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El hermano "filipino" de Franco

Aunque es un hecho poco conocido, la existencia de Eugenio Franco Puey hace décadas que no es ningún secreto. Con frecuencia se le menciona en las biografías de Francisco Franco, pero solo de pasada y sin demasiados detalles, básicamente como muestra del carácter mujeriego y vividor de su padre.

Eugenio nació en diciembre 1889 en Cavite, sede del principal arsenal de la Armada española en las Filipinas. Era hijo de Nicolás Franco Salgado-Araújo, oficial del Cuerpo de Intendencia de la Armada, que por entonces tenía 34 años, y de Concepción Puey, una muchacha de 14 años hija de otro oficial español. Nicolás Franco reconoció al niño como hijo suyo y le dio su apellido, aunque inmediatamente después del nacimiento regresó a España (es difícil saber si huyó o le echaron, pero parece evidente que su traslado estuvo relacionado con el escándalo). Unos pocos meses más tarde, en mayo de 1890, se casó en Ferrol con María del Pilar Baamonde (la hache intercalada en el apellido se la añadirían después), una joven de 25 años, ferviente católica y perteneciente a una familia muy tradicional emparentada con la aristocracia gallega. Aquel matrimonio estaba condenado al fracaso. Pero antes de separarse (o, para ser más exactos, de que el marido abandonase a su familia), Nicolás y Pilar tuvieron cuatro hijos. El segundo de ellos fue Francisco Franco Bahamonde.

Concepción Puey regresó a España con su hijo tras el desastre del 98. Eugenio Franco Puey residió casi toda su vida en Madrid. Apenas tuvo relación con su padre, ni siquiera cuando Nicolás se trasladó también a la capital con su nueva pareja, una maestra de escuela. Eugenio trabajaba como topógrafo en el Instituto Geográfico y Catastral. Parece que era de simpatías republicanas, y al finalizar la guerra civil, como muchos otros empleados públicos, fue sometido a un proceso de depuración política, aunque logró conservar su puesto. Llevó una vida discreta, y, que se sepa, exceptuando a su familia más cercana, nunca mencionó su parentesco con el hombre que se había convertido en jefe del Estado y gobernaba España con mano de hierro. Murió en 1966, a los 75 años.

Eugenio Franco nunca acudió al Generalísimo para pedirle ningún favor. Quien sí lo hizo fue su yerno Hipólito Escolar. En el caso de que no tuviese ya conocimiento de su existencia (lo que tampoco sería muy extraño), Franco supo que tenía un hermano de padre por una carta que Escolar le escribió en 1950.

Según cuenta Paul Preston, en una nota a pie de página en su libro Franco, Caudillo de España: ”en 1950, Hipólito Escolar, yerno de Eugenio Franco Puey y entonces director de la Biblioteca Municipal de Almería, escribió a Franco. Como resultado de su carta, Franco lo nombró director de la Biblioteca Nacional”. Lo cierto es que su nombramiento es difícil que fuese consecuencia de aquella carta, más que nada porque no fue nombrado director de la Biblioteca Nacional hasta un cuarto de siglo más tarde, a finales de 1975, cuando el dictador estaba muerto o agonizante (desconozco la fecha exacta).

En realidad parece que Franco no quiso saber nada de su hermano. Hipólito Escolar era el marido de la única hija de Eugenio (de nombre Concepción, igual que su madre). Lo más probable es que su intención al tratar de ponerse en contacto con el Caudillo fuese utilizar sus influencias. En aquella época ejercía el cargo de director de la Biblioteca Francisco Villaespesa de Almería, muy lejos de Madrid, donde tenía en marcha varios proyectos profesionales (era uno de los socios fundadores de la editorial Gredos). Además, su primer hijo acababa de nacer. Es lógico pensar que trataba de usar el nombre de Franco para conseguir un puesto importante en la capital. Pero no parece que le sirviese de mucho. No logró el traslado hasta 1952, y antes de su nombramiento como director de la Biblioteca Nacional desarrolló una larga y prestigiosa carrera como bibliotecónomo e investigador. Se puede ver, por ejemplo, en su entrada en la Wikipedia, donde no se hace mención a su relación familiar con Franco.

Tres días de mayo

La tarde del 29 de mayo de 1937 dos bombarderos Tupolev SB-2 Katiuska de la aviación republicana, con tripulaciones soviéticas, despegaron de la base aérea de Los Alcázares, en Murcia, en una misión de reconocimiento sobre el Mediterráneo. Hacia las seis de la tarde descubrieron y atacaron un gran buque de guerra fondeado en la bahía de Ibiza. A su regreso los pilotos afirmaron haber bombardeado el crucero Canarias, el mayor buque de la marina franquista. Ya entrada la noche Juan Negrín (un socialista moderado nombrado primer ministro pocos días antes en sustitución de Largo Caballero) telefoneó al presidente de la República, Manuel Azaña, y le informó de que el Canarias había sido alcanzado en el puerto de Ibiza. Poco después Negrín volvió a llamar al presidente para comunicarle los últimos y preocupantes datos: el buque era alemán (“creía que el Almirante Spee”, escribe Azaña en su diario), y se encontraba ardiendo y a punto de hundirse. Con el paso de las horas la confusión inicial se fue aclarando. El barco atacado era en realidad el “acorazado de bolsillo” alemán Deutschland. Los daños materiales no fueron excesivamente graves, pero una de las bombas había caído en el comedor de la tripulación, matando a veintidós marinos e hiriendo a otros ochenta y tres, nueve de los cuales morirían más tarde a consecuencia de las heridas sufridas. Al día siguiente el gobierno republicano reconoció el error de los pilotos (ocultando su nacionalidad) al explicar que habían atacado el buque al confundirlo con el Canarias, pero al mismo tiempo, en una evidente contradicción, alegó que el Deutschland había sido el primero en abrir fuego. Lo cierto es que, aunque no era nada creíble que los pilotos hubiesen actuado respondiendo a un ataque previo, el acorazado alemán se encontraba en la zona de control asignada por el Comité de No Intervención a la marina francesa, y a una distancia de la costa mucho menor de diez millas, el límite fijado para las patrullas navales que vigilaban el cumplimiento de los acuerdos que prohibían el envío de material bélico a los contendientes en la Guerra Civil Española.

El buque alemán se dirigió a Gibraltar para desembarcar a los heridos y efectuar las reparaciones de urgencia necesarias. Mientras tanto, un Hitler enfurecido convocó un Consejo de Ministros en la tarde del 30 de mayo y ordenó responder con contundencia al ataque, arriesgándose a provocar una grave crisis internacional en el momento menos oportuno. Aunque dejó que su ira se impusiese a cualquier cálculo político, el Führer tuvo el cuidado de elegir como blanco de sus represalias una ciudad pequeña y de importancia secundaria, alejada de los frentes de combate y sin prensa extranjera. Solo un mes antes Guernica había sido arrasada por los bombarderos de la Legión Cóndor, provocando una oleada de indignación en todo el mundo que aún estaba lejos de amainar.

Al amanecer del 31 de mayo una fuerza naval, compuesta por el acorazado Admiral Scherr, gemelo del Deutschland, y los destructores Albatros, Leopard, Seeadler y Lluchs, apareció frente a Almería, situándose a una distancia de unos doce kilómetros, fuera del alcance de las baterías costeras, y abrió fuego sin previo aviso. Durante casi una hora los buques alemanes dispararon sin ninguna oposición más de doscientos proyectiles contra el centro de la ciudad. El bombardeo causó el derrumbe de al menos treinta y cinco edificios. Las cifras de víctimas varían mucho dependiendo de las fuentes. Las oficiales fueron de diecinueve muertos y cincuenta y cinco heridos.

A aquellas alturas de la guerra los aviones alemanes de la Legión Cóndor habían bombardeado ya en incontables ocasiones territorio español, pero lo habían hecho como una fuerza de voluntarios oficialmente integrada en el ejército franquista. En cambio, los buques que atacaron Almería enarbolaban la bandera de la Kriegsmarine. No había maquillaje posible: Alemania había bombardeado una ciudad española.


En cuanto tuvo noticia del ataque, el ministro de Defensa, el dirigente socialista Indalecio Prieto, convocó una reunión de urgencia del Estado Mayor Central para evaluar la situación y presentar al Consejo de Ministros sus recomendaciones aquella misma mañana. La reunión, presidida por el coronel Vicente Rojo, uno de los estrategas más brillantes del ejército republicano, transcurrió en un ambiente de gran tensión. No podía ser de otra manera, ya que desde el principio estaba claro que las posibles opciones se reducían a dos: dejar sin castigo la agresión tragándose el orgullo, o responder a ella, lo que inevitablemente significaría la guerra entre España y Alemania.

La recomendación del Estado Mayor Central al gobierno fue la de responder al ataque. El coronel Rojo sabía que aquella era una decisión política que iba mucho más allá de consideraciones estratégicas, pero se atrevía a apuntar en su informe que así se acabaría con "las actuales ficciones", puesto que de hecho Alemania ya estaba en guerra con España (obviamente se refería a la ayuda que Alemania, Italia y Portugal estaban dando abiertamente al bando rebelde). En cuanto a la respuesta militar, proponía dos acciones simultáneas: los submarinos que operaban en el Cantábrico se desplazarían al Canal de la Mancha para atacar a buques alemanes, y la aviación se concentraría en ataques a las bases navales de Melilla y Palma, utilizadas habitualmente por la marina alemana en el Mediterráneo.

La respuesta alemana sería un bloqueo absoluto del territorio republicano o una intervención militar abierta. En ambos casos se esperaba que una acción directa y a gran escala de Hitler en España obligaría a las potencias europeas a implicarse en el conflicto, si no directamente, al menos abriendo las fronteras y enviando ayuda material. Mientras esta no llegase, el Estado Mayor Central proponía ganar tiempo pasando a la defensiva. Indicaba las lineas con más posibilidades de defensa en las que tendrían que atrincherarse las fuerzas terrestres y los puertos en los que se refugiaría la flota. Las acciones ofensivas se limitarían a ataques aéreos. Para asegurar la ayuda internacional era imprescindible una fuerte acción diplomática. En caso necesario, para acabar de convencer a Francia y Gran Bretaña, el gobierno podría prometerles ganancias territoriales (se supone que posesiones españolas en el norte de África, de las que el gobierno republicano se habría desprendido encantado).

Indalecio Prieto se mostró de acuerdo con las conclusiones del informe que le presentó el coronel Rojo y acudió con el documento a la reunión del Consejo de Ministros. La República tenía un gobierno de concentración, formado por una amplia coalición de fuerzas políticas. La más numerosa era el PSOE, con tres ministros, pero también había representantes del Partido Comunista, Izquierda Republicana, Unión Republicana, Esquerra Republicana de Catalunya y el Partido Nacionalista Vasco. En la reunión Prieto defendió la respuesta armada a la agresión alemana, alegando que si Hitler entraba abiertamente en la guerra, a Gran Bretaña y Francia no les quedaría más remedio que acudir en ayuda de la República española. Pero no encontró ningún apoyo en el resto del gobierno. Los ministros no se hacían muchas ilusiones sobre la posible intervención de las potencias democráticas en auxilio de la República, arriesgándose a iniciar una nueva guerra mundial. Y si finalmente sucedía, nadie estaba dispuesto a cargar con la culpa de haber ayudado a provocarla. Prieto se quedó solo en la defensa de las recomendaciones del Estado Mayor. Sin embargo, la reunión se alargó durante varias horas. Aprovechando el descanso para la comida, Negrín reclamó la presencia del presidente Azaña para que se sumase a las deliberaciones.

Tras el receso, Negrín explicó a Azaña que en lo básico el gobierno había alcanzado ya una decisión unánime y que las discrepancias se limitaban a ciertos matices. En presencia del presidente hablaron el republicano José Giral, ministro de Estado (relaciones exteriores), y Prieto como ministro de Defensa. Giral explicó las gestiones diplomáticas que se estaban realizando para dar a conocer internacionalmente la posición española y dejó claro que se oponía totalmente a cualquier medida que pudiese agravar el conflicto. A continuación tomó la palabra Prieto, que no mostró discrepancias de fondo con la decisión del gobierno y se limitó a quejarse de la injusticia que tenían que sufrir. “Ignoro si en la primera parte del Consejo su actitud fue más resuelta, y, habiéndose encontrado en minoría, se abstuvo de insistir en mi presencia”, cuenta Azaña en sus memorias. Cuando el presidente invitó a hablar a cualquier otro ministro que lo desease, tomó la palabra el de Instrucción Pública, el comunista Jesús Hernández, que habló sobre lo perjudicial que sería para todos dejarse arrastrar al terreno al que les empujaba Alemania. Según contaría más tarde Prieto, durante el receso Hernández había solicitado instrucciones a los representantes del Komitern en España, que le dictaron la postura que tenía que tomar. Lo mismo insinuó Azaña, al comentar que “se traía una lección muy bien aprendida”. Lo cierto es que Stalin también deseaba evitar por todos los medios que la crisis fuese a más. Siendo soviéticos los pilotos que bombardearon el Deutschland, alguien podría pensar que el incidente había sido provocado intencionadamente por la URSS, pero en aquel momento poner a toda Europa al borde de la guerra era lo último que interesaba al gobierno soviético.

Por último habló el presidente Manuel Azaña, que se mostró tajante: había que evitar a toda costa una extensión del conflicto. Recomendaba al gobierno no responder al ataque y confiar en que las presiones diplomáticas franco-británicas disuadiesen a los alemanes de lanzar nuevas agresiones. “Hay que evitar que el Deustchland sea muestro Maine”, añadió, recordando el acorazado hundido en 1898 que supuso la guerra entre España y Estados Unidos. Igual que entonces, aunque a posteriori el mundo reconociese que tenían la razón de su lado, las futuras generaciones no les perdonarían haber llevado al país al desastre. En su diario, en la entrada del 2 de junio, escribió: “En el curso que siguen los sucesos, hay que esperar un sobresalto de Francia e Inglaterra, cuando las provocaciones alemanas e italianas no permitan dudar de sus propósitos. Pero ese momento no ha llegado”. Nunca llegaría. Ni siquiera un año después, cuando la crisis de los Sudetes llevó de nuevo a Europa al borde de la guerra. En aquella ocasión Gran Bretaña y Francia cedieron en el último instante ante Hitler, abandonando a su suerte a Checoslovaquia, y, de paso, acabando con las últimas esperanzas de la República española.

El gobierno republicano se limitó a protestar por la agresión y por las continuas rupturas de la teórica neutralidad de alemanes e italianos en la guerra española. El único beneficiado de la crisis fue el bando franquista, ya que, como respuesta al bombardeo del Deustchland, Alemania e Italia abandonaron temporalmente el Comité de No Intervención cuando más fuertes eran las presiones para lograr un acuerdo de retirada de voluntarios extranjeros.

Años después, Prieto calificó su postura en aquel Consejo de Ministros como la de "un pesimista", que no veía posibilidades de ganar la guerra sin la intervención de las potencias occidentales. Pero el hecho de que la propuesta estuviese respaldada por un informe del coronel Rojo y el Estado Mayor Central republicano indica que había consideraciones estratégicas que hacían que fuese una opción a tener en cuenta. Vicente Rojo siempre creyó que había sido una gran oportunidad perdida por la República.

Fuentes principales:
Sobre el informe del EMC, un artículo de Jorge M. Reverte en el País:
http://elpais.com/elpais/2008/10/18/actualidad/1224317820_850215.html
Sobre la reunión del Consejo de Ministros, principalmente los Diarios de Guerra de Manuel Azaña
Más: http://www.culturandalucia.com/ALMER%C3%8DA/GCA/Bombardeo_de_Almeria_por_Escuadra_Alemana_Rafael_Quirosa_Mu%C3%B1oz.pdf


El Felix Baumgartner español

Estoy sorprendido del revuelo que ha causado el salto de Felix Baumgartner. Probablemente soy una de las pocas personas en el mundo que todavía no lo ha visto. Y eso que me gustan las historias de aventureros y de gente que pone a prueba sus límites. Pero, la verdad, no le veo tanto mérito a su hazaña. Aun así voy a aprovechar que el tema está de moda para hablar de un personaje que sí merece ser recordado. El título es engañoso, y la comparación con Baumgartner no hace ninguna justicia a Emilio Herrera Linares, el protagonista de nuestra historia, que además de pionero de la aviación, destacó como inventor, científico, militar, político... Y todo eso sin patrocinio de ninguna bebida energética.

En 1914 Emilio Herrera fue, junto a José Ortíz de Echangüe, el primer aviador en cruzar el Estrecho de Gibraltar. Dirigió la Sección de Globos Aerostáticos del Ejército en la guerra de Marruecos. Como experto en aeronáutica, creó la primera escuela de pilotos de hidroaviones de España. En 1918 tenía en proyecto la creación de una línea transatlántica de pasajeros, la Transaérea Colón, que utilizaría dirigibles desarrollados por el inventor español Leonardo Torres Quevedo. Años después el proyecto lo hicieron realidad los alemanes con sus Zeppelines. Herrera llegó a cruzar el Atlántico en 1930 como segundo comandante del Graf Zeppelin.

En la década de los 20 participó en la creación del Laboratorio Aerodinámico de Cuatrovientos, que se convertiría en el centro de la experimentación aerodinámica española, y de la Escuela Superior de Aerotecnia, la futura Escuela Superior de Ingenieros Técnicos Aeronáuticos, de la que fue su primer director. También colaboró con Juan de la Cierva en el desarrollo de su autogiro.

En 1931 se proclamó la República en España. Herrera, un monárquico conservador, solicitó a Alfonso XIII que le liberase de su voto de lealtad antes de jurar fidelidad al nuevo régimen, un gesto que dice mucho de su personalidad, de la importancia que tenían para él cosas como cuidar el honor y cumplir con los compromisos. Ese año la Sociedad de Naciones le nombró experto internacional en aviación. Representó a España en las negociaciones de desarme de 1932.

Como aviador, el sueño de Herrera era alcanzar las capas más altas de la atmósfera terrestre, o ir incluso más allá. En su discurso de ingreso en la Real Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, anunció un ambicioso proyecto: una ascensión en globo hasta la estratosfera.

"Tras ser nombrado miembro de la Academia de Ciencias y bajo los auspicios de esta institución y de la Sociedad Geográfica, presenté un proyecto de ascensión estratosférica en un globo de 37.000 metros cúbicos, con barquilla abierta, en el que debía ascender a 26 kilómetros de altitud protegido por una escafandra del espacio, cuya descripción fue publicada en la revista Ciencia Aeronáutica, de Caracas".

En 1931 el suizo Auguste Piccard había ascendido hasta los 16.000 metros en un globo de cabina presurizada. El proyecto de Herrera proponía una cabina abierta para poder realizar pruebas y recoger muestras. Eso haría necesario diseñar para la misión un traje presurizado que resistiese la ausencia casi total de atmósfera y permitiese los movimientos del piloto. Además, Herrera esperaba superar en más de 10.000 metros el record de altura de Piccard.

Durante 1935 Herrera trabajó en el Polígono de Aeroestación de Guadalajara en el diseño del globo, que tenía que permitir la ascensión a 26.000 metros, y en el Laboratorio de Cuatro Vientos en el del traje presurizado, equipado con sistema de respiración con oxígeno puro, micrófono, termómetros, barómetros y herramientas para la recogida de muestras.

El traje de Herrera consistía en una funda interior impermeable de caucho (que probó él mismo en la bañera de su piso en Sevilla), cubierta por una capa de tela resistente y otra de hilos de acero y chapas de duraluminio. Ese armazón metálico estaba articulado, con pliegues a modo de acordeón. Las partes articuladas estaban en los hombros, las caderas, los codos, las rodillas y los dedos. La movilidad del traje se probó en la Estación Experimental de Cuatro Vientos, y según su inventor los resultados fueron "totalmente satisfactorios".

Herrera diseñó un micrófono sin carbón para prevenir una posible ignición espontánea en la atmósfera de oxígeno puro. El casco era de acero, con un visor formado por tres capas: una de cristal irrompible, otra con un filtro ultravioleta y la exterior opaca a la radiación infrarroja, todas ellas con tratamiento antivaho. Herrera incluyó un calentador eléctrico, pero cuando puso a prueba el traje en una cámara de gran altitud, se dio cuenta de que incluso con una temperatura exterior de -79º C, la temperatura dentro del traje se elevaba a 33º C. Pronto comprendió que en un traje presurizado, aislado de la atmósfera enrarecida del exterior, el problema no era calentarlo, sino encontrar la forma de expulsar el calor producido por el cuerpo.

Herrera formaba parte de un movimiento que buscaba "purificar, reparar y glorificar la Lengua Española", partidario de utilizar palabras en español en lugar de los anglicismos de uso común en el lenguaje técnico. Llamaba "estratonáutica" a la ciencia y la práctica de los vuelos a grandes alturas (por encima de los 12.000 metros). Por eso bautizó el traje con el nombre de "escafandra estratonáutica". Su diseño inspiró los trajes espaciales empleados décadas después por los astronautas estadounidenses y soviéticos.


El vuelo estaba previsto para octubre de 1936. En julio de ese año estalló la Guerra Civil, y el proyecto fue abandonado. El traje acabó troceado para hacer chubasqueros para las tropas republicanas.

El comienzo de la Guerra Civil sorprendió a Herrera, que tenía el rango de teniente coronel, en un curso en Santander junto a Piccard. Herrera se mantuvo leal a la República. En 1937 fue ascendido a general. Ese año su hijo “Pikiki”, piloto de caza, murió en la batalla de Belchite. Su otro hijo fue el poeta y novelista José Herrera "Petere". Al terminar la guerra el general Herrera se exilió en Francia. Allí estaba considerado como un experto en aeronáutica de primer nivel. Vivía de los derechos de varias de sus patentes, y siguió investigando y publicando sus trabajos en revistas especializadas. Fue elegido miembro de la Academia de Ciencias francesa, donde propuso a su país de acogida el lanzamiento de un satélite artificial.

Según contó su ayudante, el piloto Antonio García Borrajo: "Cuando los norteamericanos le ofrecieron a Herrera trabajar para su programa espacial con un cheque sin limitaciones en ceros, él pidió que una bandera española ondeara en la Luna, pero le dijeron que sólo ondearía la de Estados Unidos". Herrera rechazó la oferta. En realidad es más probable que la negativa de Herrera se debiese a motivos personales o familiares. Aunque él no quiso trabajar para la NASA, recomendó en su lugar a un colaborador suyo, Manuel Casajust Rodríguez.

Como reconocimiento a la contribución española al programa Apollo, el propio Neil Armstrong, a su regreso de la Luna, regaló a Casajust una de las rocas que recogió de muestra. La roca lunar fue depositada en el Museo del Aire de Cuatro Vientos. El año 2004 se descubrió que había desaparecido (un misterio aún sin aclarar).

En el exilio, Herrera mantuvo su militancia antifranquista, aunque siempre buscando puentes que permitiesen una reconciliación nacional. Entre 1960 y 1962 fue presidente del gobierno de la República Española en el exilio. Antes de eso había sido ministro sin cartera durante varios años. Murió en Ginebra, en 1967, a los 88 años de edad.

Fuentes:
http://www.astronautix.com/craft/escutica.htm
http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/patrimonio/personajes/biografia.asp?id=24
http://elpais.com/diario/2009/07/19/madrid/1248002667_850215.html
http://www.alpoma.net/tecob/?p=743


Recreación de la Guerra Civil Española en Amposta (Tarragona)

Estas fotos me las ha enviado mi amigo Txus Oviedo. Fueron tomadas en una recreación histórica celebrada en Amposta el 14 de abril. Amposta está situada en la margen derecha del Ebro, a la entrada del delta. Fue ocupada por las tropas franquistas en la última fase de la campaña de Aragón, en abril de 1938. Más tarde se convirtió en un objetivo secundario en la ofensiva republicana que dio origen a la batalla del Ebro. Fue el único sector en el que los republicanos fracasaron en su intento de cruzar el río.


La batalla del Ebro en el contexto europeo

La ofensiva del Ebro fue la respuesta de la República a una situación desesperada. Tras la derrota de Teruel y el hundimiento del frente republicano en Aragón las tropas franquistas habían lanzado una gran ofensiva que las había llevado hasta el Mediterráneo, partiendo en dos el territorio republicano. En abril de 1938 Cataluña quedaba aislada, quedando la línea del frente delimitada por los ríos Ebro y Segre. Al mismo tiempo que la ofensiva franquista tenía lugar un acontecimiento internacional que hizo desviar la atención del mundo lejos de España: el 11 de marzo Hitler decretaba el Anschluss, la anexión alemana de Austria. El 13 la Wehrmacht desfilaba por las calles de Viena. Tres días después, el 16 de marzo, comenzó un ataque masivo de la aviación italiana contra Barcelona. Se trataba de una serie de 18 bombardeos que en dos días causaron más de mil muertos. Por primera y única vez, Franco protestó ante sus aliados italianos, a pesar de que probablemente el ataque se hizo con su conocimiento, y aunque no hubiese sido así, nunca, ni antes ni después, mostró reparos en que se atacasen objetivos civiles. La inesperada repercusión en la prensa extranjera y las protestas de Gran Bretaña y el Vaticano en una situación internacional delicada tras la ocupación alemana de Austria pudieron asustar a Franco. Además coincidía con un intento de llegar a un acuerdo con la mediación del Vaticano (ya comenté la indignación con la que el Vaticano respondió al bombardeo) de acabar con los ataques a ciudades, que había nacido de una propuesta de la representación republicana en la Sociedad de Naciones.

El Anschluss quedó finalmente sin respuesta por parte de las grandes potencias europeas, con excepción de un pequeño gesto que tendría gran importancia en el desarrollo de la guerra en España: a mediados de marzo Léon Blum, el primer ministro francés, decidió permitir la apertura parcial de la frontera española. No duró mucho tiempo, ya que tras el cambio en el gobierno francés (Blum fue sustituido por Daladier), unido a las presiones británicas e italianas, la frontera volvió a cerrarse a comienzos de mayo. La política británica estaba muy lejos de implicarse en ayudar a la República, ni siquiera en ese momento en el que parecía estar obligada a responder al desafío de Hitler. La respuesta británica fue buscar un acercamiento con Italia, con el que se pretendía alejar a Mussolini de Hitler y dar estabilidad a la región mediterránea. El 16 de abril se firmaba un pacto italo-británico. Durante las negociaciones los ingleses trataron lograr de la parte italiana un compromiso de retirada de las tropas (“voluntarios”) que combatían en España, aunque acabaron aceptando únicamente que Mussolini no mantendría fuerzas en España una vez acabada la guerra.

En el poco más de un mes en el que estuvo abierta la frontera franco-española pudieron llegar a Cataluña unas 25.000 toneladas de material bélico. Con ese nuevo material se les ofrecía a los republicanos la posibilidad de preparar una ofensiva que distrajese el avance de las tropas de Franco, que se había decidido por dirigirse al sur, hacia Valencia (hay quien piensa que el Anschluss influyó en la decisión, al no querer Franco atacar Cataluña y consecuentemente acercar sus fuerzas a la frontera francesa en un momento de tensión internacional). Las ofensivas franquistas contra Valencia estaban fracasando, pero no era probable que las defensas republicanas aguantasen por mucho tiempo su empuje. En la decisión de pasar a la ofensiva fue decisivo el cese de Indalecio Prieto como ministro de Defensa y la asunción del cargo por Juan Negrín, presidente del Consejo de Ministros. Negrín dio al Ejército Popular una fuerza moral y un ímpetu que Prieto, que se definía a sí mismo como un pesimista y que consideraba que la guerra estaba perdida, no podía dar. Negrín era consciente de que la superioridad material de las fuerzas de Franco era aplastante, pero contaba con que, dada la tensa situación europea, si se producía un estancamiento que hiciese pensar en un alargamiento indefinido de la guerra en España, las potencias acabasen aceptando una paz negociada con mediación internacional. La otra opción era que finalmente estallase la guerra en Europa, lo que daría un vuelco total a la situación y acabaría con las opciones de Franco de ganar la guerra. Con el fin de dar a las potencias una base para una paz negociada, el 1 de mayo de 1938 Negrín formuló sus “trece puntos”. Consistían básicamente en: sufragio universal, plebiscito sobre la forma de gobierno, respeto a las libertades regionales, a la libertad de conciencia y a la propiedad privada, reforma agraria, indemnización a las empresas extranjeras perjudicadas por la guerra, fin de la presencia militar extranjera y mantenimiento de España en la Sociedad de Naciones.

La estrategia republicana era muy arriesgada. Con la frontera francesa cerrada, pasar a la ofensiva implicaría consumir en poco tiempo los pocos recursos con los que se contaba, sin posibilidad de reponerlos. La ofensiva estaba prevista para el mes de junio, pero tuvo que retrasarse por problemas logísticos. Finalmente, en la madrugada del 25 de julio las unidades de vanguardia de dos cuerpos de ejército del Ejército Popular comenzaron a cruzar el Ebro dando inicio a la mayor batalla de la historia de España. La ofensiva perdió fuerza rápidamente, y menos de una semana después las tropas republicanas detuvieron su avance y se aprestaron a defender el territorio conquistado. El objetivo inmediato se había logrado: Franco canceló el ataque a Valencia y volvió su ejército contra las fuerzas que habían cruzado el Ebro. El enfrentamiento se convirtió en una gran batalla de desgaste como no había visto el mundo desde la Primera Guerra Mundial. Durante casi cuatro meses más de 300.000 hombres lucharon por una franja de terreno agreste y seco de menos de 800 Km2 sin ningún valor estratégico.

El objetivo secundario parecía que también se estaba consiguiendo. La percepción internacional de la situación en España cambió radicalmente. Pese a la aplastante superioridad franquista, parecía que la guerra podía llegar a un punto muerto, tras sus continuos fracasos en acabar con la bolsa del Ebro. El 29 de agosto el diario del conde Ciano recoge unas palabras de su suegro Mussolini: “Anota en tu diario que hoy, 29 de agosto, yo profetizo la derrota de Franco. Ese hombre o no sabe hacer la guerra o no quiere hacerla. Los rojos son luchadores, Franco no”. El 19 de septiembre el embajador alemán en Burgos, Eberhard von Stohrer, envió un informe en el que describía el ambiente de desánimo que reinaba en el cuartel general de Franco y las continuas discusiones de este con sus generales, a causa del estancamiento que se ha producido en la situación militar y la situación internacional cada vez más complicada.

El momento fue aprovechado por el gobierno republicano para tratar de implicar a las potencias europeas en la búsqueda de una paz negociada. Parecía que esta vez sí era posible, y más cuando estalló en Europa la crisis de los Sudetes.

Negrín era un reconocido fisiólogo. Con el pretexto de acudir a un congreso de medicina viajó a Zurich a principios de septiembre. Su estancia en la ciudad suiza coincidió con la del duque de Alba, lo que desató rumores sobre un intento de negociación directa con Franco. Pero no era ese el objetivo de Negrín. El 9 de septiembre se reunió en secreto con el conde de Welczek, embajador alemán en París. La cuestión de los Sudetes se estaba convirtiendo ya en una grave fuente de tensión internacional, y Negrín calculaba que Hitler estaría dispuesto a quitarse un problema de encima presionando a Franco para negociar un alto el fuego. Los contactos fueron un fracaso, ya que Hitler no mostró ningún interés en propiciar una negociación en España.

La gran baza republicana para obligar a Franco a aceptar una paz negociada era que las potencias del Comité de No Intervención (incluyendo lógicamente Italia y Alemania) llegasen a un compromiso y terminasen con la intervención militar extranjera en la guerra. Tanto Negrín como Azaña en sus intentos negociadores lo consideraban un paso previo para iniciar negociaciones, dando por hecho que sin ayuda extranjera Franco no vería posible una victoria militar a corto ni medio plazo. La presencia de tropas italianas y alemanas en España era un grave motivo de preocupación para Francia y Gran Bretaña, y al mismo tiempo una baza negociadora por parte de Alemania y sobre todo Italia. Se pensaba que cualquier intento de rebajar la tensión entre las potencias europeas incluiría exigencias u ofrecimientos de reducir la presencia militar en España. El 21 de septiembre Negrín anunció en la Sociedad de Naciones la retirada unilateral de las Brigadas Internacionales, como respuesta a una propuesta que había hecho el Comité de No Intervención el 5 de julio, un gesto con el que el gobierno republicano esperaba forzar a una presión internacional para lograr la retirada total de las tropas extranjeras. En la conferencia de Munich Mussolini se comprometió ante Chamberlain a retirar de España un número equivalente de voluntarios. Chamberlain se conformó con eso y con la garantía dada en abril de que no permanecerían tropas italianas en España una vez terminada la guerra. El compromiso fue anunciado más tarde por el gobierno de Burgos. Había en esos momentos unos 10.000 brigadistas, de los que 6.000 estaban combatiendo en el Ebro. El día 24 fueron retirados del frente. Los 10.000 italianos retirados eran sólo una fracción de los más de 30.000 que formaban el cuerpo expedicionario italiano. No había infantería italiana en el Ebro. Las aviaciones italiana y alemana, el elemento más valioso de la intervención de ambos países a favor de Franco, no fueron afectados por la reducción de fuerzas. En términos militares, el acuerdo fue perjudicial para la República. En el aspecto político, su utilidad fue nula.

A lo largo del mes de septiembre la crisis por la cuestión de los Sudetes fue creciendo en intensidad hasta hacer casi inevitable la guerra. Checoslovaquia, el único país europeo que apoyaba sin reservas a la República, trataba de resistir las presiones de Hitler y sus amenazas de recurrir a la fuerza para que cediese la región fronteriza de los Sudetes al Reich. La URSS anunció que acudiría en ayuda de Checoslovaquia si Francia también lo hacía (Francia tenía un tratado de asistencia mutua firmado con Checoslovaquia), mientras el gobierno francés se veía arrastrado por la política británica y por sus propios temores a empujar al gobierno checo a aceptar las exigencias de Hitler para evitar una nueva guerra general en Europa. A mediados de mes Alemania interrumpió el envío de suministros militares a Franco para hacer frente a sus propios preparativos bélicos. Ante las informaciones de que el gobierno francés estaba concentrando tropas en las regiones pirenaicas, Franco dio orden a su aviación de no operar a menos de 100 kilómetros de la frontera. El duque de Alba, el embajador oficioso de Franco en Londres, envió un informe en el que indicaba que el gobierno británico daba por hecho que en caso de que estallase la guerra europea Franco se alinearía con Hitler. Franco trató de dar toda clase de garantías a Gran Bretaña y Francia de que permanecería neutral en caso de conflicto, y así se lo comunicó también al gobierno alemán a través de su embajador en Berlín el almirante Magaz. Fueron días de nerviosismo e incluso pesimismo en Burgos: la posibilidad cada vez más cercana de guerra general en Europa y el estancamiento militar agravado por la interrupción de la llegada de material militar proveniente de sus aliados (interrupción que nadie podía saber si sería temporal o definitiva) ponían a Franco ante la amenaza real de perder la guerra.

En el bando republicano las sensaciones eran muy distintas. Incluso Azaña se mostraba casi eufórico en esos días. En los meses anteriores Azaña, presidente de la República pero que en esos momentos mantenía poco poder real, había tratado de establecer contactos a espaldas del gobierno de Negrín con el gobierno británico a través de su amigo John Leche, representante británico en Barcelona. Su propuesta era forzar un cambio del gobierno para apartar de él a los comunistas (que habían ganado mucho poder con Negrín) y propiciar así un acuerdo de paz avalado por Francia y Gran Bretaña. Azaña, como Prieto, Besteiro y otros dirigentes republicanos, veía en la influencia soviética un obstáculo para la paz, al contrario que Negrín, que pensaba que esta sólo llegaría con la república desde una posición de fuerza, y ésta sólo se conseguiría con el apoyo del partido comunista y la ayuda de la URSS. Las respuestas británicas a las propuestas de Azaña habían sido siempre negativas, pero en esos días en que la guerra en Europa parecía inevitable el alineamiento de la República con Francia y Gran Bretaña significaría la victoria segura y también la oportunidad de deshacerse de la perniciosa influencia comunista y la caída de Negrín al frente del gobierno.

Pero de forma sorprendente la conferencia de Munich lo cambió todo.

El 29 de septiembre se reunieron en Munich los jefes de gobierno de Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia, en un último intento de evitar la guerra. La URSS fue excluida de la conferencia, al igual que la propia Checoslovaquia. No hubo negociación digna de llamarse así. Los aliados acabaron aceptando todas las exigencias de Hitler, obligando a Checoslovaquia a hacerlo también, sabiendo que a corto plazo significaría su destrucción como estado independiente. Gran Bretaña y Francia perdían un importante aliado potencial, con un ejército moderno y una poderosa industria armamentística, que en poco tiempo quedaría en manos alemanas. La exclusión de la URSS acabó con la posibilidad de que Stalin hiciese frente común con los aliados occidentales para frenar el expansionismo de Hitler, lo que a la larga desembocaría en el pacto germano-soviético de 1939. La guerra de España se trató en Munich de forma superficial. Mussolini se comprometió a reducir su presencia militar y a no mantenerla una vez acabado el conflicto. Hitler respondió con un despectivo silencio cuando fue consultado sobre la cuestión por Chamberlain.

El 1 de octubre se celebraba en Burgos el segundo aniversario del nombramiento de Franco como jefe del gobierno y generalísimo de los ejército rebeldes. En su discurso dio su visión de lo que suponía el resultado de la conferencia: “Batalla de Munich, con su victoria de la paz, podemos llamar a la que acaba de librarse en tierras germánicas, en la que la política de sinceridad de los hombres de estado triunfó sobre las maquinaciones y amenazas bolcheviques. Por ello, el triunfo de la verdad y la justicia sonaron a cantos fúnebres en el campo rojo. Se les había prometido la guerra en Europa y se alentaba a la resistencia con cruel engaño”.

Ciertamente Munich supuso el fin de las esperanzas de la República. La posibilidad de alcanzar una paz negociada o de alargar el conflicto hasta enlazar con una guerra europea se desvanecieron. Se recrudeció la división entre los que creían obligado apoyarse en la URSS y los comunistas para continuar la lucha, una vez que el abandono de las democracias occidentales se veía ya definitivo, y los que viendo la guerra perdida querían deshacerse de los comunistas para tratar de negociar una rendición (división que desembocaría en el golpe de estado del coronel Casado de marzo de 1939).

El 18 de octubre George Mounsey, director del departamento para Europa Occidental del Foreign Office, tuvo dos reuniones por separado con Pablo de Azcárate, embajador de España en Londres, y el duque de Alba, representante oficioso de Franco, con la intención de sondear las posibilidades de una mediación internacional que terminase con el conflicto. Las posturas eran las mismas que antes de la crisis de Munich: el duque de Alba transmitió la exigencia de Franco de una rendición incondicional, Azcárate la condición previa reclamada por el gobierno republicano para iniciar negociaciones: retirada de tropas extranjeras y fin del suministro de armas a ambos bandos. El gobierno republicano aún creía que sin el apoyo de Alemania e Italia Franco sería incapaz de conseguir la victoria, pero después de Munich Hitler y Mussolini no tenían ya ninguna traba para intervenir en la guerra civil. Su presencia militar en España ya no era motivo de preocupación en Francia e Inglaterra, y había dejado de ser una baza negociadora.

Franco, tratando de hacer olvidar a sus aliados las promesas de neutralidad hechas a ingleses y franceses durante la crisis de los Sudetes, comenzó en octubre a negociar con Alemania la reanudación del envío de material bélico. En noviembre se llegó a un acuerdo por el que los suministros enviados a España serían pagados a crédito y se obtenían a cambio importantes concesiones mineras para compañías alemanas en España. La República estaba en cambio más aislada que nunca. El 11 de noviembre Negrín escribió una carta a Stalin solicitándole el envío de gran cantidad de material bélico y dando una visión optimista de la situación militar. La carta tenía que ser entregada personalmente por Ignacio Hidalgo de Cisneros, el jefe de la aviación republicana. La negociación en Moscú fracasó. Stalin, que nunca fue tan generoso como Hitler ni menos aún como Mussolini en las condiciones de pago, no iba a vender a crédito un material que dada la situación de la guerra probablemente quedaría sin cobrar. Además, tras Munich la prioridad de Stalin iba a ser el propio rearme soviético, al ver que no podía confiar en entrar en una política de alianzas europea.

Mientras todo esto ocurría continuaba la batalla en el Ebro. Las contraofensivas franquistas iba ganando terreno pero los republicanos todavía resistían. Finalmente el 30 de octubre dio comienzo la que sería la ofensiva definitiva: ocho divisiones, con tres más en reserva, apoyados por la mayor concentración artillera de la guerra y una superioridad aérea aplastante, se lanzaron a reconquistar el terreno que los republicanos habían logrado conservar durante más de tres meses. El 16 de noviembre las últimas unidades republicanas se retiraban cruzando el río por el puente de Flix y a continuación lo volaban. La batalla había terminado. Las fuerzas republicanas en Cataluña quedaban en una situación de debilidad extrema, agotadas y sin suministros. Franco ya no tenía reservas en atacar Cataluña para no provocar a los franceses, y fue hacia allí a donde dirigió su siguiente ofensiva, que comenzó el 23 de diciembre con una superioridad de medios abrumadora. Un mes después era tomada Barcelona. La guerra sólo duró otros dos meses más.

La muerte de Durruti

Aprovechando que mañana es 1º de mayo voy a dedicar una entrada a uno de los líderes obreros más populares de la historia de España. Pero lo voy a hacer como me gusta a mí, hablando de un episodio controvertido con versiones para todos los gustos. Me refiero a Buenaventura Durruti y a su muerte en Madrid, "en extrañas circunstancias", en la madrugada del 20 de noviembre de 1936, después de recibir un disparo el día anterior durante una visita de inspección al frente de la Ciudad Universitaria (el entrecomillado es porque morir de un tiro en medio de una guerra en el fondo no tiene mucho de extraño).

Las incontables versiones sobre la muerte de Durruti, quitando las más propagandísticas (como que murió en su habitación tiroteado por pistoleros comunistas) coinciden más o menos en lo fundamental: cuándo, dónde y cómo. El 19 de noviembre, cuando se dirigía al sector del frente de la Ciudad Universitaria donde combatían los milicianos de la Columna Durruti, ordenó detener el coche al ver a un grupo de milicianos que parecía que abandonaban el frente. Les hizo dar media vuelta, y cuando iba a volver a subir al coche recibió un disparo en el pecho. La cuestión es de dónde vino la bala. La versión oficial de la CNT no fue, como se ha dicho muchas veces, que fue asesinado por los comunistas. Eso fueron rumores difundidos por la radio rebelde que muchos anarquistas estaban dispuestos a creer. Hay que comprender que venían de Cataluña y Aragón. En Madrid el movimiento anarquista no tenía tanta fuerza, y tuvieron que ver con desconfianza el poder que estaban consiguiendo los comunistas y su influencia en la Junta de Defensa. La versión de la CNT, que no estaba por el enfrentamiento con los comunistas, fue la de un disparo enemigo. En eso hay algunas variantes: una bala perdida proveniente de los combates en el Hospital Clinico, que se encontraba a unos 600 metros de distancia (en ese momento se combatía por él, con los pisos inferiores ocupados por los milicianos y los superiores por los rebeldes), una ráfaga de ametralladora también del Hospital, o un tirador apostado en algún edificio cercano. Sin embargo, cualquiera que pudo ver la cazadora de Durruti pudo apreciar las quemaduras en torno a la herida, un indicio de que el disparo había sido a quemarropa. Otra versión la difundieron los comunistas tiempo después: Durruti fue asesinado por sus propios compañeros cenetistas cuando anunció su intención de colaborar con las demás fuerzas republicanas, olvidando la revolución (incluso se llegó a decir que iba a pasarse al PCE). La última versión, difundida también por comunistas interesados en desacreditar a las milicias anarquistas, era que fue uno de los milicianos a los que Durruti pretendía obligar a volver al frente el que le disparó.

La versión del asesinato, tanto si fueron anarquistas como comunistas los autores, tiene difícil explicación. Durruti no seguía un itinerario prefijado, era imposible que el asesino estuviese esperándole en ese lugar. Por lo tanto tuvo que ser uno de sus acompañantes. Más o menos, con algunas variantes, siempre salen los mismos nombres: su chófer Julio Graves, dos antiguos colaboradores suyos, Antonio Bonilla y Miguel Yoldi, y el sargento José Manzana. Eran todos hombres de confianza de Durruti. Que uno de ellos fuese un agente comunista camuflado o un anarquista traidor y actuase delante del resto es casi imposible. Que estuviesen todos de acuerdo para matarle más aún (de hecho lo habrían hecho mejor, porque Durruti fue trasladado con vida a un hospital y tardó varias horas en morir).

Así que, como es casi imposible que estuviesen todos implicados, la única posiblidad que nos queda es la del disparo accidental. Aquí también hay dos variantes:

- Fue un disparo de su propia arma, y la CNT quiso silenciar el hecho, pensando que una muerte absurda pondría en peligro el mito en el que se había convertido Durruti. Por eso se lo achacaron a una bala enemiga.

- Fue un disparo del arma de alguno de sus acompañantes (se habla del sargento Manzana). Sus compañeros para protegerle se inventaron lo del francotirador enemigo.

Antonio Bonilla dijo muchos años después que él pensaba que el disparo había sido del naranjero de Manzana (qué frutal queda esto). Pero no llegó a segurarlo, ya que al parecer el momento le pilló a él apartado de los otros y distraído. También insinuó de alguna forma que pudo no haber sido accidental. José Manzana era un sargento de artillería que servía a Durruti como ayudante y una especie de consejero militar. No estaba afiliado a la CNT. La versión de Bonilla no parece muy fiable. En realidad no aclara mucho.

La pregunta que se plantea ahora es: si la causa de la muerte fue un disparo accidental de su propia arma ¿cómo se explica semejante negligencia de un hombre tan acostumbrado a manejar armas? ¿es que andaba por ahí con el arma en la mano y sin el seguro? Pues sí, porque no tenía más remedio. El arma de Durruti era un "naranjero", una copia del subfusil alemán MP-28 fabricada sin licencia en Valencia. El naranjero no tenía seguro. Es perfectame creíble que el arma se disparase al dar un golpe con la culata en el suelo, al agacharse para subir al coche, y el disparo alcanzase a Durruti en el pecho.

Ricardo Rionda, que estuvo en el Comité de Guerra de la Columna Durruti desde su formación y era uno de sus principales colaboradores, contó años después que todos los testigos coincidieron en que la muerte la había causado un disparo accidental del arma de Durruti. Pero al poco tiempo entre las filas anarquistas estaban circulando rumores de que Durruti había sido asesinado por los comunistas. Para acabar con todas las especulaciones y no levantar sospechas sobre su muerte (sin éxito, evidentemente) se decidió que la CNT tenía que emitir un comunicado en el que se explicase que Durruti había muerto por el disparo de un francotirador enemigo.

La Olimpiada Popular de Barcelona

En 1931 la pretensión de Barcelona de albergar unos Juegos Olímpicos se podía considerar ya una “vieja” aspiración. Había sido una de las grandes favoritas para los Juegos de 1924, pero en un acto de caciquismo descarado del barón de Coubertain el Comité Olímpico Internacional había rechazado su candidatura para concedérselos a París. Desde entonces el movimiento olímpico había adquirido una gran importancia económica y política (aunque nada comparado con lo que es actualmente) y la adjudicación de la sede de unas Olimpiadas era ya un tema de política internacional. En ese año, 1931, tocaba elegir la sede de los Juegos de 1936. Barcelona era la gran favorita. La Exposición Universal de 1929 (durante la cual se había inaugurado el estadio de Montjuic) había dejado una gran imagen en todo el mundo. Y además se jugaba en casa. El congreso en el que el Comité Olímpico Internacional iba a elegir la sede se iba a celebrar en la Ciudad Condal el 24 de abril.

Justo diez días antes se proclamó en España la 2ª República. La prensa mundial se llenó de noticias de revueltas y disturbios en las ciudades españolas. El cambio de régimen hacía presagiar un periodo de inestabilidad que nadie podía saber cómo acabaría. La mayoría de los congresistas no se presentaron a la cita de Barcelona, tan sólo 19 acudieron el día señalado, y la votación tuvo que aplazarse. Cuando se celebró por correo, tres semanas más tarde, 16 de los 19 que se habían presentado al congreso votaron por Barcelona, pero el resto optaron por opciones más seguras. Por una abultada mayoría (43 votos) la ciudad elegida fue Berlín.

Dos años después Hitler era nombrado Canciller de Alemania. En poco tiempo se convirtió en Führer y comenzaron a disiparse las dudas que algunos podían tener sobre cuál era la naturaleza de su régimen. En varios países (sobre todo Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia) algunos políticos y un sector de la prensa comenzaron a reclamar un cambio de sede o el boicot a los Juegos. Siempre se les contestaba con el argumento de que no había que mezclar el deporte con la política. En cambio Hitler se dio cuenta enseguida de la gran oportunidad que le daban los Juegos de Berlín. Tuvo gestos para tranquilizar a la opinión pública mundial, sobre todo a aquellos que se preguntaban si sus leyes antisemitas podían estar de acuerdo con el espíritu olímpico. Así mantuvo al judío Theodor Lewald como presidente del Comité Organizador de los Juegos de Berlín. En un último momento hubo una amenaza de boicot por parte de algunos miembros estadounidense del Comité Olímpico Internacional a causa de la esgrimista Helena Mayer, también judía, cuyo caso tuvo una gran repercusión internacional. A otros atletas judíos ni siquiera se les permitió presentarse a la pruebas clasificatorias, pero Mayer pudo participar en los Juegos (ganaría para Alemania una medalla de plata).

En medio de las dudas sobre el futuro de los Juegos de Berlín comenzó a crecer un movimiento internacional que pretendía organizar unas olimpiadas paralelas a modo de protesta por el uso propagandístico de los Juegos por parte del régimen nazi, y también para reivindicar un regreso a los valores olímpicos originales, dando más protagonismo al deporte aficionado y a la participación popular. Muchas organizaciones de izquierdas, sindicatos y asociaciones deportivas se sumaron a la idea, que comenzó a tomar forma. La elección de la sede era obvia, la ciudad que habría sido la oficial de no ser por el miedo de los miembros del COI al régimen "revolucionario" español. Así nació la idea de la Olimpiada Popular de Barcelona. El proyecto fue financiado en gran parte por España y Francia, ambos países con gobiernos de Frente Popular. También contribuyó el gobierno autonómico catalán. Lluís Companys fue nombrado Presidente Honorario de los Juegos. Como es lógico la Olimpiada Popular se iban a organizar totalmente al margen del Comité Olímpico Internacional.

Finalmente ningún país boicoteó los Juegos de Berlín. Ni siquiera los gobiernos de izquierdas de España y Francia se decidieron a hacerlo, aunque habían dado su apoyo institucional a los de Barcelona. La intención de convertir la Olimpiada Popular en unos juegos paralelos comenzó a desvanecerse. Ningún atleta de renombre iba a estar dispuesto a perderse la cita de Berlín desde el momento en el que comenzó a estar claro que no habría boicots. Los organizadores de Barcelona trataron de compensarlo reafirmando su condición de juegos amateurs. Incluso se incluyeron en el programa representaciones folclóricas.

El número de participantes inscritos, entre deportistas y grupos folclóricos, alcanzó las 8.000 personas, pertenecientes a 23 delegaciones nacionales. A los países participantes se les permitía presentar equipos regionales, por lo que también habría representación de Cataluña, Euskadi, Galicia, Alsacia o Marruecos. También participaban Alemania e Italia, con equipos formados por exiliados políticos. Las delegaciones más numerosas eran la de Estados Unidos y la de Francia.

Probablemente la Olimpiada Popular habría fracasado en el objetivo de hacer sombra a los Juegos de Berlín, pero habría sido un éxito en participación. De haberse celebrado. Porque la ceremonia de inauguración iba a ser en el estadio de Montjuic el 19 de julio de 1936. El día anterior, el del ensayo general, estalló la guerra civil en España. Muchos de los participantes en la Olimpiada Popular tuvieron que regresar precipitadamente a sus países, aunque otros se quedaron y se alistaron como milicianos para luchar en las barricadas de Barcelona. De allí nacieron las columnas de voluntarios extranjeros que acudieron a combatir al frente de Aragón, como la Gastonne Sozzi, formada por exiliados italianos, la alemana Thaelmann, la franco-belga París, o la británica Tom Mann.

Los Juegos de Berlín fueron inaugurados sin contratiempos el 1 de agosto. Fueron un enorme éxito. Superaron en todo a las Olimpiadas que se habían celebrado hasta la fecha. Si Los Ángeles 1932 había tenido un presupuesto de 2,5 millones de dólares, la cifra de Berlín ascendió a 30 millones. Fueron la mejor propaganda que nunca pudo soñar el régimen nazi.

La ayuda de Mussolini a Franco

En marzo de 1934 dos destacados monárquicos españoles, Antonio Goicoechea (alfonsino) y Rafael Olazábal (carlista), firmaron en Roma un pacto con el dirigente fascista Italo Balbo en representación del gobierno italiano, por el cual Italia iba a ayudar financieramente y a suministrar armas a la oposición monárquica, y, en el caso de que se produjese un alzamiento contra la República Española, se comprometía a apoyar a los sublevados, incluso militarmente si fuese necesario. Mussolini pretendía desestabilizar a la República para evitar un supuesto alineamiento de España con Francia en política exterior.

Después del golpe militar del 18 de julio Franco necesitaba urgentemente aviones de transporte para trasladar el Ejército de África desde Marruecos a la península, y trató de conseguir la ayuda que había prometido Mussolini. El 22 de julio hizo una petición a través del cónsul general de Italia en Tánger, que se llamaba nada menos que Pier Filippo de Rossi del Lion Nero. De Rossi escribió un telegrama a Roma donde solicitaba el envío de bombarderos y aviones de transporte. La respuesta de Mussolini fue un lacónico NO escrito al pie del telegrama. En un segundo telegrama que insistía en la petición de ayuda Mussolini escribió ARCHIVAR. Queda claro que Mussolini no estaba muy dispuesto a implicarse en el conflicto español.

Esa era la situación que se iba a encontrar el enviado personal de Franco, el periodista monárquico Luís Bolín, el mismo que antes del levantamiento militar había viajado a Inglaterra para contratar un avión (el Dragon Rapide) con el que Franco pudiese trasladarse de Canarias a Marruecos para ponerse al frente del Ejército de África. El 19 de julio Bolín partió para Roma, haciendo escala en Lisboa, donde consiguió el visto bueno del general Sanjurjo, y en Biarritz, donde se entrevistó con Luca de Tena, propietario del ABC, y el Conde de los Andes, antiguo ministro de la monarquía. Por mediación de ellos Bolín consiguió la ayuda de Alfonso XIII. En Roma a Bolín se le unió el Marqués de Viana, llegado desde Viena como enviado del rey exiliado con la misión de facilitar la negociación gracias a sus influencias romanas.

El 23 de julio Bolín y el Marqués de Viana fueron recibidos por Galeazzo Ciano, el yerno de Mussolini, que había sido nombrado ministro de Asuntos Exteriores apenas un mes antes. Ciano se mostró entusiasmado con la idea de enviar aviones en apoyo de los rebeldes españoles y les prometió que obtendrían de Italia toda la ayuda que necesitasen. Pero al día siguiente fue Filippo Anfuso, el jefe de gabinete de Ciano, quien se reunió con ellos para comunicarles que Italia no iba a ayudar a los sublevados. Bolín acudió de nuevo a Ciano, que había demostrado claramente que era el principal valedor de su causa dentro del gobierno italiano. En una segunda entrevista Bolín explicó a Ciano la situación desesperada de los sublevados y la necesidad urgente de los aviones.

El general Mola, auténtico jefe de la rebelión militar, envió por su parte el 24 de julio a Roma a Antonio Goicoechea, uno de los firmantes del acuerdo secreto entre la oposición monárquica y el gobierno fascista. Goicoechea se reunió también con Ciano el día 25 y le solicitó el envío de aviones. Le aseguró que los líderes militares del alzamiento estaban de acuerdo con los firmantes del pacto (como se ha visto todos los enviados a Italia para solicitar ayuda eran monárquicos reconocidos, ya que como el acuerdo previo lo habían firmado los italianos con la oposición monárquica, tenían que disipar cualquier duda que tuviese Mussolini sobre si los militares sublevados estaban representados por ellos).

Ciano insistió a su suegro, hasta que finalmente el 27 de julio consiguió que Mussolini aceptase enviar doce bombarderos Savoia S81, pero exigiendo el pago al contado antes de la entrega. El banquero mallorquín Juan March adelantó el dinero. El 30 de julio los doce bombarderos, con Bolín regresando como pasajero en uno de ellos, partieron de Cerdeña con destino a Melilla. Sólo llegaron nueve: debido a un fuerte temporal dos se estrellaron y uno tuvo que aterrizar en el Marruecos francés, donde fue incautado por las autoridades.

Así comenzaba la intervención italiana en la Guerra Civil Española, que en un principio pretendía ser limitada y de corta duración (Ciano contaría años después a Hitler que Franco le había asegurado que con el envío de doce bombarderos podría ganar la guerra en unos días). Pero con el tiempo Italia se fue implicando cada vez más en la contienda, hasta convertirse con diferencia en la potencia que más hombres y material envió. Llegó a haber 70.000 combatientes italianos en España.


La ayuda de Hitler a Franco

En los primeros días tras el golpe militar del 18 de julio de 1936 contra la República española los sublevados se encontraban en una situación muy difícil. El alzamiento había fracasado en Madrid y en la mayoría de las grandes ciudades. Su única opción de victoria era que el ejército de Africa (donde se encontraba lo mejor del ejército español, y que se había unido en bloque a la sublevación) lograse trasladarse a la península en poco tiempo. La Armada había permanecido mayoritariamente leal a la República, y bloquearía cualquier intento de cruzar el Estrecho por mar. La única posibilidad que les quedaba era conseguir ayuda extranjera que permitiese establecer un puente aéreo para transportar a las tropas.

La primera opción fue la más previsible. El 19 de julio Franco envió a Luís Bolín a Italia para conseguir que Mussolini le enviase aviones de transporte. No fue una misión fácil. Las gestiones duraron hasta día 28, cuando el Duce aprobó finalmente la ayuda. El 30 partieron de Cerdeña los aviones con destino a Melilla.

Paralelamente Franco intentó conseguir la ayuda de Alemania. Esta era más difícil, ya que los contactos previos de los sublevados con el gobierno alemán eran menores que los que tuvieron con el italiano (que llevaba mucho tiempo ayudando financieramente a los conspiradores antirrepublicanos), y además la situación internacional, poco tiempo después de la crisis desatada por la remilitarización de Renania decretada por Hitler, hacía poco probable que los alemanes estuviesen dispuestos a involucrarse en una nueva aventura que les pudiese enfrentar a las potencias europeas. Pero sorprendentemente Franco acabó consiguiendo sin demasiado esfuerzo la ayuda alemana. De hecho Hitler la aprobó antes que Mussolini.

Sin embargo el primer intento fue un fracaso. El 22 de julio Juan Beigbeder envió una misiva al general Kühlenthal, agregado militar de la embajada alemana en París, solicitando al gobierno alemán el envío de aviones de transporte. El día siguiente la petición fue rechazada por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Parecía que se imponía la lógica y el gobierno alemán iba a evitar inmiscuirse en un conflicto que no le interesaba lo más mínimo.

Pero inmediatamente después hubo otra tentativa, realizada no por cauces diplomáticos sino a través del partido nazi, lo que les permitiría esquivar la oposición del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. La iniciativa partió de dos empresarios alemanes residentes en Marruecos y pertenecientes a la Auslandorganisation del NSDAP (la AO, la organización exterior del partido) llamados Johannes Bernhardt y Adolf Langenheim. Los dos viajaron a Alemania acompañados por el capitán Francisco Arranz Monasterio, jefe de Estado Mayor de la aviación española en Marruecos, con la intención de conseguir una entrevista con Hitler. Llegaron a Berlín el 24 de julio de 1936, y lograron que Ernest Bohle, el jefe de la AO, les concertase un encuentro con Rudolf Hess. Convencieron a Hess y consiguieron la entrevista con Hitler al día siguiente en Bayreuth, donde se encontraba el Führer asistiendo a un festival wagneriano. En la entrevista los representantes de la AO (Arranz se había quedado a la espera en Berlín) insistieron ante Hitler de la conveniencia de ayudar a Franco.

Esa noche Hitler convocó una reunion a la que asistieron el ministro de Guerra, Von Blomberg, y el del Aire, Göring, en la que les comunicó su intención de intervenir en España. Von Blomberg se opuso, ya que pensaba que sólo crearía complicaciones internacionales. Göring en un principio también estaba en contra, pero al poco tiempo cambió de idea. En el juicio de Nuremberg declaró que impulsó a Hitler a intervenir en España por dos razones: para luchar contra el comunismo y para poner a prueba a la Luftwaffe. Según algunas versiones en esta reunión también participó el almirante Wilhelm Canaris, jefe del servicio de inteligencia: el prestigioso Hugh Thomas, en La Guerra Civil Española cuenta que estaba allí y apoyó encarecidamente la ayuda a Franco, igual que Richard Basset en El enigma del almirante Canaris, que afirma que fue éste quien convenció a Hitler, Göring y Von Blomberg de la necesidad de ayudar a Franco, con el argumento de que había que evitar que España cayese en manos de Stalin (si de verdad fue así habría que añadir que Canaris demostró un sorprendente desconocimiento de la situación política española e internacional). Pero otros historiadores niegan expresamente la intervención de Canaris, por ejemplo Preston en su biografía de Franco, o el ínclito César Vidal que en La guerra de Franco va más lejos y afirma que a la reunión asistió "un almirante que no era Canaris" (por supuesto sin revelar su identidad). Como fuese, cuando terminó la reunión, en la madrugada del 26 de julio, Hitler ya había tomado la decisión de intervenir militarmente en España en apoyo de los rebeldes.

La decisión de Hitler tuvo una oposición mayoritaria en las fuerzas armadas alemanas (el almirante Raeder, comandante supremo de la Kriegsmarine, y el general Ludwig Beck, jefe del Estado Mayor, se manifestaron en contra) y en el Ministerio de Asuntos Exteriores (el ministro Von Neurath y los dos pesos pesados de la diplomacia alemana, Joachim von Ribbentrop y Ernst von Weizsacker, también lo hicieron). Recordemos que el Ministerio de Asuntos Exteriores había rechazado la petición de ayuda que anteriormente había hecho Franco a través de Juan Beigbeder. De igual manera habían fracasado los emisarios que había enviado a Berlín el general Mola, jefe nominal de la sublevación militar. Fue por tanto una decisión exclusiva y personal de Hitler, la que hizo que un golpe de estado fracasado se convirtiese en una sangrienta guerra civil. La decisión de que la ayuda alemana se enviase personalmente a Franco tendría también gran importancia más tarde, cuando fue uno de los argumentos que le ayudaron a convertirse en el líder indiscutible de los sublevados.

El 28 de julio, el mismo día que el capitán Arranz llegó a Tetuán con las buenas noticias de Berlín, y varios días antes de la llegada de los aviones alemanes y sus tripulaciones a Marruecos, los primeros legionarios cruzaban ya el Estrecho en aviones de la Lufthansa con tripulaciones civiles. Comenzaba así el primer puente aéreo de la historia, por el que fueron transportados casi veinte mil hombres del ejército de Marruecos a la península.