La final de salto con pértiga de los Juegos olímpicos de Berlín fue dominada por el atleta estadounidense Earle Meadows, que venció con un mejor salto de 4,35 metros. Tras él, solo dos rivales pudieron superar los 4,25, los japoneses Shuhei Nishida y Sueo Ōe. Cuando el estadounidense se aseguró la medalla de oro, Nishida y Ōe, amigos además de compañeros de equipo, se negaron a seguir compitiendo por el segundo puesto. Era una situación sin precedentes que los jueces solucionaron concediendo la medalla de plata a Nishida, basándose únicamente en su mejor palmarés (mientras Ōe era un desconocido a nivel internacional, su compatriota, cuatro años mayor, ya había ganado la medalla de plata en los juegos de Los Ángeles 1932).
Cuando regresaron a su país, los dos atletas sorprendieron con la forma que habían tenido de corregir la arbitraria decisión de los jueces deportivos: habían encargado a un joyero que cortase ambas medallas por la mitad y que empalmase los trozos formando dos perfectas medallas de “platabronce”. La prensa japonesa las denominó “las medallas a la amistad”.
En los años posteriores los dos pertiguistas siguieron compitiendo a gran nivel. En 1937 Ōe estableció el récord nacional en 4,35 metros, una marca que permaneció imbatida durante más de dos décadas. En 1939 se alistó en las Fuerzas Especiales de Desembarco, los ”marines” japoneses. Murió en combate en la isla de Wake el 24 de diciembre de 1941. Nishida, por su parte, tuvo una longeva carrera deportiva. En 1951, ya con 41 años, ganó una medalla de bronce en los Juegos Asiáticos. Continuó vinculado al atletismo durante toda su vida, como árbitro y miembro de la Federación nacional y del Comité Olímpico Japonés.
Esta fotografía recoge uno de los momentos históricos de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Muestra la ceremonia de entrega de medallas de la competición de esgrima femenina. Aparte de ser las mejores esgrimistas de su generación y de ser todas ellas campeonas olímpicas (las ganadoras de la plata y el bronce había sido respectivamente medallas de oro en los Juegos de Amsterdam 1928 y Los Ángeles 1932), las mujeres que ocupaban el podio tenían algo más en común: las tres eran judías (en realidad en los tres casos solo el padre era judío, o medio judío, y ninguna de ellas practicaba la religión hebrea, aunque pequeños detalles como aquellos no tenían demasiada importancia para los nazis).
En los meses anteriores a la celebración de los Juegos de Berlín, las amenazas de boicot en Estados Unidos y otros países como protesta por el trato discriminatorio que sufrían los judíos en Alemania pusieron en grave riesgo el éxito del gran escaparate propagandístico que los nazis estaban poniendo a punto. Para acallar a los críticos, el Comité Olímpico Alemán, a sugerencia de un miembro estadounidense del COI, invitó a una veintena de deportistas judíos a competir en las pruebas de selección. Los atletas recuperaron su ciudadanía y sus derechos, incluyendo a los exiliados, que pudieron regresar a su país y reintegrarse a los clubes deportivos de los que habían sido expulsados en cumplimiento de las leyes de Nuremberg. Pero las autoridades alemanas no tenían ninguna intención de dejarles representar al Reich en los Juegos de Hitler. En cuanto amainaron las protestas, todos ellos fueron apartados de las selecciones olímpicas. Solo hubo una excepción: la esgrimista Helene Mayer, la única judía entre los 470 deportistas que integraban el equipo olímpico alemán.
Helene Mayer había sido campeona olímpica de florete (en aquella época la única prueba femenina de esgrima) en los Juegos de Amsterdam, con solo 17 años. Residía en California desde 1932 y era muy popular en Estados Unidos. Su exclusión habría reavivado los movimientos a favor del boicot. Además, Mayer mostraba un patriotismo a toda prueba. Nunca se planteó sumarse voluntariamente al boicot ni dudó en participar en la mayor competición deportiva de la historia de su país. Y, por si eso fuera poco, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria.
En Berlín, Mayer iba a tener como rival a otra judía alemana, Ellen Müller-Preis (o Ellen Preis a secas, su nombre de soltera), una joven berlinesa de 24 años que competía por Austria, el país de su padre. Cuatro años antes, cuando la Federación Alemana de Esgrima no la incluyó entre los deportistas que iban a acudir a los Juegos de Los Ángeles (la elegida fue la propia Mayer, que defendía el oro olímpico ganado en 1928), decidió solicitar la nacionalidad austriaca. Y no le fue mal. En Los Ángeles logró para Austria la medalla de oro de florete, mientras que Mayer tuvo que conformarse con la quinta posición. Por tanto, Preis, la berlinesa residente en Viena, se presentaba a los Juegos de su ciudad natal como defensora del título de campeona olímpica.
La tercera en discordia iba a ser la húngara Ilona Elek (de soltera Ilona Schacherer), nacida en Budapest en 1907, hija de padre judío y madre católica. Con 29 años era la mayor de las tres, pero también era con mucha diferencia la que tenía menos experiencia en competición. Los de Berlín eran sus primeros Juegos Olímpicos. Sin embargo, fue ella la que finalmente resultó vencedora. En la lucha por el oro derrotó a Mayer, que se tuvo que conformar con la medalla de plata. La de bronce fue para Preis. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la ganadora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, la alemana Mayer sorprendió al mundo haciendo el saludo nazi.
Después de los Juegos, Mayer volvió a Estados Unidos. A pesar de la medalla que había ganado para su país, el gobierno alemán le retiró de nuevo la ciudadanía e ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez solo un año más tarde). En 1952, enferma de cáncer de mama, regresó a Alemania para pasar en su tierra natal sus últimos meses de vida. Murió en Múnich en octubre de 1953, con solo 42 años.
Preis también se vio obligada a exiliarse durante el Anschluss. Tras la derrota del Tercer Reich decidió regresar a Viena. Elek permaneció en Budapest, soportando las cada vez más duras leyes antisemitas y ocultándose en los meses finales del conflicto, cuando los alemanes derribaron el régimen de Horthy y ocuparon el país. Ambas volvieron a competir tras el paréntesis obligado por la guerra. En Londres 1948, doce años después de los Juegos de Berlín, Elek y Preis se enfrentaron de nuevo en un torneo olímpico. Repitieron medallas, con la húngara ganando el oro y la austriaca el bronce. Elek se retiró con una plata en Helsinki 1952, ya con 45 años. Preis con un séptimo puesto en Melbourne 1956, con 44.
La de Ilona Elek no fue la única victoria de un deportista judío en los Juegos Olímpicos de Berlín. También subieron a lo más alto del podio un par de integrantes de la selección húngara de waterpolo (que, por cierto, derrotó a Alemania en la final), y otro de la estadounidense de baloncesto. Y, en deportes individuales, el luchador húngaro Károly Kárpáti y el haltera austriaco Robert Fein. Pero por encima de todos ellos destacó otro esgrimista húngaro llamado Endre Kabos, que fue campeón olímpico por partida doble.
Kabos, de 29 años y nacido en Nagyvárad, la actual Oradea rumana, sí era un auténtico judío practicante. En los Juegos de Los Ángeles había ganado la medalla de bronce en sable individual y el oro por equipos, así que llegaba a Berlín como uno de los grandes favoritos. Y no defraudó, venciendo en la final individual de sable al italiano Gustavo Marzi y volviendo superar a los italianos junto a su selección en la prueba por equipos.
Durante la guerra Kabos fue internado en un campo de trabajos forzados para judíos. Mientras estuvo en cautiverio se dedicó a dar clases de esgrima a oficiales del Ejército húngaro. Su fama le permitió recibir un trato relativamente priviegiado. Su principal función era conducir una de las carretas que se utilizaban para transportar provisiones desde la capital. Murió el 4 de noviembre de 1944 en la explosión del puente Margarita. El puente, uno de los principales de Budapest, había sido minado por zapadores de la Wehrmacht con la intención de volarlo en cuanto el Ejército Rojo avanzase sobre la ciudad. A las 2 de la tarde del 4 de noviembre, cuando cientos de ciudadanos circulaban despreocupadamente sobre él, las cargas hicieron explosión por causas desconocidas. Murieron unos 600 civiles y 40 soldados alemanes.
La primera vez que se encendió un pebetero en un estadio olímpico fue en Amsterdam 1928. Pero en aquella ocasión se trató de una llama “casera”, un simple añadido decorativo que pretendía recordar el fuego sagrado que ardía permanentemente (en honor a Prometeo, el héroe que había robado el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres) durante la celebración de los antiguos Juegos en el estadio de Olimpia. Fue ocho años después, en los Juegos Olímpicos de Berlín, cuando surgió toda la parafernalia del transporte en relevos del fuego sagrado desde Olimpia hasta la sede de los Juegos y del encendido solemne del pebetero durante la ceremonia de inauguración. El viaje de la llama comenzó el 20 de julio de 1936 y finalizó en el Estadio Olímpico de Berlín el 1 de agosto, el día de la apertura de los Juegos. Convertido en tradición, el ceremonial se ha mantenido en todos los Juegos (de Verano y de Invierno) transcurridos desde entonces. La fuerza simbólica del rito hizo olvidar que su estética y sus connotaciones neopaganas eran muy del gusto de los nazis. No se puede decir que tuviese una conexión directa con el nazismo, pero una ceremonia como aquella parece un claro producto del ambiente político-propagandístico del Tercer Reich. La idea original fue de Carl Diem, el presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de Berlín y un reconocido teórico e historiador deportivo.
En julio de 1936 el Comité Olímpico Internacional otorgó los Juegos Olímpicos de verano de 1940 a Tokio. El COI recomendó que para los futuros Juegos se mantuviese el ceremonial del traslado de la llama sagrada, pensando en la ayuda que podría suponer para difundir el espíritu olímpico en regiones del planeta en los que el movimiento olímpico aún era muy poco conocido. Desde ese punto de vista, unos Juegos en Extremo Oriente representaban una gran oportunidad. Pero había un problema evidente: organizar un recorrido de relevistas desde Olimpia hasta Berlín era una tarea relativamente fácil, pero hacerlo a lo largo de los 10.000 kilómetros que separaban Grecia de Tokio parecía poco menos que inviable. Finalmente se recomendó mantener el traslado de la antorcha, aunque para ello se tuviese que recurrir a automóviles, aviones, o cualquier otro medio de transporte.
El comité organizador de los Juegos de Berlín ofreció su ayuda a sus homólogos japoneses e hizo varias recomendaciones sobre el traslado de la antorcha. Su primera propuesta, la más espectacular, consistía en organizar una travesía en relevos de corredores y jinetes por Próximo Oriente, Persia y Asia Central, siguiendo el itinerario de la milenaria Ruta de la Seda. Pero aquello implicaba que una parte importante del recorrido tendría que realizarse a través de China, lo que no hacía mucha gracia al gobierno japonés. En su lugar los japoneses plantearon que la antorcha podía ser transportada por un buque de guerra de la Marina Imperial, que haría escala en numerosos puertos a lo largo de su travesía.
Al final se optó por la solución más práctica: el fuego sagrado haría su viaje a Tokio en avión. Alemania se ofreció a desarrollar un aparato expresamente para aquel cometido. A partir del caza pesado Messerschmitt Bf 110, los ingenieros alemanes diseñaron un avión capaz de cubrir sin repostar los 10.000 kilómetros que había entre Europa y Japón. En aquella época habría supuesto el récord mundial de distancia en un vuelo sin escalas. El propio Hitler estaba entusiasmado con la propuesta. En su honor, el aparato fue denominado Messerschmitt Me 261 Adolfine. En 1939, cuando el COI retiró los Juegos a Tokio, se abandonó el proyecto, a pesar de que ya había comenzado la construcción de la primera unidad. Se reanudaría más tarde, durante la guerra, transformado en el desarrollo de un avión de reconocimiento marítimo de largo alcance. Llegó a completarse algún prototipo, aunque nunca entraron en servicio.
Pero los japoneses no estaban muy dispuestos a que Alemania se adjudicase el éxito propagandístico del traslado de la antorcha, máxime cuando ellos contaban ya con una alternativa probada: el Kamikaze, un Mitsubishi Ki-15 famoso por ser el primer avión de fabricación japonesa que había volado de Japón a Europa. La tarde del 6 de abril de 1937 el Kamikaze había despegado del aeródromo de Tachikawa, en Tokio, en un vuelo patrocinado por el diario Asahi Shimbun como parte de las celebraciones de la coronación de Jorge VI de Inglaterra. Haciendo numerosas escalas (Taipei, Hanoi, Vientiane, Calcuta, Karachi, Basora, Bagdad, Atenas, Roma y París), la tarde del 9 de abril aterrizó en el aeropuerto Croydon de Londres, Autoridades, periodistas, y una multitud de espectadores habían acudido a recibirles. Era la época de las grandes proezas de la aviación, en la que los aviadores que competían por batir récords de distancia o abrir rutas nunca intentadas hasta entonces eran tratados como estrellas del deporte. El Kamikaze había recorrido más de 15.000 kilómetros en un tiempo total de vuelo (sin contar las escalas) de 51 horas y 18 minutos. Sus dos tripulantes, el piloto Masaaki Iinuma y el navegante Kenji Tsukagoshi, fueron recibidos en su país como héroes nacionales. Iinuma, de 26 años, fue aclamado como “el Lindbergh japonés”.
El Comité Olímpico Japonés propuso utilizar el Kamikaze para el traslado de la antorcha desde Grecia, siguiendo una ruta similar a la de la travesía que le había hecho famoso. Sin duda era la opción con más posibilidades de ser elegida. Pero el fuego sagrado no llegaría a Tokio hasta los Juegos Olímpicos de 1964, un cuarto de siglo más tarde. En el verano de 1937, al estallar la guerra chino-japonesa, algunos países comenzaron a hacer campaña por el boicot a los Juegos. Finalmente, en 1939, temiendo un fracaso de participación, el COI decidió retirar la organización de los Juegos a Tokio y concedérsela a Helsinki. El comienzo de la guerra en Europa pocos meses después hizo que los Juegos de la XII Olimpiada se cancelasen definitivamente.
El piloto del Kamikaze, Masaaki Iinuma, sirvió como instructor de vuelo y piloto de pruebas del Ejército Imperial. Murió en combate en Indochina en diciembre de 1941. Kenji Tsukagoshi tampoco sobrevivió a la guerra. En 1943 formaba parte de la tripulación del prototipo Tachikawa Ki-77, un proyecto secreto de avión de gran autonomía con el que los japoneses pretendían establecer comunicación aérea con sus aliados alemanes. En su primer vuelo con rumbo a Europa el Ki-77 desapareció cuando sobrevolaba el océano Índico. Nunca se encontraron sus restos.
Johnny Spillane era un jugador de béisbol. Jugaba en la posición de parador en corto (shortstop en inglés). Por el lugar que ocupa dentro del campo, el parador en corto es el encargado de atrapar un alto porcentaje de las bolas lanzadas por el bateador del equipo contrario. Por tanto es un puesto para el que se requieren unos buenos reflejos y mucha velocidad de reacción (tengo que aclarar que soy un completo ignorante en todo lo relacionado con el béisbol, así que pido disculpas si algo de lo que he escrito es incorrecto). En 1942 había conseguido el sueño de todo joven deportista estadounidense: una oferta profesional de uno de los equipos más poderosos del país, los St. Louis Cardinals. Pero Estados Unidos estaba en guerra, y Spillane decidió que su carrera deportiva podía esperar. Así que, en lugar de firmar con los Cardinals, se alistó en el Cuerpo de Marines.
Spillane fue destinado al 2º Batallón de Tractores Anfibios de la 2ª División de Marines. Allí fue formado como tripulante de un LVT. El Landing Vehicle Tracked (ese es el significado de las siglas LVT), apodado aligator, era un vehículo de asalto anfibio sobre orugas, sin blindaje (al menos en sus primeras versiones, como la que le tocó tripular a Spillane), concebido para transportar a una veintena de hombres desde los buques de transporte de tropas hasta las playas y continuar tierra adentro hasta alcanzar una posición segura.
En agosto de 1942 Spillane participó en las operaciones anfibias en Guadalcanal. Aunque aquella acabaría siendo una de las batallas más duras de la guerra en el Pacífico, los japoneses apenas opusieron resistencia a los desembarcos de los marines en las playas, por lo que el paso de Spillane por Guadalcanal fue relativamente tranquilo.
Muy diferente iba a ser la siguiente misión de la 2ª División de Marines, el desembarco en el pequeño atolón de Tarawa, en las islas Gilbert. Allí les esperaban más de cuatro mil soldados japoneses fuertemente armados, dispersos en bunkers y blocaos por toda la isla, con centenares de cañones y ametralladoras apuntando al océano, y dispuestos a impedir por todos los medios a su alcance que el enemigo pusiese el pie en la isla. Por si fuera poco, un arrecife que bordeaba toda la isla servía de barrera natural contra las lanchas de desembarco que pretendiesen alcanzar las playas.
El 20 de noviembre de 1943 Spillane participó con su LVT en la primera oleada de desembarco en Tarawa. Las peores predicciones se cumplieron, y gran parte de las lanchas se quedaron atrapadas en los arrecifes. Los aligators se convirtieron en el arma decisiva de la batalla. En medio de un infierno de fuego de artillería, morteros y ametralladoras, los LVTs tuvieron que maniobrar continuamente para transbordar a los hombres desde las lanchas inmovilizadas hasta la orilla, a unos cientos de metros de distancia.
Restos de un LVT en una playa de Tarawa:
En uno de aquellos viajes, cuando su aligator alcanzó la playa transportando a una veintena de marines, Spillane vio una granada volar por los aires y caer dentro del vehículo. Sin pararse a pensar, la recogió antes de que explotase y la lanzó hacia atrás, al mar. Una segunda granada cayó en el LVT y Spillane repitió la operación. Sin tiempo para reponerse del susto, una nueva granada aterrizó en el interior del aligator. Spillane la atrapó y alargó el brazo para lanzarla al agua. En ese momento la granada estalló.
La mano derecha de Spillane había desaparecido. Su compañero, el conductor del LVT, le hizo un torniquete en el brazo y le aplicó sobre la herida polvo de sulfa (sulfamida, el componente básico del botiquín del soldado estadounidense). Fue inmediatamente evacuado a un buque hospital, donde le amputaron lo que le quedaba del brazo destrozado, y de allí a Estados Unidos.
Johnny Spillane se resistió a abandonar el béisbol. Tras superar una larga convalecencia, comenzó a entrenar con la mano izquierda. Al final tuvo que asumir que su carrera deportiva había terminado. Sin embargo, la abandonó a lo grande, con un homenaje que le tributaron en su estadio los St. Louis Cardinals, el equipo con el que nunca llegó a debutar.
Takeichi Nishi nació en Tokio el 12 de julio de 1902. Era hijo de Tokujiro Nishi, un danshaku (un rango de la antigua nobleza japonesa), diplomático y antiguo miembro del Consejo Privado Imperial. Takeichi heredó el título nobiliario a la muerte de su padre, en 1912.
Siguiendo los deseos de su padre, Nishi estudió en estrictos colegios militares que seguían el modelo prusiano. En 1920 ingresó en la Academia del Ejército Imperial de Tokio. Fue compañero de clase de Masanobu Tsuji, que llegaría a ser un oficial de Estado Mayor muy influyente, además de uno de los mayores criminales de guerra japoneses. Se graduó en 1924. El primer destino del alférez Nishi fue el 1º Regimiento de Caballería de Setagaya. Fue ascendido a teniente en octubre de 1927.
El teniente Nishi era un habitual de las fiestas de la alta sociedad japonesa. Las familias más poderosas se peleaban por contar en sus actos sociales con aquel joven y apuesto aristócrata, oficial de caballería, aficionado a los coches deportivos, y con un carácter abierto, alegre y nada ceremonioso. También era un destacado jinete, y comenzó a viajar con frecuencia a Europa para representar a su país en torneos hípicos. En 1930, en Italia, se encaprichó de un hermoso caballo llamado Uranus. Cuando el Ejército rechazó su petición de adquirirlo, decidió comprarlo con su propio dinero. Con él compitió en numerosos concursos de saltos por toda Europa. En 1932 Nishi y Uranus fueron seleccionados para participar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
Nishi hablaba inglés perfectamente y estaba acostumbrado a relacionarse con la alta sociedad. Su carácter de playboy y su exotismo de aristócrata oriental (en Estados Unidos tradujeron su título de danshaku como “barón”) sedujeron a Hollywood. Empezó a relacionarse con las estrellas del cine, y en poco tiempo se convirtió en el invitado imprescindible de cualquier fiesta que pretendiese ser glamourosa. Hizo amistad con la pareja formada por Douglas Fairbanks y Mary Pickford (la "novia de América"), y a través de ellos conoció a otras celebridades como Charles Chaplin o Will Rogers. Se decía de él que su fotografía aparecía más en las crónicas de sociedad que en las páginas deportivas de los periódicos. A pesar de todas aquellas distracciones, el 14 de agosto de 1932 Nishi y Uranus ganaron la medalla de oro en la categoría individual del Gran Premio de las Naciones, el concurso hípico de saltos de los Juegos Olímpicos. El barón Nishi, como se le conocía, contó con el apoyo incondicional del público angelino, que durante la competición le animó como si fuese uno de los suyos. Su popularidad le convirtió en un héroe para la numerosa comunidad japonesa de California.
A su regreso de Los Ángeles, Nishi fue destinado a un regimiento de caballería con base en una pequeña ciudad de la prefectura de Chiba, cerca de Tokio. En agosto de 1933, ya con el rango de capitán, obtuvo una plaza de instructor en la escuela de caballería del Ejército Imperial. En los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 volvió a participar con Uranus, pero una caída durante la competición le impidió luchar por las medallas. En marzo de 1939 fue ascendido a comandante y destinado al departamento encargado de la compra de caballos para el Ejército.
Durante esos años el Ejército Imperial completó la modernización de sus últimas unidades de caballería sustituyendo los caballos por blindados ligeros. En agosto de 1943 Nishi fue ascendido a teniente coronel y recibió el mando del 26º Regimiento de Tanques, una unidad del Ejército Kwantung con base en Mudanjiang, en el norte de Manchuria. Antes de partir dejó a Uranus en las cuadras del Ejército de Setagaya, en las afueras de Tokio. Siempre que viajaba a la capital, Nishi iba a visitar a su caballo para comprobar que recibía los cuidados adecuados.
En julio de 1944 el 26º Regimiento de Tanques recibió la orden de dirigirse a Corea para embarcar allí con destino a una insignificante isla del archipiélago de las Vulcano que pocos meses después se haría mundialmente famosa: Iwo Jima. Era un pedazo de tierra de poco más de 20 Km², yermo, inhóspito y maloliente (esto último debido a las emanaciones de vapores sulfurosos). Pero su situación, a medio camino entre Japón y las bases aéreas de las Marianas, la había convertido en un objetivo de vital importancia estratégica. El Estado Mayor Imperial sabía que los estadounidenses iban a tratar de conquistar la isla para utilizarla como base de apoyo a sus bombarderos. El regimiento del teniente coronel Nishi fue una de las unidades elegidas para reforzar su defensa.
El 18 de julio de 1944 el buque Nisshu Maru, que transportaba a Iwo Jima al 26º Regimiento, fue torpedeado y hundido por el submarino estadounidense Cobia. Aunque apenas hubo bajas, todos los vehículos del regimiento se perdieron en el naufragio. Nishi se trasladó a Japón para solicitar nuevos tanques. Tan solo pudo conseguir veintidós, todos ellos blindados medios del Tipo 97 Chi-Ha y ligeros del Tipo 95 Ha-Go, muy inferiores a los M4 Sherman estadounidenses con los que iban a tener que enfrentarse (el Tipo 95 ya estaba considerado obsoleto al comienzo de la guerra).
En Iwo Jima Nishi y su 26º Regimiento de Tanques quedaron bajo el mando del general Tadamichi Kuribayashi, comandante supremo de las fuerzas japonesas en la isla. Kuribayashi preparó a sus hombres para enfrentarse al desembarco estadounidense ideando un complejo sistema de túneles, cuevas y bunkers excavados en el terreno volcánico unidos en una gigantesca red defensiva que cubría toda la isla. Kuribayashi y Nishi tenían personalidades opuestas, y desde el primer momento la relación entre ambos fue tensa. A diferencia del general, Nishi era un comandante poco estricto y bastante permisivo con la disciplina de los soldados bajo su mando. Él mismo rompía la uniformidad calzando unas elegantes botas de montar de fabricación francesa. Pero eso no le impidió demostrar una gran eficacia desplegando a sus hombres y preparándolos para la batalla. El terreno de Iwo Jima hacía casi imposible el movimiento de vehículos, incluso de los provistos de orugas, por lo que muchos de los tanques de Nishi fueron utilizados como emplazamientos fijos de artillería, enterrándolos hasta las torretas en la ceniza volcánica.
Tras tres días de intenso bombardeo naval y aéreo, los marines desembarcaron en Iwo Jima el 19 de febrero de 1945. En cuanto empezó la batalla el cuartel general del 26º Regimiento se trasladó al este de la isla, lejos de los primeros objetivos enemigos, el monte Suribachi y los aeródromos de la región central. Los norteamericanos, que sabían que Nishi era uno de los comandantes de las fuerzas japonesas, le hacían todos los días llamamientos con altavoces solicitando su rendición, para evitar, decían, que el mundo tuviese que llorar la muerte de un héroe olímpico. Como era de esperar, Nishi nunca respondió a aquellos mensajes.
El 7 de marzo el 2º Batallón del 9º Regimiento de Marines se encontró con un durísimo núcleo de resistencia japonesa en el este de la isla. Fue bautizado como “la Bolsa de Cushman", por el nombre del coronel estadounidense que mandaba el batallón. Durante diez días se libró allí uno de los combates más encarnizados de toda la batalla. Los marines no lo sabían, pero estaban enfrentándose a lo que quedaba del 26º Regimiento de Tanques, desplegado en torno al cuartel general del barón Nishi. Los tanquistas mantuvieron una resistencia suicida obligando a los estadounidenses a pagar un enorme coste en vidas humanas por cada metro de terreno conquistado. Se cree que Nishi fue herido y quedó parcialmente cegado durante el combate.
La Bolsa de Cushman cedió el 16 de marzo. No hubo supervivientes entre los hombres del estado mayor del 26º Regimiento, por lo que es imposible saber cuál fue el destino final del barón Nishi. Hay varias teorías sobre su muerte. Unos dicen que la mañana del 21 de marzo fue alcanzado por el fuego de una ametralladora estadounidense cuando trataba de llegar a su cuartel general. Según otros, murió abrasado por un lanzallamas el 22 de marzo. Hay quien cree que se suicidó junto a su ayudante cuando se vieron acorralados. Por último, también se ha dicho que cayó dirigiendo a los últimos supervivientes en un asalto banzai final. Lo único seguro es que Nishi no salió vivo de la isla. Su cuerpo nunca fue encontrado. Tenía 42 años.
Takeichi Nishi fue ascendido póstumamente al rango de coronel. Solo una semana después de su muerte, su caballo Uranus falleció en Setagaya.
En la película Letters from Iwo Jima (2006) el personaje de Takeichi Nishi fue interpretado por el actor Tsuyoshi Ihara:
Antes de los Juegos Olímpicos de Berlín hubo una fuerte campaña internacional para promover un boicot como protesta por las leyes racistas del gobierno nazi. En Estados Unidos, el Sindicato Atlético Amateur presionaba al Comité Olímpico de su país pidiendo que no respondiese a la invitación hecha por Alemania para participar en los Juegos a menos que el gobierno de Hitler garantizase la no discriminación de los deportistas judíos. Otros países amenazaron también con el boicot por el temor (más que fundado) de que sirviese de escaparate propagandístico para el régimen nazi, pero era evidente que la clave estaba en Estados Unidos. La decisión del Comité Olímpico Estadounidense arrastraría a los demás tanto en un sentido como en otro.
Para tranquilizar a los partidarios del boicot, uno de los miembros estadounidenses del COI, el general Charles Sherryll, propuso la inclusión de la esgrimista judía Helene Mayer en el equipo olímpico alemán como gesto que demostrase la sinceridad de las autoridades nazis. Con la mediación de Sherryll, el Comité Olímpico de Alemania se puso en contacto con Mayer, que residía en Estados Unidos, para saber si estaría dispuesta a representar al Reich en los Juegos. Aceptó encantada. En Estados Unidos muchos la criticaron por no apoyar el boicot, pero ella sentía que no podía negarse a participar en la competición deportiva más importante que se había celebrado nunca en su país. Junto a ella, otros veinte deportistas judíos fueron invitados a competir en las pruebas de selección. Se les permitió regresar a su país (en el caso de los exiliados) y reintegrarse en los clubes deportivos de los que habían sido expulsados.
Los gestos del gobierno de Hitler consiguieron su objetivo. Con el inestimable apoyo de los principales dirigentes de los comités olímpicos internacional y estadounidense, que buscaban por encima de todo asegurar la celebración de los Juegos, los nazis convencieron al mundo de que en Berlín no iba a haber ningún tipo de discriminación hacia los judíos. En cuanto se disipó la amenaza de boicot, las autoridades alemanas volvieron a deshacerse de los deportistas judíos excluyéndolos de sus equipos. De los veintiún preseleccionados solo mantuvieron a una: Helene Mayer. Tenía a su favor su popularidad en Estados Unidos, su patriotismo a toda prueba y su carácter nada reivindicativo. Y además, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria. Por todo ello Helene Mayer fue la única judía entre los cuatrocientos setenta deportistas que integraron el equipo olímpico alemán en los Juegos de Berlín (en realidad Mayer solo era de padre judío, pero para los nazis aquello no suponía una gran diferencia).
Helene Mayer tenía 25 años y era hija de un médico de Offenbach del Meno, en Hesse. Los de Berlín iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos. En Amsterdam 1928, con solo 17 años, había ganado la medalla de oro en la especialidad de florete. Para entonces ya se había impuesto en cuatro campeonatos de Alemania consecutivos (el primero con tan solo 13 años) con el club de Esgrima de Offenbach. Antes de sus segundos Juegos ganaría otros tres campeonatos nacionales más y los mundiales de 1929 y 1931. En Los Ángeles 1932 acabó en un discreto (para su palmarés) quinto puesto. Pero su participación en aquellos juegos le valió una beca deportiva de la Universidad del Sur de California. Mayer se fue a estudiar a Estados Unidos coincidiendo prácticamente con la llegada de los nazis al poder en Alemania. La entrada en vigor de las leyes de Nuremberg en 1935 le supuso la pérdida de su ciudadanía y de gran parte de sus derechos civiles. Entre otras cosas, fue expulsada del Club de Esgrima de Offenbach, al que tantos triunfos había dado. Pero a pesar de todas las ofensas e injusticias que tuvo que sufrir, ella nunca quiso renunciar a su país.
En Berlín, Helene Mayer ganó la medalla de plata en la competición de florete. Fue derrotada por otra judía, la húngara Ilona Schacherer-Elek. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la vencedora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, Mayer sorprendió a todo el mundo haciendo el saludo nazi.
Más tarde Mayer conoció a Hitler en una recepción celebrada en la Cancillería del Reich. El Führer la alabó afirmando que era "la mejor y más limpia deportista del mundo".
Después de los juegos, Mayer regresó a Estados Unidos pensando que cuando quisiese volver a su país encontraría las puertas abiertas. Se equivocaba. El gobierno de Hitler se desdijo de sus halagos y promesas y le retiró nuevamente la ciudadanía. La prensa alemana ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez en 1937) y sus compatriotas no tardaron en olvidarse de ella. Mayer no perdía la esperanza de poder regresar a Alemania, pero unos años más tarde, al estallar la guerra, su sueño se volvió imposible. Se estableció en San Francisco y continuó con su impresionante carrera deportiva, ganando todo lo que podía ganar en aquellos años (que no era mucho, con los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos cancelados por la guerra). Venció en los campeonatos estadounidenses ocho veces, la última en 1946. Por entonces ya había obtenido la nacionalidad estadounidense y compaginaba la esgrima con un trabajo de profesora de ciencias políticas en la Universidad de California.
En 1952 Helene Mayer regresó a Alemania. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y quiso pasar sus últimos meses de vida en su tierra natal. Allí se casó con un antiguo novio de juventud, el ingeniero aeronáutico Erwin Falkner von Sonnenburg. Murió en Munich en octubre de 1953, con solo 42 años.
Cuando el Comité Olímpico de Estados Unidos amenazó con boicotear los Juegos de Berlín si el gobierno de Adolf Hitler mantenía su política discriminatoria contra los deportistas judíos, las autoridades alemanas reclamaron la presencia de varios atletas judíos que habían sido expulsados de los clubes y selecciones deportivas o habían abandonado el país tras la llegada de los nazis al poder. Entre ellos estaba la saltadora de altura Gretl Bergmann, de 22 años, que residía en Inglaterra desde 1933. Bergmann aceptó regresar a su país cuando le aseguraron que podría competir en igualdad de condiciones con el resto de atletas. En las pruebas de selección consiguió una plaza para los Juegos, igualando el record nacional con un salto de 1'60 metros. Bergmann se presentaba como una de las más claras opciones a medalla del atletismo alemán. Pero dos semanas antes del inicio de la competición recibió una carta de su federación en la que le comunicaban que se quedaba fuera del equipo olímpico por bajo rendimiento. Las medidas cosméticas de Hitler habían convencido a los estadounidenses, que habían retirado sus amenazas de boicot, lo que tuvo como consecuencia que veinte judíos alemanes clasificados para los Juegos Olímpicos (todos menos la esgrimista Helene Mayer, muy popular en Estados Unidos) fuesen expulsados de sus selecciones.
El lugar de Bergmann en el equipo alemán lo ocupó una prometedora saltadora de Bremen de tan solo diecisiete años llamada Dora Ratjen. En los Juegos Dora tuvo un papel más que meritorio, acabando cuarta, a un paso del podium, con un mejor salto de 1'58 metros. El oro fue para la húngara Ibolya Csák (judía, por cierto). En los años posteriores Ratjen tuvo una progresión meteórica. En 1937 se impuso en los Campeonatos de Atletismo de Alemania con una marca de 1'63. En 1938, en los Campeonatos de Europa celebrados en Viena, ganó la medalla de oro igualando el récord mundial con un salto de 1'67. En segundo lugar quedó la húngara Csák, dando inicio a lo que prometía ser una mítica rivalidad deportiva entre las dos mejores saltadoras de su época.
Dora Ratjen superando los 1'63 en los campeonatos nacionales de 1937:
Pero poco después ocurrió algo que iba a acabar con la carrera deportiva de Dora Rajten. De hecho, acabaría con la existencia oficial de Dora Rajten.
El 21 de septiembre de 1938 Dora tomó un tren expreso para viajar de Viena a Colonia. Al llegar a Magdeburgo el revisor bajó del tren y se presentó en el puesto de policía de la estación afirmando que en uno de los vagones viajaba un joven travestido de mujer. Siguiendo las indicaciones del empleado del ferrocarril, los agentes se dirigieron a Dora y la obligaron a bajarse para interrogarla. Dora les mostró su documentación, en la que se atestiguaba que efectivamente era una chica, pero ante la insistencia de los agentes acabó por derrumbarse y confesar que en realidad era un hombre. Fue arrestada y obligada a someterse a un reconocimiento médico. El estudio dictaminó que Dora Rajten era biológicamente un hombre, aunque sufría varias malformaciones genitales de nacimiento (hipospadias, criptorquidia y micropene) que hacían que a simple vista pudiera parecer que tenía órganos sexuales femeninos.
Dora Ratjen nació el 20 de noviembre de 1918 en Erichshof, un pequeño pueblo cerca de Bremen. Tras el parto surgieron las primeras dudas sobre el sexo del bebé. La partera en un primer momento anunció el nacimiento de un varón, pero unos minutos más tarde cambió de opinión. Sus padres finalmente “decidieron” que habían tenido una hija. Cuando tenía nueve meses, y ya había sido bautizado e inscrito en el registro civil con el nombre de Dora, un médico le inspeccionó y confirmó a los Ratjen lo que ellos creían, que su hijo era una niña. Y como tal fue educado durante toda su infancia. A los diez u once años comenzó a darse cuenta de que era en realidad un chico, pero nunca se atrevió a enfrentarse a sus padres. Todos a su alrededor le trataban como a una chica, y él acabó aceptándolo como algo inevitable contra lo que no podía luchar. A medida que crecía sus rasgos masculinos se hacían más visibles, y él reaccionó encerrándose cada vez más en sí mismo. Sentía que para la gente se había convertido en un bicho raro, pero la vergüenza le impedía pedir ayuda o explicar a alguien lo que le estaba pasando. En su adolescencia Dora se volcó en el deporte, una actividad que le servía como refugio y le daba una oportunidad de destacar y de encontrar su lugar en la sociedad. Su confesión a la policía supuso una auténtica liberación para Dora, después de veinte años viviendo una vida que no era la suya.
Dora tuvo que enfrentarse a una acusación de fraude. El 10 de marzo de 1939 el juez dictaminó que al no haber intención de lucro no se podía considerar que hubiese cometido delito alguno. Además la sentencia obligaba a Dora a abandonar la actividad deportiva y a comenzar a vivir como un hombre. Al principio su padre se opuso e insistió en que se le siguiese considerando mujer, pero finalmente, veinte días después, él mismo se dirigió a la oficina del registro de Bremen para solicitar el cambio de nombre. A partir de ese momento Dora se convirtió oficialmente en Heinrich Ratjen.
Heinrich/Dora fue despojado de sus títulos deportivos y su nombre se eliminó de los registros de las competiciones en las que había participado. El caso Ratjen fue un duro golpe para la imagen deportiva del Reich. Nada menos que la campeona alemana y europea de salto de altura resultaba ser un hombre. Además, la medalla de oro del campeonato de Europa de Viena pasaba automáticamente a Ibolya Csák, la judía húngara, lo que tampoco haría demasiada gracia a los nazis.
No es fácil saber qué fue de Heinrich a partir de entonces. Al parecer se volvió a cambiar el nombre por Heinz, y después de la guerra se hizo cargo de la cantina que sus padres tenían en Bremen. Hizo todo lo que pudo por llevar una vida anónima y siempre rechazó las peticiones de la prensa cuando trataron de contactar con él. Murió en Bremen en 2008.
Desde hace décadas circula una versión de esta historia según la cual Heinrich habría sido obligado por los nazis a hacerse pasar por mujer. Supuestamente quisieron ahorrar a Hitler la vergüenza de ver cómo una judía ganaba una medalla para Alemania en los Juegos Olímpicos de Berlín, y lo único que se les ocurrió para impedirlo fue sustituir a Gretl Bergmann por un hombre. Aparte de que parece un plan absurdo (y que, de hecho, la única judía del equipo olímpico alemán, Helene Mayer, ganó una medalla de plata), no hay ninguna prueba que indique que Dora pudo ser una “creación” de los nazis. Ni siquiera hay pruebas de que las autoridades conociesen y ocultasen su verdadera condición, que yo sepa, y no tiene ningún sentido que le hiciesen continuar con la farsa una vez acabadas las competiciones en las que participaba.
En este caso no se puede decir aquello de “no es lo que parece”. Resulta difícil de creer, viendo las fotografías que se pueden encontrar de él, que nadie sospechase nada. Pero parece que fue así. Gretl Bergmann, la judía expulsada del equipo alemán en el último momento, contó muchos años después que Dora tenía un comportamiento extraño. Era “una chica muy tímida” que, por ejemplo, siempre evitaba desnudarse ante sus compañeras. Pero nadie planteó nunca dudas sobre su sexo. Y no es que fuese un tema novedoso. En los Juegos Olímpicos de Berlín se habló mucho del aspecto excesivamente masculino de algunas atletas. El caso más sonado fue el de las dos primeras clasificadas en la prueba de los 100 metros lisos, la estadounidense Helen Stephens y la polaca Stanislawa Walasiewicz. Stephens llegó a protagonizar un desnudo integral ante los jueces para demostrar su feminidad. Por entonces Dora tenía solo diecisiete años. Puede que su aspecto fuese todavía muy aniñado. Dos años más tarde habría cambiado lo suficiente como para llamar la atención de un revisor de tren que no le conocía de nada. Es posible también que, aunque no hubiese manipulación consciente de las autoridades, a Dora le beneficiase el haber competido siempre en casa (los Campeonatos de Europa de 1938 se celebraron en Viena poco después de la anexión de Austria al Reich). En cualquier caso, no le hicieron ningún favor.
Otra entrada en la que, aprovechando que se está disputando el Mundial, voy contar una curiosidad relacionada con el baloncesto (será la última, lo prometo).
Entre los partidos que se juegan hoy hay uno que enfrenta a dos campeones de Europa: España... y Egipto.
Lo de España tiene menos misterio. Ha sido la gran dominadora del baloncesto europeo en la última década. Ganó dos Eurobasket consecutivos, en 2009 y 2011, y pudieron ser más (una lástima la inexplicable derrota frente a Rusia en la final de 2007).
En proporción, el palmarés de Egipto es envidiable. En sus tres participaciones en los campeonatos europeos de selecciones ha conseguido un título y una medalla de bronce. En la postguerra era la única selección de baloncesto que existía en África (lo cierto es que era uno de los pocos estados independientes del continente, junto a Liberia, Etiopía y la Unión Sudafricana, esta última dentro de la Commonwealth británica), así que su federación nacional jugaba los torneos internacionales organizados por la rama europea de la FIBA. El Campeonato Europeo de Baloncesto de 1947 se disputó en Checoslovaquia, y fue dominado por los países de lo que ya empezaba a conocerse como bloque comunista. En la final, la Unión Soviética, que había reunido una gran selección aprovechando la tradición baloncestística de los estados bálticos (Lituania, Letonia y Estonia, convertidos en repúblicas soviéticas), ganó sin muchos problemas a los anfitriones y comenzó un reinado que prometía ser duradero.
Pero en 1948 un hecho que no tenía ninguna relación con el baloncesto interrumpiría aquel reinado. A inicios de ese año las potencias ocupantes y las autoridades civiles de lo que más tarde sería la República Federal de Alemania decidieron introducir en el territorio bajo su jurisdicción una nueva moneda, el Deutsche Mark. La reforma monetaria, que no había sido consensuada con los soviéticos, suponía una independencia económica de facto de Alemania Occidental y perjudicaba gravemente la economía de la parte oriental, muy dependiente del comercio con el oeste. La respuesta de Stalin, en junio de 1948, fue ordenar un bloqueo en todos los accesos terrestres a Berlín Occidental. A su vez los estadounidenses respondieron con un gigantesco puente aéreo, con el que pretendían (y consiguieron) abastecer a la población de Berlín Occidental de todos los alimentos, combustibles y suministros que necesitaban para resistir el bloqueo soviético. En aquel clima de tensión, que parecía el preludio de una nueva guerra mundial, la URSS decidió retirarse como protesta de todos las competiciones deportivas internacionales. El resto de países comunistas hicieron lo mismo.
La organización de la edición de 1949 del Campeonato Europeo de Baloncesto correspondía a la Unión Soviética, como país defensor del título. Al retirarse los soviéticos, la anfitriona tendría que haber sido Checoslovaquia, medalla de plata. Pero los checos secundaron el boicot, así que el torneo se iba a celebrar en el país de los terceros clasificados: Egipto. En 1947 los egipcios habían dado la gran sorpresa, con un torneo casi perfecto, en el que solo habían perdido un partido (en la segunda fase, contra la URSS) y habían derrotado a Bélgica, Italia, Albania, Polonia, Bulgaria, y nuevamente Bélgica en el partido por el tercer y cuarto puesto.
Así que el Campeonato Europeo de Baloncesto de 1949 se celebró en El Cairo, en una pista de cemento al aire libre. La retirada a última hora de todos los países del bloque comunista dejó un torneo muy descafeinado. Tan solo participaron siete selecciones, entre las que había dos asiáticas que nunca hasta entonces se habían clasificado para un torneo de ese nivel, Siria y Líbano. Se disputó con el formato de liga, con todas las selecciones encuadradas en un único grupo. Egipto ganó sus seis partidos y se proclamó campeón directamente. El medallero lo completaron Francia (plata) y Grecia (bronce).
Egipto aún tendría una tercera participación en un campeonato europeo. Fue en Moscú, cuatro años más tarde, en 1953, en un torneo que dominó la URSS de principio a fin. Los egipcios tuvieron una participación honrosa, quedando en octava posición con 4 partidos ganados y 6 perdidos.
Una pregunta de las que ponen a prueba al típico amigo enciclopedia-deportiva-andante que todos tenemos, aprovechando que hoy empieza el Mundial de Baloncesto. Lo cierto es que la respuesta no es nada obvia, y seguro que sorprenderá a más de uno. Estamos acostumbrados a ver cómo el baloncesto norteamericano está dominado por enormes e hipermusculados jugadores de raza negra. Pero el primero que logró romper las barreras raciales en el baloncesto profesional estadounidense pertenecía a un grupo étnico que no destaca precisamente por su altura ni por sus condiciones atléticas... ni por su afición al basket. Además, hizo su carrera deportiva en unos años en los que tuvo que enfrentarse a los prejuicios y la hostilidad de buena parte de sus conciudadanos.
Wataru "Wat" Misaka era un nisei (hijo de emigrantes japoneses) nacido en 1923 en Ogden, en el estado de Utah. Era un jugador más bien bajo (1'70 metros) que se había destacado en sus años de instituto liderando a su colegio en la consecución del campeonato estatal de Utah dos años seguidos. En 1943 se matriculó en ingeniería en la Universidad de Utah y se unió al equipo de baloncesto (en gran parte del oeste del país el gobierno había decretado el internamiento forzoso de los ciudadanos de origen japonés, pero Utah había quedado fuera de la zona de exclusión). En 1944 ganaron el torneo universitario de la NCAA. Poco después Misaka hizo un paréntesis en sus estudios para alistarse en el Ejército. Se licenció en 1946 con el rango de sargento, después de un año sirviendo como intérprete para las fuerzas de ocupación en Japón. A su regreso volvió a jugar con el equipo de su universidad. En 1947 recibieron una invitación para jugar un torneo de exhibición en Nueva York. Se hicieron con el título venciendo en la final a la Universidad de Kentucky, una de las más poderosas, en un partido disputado en el mítico Madison Square Garden. Allí Misaka llamó la atención de los técnicos del equipo local, los New York Knicks.
Los Knicks seleccionaron a Misaka en el Draft de 1947 y le ofrecieron un contrato profesional. Debutó en la BAA (Basketball Association of America, hoy conocida como NBA) en la temporada 1947/48, jugando tan solo tres partidos en los que anotó un total de 7 puntos. A mitad de la temporada fue cortado. Según Misaka, la única razón por la que prescindieron de sus servicios era que el equipo tenía demasiados jugadores en su posición. Siempre negó que sufriese algún tipo de discriminación por parte de sus técnicos, sus compañeros o el público neoyorquino. Rechazó una oferta de los Harlem Globetrotters, un famoso equipo de exhibición compuesto en su totalidad por jugadores de raza negra, y regresó a Utah para terminar sus estudios universitarios. Poco después encontró trabajo de ingeniero en una empresa de Salt Lake City y dejó definitivamente el baloncesto.
La década de los 30 fue la época dorada del fútbol centroeuropeo. En aquellos años las selecciones de Austria, Hungría o Checoslovaquia disputaban habitualmente los títulos internacionales a las grandes potencias futboleras. En la Copa del Mundo de 1934 Checoslovaquia llegó a la final liderada por sus dos grandes estrellas, el delantero Oldrich Nejedlý, reconocido a posteriori (nada menos que en 2006) como máximo goleador del torneo, y el portero František Plánička, considerado uno de los dos mejores del mundo en su época (en dura pugna con el español Ricardo Zamora).
Por tanto Checoslovaquia se presentó en la Copa del Mundo de 1938, disputada en Francia, como vigente subcampeona y uno de los rivales a batir. Comenzó bien el torneo, ganando en primera ronda a Holanda por 3-0. En cuartos de final esperaba uno de los equipos más fuertes de la competición, Brasil, que se había deshecho de Polonia en un partido que terminó con el espectacular resultado de 6-5 y que está considerado como uno de los mejores de la historia de los Mundiales.
El partido de cuartos de final entre Brasil y Checoslovaquia se disputó en Toulouse el 12 de junio de 1938. Fue uno de los partidos más violentos de la historia de la Copa del Mundo. El defensa brasileño Zezé Procópio salió al campo con el claro objetivo de impedir que Nejedlý tocase el balón. Y cumplió con su misión a rajatabla. En el minuto 12 lesionó al delantero checo, que tuvo que jugar el resto del partido con un tobillo fracturado (en aquella época no estaban permitidos los cambios). El encuentro degeneró en una sucesión de entradas peligrosas, marrullerías de todo tipo y enfrentamientos entre los jugadores. Procópio fue uno de los tres expulsados por el árbitro (dos brasileños y uno checo). Al final del partido permanecían en el campo más jugadores lesionados que sanos. Brasil se adelantó en el marcador con un gol de su estrella Leónidas. Nejedlý, a pesar de su lesión marcó el empate de penalti. Pero el auténtico héroe checo fue el portero Plánička, que tras un duro encontronazo con el brasileño Perácio tuvo que jugar buena parte del partido con un brazo roto y un hombro dislocado.
Al acabar el encuentro con el resultado de 1-1, los dos equipos tuvieron que jugar un partido de desempate en el mismo escenario dos días después. Pocos de los veintidós jugadores que participaron en el primer partido estaban en condiciones de repetir. Checoslovaquia no pudo contar con sus dos líderes, Plánička y Nejedlý. Quien sí jugó fue la gran estrella de Brasil, Leónidas, que lideró el triunfo de su equipo por 2-1. Así fue como Brasil pasó a semifinales y Checoslovaquia quedó eliminada.
Matthias Sindelar nació en febrero de 1903 en Kozlau, un pueblo de Moravia, por entonces uno de los estados integrados en el Imperio Austrohúngaro. Tres años después se trasladó con su familia a Viena cuando su padre, un humilde albañil, encontró trabajo en una fábrica de ladrillos de la capital. Matthias creció en un ambiente multicultural, en un barrio obrero habitado por judíos y emigrantes checos, croatas, húngaros, y del resto de nacionalidades del Imperio. De niño compartía una pasión con la mayor parte de sus amigos: el fútbol. Para los chicos que jugaban con pelotas de trapo en las calles de los suburbios industriales de Viena, aquello era más que un juego. Suponía una de las pocas oportunidades que se les presentaba de ascender socialmente y escapar de un futuro de miseria.
En 1917 el padre de Matthias murió en combate en el frente del Isonzo, y el muchacho tuvo que empezar a trabajar como aprendiz de cerrajero para ayudar a mantener a la familia. En aquella época comenzó a jugar en el equipo juvenil de su barrio, y pronto llamó la atención del Hertha Viena, con el que firmó su primer contrato con tan solo 15 años. Poco después fichó por el equipo más poderoso del país, el Austria de Viena.
Matthias se convirtió en la indiscutible estrella del equipo y en una auténtica celebridad nacional (fue uno de los primeros futbolistas de la historia en protagonizar anuncios publicitarios). Era un delantero centro goleador y muy técnico, que destacaba por su regate y su visión de juego. Debido a su delgadez y su aparente fragilidad se le conocía con el apodo de die Papierene ("el hombre de papel"). En 1926 debutó con la selección austriaca. Fue internacional en 44 partidos, anotando un total de 27 goles con su selección. En la década de los 30 Austria tenía una de los equipos nacionales más poderosos de Europa. Se les conocía como el Wunderteam, el “equipo maravilloso”. En la Copa Mundial de Fútbol de 1934 la selección austriaca llegó hasta semifinales, donde fue eliminada por Italia, el equipo anfitrión, que, según cuentan las crónicas, fue beneficiado con escandalosas ayudas arbitrales.
En marzo de 1938 se produjo el Anschluss, la incorporación de Austria al Reich alemán. Inmediatamente después de hacerse con el país, el gobierno nazi decretó la desaparición de la federación austriaca de fútbol. Se organizó un partido entre el Wunderteam y la selección alemana que sirviese como despedida del equipo austriaco ante su público. El encuentro se jugó el 3 de abril de 1938 en el Prater de Viena. Se dice que los dos equipos habían acordado un empate, y al llegar al último cuarto de hora el marcador continuaba con el 0-0 inicial, pero en ese momento varios de los jugadores austriacos se salieron del guión e hicieron todo lo posible por ganar. Karl Sesta marcó el primer gol de un disparo lejano, y poco después Sindelar marcó el definitivo 2-0 al aprovechar un rechace del portero contrario. Eufórico, Matthias se dirigió frente al palco, repleto de autoridades, y comenzó a bailar para celebrar su gol. A causa de aquel insulto y del liderazgo que ejercía sobre sus compañeros, los nazis le consideraron el instigador de la revuelta de los futbolistas austriacos. El partido también fue la despedida del fútbol de Matthias Sindelar. El seleccionador alemán trató de convencerle para que acudiese con su nuevo país la Copa Mundial que se iba a celebrar en Francia aquel verano, pero Matthias siempre se negó a jugar con Alemania.
Por si fuera poco, Sindelar se opuso públicamente a la “limpieza” de judíos que pretendían realizar los nazis en el fútbol austriaco. Apoyó al presidente del Austria de Viena, Michl Schwarz, de origen judío, cuando se vio obligado a abandonar su cargo. Aquello le colocó definitivamente en el punto de mira de la Gestapo.
Tras su retirada Sindelar se convirtió en un asiduo cliente de bares y clubs nocturnos. Su afición a las juergas y las mujeres era conocida en toda Viena, aunque él mostraba una clara predilección por los ambientes de judíos e inmigrantes. En septiembre de 1938 compró a un amigo judío de su barrio un bar famoso por su clientela de revolucionarios, artistas y otra gente “de mal vivir”.
El 23 de enero de 1939 un amigo de Sindelar llamado Gustav Hartmann, preocupado por no saber nada de él desde hacía varios días, forzó la puerta de su casa y le encontró muerto en la cama junto a su última pareja sentimental, Camilla Castagnola, una italiana de origen judío diez años mayor que él. La investigación concluyó que las muertes se habían producido por intoxicación voluntaria de monóxido de carbono, pero pocos de los que conocían a Matthias estuvieron dispuestos a creer que se hubiese suicidado. Tratando de despejar las dudas de la gente, las autoridades hicieron circular rumores sobre la vida desordenada del futbolista y sus excesos con las drogas. Al final acabaron modificando la versión oficial para explicar que había sido un accidente casero. Eso les permitía esquivar un grave problema que se les planteaba: las leyes alemanas prohibían que los suicidas tuviesen funerales públicos, pero no había forma de impedir que los vieneses se echasen masivamente a la calle para dar su último adiós a uno de sus conciudadanos más populares. Decretando que las muertes habían sido accidentales evitaban que el funeral acabase convertido en una manifestación popular antinazi.
El día del entierro de Matthias Sindelar se superaron todas las previsiones y decenas de miles de personas abarrotaron las calles de Viena. Muchos de los amigos del futbolista estaban convencidos de que Sindelar y su novia habían sido asesinados por la Gestapo, que supuestamente habría manipulado las conducciones de gas de su casa. Otros seguían creyendo que el acoso al que les estaban sometiendo los nazis había empujado al suicidio a la pareja. La muerte de Sindelar se convirtió en un apasionado tema de debate en bares y reuniones familiares, aunque en público pocos se atrevieron a poner en duda las explicaciones oficiales.
Louis Zamperini nació en enero de 1917 en Nueva York, aunque poco después su familia se trasladó a la ciudad de Torrance, en California. En el colegio fue un chico conflictivo, aficionado a las peleas y que andaba siempre metido en problemas. Para alejarle del mal camino, a su hermano mayor se le ocurrió inscribirle en el equipo de atletismo de la escuela. En poco tiempo Louis comenzó a destacar como corredor de fondo y medio fondo y a lograr marcas importantes a nivel nacional. Gracias al atletismo consiguió una beca para estudiar en la universidad, y en 1936, con 19 años, logró la clasificación para los Juegos Olímpicos de Berlín en la prueba de los 5.000 metros. En su momento fue el atleta olímpico estadounidense más joven de la historia.
En Berlín Zamperini terminó octavo, aunque su última vuelta fue tan rápida que llamó la atención del mismísimo Adolf Hitler, que quiso saludar al atleta. Según Zamperini, el Führer le tendió la mano y le dijo: “¡Ah, tú eres el chico del final rápido!”. Su poderoso sprint final hizo que empezase a ser conocido con el apodo de “el Tornado de Torrance”.
Tras la entrada de Estados Unidos en la guerra, Louis Zamperini se alistó en la USAAF. En 1942 completó su periodo de instrucción con el rango de alférez y fue destinado al Pacífico como miembro de la tripulación (visor de bombardeo) de un B-24 Liberator con base en Funafuti, en las islas Ellice. Un día su bombardero fue alcanzado por fuego antiaéreo durante una incursión contra las instalaciones japonesas de producción de fosfatos de Nauru. El avión logró regresar a Funafuti, pero estaba tan dañado que se descartó su reparación. A Zamperini y sus compañeros les asignaron entonces un B-24 con varios problemas mecánicos. De hecho, sus defectos eran tan graves que había sido destinado a tareas secundarias, como vuelos de enlace o misiones de rescate.
En mayo de 1943 recibieron la orden de participar en una operación de búsqueda de un avión perdido en el mar. Durante el vuelo el B-24 sufrió una avería mecánica y se estrelló en medio del océano, unas 850 millas al oeste de Oahu. Ocho de los once tripulantes murieron en el accidente. Solo sobrevivieron el piloto, teniente Russel Allen "Phil" Phillips, el artillero de cola, sargento Francis "Mac" McNamara, y Louis Zamperini. Los tres hombres se encontraron en una balsa a la deriva, sin agua ni comida, y aterrorizados por los tiburones que infestaban aquellas aguas. Para subsistir tuvieron que recoger el agua de lluvia y alimentarse de los peces o los albatros que conseguían capturar. Un día una tormenta estuvo a punto de hundir la balsa. En otra ocasión fueron ametrallados por un avión japonés. Afortunadamente nadie resultó herido y la balsa se mantuvo a flote a pesar de acabar con varios agujeros de bala. McNamara murió el trigésimo tercer día. Al fin, tras 47 días a la deriva, Zamperini y Phillips llegaron a tierra. Se encontraban en las islas Marshall, un archipiélago bajo soberanía japonesa repleto de bases de la Marina Imperial. Los náufragos no tardaron mucho en ser capturados y conducidos a la base de Kawjalein. El trato que recibieron allí fue tan brutal que los dos prisioneros llegaron a añorar su vida en la balsa. Después de pasar seis semanas encerrados en celdas minúsculas y hediondas, maltratados, débiles y enfermos, Zamperini y Phillips fueron embarcados para su traslado a Japón. Su siguiente destino iba a ser el campo de prisioneros de Ofuna, en Honshu.
Ofuna era una antigua escuela situada en Kamakura, en las afueras de Yokohama. A diferencia de la mayor parte de los campos de prisioneros de Japón, controlados por el Ejército, el campo de Ofuna dependía de la Marina Imperial. Las instalaciones eran secretas, desconocidas incluso para los civiles que vivían en los alrededores. Nunca se informó de su existencia a la Cruz Roja ni a ningún otro organismo internacional. Los prisioneros recluidos allí tampoco existían oficialmente. Casi todos ellos habían sido dados por muertos o desaparecidos en combate. En su mayor parte eran oficiales y tripulaciones de bombarderos o submarinos, considerados por los japoneses criminales de guerra sin derechos de ningún tipo. En teoría Ofuna era un centro de detención temporal, donde los oficiales enemigos eran interrogados antes de ser transferidos a otros campos, pero no era nada raro que la estancia de los prisioneros se prolongase durante meses. Constaba de tres edificios de una sola planta construidos en torno a un gran patio. En cada uno de los bloques había una treintena de celdas individuales y dos salas de interrogatorios. Cada celda medía unos 1'20x2'40 metros, y en su interior no había más que una litera y una estera de bambú. Los prisioneros no recibían ropas ni mantas. Tenían prohibido hablar, incluso en sueños. Cuando hacía buen tiempo se les permitía salir al exterior y sentarse con la mirada al frente, siempre en silencio. Las comidas consistían en un poco de arroz o sopa. La menor infracción era castigada a golpes. A menudo las palizas se propinaban al azar y sin ninguna causa que las justificase.
En Ofuna Zamperini fue especialmente atormentado por uno de los guardias del campo, el sargento Mutsuhiro Watanabe, apodado "el pájaro" por los estadounidenses, un auténtico sádico al que años más tarde no le importaría reconocer que sentía placer maltratando a los prisioneros. Debido a sus hazañas deportivas, Zamperini era una especie de celebridad entre los internos. Wanatabe veía en el liderazgo del ex-atleta un desafío a su autoridad, y trataba de impedirlo sometiéndole a castigos y humillaciones continuas.
Un día Zamperini fue transferido a un campo de prisioneros en Naoetsu, una hermosa región montañosa en la costa occidental de Honshu. Lejos de Ofuna, Zamperini recuperó por un tiempo las ganas de vivir. Pero todas sus esperanzas se desvanecieron cuando se enteró de que Wanatabe también había logrado el traslado a Naoetsu.
Al finalizar la guerra Mutsuhiro Watanabe fue clasificado por las autoridades de ocupación como criminal de guerra de clase A (la más alta) e incluido con el vigésimo tercer puesto en la lista de cuarenta nombres que el general Douglas MacArthur pretendía llevar a juicio. Pero el sargento Watanabe nunca fue procesado. Se ocultó durante siete años, y solo reapareció cuando la ocupación estadounidense estaba a punto de finalizar y habían cesado las detenciones y los juicios a criminales de guerra. Durante su tiempo en la clandestinidad, trabajó en una granja y en una pequeña tienda de comestibles. Más tarde se convirtió en vendedor de seguros. En las décadas siguientes tuvo una vida tranquila, con una posición económica bastante acomodada y sin ser molestado por nadie, a excepción de algún que otro periodista.
Por su parte, Zamperini fue liberado y volvió a Estados Unidos convertido en un héroe. Pero su regreso a casa no fue nada fácil. En los años posteriores sufrió un grave trastorno de estrés postraumático. Por influencia de su mujer, con la que se casó en 1946, se hizo seguidor de una iglesia evangelista. Encontró en la religión la ayuda que necesitaba para superar sus traumas y acabó convirtiéndose él mismo en predicador. En la década de los 50 viajó en varias ocasiones a Japón y se reunió con algunos de los guardias que le habían maltratado, abrazándose a ellos para escenificar su perdón. Solicitó también una reunión con Wanatabe, pero el antiguo sargento declinó la invitación.
En 1998 Louis Zamperini regresó a Japón para ser uno de los relevistas encargados de transportar la llama olímpica a Nagano, la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de aquel año. Tenía 81 años. En su recorrido volvió a pasar por Naoetsu (en la actualidad llamada Joetsu), la localidad en la que se encontraba el campo de prisioneros en el que pasó la mayor parte de su tiempo en cautividad. Aprovechando la ocasión, y como parte de un reportaje sobre Zamperini, una televisión estadounidense entrevistó a Wanatabe en un hotel de Tokio. El viejo sargento reconoció haber maltratado a prisioneros, pero no mostró ningún arrepentimiento: "No cumplía órdenes militares. Debido a mis propios sentimientos personales, traté a los prisioneros estrictamente como enemigos de Japón".
Mutsuhiro Wanatabe murió en abril del 2003. Louis Zamperini tiene en la actualidad 97 años y reside en Hollywood. En el caso de que no hubieseis oído hablar de esta historia hasta ahora, puede que la cosa cambie en los próximos meses. Y es que se ha anunciado para este año el estreno de una película sobre la vida de Louis Zamperini, con guión de los hermanos Coen (una garantía de calidad) y dirigida por Angelina Jolie (una garantía de promoción potente).
Ernst Otto Prandella nació en Kattowitz, en el Imperio Alemán, el 23 de junio de 1916. Kattowitz (Katowice en polaco) era una ciudad industrial de mayoría alemana de la Alta Silesia, un territorio fronterizo habitado por alemanes, polacos y checos. Después de la Primera Guerra Mundial las potencias vencedoras dieron a los silesios la oportunidad de decidir su futuro en un referéndum. En las regiones orientales ganaron los partidarios de unirse a la nueva República de Polonia. Así, en 1922 Ernst y su familia, de lengua y cultura alemanas, se convirtieron en ciudadanos polacos.
Ernst no conoció a su padre, muerto en el frente ruso durante la guerra. A los trece años fue adoptado por el nuevo marido de su madre y tomó su apellido. Además en el colegio habían "polonizado" su nombre, por lo que Ernst Otto Prandella pasó a ser Ernest Otton Wilimowski.
Desde muy joven Ernest (apodado "Ezi") comenzó a destacar en el equipo de fútbol de su ciudad, el FC Kattowitz. Era un extremo izquierdo rápido y habilidoso, con un gran regate y un potente disparo. A los diecisiete años fichó por el Ruch Hajduki Wielkie. Con ese equipo ganó el campeonato de Polonia en 1934, 1935, 1936 y 1938. En los años que jugó en el Ruch Hajduki Wielkie marcó 112 goles en 86 partidos, siendo el máximo goleador de la liga en 1934 y 1936. En 1939, cuando el campeonato se interrumpió por la invasión alemana, encabezaba también la clasificación de goleadores. El 21 de mayo de 1939 marcó diez tantos en un partido ante el Union-Touring Łódź, record goleador en la liga polaca que todavía se mantiene.
Ernest Wilimowski debutó con la selección de Polonia en un partido contra Dinamarca el 21 de mayo de 1934, con 17 años y 332 días. Aún hoy sigue siendo el futbolista polaco más joven en jugar con su selección. En 1938 Polonia se clasificó por primera vez en su historia para disputar una fase final de la Copa del Mundo. El 5 de junio de ese año, en Estrasburgo, debutó en octavos de final contra Brasil (en aquella época se jugaban eliminatorias directas desde el primer partido). El tiempo reglamentario terminó con el resultado de 4-4, siendo Ernest el autor de los cuatro goles polacos, en una de las actuaciones individuales más impresionantes de la historia de la Copa Mundial. En la prórroga forzó un penalti, pero no bastó para dar la victoria a su equipo. Brasil ganó el partido por 6-5 y Polonia quedó eliminada. Con un único partido, y con solo veintidós años, Wilimowski se convirtió en una de las estrellas del campeonato.
Otro partido destacado de Ernest Wilimowski fue el último que jugó la selección polaca antes de la guerra. El 27 de agosto de 1939, apenas cinco días antes del comienzo de la invasión alemana, Polonia se enfrentaba en Varsovia a la poderosa selección húngara, subcampeona del mundo en 1938. A los 33 minutos de juego Hungría iba ganando por 2-0, pero tres goles de Ernest y un penalti provocado por él condujeron a su equipo a la remontada. Polonia acabó ganando el partido por 4-2. Fue "el último domingo feliz", como lo llamaría el locutor deportivo Bohdan Tomaszewski, que muchos años después sería uno de los que impidieron el regreso de Wilimowski a su tierra natal. En total Ernest marcó 21 goles en 22 partidos con la selección polaca.
Cuando los alemanes invadieron Polonia, Ernest se inscribió en la Deustche Volksliste ("Lista del Pueblo Alemán"), lo que significaba ser considerado oficialmente un Volksdeutsche, una persona de ascendencia alemana residente en los territorios ocupados por el Reich. Aquello le convirtió en un traidor para la gran mayoría de los polacos. Más aún cuando en 1940 abandonó Polonia para aceptar un puesto de policía en Sajonia, lo que le permitiría continuar con su carrera deportiva en Alemania. Los dos años siguientes jugó en el Polizei-Sportverein Chemnitz, el equipo de la policía de Chemnitz. En 1942 fichó por el Munich 1860, equipo con el que jugó hasta la suspensión de la liga en 1944. Entre 1941 y 1942 fue ocho veces internacional con Alemania, marcando trece goles (la mayoría en partidos propagandísticos contra aliados del Eje de escaso nivel futbolístico, como Rumanía, Eslovaquia, Croacia...). El 16 de agosto de 1942 jugó con la selección alemana contra Rumanía en Beuthen (Bytom en polaco), una ciudad vecina a Katowice. Alemania ganó 7-0, y Ezi marcó uno de los goles. Aquella sería la última visita de Wilimowski a su ciudad natal.
Después de la guerra continuó jugando en distintos equipos alemanes hasta su retirada en 1959. Se asentó en Karlsruhe con su mujer (alemana) y sus cuatro hijos. Nunca regresó a Silesia. En 1995 recibió una invitación del Ruch Chorzow (el nombre actual del Ruch Hajduki Wielkie, el equipo de sus años de gloria) para asistir a los actos del 75º aniversario del club, pero una campaña de prensa montada contra él por algunos periodistas deportivos polacos le hizo renunciar pocos días antes del viaje. Murió en Karlsruhe dos años más tarde.
Ezi Wilimowski pudo haber sido uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos. Sin embargo, ni siquiera le quedó el reconocimiento por sus grandes actuaciones con Polonia y el Ruch Hajduki Wielkie antes de que la guerra truncase su carrera. Su decisión de aceptar la ocupación alemana le supuso ser borrado de la historia del fútbol polaco, y el otrora gran héroe nacional cayó en el olvido.
Sir Ludwig Guttmann fue un prestigioso neurólogo británico, judío alemán de nacimiento, que, además de ser una eminencia mundial en su campo, destacó por ser uno de los pioneros en la organización de actividades físicas para discapacitados. Se le considera el gran impulsor de la idea de los Juegos Paralímpicos.
Ludwig Guttmann nació en 1899 en la ciudad de Tost (actualmente la polaca Toszek), en la Alta Silesia. Cuando tenía tres años de edad su familia se mudó a vecina Königshütte. Allí vivió hasta 1918, cuando el joven Guttmann comenzó sus estudios de medicina en la Universidad de Breslau. Un año después dejó Silesia por primera vez para continuar sus estudios en la Universidad de Friburgo, en el suroeste de Alemania.
En 1924 Guttmann obtuvo su doctorado en Medicina y regresó a Breslau para trabajar como asistente del profesor Otfrid Förster, uno de los neurólogos de mayor prestigio de Europa. Con un pequeño paréntesis de un año, entre 1928 y 1929, en el que recibió el encargo de poner en marcha una unidad de neurocirugía en Hamburgo, Guttmann permaneció con el profesor hasta 1933, cuando los nazis llegaron al poder y prohibieron a los médicos judíos trabajar en hospitales “para arios”. Guttmann pasó a encargarse del servicio de neurología del Hospital Judío de Breslau. En 1937 fue nombrado director médico del hospital.
La situación de Guttmann y su familia, como la de todos los judíos alemanes, era cada vez más peligrosa. En noviembre de 1938, tras la Kristallnacht, dio instrucciones al personal del hospital de que fuesen atendidos todo tipo de pacientes, incumpliendo las leyes nazis que prohibían a los médicos judíos tratar a no judíos. Eso le causó problemas con la Gestapo, pero al mismo tiempo Guttmann gozó de cierta protección por parte de algunos de los mandamases del régimen, que no querían renunciar a los servicios de un médico de su prestigio. Aunque se le había retirado el pasaporte, en una ocasión Von Ribbentrop acudió a él para que tratase en Portugal a un amigo personal del dictador Oliveira Salazar. A su regreso de Lisboa, consiguió el permiso para hacer un pequeño viaje de dos días a Inglaterra. Guttmann aprovechó el viaje para huir definitivamente de Alemania con su mujer y sus dos hijos. Gracias a una beca que le consiguió la Sociedad Británica para la Protección de la Ciencia, pudo establecerse en Oxford y continuar allí sus estudios sobre lesiones medulares.
En septiembre de 1943 el gobierno británico aprobó la creación de la primera unidad médica del Reino Unido especializada en el tratamiento de lesiones de la columna vertebral. En febrero del año siguiente abrió sus puertas el Hospital Stoke Mandeville, en Buckinghamshire, sede del Centro Nacional de Lesiones Medulares. Gran parte de los pacientes eran heridos de guerra. El Dr. Guttmann, que por petición del gobierno había coordinado la creación del centro, fue nombrado su primer director, cargo que ocupó hasta 1946.
Como director de Stoke Mandeville, Guttmann promovió un programa deportivo dirigido a pacientes con lesiones medulares. Estaba convencido de los beneficios del deporte como terapia para desarrollar la condición física y al mismo tiempo aumentar la autoestima de los veteranos. Al principio lo intentó con un deporte inventado por él mismo, el polo en silla de ruedas, en el que los jugadores tenían que golpear una pelota con la ayuda de sticks. Pero pronto se vio que los practicantes del polo sufrían lesiones con demasiada frecuencia. Guttmann pensó entonces en otros deportes que pudiesen ser adaptados sin mucha dificultad. Finalmente se decidió por dos disciplinas muy distintas entre sí: el tiro con arco y el baloncesto en silla de ruedas. Guttmann logró que los pacientes del hospital practicasen ambos con regularidad, logrando una gran mejoría tanto en su condición física como en el aspecto psicológico.
En 1948 Guttmann tuvo la idea de organizar una competición deportiva en Stoke Mandeville para personas en silla de ruedas haciéndola coincidir con la celebración de los Juegos Olímpicos de Londres, los primeros que se disputaron después de la guerra.
La competición se celebró el 28 de julio de 1948, el mismo día de la inauguración de los Juegos de Londres. Consistió en una única prueba de tiro con arco, en la que tomaron parte tan solo 16 deportistas (14 hombres y 2 mujeres). Después de aquella primera edición, los Juegos de Stoke Mandeville para Paralíticos se siguieron celebrando anualmente, cada vez con más participantes. En 1952 pasaron a tener categoría internacional, cuando entre los más de 130 competidores que había ya se presentó un equipo holandés. A partir de entonces serían conocidos como los Juegos Internacionales de Stoke Mandeville.
El evento, que continuó creciendo en participación año a año, acabó llamando la atención del Comité Olímpico Internacional. En 1960 la 9ª edición de los Juegos Internacionales de Stoke Mandeville se celebró en Roma, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de Verano. Sería la primera edición de lo que hoy son los Juegos Paralímpicos, aunque en realidad esa denominación la recibiría de forma retroactiva en 1984. En sus primeras ediciones siguieron siendo unas competiciones exclusivas para personas en silla de ruedas. Hasta 1976 no se añadirían pruebas para deportistas con otras discapacidades. En Stoke Mandeville se continuaron celebrando anualmente competiciones para lesionados medulares.
Guttmann, que desde 1945 era ciudadano británico, recibió numerosas distinciones por su labor en la integración social de los lesionados medulares. Entre otras, fue condecorado con la Orden del Imperio Británico. En 1966, con motivo de su jubilación, fue nombrado caballero. Murió en 1980 de un ataque al corazón.
Como es sabido, Hitler pretendió utilizar los Juegos Olímpicos de Berlín para mostrar al mundo la fuerza de su régimen y la superioridad de la raza germánica. Y lo cierto es que los deportistas alemanes lograron unos resultados espectaculares, difíciles de superar. Pero curiosamente, si hubo un gran héroe alemán en los Juegos, no fue ninguna de las estrellas del atletismo o la natación, sino un joven y desconocido oficial del ejército, el componente menos experimentado del equipo que iba a competir en el concurso completo de hípica.
En aquella época el concurso completo, o Prueba de los Tres Días, estaba reservado exclusivamente a militares, que incluso tenían que competir de uniforme. El equipo alemán lo componían tres oficiales de caballería de la Wehrmacht, los capitanes Ludwig Stubbendorf y Rudolf Lippert y el teniente Konrad von Wangenheim, un joven de Hannover de 26 años, hijo de un oficial del Ejército Imperial. Los alemanes se habían preparado a conciencia para los Juegos, aprovechándose de la ventaja de jugar en casa. Durante meses estuvieron entrenado en el recorrido en el que se iba a celebrar la prueba de fondo y en una réplica exacta del circuito de obstáculos que se iban a encontrar en el Estadio Olímpico. Tradicionalmente la prueba de obstáculos del concurso completo de hípica era la última que se celebraba en los Juegos. El equipo alemán tendría competir en el Estadio Olímpico inmediatamente antes de la ceremonia de clausura, con el palco de autoridades repleto de personalidades y el país entero pendiente de ellos. Así que cuando comenzó la competición la presión a la que estaban sometidos no podía ser mayor. Solo les valía el oro.
No empezaron bien las cosas para los alemanes. Después de primer día, en el que se desarrolló la competición de doma, Stubbendorf ocupaba el primer puesto en la clasificación general y Lippert era sexto, pero Von Wangenheim y su caballo Kurfürst se habían descolgado hasta el 24º puesto. Estaba obligado a remontar al día siguiente en la prueba de fondo para que su equipo pudiese seguir optando a la victoria.
Como no podía ser de otra manera, Von Wangenheim comenzó la prueba de cross-country arriesgando al máximo. En el cuarto obstáculo, un combinado de seto y foso de agua, Kurfürst tropezó y el jinete salió violentamente despedido, con tan mala suerte que al golpear contra el suelo se rompió la clavícula. En la prueba no estaban permitidos los cambios, los tres jinetes que habían comenzado eran los que tenían que acabarla. Wanhemheim sabía que las opciones de medalla de su equipo dependían de él. Aguantando el dolor, volvió a montar su caballo y logró superar los treinta y dos obstáculos restantes sin ningún otro fallo. No solo consiguió completar el circuito, sino que terminó la prueba remontando hasta el octavo puesto de la clasificación individual. Eso permitió al equipo alemán llegar a la prueba de obstáculos de la tercera y definitiva jornada con posibilidades de luchar por la medalla de oro.
El 16 de agosto de 1936, el último día de los Juegos Olímpicos de Berlín, fue un día soleado y caluroso. El Estadio Olímpico estaba lleno hasta la bandera, con cien mil espectadores esperando ver los últimos triunfos alemanes en los Juegos, Se había preparado un exigente circuito de doce obstáculos y 1.100 metros de longitud, que tenía que ser completado por los jinetes en un máximo de 155 segundos. El teniente Von Wangenheim apareció entre los 38 participantes con su brazo izquierdo en cabestrillo. Antes de montar a Kurfürst y comenzar su prueba se inmovilizó el brazo lesionado uniéndolo fuertemente al cuerpo.
Los primeros saltos los solventaron sin problemas, pero al llegar a un doble obstáculo Kurfürst se encabritó y cayó al suelo sobre Wangenheim. Fue tan aparatosa la caída que hubo quien pensó que caballo y jinete habían muerto. Lo que nadie dudaba era que la competición se había acabado para ellos. Y entonces ocurrió algo increíble. Kurfürst se levantó, y el teniente Von Wangenheim, haciendo un gran esfuerzo, volvió a sentarse en su silla de montar. Ensangrentado, pero erguido, demostrando una enorme fuerza de voluntad, el oficial superó el resto de obstáculos y completó el concurso dentro del tiempo permitido.
Alemania ganó la medalla de oro por equipos gracias al sacrifico de Von Wangenheim, que siguió compitiendo cuando cualquier otro jinete se habría retirado. Además Stubbendorff ganó también el oro en la categoría individual. Poco después se celebró la ceremonia de clausura. Los Juegos de Hitler habían concluido de una forma que ni el mismísimo Goebbels habría podido mejorar, con una victoria épica y el encumbramiento de un nuevo héroe nacional.
Von Wangenheim continuó en el Ejército durante la guerra. En julio de 1944 fue capturado por el Ejército Rojo durante la operación Bagration. Ocho años después era uno de los últimos diez mil prisioneros alemanes que todavía esperaban para ser repatriados. No llegó a regresar a Alemania. Fue encontrado ahorcado el 28 de enero de 1953, poco antes de su liberación. Probablemente se suicidó.
El equipo alemán del concurso completo de hípica, con el teniente Konrad von Wangenheim (el primero por la derecha):