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Bill Wyatt, el fugitivo bendecido por el Papa

Charles “Bill” Wyatt era un joven contable empleado en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros, el organismo público encargado de proteger los intereses de los titulares de bonos en libras esterlinas emitidos en el Reino Unido en nombre de otros estados. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial dejó su trabajo y se alistó en el Ejército. En 1941 fue destinado al 10º de Húsares, un histórico regimiento de caballería que había cambiado los caballos por carros de combate. Con el rango de alférez, se convirtió en comandante de un Crusader, el más famoso de los tanques de crucero británicos (así se denominaba a los carros ligeros de caballería, cuyo punto fuerte era la velocidad, en detrimento de otros aspectos como el armamento o el blindaje). El regimiento estaba integrado en la 2ª Brigada Blindada, que en diciembre de 1941 participó en la contraofensiva que obligó a las fuerzas del Eje a retirarse de Egipto y regresar a Libia.

El 23 de enero de 1942, en Saunnu, al sur de la ciudad libia de Bengasi, el escuadrón de Wyatt fue sorprendido por un ataque de tanques y cañones anticarro. Su Crusader fue alcanzado por un proyectil anticarro y comenzó a arder. Wyatt vio que el artillero estaba muerto y que el operador de radio había sido herido en el vientre. Le arrastró fuera del tanque para ponerle a salvo. A continuación regresó a por el conductor, que estaba también herido y se había quedado atrapado dentro del vehículo en llamas. Ignorando el fuego de las ametralladoras enemigas, se encaramó a la torreta, logró abrir la escotilla y sacó a su compañero del interior. Por aquella acción le fue otorgada la Military Cross, la tercera condecoración británica en importancia.

A finales de mayo de 1942 el Afrika Korps inició una poderosa ofensiva en el área de Gazala con un ataque por el flanco sur que sorprendió a las líneas británicas. El 27 de mayo la 2ª Brigada Blindada, que defendía aquel sector del frente, fue arrollada por las unidades acorazadas alemanas. Al día siguiente el escuadrón de Wyatt recibió la orden de lanzar un contraataque a la desesperada, con tan mala suerte que los Crusaders se metieron de lleno en un campo de minas y acabaron atrapados y bajo el fuego de los cañones anticarro enemigos. Wyatt y su tripulación se vieron obligados a rendirse a los alemanes cuando su tanque recibió un impacto y quedó inmovilizado en tierra de nadie. Al día siguiente fueron entregados a los italianos, y poco después embarcaron junto con otros cientos de prisioneros en un buque que les iba a llevar a Italia.

El primer destino de Wyatt fue un campo de prisioneros situado a unos kilómetros de Bari, en el sur de la península italiana. Pero durante su cautiverio cambió tantas veces de prisión que prácticamente acabó recorriéndose todo el país. Primero le trasladaron a un campo en Chieti, en la costa del Adriático, y más tarde a otro situado en Fontanellato, cerca de Parma, en el norte. El día que se hizo pública la firma del armisticio italiano, el 8 de septiembre de 1943, se encontraba una vez más en tránsito hacia un nuevo campo. Wyatt vio entonces la oportunidad de fugarse, aprovechando la indiferencia de los soldados que le custodiaban. Un amable oficial italiano se ofreció a ayudarle y a llevarle hasta Roma. Allí se puso en contacto con un viejo amigo italiano de su padre, que le buscó escondite en un seminario católico dirigido por sacerdotes irlandeses.

Los alemanes habían ocupado Roma, y miles de fugitivos (judíos, antifascistas, prisioneros fugados...) estaban atrapados en la ciudad, buscando desesperadamente dónde ocultarse. Muchos de ellos encontraron refugio en conventos y colegios eclesiásticos. Wyatt fue de los más afortunados. En lugar tener que de encerrarse en un sótano o una buhardilla, a él le bastó con esconderse bajo una sotana. Wyatt suplantó la identidad de un joven sacerdote irlandés que había muerto el año anterior. Cambió la fotografía del pasaporte por una suya y se convirtió oficialmente en “el padre Fox”. En enero de 1944 el papa Pío XII visitó el seminario y le dio la bendición, sin saber que se estaba dirigiendo a un falso sacerdote.

Cuando llegaron rumores de que iba a haber una redada en el seminario, Wyatt se dirigió al Vaticano. Atravesó las puertas utilizando su falso pasaporte irlandés y buscó la ayuda del embajador británico ante la Santa Sede. Éste le buscó refugio en un segundo seminario. Allí estuvo escondido casi seis meses junto a otros fugitivos. Por fin, en junio de 1944 los alemanes se retiraron y las tropas estadounidenses entraron en Roma. Más de dos años y medio después de haber embarcado con el 10º de Húsares con destino a Egipto, Wyatt regresó a Gran Bretaña.

No tardó mucho en volver a embarcar. En septiembre de 1944 fue destinado como oficial de enlace a la 29ª Brigada Blindada, por entonces acampada en las proximidades de Amberes. Con su nueva unidad (que estaba al mando de su antiguo comandante en Egipto, el general Roscoe Harvey), Wyatt cruzó el Rin y participó en la ofensiva definitiva hacia el corazón del Reich. Terminó la guerra en Lübeck, a orillas del Báltico.

Bill Wyatt se licenció en diciembre de 1945 con el rango de capitán. Después de la guerra volvió a su trabajo en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros. Fue nombrado secretario de este organismo en 1952, director general en 1966, y, finalmente, presidente en 1978, cargo que ocupó hasta que el Consejo desapareció absorbido por el Banco de Inglaterra. Murió el 21 de agosto de 2014, con 101 años.

La fuga de los generales

En la primavera de 1941 la llegada de Rommel y su Afrika Korps en auxilio de los italianos supuso un vuelco en la situación militar en el norte de África. Las tropas del Eje recuperaron la iniciativa y en cuestión de semanas lograron expulsar a los británicos de Libia. En su veloz avance hacia la frontera egipcia, los italoalemanes embolsaron y capturaron a decenas de miles de soldados de la Commonwealth, entre los cuales se encontraban un buen número de generales y oficiales de Estado Mayor.

La mayor parte de los prisioneros de guerra británicos eran enviados a la Italia continental. Tras pasar por un campamento de tránsito en Capua, eran trasladados a distintos campos repartidos por todo el país. Los generales fueron a parar inicialmente a Villa Orsini (conocido de manera oficial como “Campo de Concentración de Prisioneros de Guerra 78”, o, abreviadamente, PG-78), un gran campo, con capacidad para miles de prisioneros, situado en la región de los Abruzos, en el centro de la península italiana. En el verano de 1941 un grupo escogido de aquellos oficiales fue trasladado al PG-12, una fortaleza especialmente acondicionada para albergar a prisioneros del más alto rango.

El castillo de Vincigliata era una antigua fortaleza medieval que se alzaba sobre una pequeña colina a unos kilómetros de Florencia. A mediados del siglo XIX, cuando no era más que un montón de ruinas, fue adquirido por un acaudalado británico llamado John Temple-Leader, quien, siguiendo la moda de la época (la pasión romántica por lo medieval), lo mandó reconstruir en un estilo neogótico. Casi un siglo más tarde, cuando estalló la guerra, el castillo fue requisado por el gobierno italiano y transformado en el Campo de Prisioneros de Guerra 12. Se podría considerar una prisión de lujo, con comodidades impensables en otros centros de internamiento. Un informe de la Cruz Roja de principios de 1943 lo describía “...como una casa de campo”, ya que los prisioneros podían pasar la mayor parte de su tiempo en el jardín. Nunca llegó a albergar a más de veinticinco prisioneros, de los cuales menos de una decena eran generales. El resto eran sus asistentes personales y algunos oficiales de menor rango o suboficiales que se ocupaban de distintos servicios dentro de la prisión (médico, cocineros, capellán...).

El castillo de Vincigliata, en la actualidad un bonito lugar para celebrar eventos de gala en plena campiña toscana:


Entre los “huéspedes” más ilustres de Vincigliata se encontraban nada menos que tres tenientes generales:

- El teniente general Sir Philip Neame, comandante en jefe y gobernador militar de Cirenaica. Fue capturado junto al teniente general Richard O'Connor y al teniente coronel John Combe el 6 de abril de 1941, cuando el vehículo en el que se dirigían a su nuevo cuartel general se topó con una patrulla de reconocimiento alemana. Era un hombre con muchas habilidades. Había servido en una compañía de los Royal Engenieers durante la Gran Guerra. Allí su gran aportación había sido el diseño de una granada de mano artesanal con latas de mermelada, pólvora y tornillos que los zapadores construyeron por centenares. Excelente tirador, en 1924 había ganado una medalla de oro en tiro en los Juegos Olímpicos de París. Además, durante su cautiverio descubrió que tenía un talento oculto para el bordado.

- El teniente general Sir Richard Nugent O'Connor, nacido en 1889 en Srinagar, Cachemira, hijo de un oficial del Ejército Británico en la India. Como comandante de la Fuerza del Desierto Occidental, se destacó en 1940 dirigiendo a las tropas británicas que, en gran inferioridad numérica, lograron expulsar a los italianos de Egipto y contraatacaron con éxito ocupando toda Cirenaica. En abril de 1941, cuando comenzó la imparable ofensiva de Rommel en Libia, O'Connor acudió desde El Cairo para conocer de primera mano la situación. Fue capturado junto al general Neame cuando se dirigían al nuevo cuartel general de este último.

- El mariscal del aire (el equivalente a teniente general en la RAF) Owen Tudor Boyd, que había sido en su juventud pionero de la aviación y veterano del Flying Air Corps. En diciembre de 1940 tras ser nombrado vicecomandante de las fuerzas aéreas británicas en Oriente Medio, subió como pasajero a un bombardero Wellington que le llevaría a Egipto vía Malta para tomar posesión de su mando. Sobrevolando el Mediterráneo central, el avión fue interceptado por un grupo de cazas italianos y obligado a tomar tierra en Sicilia. El mariscal fue hecho prisionero junto a su asistente, el capitán Leeming.

Otro prisionero destacado fue el pintoresco general de división Sir Adrian Carton de Wiart, descendiente de una de las familias más importantes de la aristocracia belga. Durante la Primera Guerra Mundial había sido herido en ocho ocasiones, perdiendo un ojo, una oreja y una mano (se decía que él mismo se arrancó los dedos a bocados cuando el médico que le atendía se negó a amputarlos). Churchill le puso al mando de la misión militar británica en Yugoslavia cuando el país trataba de resistir las presiones alemanas para unirse al Eje. En ruta a su nuevo destino, en abril de 1941, el bombardero Wellington en el que viajaba se estrelló en el mar frente a la costa norteafricana y el general fue capturado. Fue uno de los más activos en sus intentos de fuga.

Otros dos generales llegaron en el verano de 1941 al castillo de Vincigliata. Ambos habían sido capturados en Mechili, cuando el grueso del XIII Cuerpo de Ejército británico se rindió a Rommel. Se trataba del general de división Michael Gambier-Parry, oficial al mando de la 2ª División Blindada, y del general de brigada Edward Drummond Vaughan, comandante de la 3ª Brigada Motorizada India. Más tarde se les uniría el general de brigada Edward Todhunter, capturado también en Mechili. Durante su cautiverio, “Ted” Todhunter se convirtió en el bibliotecario de la prisión y en el encargado del “servicio de noticias”, recogiendo informaciones de la prensa italiana y traduciéndolas al inglés para sus compañeros.

En Mechili también cayó prisionero el coronel George Younghusband, comandante de la 7ª Brigada Blindada. Hasta que fue trasladado a otro campo, en abril de 1943, él y el teniente coronel John Frederick Boyce Combe, oficial de estado mayor capturado junto a los generales O'Connor y Neame, fueron los encargados de trabajar una huerta y de criar unas gallinas, permitiendo a los prisioneros disfrutar de una gran variedad de alimentos frescos.

En esta fotografía se puede ver al teniente coronel Combe (sonriente, a la izquierda de la imagen) acompañado del general de división Gambier-Parry (a la derecha, con el cigarrillo en la boca) y del teniente general Neame (en el centro); tras este último asoma la cabeza del teniente general O'Connor; la fotografía fue tomada después de su captura, en algún aeródromo del Eje (como se puede adivinar por el JU-52 alemán que se ve detrás de ellos):


En marzo de 1942 llegaron a Vincigliata dos generales neozelandeses. Casualmente ambos eran veteranos de la Gran Guerra, concretamente de la campaña de Gallípoli, donde los dos habían sido heridos de gravedad. El general de brigada Reginald Miles (“Reggie”), comandante del 6º Regimiento de Artillería de Campaña, fue capturado por el Afrika Korps en diciembre de 1941 con heridas por metralla en la espalda. El general de brigada (y exdiputado del Parlamento neozelandés) James Hargest, al mando de la 5ª Brigada de Infantería, fue hecho prisionero en noviembre de 1941 en la defensa de Tobruk. Ambos se adaptaron sin problemas a la rutina de la prisión, aficionándose a la jardinería. Con ellos llegó el general de brigada Douglas Arnold Stirling (“Pip”), comandante del 11º de Húsares, capturado una noche de noviembre de 1941 en el desierto por una patrulla de reconocimiento alemana. Se convirtió en el encargado de la cocina del castillo. En una ocasión fue enviado a Roma para ser juzgado por haber escrito en una tarjeta postal que los italianos eran unos ”bastards”. Mostrando unas grandes dotes para la retórica, prácticamente convenció al tribunal de que en inglés aquella era una expresión cariñosa. Por suerte para él, fue llevado de vuelta a Vincigliata y no volvió a saber nada más del asunto.

Algunos de los asistentes personales de los oficiales de más alto rango les acompañaron en su cautiverio. El flight lieutenant (el rango equivalente a capitán en la RAF) John Fishwick Leeming era el ayudante de campo del mariscal Boyd y fue capturado junto a él. Demostró una gran astucia fingiendo un caso agudo de depresión nerviosa y consiguiendo que una junta médica internacional le propusiese para su repatriación. Así pudo regresar a Gran Bretaña en abril de 1943. También estuvo cautivo en Vincigliata el asistente del general Neame, un joven alférez llamado Dan Ranfurly. Dicho así no parece tener nada de particular. La cosa cambia si aclaro que se trataba de Lord Thomas Daniel Knox, sexto conde de Ranfurly, un destacado miembro de la más rancia aristocracia británica (aunque en realidad el condado está en Irlanda). Después de la guerra llegaría a ser gobernador de las Bahamas.

Respondiendo a una solicitud de los prisioneros, que pedían que les fuese asignado un médico británico, fue trasladado a Vincigliata el capitán Ernest E. Vaughan, del Cuerpo Médico del Ejército de la India, capturado en Tobruk.

En cuanto a los suboficiales que se encargaban de las tareas rutinarias de la prisión, a pesar de que varios de ellos colaboraron muy activamente en los planes de fuga, hay mucha menos información (no podía ser de otro modo, aún hay clases). Por citar a algunos, estaban el sargento de la RAF Ronald Bain, un electricista irlandés encargado de las labores de mantenimiento del edificio, el también sargento de la RAF H.J. Baxter, ayudante de cocina, y el marinero Cunningham, que había llegado al castillo para ejercer como barbero.

En Vincigliata los británicos disfrutaban de comodidades impensables en cualquier otro campo de prisioneros. La disciplina era relajada y el trato de los guardianes era en general correcto y amistoso. A pesar de ello, desde el primer momento los prisioneros comenzaron a idear planes de huida. No tardaron en organizar un “Comité de Fugas”, dirigido por el teniente general O'Connor. Contaban además con una importante ayuda del exterior, la que les proporcionaba el MI9, el departamento de los servicios secretos británicos encargado de apoyar a los prisioneros de guerra en sus intentos de fuga. Gracias al MI9 podían contar con valiosos objetos, como mapas, brújulas o dinero italiano, que recibían ocultos en los paquetes de la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias. Además los prisioneros se mantenían en comunicación continua con Inglaterra a través de mensajes en clave transmitidos por medio del correo ordinario.

El primer intento serio de fuga lo protagonizó el teniente general O'Connor, que se descolgó de los muros del castillo con una cuerda hecha con telas que había confeccionado Cunningham, el barbero. El general fue capturado inmediatamente y castigado con un mes en régimen de aislamiento.

La mayor esperanza de los prisioneros era encontrar algún pasadizo oculto que les condujese al exterior. Les parecía más que probable que aquellos pasajes subterráneos existiesen, teniendo en cuenta que estaban en un auténtico castillo medieval. Pero nunca dieron con ninguno, de lo que acabaron culpando a su compatriota Temple-Leader, quien supuestamente los habría sellado cuando restauró la fortaleza un siglo antes. Lejos de desanimarse, tomaron la decisión de comenzar ellos mismos la construcción de su propio pasadizo. A mediados de septiembre de 1942 empezaron a excavar un túnel, que, partiendo de la capilla de la fortaleza, tendría que llevarles más allá de las murallas. El teniente general Neame, haciendo uso de los conocimientos adquiridos durante su servicio en los Ingenieros Reales, ejerció como director de los trabajos. El mariscal Boyd se destapó como un experto carpintero y fue uno de los que más contribuyeron a la labor. Durante seis meses, los prisioneros estuvieron rotando sin descanso en turnos de cuatro horas trabajando en la construcción del túnel. Éste consistía en una galería de 12 metros de longitud, 1 metro de alto y 1 metro de ancho, a la que se accedía por un pozo vertical de más de 2 metros de profundidad excavado bajo el suelo de la capilla. Al final del pasadizo había otra subida vertical de 2 metros para llegar a la superficie. El 20 de marzo de 1943 completaron el túnel. Tuvieron que esperar unos días más mientras ponían a punto los detalles de la fuga. Al fin, a primera hora de la noche del 29 de marzo, los seis hombres seleccionados para la evasión (O'Connor, Carton de Wiart, Combe, Boyd, Hargest y Miles) se adentraron en el túnel y salieron más allá de los muros del castillo.

Los fugados se alejaron a toda velocidad tratando de poner toda la distancia posible antes de que se descubriese su huida. Se dividieron en parejas: O´Connor y Carton de Wiart se dirigieron al norte, cruzando a pie los Apeninos haciéndose pasar por campesinos italianos (lo que tenía mucho mérito, teniendo en cuenta que no hablaban el idioma y que el aspecto de Carton de Wiart, con su única oreja, su parche en el ojo y su manga vacía, era de lo más llamativo). Fueron capturados ocho días más tarde por una patrulla de carabinieri cerca de Bolonia, a más de 100 kilómetros de distancia, y enviados de vuelta a Vincigliata. El mariscal Boyd y el teniente coronel Combe (el hombre de menor rango de todos los fugados) se las arreglaron para colarse en un tren con destino a Milán. Combe fue descubierto y arrestado en la estación de Milán cuando consultaba un horario de ferrocarriles. Boyd pudo subir a otro tren que se dirigía a Suiza, pero no logró pasar el control fronterizo en Como y fue también detenido.

Más suerte tuvieron los dos generales neozelandeses, Hargest y Miles. Al igual que Boyd y Combe, fueron a pie hasta la estación de Florencia, subieron a un tren que se dirigía a Milán y desde allí tomaron otro con destino a Suiza. En Como bajaron del tren y continuaron andando monte a través hasta llegar a la alambrada que marcaba la línea fronteriza. Aguardaron a que se hiciera de noche, y, protegidos por la oscuridad, se arrastraron sigilosamente hasta ella, cortaron los alambres con unos alicates y cruzaron la frontera. Se entregaron en el puesto de policía de la pequeña ciudad suiza de Mendrisio. El 2 de abril de 1943 fueron puestos en libertad en Berna. Los dos oficiales permanecieron seis meses en la capital helvética, esperando a que el MI9 organizase su viaje a Gran Bretaña siguiendo la arriesgada ruta que atravesaba el sur de Francia (por entonces el territorio de Vichy ya había sido ocupado por los alemanes) para llegar a España. Miles fue el primero en partir. El 20 de octubre de 1943 llegó a Figueras, en territorio español. Y entonces, cuando ya había dejado atrás todo el peligro, inexplicablemente se suicidó de un disparo en la cabeza. Hargest hizo el recorrido pocos días más tarde. Desde Figueras continuó viaje hasta Gibraltar, y desde allí a Inglaterra por vía aérea. Llegó al Reino Unido en noviembre de 1943.

El general de brigada James Hargest, el único de los fugados de Vincigliata que consiguió llegar a salvo al Reino Unido; poco tiempo después regresó al servicio; murió en combate el 12 de agosto de 1944, en la batalla de Normandía:


Los cuatro fugitivos capturados fueron llevados de vuelta al castillo, donde fueron castigados con treinta días de aislamiento. Los prisioneros sufrieron otras represalias, como el traslado a distintos campos de algunos de los asistentes personales de los generales. Llegó un nuevo comandante italiano, más severo que el anterior, y se reforzó considerablemente la guarnición hasta llegar al centenar de guardias. Su cometido era vigilar a menos de veinticinco prisioneros.

Los intentos de fuga cesaron, pero dos de los prisioneros consiguieron la libertad por otros medios. En abril de 1943, el capitán Leeming, ayudante de campo del mariscal Boyd, fingió una grave crisis nerviosa y logró que le enviasen a un hospital militar de Lucca. Una vez allí convenció de la gravedad de su estado a un comité evaluador de la Cruz Roja que estaba organizando un intercambio de prisioneros por motivos de salud. Leeming fue repatriado a Gran Bretaña vía Lisboa. El 23 de abril de 1943 llegó al puerto de Bristol a bordo del buque hospital Terranova. No tardó en reincorporarse al servicio, a pesar de sus supuestos problemas de salud. A mediados de agosto el general Carton de Wiart (un hombre muy bien relacionado en los círculos políticos europeos) fue seleccionado por las autoridades italianas para acompañar a Lisboa al general Zanussi, jefe adjunto del Estado Mayor italiano, uno de los negociadores designados para iniciar los contactos con los aliados previos al armisticio. En la capital portuguesa De Wiart fue puesto en libertad y ese mismo mes tomó un avión a Inglaterra. No pudo disfrutar mucho de su regreso a casa. Pocas semanas después, Churchill le destinó a China como su representante personal ante el gobierno del Generalísimo Chiang Kai-Shek.

Aunque nadie lo hubiese adivinado por su aspecto, el general Carton de Wiart logró la libertad antes de tiempo gracias a sus vínculos aristocráticos:


El 8 de septiembre de 1943 el capitán al mando de la guarnición de Vincigliata comunicó a los prisioneros que el gobierno italiano había firmado el armisticio con los aliados. Todos temieron entonces lo que podría ocurrir si los alemanes se hacían con el control de la prisión. Los mandos italianos, preocupados también por el futuro de los hombres que custodiaban, decidieron que lo mejor que podían hacer era dejarles en libertad y ayudarles a poner tierra de por medio. La mañana del 10 de septiembre los prisioneros fueron montados en camiones y llevados a la estación de ferrocarril de Florencia. Allí les esperaba un tren con destino a Arezzo, una ciudad situada 75 kilómetros al sureste. En la estación de Arezzo los británicos utilizaron sus cigarrillos y el dinero italiano que habían recibido de contrabando para comprar ropas civiles a los transeúntes. En las calles todo era confusión. Había militares por todas partes, sin que los británicos tuviesen forma de conocer las simpatías o las lealtades de unos y otros. Decidieron abandonar la ciudad y dirigirse al norte, a los montes Apeninos. Al día siguiente llegaron al monasterio de Camaldoli, situado en un tranquilo bosque entre las montañas.

Los monjes camaldolienses (así se llamaba su orden), nada simpatizantes de los fascistas, les dieron refugio. Solo los oficiales de más alto rango permanecieron en el monasterio. Los demás se dispersaron por las aldeas de los contornos, por motivos de seguridad pero también para compartir la carga que suponía alimentar a un grupo tan numeroso en la Italia rural empobrecida por la guerra. O'Connor y Neame hacían visitas frecuentes a todos sus hombres para comprobar su bienestar y darles noticias (habían conseguido hacerse con una radio, restableciendo las comunicaciones con el MI9). Los fugitivos británicos permanecieron ocultos durante semanas, ayudando en las labores del campo a los lugareños que les daban cobijo. Otros soldados aliados escapados de campos de prisioneros cercanos se unieron a ellos, aunque a finales de octubre muchos fueron vueltos a capturar durante una redada que hicieron los alemanes en los pueblos del valle.

El teniente coronel Pat Spooner había sido también un prisionero de guerra fugado. Regresó a Italia como agente del MI9 con la misión de ayudar a otros que estaban pasando por lo que había pasado él. Fue Spooner, en colaboración con los grupos partisanos locales, quien organizó el viaje definitivo a la libertad de los fugitivos de Vincigliata. En diciembre Neame, O'Connor y Boyd fueron trasladados a Cattolica, un puerto pesquero a orillas del Adriático. Allí Spooner alquiló un pequeño barco para llevarles al sur, al territorio controlado por los aliados. El 20 de diciembre de 1943 desembarcaron en Térmoli. Al día siguiente los tres hombres fueron recibidos en Bari por el general Alexander, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Italia. En mayo de 1944 el resto de los fugitivos (cinco generales y otros once hombres) llegaron a Térmoli siguiendo la misma ruta. El general Gambier-Parry, que por algún motivo se había separado del grupo, consiguió llegar por sus propios medios a Roma. Allí encontró refugio en un convento, donde tuvo que esperar a la llegada de los ejércitos aliados.

Tras recuperar su libertad, Neame, O'Connor y Boyd no tardaron en reincorporarse al servicio activo, con suerte dispar. El desastre de Cirenaica había dañado de tal manera la reputación del teniente general Neame que, aunque conservó su rango, no volvió a tener mando directo de tropas durante el resto de la guerra. Más afortunado fue el teniente general O'Connor, que en enero de 1944 recibió el mando del VIII Cuerpo de Ejército británico, con el que desembarcó en Normandía y participó en la operación Market Garden. Se retiró en 1948, a los 58 años. Por su parte, el mariscal Boyd fue nombrado comandante del 93º Grupo de Bombardeo de la RAF. Murió de un ataque al corazón el 5 de agosto de 1944. Tenía 54 años.

El mago que hizo desaparecer el Canal de Suez... o quizá no

Jasper Maskelyne nació en Inglaterra en 1.902, en el seno de una familia de ilusionistas dedicada desde hacía varias generaciones al mundo del espectáculo. Un abuelo suyo, John Nevil Maskelyne, había sido uno de los magos más famosos de la Inglaterra victoriana. Jasper siguió la tradición familiar y a finales de los años 30 se hizo popular con un llamativo número en el que (aparentemente) comía cuchillas de afeitar. Pero justo cuando parecía que le había llegado la fama estalló la guerra y los teatros se quedaron vacíos. Maskelyne decidió entonces abandonar temporalmente su prometedora carrera artística para alistarse en el ejército.

Maskelyne estaba convencido de que sus habilidades podían tener una utilidad militar. Tal como decía, "si puedo engañar a los espectadores a unos pocos metros de distancia, seguro que puedo engañar a los alemanes a cientos de millas". Con esa idea, en octubre de 1940 ingresó en la unidad de camuflaje del Real Regimiento de Ingenieros, después de convencer a un grupo de oficiales haciendo ante ellos una demostración de técnicas de enmascaramiento de nidos de ametralladoras. Fue destinado al norte de África, un teatro de operaciones en el que el camuflaje y el engaño constituían dos elementos fundamentales en cualquier acción militar.

Maskelyne llegó a El Cairo en la primavera de 1941. Al principio sus superiores le recibieron con escepticismo, y en lugar de permitirle poner en práctica sus ideas prefirieron encargarle la tarea de entretener a las tropas con espectáculos de magia. Después de mucho insistir, consiguió al fin que el alto mando le diese el permiso para crear y dirigir una unidad experimental de camuflaje, a la que llamó Magic Gang (algo así como “la banda mágica”). El propio Maskelyne seleccionó personalmente a los miembros de su equipo, un variopinto grupo formado, entre otros, por un dibujante, un ceramista, un lampista, un técnico electricista o un carpintero montador de decorados.

Después de permanecer varios meses inactivos esperando a que les asignasen alguna misión, finalmente en junio de 1941 la Magic Gang recibió su primera tarea: proteger el puerto de Alejandría de los ataques aéreos de la Luftwaffe. Tras estudiar detenidamente el puerto, Maskelyne y su equipo diseñaron contra reloj varios métodos distintos de ocultación. Utilizando luces y maquetas de cartón y lona, construyeron una réplica del puerto en la bahía de Maryut, a pocos kilómetros de distancia. La estratagema se puso a prueba por primera vez en la noche del 22 de junio, cuando Alejandría tuvo que enfrentarse a un nuevo raid alemán, El puerto se oscureció completamente en cuanto se dio la alarma de ataque aéreo. Al mismo tiempo se encendieron las luces del señuelo, guiando hacia él a los pilotos alemanes. Para reforzar el engaño, Maskelyne había preparado cargas explosivas que hizo detonar al comienzo del ataque, haciendo creer a los tripulantes de los aviones que sus compañeros habían iniciado el bombardeo e induciéndoles a lanzar ellos también sus bombas contra el mismo objetivo. La trampa funcionó a la perfección. Durante varias noches seguidas, los bombarderos alemanes estuvieron atacando el falso puerto sin percatarse de su error.

Tras aquel primer éxito, Maskelyne fue ascendido a comandante y recibió un encargo que suponía un reto aún mayor que el anterior: ocultar el Canal de Suez a la vista de los bombarderos alemanes. El canal, única entrada al Mediterráneo oriental, era la vía por la que las fuerzas de la Commonwealth de Egipto y Oriente Próximo recibían todos sus suministros. Por esa razón era un objetivo prioritario para la Luftwaffe, sin que las baterías antiaéreas desplegadas en sus orillas pudiesen hacer mucho por detener los raids alemanes. Maskelyne inmediatamente se dio cuenta de la imposibilidad de hacer desaparecer a la vista un canal de 161 Km de longitud. En lugar de eso se centró en buscar la manera de cegar a los que lo sobrevolasen. Ideó un mecanismo, el “pulverizador giratorio”, consistente en un reflector que rotaba de forma continua lanzando al cielo haces de luces estroboscópicas. En el otoño de 1941 se desplegaron a lo largo del canal veintiún reflectores con los pulverizadores giratorios instalados en ellos. Maskelyne quiso comprobar por sí mismo cómo funcionaba su invento y se subió a un caza para poder verlo desde el aire. Al sobrevolar el canal, el juego de luces deslumbró momentáneamente al piloto del avión, que se desorientó y estuvo a punto de estrellar el aparato contra el suelo. Maskelyne se libró por poco de morir víctima de su propio ingenio. El sistema de luces funcionó perfectamente, y el canal pudo permanecer a salvo de los bombardeos enemigos hasta el final de la guerra.

En los meses posteriores Maskelyne continuó trabajando en idear trucos para engañar al enemigo. Tuvo un importante papel en la Operación Lighfoot, una de las operaciones de engaño más complejas y decisivas de la guerra. Consistió en hacer creer a los alemanes que las fuerzas de la Commonwealth en Egipto se estaban preparando para lanzar una ofensiva en el sur, muy lejos de donde realmente iban a atacar, cerca de la línea de la costa (el principal punto de ruptura del frente iba a estar en torno a un insignificante apeadero de ferrocarril llamado El Alamein). Para ello tenían que simular concentraciones de tropas y movimientos de unidades mecanizadas a través del desierto y al mismo tiempo enmascarar el despliegue auténtico a muchos kilómetros de distancia. Ocultar o simular grandes movimientos de tropas y vehículos en un terreno como el del desierto occidental egipcio, totalmente abierto y sin ninguna posibilidad de esconderse a la vista del enemigo, parecía una tarea imposible. Pero lo consiguieron, gracias a una variada de colección de equipos de camuflaje, efectos ópticos y maquetas: el desierto se llenó de tanques de lona, cañones de madera, soldados de cartón, falsas rodadas de camiones, comunicaciones de radio ficticias...

Más tarde Maskeline colaboró con la OSS estadounidense como experto en camuflaje. Se licenció en 1946 con el rango de coronel. Estaba muy orgulloso de su contribución a la victoria, y tras su regreso a los escenarios consiguió el permiso del Ejército Británico para actuar vistiendo su uniforme militar. Cuando su carrera artística empezó a decaer se retiró a Kenia, donde murió en 1973.

Se dice que muchos datos de las operaciones en las que supuestamente participó Maskelyne siguen siendo información clasificada en la actualidad, lo que explicaría por qué se sabe tan poco de ellas. Hay que aclarar que gran parte de lo que se conoce sobre él proviene de su autobiografía, escrita unos años después del final de la guerra, y que muchos consideran que da una versión de la historia no demasiado fiel a los hechos reales. Lo cierto es que parece poco creíble que en 1949, cuando se publicó el libro, el Ejército le hubiese permitido revelar información que lógicamente aún era secreta. Es verdad que sirvió en una unidad de camuflaje destacada en Egipto, y seguro que en aquel destino supo sacar partido a sus habilidades como ilusionista, pero lo más probable es que la mayoría de sus hazañas sean pura ficción. No lo es, por ejemplo, el “escudo solar”, un invento suyo que permitía a los tanques hacerse pasar por camiones, cubriéndose automáticamente con unas lonas y modificando sus rodadas para sustituir las marcas de cadenas por otras de neumáticos. Pero al parecer exageró mucho su aportación a la Operación Lightfoot. Y de sus dos grandes trucos, el traslado del puerto de Alejandría y la ocultación del Canal de Suez, no hay ninguna prueba aparte de su palabra. También sirvió en el MI9, donde ayudó a diseñar equipos de fuga ocultos en ropas y juegos de mesa que se enviaban a los prisioneros capturados por los alemanes, aunque, probablemente, los mayores servicios que prestó a su país durante la guerra fueron los espectáculos de magia que ofrecía a las tropas.

En resumen, en esta historia todo es una ilusión.

Demasiado barato

En abril de 1942 el coronel Hans von Luck, un experimentado oficial alemán de fuerzas acorazadas, veterano de las campañas de Polonia, Francia y Rusia, fue destinado al Afrika Korps de Rommel, que tras detener el avance británico sobre Libia se preparaba para conquistar Egipto. Al mando del 3er Batallón de Reconocimiento de la 21ª División Panzer, el coronel no tardaría en descubrir que la guerra en el desierto tenía sus propias normas.

En noviembre de 1942, después de la batalla de El Alamein, su batallón se encontraba acantonado en el oasis de Siwa con la misión de vigilar el flanco sur del Afrika Korps. Era una zona tranquila, lejos de los movimientos principales que se desarrollaban más al norte. Allí tan solo se tenían que preocupar por incursiones ocasionales de unidades de reconocimiento británicas. La relativa calma que se disfrutaba en aquel sector hizo que alguien tuviese la extraña ocurrencia de acordar con los británicos un alto el fuego parcial, por el que ambos bandos se comprometían a interrumpir las operaciones todos los días a partir de las cinco de la tarde. Durante las horas de tregua alemanes y británicos se comunicaban por radio para intercambiarse "favores", como mensajes de prisioneros, informaciones sobre patrullas extraviadas...

Uno de aquellos curiosos acuerdos lo relata el propio coronel Luck en su autobiografía, Panzer Commander:

Una tarde regresó una patrulla con dos hombres y un jeep capturados en el desierto. Un joven teniente alto y rubio y su conductor fueron traídos junto a mí. El teniente era un arrogante snob típicamente inglés. Con mucha corrección, solo me dio su número de servicio, sin más detalles.

Intenté entablar conversación con él y le hablé de mis visitas a Londres, de mis amigos, incluyendo un capitán de los guardias granaderos. Comenzó gradualmente a relajarse y resultó ser un sobrino de uno de los propietarios de los cigarrillos Player. Tuve que reírme ante la sugerencia que entre susurros hicieron mis oficiales.

“Teniente, ¿qué tiene que decirnos si lo cambiamos a usted y a su conductor por cigarrillos? Nosotros tenemos una gran escasez en estos momentos”

“Buena idea”, respondió.

“¿Cuántos cigarrillos cree que vale? ¿Qué debería sugerirle a su comandante?”

"Un millón de cigarrillos, es decir, cien mil paquetes”, respondió sin vacilar.

Mi oficial de radio contactó con los Royal Dragoons, y les pasé nuestra oferta.

“Espere, por favor, regresaré inmediatamente”, fue la respuesta. Luego, tras unos minutos: “Disculpe, nosotros también estamos bastante escasos, pero podemos ofrecerles seiscientos mil cigarrillos. Acepte, por favor”

Para mi gran asombro, recibí de plano el rechazo del joven teniente.

“Ni un cigarrillo menos de un millón, esto es definitivo”, fue su respuesta. Así que el joven tuvo que pagar con la cautividad por el alto precio que se puso a sí mismo.


Una reparación en el desierto

El 14 de septiembre de 1941 doce Picchiatelli (el nombre que los italianos daban al Ju-87 Stuka) de la 209ª Squadriglia de la Regia Aeronautica fueron asignados para cubrir a una unidad terrestre del ejército italiano en una misión de reconocimiento más allá de las líneas enemigas, hacia Sidi Barrani, en el interior de Egipto. Diez de ellos se extraviaron en el desierto y tuvieron que aterrizar al quedarse sin combustible. Ocho fueron capturados con sus tripulaciones por los británicos, y se rumoreaba que otro de los aparatos había aterrizado intacto cerca de la frontera libio-egipcia, en la zona de Fort Maddalena.

Picchiatello de la 209ª Squadriglia en el norte de África:


Dos oficiales de la RAF, el comandante de ala Bowman y el líder del escuadrón Rozier, recibieron la orden de salir a buscar el avión, hacerlo volar si era posible y regresar con él. El primer día, sobrevolando la zona, vieron cerca de Thalata uno de los Picchiatelli volcado en la arena. Al día siguiente continuaron sus búsquedas en un camión proporcionado por los húsares que les habían alojado aquella la noche. Al fin encontraron el otro Ju-87, posado en una franja de arena firme. Estaba custodiado por un joven oficial inglés, que hacía guardia tumbado en un sillón, muy orgulloso de su presa pero al mismo tiempo contento de que hubiese aparecido alguien que le liberase de su obligación.

Los dos oficiales se vieron repentinamente asaltados por las dudas. Era un modelo de avión desconocido para ellos, y las indicaciones de la cabina estaban en alemán. El Picchiatello tenía bombas fijadas bajo las alas, y como elemental medida de seguridad iban a tener que quitárselas antes de despegar. Tras una meticulosa inspección del cuadro de instrumentos encontraron el control de soltar las bombas. Aquel solo era el primero de sus problemas. ¿Sabrían hacer despegar el avión? ¿Soportaría la arena su peso al rodar por ella? Para averiguarlo no podían hacer otra cosa que intentarlo y ver qué pasaba.

Los británicos llenaron el tanque del Ju-87 con 55 litros de combustible de aviación que llevaban con ellos y cerca de 100 litros de gasolina que les proporcionaron los húsares. El motor arrancó y despegaron sin problemas, poniendo rumbo nordeste, hacia el interior de Egipto.

Solo llevaban un cuarto de hora en el aire cuando de repente el motor se paró. El piloto logró planear hasta tomar tierra en una llanura rocosa. El único desperfecto que sufrió el aparato durante el aterrizaje fue un reventón en una rueda. Tras algunos ajustes en el motor pudieron despegar de nuevo. El segundo vuelo duró aún menos que el primero: al poco tiempo estalló el indicador de presión hidráulica, cegando momentáneamente al piloto, que pese a ello pudo aterrizar de nuevo el aparato. Pero tuvieron tan mala suerte que el otro neumático reventó también en el aterrizaje.

Había anochecido ya, así que los dos hombres se prepararon para dormir en la cabina del avión, envueltos en paracaídas italianos. Al amanecer tomaron la decisión de regresar caminando a Sidi Barrani, que según sus cálculos estaba a unos 60 km de distancia. Antes de partir dejaron un mensaje escrito en la arena junto a su botín:

Este Ju 87 pertenece a la RAF
NO TOCAR
Comandante de ala Bowman y líder de escuadrón Rozier
Partimos a pie con rumbo norte al alba del 19 de septiembre de 1941

Cuando llevaban quince kilómetros de caminata se encontraron con un oficial sudafricano, que les condujo a su campamento y les invitó a desayunar. Allí Bowman y Rozier idearon un nuevo plan: irían a Thalata para hacerse con una rueda y el indicador del circuito hidráulico del Ju-87 que habían visto volcado dos días antes, y luego regresarían a donde habían dejado el suyo para hacer la reparación in situ. El oficial sudafricano puso un camión a su disposición y se ofreció a acompañarles, junto a dos mecánicos de la RAF y un joven y barbudo oficial naval, comandante de un destructor, que estaba aprovechando un permiso para hacer un poco de "turismo" por el desierto.

Todo salió bien. Recuperaron las piezas que necesitaban del avión accidentado y las montaron en el suyo. El oficial de la Marina, que quería terminar con estilo sus "vacaciones", pidió acompañarles en el vuelo de regreso. En el camino hacia su base en Egipto tuvieron que sobrevolar a baja altura las posiciones de la artillería antiaérea británica. Cuando los artilleros vieron la inconfundible silueta de un Stuka, con sus alas de gaviota invertidas y su tren de aterrizaje fijo, no se lo pensaron y abrieron fuego contra él. Pero se dieron cuenta de su error cuando escucharon al oficial naval gritando furioso por la radio que cesase el fuego. Y es que no hay nada más genuinamente británico (y más convincente) que el lenguaje de un marino inglés cuando le cabrean.

Después de aquel último incidente, Bowman y Rozier consiguieron llegar a su base con el avión italiano intacto.

Fuente principal:
Jerry Scutts: La Luftwaffe en Afrique du Nord
(Les combats de ciel 28 / Osprey)

Operación Ironclad

Después de la caída de Francia en el verano de 1940, el Imperio Británico se vio envuelto en una guerra no declarada contra el gobierno de Pétain por el control de las colonias estratégicas de Asia y África. Apenas unas semanas después del armisticio franco-alemán en Compiègne, la flota británica bombardeó la base naval francesa de Mers-el-Kebir, en Argelia, matando a más de 1.000 marineros y hundiendo el viejo acorazado Bretagne. En septiembre de 1940 las fuerzas de De Gaulle trataron de desembarcar en Dakar con el apoyo de la flota británica. En el verano de 1941 los británicos invadieron Siria, iniciando una larga campaña de desgaste contra la guarnición local, que terminó dando el control del país a la Francia Libre.

Mientras tanto, Madagascar permanecía al margen del conflicto, considerada un área de poco interés estratégico. Así fue hasta las primeras semanas de 1942, después de la rápida ocupación japonesa del sudeste asiático, cuando la colonia francesa, administrada por el experimentado burócrata Armand Léon Annet, exgobernador de Somalilandia Francesa y Dahomey, llamó la atención de los británicos, debido a la posibilidad de un uso alemán o japonés de la isla como base para la guerra submarina. De hecho, el asunto fue debatido por almirantes alemanes y japoneses en un par de reuniones oficiales en Berlín, aunque Tokio se negó a comprometer a sus fuerzas a lo largo de las costas de África oriental. Al mismo tiempo, el raid japonés contra Ceilán obligó a la Royal Navy a reubicar sus unidades en la costa oriental africana, añadiendo aún más tensión a la defensa de la vital línea de suministro entre Adén y Ciudad del Cabo. Por lo tanto, para asegurar las rutas marítimas cruciales en el Océano Índico, en marzo de 1942 Gran Bretaña decidió ocupar Madagascar. Intervendrían principalmente contingentes de Australia, Sudáfrica y Rhodesia, excluyendo a la Francia Libre de la operación. Para la campaña, denominada Operación Ironclad, se reunió una fuerza naval impresionante: el acorazado Ramillies, dos cruceros, nueve destructores, seis corbetas y seis barreminas, con la cobertura de dos portaaviones tomados de la escuadra del Mediterráneo, el Indomitable y el Illustrious.

Inicialmente el único objetivo de la operación era ocupar el estratégico puerto de Diego Suárez, limitándose a mantener a la guarnición francesa en el interior de la isla, pero la insistencia del gobierno sudafricano obligó a Churchill a cambiar los planes y aprobar la ocupación de toda la isla.

Después de una larga serie de misiones de reconocimiento aéreo de la SAAF (la Fuerza Aérea Sudafricana), el 5 de mayo de 1942 comenzó la invasión. Unas horas antes del asalto principal, un comando desembarcó para capturar dos baterías costeras. El grueso de las fuerzas de la Commonwealth desembarcó en las playas del norte de Madagascar sin encontrar oposición. Pero treinta y seis horas después, cuando se dirigían hacia Diego Suárez siguiendo la costa oriental de la isla, tuvieron que enfrentarse a una resistencia mucho mayor de lo esperado que interrumpió su avance, pese a la masiva cobertura aérea y naval con la que contaban. Frente a ellos, a lo largo del istmo de la península donde se encontraba la ciudad, se encontraba una fuerte línea defensiva formada principalmente por tiralleurs de Senegal y Madagascar. Mientras, la flota de invasión fue atacada por submarinos franceses. El Bézéviers alcanzó con un torpedo al dragaminas Auricula, que se hundió en pocos minutos. Los días 7 y 8 los submarinos Le Héros y Monge trataron de atacar nuevamente a la flota británica, pero fueron hundidos por aviones embarcados en los portaaviones.

Finalmente, tras dos días de lucha encarnizada, Diego Suarez se rindió a los británicos. Pero la guarnición de Annet se negó a capitular, obligando a las tropas invasoras a una campaña larga y tediosa por todo el interior boscoso de la isla. La capital de la colonia, Antananarivo, no fue conquistada hasta septiembre. Tampoco entonces cesó la lucha. Los pequeños enfrentamientos continuaron hasta noviembre, lo que requirió el envío de refuerzos desde Sudáfrica y Rhodesia. Así, lo que en principio iba a ser una intervención limitada se convirtió en un costoso compromiso para los sobrecargados recursos del Imperio Británico, restando hombres y material a frentes más importantes, como Birmania y el norte de África. Annet y sus tropas nativas solo se rindieron después de la invasión anglo-estadounidense del norte de África y la ocupación alemana de la Francia de Vichy en noviembre de 1942. Habían mantenido la resistencia durante más de seis meses, en una guerra de guerrillas hábilmente dirigida en la zona sur de la isla. La campaña tuvo una cantidad de bajas relativamente reducida: por parte francesa 150 muertos y 500 heridos, por la Commonwealth 100 muertos y 300 heridos. Eso a pesar de la prolongada campaña en el clima tropical y pantanoso de Madagascar.

Pese a haberle ignorado en la planificación y el desarrollo de la campaña, el gobierno británico decidió dejar la administración de Madagascar en manos de la Francia Libre del general De Gaulle. Sin embargo, la intervención británica había socavado el viejo equilibrio político y social de la colonia, fomentando el desarrollo de un fuerte sentimiento nacionalista. De hecho, cinco años después de la conclusión de la Operación Ironclad, los malgaches se rebelaron contra Francia, obligando al gobierno francés a adoptar formas de brutal represión militar en la isla, causando la muerte de miles de civiles. La revuelta fue aplastada finalmente en el otoño de 1948, pero la restauración del antiguo sistema colonial resultó completamente imposible. En 1958, Madagascar se convirtió en independiente, mientras que Diego Suárez (llamada Antsiranana a partir de 1975) perdió su importancia estratégica anterior, convirtiéndose en un destino pintoresco para los turistas europeos. Hoy en día sólo dos pequeños cementerios de guerra, uno francés y otro británico, recuerdan los dramáticos acontecimientos de 1942.

Fuentes:
http://perspectivesonafrica.wordpress.com/2011/12/24/operation-ironclad-the-british-invasion-of-madagascar-in-1942/
http://www.exordio.com/1939-1945/militaris/batallas/ironclad.html


El ataque a Diego Suárez

A comienzos de 1942 la Marina Imperial japonesa puso en marcha un plan para sorprender a las flotas enemigas atacando con minisubmarinos los puertos en los que se refugiaban. Los submarinos enanos Tipo A habían sido utilizados ya en el ataque a Pearl Harbor. En esta ocasión los objetivos iban a ser el puerto de Sydney, en Australia, y la flota británica en el Océano Índico. En abril los británicos se habían refugiado en África oriental, después de que la incursión del almirante Nagumo les expulsase de Ceilán. Aun así, los preparativos para la misión continuaron. A finales de abril tres minisubmarinos llegaron a Penang a bordo del portahidros Nisshin, donde les esperaban los submarinos que iban a participar en el ataque. Al mando de la misión estaba el capitán Ishizaki, a bordo del I-16. El resto de la flotilla lo formaban los tres submarinos que servirían de nodrizas a los minisubmarinos, el I-10, el I-18 y el I-20.

La oportunidad de atacar surgió con el inicio de la Operación Ironclad. El 5 de mayo de 1942 las tropas de la Commonwealth desembarcaron en la colonia francesa de Madagascar. El objetivo principal era el estratégico puerto de Diego Suárez, al norte de la isla. Los franceses opusieron una resistencia encarnizada, pero en poco tiempo se impuso la superioridad numérica de los británicos. Diego Suárez cayó el 7 de mayo, y casi inmediatamente el puerto se convirtió en una de las principales bases de la Royal Navy en el Océano Índico. A finales de mes permanecían anclados en Diego Suárez el acorazado Ramillies, los destructores Duncan y Active, las corbetas Genista y Thyme, el transporte de tropas Karanja, el buque hospital Atlantis, el petrolero de escuadra British Loyalty, el mercante Llandaff Castle y un barco de municiones. Madagascar era el objetivo perfecto para los minisubmarinos japoneses.

La flotilla de submarinos llegó a Diego Suárez el 29 de mayo de 1942. En el trayecto habían perdido a una de sus unidades, el I-18, que sufrió una avería a causa de un temporal y tuvo que regresar. Ese mismo día, aproximadamente a las diez y media de la noche, el I-10 lanzó su hidroavión de reconocimiento. Pilotado por el teniente Toshio Araki y con el suboficial Yoshiharu Ito como observador, el avión sobrevoló la bahía de Diego Suárez. Los dos hombres vieron al Ramillies anclado en la rada. Los británicos a su vez vieron el avión japonés y dieron la alerta en la base.

El 30 de mayo hacia las cinco y media de la tarde, a 10 millas al este de la entrada a la bahía de Diego Suárez, los submarinos I-16 e I-20 lanzaron dos minisubmarinos. No se sabe qué ocurrió con el Ha-16b, tripulado por el alférez Katsusuke Iwase y el suboficial Kozo Takada. Al día siguiente el cadáver de un japonés, no se sabe si de Iwase o Takada, apareció en una playa próxima. El Ha-20, con el teniente Saburo Akieda al mando y el suboficial Masami Takemoto como navegante, consiguió entrar en la bahía. A las ocho y veinticinco de la noche, acosado por dos corbetas británicas, el minisubmarino logró lanzar un torpedo contra el Ramillies. El acorazado fue alcanzado en el costado de estribor, en la proa, junto a la torreta A. Diecinueve tripulantes resultaron muertos y cuarenta y siete heridos por la explosión. El torpedo abrió un boquete de seis metros de diámetro que inundó varios compartimentos. El buque se quedó fuera de combate, sin energía eléctrica y escorado. Aún bajo el ataque de las dos corbetas, el teniente Akieda se las arregló para disparar el segundo torpedo contra el British Loyalty. El petrolero de 7000 toneladas recibió el impacto en la sala de máquinas y se hundió rápidamente. Seis hombres murieron en la explosión. A continuación el Ha-20 se dirigió a la salida de la bahía. Todavía acosado por las corbetas, el Ha-20 navegó sumergido hasta que se quedó sin baterías. El teniente Akieda y el suboficial Takemoto lograron embarrancar la nave en el islote Nosy Antalikely e intentaron activar las cargas de demolición para destruir el submarino, pero las cargas no funcionaron. Desde allí se dirigieron a tierra firme, a un punto de evacuación designado previamente, cerca de Cabo d'Ambre. En los días siguientes los dos hombres se abrieron paso a través de la selva, recorriendo a pie decenas de kilómetros y recibiendo la ayuda de los nativos malgaches, que simpatizaban con los japoneses. Pero el 1 de junio en el pueblo de Anijabe un nativo les vendió a los ingleses. Al día siguiente los dos japoneses tuvieron un enfrentamiento con infantes de marina británicos. Armados con sus pistolas, mataron a un soldado e hirieron a otros dos antes de morir en la lucha.

Mientras tanto, la tripulación del Ramillies logró estabilizar el buque, que el 3 de junio partió por sus propios medios con destino a Durban. Ese mismo día los submarinos japoneses se retiraron del área. El I-20 emergió por última vez en las proximidades de Cabo d'Ambre tratando de contactar con los minisubmarinos. Ante la falta de respuesta al lanzamiento de bengalas y las llamadas por radio, a las seis de la tarde el I-20 abandonó definitivamente la zona.

Fuentes:
http://www.exordio.com/1939-1945/militaris/batallas/dragon-divino-2.html
http://es.wikipedia.org/wiki/HMS_Ramillies_(07)


Perdido en el desierto

La noticia se conoció hace dos días. Un empleado de una empresa petrolífera polaca se topó por casualidad con los restos de un avión de la Segunda Guerra Mundial en una remota zona del Desierto Occidental Egipcio, a más de doscientos kilómetros de distancia de la población más cercana. El avión, un Kittyhawk (la denominación británica del caza Curtiss P-40), se ha encontrado casi intacto en el mismo lugar en el que se estrelló hace setenta años. La hélice, retorcida, permanece a unos metros del aparato, y se pueden ver algunos agujeros de bala en el fuselaje. Aparte de eso, el avión se ha conservado sorprendentemente bien. La mayor parte de los instrumentos de la cabina están en buen estado, e incluso el avión mantiene aún sus armas con la munición. También se han conservado las placas de identificación del avión, lo que ha permitido a los historiadores rastrear su procedencia y reconstruir su historia.


El caza formaba parte de una unidad de la RAF con base en Egipto. Su último vuelo fue en junio de 1942. Se dirigía de una base aérea egipcia a otra para que le fuesen efectuadas unas reparaciones. El piloto era el sargento de vuelo Dennis Copping, un joven de 24 años de Southend, una pequeña ciudad del este de Inglaterra. Por motivos desconocidos el sargento Copping se salió del rumbo y se perdió en el desierto. Nunca se volvió a saber nada de él. Hasta ahora.

Por lo que se puede ver en el lugar, se deduce que Copping sobrevivió al accidente. Utilizó el paracaídas para hacer un toldo bajo el que refugiarse del sol mientras esperaba el rescate. Desmontó las baterías y la radio del avión para tratar de hacerla funcionar. Los restos del sargento no han aparecido. Al no encontrarse en las proximidades del avión, tenemos que suponer un final terrible para el desdichado piloto. Cuando perdió la esperanza de que acudiese alguien a rescatarle, decidió abandonar su refugio improvisado y comenzó a andar, quién sabe en qué dirección, tratando de encontrar una salvación. Es imposible saber la distancia que llegó a recorrer antes de agotar sus fuerzas.

La Embajada británica en Egipto va a iniciar la búsqueda de los restos del piloto, pero las posibilidades de encontrarlos son remotas. También en Inglaterra ha comenzado la búsqueda de los familiares del sargento Copping, aunque parece que no hay ningún familiar directo con vida. El Kittyhawk probablemente acabará en el Museo de la RAF de Hendon, al norte de Londres.

He conocido esta historia gracias a un enlace que me envió Canichu, el espía del bar. El artículo original, aquí.

La Buena Fuente

En una fecha no determinada de agosto o septiembre de 1941, cuando Estados Unidos era todavía un país neutral, el SIM (Servizio Informazioni Militare, el servicio secreto italiano) vio la oportunidad de hacerse con las claves de comunicaciones utilizadas por los agregados militares estadounidenses entre sus embajadas y Washington, conocidas como Black Code (“Código Negro”). Con la colaboración de dos empleados italianos de la embajada estadounidense en Roma, el SIM consiguió una copia de la llave de la caja fuerte del agregado militar, Norman Fiske. Con la llave en su poder, una noche dos carabineros de la “Sección P” del SIM entraron en la embajada, de nuevo con la ayuda de los dos empleados italianos que les facilitaron el acceso, y se llevaron el libro de códigos de la caja fuerte de Fiske. Después de fotografiarlo lo devolvieron a la caja esa misma noche, antes de que alguien pudiese echarlo en falta.

Cuando Estados Unidos entró en la guerra el robo del libro de códigos se convirtió en un inesperado regalo que daba acceso a los servicios de inteligencia italianos a las comunicaciones más secretas del enemigo. Los italianos se encontraron con un instrumento que podría ser decisivo para el desarrollo de las operaciones militares si encontraban alguna fuente que utilizase las comunicaciones diplomáticas para transmitir informaciones de gran valor estratégico. Y eso fue lo que ocurrió. Poco tiempo después de la entrada de los estadounidenses en la guerra el coronel Frank Bonner Fellers, un graduado en West Point íntimo amigo del general MacArthur, fue destinado a El Cairo como agregado militar, con la función de servir de oficial de enlace con el ejército británico. Los estadounidenses no cambiaron sus códigos diplomáticos después de su entrada en el conflicto, por lo que Fellers enviaba sus informes a Washington codificados con las claves capturadas meses antes por los servicios secretos italianos.

Fellers comenzó a enviar regularmente al Departamento de Guerra en Washington informes detallados sobre la situación de las fuerzas británicas en Egipto. El agregado militar informaba de todo: composición y movimientos de unidades, armamento, moral de los combatientes... Los mensajes de Fellers eran fácilmente reconocibles por el encabezamiento y la firma, ya que el oficial los mandaba siempre a MILID WASH (Military Intelligence Division, Washington) o AGWAR WASH (Adjutant General, War Department, Washington) y estaban siempre firmados con FELLERS. El SIM interceptaba esos informes y los descodificaba, convirtiendo a Fellers en una valiosísima (e involuntaria) fuente de información para las fuerzas del Eje en el norte de África. El SIM, aunque no compartía con los alemanes el origen de la información, les pasaba regularmente las transcripciones de los informes descodificados. Los informes eran enviados finalmente a Rommel, que se refería a ellos como "die gute Quelle" ("la buena fuente"), como muestra del valor que les daba.

El envío de los informes comenzó en enero de 1942, coincidiendo con el inicio de la ofensiva de Rommel que expulsó a los británicos de Cirenaica. Rommel pudo disponer de información de primera mano sobre la situación y la fuerza real de las unidades blindadas británicas o de su fuerza aérea. En los meses siguientes recibió muchas otras informaciones que resultaron de gran utilidad para el Eje en África.

Posiblemente el mensaje interceptado más importante fue el que puso sobre aviso a las fuerzas del Eje sobre las operaciones Vigorous y Harpoon, dos convoyes con destino a Malta enviados desde Gibraltar y Alejandría, respectivamente, entre el 14 y el 16 de junio de 1942. En apoyo al envío de los convoyes, previamente se ejecutarían operaciones de comandos contra aeródromos del Eje en el norte de África y un ataque aeronaval contra la flota italiana en Tarento. El ataque a Tarento fue un éxito relativo. Siete de los doce Beaufort armados con torpedos que participaban en él fueron derribados por los cazas italianos antes de que pudiesen establecer contacto con los buques enemigos, pero los torpederos supervivientes lograron hundir al crucero Trento y dañar gravemente al acorazado Littorio. Las incursiones contra los aeródromos fracasaron totalmente, después de que Fellers revelase involuntariamente al enemigo los planes británicos, lo que permitió que los días posteriores los aviones del Eje pudiesen lanzar continuos ataques contra los convoyes aliados. El convoy de Gibraltar se vio obligado a retirarse, del de Alejandría tan sólo llegaron a Malta dos mercantes de un grupo de seis. El coste total de ambas operaciones para la Royal Navy y la RAF fue de un acorazado, cinco destructores, dos dragaminas, seis buques mercantes y más de veinte aviones. La desesperada situación de Malta se agravó, la isla se quedó sin ninguna capacidad ofensiva y parecía condenada a la inanición.

Poco tiempo después Fellers pudo “ayudar” involuntariamente a Malta cuando en uno de sus informes describía la gravísima situación de las tropas británicas en Egipto. Comunicaba a Washington que los británicos habían sido totalmente derrotados y que Rommel tenía en sus manos la conquista de El Cairo y el delta del Nilo. El informe pudo influir en la decisión de Hitler de apoyar la ofensiva de Rommel y suspender la Operación Hércules, el asalto aerotransportado a Malta, que ya no consideraba necesario.

Pero al mismo tiempo que los italianos descifraban los códigos diplomáticos estadounidenses, los británicos hacían lo propio con las comunicaciones militares alemanas. Los italianos enviaban las transcripciones de los informes de Fellers a los alemanes, que cuando los retransmitían nuevamente a Rommel utilizaban como es lógico sus propios códigos. Cuando los criptoanalistas británicos comenzaron a descifrar los informes de Fellers transmitidos por los alemanes pronto llegaron a la conclusión de que había un fallo de seguridad en las comunicaciones estadounidenses. Ya antes de eso, en febrero de 1942, los británicos habían avisado a los estadounidenses de que sus comunicaciones diplomáticas no eran seguras y que ellos mismos las estaban descodificando. Unos meses más tarde, alguna indiscreción en alguno de los mensajes interceptados les hizo sospechar que el enemigo tenía acceso a las comunicaciones entre Washington y un oficial aliado destinado en El Cairo. Los británicos informaron a los estadounidenses, que cambiaron inmediatamente los códigos. Desde ese momento, el 26 de junio de 1942, el Eje se quedó sin las informaciones de Fellers. El 10 de julio, los aliados consiguieron confirmar sus sospechas cuando el batallón de transmisiones 621º del Afrika Korps fue capturado por los ingleses sin haber tenido tiempo de destruir sus documentos, entre los que se encontraron las transcripciones de varios mensajes de Fellers. La captura del batallón de transmisiones 621º fue otro revés para Rommel. Su eficaz sistema de escuchas de las radiocomunicaciones británicas era la otra gran fuente de inteligencia de la que disponía, y había perdido ambas en un plazo de dos semanas y en el peor momento posible, en el punto decisivo de su ofensiva. Entre sus fuerzas y El Cairo o Alejandría tan sólo se interponía una última línea defensiva, en torno a El Alamein. Pero desde ese momento iba a tener que tomar sus decisiones sin ningún conocimiento sobre las fuerzas y las intenciones del enemigo.

Poco tiempo después Fellers fue trasladado a Estados Unidos y dejó El Cairo. Alguien podría pensar que se trataba de un castigo, pero lo cierto es que él no hizo nada reprobable (no era culpa suya que las claves que le ordenaban utilizar no fuesen seguras). Así, unos meses después el coronel Fellers fue condecorado con la Medalla de Servicios Distinguidos por su buen trabajo como agregado militar en El Cairo, citando que “sus informes al Departamento de Guerra han sido modelos de claridad y precisión”. Posiblemente Rommel le hubiese condecorado por el mismo motivo si hubiese tenido ocasión.


Fuentes:
Jon Latimer: El Alamein
http://www.historynet.com/intercepted-communications-for-field-marshal-erwin-rommel.htm
http://it.wikipedia.org/wiki/Furto_del_Black_Code
http://www.cripto.es/enigma/boletin_enigma_55.txt


HMS Medway

El HMS Medway fue el primer buque de aprovisionamiento de submarinos construido para la Royal Navy con ese propósito. El Medway fue botado en julio de 1928. Diseñado para dar apoyo a un máximo de 18 submarinos, podía almacenar hasta 144 torpedos de 21 pulgadas y 1880 toneladas de combustible. Tenía un desplazamiento de 14.650 toneladas Standard y 18.360 a plena carga y podía navegar a una velocidad de 15,5 nudos.

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Cuando comenzó la guerra el Medway se encontraba en Singapur. En abril de 1940 fue trasladado a Alejandría, para operar con la 1ª Flotilla de Submarinos en el Mediterráneo. El buque llegó al puerto de Alejandría el 3 de mayo, al mando del capitán P. Ruck-Keene.

El 30 de junio de 1942 el Medway partió de Alejandría con destino a Haifa con el comandante de la 1ª Flotilla de submarinos a bordo, acompañado por el crucero ligero HMS Dido y siete destructores. A las 8:24 horas fue torpedeado a la salida del puerto por el sumergible alemán U-372, al mando del capitán Heinz-Joachim Neumann. El Medway se hundió rápidamente, muriendo en el naufragio treinta de los 1.135 hombres que formaban su tripulación. El hundimiento del Medway paralizó temporalmente las operaciones de los submarinos británicos en el Mediterráneo oriental, aunque 47 de los torpedos que almacenaba en el momento de su hundimiento pudieron ser recuperados. Para sustituirlo la Royal Navy trasladó desde Malta a Beirut al pequeño HMS Talbot, que fue renombrado como Medway II.

Imágenes del hundimiento del Medway:

medway
Fuentes:
http://www.uboat.net/allies/merchants/ships/1875.html
http://home.cogeco.ca/~gchalcraft/sm/depot.html
http://en.wikipedia.org/wiki/HMS_Medway_(F25)