Me voy de vacaciones, pero el blog sigue

En las próximas cuatro semanas estaré de vacaciones. En ese tiempo me voy a olvidar del blog, o al menos esa es mi intención. Lo de desconectar durante el mes de vacaciones ya lo hice otros años, pero antes de marcharme solía dejar programadas entradas para que se publicasen automáticamente cada pocos días. Eso es lo que haré también ahora. Algunos de los temas que he preparado están hechos a base de refritos de entradas antiguas, con añadidos y correcciones varias. Pero creo que han quedado bastante bien.

Por tanto, el blog seguirá teniendo actividad, pero yo estaré desaparecido hasta finales de agosto. Así que si veis que no respondo a los mensajes no os lo toméis como algo personal.

Un saludo.

El plan italoespañol para bombardear Gibraltar

A comienzos de junio de 1940, pocos días antes de la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, el ministro de Exteriores italiano Galeazzo Ciano escribió una carta al ministro de Gobernación español, Ramón Serrano Suñer, en la que explícitamente le solicitaba permiso para que bombarderos italianos repostasen en bases aéreas españolas ”al regreso de una importante acción de guerra”. En su respuesta, Serrano ofrecía la colaboración española “no sólo por una vez, sino por todas las que ustedes quieran”. El entusiasmo de Serrano contrastaba con la desconfianza con la que el ministro de Exteriores, Juan Beigbeder, veía las maniobras italianas para empujar a España hacia la beligerancia plena. Pero Ciano sabía a quién dirigirse. Había conocido a Serrano un año antes, durante un viaje oficial del ministro español a Italia, y ambos (Cuñadísimo y “yernísimo”) habían congeniado. Serrano le hizo algunas confidencias sorprendentes, como que ambicionaba el cargo de ministro de Exteriores (que por entonces ocupaba Jordana, un monárquico anglófilo), sugiriendo que Mussolini podría interceder ante Franco a su favor. Se mostró incondicionalmente pro-Eje y muy hostil hacia Gran Bretaña y Francia. Ciano se quedó impresionado por su energía y su elocuencia. Tanto él como Mussolini le consideraban ”el puntal más firme del Eje en el régimen de Franco”.

Lo que en principio iba a ser un simple permiso a una fuerza de bombardeo para repostar en el vuelo de regreso a Italia (en el mensaje original no se especificaba, pero era evidente que el objetivo iba a ser Gibraltar), en algún momento se convirtió en un plan para bombardear la colonia británica partiendo desde bases españolas. Aquello era un acto de guerra que, de descubrirse, pondría en grave peligro la recién declarada no beligerancia española. Puenteando al ministro de Exteriores, Serrano consiguió de Franco el permiso para iniciar los preparativos necesarios. El ministro del Aire era el general Juan Yagüe, falangista convencido, probablemente el único en el gobierno de Franco que podía competir con Serrano en lo que a pasión por el Eje se refiere. Yagüe era un abierto admirador del régimen nazi cuyo sueño era construir una Fuerza Aérea Española a imagen y semejanza de la Luftwaffe. Así que el ministro no tuvo ningún problema en aceptar la tarea de iniciar, con la mayor discreción, la colaboración con los italianos.

Un alto mando de la Regia Aeronautica, el general Ruggero Bonomi (que conocía España por haber participado en la Guerra Civil con la Aviazione Legionaria), viajó a Madrid para concretar los detalles del plan. Aunque no está claro qué reuniones mantuvo ni con quién, el hecho es que Bonomi consiguió el visto bueno de las autoridades españolas. El 29 de junio el comandante de la base aérea de El Carmolí, en Murcia, recibió la orden de preparar el aeródromo con el máximo secreto para la llegada inminente de dos escuadrillas de bombarderos italianos. La tarde del domingo 30 de junio aterrizaron en El Carmolí diez Savoia-Marchetti S.M.79 de las escuadrillas 204ª y 205ª del 41º Grupo de Bombardeo Terrestre, con base en Ciampino Norte, cerca de Roma. Al mando de la fuerza de ataque estaba el comandante Ettore Muti, que además de oficial de la Regia Aeronautica era el secretario del Partido Nacional Fascista (lo que indica la importancia política que el gobierno de Mussolini daba a la operación).

El comandante Ettore Muti, veterano de la Aviazione Legionaria, amigo personal de Galeazzo Ciano y alto cargo del partido fascista, fue el elegido para dirigir la misión:


Pero la llegada de los aviones italianos se produjo en el momento más inoportuno. Franco acababa de destituir al general Yagüe como ministro del Aire. La excusa oficial fue que Yagüe había hecho unos comentarios muy poco diplomáticos al embajador del Reino Unido, Samuel Hoare. El general le había espetado que Inglaterra estaba acabada y que merecía su derrota, provocando la indignación del gobierno británico. En realidad sus palabras no eran muy distintas a las que el propio Franco había dirigido a Hoare unos pocos días antes: “¿Por qué no acaban la guerra ahora? Nunca vencerán. Todo lo que sucederá, si se permite que la guerra continúe, es la destrucción de la civilización europea”. Aunque los motivos reales del cese de Yagüe aún no están del todo claros, parece ser que a Franco le llegaron informaciones sobre la participación del ministro en una conspiración militar que pretendía derrocarle. Yagüe llevaba tiempo criticando abiertamente a Franco y apoyando las posturas del falangismo más radical. Tras el cese fue confinado durante unos meses en su pueblo natal de San Leonardo, en Soria (más tarde renombrado San Leonardo de Yagüe en su honor).

Aunque la destitución de Yagüe no tenía ninguna relación directa con la misión de bombardeo a Gibraltar, acabó suponiendo su cancelación. Todo se había preparado al margen de los mandos locales y de la Región Aérea de Levante, que no tenían ningún conocimiento de la operación. Todas las órdenes venían directamente de Madrid. Pero Franco no había nombrado sucesor, por lo que en esos momentos no había nadie al frente del Ministerio del Aire español. El personal del aeródromo de El Carmolí esperaba la orden para proceder al repostaje y permitir el despegue de los bombarderos italianos. Aquella orden nunca llegó. Al parecer Ettore Muti voló a Madrid en un avión pilotado por un teniente español para tratar de conseguir la autorización, pero fue inútil. El jefe del Estado Mayor del Aire, prudentemente, se negó a dar la asistencia prometida a los italianos.

Finalmente se permitió a los bombarderos repostar para regresar a Italia. Se hizo de forma escalonada, en los dos días siguientes, en grupos de tres o cuatro aviones, para impedir que continuasen con su misión de bombardeo a pesar de la prohibición española.

El gobierno de Mussolini no volvió a comprometer la neutralidad española solicitando a Franco su colaboración directa para un raid contra Gibraltar. Aun así, el sucesor de Yagüe en el Ministerio del Aire, el general Juan Vigón, continuó dando facilidades a la Regia Aeronautica. Durante la guerra la aviación italiana bombardeó Gibraltar hasta en quince ocasiones. Fueron casi todas incursiones realizadas por pocos aparatos (a veces uno solo), que partían generalmente desde bases aéreas en Cerdeña. Siempre llegaban a su objetivo sobrevolando territorio español, sin que las autoridades españolas hiciesen nada por impedirlo ni presentasen la más mínima protesta. Al contrario, era habitual que en el vuelo de regreso los bombarderos italianos hiciesen escala en aeródromos españoles para repostar o efectuar reparaciones. La convención de La Haya obligaba a los países neutrales a internar aparatos y tripulantes hasta el final del conflicto cuando éstos hubiesen llegado a su territorio después de participar en una acción de guerra. Pero eso no se cumplía en el caso de los italianos, a los que se les permitía seguir su camino tras darles la asistencia que solicitaban.

La situación cambió a partir del 20 de octubre de 1942. Esa noche un bombardero italiano que participaba en una misión contra Gibraltar lanzó por error tres bombas sobre La Línea de la Concepción, causando dos muertos y doce heridos. Jordana, que había regresado al Ministerio de Exteriores sustituyendo a Serrano Suñer, vio la oportunidad de utilizar el incidente para reforzar la política de neutralidad española y consiguió el compromiso de Vigón de no permitir violaciones del espacio aéreo español por parte de la aviación italiana. Aun así, hubo otros dos ataques más, ya muy tardíos (junio de 1943 y junio de 1944, este último a cargo de aviones de la República de Saló) en los que los bombarderos sobrevolaron territorio español durante cientos de kilómetros sin ser molestados.

El teniente Georg informa de su muerte en combate

Aprovechando que Dunkerque está de moda, voy a recordar una anécdota bastante macabra y ya muy repetida, aunque curiosamente cuando la he visto relatada en español se suele confundir la nacionalidad del protagonista.

Ocurrió durante los combates a lo largo del canal Ypres-Comines, en la frontera entre Bélgica y Francia, el martes 28 de mayo de 1940. Tropas del 176º Regimiento de Infantería alemán habían logrado cruzar el canal cerca de Comines, y el 3er Batallón de Granaderos británico tuvo que lanzar un contraataque para expulsar al enemigo de la orilla izquierda y mantener abierta la ruta de escape de las fuerzas aliadas hacia el puerto de Dunkerque. En un momento dado, un comandante de compañía alemán se alzó para observar la situación con sus prismáticos y recibió un disparo en el pecho de un francotirador británico. El oficial cayó al suelo, pero instantes después se incorporó, se volvió hacia sus hombres, se cuadró, y les dijo: ”El teniente Georg da parte de su muerte en el campo de batalla”. A continuación volvió a caer desplomado, ya definitivamente.

Como dije al principio, es fácil encontrarse esta historia, pero con el teniente Georg convertido en un oficial británico (de hecho se suele presentar como ejemplo de flema británica). La anécdota la dio a conocer un libro ya clásico, En las arenas de Dunkerque, de Richard Collier, donde se relata acompañada de comentarios sobre la poca precaución de los oficiales alemanes hacia los francotiradores enemigos (cuenta que se paseaban entre las tropas con sus hebillas y sus botones relucientes, casi invitando a que les disparasen). Así que no sé de dónde puede venir la confusión.

Puede que sea porque el libro (de 1961) sigue la línea habitual en su época de resaltar casi exclusivamente los actos heroicos realizados por los británicos durante la retirada de Dunkerque. Cae en todos los mitos, empezando por el de la aplastante superioridad material alemana, e ignora los aspectos más vergonzosos, como los crímenes cometidos por las tropas en retirada contra la población civil belga, las deserciones, o los numerosos casos de tripulaciones que tuvieron que ser obligadas a participar en la evacuación a punta de fusil.

Un paseo por las nubes

La WAAF (Women's Auxiliary Air Force) era el cuerpo femenino de la Fuerza Aérea británica. Aunque no tenían permitido pilotar aviones ni formar parte de tripulaciones aéreas, decenas de miles de mujeres sirvieron en la RAF durante la guerra, ocupándose de todo tipo de tareas en centros de mando, estaciones de radar, centros de comunicaciones, equipos de análisis de inteligencia, servicios meteorológicos, talleres de mantenimiento y reparación de aeronaves...

A comienzos de 1945 la LACW (Leading Aircraftwoman, o soldado de primera) Margaret Horton estaba destinada en Hibaldstow, un aeródromo secundario de la base aérea de Kirton in Lindsey, en Lincolnshire. utilizado para tareas de entrenamiento. Allí trabajaba como mecánica en el mantenimiento de los cazas de la unidad de entrenamiento de la base.

El viernes 9 de febrero de 1945 amaneció frío y desapacible. Durante toda la mañana el tiempo estuvo revuelto, con vientos racheados y lluvias intermitentes. Margaret y sus compañeros terminaron de reparar un Supermarine Spitfire y, siguiendo la rutina habitual, uno de los instructores de vuelo de la base subió al avión para realizar un corto vuelo de prueba. En los días de viento, como aquel, el procedimiento marcaba que uno de los mecánicos debía sentarse sobre la cola mientras el aparato rodaba desde el hangar hasta la pista, para evitar que la parte trasera del avión se levantase. Cuando llegaba al comienzo de la pista, antes de iniciar el despegue, el piloto tenía que detenerse un momento para permitir que el mecánico saltase a tierra.

Cuando el Flight Leutnant (capitán) Neil Cox arrancó el motor del Spitfire, a Margaret le tocó subirse a la cola para hacer contrapeso. Así llegó al inicio de la pista de despegue, sentada sobre el estabilizador horizontal. Antes de comenzar a rodar por la pista, Cox detuvo por un instante el aparato e inició los controles rutinarios previos al despegue. En ese momento el piloto hizo un gesto casual con la mano, que Margaret interpretó como un “espera, no bajes todavía”. Instantes después, sin percatarse de que la chica aún seguía subida a la cola del avión, Cox aceleró e inició la maniobra de despegue.

Antes de que Margaret pudiese reaccionar, el Spitfire ya había tomado demasiada velocidad como para atreverse a saltar. Se aferró lo mejor que pudo a la aleta vertical, rodeándola con el torso por un lado y las piernas por el otro, y cerró los ojos mientras el avión comenzaba a separarse del suelo. En tierra una compañera suya vio lo ocurrido y fue corriendo a avisar a su sargento. El suboficial por un momento pensó que la chica estaba bromeando, pero su cara de susto no tardó en convencerle de que iba en serio. El hombre se dirigió a toda velocidad a la torre de control para informar de lo que estaba sucediendo. La torre envió un mensaje por radio al capitán Cox ordenándole que aterrizase cuanto antes, sin darle más explicaciones para no ponerle nervioso.

Mientras tanto, Cox había despegado y había ascendido hasta los 800 pies (unos 250 metros). Desde el primer momento notó que algo iba mal. Le había costado ganar altura, y le parecía que el avión estaba pesado y no respondía correctamente a los controles. Eran el peso de Margaret en la cola y el impulso instintivo que la obligaba a agarrarse, aunque fuese a los timones de profundidad o de dirección, los que provocaban el comportamiento irregular del aparato. Así que cuando Cox recibió el mensaje de la torre no necesitó nada más para convencerle de que lo que mejor que podía hacer era completar un circuito de pruebas cuanto antes y volver a aterrizar. Mientras estuvo en el aire, en ningún momento fue consciente de que llevaba una pasajera.

El caza aterrizó sin problemas, e instantes después una ambulancia cruzó la pista para trasladar a Margaret hasta la enfermería, aunque el único daño que había sufrido era una torcedura en un brazo y ella insistía en volver cuanto antes a su puesto.

La investigación oficial del incidente se cerró sin consecuencias para ninguno de los implicados, aunque la soldado Horton fue amonestada por sus superiores... por haber perdido su boina.

En los años posteriores Margaret Horton aceptó varias veces posar para la prensa subida en la cola de un Spitfire para recordar su involuntario paseo por las nubes.

El galés que cayó del cielo

Al alba del 9 de abril de 1940 comenzó la invasión alemana de Noruega. Pretendía ser una operación relámpago y por sorpresa, con varios desembarcos simultáneos en las principales ciudades que darían a la Wehrmacht el control del país en un solo día. En Oslo los buques alemanes fueron retenidos por el fuego de las baterías costeras noruegas, lo que retrasó el desembarco. Sin embargo, la ciudad fue ocupada sin muchos problemas por una fuerza de paracaidistas que había sido enviada a tomar el vecino aeródromo de Fornebu. Aunque no estaba previsto en el plan original, Oslo se convirtió en la primera capital de la historia conquistada mediante un asalto aerotransportado. Durante toda la mañana estuvieron llegando al Reino Unido noticias confusas y contradictorias sobre la situación en Noruega. Antes de tomar ninguna decisión, el Almirantazgo británico necesitaba saber qué estaba ocurriendo realmente en el país escandinavo.

Hacia el mediodía del 9 de abril un hidroavión Short Sunderland de patrulla marítima del 210th Squadron de la RAF recibió la orden de despegar de Invergordon, en Escocia, y dirigirse al mar del Norte. Cuando estaban sobre mar abierto, el capitán, el Flight Lieutnant Peter Kite, abrió las órdenes selladas. Su misión era efectuar un vuelo de reconocimiento sobre Oslo. Ningún miembro de la tripulación sabía que los alemanes habían ocupado ya la capital noruega, y que, por tanto, iban a sobrevolar territorio enemigo.

Un Short Sunderland de la RAF:


El Sunderland llegó a Oslo hacia las cinco y media de la tarde y comenzó a dar un amplio círculo sobre la ciudad a baja altura para tomar fotografías. Cuando sobrevolaba el puerto, las armas antiaéreas de los buques alemanes abrieron fuego. El hidroavión, grande y lento, eran un blanco fácil. El piloto intentó alejarse, pero antes de lograrlo ya había sido alcanzado por varios proyectiles. El avión comenzó a arder, aunque continuó volando rumbo al noroeste tratando de escapar.

Instantes después dos cazas bimotores Messerschmitt Me 110 despegaron del aeródromo de Fornebu para salir en persecución del intruso. Los cazas alemanes aceleraron al máximo para evitar que el Sunderland se ocultase en una masa de nubes. Lo alcanzaron a unos pocos kilómetros al oeste de Oslo, sobre Holsfjorden. Fijaron el fuego de sus ametralladoras en el hidroavión, que estaba ya muy dañado por los impactos de la artillería antiaérea, hasta que finalmente el aparato estalló en llamas y se estrelló en las montañas.

Los pilotos de los Me 110 eran los tenientes Werner Hansen y Helmut Lent. Ninguno de los dos llegaría vivo al final de la guerra. El Oberleutnant Hansen murió en 1941 derribado por fuego amigo. Helmut Lent llegaría a ser uno de los mayores ases de caza nocturna de la Luftwaffe, con 110 victorias. Murió en un accidente en 1944, volando como pasajero en un avión que se estrelló al aterrizar. Tuvo un funeral de estado presidido por el mismísimo mariscal Göring.

El Sunderland se estrelló en una zona muy accidentada al norte del pueblo de Sylling. Murieron nueve de sus diez tripulantes, los primeros soldados aliados que cayeron en la lucha por Noruega. El único superviviente fue el operador de radio, el sargento Ogwyn George, un galés de 21 años. George recordaba con bastante claridad el combate aéreo, durante el cual vio morir a varios de sus compañeros (su amigo James Barter murió en sus brazos). Hubo un momento en el que creyó ser el único tripulante que seguía con vida, cuando el avión estaba ya envuelto en llamas, pero para su desesperación los cazas alemanes no cesaban en su ataque y seguían disparando. Las llamas prendieron en sus ropas y le provocaron quemaduras graves en el torso, los brazos y la cara. Finalmente fue alcanzado por una bala en el hombro y salió despedido fuera del avión.

George sobrevivió a una caída libre, sin paracaídas, de unos quinientos metros. Aterrizó en una ladera cubierta de nieve profunda y continuó rodando decenas de metros hasta detenerse. Permaneció varias horas tirado en la nieve, semiinconsciente y sin poder moverse. Hubo un momento, ya de noche, en el que sintió cómo algo se acercaba a olisquearle. Tuvo miedo de que se tratase de un lobo, pero al final el animal dejó de interesarse por él y se alejó. A ratos creía estar en su casa de Gales, hasta que tenía algún golpe de lucidez que le hacía ser consciente de estar sufriendo alucinaciones.

Numerosos habitantes del valle vieron cómo se estrellaba el hidroavión. Un pequeño grupo de vecinos salió en dirección al lugar en el que había caído, pero la nieve inusualmente alta dificultaba su avance, y al caer la noche tuvieron que regresar sin haber conseguido llegar hasta los restos. Uno de aquellos hombres era el trabajador forestal Johan Bråthen. Ya en su casa, Bråthen no conseguía conciliar el sueño, pensando que podía haber alguien en la montaña necesitado de ayuda. Finalmente, a las dos de la madrugada, cogió sus esquís y se puso en marcha.

En la oscuridad de la noche George comenzó a sentir cómo algo se acercaba a él haciendo un extraño ruido. Desesperado y asustado, gritó: ”¡Jesús, si me quieres llévame ya!”. El misterioso sonido que le había aterrorizado era el que producían los esquís de Bråthen desplazándose sobre la nieve. Los gritos de George guiaron al noruego hasta él. Cuando llegó a su lado, George trató de incorporarse, pero no lo consiguió. Viendo que no iba a poder llevarle al pueblo él solo, Bråthen le indicó por señas que iría a buscar ayuda y que regresaría con más gente y un trineo. Cubrió al herido con su chaqueta e inició el camino de vuelta a Sylling.

Cuando regresó, acompañado de otros dos hombres, era ya de día. George pudo oír cómo cortaban ramas de los abetos para improvisar una camilla en el trineo. Cuando terminaron le colocaron sobre ella y le bajaron al valle. Un coche estaba esperándoles para trasladar al herido al hospital de Drammen. Aparte de las quemaduras y la herida en el hombro, George tenía gran parte de la cara destrozada. Los médicos noruegos consiguieron abrirle los conductos lagrimales y salvarle la vista, pero no pudieron hacer mucho más. Tuvo que esperar al final de la guerra y al regreso a casa para que le reconstruyesen el rostro con cirugía.

Ogwyn George estuvo cinco meses en el hospital de Drammen recuperándose de sus heridas. En el otoño de 1940 fue trasladado a Alemania y permaneció el resto de la guerra cautivo en un campo de prisioneros.

Más de treinta años después, en 1972, Ogwyn George y Johan Bråthen se reencontraron en el que por entonces era el programa estrella de la televisión pública noruega, presentado por el popular periodista Erik Bye.

Podéis ver el programa pinchando aquí.