido herido en el vientre. Le arrastró fuera del tanque para ponerle a salvo. A continuación regresó a por el conductor, que estaba también herido y se había quedado atrapado dentro del vehículo en llamas. Ignorando el fuego de las ametralladoras enemigas, se encaramó a la torreta, logró abrir la escotilla y sacó a su compañero del interior. Por aquella acción le fue otorgada la Military Cross, la tercera condecoración británica en importancia.

A finales de mayo de 1942 el Afrika Korps inició una poderosa ofensiva en el área de Gazala con un ataque por el flanco sur que sorprendió a las líneas británicas. El 27 de mayo la 2ª Brigada Blindada, que defendía aquel sector del frente, fue arrollada por las unidades acorazadas alemanas. Al día siguiente el escuadrón de Wyatt recibió la orden de lanzar un contraataque a la desesperada, con tan mala suerte que los Crusaders se metieron de lleno en un campo de minas y acabaron atrapados y bajo el fuego de los cañones anticarro enemigos. Wyatt y su tripulación se vieron obligados a rendirse a los alemanes cuando su tanque recibió un impacto y quedó inmovilizado en tierra de nadie. Al día siguiente fueron entregados a los italianos, y poco después embarcaron junto con otros cientos de prisioneros en un buque que les iba a llevar a Italia.

El primer destino de Wyatt fue un campo de prisioneros situado a unos kilómetros de Bari, en el sur de la península italiana. Pero durante su cautiverio cambió tantas veces de prisión que prácticamente acabó recorriéndose todo el país. Primero le trasladaron a un campo en Chieti, en la costa del Adriático, y más tarde a otro situado en Fontanellato, cerca de Parma, en el norte. El día que se hizo pública la firma del armisticio italiano, el 8 de septiembre de 1943, se encontraba una vez más en tránsito hacia un nuevo campo. Wyatt vio entonces la oportunidad de fugarse, aprovechando la indiferencia de los soldados que le custodiaban. Un amable oficial italiano se ofreció a ayudarle y a llevarle hasta Roma. Allí se puso en contacto con un viejo amigo italiano de su padre, que le buscó escondite en un seminario católico dirigido por sacerdotes irlandeses.

Los alemanes habían ocupado Roma, y miles de fugitivos (judíos, antifascistas, prisioneros fugados...) estaban atrapados en la ciudad, buscando desesperadamente dónde ocultarse. Muchos de ellos encontraron refugio en conventos y colegios eclesiásticos. Wyatt fue de los más afortunados. En lugar tener que de encerrarse en un sótano o una buhardilla, a él le bastó con esconderse bajo una sotana. Wyatt suplantó la identidad de un joven sacerdote irlandés que había muerto el año anterior. Cambió la fotografía del pasaporte por una suya y se convirtió oficialmente en “el padre Fox”. En enero de 1944 el papa Pío XII visitó el seminario y le dio la bendición, sin saber que se estaba dirigiendo a un falso sacerdote.

Cuando llegaron rumores de que iba a haber una redada en el seminario, Wyatt se dirigió al Vaticano. Atravesó las puertas utilizando su falso pasaporte irlandés y buscó la ayuda del embajador británico ante la Santa Sede. Éste le buscó refugio en un segundo seminario. Allí estuvo escondido casi seis meses junto a otros fugitivos. Por fin, en junio de 1944 los alemanes se retiraron y las tropas estadounidenses entraron en Roma. Más de dos años y medio después de haber embarcado con el 10º de Húsares con destino a Egipto, Wyatt regresó a Gran Bretaña.

No tardó mucho en volver a embarcar. En septiembre de 1944 fue destinado como oficial de enlace a la 29ª Brigada Blindada, por entonces acampada en las proximidades de Amberes. Con su nueva unidad (que estaba al mando de su antiguo comandante en Egipto, el general Roscoe Harvey), Wyatt cruzó el Rin y participó en la ofensiva definitiva hacia el corazón del Reich. Terminó la guerra en Lübeck, a orillas del Báltico.

Bill Wyatt se licenció en diciembre de 1945 con el rango de capitán. Después de la guerra volvió a su trabajo en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros. Fue nombrado secretario de este organismo en 1952, director general en 1966, y, finalmente, presidente en 1978, cargo que ocupó hasta que el Consejo desapareció absorbido por el Banco de Inglaterra. Murió el 21 de agosto de 2014, con 101 años.

La fuga de los generales

En la primavera de 1941 la llegada de Rommel y su Afrika Korps en auxilio de los italianos supuso un vuelco en la situación militar en el norte de África. Las tropas del Eje recuperaron la iniciativa y en cuestión de semanas lograron expulsar a los británicos de Libia. En su veloz avance hacia la frontera egipcia, los italoalemanes embolsaron y capturaron a decenas de miles de soldados de la Commonwealth, entre los cuales se encontraban un buen número de generales y oficiales de Estado Mayor.

La mayor parte de los prisioneros de guerra británicos eran enviados a la Italia continental. Tras pasar por un campamento de tránsito en Capua, eran trasladados a distintos campos repartidos por todo el país. Los generales fueron a parar inicialmente a Villa Orsini (conocido de manera oficial como “Campo de Concentración de Prisioneros de Guerra 78”, o, abreviadamente, PG-78), un gran campo, con capacidad para miles de prisioneros, situado en la región de los Abruzos, en el centro de la península italiana. En el verano de 1941 un grupo escogido de aquellos oficiales fue trasladado al PG-12, una fortaleza especialmente acondicionada para albergar a prisioneros del más alto rango.

El castillo de Vincigliata era una antigua fortaleza medieval que se alzaba sobre una pequeña colina a unos kilómetros de Florencia. A mediados del siglo XIX, cuando no era más que un montón de ruinas, fue adquirido por un acaudalado británico llamado John Temple-Leader, quien, siguiendo la moda de la época (la pasión romántica por lo medieval), lo mandó reconstruir en un estilo neogótico. Casi un siglo más tarde, cuando estalló la guerra, el castillo fue requisado por el gobierno italiano y transformado en el Campo de Prisioneros de Guerra 12. Se podría considerar una prisión de lujo, con comodidades impensables en otros centros de internamiento. Un informe de la Cruz Roja de principios de 1943 lo describía “...como una casa de campo”, ya que los prisioneros podían pasar la mayor parte de su tiempo en el jardín. Nunca llegó a albergar a más de veinticinco prisioneros, de los cuales menos de una decena eran generales. El resto eran sus asistentes personales y algunos oficiales de menor rango o suboficiales que se ocupaban de distintos servicios dentro de la prisión (médico, cocineros, capellán...).

El castillo de Vincigliata, en la actualidad un bonito lugar para celebrar eventos de gala en plena campiña toscana:


Entre los “huéspedes” más ilustres de Vincigliata se encontraban nada menos que tres tenientes generales:

- El teniente general Sir Philip Neame, comandante en jefe y gobernador militar de Cirenaica. Fue capturado junto al teniente general Richard O'Connor y al teniente coronel John Combe el 6 de abril de 1941, cuando el vehículo en el que se dirigían a su nuevo cuartel general se topó con una patrulla de reconocimiento alemana. Era un hombre con muchas habilidades. Había servido en una compañía de los Royal Engenieers durante la Gran Guerra. Allí su gran aportación había sido el diseño de una granada de mano artesanal con latas de mermelada, pólvora y tornillos que los zapadores construyeron por centenares. Excelente tirador, en 1924 había ganado una medalla de oro en tiro en los Juegos Olímpicos de París. Además, durante su cautiverio descubrió que tenía un talento oculto para el bordado.

- El teniente general Sir Richard Nugent O'Connor, nacido en 1889 en Srinagar, Cachemira, hijo de un oficial del Ejército Británico en la India. Como comandante de la Fuerza del Desierto Occidental, se destacó en 1940 dirigiendo a las tropas británicas que, en gran inferioridad numérica, lograron expulsar a los italianos de Egipto y contraatacaron con éxito ocupando toda Cirenaica. En abril de 1941, cuando comenzó la imparable ofensiva de Rommel en Libia, O'Connor acudió desde El Cairo para conocer de primera mano la situación. Fue capturado junto al general Neame cuando se dirigían al nuevo cuartel general de este último.

- El mariscal del aire (el equivalente a teniente general en la RAF) Owen Tudor Boyd, que había sido en su juventud pionero de la aviación y veterano del Flying Air Corps. En diciembre de 1940 tras ser nombrado vicecomandante de las fuerzas aéreas británicas en Oriente Medio, subió como pasajero a un bombardero Wellington que le llevaría a Egipto vía Malta para tomar posesión de su mando. Sobrevolando el Mediterráneo central, el avión fue interceptado por un grupo de cazas italianos y obligado a tomar tierra en Sicilia. El mariscal fue hecho prisionero junto a su asistente, el capitán Leeming.

Otro prisionero destacado fue el pintoresco general de división Sir Adrian Carton de Wiart, descendiente de una de las familias más importantes de la aristocracia belga. Durante la Primera Guerra Mundial había sido herido en ocho ocasiones, perdiendo un ojo, una oreja y una mano (se decía que él mismo se arrancó los dedos a bocados cuando el médico que le atendía se negó a amputarlos). Churchill le puso al mando de la misión militar británica en Yugoslavia cuando el país trataba de resistir las presiones alemanas para unirse al Eje. En ruta a su nuevo destino, en abril de 1941, el bombardero Wellington en el que viajaba se estrelló en el mar frente a la costa norteafricana y el general fue capturado. Fue uno de los más activos en sus intentos de fuga.

Otros dos generales llegaron en el verano de 1941 al castillo de Vincigliata. Ambos habían sido capturados en Mechili, cuando el grueso del XIII Cuerpo de Ejército británico se rindió a Rommel. Se trataba del general de división Michael Gambier-Parry, oficial al mando de la 2ª División Blindada, y del general de brigada Edward Drummond Vaughan, comandante de la 3ª Brigada Motorizada India. Más tarde se les uniría el general de brigada Edward Todhunter, capturado también en Mechili. Durante su cautiverio, “Ted” Todhunter se convirtió en el bibliotecario de la prisión y en el encargado del “servicio de noticias”, recogiendo informaciones de la prensa italiana y traduciéndolas al inglés para sus compañeros.

En Mechili también cayó prisionero el coronel George Younghusband, comandante de la 7ª Brigada Blindada. Hasta que fue trasladado a otro campo, en abril de 1943, él y el teniente coronel John Frederick Boyce Combe, oficial de estado mayor capturado junto a los generales O'Connor y Neame, fueron los encargados de trabajar una huerta y de criar unas gallinas, permitiendo a los prisioneros disfrutar de una gran variedad de alimentos frescos.

En esta fotografía se puede ver al teniente coronel Combe (sonriente, a la izquierda de la imagen) acompañado del general de división Gambier-Parry (a la derecha, con el cigarrillo en la boca) y del teniente general Neame (en el centro); tras este último asoma la cabeza del teniente general O'Connor; la fotografía fue tomada después de su captura, en algún aeródromo del Eje (como se puede adivinar por el JU-52 alemán que se ve detrás de ellos):


En marzo de 1942 llegaron a Vincigliata dos generales neozelandeses. Casualmente ambos eran veteranos de la Gran Guerra, concretamente de la campaña de Gallípoli, donde los dos habían sido heridos de gravedad. El general de brigada Reginald Miles (“Reggie”), comandante del 6º Regimiento de Artillería de Campaña, fue capturado por el Afrika Korps en diciembre de 1941 con heridas por metralla en la espalda. El general de brigada (y exdiputado del Parlamento neozelandés) James Hargest, al mando de la 5ª Brigada de Infantería, fue hecho prisionero en noviembre de 1941 en la defensa de Tobruk. Ambos se adaptaron sin problemas a la rutina de la prisión, aficionándose a la jardinería. Con ellos llegó el general de brigada Douglas Arnold Stirling (“Pip”), comandante del 11º de Húsares, capturado una noche de noviembre de 1941 en el desierto por una patrulla de reconocimiento alemana. Se convirtió en el encargado de la cocina del castillo. En una ocasión fue enviado a Roma para ser juzgado por haber escrito en una tarjeta postal que los italianos eran unos ”bastards”. Mostrando unas grandes dotes para la retórica, prácticamente convenció al tribunal de que en inglés aquella era una expresión cariñosa. Por suerte para él, fue llevado de vuelta a Vincigliata y no volvió a saber nada más del asunto.

Algunos de los asistentes personales de los oficiales de más alto rango les acompañaron en su cautiverio. El flight lieutenant (el rango equivalente a capitán en la RAF) John Fishwick Leeming era el ayudante de campo del mariscal Boyd y fue capturado junto a él. Demostró una gran astucia fingiendo un caso agudo de depresión nerviosa y consiguiendo que una junta médica internacional le propusiese para su repatriación. Así pudo regresar a Gran Bretaña en abril de 1943. También estuvo cautivo en Vincigliata el asistente del general Neame, un joven alférez llamado Dan Ranfurly. Dicho así no parece tener nada de particular. La cosa cambia si aclaro que se trataba de Lord Thomas Daniel Knox, sexto conde de Ranfurly, un destacado miembro de la más rancia aristocracia británica (aunque en realidad el condado está en Irlanda). Después de la guerra llegaría a ser gobernador de las Bahamas.

Respondiendo a una solicitud de los prisioneros, que pedían que les fuese asignado un médico británico, fue trasladado a Vincigliata el capitán Ernest E. Vaughan, del Cuerpo Médico del Ejército de la India, capturado en Tobruk.

En cuanto a los suboficiales que se encargaban de las tareas rutinarias de la prisión, a pesar de que varios de ellos colaboraron muy activamente en los planes de fuga, hay mucha menos información (no podía ser de otro modo, aún hay clases). Por citar a algunos, estaban el sargento de la RAF Ronald Bain, un electricista irlandés encargado de las labores de mantenimiento del edificio, el también sargento de la RAF H.J. Baxter, ayudante de cocina, y el marinero Cunningham, que había llegado al castillo para ejercer como barbero.

En Vincigliata los británicos disfrutaban de comodidades impensables en cualquier otro campo de prisioneros. La disciplina era relajada y el trato de los guardianes era en general correcto y amistoso. A pesar de ello, desde el primer momento los prisioneros comenzaron a idear planes de huida. No tardaron en organizar un “Comité de Fugas”, dirigido por el teniente general O'Connor. Contaban además con una importante ayuda del exterior, la que les proporcionaba el MI9, el departamento de los servicios secretos británicos encargado de apoyar a los prisioneros de guerra en sus intentos de fuga. Gracias al MI9 podían contar con valiosos objetos, como mapas, brújulas o dinero italiano, que recibían ocultos en los paquetes de la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias. Además los prisioneros se mantenían en comunicación continua con Inglaterra a través de mensajes en clave transmitidos por medio del correo ordinario.

El primer intento serio de fuga lo protagonizó el teniente general O'Connor, que se descolgó de los muros del castillo con una cuerda hecha con telas que había confeccionado Cunningham, el barbero. El general fue capturado inmediatamente y castigado con un mes en régimen de aislamiento.

La mayor esperanza de los prisioneros era encontrar algún pasadizo oculto que les condujese al exterior. Les parecía más que probable que aquellos pasajes subterráneos existiesen, teniendo en cuenta que estaban en un auténtico castillo medieval. Pero nunca dieron con ninguno, de lo que acabaron culpando a su compatriota Temple-Leader, quien supuestamente los habría sellado cuando restauró la fortaleza un siglo antes. Lejos de desanimarse, tomaron la decisión de comenzar ellos mismos la construcción de su propio pasadizo. A mediados de septiembre de 1942 empezaron a excavar un túnel, que, partiendo de la capilla de la fortaleza, tendría que llevarles más allá de las murallas. El teniente general Neame, haciendo uso de los conocimientos adquiridos durante su servicio en los Ingenieros Reales, ejerció como director de los trabajos. El mariscal Boyd se destapó como un experto carpintero y fue uno de los que más contribuyeron a la labor. Durante seis meses, los prisioneros estuvieron rotando sin descanso en turnos de cuatro horas trabajando en la construcción del túnel. Éste consistía en una galería de 12 metros de longitud, 1 metro de alto y 1 metro de ancho, a la que se accedía por un pozo vertical de más de 2 metros de profundidad excavado bajo el suelo de la capilla. Al final del pasadizo había otra subida vertical de 2 metros para llegar a la superficie. El 20 de marzo de 1943 completaron el túnel. Tuvieron que esperar unos días más mientras ponían a punto los detalles de la fuga. Al fin, a primera hora de la noche del 29 de marzo, los seis hombres seleccionados para la evasión (O'Connor, Carton de Wiart, Combe, Boyd, Hargest y Miles) se adentraron en el túnel y salieron más allá de los muros del castillo.

Los fugados se alejaron a toda velocidad tratando de poner toda la distancia posible antes de que se descubriese su huida. Se dividieron en parejas: O´Connor y Carton de Wiart se dirigieron al norte, cruzando a pie los Apeninos haciéndose pasar por campesinos italianos (lo que tenía mucho mérito, teniendo en cuenta que no hablaban el idioma y que el aspecto de Carton de Wiart, con su única oreja, su parche en el ojo y su manga vacía, era de lo más llamativo). Fueron capturados ocho días más tarde por una patrulla de carabinieri cerca de Bolonia, a más de 100 kilómetros de distancia, y enviados de vuelta a Vincigliata. El mariscal Boyd y el teniente coronel Combe (el hombre de menor rango de todos los fugados) se las arreglaron para colarse en un tren con destino a Milán. Combe fue descubierto y arrestado en la estación de Milán cuando consultaba un horario de ferrocarriles. Boyd pudo subir a otro tren que se dirigía a Suiza, pero no logró pasar el control fronterizo en Como y fue también detenido.

Más suerte tuvieron los dos generales neozelandeses, Hargest y Miles. Al igual que Boyd y Combe, fueron a pie hasta la estación de Florencia, subieron a un tren que se dirigía a Milán y desde allí tomaron otro con destino a Suiza. En Como bajaron del tren y continuaron andando monte a través hasta llegar a la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Aguardaron a que se hiciera de noche, y, protegidos por la oscuridad, se arrastraron sigilosamente hasta ella, cortaron los alambres con unos alicates y cruzaron la frontera. Se entregaron en el puesto de policía de la pequeña ciudad suiza de Mendrisio. El 2 de abril de 1943 fueron puestos en libertad en Berna. Los dos oficiales permanecieron seis meses en la capital helvética, esperando a que el MI9 organizase su viaje a Gran Bretaña siguiendo la arriesgada ruta que atravesaba el sur de Francia (por entonces el territorio de Vichy ya había sido ocupado por los alemanes) para llegar a España. Miles fue el primero en partir. El 20 de octubre de 1943 llegó a Figueras, en territorio español. Y entonces, cuando ya había dejado atrás todo el peligro, inexplicablemente se suicidó de un disparo en la cabeza. Hargest hizo el recorrido pocos días más tarde. Desde Figueras continuó viaje hasta Gibraltar, y desde allí a Inglaterra por vía aérea. Llegó al Reino Unido en noviembre de 1943.

El general de brigada James Hargest, el único de los fugados de Vincigliata que consiguió llegar a salvo al Reino Unido; poco tiempo después regresó al servicio; murió en combate el 12 de agosto de 1944, en la batalla de Normandía:


Los cuatro fugitivos capturados fueron llevados de vuelta al castillo, donde fueron castigados con treinta días de aislamiento. Los prisioneros sufrieron otras represalias, como el traslado a distintos campos de algunos de los asistentes personales de los generales. Llegó un nuevo comandante italiano, más severo que el anterior, y se reforzó considerablemente la guarnición hasta llegar al centenar de guardias. Su cometido era vigilar a menos de veinticinco prisioneros.

Los intentos de fuga cesaron, pero dos de los prisioneros consiguieron la libertad por otros medios. En abril de 1943, el capitán Leeming, ayudante de campo del mariscal Boyd, fingió una grave crisis nerviosa y logró que le enviasen a un hospital militar de Lucca. Una vez allí convenció de la gravedad de su estado a un comité evaluador de la Cruz Roja que estaba organizando un intercambio de prisioneros por motivos de salud. Leeming fue repatriado a Gran Bretaña vía Lisboa. El 23 de abril de 1943 llegó al puerto de Bristol a bordo del buque hospital Terranova. No tardó en reincorporarse al servicio, a pesar de sus supuestos problemas de salud. A mediados de agosto el general Carton de Wiart (un hombre muy bien relacionado en los círculos políticos europeos) fue seleccionado por las autoridades italianas para acompañar a Lisboa al general Zanussi, jefe adjunto del Estado Mayor italiano, uno de los negociadores designados para iniciar los contactos con los aliados previos al armisticio. En la capital portuguesa De Wiart fue puesto en libertad y ese mismo mes tomó un avión a Inglaterra. No pudo disfrutar mucho de su regreso a casa. Pocas semanas después, Churchill le destinó a China como su representante personal ante el gobierno del Generalísimo Chiang Kai-Shek.

Aunque nadie lo hubiese adivinado por su aspecto, el general Carton de Wiart logró la libertad antes de tiempo gracias a sus vínculos aristocráticos:


El 8 de septiembre de 1943 el capitán al mando de la guarnición de Vincigliata comunicó a los prisioneros que el gobierno italiano había firmado el armisticio con los aliados. Todos temieron entonces lo que podría ocurrir si los alemanes se hacían con el control de la prisión. Los mandos italianos, preocupados también por el futuro de los hombres que custodiaban, decidieron que lo mejor que podían hacer era dejarles en libertad y ayudarles a poner tierra de por medio. La mañana del 10 de septiembre los prisioneros fueron montados en camiones y llevados a la estación de ferrocarril de Florencia. Allí les esperaba un tren con destino a Arezzo, una ciudad situada 75 kilómetros al sureste. En la estación de Arezzo los británicos utilizaron sus cigarrillos y el dinero italiano que habían recibido de contrabando para comprar ropas civiles a los transeúntes. En las calles todo era confusión. Había militares por todas partes, sin que los británicos tuviesen forma de conocer las simpatías o las lealtades de unos y otros. Decidieron abandonar la ciudad y dirigirse al norte, a los montes Apeninos. Al día siguiente llegaron al monasterio de Camaldoli, situado en un tranquilo bosque entre las montañas.

Los monjes camaldolienses (así se llamaba su orden), nada simpatizantes de los fascistas, les dieron refugio. Solo los oficiales de más alto rango permanecieron en el monasterio. Los demás se dispersaron por las aldeas de los contornos, por motivos de seguridad pero también para compartir la carga que suponía alimentar a un grupo tan numeroso en la Italia rural empobrecida por la guerra. O'Connor y Neame hacían visitas frecuentes a todos sus hombres para comprobar su bienestar y darles noticias (habían conseguido hacerse con una radio, restableciendo las comunicaciones con el MI9). Los fugitivos británicos permanecieron ocultos durante semanas, ayudando en las labores del campo a los lugareños que les daban cobijo. Otros soldados aliados escapados de campos de prisioneros cercanos se unieron a ellos, aunque a finales de octubre muchos fueron vueltos a capturar durante una redada que hicieron los alemanes en los pueblos del valle.

El teniente coronel Pat Spooner había sido también un prisionero de guerra fugado. Regresó a Italia como agente del MI9 con la misión de ayudar a otros que estaban pasando por lo que había pasado él. Fue Spooner, en colaboración con los grupos partisanos locales, quien organizó el viaje definitivo a la libertad de los fugitivos de Vincigliata. En diciembre Neame, O'Connor y Boyd fueron trasladados a Cattolica, un puerto pesquero a orillas del Adriático. Allí Spooner alquiló un pequeño barco para llevarles al sur, al territorio controlado por los aliados. El 20 de diciembre de 1943 desembarcaron en Térmoli. Al día siguiente los tres hombres fueron recibidos en Bari por el general Alexander, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Italia. En mayo de 1944 el resto de los fugitivos (cinco generales y otros once hombres) llegaron a Térmoli siguiendo la misma ruta. El general Gambier-Parry, que por algún motivo se había separado del grupo, consiguió llegar por sus propios medios a Roma. Allí encontró refugio en un convento, donde tuvo que esperar a la llegada de los ejércitos aliados.

Tras recuperar su libertad, Neame, O'Connor y Boyd no tardaron en reincorporarse al servicio activo, con suerte dispar. El desastre de Cirenaica había dañado de tal manera la reputación del teniente general Neame que, aunque conservó su rango, no volvió a tener mando directo de tropas durante el resto de la guerra. Más afortunado fue el teniente general O'Connor, que en enero de 1944 recibió el mando del VIII Cuerpo de Ejército británico, con el que desembarcó en Normandía y participó en la operación Market Garden. Se retiró en 1948, a los 58 años. Por su parte, el mariscal Boyd fue nombrado comandante del 93º Grupo de Bombardeo de la RAF. Murió de un ataque al corazón el 5 de agosto de 1944. Tenía 54 años.

De cómo el senador Inouye perdió su brazo

Contaba en la entrada anterior que a finales de los años 90 se revisaron las concesiones de Cruces al Servicio Distinguido a los nisei del 442º Regimiento de Infantería, y se concluyó que veintidós de ellos eran merecedores de la Medalla de Honor, la mayor condecoración otorgada por las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Uno de aquellos hombres era un auténtica celebridad, un personaje muy conocido y respetado por su larguísima trayectoria profesional. Me refiero al senador Daniel Inouye, el hombre record de la política estadounidense.

Dan Inouye era un nisei de Honolulu. El día que los japoneses atacaron Pearl Harbor era un estudiante de secundaria de 17 años. Tenía formación en primeros auxilios, y tras el ataque se presentó voluntario como ayudante sanitario. A finales de 1942, en cuanto el gobierno revocó la prohibición de reclutamiento a los nisei-americanos, se alistó en el Ejército. Entre 1943 y 1945 combatió con el 442º Regimiento de Infantería en Italia y Francia, obteniendo varios ascensos y llegando a oficial. En abril de 1945, pocos días antes del final de la guerra, perdió el brazo derecho en la acción que muchos años después le supondría la Medalla de Honor.

El 21 de abril de 1945 el alférez Inouye mandaba un pelotón de infantería en un asalto a una posición fortificada sobre un cruce de caminos, cerca de Sarzana, en el norte de Italia. Cuando estaban a medio centenar de metros de distancia de las trincheras alemanas,.el pelotón quedó atrapado por el fuego cruzado de tres ametralladoras. Viendo a todos sus hombres inmovilizados cuerpo a tierra, Inouye se levantó y corrió hacia la primera de las ametralladoras con una bolsa de granadas. Una herida en el abdomen detuvo su carrera, pero había llegado lo suficientemente cerca como para lanzar dos granadas y acabar con la posición enemiga. A pesar de su herida (según el propio Inouye, fue una bala que le entró por el costado derecho y le salió por la espalda) insistió en dirigir al pelotón en el asalto a la segunda posición alemana. Después de neutralizarla, Inouye se arrastró por un flanco hasta la tercera ametralladora mientras sus hombres atraían el fuego enemigo en otra dirección. Al llegar a unos pocos metros de distancia, cogió una granada y levantó el brazo para lanzarla. En ese momento una granada de fusil le alcanzó en el codo, casi arrancándole el brazo de cuajo. Inouye vio que su puño derecho (que ya había dejado de ser suyo) aún sujetaba la granada. Con la mano izquierda se la arrancó y la lanzó contra la posición enemiga. A continuación se levantó, disparando su subfusil Thompson con su única mano. En ese momento recibió un balazo en una pierna y cayó inconsciente. Cuando le trasladaron al hospital de campaña, varias horas después, le habían administrado ya tanta morfina que los médicos se vieron obligados a amputarle lo que le quedaba de brazo sin anestesia para no poner en peligro su vida.

El sueño de Dan Inouye era ser cirujano, pero la pérdida del brazo le obligó a cambiar de planes. Después de licenciarse del Ejército entró en la universidad para estudiar Ciencias Políticas y Derecho. Se graduó en 1953, y ese mismo año comenzó su carrera política, presentándose a la Cámara de Representantes del Territorio de Hawai por el Partido Demócrata. Tras dos mandatos consecutivos, en 1957 se presentó al Senado territorial, y volvió a ganar. En 1959, a la mitad de su legislatura, Hawai se convirtió en el 50º estado de los Estados Unidos, e Inouye decidió dar el salto a Washington. Fue elegido el primer congresista de su estado en la Cámara de Representantes. En 1962 se presentó por primera vez al Senado de los Estados Unidos. Ganó aquellas elecciones y las ocho siguientes, ocupando el cargo ininterrumpidamente desde 1963 hasta su muerte en el año 2012 (el mandato de un senador tiene una duración de seis años). Nunca, en sus 58 años de carrera política, perdió unas elecciones. De hecho solo una vez ganó con menos del sesenta y cinco por ciento de los votos.

Un héroe americano

Cuando el gobierno de los Estados Unidos decretó la suspensión de los derechos civiles y el internamiento de los ciudadanos japoneses y nisei (hijos de japoneses) de los estados del Pacífico, centenares de militares de origen japonés recibieron una orden de expulsión de las fuerzas armadas norteamericanas. En Hawai aquella medida suponía un grave trastorno, ya que en muchas unidades los americano-japoneses suponían un alto porcentaje del personal, así que los mandos locales solicitaron que se hiciese una excepción con ellos. Finalmente se permitió que los nisei hawaianos permaneciesen en el Ejército, e incluso se aceptaron cientos de solicitudes de alistamiento de jóvenes de origen japonés. Los nuevos reclutas fueron integrados en una unidad especial, denominada Batallón Provisional Hawaiano, y trasladados al continente para su periodo de instrucción. Cuando el Ejército quedó convencido de su lealtad, el reclutamiento se extendió a los campos de internamiento del territorio continental. Así nació el 442º Regimiento de Infantería, una unidad del Ejército estadounidense formada exclusivamente por nisei-americanos.

Kazuo Otani se alistó voluntario en el 442º Regimiento.en 1943. Un año antes este joven californiano, hijo de inmigrantes japoneses, había sido internado junto con toda su familia en el Centro de Reubicación de Gila River, en Arizona. Solo salió de allí para ingresar en el Ejército.

Las primeras tropas americano-japonesas, el 100º Batallón de Infantería, desembarcaron en Salerno en septiembre de 1943. En los meses posteriores llegarían a Italia el resto de unidades del regimiento. Los nisei tuvieron un papel destacado en la campaña italiana, en especial en las batallas de Montecassino y Anzio. En julio de 1944, cuando participaba en el avance estadounidense por la Toscana, el 442º era ya un regimiento experimentado y respetado.

Kazuo Otani era sargento de un pelotón de la Compañía G del 100º Batallón. El 15 de julio de 1944 guiaba a sus hombres en un avance en dirección a la localidad de Santa Luce, cerca de Pisa. De repente, al atravesar un campo de trigo, una ametralladora abrió fuego contra ellos y les inmovilizó en campo abierto. Otani supo que tenía que sacar a sus hombres de allí. Se levantó y cruzó el sembrado, atrayendo el fuego de la ametralladora alemana, hasta llegar a la cobertura de una pared de piedra. Sus hombres habían comenzado a reptar en su dirección, pero el enemigo no tardó mucho en concentrar el fuego en ellos. Otani salió de su refugio para atraer de nuevo el fuego enemigo, lo que permitió que los soldados que habían avanzado más llegasen a las rocas y se pusiesen a cubierto. Después de organizar a aquellos hombres para rechazar un posible ataque, volvió a atravesar el campo para reunirse con los rezagados del pelotón, una vez más con las balas silbando a su alrededor. Al llegar junto a sus hombres, les animó a avanzar y alcanzar la protección de las rocas, mientras él se quedaba atrás para darles fuego de cobertura. Cuando cruzaban, uno de los soldados fue alcanzado y cayó herido. Otani ordenó al resto que permaneciesen a cubierto, reptó hasta el herido y le arrastró hasta ponerle también a cubierto en el interior de una pequeña zanja. Había comenzado a prestarle los primeros auxilios, cuando una ráfaga de la ametralladora le alcanzó de lleno. El sargento Otani murió casi instantáneamente.

Kazuo Otani recibió a título póstumo la Cruz al Servicio Distinguido, la segunda condecoración en importancia del Ejército de los Estados Unidos. A finales de los 90 se revisaron las concesiones de medallas a soldados nisei-americanos durante la Segunda Guerra Mundial, y nada menos que a veintidós de ellos se les consideró merecedores de la Medalla de Honor, la máxima condecoración otorgada por las Fuerzas Armadas estadounidenses. En junio del 2000 la familia de Kazuo Otani recibió la Medalla de Honor de manos del presidente Bill Clinton.

El 442º Regimiento de Infantería es el regimiento más condecorado de la historia del Ejército de los Estados Unidos.

John Capes y su escape del Perseus

A finales de noviembre de 1941 el submarino británico Perseus zarpó de Malta con cincuenta y nueve tripulantes y dos pasajeros a bordo en una patrulla de varios días de duración a lo largo de las costas griegas del mar Jónico. La última noche de su misión, el 6 de diciembre de 1941, navegaba en superficie cerca de la costa de Cefalonia mientras recargaba las baterías, para hacer al día siguiente la travesía en inmersión hasta el puerto de Alejandría. De repente una gran explosión sacudió el submarino, que se hundió en segundos y golpeó con su proa en el fondo marino. El Perseus había chocado con una mina.

Uno de los pasajeros del Perseus era John Capes, un fogonero de 31 años, hijo de un diplomático británico (quienes le conocían se sorprendían de que con sus contactos familiares en lugar de aspirar a oficial se hubiese conformado con un destino tan modesto en la Royal Navy) que se dirigía a Alejandría para unirse a la tripulación de otro submarino. En el momento de la explosión Capes se encontraba descansando en un compartimento de popa, al lado de la sala de máquinas. Tras el impacto las luces se apagaron y el agua comenzó a filtrarse en el interior del sumergible. Capes encontró una linterna y entró en la sala de máquinas. Allí, entre unas docena de cuerpos destrozados, vio a tres tripulantes todavía con vida. Les condujo hasta una escotilla de escape situada a popa y les ayudó a ponerse unos aparatos Davis de escape submarino. El aparato Davis estaba formado por una botella de acero con oxígeno a presión, una bolsa de respiración de caucho que regulaba la presión del oxígeno a la profundidad y que además podía usarse como flotador, una boquilla con tubo flexible y unas gafas de buceo. Era un sistema de rescate rudimentario, que nunca había sido utilizado a profundidades mayores de treinta metros. De hecho, se consideraba peligroso a partir de los siete metros o en inmersiones prolongadas.

El agua seguía subiendo y los tres heridos comenzaron a tiritar de frío. Entonces Capes se acordó de una botella de ron que tenía guardada. Fue a buscarla e hizo beber unos sorbos a sus compañeros para que entrasen en calor. A continuación cerró la puerta estanca del compartimento y buscó la forma de inundarlo para poder abrir la escotilla de escape. Cuando el agua llegó a la altura de la escotilla, la abrió, ayudó a salir a los tres hombres, dio un último trago a la botella, y abandonó el submarino. Antes de introducirse por la escotilla se fijó en un indicador de profundidad. Marcaba 270 pies (82 metros).

“Iluminé con la linterna a mi alrededor, pero fui incapaz de ver más allá de unos pocos metros de acero de la cubierta de popa. Esa fue mi última visión del valeroso Perseus (…) Me dejé ir y el oxígeno me elevó rápidamente. De repente estaba solo en la profundidad del mar. El dolor se volvió desesperante, parecía que mis pulmones y todo mi cuerpo iban a reventar. Me empecé a marear con aquella agonía. ¿Cuánto más puedo durar? me pregunté (…) Todavía tenía mi linterna, que de repente iluminó unos cables que colgaban de un gran objeto cilíndrico. Era una mina acústica. ¡Dios mío! Cualquier sonido podía hacerla estallar. Solo Dios sabe por qué no lo hizo. Tal vez yo estaba destinado a vivir. El dolor iba en constante aumento, y justo cuando creía que no podía aguantarlo más, me di cuenta de que había salido a la superficie. El mar estaba agitado. Miré a mi alrededor, pero no había ninguna señal de mis compañeros. Me negaba a creer que yo fuese el único superviviente de los sesenta miembros de la tripulación del Perseus, un submarino británico cuyo trágico destino ahora solo era señalado por las burbujas de aire que todavía subían a la superficie. Mis ojos escudriñaron desesperadamente las olas. Entonces, a cierta distancia, vi una cinta de color blanco, flotando sobre las crestas de las olas. Parecía ser una línea quebrada de acantilados, probablemente una playa en la isla griega de Cefalonia. A pesar de los intensos dolores en mis pulmones, empecé a nadar hacia la orilla, con la esperanza de que mis compañeros ya se hubiesen dirigido en esa dirección”.

La descompresión causada por su rápido ascenso le provocaba terribles dolores, y el agua fría agarrotaba sus músculos, pero Capes no se rindió. No sabe cuántas horas estuvo nadando. Cada poco tiempo tenía que pararse a descansar, utilizando la bolsa de oxígeno de su aparato Davis como flotador. Por fin sus pies tropezaron con las rocas de la orilla. Se arrastró fuera del agua y se tumbó en la arena. Por la mañana unos pescadores le encontraron inconsciente en la playa. Capes permaneció año y medio en Cefalonia, ocultándose de los ocupantes italianos que ocupaban la isla. En aquel tiempo muchos habitantes de la isla arriesgaron sus vidas por ayudarle sin pedir nada a cambio. En mayo de 1943 embarcó en un pesquero que le llevó a Turquía, en una operación de rescate organizada por los servicios secretos británicos.

Cuando John Capes contó su odisea mucha gente reaccionó con escepticismo. De hecho hubo quien puso en duda incluso que hubiese estado a bordo del Perseus. Después de todo, su nombre no figuraba entre los miembros de la tripulación del submarino. Además, durante las patrullas de combate en los sumergibles británicos se atornillaban desde el exterior las escotillas de escape para evitar que se abriesen accidentalmente por las explosiones de las cargas de profundidad, un detalle que ponía en duda la veracidad de su historia. Y sobre todo, parecía increíble que alguien pudiese haber escapado de un submarino hundido a más de 80 metros de profundidad.

La confirmación de la historia de John Capes (o de la mayor parte de ella) no llegó hasta 1997, doce años después de la muerte de su protagonista, cuando el submarinista griego Kostas Thoctarides localizó el pecio del Perseus en aguas de Cefalonia, a 52 metros de profundidad. Según Capes, el indicador que él había visto marcaba 82 metros. Ese fue el único elemento de su historia que no coincidía con lo que vieron los submarinistas. La escotilla de escape de popa estaba abierta, y cuando entraron por ella encontraron el compartimento tal y como lo había descrito Capes, incluyendo la botella a la que había dado un último trago de ron antes de abandonar el sumergible.



Fuentes:
http://www.bbc.co.uk/news/magazine-15959067
http://www.divernetxtra.com/wrecks/perse898.htm

La torre de Pisa en el punto de mira

El campanario de la catedral de Pisa fue diseñado como una torre completamente vertical, pero al poco tiempo de iniciarse su construcción, en el siglo XII, sus cimientos cedieron parcialmente y comenzó a inclinarse. Ninguno de los intentos que se hicieron desde entonces para enderezarla tuvo éxito, pero, paradójicamente, aquel tremendo fallo de construcción es la causa principal de su fama. La torre inclinada de Pisa es hoy uno de los monumentos arquitectónicos más conocidos del mundo.

En el verano de 1944 Pisa estaba aún en manos alemanas. La ciudad toscana era el objetivo de la 91ª División de Infantería estadounidense, pero el avance de los norteamericanos se había vuelto lento y difícil. El mariscal de campo Kesselring, comandante de las fuerzas alemanas en Italia, había dado la orden de retrasar a los aliados a toda costa. Tras cada recodo del camino, cada granja o cada roca parecía esconderse una trampa explosiva o un pequeño grupo de obstinados defensores. Cuando al fin alcanzaron las afueras de la ciudad, las tropas estadounidenses se encontraron con un último obstáculo: más de cuatro kilómetros de campo abierto y completamente llano que tendrían que atravesar al descubierto. La letal precisión con la que les bombardeaban la artillería alemana y los Nebelwerfer ("lanzadores de niebla", lanzacohetes múltiples) hizo pensar a los aliados que el enemigo tenía puestos de observación desde los que dominaba la llanura. Y la ubicación más obvia para uno de aquellos puestos era la torre inclinada.

Entre los soldados estadounidenses de la 91ª División de Infantería que preparaban el asalto definitivo a Pisa se encontraba el sargento Leon Weckstein, un joven de 23 años criado en los suburbios de Los Ángeles. Weckstein era un experimentado explorador y observador de artillería: “Yo tenía poderes realmente extraordinarios de observación, y en particular una habilidad innata para descubrir antes que nadie un tanque Panzer camuflado o un nido de ametralladora”. En 1942 había intentado enrolarse en la Marina, pero curiosamente había sido rechazado a causa de su miopía. Le aconsejaron que comiese muchas zanahorias y volviese a intentarlo seis meses más tarde, pero Weckstein no quiso esperar y probó suerte en el Ejército. Allí no le pusieron problemas para alistarse. Y es que, como afirmaba el propio Weckstein, en la infantería "aceptan a cualquiera".

Una calurosa noche de julio, Weckstein recibió la orden de adentrarse en tierra de nadie, entre las líneas estadounidenses y alemanas, para buscar las posiciones de observación enemigas. Iría acompañado por un operador de radio, el sargento Charles King, un taciturno guitarrista de Ohio. Una batería de artillería y los cañones de un destructor permanecerían a la espera, preparados para abrir fuego en cuanto él transmitiese por radio las coordenadas de los objetivos. Hasta ese día, Weckstein nunca había oído hablar de la torre de Pisa. Su superior, el coronel Woods, no parecía muy preocupado por el destino del monumento. Le explicó que su misión era confirmar si el enemigo estaba haciendo uso de la torre. Si era así, sería reducida a escombros en cuestión de segundos.

Al amanecer Weckstein inició el avance lentamente a través de huertas y campos de labranza en dirección a la ciudad. Tras él iba King, con su radio de campaña a la espalda. "Con nuestros cuerpos inclinados pegados a la tierra, nos agazapamos y reptamos lentamente a lo largo del peligroso camino hacia nuestro objetivo durante lo que pareció una eternidad. King había comenzado a sudar visiblemente. Tenía que cargar con aquella tosca radio, y sentí pena por él".

En un campo de olivos, a unos 1.200 metros del objetivo, encontraron una buena posición de observación. Desde allí el sargento Weckstein comenzó a escudriñar la torre con su telescopio mientras King permanecía a su lado, esperando para transmitir la información. En sus memorias, publicadas con el título Through My Eyes (“A través de mis ojos”), Weckstein confiesa sus sentimientos en aquel momento: ”En mi audaz mente de un joven de 23 años no había ni una sola duda; estaba dispuesto a dirigir una infernal andanada contra uno de los monumentos más famosos del mundo”. Comenzó a observar el objetivo de forma metódica. ”Me centré en primer lugar en el punto más alto, el amplio campanario circular de la torre. Podía distinguir la silueta oscura de las viejas campanas, silenciosas, pero nada se movía. Me tomé mi tiempo dirigiendo el telescopio muy lentamente hacia arriba y hacia abajo, y a través de cada una de las balaustradas elaboradamente ornamentadas, tratando de detectar lo que pudiera estar oculto dentro de esos huecos negros”. Durante unos interminables minutos tuvo en sus manos el destino de uno de los monumentos más representativos de Italia. Mientras estaba allí, observando la torre, ocurrió algo curioso: Weckstein se fue sintiendo paulatinamente cautivado por su belleza, lo que le llevó a retrasar su decisión hasta tener una completa seguridad en un sentido u otro.

Las observaciones de Weckstein se interrumpieron bruscamente cuando una lluvia de proyectiles comenzó a pasar por encima de sus cabezas. Los alemanes habían iniciado un bombardeo en la dirección en la que se encontraban, y Weckstein y King recibieron por radio la orden de retirarse. Más tarde el alto mando cambió el plan de ataque, descartando el avance frontal a través de la llanura. La torre había dejado de ser un objetivo militar.

Es imposible saber si aquel día había alemanes en la torre inclinada. Mucho tiempo después Weckstein afirmó: “¿Sabes una cosa? He tenido cincuenta años para pensar en ello, y ahora estoy bastante seguro de que estaban allí”.

Después de la guerra Leon Weckstein viajó a Italia en un par de ocasiones con su esposa Mimi. Al visitar Pisa y encontrarse de nuevo frente a la famosa torre, no pudo evitar pensar que, si su decisión hubiese sido otra, en aquel momento él y su mujer podían estar contemplando en su lugar una montaña de escombros de mármol.

“Si hubiese sabido con suficiente seguridad que el bombardeo a la torre iba a salvar la vida de uno solo de nuestros camaradas, yo habría mandado el mensaje al instante, sin perder un segundo en pensar en las consecuencias. La guerra es así. Los santuarios famosos y los lugares de culto están protegidos por la Convención de Ginebra, pero lo cierto es que, al igual que la mayoría de los tratados bienintencionados, estos acuerdos tienen poco valor para los infantes que combaten en el campo de batalla”.

Fuentes:
http://www.theguardian.com/theguardian/2000/jan/13/features11.g23
http://www.historybyzim.com/2013/07/leaning-tower-of-pisa-wwii/


El peligroso poder de persuasión del general Heidrich

El general Richard Heidrich era uno de los comandantes de fuerzas paracaidistas más prestigiosos del ejército alemán. Se había destacado en 1941 al mando del 3er Regimiento Fallschirmjäger en el asalto aerotransportado a la isla de Creta, y tres años más tarde dirigiendo a la 1ª División Fallschirmjäger en la batalla de Montecassino. En los meses finales de la guerra estaba al mando del I Cuerpo Paracaidista, desplegado en el norte de Italia.

El 2 de mayo de 1945, cuando el fin de la guerra era ya cuestión de pocos días, los hombres del I Cuerpo Paracaidista recibieron la que sería última orden del día de su general:

“Nosotros debemos cumplir con nuestro deber hasta el final, y no debemos sentir que hemos sido derrotados. Mantened vuestro espíritu de paracaidistas. Recordad a vuestros camaradas muertos, aquellos que murieron por todos nosotros”.

El propio general Heidrich demostró que no estaba dispuesto a aceptar fácilmente la derrota, si creemos la anécdota que voy a contar. Esta aparece originalmente en el diario no publicado del gefreiter (soldado de primera) Gottfried Emrich, del 3er Regimiento Fallschirmjäger, y ha sido citada, entre otros, por el británico Antony Beevor en una nota a pie de página de su libro La batalla de Creta. La verdad es que a mí me parece un poco extraño que la autobiografía de un simple soldado tenga detalles fiables sobre las vivencias de todo un teniente general, pero si un historiador de prestigio y superventas da por buena la historia no seré yo quien la ponga en duda.

La cuestión es que el mismo día en el que el general Heidrich emitió aquella orden, el 2 de mayo de 1945, una patrulla del 3er batallón de los Grenadier Guards le sorprendió tras unos matorrales con los pantalones bajados. Fue hecho prisionero y conducido ante el oficial de inteligencia del regimiento británico, el teniente Nigel Nicolson, Durante el interrogatorio, Heidrich inició una apasionada defensa de las virtudes de las armas ligeras alemanas en comparación con las aliadas. En un momento del debate, para ilustrar un detalle en concreto, el general se dirigió al centinela y le pidió que le dejase su subfusil Thompson. El soldado se disponía a hacerlo cuando Nicolson le detuvo de un grito. Heidrich se limitó a sonreír.

Comandante Diavolo


Amedeo Guillet era un joven oficial de caballería perteneciente a una familia de la baja aristocracia del Piamonte que durante generaciones había estado al servicio de la Casa de Saboya. Era un excelente jinete, y a finales de 1935 fue seleccionado para formar parte del equipo de hípica que iba a representar a Italia en los Juegos Olímpicos de Berlín. Sin embargo Amedeo renunció a los Juegos y utilizó sus influencias familiares para conseguir que le destinasen a los Spahis de Libia (tropas de caballería ligera bereber) y participar en la conquista italiana de Etiopía. Sirviendo como oficial de caballería, tuvo una destacada actuación durante la campaña africana. Más tarde se presentó voluntario para combatir en la Guerra Civil Española con la División Fiamme Nere. Cuando regresó a Italia se encontró con un ambiente político que le desagradó mucho, con los fascistas rendidos a la influencia del nazismo alemán (el gobierno de Mussolini acababa de decretar sus primeras leyes raciales). Guillet rechazó un nuevo destino en Libia y solicitó un traslado al África Oriental, donde podría cumplir con el juramento de fidelidad de su familia a la Casa de Saboya, ya que para sustituir al inepto mariscal Graziani había sido nombrado un nuevo virrey, Amadeo, Duque de Aosta, sobrino del rey Víctor Manuel III y nieto del que fuera rey de España Amadeo I.

En el África Oriental Guillet participó en operaciones militares contra los insurgentes etíopes que permanecían leales al derrocado emperador Haile Selassie, convirtiéndose en uno de los hombres de confianza del virrey. En 1940 éste le encargó la creación de una nueva fuerza militar indígena. La unidad, denominada oficialmente Gruppo Bande Amhara, estaba compuesta por unos dos mil quinientos hombres reclutados en toda África Oriental Italiana. Todos los suboficiales eran eritreos, estando la participación italiana limitada a seis oficiales. El núcleo de la fuerza lo componían las unidades de caballería, aunque también incluía un cuerpo de camellos y tropas de infantería yemení. El duque nombró a Guillet comandante de la nueva unidad. Que un joven teniente estuviese al mando de una fuerza militar equivalente a una brigada era algo realmente extraordinario. Sin embargo, Guillet no tardó en demostrar que era la persona ideal para ocupar el puesto.

Amedeo Guillet, apodado el "Comandante Diavolo", al frente de sus tropas:


A finales de 1940 el "Gruppo Bande a Cavallo" o "Gruppo Bande Guillet", como se le conocía ya, tuvo que enfrentarse a las fuerzas de la Commonwealth que atacaron las posesiones italianas en el África Oriental desde el Sudán. Por medio de una larga serie de combates y escaramuzas, sus tropas lograron ralentizar el avance aliado sobre Eritrea y Etiopía. En una de aquellas batallas, en enero de 1941, Guillet y doscientos cincuenta de sus hombres lanzaron un ataque a caballo contra una columna de carros blindados para cubrir la retirada italiana del territorio de Amba Alagi. La sorpresa permitió a los jinetes cruzar por vez primera entre los tanques lanzando granadas. A continuación, los incrédulos tanquistas vieron cómo los hombres de Guillet daban media vuelta y volvían a lanzarse en una nueva carga casi suicida directamente contra sus cañones. Aquellas cargas de caballería a sable desenvainado (las últimas a las que tuvo que enfrentarse el ejército británico en toda su historia) y los ataques a las columnas mecanizadas con cócteles molotov y granadas de mano convirtieron a Guillet en un personaje de leyenda. Las crónicas británicas se referían a él como “un caballero de otros tiempos” o “el Lawrence de Arabia italiano”.

El Gruppo Bande Guillet destacó siempre por su trato respetuoso hacia las poblaciones de Eritrea y el norte de Etiopía. Eso les permitió continuar la lucha a partir de marzo de 1941, cuando los aliados completaron la ocupación de las colonias italianas. Durante los ocho meses siguientes mantuvieron una guerra de guerrillas contra los británicos, saqueando caravanas y atacando puestos militares aislados. Los hombres de Guillet, en su mayor parte eritreos, pagaron un precio muy alto por su lealtad hacia un rey que nunca conocieron y una nación de la que no sabían nada. Unos ochocientos de ellos murieron en un año de combates. Como militar, Guillet sentía un profundo respeto por aquellos guerreros. Con frecuencia expresaba su admiración asegurando que "los eritreos son los prusianos de África sin los defectos de los prusianos".

La bella Khadija, la amante etíope de Guillet:


Pero el “Comandante Diavolo” no podía mantener por mucho tiempo una guerra de guerrillas sin ningún apoyo exterior. A finales de 1941 los supervivientes del Gruppo Bande Amhara abandonaron la lucha y se dispersaron. Después de muchas peripecias, Guillet logró burlar a sus perseguidores británicos y huir a través del Mar Rojo hasta el neutral Yemen. Allí estuvo cerca de un año entrenando a soldados y jinetes del ejército del Imán Ahmed. En 1943, a pesar de los intentos del Imán por retenerle, regresó disfrazado a Eritrea y consiguió embarcar de incógnito en un barco de la Cruz Roja utilizado para repatriar a italianos heridos y enfermos.

Tan pronto como llegó a Italia, Guillet comenzó a buscar financiación, reclutar hombres y conseguir armas para iniciar una nueva campaña guerrillera en Eritrea. Pero entonces llegó el armisticio e Italia cambió de bando. Guillet fue ascendido a mayor y asignado al SIM (Servizio Informacioni Militare, la inteligencia militar italiana). En su nuevo destino participó en arriesgadas misiones en territorio ocupado por los alemanes. Irónicamente, tuvo que trabajar en estrecha colaboración con sus antiguos enemigos británicos, incluyendo a algunos de los agentes que le habían perseguido en África tratando de capturarle. Uno de ellos, el mayor Max Harrari, se convertiría con el tiempo en uno de sus mejores amigos.

Al terminar la guerra en Italia se celebró un plebiscito para elegir su forma de estado. Cuando ganaron los partidarios de la república, Guillet comunicó al rey Humberto II, que se disponía a partir al exilio, su intención de abandonar también el país. El rey se lo prohibió, convenciéndole de que debía quedarse y servir a su patria fuese cual fuese la forma de gobierno. En 1946 Guillet entró en el servicio diplomático. Gracias a su familiaridad con la cultura árabe, pudo servir como embajador de Italia en Egipto, Yemen, Jordania y Marruecos. Finalmente estuvo destinado en la India hasta su retirada en 1975. Murió en Roma el 16 de junio de 2010, a los 101 años de edad.

Por el uniforme del mariscal

El 500 SS-Fallschirmjäger-Bataillon era una unidad paracaidista y de operaciones especiales de las Waffen-SS. Hay quien la considera una unidad disciplinaria, ya que si bien aproximadamente la mitad de sus mil hombres eran reclutas voluntarios, el resto eran reclusos indultados a cambio de su incorporación al batallón, provenientes de lugares como las prisiones militares de las SS de Danzig-Matzkau y Dachau. La mayoría de ellos cumplían penas por insubordinación, desobediencia, y en general faltas contra la disciplina militar. No se aceptaba a condenados por crímenes contra el régimen nazi o que tuviesen relación con el mercado negro.

El batallón nació oficialmente en Chlum, Bohemia, en octubre de 1943, al mando del SS-Sturmbannführer (el equivalente a comandante en las Waffen-SS) Herbert Gilhofer. En noviembre se trasladaron a la Luftwaffe Fallschirm-Schule Nr 3 de Mataruska-Banja, cerca de Kraljevo, en Serbia, donde recibieron adiestramiento en técnicas de paracaidismo. El entrenamiento físico al que están sometidos era particularmente duro, con frecuentes prácticas de supervivencia en las montañas y marchas forzadas. Debido al heterogéneo origen de los hombres que formaban la unidad, el objetivo principal del adiestramiento era lograr la cohesión del grupo.

En enero de 1944 el batallón se trasladó a Papa, Hungría, donde completaron su formación como paracaidistas. En febrero tuvieron sus primeros combates con partisanos yugoslavos, participando en cooperación con otras unidades alemanas en operaciones contra las guerrillas comunistas en la zona de Tuzla, en Bosnia. Durante dos meses intervinieron en numerosas operaciones antipartisanas en Serbia, Macedonia y Bosnia, combatiendo siempre como infantería, no como tropas aerotransportadas. A finales de abril el batallón fue retirado del combate y regresó a su base. Gilhofer fue sustituido en el mando de la unidad por el SS-Hauptsturmführer (capitán) Kurt Rybka. Poco después recibieron nuevas órdenes de Berlín: su siguiente misión iba a ser por fin una operación aerotransportada, y su objetivo nada menos que Josip Broz, más conocido como Tito, el líder de los partisanos yugoslavos.

Acabar con Tito se había convertido en una prioridad para las fuerzas alemanas en los Balcanes. El líder comunista llevaba dirigiendo operaciones a gran escala contra las fuerzas del Eje desde 1941, cuando creó y organizó el NOVJ (Ejército Popular Yugoslavo de Liberación), una fuerza que en 1944 estaba formada por entre 250.000 y 300.000 combatientes. Había logrado ser reconocido por las potencias aliadas como el único interlocutor en la región, y estadounidenses, británicos y soviéticos mantenían misiones de enlace permanentes con su cuartel general. Pese a su ideología comunista, los británicos le abastecían de equipo militar y suministros desde julio de 1943, en perjuicio del líder monárquico Dara Mihailovic y sus chetniks. Los partisanos controlaban aproximadamente un tercio del territorio de Yugoslavia. En 1944, enfrentada al avance soviético en el este, a la presión aliada en Italia y a la amenaza de desembarcos en el oeste, Alemania no podía destinar muchos recursos a la lucha antipartisana en los Balcanes. Los alemanes apenas podían mantener el control en las ciudades y las principales vías de comunicación, mientras que los hombres de Tito se habían hecho fuertes en las zonas rurales y montañosas. Aquella guerra de guerrillas era muy costosa para la Wehrmacht. Protegidos por el terreno montañoso, los partisanos sometían un acoso continuo a las columnas alemanas, en una lucha cruel en la que rara vez se hacían prisioneros.

A finales de febrero un comando de brandenburger (tropas de operaciones especiales dependientes del Abwehr) localizó el cuartel general de Tito en Drvar, un pequeño pueblo situado en la parte inferior del valle de Unac, en el oeste de Bosnia. Partiendo de aquella información los alemanes planificaron un asalto aerotransportado, la única forma de conseguir la sorpresa y la velocidad de acción necesarias para lograr el éxito. El ataque fue confiado a los paracaidistas del 500 SS-Fallschirmjäger-Bataillon.

La operación, denominada con el nombre en clave de Rösselsprung, fue programada para el 25 de mayo de 1944. El plan era sencillo en su planteamiento, pero de muy difícil ejecución. El objetivo era eliminar a Tito y su estado mayor y a los oficiales de enlace de las misiones aliadas. Para asegurarse de que Tito no pudiese escapar, la operación incluía el cerco de Drvar por parte de varias columnas motorizadas, que con el apoyo de la Luftwaffe y partiendo de las ciudades de Bihac, Livno, Jajce, Krupa, Bosan y Kulen convergerían en el valle. Entre aquellas unidades terrestres destacaban los veteranos de la 7ª División de Montaña SS-Prinz Eugen, reforzados por elementos de la 1ª División de Montaña y varias unidades de voluntarios croatas.

A aquellas alturas de la guerra los aviones de transporte con los que podían contar los alemanes eran muy escasos. Los Ju 52 disponibles podrían como mucho llevar a un tercio de los paracaidistas, así que se decidió recurrir a planeadores, por una parte, y lanzar el asalto en dos oleadas, por otra. El primer escalón estaría formado por seiscientos cincuenta y cuatro paracaidistas y un grupo de veinte hombres (brandenburger, especialistas en transmisiones e intérpretes de la Prinz Eugen) encargados de destruir los equipos de comunicaciones de los partisanos y capturar los códigos enemigos. Trescientos catorce paracaidistas saltarían de los Ju 52, con la misión de asegurar las zonas de aterrizaje de los planeadores, y otros trescientos cuarenta tomarían tierra en planeadores DFS Gotha Go 230 remolcados hasta el objetivo por Ju-87 y Hs-126. Estos últimos estaban divididos en seis grupos: el mayor, llamado Panther, formado por ciento diez hombres, sería el encargado de tomar al asalto el cuartel general de Tito. Otros tres grupos, Greifer, Sturmer y Brecher, con cincuenta hombres cada uno, acabarían con las misiones aliadas. Los grupos Draufgänger y Beisser, más reducidos y en los que estaban los especialistas en transmisiones, tenían que destruir las instalaciones de comunicaciones y capturar los códigos de radio. Si todo iba bien y el cuartel general yugoslavo era capturado, el grupo Panther desplegaría una bandera alemana. Si tenían problemas lanzarían una bengala roja y el resto de grupos acudirían en su auxilio. Una segunda oleada saltaría más tarde de los Ju 52 con la misión de rodear el pueblo y asegurarse de que los defensores no recibiesen ningún refuerzo del exterior.

Entre el 21 y 24 de mayo los paracaidistas se trasladaron por camión y ferrocarril desde su base en Mataruska Banja hasta los campos de aviación de Zrenganin, Banja Luka y Zagreb. Los movimientos y los preparativos se hicieron bajo el máximo secreto. Los hombres arrancaron de sus uniformes las insignias de la unidad y ocultaron su equipo de salto, evitando mostrar cualquier detalle que pudiese servir de pista a los espías de Tito. Incluso en la última reunión informativa, celebrada horas antes del comienzo de la misión, los oficiales se limitaron a dar vagos detalles sobre sus objetivos.

Pero a pesar del secreto que rodeaba la operación, una serie de ataques aéreos de la Luftwaffe contra Drvar, un objetivo sin interés estratégico aparente, había puesto en guardia a los partisanos. Probablemente no pensaban en un asalto paracaidista, pero habían tomado medidas para enfrentarse a un ataque inminente de los alemanes. Tito reforzó su guardia personal y se encerró en su cuartel general, situado a cuatro o cinco kilómetros del pueblo, en una gruta rodeada de ametralladoras y armas antiaéreas ligeras. Las misiones aliadas se trasladaron por precaución a Potoci, una pequeña población al este de Drvar. En el pueblo las fuerzas partisanas estaban formadas por un batallón de infantería, otro de ingenieros, un grupo de unos ciento cincuenta reclutas del cercano centro de entrenamiento de Sipoulyani y otras unidades menores, además de tres tanques italianos Fiat Ansaldo L6/40 capturados.

En la noche del 24 al 25 de mayo, mientras los paracaidistas abordaban los Junkers y planeadores, las columnas terrestres alemanas se pusieron en marcha en dirección al valle de Unac. Hacia las siete menos diez de la madrugada los primeros paracaidistas se lanzaron sobre el objetivo. Tratando de evitar bajas por el fuego desde tierra, se arriesgaron en un salto a muy baja altura. El SS-Hauptsturmführer Rybka fue uno de los primeros en llegar al suelo. Rápidamente los paracaidistas aseguraron las áreas de aterrizaje de los planeadores. Casi todos tomaron tierra en los puntos previstos, pero sufrieron muchas bajas por el fuego antiaéreo de los partisanos. De los treinta planeadores, solo uno, el que transportaba al líder del grupo Greifer, se estrelló lejos de la zona de aterrizaje.

Los seis planeadores que transportaban al grupo Panther aterrizaron en los lugares previstos, en las cercanías del cementerio de Drvar, donde, según la información de inteligencia, estaba el cuartel general partisano. Pero en realidad este se encontraba en el otro extremo del pueblo, a varios kilómetros de distancia. Los grupos Greifer, Sturmer y Brecher tampoco encontraron las misiones aliadas donde se suponía que tenían que estar. El objetivo que tenía que atacar el grupo Draufgänger, en teoría la central telefónica, resultó ser la sede del Partido Comunista de Yugoslavia. El edificio tuvo que ser destruido con explosivos para acabar con la tenaz resistencia de los defensores. Pese a que casi toda la información con la que contaban había resultado ser errónea, los paracaidistas cumplieron con su misión lo mejor que pudieron, y hacia las nueve de la mañana Drvar estaba en poder de los alemanes. Rybka estableció su cuartel general en el cementerio, y sus hombres comenzaron a registrar la población casa por casa en busca del mariscal yugoslavo. Mientras, los partisanos que habían abandonado el pueblo se concentraban al norte, en las inmediaciones de la cueva. Rybka supuso acertadamente que su objetivo se encontraba en aquella dirección y disparó una bengala roja para reunir a sus fuerzas y lanzar un ataque. El asalto terminó en una masacre, con los partisanos acribillando a los paracaidistas que trataban de alcanzar sus posiciones casi sin contar con ninguna protección natural. Por si fuera poco, los reclutas de Sipoulyani se sumaron a la batalla en el momento justo, atacando por un flanco a los alemanes y obligándoles a retirarse. A media mañana Rybka ordenó un segundo ataque, que fracasó igualmente.

La situación de los paracaidistas se había vuelto crítica. Un contraataque de los partisanos expulsó a los alemanes de las cercanías del cuartel general de Tito. Rybka escudriñaba el cielo esperando ansiosamente la llegada de la segunda oleada de paracaidistas. Al fin, hacia el mediodía llegaron los Junkers con doscientos hombres al mando del SS-Hauptsturmführer Obermeier. Los paracaidistas sufrieron muchas bajas durante el descenso y al tomar tierra. Los Stukas alemanes les sobrevolaban tratando de darles cobertura durante el salto, pero no eran muy efectivos contra los guerrilleros que disparaban ocultos entre las rocas.

Contando con las tropas recién llegadas, Rybka decidió arriesgarlo todo en un tercer ataque. Con una gran cantidad de bajas, los paracaidistas tomaron al asalto las posiciones de los defensores y se enzarzaron con ellos en un terrible combate cuerpo a cuerpo. Durante la lucha Rybka fue herido en un brazo por la metralla de una granada. Cuando al fin consiguieron alcanzar la cueva en la que se encontraba el cuartel general de Tito, encontraron el lugar vacío. Lo único que pudieron capturar fue un uniforme nuevo del mariscal yugoslavo. Tito había huido después del primer ataque, descolgándose con una cuerda desde la entrada de la cueva hasta el río. Acompañado de varios de sus ayudantes llegó a Potoci, donde se reunió con los oficiales de las misiones aliadas. El grupo se trasladó a una pista de aterrizaje en Kupresko Polje. Desde allí un avión soviético llevaría al mariscal a Bari, en Italia. Más tarde, Tito instalaría temporalmente su cuartel general en la isla de Vis, en el mar Adriático.

Con Rybka herido, el mando de los supervivientes recayó en el SS-Hauptsturmführer Bentrup. Los paracaidistas se replegaron bajo la presión de los partisanos y organizaron una defensa provisional en torno al cementerio, esperando la llegada de las tropas croatas del Kampfgruppe Willan, de la 373ª División de Infantería, encargadas de cubrir su retirada. Al anochecer los croatas aún no habían aparecido. En toda la región los partisanos estaban atacando las columnas motorizadas que se dirigían al valle, ralentizando su avance. Bentrup consiguió que un Fieseler Storch aterrizase cerca de su posición y evacuase a Rybka, cuyo estado estaba empeorando rápidamente (pasaría varios meses recuperándose de sus heridas en un hospital de Praga). Poco después los yugoslavos atacaron el cementerio con fuego de mortero y los paracaidistas tuvieron que retirarse y refugiarse en un gran aserradero que había en las afueras del pueblo. Por la noche la defensa se reorganizó y los alemanes resistieron un ataque tras otro de los partisanos hasta que finalmente abandonaron Drvar amparándose en la oscuridad. Un pequeño grupo de paracaidistas aislado en una granja no recibió la orden de retirada, y tras una tenaz resistencia fue reducido por los partisanos hacia la medianoche.

La mañana del 26 de mayo el batallón de reconocimiento de la Prinz Eugen contactó al fin con los paracaidistas que se retiraban de Drvar. La operación Rösselsprung había terminado. Los alemanes afirmaron haber destruido el cuartel general de Tito y haber causado 6.000 bajas al enemigo. Por su parte, los yugoslavos admitieron 200 muertos, 400 heridos y 60 desaparecidos. Las pérdidas alemanas ascendieron a 213 muertos, 881 heridos y 59 desaparecidos, casi todos ellos del 500 SS-Fallschirmjäger-Bataillon. Al final de la batalla, de los aproximadamente 1.000 hombres que formaban el batallón, tan solo quedaban 15 oficiales, 81 suboficiales y 196 soldados en condiciones de seguir combatiendo. Un precio demasiado alto a cambio de un uniforme:


Fuentes principales:
http://www.feldgrau.com/fall500.html
http://www.elgrancapitan.org/foro/viewtopic.php?p=660160
http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%A9ptima_Ofensiva_Antipartisana

El secuestro del general Kreipe

A comienzos de 1944 el mayor Patrick Leigh-Fermor y el capitán William Stanley Moss, dos oficiales del SOE (Special Operations Executive, la unidad británica encargada de las operaciones encubiertas en territorio ocupado por el enemigo) en El Cairo, idearon una operación para secuestrar y trasladar a Egipto al general Friedrich-Wilhelm Müller, gobernador militar alemán en Creta. Los británicos pretendían que fuese una acción sin derramamiento de sangre, para evitar represalias contra la población civil. El general Müller, comandante de la 22ª División Aerotransportada, tenía una fama de gran brutalidad. Durante su mandato como gobernador de la isla se había ganado el odio del pueblo cretense.

El 4 de febrero de 1944 Leigh-Fermor y Moss, junto a dos agentes cretenses del SOE llamados Georgios Tyrakis y Emmanouil Paterakis, embarcaron en un avión con intención de lanzarse en paracaídas sobre Creta. El tiempo era horrible, y al llegar sobre el objetivo Leigh-Fermor fue el único que se atrevió a saltar. Mientras el mayor contactaba con la resistencia cretense, sus compañeros trataron de reunirse con él hasta en tres ocasiones, pero en todas ellas el avión tuvo que regresar a a Egipto a causa del mal tiempo. Finalmente el el 4 de abril (dos meses después del salto de Leigh-Fermor) los tres hombres desembarcaron de una lancha motora británica en una cala de la costa sur de Creta. Fueron recibidos en la playa por Leigh-Fermor y un grupo de partisanos. Su objetivo, el general Müller, ya no estaba en la isla. Había sido reemplazado el 15 de febrero por el general Heinrich Kreipe. Pese a ello decidieron seguir adelante con el plan y capturar al nuevo comandante.

Con todos los componentes del comando reunidos al fin en la isla, pudieron comenzar las labores de reconocimiento y vigilancia. Los británicos contaron con la valiosa ayuda de Mikis Akoumianakis, uno de los hombres de la resistencia local, que tenía su casa en la misma calle en la que se encontraba la Villa Ariadna, la residencia de Kreipe en Cnossos. Leigh-Fermor, vestido como un pastor cretense, se dedicó a recorrer Cnossos y sus alrededores para comprobar los movimientos alemanes. Tras unos días observando las idas y venidas del general, ultimaron los detalles del secuestro. El plan consistía en montar un falso control de carretera en el momento en el que Kreipe se dirigiese a su casa al final de la jornada. Los dos oficiales británicos, que hablaban muy bien alemán, obligarían al coche a detenerse, y con la ayuda de Tyrakis y Paterakis reducirían al chófer y capturarían al general.

El 26 de abril fue el día elegido para la acción. Aquella noche Leigh-Fermor y Moss, vestidos con uniformes de cabos de la Feldgendarmerie (la policía militar alemana), esperaron el paso del coche del general en la carretera de Heraklion a Cnossos. Cuando lo vieron acercarse le hicieron señales para que frenase. El coche se detuvo, y Moss golpeó al conductor con su porra y lo arrastró fuera del vehículo con la ayuda de Tyrakis, mientras Leigh Fermor y Paterakis se encargaron de inmovilizar a Kreipe. El comando condujo durante más de una hora por las carreteras de la isla, con Moss ocupando el puesto del conductor, Leigh-Fermor a su lado haciéndose pasar por el general, y Kreipe en el asiento trasero sujetado por los dos cretenses. Cuando llegaron a las montañas, Moss, Tyrakis, Paterakis y Kreipe siguieron el camino a pie. Leigh-Fermor, antes de reunirse con ellos en un punto acordado de antemano, condujo el coche hasta un lugar aislado y lo abandonó allí, dejando en su interior una nota para los alemanes:

A LAS AUTORIDADES ALEMANAS EN CRETA:
Señores, su comandante divisionario, el general Kreipe, ha sido capturado hace poco por una incursión BRITÁNICA a nuestro mando. Cuando lean esto, estará camino de El Cairo. Queremos señalar con toda insistencia que esta operación se ha llevado a cabo sin ayuda de CRETENSES o partisanos CRETENSES y que los únicos guías empleados han sido soldados en servicio activo de las FUERZAS DE SU MAJESTAD EL REY DE GRECIA en Oriente Medio, quienes vinieron con nosotros. Su general es un honorable prisionero de guerra y se le tratará con toda la consideración dada a su rango. Cualquier represalia contra la población local estaría del todo injustificada.
Auf baldiges Wiedersehen!
P.D. Nos duele mucho tener que dejar abandonado este excelente coche.


Según contaría después de la guerra un miembro del cuartel general de Kreipe, cuando llegó la noticia del secuestro al comedor de oficiales de Heraklion se hizo un incómodo silencio que alguien rompió diciendo: "Bueno, señores, creo que esto se merece una ronda de champán". El general Kreipe no era muy popular entre sus subordinados. El temor que inspiraba explicaría la facilidad con la que los agentes del SOE circularon por las carreteras de Creta sin que nadie se atreviese a detener el coche del general en ninguno de los numerosos puestos de control por los que pasaron.

El grupo cruzó las montañas, ocultándose de las patrullas alemanas y los aviones de reconocimiento que les buscaban por toda Creta. Durante la huida el general Kreipe se fracturó un brazo en una caída y tuvo que llevarlo en cabestrillo. Cuando estaban llegando a la playa donde iban a ser recogidos, en la costa sur de la isla, recibieron el aviso de que el lugar estaba vigilado por tropas alemanas y tuvieron que ocultarse mientras acordaban un nuevo punto de rescate con El Cairo. Al fin, el 14 de mayo el equipo del SOE y su prisionero embarcaron en una cala cercana a Rodakino en una lancha motora británica que les llevó hasta Mersa Matruh, en Egipto.

Aunque en un principio el general Bruno Bräuer, sustituto de Kreipe, amenazó con castigar a los cretenses, finalmente no hubo represalias alemanas. Después de todo, el único herido en la acción había sido el prestigio del ejército alemán.

El general Kreipe fue trasladado desde Egipto a un campo de prisioneros en Canadá, y más tarde a otro campo especial en Gales. Fue liberado en 1947. En 1950 William Moss publicó un libro en el que relataba la historia del secuestro, Ill Met by Moonlight. En 1957 el libro fue llevado al cine, en una película con el mismo título protagonizada por Dirk Bogarde:



En 1972 los principales personajes de esta historia, incluyendo a la víctima del secuestro, se reencontraron en un programa de la televisión griega, una versión del clásico formato "Esta es su vida". Si alguien tiene curiosidad por ver el programa entero, está en Youtube (en griego, por supuesto):



Fuentes principales:
Peter D. Antill: Creta, el gran asalto paracaidista nazi
http://en.wikipedia.org/wiki/Kidnap_of_General_Kreipe