El portaaviones de hielo

Habacuc (Habakkuk para los anglosajones) es el nombre de uno de los profetas menores del Antiguo Testamento. En el Capítulo 1, Versículo 5 del Libro de Habacuc se dice: "Mirad a las gentes, contemplad, quedad estupefactos, atónitos; Voy a hacer Yo una obra en vuestros días que no creeríais si se os contara". Leyendo esto se comprende por qué Habacuc fue el nombre elegido para uno de los proyectos secretos más sorprendentes de los que se pusieron en marcha durante la guerra.

La historia comienza en 1942. Ese año los submarinos alemanes consiguieron sus cifras más altas de barcos aliados hundidos en el Atlántico. La falta de portaaviones de escolta y la poca autonomía de la aviación con base en tierra convertían la mayor parte del Atlántico en zona de caza para los submarinos germanos. Estados Unidos acababa de entrar en la guerra, y la producción de acero y la construcción de buques de guerra eran insuficientes para cubrir todas las necesidades. Además en esos momentos la producción naval estadounidense iba destinada prioritariamente a la lucha contra los japoneses en el Pacífico. Tras estudiar el problema los británicos llegaron a la conclusión de que era necesario encontrar un material que pudiese sustituir al acero en la construcción naval y que fuese barato y fácil de conseguir. La solución la dio un excéntrico científico (así se le consideraba, aunque no está claro cuál era su especialidad) e inventor inglés llamado Geoffrey Pike, que propuso utilizar hielo para construir grandes buques portaaviones. Aunque la idea al principio fue acogida con escepticismo, a finales de 1942 el gobierno de Churchill dio por fin luz verde al inicio de los trabajos bajo la dirección de Lord Mountbatten, comandante del Mando del Operaciones Combinadas. Había nacido el Proyecto Habacuc.

El equipo de Pike tuvo que descartar el hielo normal y corriente, demasiado frágil y quebradizo para utilizarlo como material de construcción de buques de grandes dimensiones. Tras muchas pruebas dieron con la solución cuando descubrieron que añadiendo serrín al agua en una proporción del 14% antes de congelarla el hielo resultante presentaba una dureza extraordinaria, mucho mayor que el hielo convencional. Resultaba además más maleable y fácil de trabajar. A ese material, el hielo combinado con serrín, se le bautizó con el nombre de pykrete (palabra formada por la combinación del nombre del impulsor del proyecto, Geoffrey Pike, y concrete, hormigón en inglés).

El proyecto estuvo a punto de terminar antes de tiempo cuando Mountbatten decidió darlo a conocer al Estado Mayor británico. Sabiendo que iba a ser difícil convencerles sólo con informes y datos, Mountbatten tenía preparada una espectacular escenificación de las propiedades del pykrete. Durante la reunión hizo entrar a la sala un hacha y dos bloques de hielo, uno normal y otro tratado con serrín. Como se esperaba, el capitán encargado de la demostración no fue capaz de partir a hachazos el bloque de pykrete, pero la sorpresa llegó cuando tampoco pudo con el otro. Ante tal fracaso, el oficial sacó su pistola y disparó al bloque de hielo normal, destrozándolo. Pero cuando a continuación disparó al de pycrete, la bala rebotó en el bloque y acabó incrustándose en la pared después de rozar el hombro del Jefe del Estado Mayor Imperial.

La presentación, aunque estuvo a punto de acabar en tragedia, convenció a todos, y los trabajos continuaron con fuerza durante unos meses más. El equipo se trasladó a unas instalaciones secretas en la península canadiense de Terranova, donde las temperaturas se mantenían bajo cero buena parte del año, y donde tenían a su disposición toda la madera, agua y hielo que necesitasen para hacer las pruebas.

Allí fue diseñado un gigantesco buque portaaviones, con un desplazamiento de dos millones doscientas mil toneladas, con una pista de aterrizaje de más de seiscientos metros de longitud y casi cien de anchura. Tendría una tripulación de 3.500 hombres y podrían operar en él hasta 200 aviones. Las paredes del buque serían de 12 metros de espesor, con un sistema de tuberías de refrigeración que mantendrían constante su temperarura en 15 grados bajo cero para evitar la fusión del hielo.

Representación del portaaviones de hielo junto a otro portaaviones convencional, que nos sirve para hacernos una idea de las dimensiones que habría tenido el buque:


Los resultados de los trabajos eran esperanzadores, pero con el tiempo los motivos por los que había nacido el proyecto Habacuc fueron desapareciendo. La producción de acero y la construcción de buques aliados no habían hecho nada más que crecer, ya no había la escasez de los primeros años de la guerra. Además la entrada en servicio de un gran número de portaaviones de escolta, el uso de aviones de gran radio de acción y el desarrollo de las defensas antisubmarinas hicieron cada vez más seguras las rutas del Atlántico. En Europa la debilitada Luftwaffe ya no era rival para la aviación aliada, y no era necesario proteger los desembarcos en el continente con grandes portaaviones. Por todo ello, finalmente en abril de 1944 se decidió abandonar el proyecto. Se calculaba que aún faltaban dos años para finalizarlo y que costaría la friolera (nunca mejor dicho) de 70 millones de dólares. Demasiados recursos cuando la guerra se acercaba a su final y la construcción naval aliada había crecido hasta niveles impensables sólo dos años antes.

Poco antes de que se diese por finalizado el proyecto los técnicos completaron la construcción de una maqueta. En marzo de 1944 un "mini-Habacuc" de 18 metros de largo fue botado en el canadiense lago Patricia bajo una cubierta de madera, simulando una casa flotante para ponerlo a salvo de miradas indiscretas. El barco de hielo aguantó allí todo el verano siguiente, demostrando que el sistema de refrigeración interna podía haber funcionado. Pero con el paso de los meses los bloques de pykrete acabaron fundiéndose cuando se abandonó totalmente su mantenimiento. Sus restos todavía hoy los pueden visitar los submarinistas en el fondo del lago.

Dos fotografía tomadas durante la construcción de la maqueta con bloques de pykrete:

Jesús Hernández: Las cien mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial
http://www.darkroastedblend.com/2007/12/giant-iceberg-aircraft-carrier.html
http://en.wikipedia.org/wiki/Project_Habakkuk


Nonsei SGM está en Facebook

Pues eso. Hace unos días creé un grupo de Facebook y registré el blog en NetworkedBlogs, así que a partir de ahora hay dos nuevas formas de seguir Nonsei SGM.

Soy un novato en esto de las redes sociales, pero según lo veo yo, además de ser una manera de estar al día en las novedades en el blog, lo que aporta Facebook sobre todo es un lugar en el que todo el que quiera pueda expresar su opinión. El blog está abierto a los comentarios de todo el mundo, pero esos comentarios sólo se pueden hacer en cada una de las entradas. El grupo de Facebook da más libertad para que los lectores del blog puedan hablar de cualquier cuestión que les interese. Sé que vamos a ser cuatro gatos mal contados, pero por poco que se utilicen no veo ninguna razón para esperar más. Son simplemente nuevas opciones al servicio de todo el que quiera. Y si nadie quiere utilizarlas no pasa nada. Total, para lo que me han costado...

Saludos.

Cicerón


Elyesa Bazna nació en Prístina, la capital de Kosovo (en aquella época una provincia del Imperio Otomano) el 28 de julio de 1904. Su familia se trasladó a Constantinopla tras la guerra de los Balcanes, y posteriormente a Ankara, la capital del nuevo estado turco, después de la Primera Guerra Mundial. En su juventud Bazna fue un delincuente de poca monta, llegando a pasar por la cárcel alguna vez. Después probar varios oficios sin éxito (cerrajero, bombero, taxista...), se convirtió en criado de familias extranjeras, en su mayor parte diplomáticos destacados en Ankara.

A finales de 1942 entró a trabajar en casa de un alemán llamado Albert Jenke, ayudante del embajador Von Papen. El empleo no le duró mucho, ya que Jenke le despidió cuando comenzó a sospechar que Bazna leía su correspondencia. Al parecer ya había decidido que iba a utilizar su trabajo junto a diplomáticos para conseguir información y comerciar con ella, aunque según la versión del propio Bazna fue el incidente con Jenke el que le dio la idea de convertirse en espía. Su siguiente oportunidad la tuvo cuando consiguió el puesto de chófer del secretario de la embajada británica, Douglas Busk. Estando al servicio de Busk fue cuando comenzó a fotografiar los documentos diplomáticos a los que tenía acceso. Y entonces le tocó la lotería: recomendado por Busk, Bazna pasó a trabajar para el embajador Sir Hughe Knatchbull-Hugessen como ayuda de cámara. Trabajar de criado en casa del embajador británico era la oportunidad que estaba esperando, y decidió sacarle todo el provecho posible.

El 26 de octubre de 1943, poco después de entrar a trabajar en casa de sir Hughe, Bazna acudió a su antiguo señor, Albert Jenke, presentándose como el nuevo hombre de confianza del embajador inglés, y ofreciéndole documentos diplomáticos que había fotografiado en casa de Busk a cambio de 20.000 libras esterlinas. Jenke informó de la propuesta a Von Papen, pero el embajador no se tomó en serio la historia y no informó a los agentes del Abwehr en Ankara (Von Papen tenía experiencia los servicios de inteligencia, ya que había dirigido el espionaje alemán en Estados Unidos). Como el embajador no quiso acudir al Abwehr, Jenke dejó el tema en manos de Ludwig Moyzisch, un corresponsal de prensa austriaco que era también el agente local del SD, la sección de inteligencia exterior de la RSHA (Reichssicherheitshauptamt, "Oficina Central de Seguridad del Reich"), es decir, de las SS. Moyzisch, tras entrevistarse con Bazna y escuchar sus propuestas, acudió de nuevo a Von Papen para convencerle de que pidiese autorización a Berlín para hacer el pago. En esa segunda ocasión el embajador accedió a hacer el trámite, y en Berlín el Ministerio de Asuntos Exteriores decidió aprobar la compra de los documentos. Así fue como los primeros carretes de documentos diplomáticos británicos llegaron a manos de los alemanes, pagados en libras esterlinas por el Ministerio de Asuntos Exteriores, un detalle que tendrá su importancia en la historia, como veremos más adelante. Otro punto importante es que el Abwehr se quedó fuera de la operación: el control de Cicerón lo iba a tener el servicio de inteligencia exterior de la RSHA, dirigido por Walter Schellenberg.

Bazna decidió aprovechar al máximo la situación y conseguir durante el tiempo que pudiese la mayor cantidad posible de documentos secretos para vender a los alemanes. Bazna era servil, aparentemente insignificante, y hablaba poco inglés (con el embajador hablaba en francés, y nunca tenían conversaciones personales). Para Knatchbull su nuevo ayuda de cámara era alguien totalmente inofensivo con el que no necesitaba ninguna medida de seguridad especial. Además seguramente no vio necesidad de investigar los antecedentes de Bazna porque supuso que Busk ya lo habría hecho. Cuando iba a dormir el embajador se llevaba consigo la llave de la caja fuerte donde guardaba los documentos que pasaban por sus manos y la dejaba despreocupadamente en su mesilla de noche. En una ocasión, cuando el embajador se estaba dando un baño, Bazna (que había sido cerrajero, entre otros muchos oficios) hizo un molde en cera de la llave para hacerle un duplicado. A partir de entonces pudo fotografiar los documentos que el embajador guardaba en su caja fuerte. Así comenzó a entregar regularmente carretes fotográficos a Moyzisch a cambio de grandes sumas de dinero.

La información que suministraba Bazna era muy valiosa para el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Turquía era un país de gran importancia estratégica, que trataba de resistir las presiones de unos y otros para favorecer los intereses propios y perjudicar a los del enemigo. El embajador Von Papen, que enseguida pudo sacar provecho de las informaciones que le llegaron sobre la política aliada con respecto a Turquía, fue quien bautizó a Bazna con el nombre en clave de Cicerón, recordando la elocuencia del célebre orador romano. El ministro de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, al comienzo también estaba entusiasmado con la nueva fuente de información, pero pronto cambió de opinión y comenzó a desconfiar y a quitarle credibilidad, con argumentos como que quien sólo se movía por interés económico no era de fiar. En realidad lo que estaba detrás del escepticismo de Ribbentrop eran sus malas relaciones con los más beneficiados del éxito de Cicerón: Von Papen, por un lado, al que no podía ver delante, y el RSHA por otro, dirigido entonces por Ernst Kaltenbrunner. La luchas internas entre los servicios de inteligencia alemanes (RSHA y Abwehr) y dentro del propio Ministerio de Asuntos Exteriores (Von Papen y Von Ribbentrop) seguramente fueron el principal motivo por el de que la información suministrada por Cicerón no fuese prácticamente aprovechada. De ella se podía deducir que los aliados descartaban la intervención militar en los Balcanes e incluso se mencionaba la operación Overlord, la apertura del frente occidental. También consiguieron saber prácticamente todo lo que se dijeron los aliados en la conferencia de Teherán, en noviembre de 1943.

Entre noviembre de 1943 y marzo de 1944 Cicerón entregó regularmente a Moyzisch carretes con fotografías de documentos del máximo secreto, prácticamente toda la información importante que pasaba por la embajada británica en Ankara. En total los alemanes pagaron por ellos unas 300.000 libras. Por las primeras entregas Bazna recibió 20.000 libras, luego bajaron a 15.000 y finalmente 10.000, unas cifras astronómicas en la época. Pero si bien los primeros pagos los había hecho el Ministerio de Asuntos Exteriores, cuando Cicerón quedó definitivamente bajo el control de la RSHA fue esta organización la que se hizo cargo de los gastos. La RSHA financiaba en gran parte sus operaciones en el extranjero con dinero falso proveniente de la Operación Bernhard, el plan de las SS de falsificación masiva de libras esterlinas y otras divisas. Así que una gran parte de la fortuna que creía estar recibiendo Bazna de los alemanes eran en realidad billetes falsos.

En marzo de 1944 se hizo evidente que los ingleses estaban buscando una fuga de información en la embajada, cuando multiplicaron las medidas de seguridad. Lo que ocurrió fue que la oficina de la OSS estadounidense en Suiza tenía un informador en el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, un opositor a Hitler llamado Fritz Kolbe, que dio pruebas de que en la embajada británica en Ankara los alemanes tenían a su vez a un informador de la máxima importancia. Los norteamericanos alertaron a los ingleses, que inmediatamente iniciaron una investigación. Bazna no fue descubierto (los ingleses buscaban a un espía profesional, y descartaron al insignificante criado turco), pero la seguridad aumentó de tal modo que decidió no seguir arriesgándose y abandonó sus actividades. Hay otra versión de la historia que se encuentra en bastantes fuentes, según la cual Cicerón fue descubierto por la secretaria de Moyzisch, que era informadora de los servicios secretos estadounidenses. Será que siempre viene bien meter en la historia a una chica. La supuesta informadora se llamaba Cornelia Kapp. El hecho es que Cicerón no llegó a ser identificado hasta después de la guerra.

Al terminar el conflicto Bazna comenzó a gastar el dinero que había ganado. Mientras estuvo derrochándolo en mujeres no tuvo problema, pero llegó un momento en el que cometió el terrible error de querer invertir en negocios serios. Se asoció en la construcción de una estación de esquí en Bursa, en Turquía. Y entonces ocurrió lo impensable. Cuando uno de sus proveedores fue a ingresar en un banco suizo el dinero que le había dado Bazna, se encontró con que los suizos (que son más listos que nadie en estos asuntos) le rechazaban los billetes por falsos. Así descubrió Cicerón la razón por la que los alemanes habían sido tan generosos con él. De repente se encontró con que su fortuna no valía nada, con que el negocio en el que se había metido se hundía, y por si fuera poco con un montón de denuncias de todos aquellos a los que había estado pagando con dinero falso. Arruinado y acosado por las deudas, no se le ocurrió otra cosa que dirigirse al consulado alemán en Estambul para solicitar una compensación o una pensión por su trabajo para el espionaje nazi. Como es lógico no le hicieron ningún caso, ya que ni siquiera podía aportar ningún tipo de documento que lo probase. Se fue a vivir a Alemania, y allí siguió insistiendo durante años a las autoridades para que le reconocieran sus derechos, llegando a escribir una carta en 1954 al canciller Konrad Adenauer (de reconocido pasado antinazi) pidiéndole ayuda por los servicios prestados durante la guerra.

Cuando Ludwig Moyzisch escribió sus memorias la historia de la "operación Cicerón" salió a la luz y llamó la atención de Hollywood. Basándose en ella Joseph Leo Mankiewicz rodó Five Fingers, con James Mason interpretando el papel del espía turco. Bazna tampoco vio ni un céntimo por la película. En los años siguientes siguió luchando por recuperar "su" dinero, llegando al punto de demandar a la República Federal Alemana, reclamando sin éxito una indemnización de 1,7 millones de marcos. En sus últimos años se ganaba la vida trabajando de portero de noche en Munich. Murió pobre en 1970.

Fuentes:
Lawrence Malkin: El falsificador de Hitler
http://www.exordio.com/1939-1945/militaris/espionaje/ciceron.html
http://www.artehistoria.jcyl.es/batallas/contextos/5095.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Elyesa_Bazna


Espadas japonesas

En las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX, como parte de la occidentalización general en el equipamiento y en las formas de las fuerzas armadas japonesas (que por ejemplo es el contexto en el que se desarrolla la historia de la película El último samurai), el Ejército Imperial adoptó las espadas de estilo occidental, basadas en los sables de caballería europeos. Este es el sable Murato, también llamado Kyu-Guntô, que entró en servicio durante la guerra ruso-japonesa y se siguió utilizando por los oficiales del Ejército Imperial hasta mediados de los años treinta:


Pero fue entonces, en la primera mitad de la década de los 30, cuando el Ejército quiso recuperar en parte las formas tradicionales japonesas. Se establecieron especificaciones para las nuevas espadas de los oficiales, que tendrían que imitar el estilo tradicional. La primera espada de ese tipo fue la Tipo 94 Shin Guntô, que sustituyó a la Kyu Guntô como espada de los oficiales en 1934. A partir de 1938 se sustituyó por un modelo simplificado, con diferencias mínimas, la Tipo 98:


La Tipo 95 era una espada para suboficiales, hecha igualmente imitando las espadas tradicionales:


La Tipo 98 y la Tipo 95 se siguieron fabricando hasta el final de la guerra. Hablando en propiedad no se las puede considerar espadas tradicionales japonesas, ya que eran producidas industrialmente y no hechas a mano. Había artesanos que seguían fabricando espadas siguiendo los métodos tradicionales, y muchas de ellas fueron usadas por los oficiales que se las podían permitir. Algunos de estos talleres dependían del Ejército o la Marina. En comparación, las espadas oficiales fabricadas en serie para el Ejército eran pésimas copias. La diferencia en la calidad de la hoja y los complementos era abismal, y aumentó mucho más a medida que disminuía la calidad de las producidas industrialmente a causa la escasez de materias primas en Japón.

Oficial de la Guardia Imperial:


La Marina Imperial mantuvo más tiempo los sables de tipo europeo. La razón para ello era que a diferencia del Ejército, donde la espada era considerada una auténtica arma ofensiva, su uso por los oficiales de la Marina era casi exclusivamente ceremonial. Pero en octubre de 1937, tres años después de que lo hiciera el Ejército, la Marina adoptó también un modelo de espada de tipo tradicional, denominado Tachi Guntô. Las espadas de la Marina eran de una calidad muy superior a las del Ejército. Además no sufrieron la bajada de calidad que tuvieron las del Ejército durante la guerra.

Como comenté, las espadas japonesas, que se usaban a dos manos, no eran ni mucho menos elementos de uso ceremonial, a diferencia del resto de ejércitos del mundo en los que se conservaban los sables. Los oficiales eran adiestrados en el uso de la espada en los combates cuerpo a cuerpo, aprendiendo técnicas de lucha específicamente desarrolladas para ellos. En manos de un oficial japonés una espada era un arma temible.

Páginas de un manual sobre el manejo de la espada:


Como ejemplo de la letal eficacia de las espadas en manos de los oficiales japoneses y del respeto que les tenían sus enemigos, esto es lo que se decía en una publicación de 1943 dirigida a los oficiales del Ejército estadounidense titulada The Jap Soldier:

"Los oficiales japoneses todavía portan viejas espadas. Los verán conducir a sus tropas agitando sus espadas, igual que en los viejas películas. Dispárenles tan rápido como puedan, porque esas espadas pueden rebanar a un hombre desde el cuello hasta la cadera de un solo y limpio corte vertical”.

Fotografía tomada en pleno combate en la que se ve a uno de los soldados japoneses (posiblemente un suboficial) blandiendo su espada:


Para finalizar, este tema es una buena excusa para poner una foto que tenía guardada desde hacía tiempo: un oficial japonés comiendo un caramelo (para que parezca que viene a cuento, añadiré que la espada es posiblemente una Tipo 94):




Fuentes:


Bletchley Park

Al estallar la guerra en septiembre de 1939 los criptoanalistas ingleses no partían de cero en su trabajo de descifrar las comunicaciones alemanas, ya que podían continuar los trabajos de los polacos, que habían logrado importantes progresos en los meses anteriores en su lucha contra la cifra Enigma.

La agencia de cifrado inglesa era conocida como la Sala 40, por la oficina del Ministerio de Marina donde se alojaba inicialmente. Cuando estalló la guerra se pensó con razón que la Sala 40 se había quedado pequeña para el volumen y la complejidad del trabajo que esperaba a los criptoanalistas británicos. La Sala 40 desapareció y fue sustituida por la CG&CS, Government Code and Cypher School (Escuela Gubernamental de Códigos y Cifras). La sede escogida para acoger al nuevo organismo fue Bletchley Park, una mansión victoriana en Buckinghamshire:


En un principio trabajaban en la CG&CS unas doscientas personas, pero llegaron a ser setecientas al final de la guerra. Alrededor de la mansión principal se construyeron una serie de cobertizos de madera para albergar distintos grupos de trabajo. La evolución de las técnicas criptográficas y la aparición de las máquinas de cifrado también se notó en el personal: si entre los expertos de la Sala 40 eran mayoría los lingüistas, los nuevos criptoanalistas de Bletchley Park fueron reclutados en las universidades entre matemáticos y científicos.

Durante el otoño de 1939 los trabajadores de Bletchley Park se familializaron con la cifra Enigma y las técnicas de descifrado polacas. Tenían muchos más medios, y pronto lograron resultados. Cada día se empezaba de cero, cuando los alemanes cambiaban la clave, sin que valiese para nada el trabajo del día anterior. Con el tiempo, los criptoanalistas británicos comenzaron a encontrar atajos que les facilitaban su labor. Por ejemplo, se dieron cuenta de que los alemanes nunca repetían la posición de un modificador dos días seguidos. Por ejemplo, con una disposición de modificadores 2-1-5, al día siguiente no podía seguirle 2-3-1, porque el primer modificador continuaría en el 2. Igualmente, en el clavijero estaba prohibido intercambiar dos letras consecutivas (la B con la C, por ejemplo). Estas medidas, que parecían aumentar la seguridad evitando repeticiones y disposiciones obvias, en realidad facilitaban el trabajo de los descifradores, al permitirles descartar gran número de disposiciones posibles.

También empezaron a reconocer claves que ciertos operadores de Enigma utilizaban más habitualmente. Podían ser letras consecutivas en el teclado, como QWE, o grupos de letras sin significado conocido pero que al operador “le gustaban” especialmente. En momentos de tensión, el operador no se rompía la cabeza eligiendo una clave y tecleaba la primera que se le pasase por la cabeza.

Este tipo de atajos eran conocidos como “cillis”. No se sabe de dónde viene la palabra, pero es posible que su origen estuviese en una clave de mensaje que se repetía con especial frecuencia, CIL (¿las iniciales de la novia de un operador de Enigma?).

Otras herramientas que facilitaban el trabajo de los descifradores británicos eran los llamados “puntales”. Un puntal es un fragmento de texto cifrado al que se le puede suponer con cierta seguridad su correspondencia con un texto llano. Por ejemplo, un encabezamiento de mensaje. Si todos los días a la misma hora la Luftwaffe enviaba el parte meteorológico en un mensaje cifrado y con el mismo encabezamiento, los analistas ingleses podían disponer de un fragmento de mensaje al que le podían dar con bastante seguridad un significado, y que les podía servir para encontrar la clave.

Criptoanalistas trabajando en una de las dependencias de Bletchley Park:


Las técnicas de descifrado no podían permanecer inalteradas durante mucho tiempo. Durante la guerra los alemanes fueron mejorando la seguridad de la Enigma, aumentando su complejidad técnica y variando su forma de uso. Los criptoanalistas británicos tenían que responder a esos cambios variando ellos también su forma de trabajar. Una dependencia importante en Bletchley Park era lo que llamaban el “centro de reflexión”, una sala donde los expertos se planteaban los nuevos problemas y buscaban las posibles soluciones.

Uno de esos expertos destacó por encima de los demás. pero esa historia la contaré en otra entrada. Algún día.


Fuentes:
Simon Sighn: Los códigos secretos
http://enigma.wikispaces.com/file/list