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El galés que cayó del cielo

Al alba del 9 de abril de 1940 comenzó la invasión alemana de Noruega. Pretendía ser una operación relámpago y por sorpresa, con varios desembarcos simultáneos en las principales ciudades que darían a la Wehrmacht el control del país en un solo día. En Oslo los buques alemanes fueron retenidos por el fuego de las baterías costeras noruegas, lo que retrasó el desembarco. Sin embargo, la ciudad fue ocupada sin muchos problemas por una fuerza de paracaidistas que había sido enviada a tomar el vecino aeródromo de Fornebu. Aunque no estaba previsto en el plan original, Oslo se convirtió en la primera capital de la historia conquistada mediante un asalto aerotransportado. Durante toda la mañana estuvieron llegando al Reino Unido noticias confusas y contradictorias sobre la situación en Noruega. Antes de tomar ninguna decisión, el Almirantazgo británico necesitaba saber qué estaba ocurriendo realmente en el país escandinavo.

Hacia el mediodía del 9 de abril un hidroavión Short Sunderland de patrulla marítima del 210th Squadron de la RAF recibió la orden de despegar de Invergordon, en Escocia, y dirigirse al mar del Norte. Cuando estaban sobre mar abierto, el capitán, el Flight Lieutnant Peter Kite, abrió las órdenes selladas. Su misión era efectuar un vuelo de reconocimiento sobre Oslo. Ningún miembro de la tripulación sabía que los alemanes habían ocupado ya la capital noruega, y que, por tanto, iban a sobrevolar territorio enemigo.

Un Short Sunderland de la RAF:


El Sunderland llegó a Oslo hacia las cinco y media de la tarde y comenzó a dar un amplio círculo sobre la ciudad a baja altura para tomar fotografías. Cuando sobrevolaba el puerto, las armas antiaéreas de los buques alemanes abrieron fuego. El hidroavión, grande y lento, eran un blanco fácil. El piloto intentó alejarse, pero antes de lograrlo ya había sido alcanzado por varios proyectiles. El avión comenzó a arder, aunque continuó volando rumbo al noroeste tratando de escapar.

Instantes después dos cazas bimotores Messerschmitt Me 110 despegaron del aeródromo de Fornebu para salir en persecución del intruso. Los cazas alemanes aceleraron al máximo para evitar que el Sunderland se ocultase en una masa de nubes. Lo alcanzaron a unos pocos kilómetros al oeste de Oslo, sobre Holsfjorden. Fijaron el fuego de sus ametralladoras en el hidroavión, que estaba ya muy dañado por los impactos de la artillería antiaérea, hasta que finalmente el aparato estalló en llamas y se estrelló en las montañas.

Los pilotos de los Me 110 eran los tenientes Werner Hansen y Helmut Lent. Ninguno de los dos llegaría vivo al final de la guerra. El Oberleutnant Hansen murió en 1941 derribado por fuego amigo. Helmut Lent llegaría a ser uno de los mayores ases de caza nocturna de la Luftwaffe, con 110 victorias. Murió en un accidente en 1944, volando como pasajero en un avión que se estrelló al aterrizar. Tuvo un funeral de estado presidido por el mismísimo mariscal Göring.

El Sunderland se estrelló en una zona muy accidentada al norte del pueblo de Sylling. Murieron nueve de sus diez tripulantes, los primeros soldados aliados que cayeron en la lucha por Noruega. El único superviviente fue el operador de radio, el sargento Ogwyn George, un galés de 21 años. George recordaba con bastante claridad el combate aéreo, durante el cual vio morir a varios de sus compañeros (su amigo James Barter murió en sus brazos). Hubo un momento en el que creyó ser el único tripulante que seguía con vida, cuando el avión estaba ya envuelto en llamas, pero para su desesperación los cazas alemanes no cesaban en su ataque y seguían disparando. Las llamas prendieron en sus ropas y le provocaron quemaduras graves en el torso, los brazos y la cara. Finalmente fue alcanzado por una bala en el hombro y salió despedido fuera del avión.

George sobrevivió a una caída libre, sin paracaídas, de unos quinientos metros. Aterrizó en una ladera cubierta de nieve profunda y continuó rodando decenas de metros hasta detenerse. Permaneció varias horas tirado en la nieve, semiinconsciente y sin poder moverse. Hubo un momento, ya de noche, en el que sintió cómo algo se acercaba a olisquearle. Tuvo miedo de que se tratase de un lobo, pero al final el animal dejó de interesarse por él y se alejó. A ratos creía estar en su casa de Gales, hasta que tenía algún golpe de lucidez que le hacía ser consciente de estar sufriendo alucinaciones.

Numerosos habitantes del valle vieron cómo se estrellaba el hidroavión. Un pequeño grupo de vecinos salió en dirección al lugar en el que había caído, pero la nieve inusualmente alta dificultaba su avance, y al caer la noche tuvieron que regresar sin haber conseguido llegar hasta los restos. Uno de aquellos hombres era el trabajador forestal Johan Bråthen. Ya en su casa, Bråthen no conseguía conciliar el sueño, pensando que podía haber alguien en la montaña necesitado de ayuda. Finalmente, a las dos de la madrugada, cogió sus esquís y se puso en marcha.

En la oscuridad de la noche George comenzó a sentir cómo algo se acercaba a él haciendo un extraño ruido. Desesperado y asustado, gritó: ”¡Jesús, si me quieres llévame ya!”. El misterioso sonido que le había aterrorizado era el que producían los esquís de Bråthen desplazándose sobre la nieve. Los gritos de George guiaron al noruego hasta él. Cuando llegó a su lado, George trató de incorporarse, pero no lo consiguió. Viendo que no iba a poder llevarle al pueblo él solo, Bråthen le indicó por señas que iría a buscar ayuda y que regresaría con más gente y un trineo. Cubrió al herido con su chaqueta e inició el camino de vuelta a Sylling.

Cuando regresó, acompañado de otros dos hombres, era ya de día. George pudo oír cómo cortaban ramas de los abetos para improvisar una camilla en el trineo. Cuando terminaron le colocaron sobre ella y le bajaron al valle. Un coche estaba esperándoles para trasladar al herido al hospital de Drammen. Aparte de las quemaduras y la herida en el hombro, George tenía gran parte de la cara destrozada. Los médicos noruegos consiguieron abrirle los conductos lagrimales y salvarle la vista, pero no pudieron hacer mucho más. Tuvo que esperar al final de la guerra y al regreso a casa para que le reconstruyesen el rostro con cirugía.

Ogwyn George estuvo cinco meses en el hospital de Drammen recuperándose de sus heridas. En el otoño de 1940 fue trasladado a Alemania y permaneció el resto de la guerra cautivo en un campo de prisioneros.

Más de treinta años después, en 1972, Ogwyn George y Johan Bråthen se reencontraron en el que por entonces era el programa estrella de la televisión pública noruega, presentado por el popular periodista Erik Bye.

Podéis ver el programa pinchando aquí.

Nos veremos en el Valhalla

Heinrich Ehrler, que acabaría siendo uno de los mayores ases de caza de la historia, se alistó en la Luftwaffe en 1935, cuando tenía 18 años. Pero no lo hizo como aspirante a piloto, sino como artillero en un regimiento antiaéreo. Como tal sirvió en la Legión Cóndor durante la Guerra Civil Española. No fue hasta enero de 1940, con la guerra en Europa ya comenzada, cuando pidió su traslado a las fuerzas aéreas. Su solicitud de transferencia fue aceptada, y durante un año estuvo formándose como piloto en las escuelas de vuelo de la Luftwaffe. En enero de 1941 completó su periodo de entrenamiento como piloto de caza y se graduó con el rango de Leutnant (alférez).

Ehrler fue destinado al Staffel 4 (4ª escuadrilla) del JG 5 (Jagdgeschwader 5, o 5ª Ala de Caza), desplegado en Noruega. La misión principal del JG 5 era combatir a la Fuerza Aérea Soviética en el frente de Murmansk, Carelia y la península de Kola, aunque entre sus cometidos también estaban proteger Noruega de las incursiones de bombarderos británicos y dar escolta a los Ju 88 y He 111 enviados a interceptar los convoyes aliados con destino a la Unión Soviética.

La primera victoria de Ehrler en un combate aéreo se produjo en mayo de 1941, cuando reclamó el derribo de un Bristol Blenheim de la RAF. La segunda no llegaría hasta el 19 de febrero de 1942, el día que abatió un Polikarpov I-153 soviético. A partir de entonces sus cifras de derribos se dispararon. El 20 de julio de 1942, después de su 11ª victoria, logró el ascenso a Oberleutnant (teniente) y recibió el mando del Staffel 6. El 1 de junio de 1943 fue ascendido a Hauptmann (capitán) y nombrado comandante del 2º grupo de caza del JG 5. Pocos días más tarde alcanzó su victoria número 100. El 1 de agosto de 1944 recibió un nuevo ascenso a Major (comandante) y el mando supremo de todo el JG 5. Poco después el mismísimo Führer le impuso la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro con hojas de roble. El 22 de octubre de 1944 consiguió su victoria 199. Ehrler estaba en la cumbre de su carrera. Se había convertido en uno de los mayores ases de caza y uno de los comandantes más prestigiosos de toda la Luftwaffe.

Y entonces los ingleses hundieron el Tirpitz.

El acorazado Tirpitz, el buque más poderoso de la Kriegsmarine, hacía tiempo que era un objetivo prioritario para la Royal Navy. Su presencia en aguas noruegas era una amenaza para las rutas de los convoyes del Ártico que transportaban a la Unión Soviética suministros vitales para mantener su esfuerzo de guerra. En menos de siete meses los británicos habían lanzado un total de once raids aéreos que le habían causado daños considerables, pero el Tirpitz resistía. Finalmente el 12 de noviembre de 1944 la RAF lanzó su ataque definitivo contra el acorazado, que se había refugiado en el fiordo de Tromsø, en el norte de Noruega. Treinta bombarderos Avro Lancaster de las escuadrillas 617ª y 9ª superaron las defensas antiaéreas y soltaron sus bombas sobre el buque, que fue alcanzado por varias de ellas y volcó sobre su lado de babor. Unos mil tripulantes murieron en el ataque. Ni un solo caza de la Luftwaffe apareció para hacer frente a los bombarderos enemigos.

El comandante Ehrler se encontraba a menos de cincuenta kilómetros de distancia, en la base aérea de Bardufoss. Contaba con doce cazas Focke-Wulf Fw 190 del Staffel 9, que al darse la alarma despegaron sin pérdida de tiempo al mando del propio Ehrler. Cuando ya estaban en el aire recibieron informaciones contradictorias sobre el objetivo que estaba siendo atacado. En un primer momento les dirigieron al fiordo de Alta, situado más al norte, y que había sido el anterior fondeadero del Tirpitz. Cuando al fin llegaron sobre Tromsø, era demasiado tarde. El ataque había concluido y el Tirpitz estaba volcado y hundido casi en su totalidad.

Toda la culpa del bochornoso papel de la Luftwaffe en la pérdida del Tirpitz recayó en el comandante Ehrler, que se convirtió en el chivo expiatorio que tenía que pagar por los numerosos errores cometidos por el alto mando. Sus superiores le reprocharon que no hubiese actuado tal como requería la gravedad de la situación y que hubiese estado más interesado en conseguir su victoria número 200 (lo que supuestamente le habría hecho despegar al mando de la escuadrilla en lugar de quedarse a dirigir los cazas desde tierra) que en cumplir con su deber. En diciembre fue sometido a un consejo de guerra en Oslo. Se enfrentaba a una más que probable pena de muerte, y más aún cuando durante el juicio se presentaron pruebas que demostraban que las unidades bajo su mando habían ignorado las demandas de ayuda de la Kriegsmarine. Ehrler fue declarado culpable. Se libró de la ejecución, pero fue relevado del mando, degradado y sentenciado a tres años y dos meses de prisión.

En cuanto se conoció la sentencia varios de sus subordinados se movilizaron para conseguir la rehabilitación de su comandante. Presentaron declaraciones juradas en las que aseguraban que sus escuadrillas no habían sido informadas del cambio de fondeadero del Tirpitz, de Alta a Tromsø, dos semanas antes del ataque británico. Sus quejas llegaron hasta el mariscal Göring, que tuvo que reconocer que, independientemente de los errores que hubiera podido cometer Ehrler, el fallo principal había estado en una muy deficiente coordinación entre la Kriegsmarine y la Luftwaffe. Se revisó su caso, y unas semanas más tarde el cuartel general del Führer anunció que la sentencia quedaba revocada. Ehrler recuperó su rango, pero no el mando de su unidad. Sería destinado a una escuadrilla de primera línea, donde tendría la oportunidad de rehabilitarse.

El 27 de febrero de 1945 Ehrler fue trasladado al JG 7, un ala de caza equipada con aviones a reacción Messerschmitt Me 262 que desde sus bases en el norte de Alemania tenía como misión proteger el Reich de los raids aliados. Había conseguido su 200ª victoria el 20 de noviembre, antes de su juicio. En las cinco semanas que sirvió en el JG 7 logró ocho derribos más (siete bombarderos pesados B-24 y B-17 y un caza P-51 Mustang), dejando la cifra definitiva en 208, lo que le convierte en uno de los diez mayores ases de la aviación de todos los tiempos (según las cifras oficiales de la Luftwaffe, que pese a su fama de meticulosidad solía exagerar bastante las victorias, como todos).

La mañana del 4 de abril de 1945 la escuadrilla de Ehrler despegó con sus Me 262 del campo de aviación de Brandenburg-Briest para interceptar una formación de B-24 que regresaban de atacar el aeródromo de Parchim. El encuentro se produjo al este de Hamburgo. Durante el combate Ehrler derribó dos de los bombarderos enemigos, y al parecer su caza fue alcanzado por las ametralladoras de un tercer Liberator, aunque eso no le hizo abandonar la lucha. Minutos después atacó a otro B-24, el “Trouble'n Mind”, pilotado por el capitán John Ray. Cuando agotó las municiones, decidió estrellarse contra él. Por lo que se cuenta de su último mensaje, fue una acción deliberadamente suicida: “Theo, me he quedado sin municiones, voy a embestir. Adiós. Nos veremos en el Valhalla”. “Theo” era Theodor Weissenberger, el comandante del JG 7. Después de la embestida los dos aviones cayeron envueltos en llamas. El cuerpo de Ehrler se recuperó de entre los restos de su caza.

La historia del mensaje de radio de Ehrler anunciando su decisión de sacrificarse parece un mito, pero lo cierto es que fue confirmada por varios testigos, entre ellos el propio comandante Weissenberger o el teniente Walter Schuck, compañero suyo tanto en el JG 5 como en el JG 7, y que escribió un libro autobiográfico después de la guerra. La frase “nos veremos en el Valhalla” tenía cierta tradición en la Luftwaffe. Años antes la había pronunciado el mariscal Göring en el funeral de Werner Mölders, el primer piloto que alcanzó las cien victorias en combate aéreo.

La obstinada lucha de Ben Kuroki por su derecho a arrasar la patria de sus padres

Ben Kuroki era un joven de Hershey, una pequeña ciudad agrícola del estado norteamericano de Nebraska en la que la práctica totalidad de la población era de ascendencia centroeuropea o nórdica. Ben vivía y trabajaba junto a sus hermanos en la granja de sus padres, un matrimonio de inmigrantes japoneses llamados Shosuke y Naka. Cuando la Marina Imperial atacó Pearl Harbor y el país entró en guerra, Ben y su hermano Fred, animados por su propio padre, fueron a la oficina de reclutamiento de la capital del condado para alistarse en el Ejército. Ambos eran ciudadanos estadounidenses, nacidos y criados en Estados Unidos, pero, al igual que la mayoría de los nisei (hijos de emigrantes japoneses nacidos en el extranjero), fueron rechazados sin más explicaciones. En lugar de rendirse, lo intentaron de nuevo en una oficina de otra ciudad situada a más de doscientos kilómetros de distancia. Allí no les pusieron ningún problema (según Ben, porque el reclutador cobraba dos dólares por cada recluta que conseguía). Los hermanos Kuroki fueron dos de los primeros nisei que se alistaron en el Ejército de los Estados Unidos después del ataque a Pearl Harbor.

En enero de 1942 fueron enviados a Sheppard Field, en Texas, uno de los principales centros de entrenamiento de la USAAF. Tras completar la formación básica, Ben Kuroki fue destinado a un puesto administrativo en el 93º Grupo de Bombardeo con base en Fort Myers, Florida. En agosto de 1942, cuando la unidad fue asignada a la Octava Fuerza Aérea, desplegada en Gran Bretaña, a Kuroki le comunicaron que por ser de origen japonés no tenía permitido servir en ultramar. Tras mucho insistir, Ben consiguió el permiso para acompañar a su unidad a Inglaterra. Una vez allí, gracias a la escasez de personal, logró que sus mandos aceptasen destinarle a un puesto de combate. Completó un curso de entrenamiento para artilleros aéreos y se convirtió en artillero de torreta dorsal en un bombardero Consolidated B-24 Liberator.

Ben Kuroki en uniforme de vuelo:


En diciembre de 1942 el 93º Grupo de Bombardeo fue transferido a la Vigésima Fuerza Aérea para dar apoyo aéreo a la operación Torch (los desembarcos aliados en el norte de África). En febrero de 1943 el B-24 de Kuroki tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en el Protectorado Español de Marruecos a causa de un fallo mecánico. La tripulación fue internada por las autoridades españolas. A veces, como adorno a su biografía, se cuenta que Kuroki se fugó de su internamiento, aunque en realidad él y sus compañeros fueron liberados tres meses más tarde gracias a las presiones del Departamento de Estado de Estados Unidos al gobierno de Franco (que por cierto incumplió la Convención de Ginebra, que obligaba a los países neutrales a internar a los combatientes de los estados beligerantes hasta el final del conflicto).

El 1 de agosto de 1943 Kuroki participó en la operación Tidal Wave (“Maremoto”), un bombardeo masivo a cargo de 162 B-24 estadounidenses con base en Libia contra nueve refinerías de petróleo situadas en los alrededores de Plioesti, en Rumanía. La misión fue el mayor fracaso de la historia de la USAAF. Solo 88 bombarderos regresaron a sus bases, 55 de ellos dañados. El resto, exceptuando algunos que consiguieron alcanzar la neutral Turquía, fueron derribados por las baterías antiaéreas (la mayor parte) o por los cazas rumanos y búlgaros. 440 tripulantes estadounidenses murieron, y otros 220 fueron hechos prisioneros o dados por desaparecidos.

Cuando Kuroki completó su período obligatorio de veinticinco misiones se ganó su derecho de volver a casa, pero decidió presentarse voluntario para volar cinco más. Regresó a Estados Unidos como un veterano sargento con treinta misiones de combate en Europa y el norte de África. Fue enviado a California a la espera de nuevo destino. Allí se sentía incómodo caminando por las calles, incluso de uniforme. Todos los habitantes de origen japonés de los estados de la costa oeste (aunque fuesen ciudadanos estadounidenses, o aunque no hubiesen tenido en su vida ningún tipo de relación con Japón) habían sido internados en campos de concentración situados en el interior del país. Aprovechando su notoriedad (la propaganda militar le había dado a conocer como un héroe, y hasta la revista Time le había dedicado un artículo), Kuroki comenzó a hacer campaña a favor de la restauración de los derechos civiles de los americano-japoneses. El Ejército le llevó en una gira por los campos de internamiento para alentar a los jóvenes nisei a que se alistasen. Comprensiblemente, muchos de los internados no entendieron su posición y le recibieron como a un traidor. Otros, en cambio, le vieron como un ejemplo a seguir. La comunidad japonesa estaba dividida entre los que se rebelaban contra la injusticia que se estaba cometiendo con ellos y los que defendían la colaboración con las autoridades para demostrar que eran ciudadanos leales. Miles de jóvenes de origen japonés se enrolaron en el Ejército de los Estados Unidos para combatir en Europa. Por supuesto, luchar en el Pacífico contra Japón estaba prohibido para ellos.

Aquella fue otra barrera que Kuroki quiso superar. Solicitó reengancharse en un nuevo periodo de servicio para servir en el teatro de operaciones del Pacífico. Inicialmente su solicitud fue denegada. Kuroki aprovechó su fama para recurrir a instancias superiores hasta llegar al mismísimo secretario de Guerra, Henry Stimsom, quien tuvo que intervenir personalmente para hacer que el Ejército cambiase de opinión. Kuroki fue finalmente aceptado y destinado al 505º Grupo de Bombardeo, con base en la isla de Tinian, en las Marianas. Volando en un Boeing B-29 Superfortress, participó en veintiocho misiones de bombardeo que se sumaron a las treinta que había completado en Europa y África. La primera de ellas fue un ataque a la guarnición japonesa de Iwo Jima en febrero de 1945, en uno de los bombardeos previos al desembarco de los marines en la isla. Le siguieron otras muchas misiones contra infraestructuras estratégicas y objetivos militares en Truk, Okinawa y el archipiélago japonés. A partir de la primavera de 1945 tomó parte en la serie de grandes raids nocturnos contra las ciudades japonesas que tenían como único objetivo arrasar con bombas incendiarias áreas densamente pobladas y que causaron cientos de miles de muertos.

Los que me leen habitualmente, que los hay, ya saben que me gustan los títulos llamativos, incluso engañosos. En este caso el titular llama mucho la atención (o eso pretende), pero es injusto. La lucha de Ben Kuroki fue por encima de todo una lucha por los derechos civiles de los estadounidenses de origen japonés. Habrá razones para criticar su decisión desde un punto de vista ético, pero su motivación está fuera de toda duda. Y también su disposición al sacrificio personal. En los meses finales de la guerra los bombarderos de la USAAF reducían a cenizas casi con total impunidad las ciudades japonesas, pero cuando Kuroki se presentó voluntario para un segundo periodo de servicio no podía saber ni que ese iba a ser el objetivo ni que el riesgo para las tripulaciones estadounidenses iba a ser mínimo. Él había sido testigo de los peores años de la campaña de bombardeo en el teatro europeo. Había sobrevivido al infierno de Plioesti y a otras muchas misiones en las que las posibilidades de regresar eran aproximadamente las mismas que las de acertar lanzando una moneda al aire. Cuando se reenganchó, lo único que podía tener seguro era que estaba tentando a la suerte.

Nick Alkemade, un hombre con suerte


La noche del 24 al 25 de marzo de 1944 la Royal Air Force lanzó un gran raid contra Berlín en el que participaron más de 800 aviones. En el vuelo de regreso muchos de los bombarderos británicos fueron empujados hacia el sur por un fuerte viento que les llevó directamente sobre la región industrial del Ruhr, la zona con mayor concentración de defensas antiaéreas del Reich. Poco antes de la medianoche, uno de aquellos aviones, un Avro Lancaster del 115th Squadron, fue atacado por un caza nocturno Junkers Ju 88. Los cañones del caza alemán destrozaron el ala izquierda del Lancaster, que empezó a caer envuelto en llamas. Sin ninguna posibilidad de salvar el bombardero, su piloto, el teniente James Newman, ordenó a sus seis compañeros que abandonasen el avión antes de saltar él mismo en paracaídas.

En la torreta de cola se encontraba el sargento Nick Alkemade, de 21 años. El acristalamiento había saltado por los aires, y Nick se encontraba expuesto a las gélidas temperaturas del aire exterior. Cuando abrió la escotilla para tratar de escapar se encontró con que toda la parte trasera del bombardero estaba ardiendo. La torreta trasera era demasiado estrecha como para que el artillero que la ocupaba llevase puesto el paracaídas. Éste se guardaba en un recipiente junto a la escotilla, de forma que el artillero no tenía más que engancharlo al arnés, que sí llevaba siempre colocado, antes de saltar del avión. Pero cuando Alkemade se asomó fuera de la torreta vio el paracaídas ardiendo dentro de su contenedor. Huyendo del fuego, que le chamuscaba ya la cara, volvió a cerrar la portezuela. Alkemade estaba atrapado en el interior de un avión en llamas a punto de estrellarse.

Por si fuera poco, el fuego alcanzó el líquido hidráulico de la torreta, que también empezó a arder. Las llamas prendieron en su traje y le quemaban las manos y la cara, aunque Alkemade estaba tan excitado que no sintió dolor. Sus únicas opciones eran quedarse y morir abrasado o saltar al vacío. Así que se giró y se dejó caer fuera del avión. Según contó más tarde, sintió una gran tranquilidad. No tenía ninguna sensación de estar cayendo, era más bien como si estuviese suspendido en el aire. Tampoco recordó haber tenido miedo. Había aceptado con una extraña naturalidad la idea de que iba a morir. A pesar de tanta serenidad, o quizá debido a ella, en un momento indeterminado de la caída Alkemade perdió el conocimiento.

Se despertó tres horas más tarde. Estaba tumbado en la nieve, rodeado de abetos. Por encima de él veía las estrellas a través del agujero que había abierto entre las ramas durante su caída. Estaba casi ileso. Aparte de las quemaduras y los cortes sufridos dentro del avión, tan solo tenía una torcedura en una rodilla. Había perdido sus botas, seguramente desprendidas de sus pies cuando cayó golpeando contra las ramas. Después de unos instantes de confusión, Alkemade comprendió lo que había pasado: las ramas de los árboles habían ido amortiguando su caída lo suficiente como para que al llegar al suelo bastase el colchón de nieve que lo cubría (de cerca de medio metro de espesor) para salvarle la vida. A pocos metros de distancia se acababa el bosque, y allí, sin la sombra de los árboles, la nieve había desaparecido casi por completo.

Incapaz de moverse, debido al esguince de su rodilla, dolorido y aterido de frío, Alkemade sacó su silbato de emergencia y lo sopló para pedir socorro. Unos civiles alemanes le encontraron y le llevaron al hospital de Meschede, una pequeña ciudad a orillas del Ruhr. Allí le atendieron de sus quemaduras y de los cortes producidos por fragmentos del plástico de la torreta y del fuselaje del avión. Más tarde recibió la “visita” de la Gestapo. Cuando le preguntaron qué había hecho con el paracaídas y él respondió que había saltado sin él, los interrogadores no le creyeron y amenazaron con ejecutarle por espía. Por suerte tenía una prueba irrefutable. Alkemade les indicó que si querían confirmar su historia no tenían más que ir al lugar de la caída y buscar su arnés, sin utilizar, que se había quitado cuando estaba esperando ayuda.

Después de tres semanas en el hospital, Alkemade fue enviado al centro de tránsito de prisioneros de Dulag Luft, cerca de Frankfurt. Allí su milagrosa supervivencia le convirtió en una pequeña celebridad entre los otros prisioneros. Para dar fe de la veracidad de su historia, algunos de sus compañeros de cautiverio redactaron una especie de certificado en una hoja arrancada de una Biblia:

"Dulag Luft.
Ha sido investigado y corroborado por las autoridades alemanas que la afirmación del sargento Alkemade, No. 1431537, es verdadera en todos los aspectos, a saber: que ha hecho un descenso de 18.000 pies sin paracaídas y ha hecho un aterrizaje seguro sin heridas. Su paracaídas había ardido en el avión. Él aterrizó en la nieve entre unos abetos.
Corroborado y atestiguado por:
Teniente de vuelo H.J. Moore (Oficial superior británico)
Sargento de vuelo R.R. Lamb
Sargento de vuelo T.A. Jones
(25/4/44) "


Alkemade fue enviado al Stalag Luft III, el campo de prisioneros de La gran evasión. Fue liberado al finalizar la guerra. Tras su desmovilización consiguió trabajo en una planta química de su ciudad natal, donde se dice que sobrevivió a una descarga eléctrica severa, una intoxicación con gas de cloro, una rociada de ácido sulfúrico y el golpe de una viga de acero. Murió en 1987.

Nick Alkemade no ha sido ni mucho menos el único superviviente a una caída a gran altura sin paracaídas, pero sí el más famoso. De hecho ya había aparecido en este blog en alguna ocasión, como cuando conté la anécdota de cómo rechazaron su solicitud de ingresar en el Caterpillar Club. Su fama relativa, en comparación con otros casos similares, puede deberse a que a él mismo le gustaba contar su historia. No parecía guardar ningún tipo de trauma por su experiencia. Aquí le vemos, años después, visitando el lugar donde aterrizó y hablando para un reportaje de la televisión francesa:

Remolachas salvavidas

En septiembre de 1939, cuando comenzó la invasión alemana de Polonia, el joven alférez Zbigniew Gutowski acababa de completar su formación como piloto de caza en la Academia del Aire polaca. Nunca llegó a entrar en combate con la Fuerza Aérea de su país. Cuando la derrota era ya inevitable huyó a Rumanía y desde allí viajó a Francia con la intención de alistarse en la Armée de l'air y continuar la lucha contra los nazis. Tampoco allí tuvo su bautismo de fuego, ya que los franceses le destinaron a una base aérea en Argelia, muy lejos de los frentes de batalla. Cuando Francia pidió el armisticio, Gutowski huyó una vez más. Consiguió llegar al Reino Unido y se unió a la Royal Air Force. Tras pasar por un nuevo periodo de instrucción, en junio de 1941 fue destinado al 302th Polish Squadron, una unidad de caza de la RAF formada íntegramente por personal polaco.

El 8 de noviembre de 1941 el 302th Squadron dio escolta a una formación de bombarderos en una misión que tenía como objetivo una instalación industrial en la zona de Lille, en el norte de Francia. Poco después de iniciar el regreso los polacos tuvieron que enfrentarse a un grupo de cazas alemanes Fw 190 enviados a interceptarlos. Durante el combate el Spitfire de Gutowski fue alcanzado y entró en barrena. En el último momento el piloto recuperó el control del aparato y consiguió evitar que se estrellase, pero el caza había empezado a arder y el fuego se extendía rápidamente. Gutowski se vio obligado a abandonar el avión y saltar desde una altura de unos cincuenta metros.

Antes de la invención del asiento eyectable, los pilotos que saltaban de un avión a baja altura no tenían casi ninguna posibilidad de sobrevivir. A menos de 120 metros de altitud los paracaídas eran prácticamente inútiles, ya que no tenían tiempo de desplegarse por completo (aunque de vez en cuando ocurrían milagros: el récord de salto en paracaídas a menor altitud, unos 9 metros, lo tiene otro piloto de la RAF, el comandante Terrence Spencer, cuya vida de película ya conté hace un tiempo).

Cuando saltó del Spitfire en llamas, Gutowski sabía que la altura era insuficiente, pero no tenía otra opción. Al llegar al suelo el paracaídas solo había comenzado a salir de su mochila. Pero Gutowski tuvo la enorme fortuna de aterrizar sobre una gran pila de hojas de remolacha que amortiguó su caída. Se incorporó y comprobó que estaba ileso. Tan solo había perdido una bota. A pocos metros de distancia ardían los restos de su avión.

Gutowski permaneció oculto durante una semana antes de ser capturado por los alemanes. Fue enviado al Stalag Luft III, el campo de prisioneros de La gran evasión. Participó en la construcción de uno de los túneles, pero no llegó a fugarse porque era uno de los últimos de la lista y la huida fue descubierta antes de que llegase su turno (por fortuna para él, ya que la mayor parte de los fugados fueron capturados y ejecutados). Después de la guerra continuó en la RAF, donde sirvió hasta 1949, y más tarde emigró a Canadá. Nunca regresó a Polonia. Murió el año pasado, a la edad de 99 años.

Enzo Grossi, el terror de los acorazados de la US Navy


Cuando recibió el mando del Agostino Barbarigo, el capitán de corbeta Enzo Grossi era ya un experimentado comandante de submarinos. También su tripulación era veterana. Desde la entrada de Italia en la guerra, el Barbarigo, un moderno sumergible italiano de la clase Marcello, había completado con éxito cinco patrullas en aguas del Mediterráneo y el Atlántico. El 22 de octubre de 1941 el Barbarigo zarpó de BETASOM, la base que la Regia Marina tenía en Burdeos, en la costa atlántica francesa (BETASOM era un acrónimo formado por BETA, el nombre de la letra B en el alfabeto griego, en referencia a Burdeos, y SOM, de sommergibile). Era su primera patrulla con el capitán Grossi al mando. El buque permaneció cuatro semanas buscando presas en la zona del Atlántico comprendida entre las Azores y la costa portuguesa. Pero el mal tiempo y la mala suerte hicieron que los italianos regresaran a su base sin poder anotarse ningún triunfo.

En enero de 1942 el Barbarigo inició una nueva misión en la misma zona de patrulla, al este de las Azores. El 23 de enero divisaron un mercante que navegaba sin tomar ninguna precaución, con las luces encendidas y sin zigzaguear. Tanta despreocupación hacía pensar que pudiera tratarse de un barco neutral, pero Grossi no quiso entretenerse en verificar su nacionalidad y dio orden de atacarlo. Así fue torpedeado y hundido el carguero español Navemar. Aquella fue su única “victoria” en su segunda patrulla al mando del Barbarigo.

El 30 de abril el Barbarigo zarpó una vez más. El 17 de mayo llegó a su nueva zona de operaciones, frente al cabo San Roque, el extremo más oriental de la costa brasileña. La mañana del 18 de mayo el sumergible italiano cañoneó y torpedeó al vapor brasileño Comandante Lyra. Grossi observó desde el puente de mando el barco envuelto en llamas y supuso que estaba irremediablemente perdido, así que anotó su hundimiento. Lo cierto es que el Comandante Lyra pudo ser rescatado y remolcado hasta Recife (aunque no volvería a navegar). Pero aquel error no tendría ninguna importancia comparado con el que iba a cometer a continuación.

Cuando se dio la alarma por la presencia de submarinos del Eje, los buques de la Task Force 23 de la US Navy se dirigieron rápidamente a la zona. La Task Force 23 era una fuerza naval formada por los viejos cruceros ligeros Milwaukee y Omaha y los destructores Moffet y McDougal que tenía como misión vigilar las aguas del Atlántico sur. El 20 de mayo, tras dos días de patrulla, el Milwaukee y el Moffet pusieron rumbo a Recife para reabastecerse de combustible. Fue entonces cuando fueron descubiertos por el Barbarigo. Grossi creyó ver (o al menos eso fue lo que describió en su informe) un acorazado estadounidense de clase Maryland o California acompañado de su escolta de destructores. Tras burlar la vigilancia de los supuestos escoltas y aproximarse a una distancia de tan solo 600 metros, el capitán italiano ordenó lanzar dos torpedos, que, según él, alcanzaron de lleno al acorazado. Grossi aseguró que él mismo vio cómo el buque escoraba y se hundía por la proa. En realidad ambos torpedos pasaron tan lejos de los buques enemigos que los estadounidenses ni siquiera llegaron a percatarse de que estaban siendo atacados.

Un acorazado de la clase Maryland (clase Colorado, en realidad, si seguimos el criterio habitual de que el primer buque que entra en servicio es el que da el nombre a la clase), un monstruo de más de 33.000 toneladas de desplazamiento, 190 metros de eslora y cuatro torres de artillería con cañones de 410 mm:


Y el crucero ligero Milwaukee, de 7.000 toneladas, con sus cañones de 152 mm (mucho más pequeños que los gigantescos cañones de un acorazado) y sus cuatro chimeneas perfectamente visibles:


Parece difícil confundir ambos buques, aunque se podría conceder al capitán italiano el beneficio de la duda. No habría sido el primero en identificar erróneamente un navío, de hecho era algo bastante habitual. Lo inexplicable es que asegurase que había visto cómo se hundía cuando ni siquiera pudo oír el estallido de los torpedos que ordenó lanzar contra él (y que se perdieron en el océano sin alcanzar ningún blanco).

El 22 de mayo el Barbarigo fue descubierto y atacado sin consecuencias por un avión estadounidense de patrulla antisubmarina. La noche del 29 hundió con torpedos y fuego de cañón el vapor británico Charlbury. Poco después dio por finalizada su misión.

El 16 de junio el submarino italiano atracó en BETASOM. Para entonces todo el mundo conocía ya su gran triunfo frente a la US Navy, del que Grossi había informado previamente por radio. El comandante de la base, el contralmirante Romolo Polacchini, se mostró muy escéptico con los informes del capitán. Le resultaba difícil de creer que tan solo hubiese necesitado dos torpedos para hundir a todo un acorazado de más de 30.000 toneladas. Pero el Alto Mando italiano necesitaba desesperadamente una victoria espectacular para ofrecer a la opinión pública, así que en lugar de abrir una investigación y esperar a sus conclusiones, se decidió confiar en la palabra de Grossi y publicitar a bombo y platillo la hazaña del Barbarigo. Grossi fue ascendido capitán de fragata y condecorado con la Medalla de Oro al Valor. También recibió de sus aliados alemanes la Cruz de Hierro.

Pero aquello fue tan solo el comienzo de su leyenda.

En agosto el Barbarigo zarpó en su novena patrulla, la cuarta con el capitán Grossi al mando. En aquella ocasión la zona de operaciones iba a estar en las costas del golfo de Guinea. Las primeras semanas pasaron sin que ocurriese nada destacable. El 1 de octubre el sumergible corrió un grave peligro cuando fue descubierto y bombardeado por aviones enemigos. Un marinero murió en el ataque, pero el buque no sufrió daños graves y pudo continuar con su misión. La noche del 6 de octubre, cuando el Barbarigo se encontraba en las proximidades del puerto de Freetown, el capitán Grossi avistó una agrupación naval que identificó como un acorazado estadounidense de la clase Mississippi y sus destructores de escolta. En realidad se trataba de tres corbetas británicas que habían salido del puerto para proteger la llegada de un convoy. Grossi ordenó lanzar cuatro torpedos contra el que creía que era el mayor buque enemigo desde una distancia de 2.000 metros (se ve que decidió correr menos riesgos que en su anterior enfrentamiento con un supuesto acorazado estadounidense, atacando con el doble de torpedos y desde el triple de distancia). Según informó, los torpedos dieron en el blanco y el acorazado se fue a pique. Lo cierto es que todos ellos fallaron su auténtico objetivo, la pequeña corbeta Petunia. Acosado por las corbetas, el Barbarigo abandonó aquellas aguas. Desde allí se dirigió al archipiélago de Cabo Verde, donde permaneció unos días antes de regresar a Burdeos a finales de octubre.

Una corbeta de la clase Flower, la misma a la que pertenecía la Petunia, un pequeño navío de 900 toneladas de desplazamiento utilizado para labores de vigilancia costera (y que no tiene absolutamente ningún parecido con un acorazado):


Una vez más, el contralmirante Polacchini no creyó en los informes del capitán Grossi y solicitó que se estudiase el caso antes de darle publicidad. Y, una vez más, sus advertencias fueron ignoradas. Grossi fue condecorado con una segunda Medalla de Oro al Valor y premiado con un nuevo ascenso a capitán de navío. Además, el almirante Dönitz, comandante en jefe de la Kriegsmarine, le entregó la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Y no quedó ahí la cosa. Cansados de las protestas de Polacchini, sus superiores en la Regia Marina acabaron por quitarle el mando de la base y entregárselo al propio Grossi. Así, el 29 de diciembre de 1942 el capitán Grossi se convirtió en el nuevo comandante de BETASOM.

Enzo Grossi es recibido por el Duce en el Palacio de Venecia, la sede del gobierno de Mussolini en Roma, en diciembre de 1942:


Los primeros minutos de este noticiero alemán de la época están dedicados a las hazañas de Grossi y el Barbarigo:



El ascenso apartó a Grossi del mando del Barbarigo, lo que sin duda supuso un gran alivio para la Armada estadounidense. En enero de 1943, con un nuevo capitán al mando, el submarino italiano zarpó en la que sería su última patrulla, en el transcurso de la cual logró hundir tres mercantes (uno de ellos el español Monte Igueldo). Más tarde fue modificado como submarino de carga y destinado a viajes de intercambio de mercancías estratégicas entre Europa y Japón. A mediados de junio de 1943 zarpó de Burdeos para iniciar su primera travesía con destino a Asia. Poco después se perdió la comunicación con el sumergible. El Barbarigo desapareció con toda su tripulación. Aún hoy se desconoce qué le ocurrió, aunque se sospecha que pudo ser hundido por aviones británicos.

Tras el armisticio de septiembre de 1943, Grossi proclamó su lealtad a la República Social Italiana, el estado títere que los nazis crearon para Mussolini en el norte de Italia. Continuó siendo el teórico comandante de BETASOM, aunque de hecho los alemanes habían tomado el control de la base, relegando a los italianos al papel de meros auxiliares. Debido a su público y reiterado apoyo al régimen fascista, Grossi no regresó a su país cuando terminó la guerra, estableciéndose en Argentina.

Cuando los investigadores italianos tuvieron acceso a los archivos de sus antiguos enemigos, por fin estuvieron en condiciones de responder a la pregunta de si Enzo Grossi era de verdad un héroe o si sus hazañas habían sido producto de su imaginación. En 1949 la Marina Militare abrió una comisión de investigación para determinar si los méritos de Grossi eran reales. Los trabajos de la comisión concluyeron en 1950, y sus conclusiones no podían ser más duras: dada la falta de pruebas objetivas y la inconsistencia de los hechos relatados, solo se podía definir a Grossi como un farsante. En 1952 un decreto del presidente de la República revocaba sus ascensos y le retiraba las condecoraciones que le habían sido concedidas durante la guerra. La respuesta de Grossi fue muy airada. En 1955 escribió una carta al presidente de la República en la que se reafirmaba en su versión de los hechos y aseguraba que tenía muchos testigos que habían visto junto a él los enfrentamientos con los acorazados estadounidenses (irónicamente aceptaba la posibilidad de que hubiesen sido dos episodios de alucinación colectiva). No estaba solo en sus reivindicaciones: algunos periodistas próximos a la ultraderecha italiana le defendieron, convencidos de que su caso no era más que una persecución política. Supuestamente las nuevas autoridades de la República estaban decididas a desprestigiar y condenar al ostracismo a todos los militares que se habían destacado en su apoyo al régimen fascista y a la RSI.

En 1962 se ordenó la apertura de una segunda comisión de investigación. Se corrigieron varios errores que se habían cometido en la primera y que habían servido de munición para los defensores de Grossi (como ciertas incongruencias con las fechas y los horarios), y sus conclusiones tenían un tono bastante más amable. La comisión determinó que Grossi no había actuado de mala fe. Era un hecho probado que el Barbarigo había efectuado dos ataques contra buques de guerra enemigos. En el primero de ellos, no era tan descabellado pensar que el capitán hubiese podido confundir un crucero con un acorazado (quedaba sin explicar cómo pudo ver que se hundía). En cuanto al segundo, el hecho de que la Petunia no hubiese sido alcanzada por los torpedos del Barbarigo (supuestamente pasaron por debajo de ella) demostraba que los italianos los habían calibrado para atacar a un buque de mucho mayor calado, como un acorazado. Las corbetas británicas respondieron al ataque lanzando cargas de profundidad, que pudieron confundir a los tripulantes del sumergible italiano, haciéndoles creer que las explosiones que oían eran sus torpedos impactando contra el buque enemigo.

Las conclusiones de la segunda comisión fueron mucho más suaves que las de la primera, aunque se reafirmaron en apoyar la retirada de las condecoraciones y la anulación de los ascensos. No sabemos si Enzo Grossi se hubiese conformado. Había muerto dos años antes, en 1960, a la edad de 52 años.

Bill Wyatt, el fugitivo bendecido por el Papa

Charles “Bill” Wyatt era un joven contable empleado en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros, el organismo público encargado de proteger los intereses de los titulares de bonos en libras esterlinas emitidos en el Reino Unido en nombre de otros estados. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial dejó su trabajo y se alistó en el Ejército. En 1941 fue destinado al 10º de Húsares, un histórico regimiento de caballería que había cambiado los caballos por carros de combate. Con el rango de alférez, se convirtió en comandante de un Crusader, el más famoso de los tanques de crucero británicos (así se denominaba a los carros ligeros de caballería, cuyo punto fuerte era la velocidad, en detrimento de otros aspectos como el armamento o el blindaje). El regimiento estaba integrado en la 2ª Brigada Blindada, que en diciembre de 1941 participó en la contraofensiva que obligó a las fuerzas del Eje a retirarse de Egipto y regresar a Libia.

El 23 de enero de 1942, en Saunnu, al sur de la ciudad libia de Bengasi, el escuadrón de Wyatt fue sorprendido por un ataque de tanques y cañones anticarro. Su Crusader fue alcanzado por un proyectil anticarro y comenzó a arder. Wyatt vio que el artillero estaba muerto y que el operador de radio había sido herido en el vientre. Le arrastró fuera del tanque para ponerle a salvo. A continuación regresó a por el conductor, que estaba también herido y se había quedado atrapado dentro del vehículo en llamas. Ignorando el fuego de las ametralladoras enemigas, se encaramó a la torreta, logró abrir la escotilla y sacó a su compañero del interior. Por aquella acción le fue otorgada la Military Cross, la tercera condecoración británica en importancia.

A finales de mayo de 1942 el Afrika Korps inició una poderosa ofensiva en el área de Gazala con un ataque por el flanco sur que sorprendió a las líneas británicas. El 27 de mayo la 2ª Brigada Blindada, que defendía aquel sector del frente, fue arrollada por las unidades acorazadas alemanas. Al día siguiente el escuadrón de Wyatt recibió la orden de lanzar un contraataque a la desesperada, con tan mala suerte que los Crusaders se metieron de lleno en un campo de minas y acabaron atrapados y bajo el fuego de los cañones anticarro enemigos. Wyatt y su tripulación se vieron obligados a rendirse a los alemanes cuando su tanque recibió un impacto y quedó inmovilizado en tierra de nadie. Al día siguiente fueron entregados a los italianos, y poco después embarcaron junto con otros cientos de prisioneros en un buque que les iba a llevar a Italia.

El primer destino de Wyatt fue un campo de prisioneros situado a unos kilómetros de Bari, en el sur de la península italiana. Pero durante su cautiverio cambió tantas veces de prisión que prácticamente acabó recorriéndose todo el país. Primero le trasladaron a un campo en Chieti, en la costa del Adriático, y más tarde a otro situado en Fontanellato, cerca de Parma, en el norte. El día que se hizo pública la firma del armisticio italiano, el 8 de septiembre de 1943, se encontraba una vez más en tránsito hacia un nuevo campo. Wyatt vio entonces la oportunidad de fugarse, aprovechando la indiferencia de los soldados que le custodiaban. Un amable oficial italiano se ofreció a ayudarle y a llevarle hasta Roma. Allí se puso en contacto con un viejo amigo italiano de su padre, que le buscó escondite en un seminario católico dirigido por sacerdotes irlandeses.

Los alemanes habían ocupado Roma, y miles de fugitivos (judíos, antifascistas, prisioneros fugados...) estaban atrapados en la ciudad, buscando desesperadamente dónde ocultarse. Muchos de ellos encontraron refugio en conventos y colegios eclesiásticos. Wyatt fue de los más afortunados. En lugar tener que de encerrarse en un sótano o una buhardilla, a él le bastó con esconderse bajo una sotana. Wyatt suplantó la identidad de un joven sacerdote irlandés que había muerto el año anterior. Cambió la fotografía del pasaporte por una suya y se convirtió oficialmente en “el padre Fox”. En enero de 1944 el papa Pío XII visitó el seminario y le dio la bendición, sin saber que se estaba dirigiendo a un falso sacerdote.

Cuando llegaron rumores de que iba a haber una redada en el seminario, Wyatt se dirigió al Vaticano. Atravesó las puertas utilizando su falso pasaporte irlandés y buscó la ayuda del embajador británico ante la Santa Sede. Éste le buscó refugio en un segundo seminario. Allí estuvo escondido casi seis meses junto a otros fugitivos. Por fin, en junio de 1944 los alemanes se retiraron y las tropas estadounidenses entraron en Roma. Más de dos años y medio después de haber embarcado con el 10º de Húsares con destino a Egipto, Wyatt regresó a Gran Bretaña.

No tardó mucho en volver a embarcar. En septiembre de 1944 fue destinado como oficial de enlace a la 29ª Brigada Blindada, por entonces acampada en las proximidades de Amberes. Con su nueva unidad (que estaba al mando de su antiguo comandante en Egipto, el general Roscoe Harvey), Wyatt cruzó el Rin y participó en la ofensiva definitiva hacia el corazón del Reich. Terminó la guerra en Lübeck, a orillas del Báltico.

Bill Wyatt se licenció en diciembre de 1945 con el rango de capitán. Después de la guerra volvió a su trabajo en el Consejo de Tenedores de Bonos Extranjeros. Fue nombrado secretario de este organismo en 1952, director general en 1966, y, finalmente, presidente en 1978, cargo que ocupó hasta que el Consejo desapareció absorbido por el Banco de Inglaterra. Murió el 21 de agosto de 2014, con 101 años.

Alves dos Reis, el estafador que clonó el Banco de Portugal


El 5 de diciembre de 1925 el diario de Lisboa O Século destapó un gigantesco fraude cometido por el Banco de Angola y la Metrópolis, una entidad bancaria creada en Luanda pocos meses antes. Sus investigaciones comenzaron cuando su corresponsal en Angola informó de la sospechosa política comercial del banco, que estaba literalmente inundando de billetes la colonia portuguesa, concediendo créditos a muy bajo interés a pesar de que apenas contaba con depósitos. En un principio los periodistas creyeron estar detrás de una operación de los servicios secretos alemanes, que estarían sirviéndose del banco para poner en circulación billetes falsos en grandes cantidades con el objetivo de desestabilizar a la colonia portuguesa. Angola había sido una ambición histórica de Alemania, y no habría sido la primera vez que desde su vecina colonia de África del Suroeste (Namibia) se lanzaban ataques más o menos encubiertos contra ella. Namibia, ocupada por tropas sudafricanas durante la Gran Guerra, había quedado por mandato de la Sociedad de Naciones bajo la administración de la Unión Sudafricana, pero para los portugueses de Angola los alemanes seguían siendo el enemigo tradicional.

Sin embargo, las investigaciones de los periodistas de O Século revelaron algo sorprendente: los billetes que el banco angoleño estaba poniendo en circulación eran totalmente auténticos. Lo único falso era la orden de emitirlos. El responsable de aquella genial falsificación era el propietario del Banco de Angola y la Metrópolis, un lisboeta de 27 años llamado Virgilio Alves dos Reis.

Artur Virgilio Alves dos Reis nació en Lisboa el 3 de septiembre de 1898. Hijo de un comerciante de ganado arruinado, en otro tiempo su familia había gozado de una situación económica desahogada, pero a él le tocó crecer en un ambiente de relativa penuria. Su vergüenza por la ruina familiar aumentó cuando se casó, muy joven, con Maria Luisa Jacobetty de Azevedo, una muchacha perteneciente a la alta sociedad lisboeta. Sintiendo el desprecio de sus suegros (real o imaginario, no lo sabemos) por sus orígenes humildes, decidió marcharse a las colonias y no regresar hasta que hubiese conseguido hacer fortuna. Con solo 19 años, Alves embarcó con destino a Angola.

En África, Alves tuvo varios empleos relacionados con las obras públicas y la administración colonial. Finalmente acabó consiguiendo un puesto de gerente en la compañía Ferrocarriles Transafricanos de Angola tras presentar un título de ingeniero concedido por la inexistente Polytechnic School of Engineering de Londres. Aquella fue su primera falsificación conocida. El falso ingeniero (en Lisboa había iniciado los estudios de ingeniería, pero los había abandonado en su primer año) logró con su trabajo ganarse la confianza de sus jefes y de los directivos de la empresa. No le iba mal, pero aquello no era suficiente para él. Lo que Alves deseaba por encima de todo era regresar algún día a Portugal convertido en un personaje al que nadie pudiese mirar por encima del hombro. Necesitaba hacerse rico, y rápidamente. Así que comenzó a valerse del respeto que se había ganado en la colonia como empleado modélico de la compañía de ferrocarriles para cometer todo tipo de fraudes con cheques sin fondos y contratos falsos. Al final pasó lo que tenía que pasar. En julio de 1924 fue detenido por estafa.

Alves acabaría saliendo absuelto por falta de pruebas, pero antes de eso tuvo que pasar dos meses en prisión a la espera del juicio. Aquel paso por la cárcel resultó ser de lo más provechoso para él, ya que parece que fue allí donde urdió su gran plan. Su cómplice principal iba a ser José Bandeira, un joven de familia aristocrática, hermano de Antonio dos Santos Bandeira, el embajador de Portugal en Holanda. Entre sus colaboradores más cercanos también estaban un financiero holandés llamado Karel Marang y un oscuro personaje conocido como Adolf Henies, de nombre auténtico Hans Döring, un agente del servicio secreto alemán con valiosos contactos en el mundo de la diplomacia.

Alves se inventó un supuesto contrato que había firmado con el gobierno de Portugal por el que se le autorizaba a poner en circulación cien millones de escudos (una cifra enorme, equivalente al 1% del PIB portugués de la época) con el teórico objetivo de ayudar al desarrollo económico de la colonia de Angola. Fabricó un documento con las firmas falsificadas del administrador y el tesorero del Banco de Portugal en el que se recogía la autorización gubernamental para imprimir doscientos mil billetes de 500 escudos. Sin saber a qué país tendría que acudir con él, consiguió que el contrato fuese firmado por los embajadores portugueses en Holanda (recordemos, hermano de José Bandeira), Gran Bretaña, Alemania y Francia.

El siguiente paso era averiguar el nombre de la empresa encargada de la fabricación de los billetes para el Banco de Portugal. Aquella era una información que se mantenía en el más absoluto secreto, pero lo cierto es que no les costó demasiado conseguirla. Marang se presentó en las oficinas de una compañía holandesa especializada en la impresión de papel moneda, supuestamente para negociar el nuevo contrato. Fueron los propios holandeses quienes le explicaron que alguien le había informado mal, ya que los fabricantes de los billetes portugueses no eran ellos, sino una firma de Londres llamada Waterlow & Sons. En diciembre de 1924 Marang viajó a Inglaterra para reunirse con el señor Waterlow. Además del falso contrato, le entregó una carta falsificada del administrador del Banco de Portugal en la que le exigía la máxima confidencialidad. Se le solicitaba la impresión de doscientos mil billetes de quinientos escudos, con la efigie de Vasco de Gama, exactamente iguales a los billetes de curso legal en Portugal.

Todo salió tal como habían planeado. Marang y Bandeira transportaban tranquilamente los billetes nuevos desde Londres hasta Lisboa. Allí el dinero era repartido entre los miembros del grupo. Alves se quedaba con un 25%. Con su parte fundó en Luanda el Banco de Angola y la Metrópolis. Al mismo tiempo decidió hacerse con el control del auténtico Banco de Portugal, por entonces una entidad semiprivada, en parte propiedad del Estado y en parte de inversores particulares. Alves comenzó a comprar a través de testaferros acciones del banco central portugués esperando conseguir las necesarias para controlar su consejo de administración. Así se aseguraría de que la máxima autoridad monetaria del país no investigaría si alguna vez aparecían indicios de la falsificación. En el momento en que fue descubierto se había hecho ya con un 20% de las acciones.

Virgilio Alves lo había conseguido. Con 26 años se había convertido en uno de los financieros más ricos y poderosos de Portugal. Comenzó a llevar una vida de lujo, haciendo ostentación de riqueza de forma imprudente. Su irrupción en la alta sociedad lisboeta llamó demasiado la atención, casi tanto como las extrañas operaciones de su Banco de Angola y la Metrópolis. Solo unos meses más tarde las investigaciones de la prensa portuguesa destaparon el fraude.

Cuando estalló el escándalo, en diciembre de 1925, Alves se encontraba en Angola junto a su socio, el misterioso alemán Adolf Henies. Ambos lograron cruzar la frontera de Namibia y embarcar en un paquebote alemán que zarpaba con rumbo a Europa. Allí fueron descubiertos. Cuando iban a ser arrestados, Henies huyó saltando por la borda. Reapareció en su país poco después. Nunca fue juzgado. Alves fue detenido y trasladado a Lisboa. En el juicio, celebrado en 1930 (parece que la justicia portuguesa de la época era casi tan lenta como la española de hoy), se defendió argumentando que su único interés había sido contribuir al progreso de Angola. Su supuesto altruismo no convenció a los jueces, que le sentenciaron a veinte años de cárcel. Bandeira fue condenado a ocho años. Marang fue juzgado en Holanda y condenado a once meses por asociación ilícita. Otros muchos personajes de su amplia red de colaboradores cumplieron penas menores. El asunto también acabó con la carrera profesional de los más altos responsables del Banco de Portugal, a los que Alves había dejado en ridículo.

Virgilio Alves salió de prisión en mayo de 1945. Siete años más tarde, en 1952, fue detenido de nuevo por haber tratado de engañar a un comerciante vendiéndole un cargamento inexistente de café angolano. Murió de un paro cardiaco en julio de 1955, poco después de haber sido condenado a cuatro años de prisión por aquella nueva estafa.

Uno de los billetes de Alves dos Reis, expuesto en el Museo del Dinero de Utrech, en Holanda:


El billete tiene un sello con la palabra VALSCH ("falso" en holandés). En realidad, es discutible que se pueda considerar un caso de falsificación de moneda, ya que los billetes se imprimieron utilizando las planchas auténticas y por la empresa con la que el Banco de Portugal tenía contratada la fabricación de su papel moneda. Lo único que los diferenciaba de los billetes "oficiales" eran sus números de serie.

Noor Inayat Khan


Noor Inayat Khan era la hija mayor del matrimonio formado por Hazrat Inayat Khan, un maestro sufí y músico perteneciente a una importante familia de la nobleza musulmana india (descendiente del sultán Fateh Ali Tipu, histórico monarca del antiguo reino de Mysore), y la estadounidense Ora Meena Ray Baker, hermana de otro conocido maestro sufí. Nació en San Petersburgo el 2 de enero de 1914. Pocos meses más tarde, cuando la Gran Guerra estaba a punto de estallar, la familia abandonó Rusia y se estableció en Londres, donde nacieron los tres hermanos de Noor. Al término del conflicto los Inayat Khan se mudaron a Suresnes, cerca de París. En Francia Noor creció en un ambiente culto y cosmopolita. Estudió psicología infantil en la universidad de la Sorbona y música en el Conservatorio de París. Comenzó su carrera artística escribiendo poemas y cuentos infantiles para diversas publicaciones. En 1939 publicó su primer y único libro, Veinte cuentos Jataka, una recopilación de cuentos de tradición budista.

En junio de 1940, cuando Francia estaba siendo invadida por las tropas alemanas, Noor, su madre y sus hermanos (su padre había muerto en 1927) huyeron del país y regresaron a Gran Bretaña. Aunque nunca había vivido en la India, Noor se sentía india de corazón y estaba en contra del dominio colonial británico. Además siempre había sido una seguidora incondicional de las enseñanzas de su padre, un pacifista “radical”. Sin embargo, en Inglaterra decidió que no podía quedarse al margen y que su deber era unirse a la lucha para derrotar los nazis.

En noviembre de 1940 Noor se alistó en la WAAF (Women's Auxiliary Air Force, el cuerpo auxiliar femenino de la RAF). Un año más tarde fue reclutada por el SOE (Special Operations Executive), la organización encargada de las operaciones encubiertas en territorio controlado por el enemigo. Durante su formación como agente adoptó el alias de Nora Baker. A mediados de 1943, de forma bastante apresurada, fue designada como agente de enlace del SOE con uno de los principales grupos de resistencia de la zona de París. Probablemente habría necesitado algo más de entrenamiento, pero la destreza que demostró como operadora de radio, su conocimiento del país y del idioma, y, sobre todo, la dramática escasez de agentes experimentados que por entonces sufría el SOE, hicieron que fuese destinada a Francia antes de tiempo.

Noor, que utilizaría el nombre en clave de Madeleine, fue la primera mujer del SOE enviada como operadora de radio a territorio enemigo. La noche del 16 al 17 de junio de 1943 un pequeño avión de enlace Westland Lysander la dejó en una pista de aterrizaje improvisada en el norte de Francia. Allí la estaban esperando miembros del grupo de resistencia conocido con el nombre en clave de Physician. Su llegada a París se produjo en el peor momento posible. La red Physician había sido infiltrada por agentes alemanes, y el SD (Sicherheitsdienst, “Servicio de Seguridad”, parte del imperio de las SS) se disponía a lanzar contra ella una campaña de hostigamiento, redadas y arrestos masivos. Seis semanas más tarde la organización había sido desmantelada casi en su totalidad. Por entonces, Noor, ocultándose bajo la identidad falsa de Jeanne-Marie Regnier, era la única operadora de radio de la organización de resistencia que aún no había sido capturada.

Los responsables de la Sección F trataron de organizar la evacuación de Noor, conscientes del peligro que corría, pero ella se negó a regresar a Londres y abandonar a sus compañeros franceses. Su trabajo era vital para mantener operativo lo que quedaba de la red y tratar de reconstruirla. Pero los británicos no eran los únicos que conocían la importancia de su misión. El SD tenía su descripción y conocía su nombre en clave, Madeleine. Los alemanes sabían que si lograban capturarla se cortarían definitivamente las comunicaciones entre Londres y una de las redes principales de la resistencia francesa. Noor se convirtió en el agente enemigo más buscado por servicios de seguridad alemanes en París. Se mantenía continuamente en movimiento, limitando sus comunicaciones por radio a unos pocos minutos cada vez para evitar ser localizada.

Noor logró burlar a sus perseguidores durante semanas, hasta que finalmente, a mediados de octubre, fue capturada por el SD. Parece que su arresto fue debido a una traición, aunque hay al menos dos versiones distintas sobre cómo ocurrió. Unos creen que fue traicionada por Henri Dericourt, un agente francés del SOE, ex piloto de la Fuerza Aérea Francesa, del que se sospecha que era un agente doble. Otros piensan que la entregó una resistente llamada Renée Garry, según se dice celosa por la relación de Noor con otro agente del SOE del que estaba enamorada.

Noor fue conducida al cuartel general de la Gestapo en París. Durante más de un mes fue sometida a continuos interrogatorios. No hay pruebas de que fuese torturada físicamente. Tampoco hay ninguna evidencia de que aceptase cooperar ni de que compartiese cualquier tipo de información con los alemanes. En realidad no fue necesario. Incumpliendo las normas de seguridad más elementales (posiblemente a causa de un entrenamiento deficiente y de la precipitación con la que se decidió su envío a Francia), Noor había guardado una copia de todos los mensajes que había intercambiado con el SOE. Cuando los agentes del SD encontraron sus cuadernos de notas, los alemanes pudieron utilizar toda aquella información para mantener las comunicaciones con Londres haciéndose pasar por Madeleine y haciéndoles creer que seguía en libertad.

Por lógica, al conocer el acoso al que estaban siendo sometidos sus agentes en Francia por parte del contraespionaje alemán, el SOE habría estado obligado a extremar las medidas de seguridad, pero de forma inexplicable en la Sección F se limitaron a dar por buenos los mensajes que recibían de la falsa Noor, sin más comprobaciones. Peor aún, una colaboradora francesa del SOE llamada Sonya Olschanezky (de nombre en clave Tania) se las había arreglado para alertar a Londres del arresto de Madeleine, pero al provenir de una agente de importancia secundaria el aviso no se consideró fiable y fue ignorado. Como resultado, las falsas transmisiones continuaron y tuvieron como consecuencia el arresto y la ejecución de un buen número de agentes del SOE en Francia, entre ellos la propia Olschanezky. Varios agentes enviados desde Inglaterra fueron capturados nada más pisar suelo francés.

El 25 de noviembre Noor fue descubierta cuando trataba de huir del edificio del SD en París a través del tejado aprovechando el caos que siguió a una alerta de ataque aéreo. Dos días después se decidió su traslado a la prisión de Pforzheim, en el sur de Alemania. Considerada una prisionera muy peligrosa, permaneció en total aislamiento los diez meses que estuvo allí encarcelada.

El 11 de septiembre de 1944 Noor Inyayat Khan fue trasladada desde Pforzheim al campo de concentración de Dachau junto a otras tres agentes capturadas del SOE, la británica Eliane Plewman y las francesas Yolande Beekman y Madeleine Damerment. Dos días más tarde, la mañana del 13 de septiembre, las cuatro mujeres fueron ejecutadas de un tiro en la nuca.

En el año 2012 se inauguró un busto de Noor Inayat Khan en el parque londinense de Gordon Square. Se dice que es el único monumento que existe en Gran Bretaña dedicado a una mujer musulmana.

El partido de su vida

Johnny Spillane era un jugador de béisbol. Jugaba en la posición de parador en corto (shortstop en inglés). Por el lugar que ocupa dentro del campo, el parador en corto es el encargado de atrapar un alto porcentaje de las bolas lanzadas por el bateador del equipo contrario. Por tanto es un puesto para el que se requieren unos buenos reflejos y mucha velocidad de reacción (tengo que aclarar que soy un completo ignorante en todo lo relacionado con el béisbol, así que pido disculpas si algo de lo que he escrito es incorrecto). En 1942 había conseguido el sueño de todo joven deportista estadounidense: una oferta profesional de uno de los equipos más poderosos del país, los St. Louis Cardinals. Pero Estados Unidos estaba en guerra, y Spillane decidió que su carrera deportiva podía esperar. Así que, en lugar de firmar con los Cardinals, se alistó en el Cuerpo de Marines.

Spillane fue destinado al 2º Batallón de Tractores Anfibios de la 2ª División de Marines. Allí fue formado como tripulante de un LVT. El Landing Vehicle Tracked (ese es el significado de las siglas LVT), apodado aligator, era un vehículo de asalto anfibio sobre orugas, sin blindaje (al menos en sus primeras versiones, como la que le tocó tripular a Spillane), concebido para transportar a una veintena de hombres desde los buques de transporte de tropas hasta las playas y continuar tierra adentro hasta alcanzar una posición segura.

En agosto de 1942 Spillane participó en las operaciones anfibias en Guadalcanal. Aunque aquella acabaría siendo una de las batallas más duras de la guerra en el Pacífico, los japoneses apenas opusieron resistencia a los desembarcos de los marines en las playas, por lo que el paso de Spillane por Guadalcanal fue relativamente tranquilo.

Muy diferente iba a ser la siguiente misión de la 2ª División de Marines, el desembarco en el pequeño atolón de Tarawa, en las islas Gilbert. Allí les esperaban más de cuatro mil soldados japoneses fuertemente armados, dispersos en bunkers y blocaos por toda la isla, con centenares de cañones y ametralladoras apuntando al océano, y dispuestos a impedir por todos los medios a su alcance que el enemigo pusiese el pie en la isla. Por si fuera poco, un arrecife que bordeaba toda la isla servía de barrera natural contra las lanchas de desembarco que pretendiesen alcanzar las playas.

El 20 de noviembre de 1943 Spillane participó con su LVT en la primera oleada de desembarco en Tarawa. Las peores predicciones se cumplieron, y gran parte de las lanchas se quedaron atrapadas en los arrecifes. Los aligators se convirtieron en el arma decisiva de la batalla. En medio de un infierno de fuego de artillería, morteros y ametralladoras, los LVTs tuvieron que maniobrar continuamente para transbordar a los hombres desde las lanchas inmovilizadas hasta la orilla, a unos cientos de metros de distancia.

Restos de un LVT en una playa de Tarawa:

Tarawa
En uno de aquellos viajes, cuando su aligator alcanzó la playa transportando a una veintena de marines, Spillane vio una granada volar por los aires y caer dentro del vehículo. Sin pararse a pensar, la recogió antes de que explotase y la lanzó hacia atrás, al mar. Una segunda granada cayó en el LVT y Spillane repitió la operación. Sin tiempo para reponerse del susto, una nueva granada aterrizó en el interior del aligator. Spillane la atrapó y alargó el brazo para lanzarla al agua. En ese momento la granada estalló.

La mano derecha de Spillane había desaparecido. Su compañero, el conductor del LVT, le hizo un torniquete en el brazo y le aplicó sobre la herida polvo de sulfa (sulfamida, el componente básico del botiquín del soldado estadounidense). Fue inmediatamente evacuado a un buque hospital, donde le amputaron lo que le quedaba del brazo destrozado, y de allí a Estados Unidos.

Johnny Spillane se resistió a abandonar el béisbol. Tras superar una larga convalecencia, comenzó a entrenar con la mano izquierda. Al final tuvo que asumir que su carrera deportiva había terminado. Sin embargo, la abandonó a lo grande, con un homenaje que le tributaron en su estadio los St. Louis Cardinals, el equipo con el que nunca llegó a debutar.

Hijos en guerras lejanas

Hace un tiempo conté la historia de Chiang Wei-kuo, el hijo (adoptivo) de Chiang Kai-shek, que sirvió como oficial en el ejército alemán y estuvo a punto de participar en la invasión de Polonia:


Pues si es chocante ver al hijo de Chiang Kai-shek posando en una fotografía con el uniforme de teniente de la Wehrmacht, lo es más si la ponemos junto a otra del hijo de su mayor enemigo luciendo el uniforme de teniente del Ejército Rojo soviético:


Mao Anying era hijo de Mao Zedong y su segunda esposa, Yang Kaihui. Nació el 24 octubre de 1922 en un hospital de misioneros cristianos de Changsha, la capital de la provincia china de Hunan. Un año más tarde el matrimonio tuvo a su segundo hijo, Mao Anqing, y seis años después nació el tercero, Mao Anlong. Aquella fue la única etapa en la vida del dirigente comunista en la que disfrutó de un hogar propiamente dicho. Pero sus obligaciones políticas le dejaban poco tiempo para estar con su familia. Cada vez con mayor frecuencia abandonaba durante meses a su mujer y sus hijos para emprender largos viajes por todo el país.

En 1927 los nacionalistas del Kuomitang tomaron Changsa. Mao dejó definitivamente a su familia para ponerse al frente de las guerrillas comunistas en la región. El abandono de su marido sumió a Yang Kaihui en una grave depresión. Llegó a pensar en el suicidio, aunque al final pudo más el amor por sus hijos y la responsabilidad de saber que solo la tenían a ella.

En 1930 los comunistas lanzaron una ofensiva contra Changsa. El intento de tomar el poder en la ciudad acabó en un completo desastre, y las guerrillas de Mao fueron derrotadas en unos pocos días de combates. Al finalizar la lucha, las fuerzas nacionalistas desataron una sangrienta represión contra los comunistas en toda la provincia. Yang Kaihui fue arrestada junto a Mao Anying, justo el día en que el niño cumplía ocho años. La madre fue ejecutada en presencia de su hijo mayor.

Tras la muerte de Yang Kaihui los tres hermanos se convirtieron en niños de la calle, condenados a dormir a la intemperie y a rebuscar en las basuras para comer. El pequeño, Anlong, murió de disentería con solo cuatro años. Hacia 1932 Anying y Anqing fueron acogidos por unos militantes comunistas de Shanghai. Las redes clandestinas de solidaridad comunista se hicieron cargo de la crianza y la educación de los dos niños. Mientras, su padre continuaba el ascenso al poder. Entre 1934 y 1935 el éxito de la Larga Marcha le convirtió en el líder absoluto de los comunistas chinos.

Fue entonces cuando Stalin fijó su atención en los hijos olvidados de Mao. En 1936 se ofreció a acoger a los dos niños en la Unión Soviética para proporcionarles una educación acorde con la relevancia política que había adquirido su padre (y de paso como modo de garantizarse una influencia en los asuntos futuros de China, aunque esto es de suponer que se lo callaría). Mao aceptó la invitación, y en 1936 Anying y Anqing llegaron a Moscú tras una breve estancia en París. Mao Anying vivió los siguientes diez años en la URSS. Su hermano pequeño tardaría aún más tiempo en regresar a China.

Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, Mao Anying dejó los estudios para unirse al Ejército Rojo con el nombre de Xie Liaosha. Durante la guerra alcanzó el rango de teniente de artillería. Su hermano Anqing también sirvió en el ejército soviético por un breve tiempo, pero tuvo que abandonarlo cuando empezó a manifestar los síntomas de una esquizofrenia. En 1946 Anying regresó a China y continuó su carrera militar en el Ejército Popular. Anqing volvió un año más tarde. Pasó buena parte del resto de su vida ingresado en sanatorios mentales.

En octubre de 1950 Mao Anying llegó a Corea como traductor de ruso y asistente del mariscal Peng Dehuai, comandante supremo del Ejército de Voluntarios del Pueblo (el nombre que recibió la fuerza expedicionaria china en la guerra de Corea). Un mes más tarde, el 25 de noviembre, un solitario bombardero A-26 de la Fuerza Aérea Sudafricana atacó con bombas de napalm un conjunto de trincheras y tiendas que resultó ser el cuartel general chino. Anying murió en el bombardeo. Tenía 28 años.

Maria Oktyabrskaya, la viuda vengadora


Maria Vasilievna Oktyabrskaya era hija de un matrimonio de campesinos de la península de Crimea. Cuando terminó los estudios secundarios encontró un trabajo de telefonista y se fue a vivir a Simferopol. Allí conoció a Ilya Ryadnenko, un joven cadete de la Academia de Caballería. Se casaron en 1925, cuando Maria tenía 20 años y estaba empleada en una fábrica de conservas. En los años posteriores el matrimonio se recorrió media Ucrania, cambiando de residencia cada vez que Ilya recibía un nuevo destino. Maria llevaba una vida tranquila y convencional. Participaba activamente en las asociaciones de mujeres de oficiales y era aficionada a la costura y a la decoración.

Bueno, puede que esté dando una imagen errónea de Maria. También era una mujer inquieta y decidida, y parece que por influencia de su esposo había adquirido cierta afición por los temas militares. Entre otras cosas, había completado cursos de enfermería, conducción de vehículos y manejo de armas. En cualquier caso, en aquella época nadie habría imaginado que iba a acabar convertida en una de las soldados más letales del Ejército Rojo.

Claro que lo que nadie sabía tampoco era que en junio de 1941 Hitler iba a ordenar la invasión de la Unión Soviética.

Un año antes Ilya había sido destinado a un regimiento de artillería con base en Chisinau, en el nuevo territorio soviético de Besarabia (la actual Moldavia). Aquello les situaba en medio de una de las principales rutas de invasión alemanas. Cuando comenzó el ataque Ilya fue movilizado para ir al frente, mientras Maria era evacuada junto a otros familiares de oficiales a la ciudad de Tomsk, en Siberia. Allí volvió a trabajar de telefonista, en la también evacuada Academia de Artillería de Leningrado. A finales de agosto Maria recibió la noticia de la muerte en combate de Ilya, alcanzado por una ráfaga de ametralladora durante la batalla de Kiev. Decidida a vengar a su esposo, se presentó voluntaria para ir al frente, pero fue rechazada por su edad (tenía ya 36 años) y por sus problemas de salud (sufría las secuelas de una tuberculosis).

Maria tuvo que buscar otra manera de llevar a cabo su venganza. Vendió todas sus posesiones y consiguió reunir el dinero suficiente para adquirir un tanque T-34 recién salido de fábrica y donarlo al Ejército Rojo. Aquello no era algo extraordinario. Muchos ciudadanos soviéticos, movidos por el patriotismo o el sentido del deber, compraban armas y vehículos de todo tipo (camiones, ambulancias...) para cederlos a las fuerzas armadas. Los más generosos, como Maria, podían llegar a gastarse todos sus ahorros en un tanque, e incluso hubo algún caso de cazas donados por particulares. El donante tenía el privilegio de bautizar el vehículo que entregaba. Maria eligió para su T-34 el nombre de Boyevaya Poduga (algo así como “Novia Combatiente”).

Pero si donar un tanque al Ejército Rojo no era algo excesivamente original, sí que lo fue la condición que puso Maria antes de hacer la entrega: que se le permitiese formar parte de su tripulación. El Comité de Defensa del Estado no se lo tuvo que pensar mucho para aceptar su propuesta, ya que inmediatamente se dieron cuenta de que las posibilidades propagandísticas de aquella historia eran enormes.

Maria Oktyabrskaya era la heroína perfecta. Casi parecía un personaje prefabricado: comunista convencida (su apellido, Oktyabrskaya, de “octubre”, no era el de nacimiento, y es de suponer que se lo cambió en honor a la Revolución), ama de casa y trabajadora, con una vida con la que se podían identificar millones y millones de mujeres soviéticas, y que lo abandonaba todo para luchar contra el invasor y vengar a su marido muerto. El hecho de que fuese una mujer suponía una ventaja a nivel propagandístico, aunque no demasiado destacable (en el Ejército Rojo sirvieron cientos de miles de mujeres, gran parte de ellas en unidades de primera línea, y muchas se hicieron famosas como pilotos, francotiradoras... y también tanquistas). Eran sus circunstancias particulares las que la convertían en un caso especial. Maria tenía casi 38 años cuando se alistó, una edad muy superior a la del resto de reclutas voluntarias. Comenzó un largo programa de entrenamiento de cinco meses de duración, cuando lo habitual era que las tripulaciones de tanques soviéticos recibiesen una formación básica de unas pocas semanas antes de ser enviadas a las unidades de primera línea. En septiembre de 1943 completó su formación como conductora-mecánica y fue destinada a la 26ª Brigada de Tanques de la Guardia. Podemos imaginar el escepticismo con el que la recibieron sus nuevos compañeros cuando llegó a su destino conduciendo su propio tanque, con las palabras Boyevaya Poduga pintadas en la torreta. Después de todo, estaba claro que su presencia allí se debía únicamente a una operación de propaganda.

Su bautismo de fuego llegó el 21 de octubre 1943, durante la ofensiva soviética que expulsó a los alemanes del área de Smolensko. Maria sorprendió a todos dirigiendo su tanque como una veterana, lanzándose al combate sin mostrar la más mínima vacilación. La valentía y el liderazgo que demostró en aquellos días le sirvieron para conseguir un ascenso a sargento.

La noche del 17 al 18 de noviembre la 26ª Brigada lanzó un ataque con el objetivo de recuperar la ciudad de Novoye Selo, en la región fronteriza entre Bielorrusia y Rusia. Durante el combate, un proyectil alcanzó una de las cadenas del Boyevaya Poduga, dejándolo inmovilizado en medio del campo de batalla. Maria y uno de sus compañeros salieron del tanque para hacer las reparaciones necesarias, mientras los otros dos tripulantes del T-34 les daban fuego de cobertura con las ametralladoras. Entre explosiones y balas silbando a su alrededor, Maria consiguió colocar la banda de rodadura y el tanque pudo reincorporarse al ataque. La leyenda de la sargento Oktyabrskaya continuaba creciendo. Si la prensa hacía ya tiempo que la había convertido en una heroína, ahora eran sus compañeros de armas los que reconocían su valor. Ya nadie la consideraba una creación de la propaganda soviética.

Los dos meses siguientes María participó en incontables combates en el este de Bielorrusia. El 17 de enero de 1944 el Boyevaya Poduga tomó parte en un ataque nocturno contra unas posiciones alemanas fuertemente defendidas en torno al pequeño pueblo de Shevedy, cerca de Vitebsk. Siempre en vanguardia, Maria condujo su tanque a través de las defensas alemanas, superando trincheras y nidos de ametralladoras. Después de destruir un cañón autopropulsado, el T-34 fue alcanzado en una de sus orugas y quedó inmovilizado. Una vez más Maria saltó de la torreta y comenzó a trabajar en medio del combate para volver a poner en marcha su tanque. Pero en aquella ocasión no tendría tanta suerte. Cuando estaba tratando de reparar la banda de rodadura, un fragmento de metralla la golpeó en la cabeza y la dejó inconsciente. Nunca llegaría a recuperar el conocimiento. Después de la batalla fue trasladada a un hospital de campaña en Smolensko. Allí moriría el 15 de marzo de 1944, después de casi dos meses en coma.

En agosto de 1944 Maria Oktyabrskaya fue distinguida póstumamente con el título de Heroína de la Unión Soviética en reconocimiento al valor que demostró en las duras batallas de tanques que se sucedieron en el otoño-invierno de 1943 entre Smolensko y Vitebsk.