Los locos de Wingate

Como comenté anteriormente, la propaganda británica convirtió a Wingate y sus Chindits en héroes. Era una historia de personajes pintorescos en un escenario exótico, una forma de hacer la guerra novedosa y arriesgada que supuestamente había logrado una gran victoria y prometía más para el futuro.

El siguiente texto es un ejemplo de ello. Tengo el número de enero de 1944 de la edición en español de Selecciones del Reader's Digest, en el que hay un artículo dedicado a Wingate y los Chindits, que narra su primera incursión en Birmania (Wingate moriría poco después de la publicación de este artículo, en el mes de marzo, cuando se había convertido en uno de los militares británicos más populares). Tiene un estilo algo ingenuo, además de un cierto tono racista, y varias de las situaciones y personajes descritos son poco creíbles. De todas formas me parece un documento interesante. Os recuerdo que fue escrito hace 66 años, en plena guerra, y las exageraciones e inexactitudes que podáis encontrar le dan más valor al texto, ya que, además de contarnos la historia de los Chindits, también nos muestra cómo se adornaba para crear un mito y fabricar unos héroes.


Los locos de Wingate


Audaz incursión de un caudillo en Birmania

Hace algunos meses, ocho columnas inglesas, mandadas por el general de brigada Charles Orde Wingate, de treinta y nueve años de edad, marcharon secretamente de la India a Birmania, atravesando las líneas japonesas, y sembrando por más de tres meses la confusión y el pánico entre los alarmados nipones. Movíanse éstos con frenética agitación de acá para allá, como las abejas de un panal desbaratado, buscando y persiguiendo a los atrevidos irruptores, pero nunca pudieron atraparlos ni alcanzarlos. Las guerrillas de Wingate barrían las avanzadas japonesas, volaban parques, puentes y ferrocarriles y destruían aeródromos y carreteras.

Los Chindits (nombre que Wingate dio a sus soldados, tomándolo del de los dragones que guardan los templos de Birmania) penetraron cerca de 500 kilómetros en el territorio ocupado por los japoneses, y efectuaron una heroica retirada a la India. Las bajas que tuvieron no alcanzaron ni aun al mínimo que los jefes más optimistas habían calculado.

Aquella expedición es sin duda uno de los episodios más novelescos de la guerra actual. He aquí sus resultados: alivió a los chinos de parte de la presión que sobre ellos ejercían las fuerzas japonesas; obtuvo valiosos datos que la RAF aprovechó para varias irrupciones devastadoras; estorbó el avance de los japoneses, y, probablemente, hasta impidió la invasión de la India. Sirvió, sobre todo, de ejemplo de la táctica que debe adoptarse para la reconquista de Birmania y de la preparación que ha de darse a las tropas que tomen parte en ella. Los gurkas, birmanos e ingleses que componían esa expedición demostraron que los japoneses no eran ya amos invencibles ni irresistibles de la selva.

El regimiento inglés de los Chindits de Wingate lo formaban tropas de segunda línea, compuestas, en su mayoría, de hombres casados, de veintiocho a treinta y cinco años de edad, reclutados en el norte de Inglaterra. "Tendrán ustedes que volverse unos Tarzanes", les dijo Wingate a estos soldados, y los tuvo seis meses enteros en las selvas de la India, ejercitándolos, bajo una temperatura abrasadora, en el paso de ríos, en la infiltración de las líneas enemigas, en largas machas con equipo pesado. Así sacó de ellos tropas de asalto bien instruídas, resueltas, capaces de sobrellevar la mayores fatigas. De lo riguroso de tal programa, podrá juzgarse por lo que decía un soldado al volver de la incursión: "Comparada con los meses de instrucción, toda la campaña fue tortas y pan pintado":

A los oficiales los sometió igualmente Wingate a un interminable curso de aplicación, en el cual les tocaba resolver problemas, no en el mapa, sino en el terreno. Andando el tiempo, estos oficiales tuvieron la satisfacción de ver que ninguna de las situaciones tácticas que se les presentaron en Birmania los cogía de sorpresa, pues todas correspondían a alguna de las que se habían ejercitado en resolver prácticamente.

El Mariscal Wavell pasó revista a los Chindits cuando estaban a punto de partir de la India. Les rindió el significativo homenaje de saludarlos antes de que ellos lo saludaran a él. Bien sabía, como lo sabía todo el mundo, que, a cuantos cayesen heridos o enfermos habría que abandonarlos probablemente en poder de los japoneses.

El paso del río Chindwin, de 800 metros de ancho, límite entre las tierras ocupadas por los nipones y las ocupadas por los ingleses, fue el primer tropiezo serio de la expedición. Las tropas enviadas a reconocer las inmediaciones volvieron con la noticia de que no había ni rastro de japoneses en varias leguas a la redonda. El material de campaña pesado se pasó en champanes, botes de caucho y canoas. Jefes, oficiales y soldados se desnudaron y pasaron a nado. El cruce duró toda una noche, todo un día y la mitad de la noche siguiente. Wingate tiró su casco y su ropa al interior de la última canoa, y se arrojó a la impetuosa corriente.

Los Chindits atravesaron densas selvas, treparon a altas cuchillas por cuestas escabrosas, bordearon precipicios, bajaron a valles profundos cubiertos de yerba que los tapaba. Hallaron esqueletos que jalonaban el camino por donde las tropas de las Naciones Unidas se habían retirado el verano anterior.

Wingate evitaba las trochas conocidas. Prefería casi siempre abrirse su propio camino a través de la espesura. A veces hacía veredas falsas para engañar al enemigo; pero su regla general era avanzar con la mayor rapidez posible. Las patrullas japonesas andaban a menudo tan cerca, que sus soldados se daban de manos a boca con las avanzadas de Wingate, en medio del bosque. El tiroteo era caso continuo. Los Chindits dieron muerte a más de 1.000 japoneses. El grueso de las fuerzas japonesas no pudo alcanzarlos nunca.

Con frecuencia los Chindits recorrían 48 kilómetros en un día con la temperatura a 40 grados centígrados. Wingate, siempre alerta, no permitía que se desperdiciara ni un solo instante. Prohibió a los soldados afeitarse, para que no perdiesen diez minutos de sueño. Sostenía que el mejor modo de conservar la salud era estar siempre en marcha. Y quizá tuviera razón, pues muy contados fueron los casos de malaria que hubo.

A la cabeza de cada columna iba una jauría de perros, enseñados a olfatear el rastro de los japoneses. Las ocho columnas se mantenían en comunicación constante entre sí por medio de la radio, palomas y perros mensajeros, y reclamos simulados de pájaros. En elefantes montados por cornacs birmanos, iban los obuses, los antiaéreos, los botes plegadizos y los aparatos de telegrafía sin hilos. Venían luego los caballos y los soldados, después las mulas. Finalmente, en la retaguardia, carros cargados de ametralladoras, fusiles ametralladores y ordinarios, granadas y municiones, tirados por bueyes. Cada columna tenía como 1.600 metros de largo. "Esto se parece al arca de Noé", decía uno de los soldados al ver trepar por una cuesta la larga fila de hombres y bestias. En los bosques, el ruido de la marcha no se oía a 200 metros de distancia, pues la espesura amortiguaba los ruidos.

Los Chindits llevaban zapatos de deporte con suela de caucho, sombrero alón australiano, una tela de mosquitero por cabeza y nuca, y machete al cinto. Cada uno de ellos entró en Birmania con una ración de paracaidista para seis días en la mochila. Los aeroplanos continuaron abasteciéndolos desde el aire. Recibieron durante la jornada un total de 225 toneladas métricas de provisiones.

Con cada columna iba un oficial de la RAF, para escoger los lugares donde se debían dejar caer los víveres y otros abastecimientos. Elegía, por lo común, arrozales, cauces secos de ríos, claros de yerba y malezas pisoteadas por los animales. Por medio de comunicaciones en clave se avisaba a la base aérea de Asam cuándo y a dónde debía enviar los suministros. El humo de grandes fogatas guiaba a los aviadores durante el día; señales luminosas durante la noche. Los enormes aviones descendían hasta 45 metros del suelo a arrojar sus cargamentos de armas, municiones, dinamita y latas de carne, galletas, dátiles, pasas, té, azúcar, sal y tabletas de vitamina C. La única rotura que hubo que lamentar fue la de una botella de ron.

La RAF ponía heroico empeño en suministrar a los expedicionarios cuanto pedían. Hubo quien pidió una biografía de Bernard Shaw; otro, una botella de whiskey irlandés para celebrar el día de San Patricio; un tercero, un monóculo; un cuarto, una dentadura postiza y un faldellín escocés. Dos radiotelegrafistas fueron por avión a reemplazar a dos de sus compañeros que enfermaron. Uno de los oficiales, a quien los japoneses tenían rodeado, hizo que la RAF le enviara un testamento ya redactado para firmarlo. El principal restaurante de Calcuta trabajó toda una noche preparando 180 kilos de chocolate que pidieron los Chindits, y que los aviones les arrojaron al día siguiente en Birmania, después de volar más de 1.100 kilómetros.

Un grupo de Chindits llegó en cierta ocasión al vivac de unas fuerzas japonesas que habían salido por la mañana. Los Chindits no encontraron sino a los cocineros birmanos, que estaban muy atareados preparando la comida. Los hombres de Wingate comieron hasta hartarse, muy obsequiosamente servidos por los guisanderos birmanos, y lo que no comieron, se lo llevaron.

La expedición había penetrado hasta 190 kilómetros de la carretera de Birmania cuando recibió órdenes de regresar. Al llegar en su contramarcha al río Irauaddi, en una noche fría de luna, los japoneses, apostados en la orilla opuesta, empezaron a hacer nutrido fuego de obuses y ametralladoras. Wingate hubiera podido forzar el paso del río y desalojar al enemigo; pero a costa de muchas vidas. De pie en la orilla del río, examinando la situación serena y perspicazmente, con su luenga y tupida barba y una frazada que le caía en los hombros como un manto, hacía pensar en los profetas de antaño. Con la rapidez de la intuición vio al punto lo que más convenía hacer. Ordenó a los Chindits que se dispersaran en grupos de unos 40 hombres y se internaran en los bosques por diversas partes, a fin de desconcertar al enemigo, y y que luego descendiesen a la orilla y fuesen cruzando a hurtadillas por diferentes puntos. A las 48 horas, todos habían cruzado. Enterraron los aparatos de radio, destruyeromn todo el equipo pesado que llevaban y emprendieron la marcha de cerca de 500 kilómetros que debían hacer para regresar a la India.

Sin radio, ya no podían recibir abastecimientos por avión, pues los aviadores no sabían a dónde llevarlos. Los Chindits se comieron primero los bueyes y las mulas, y luego siguieron viviendo de arroz, culebras, buitres, hojas, raíces y sopa de yerba. Perseguidos sin cesar por los japoneses, tenían que desviarse de los pocos manantiales que había, y a veces pasaban varios días sin más agua que uno que otro trago sacado de canutos de bambú. Sabiendo que la seguridad de la expedición dependía de la rapidez de la marcha, Wingate forzaba a su gente a avanzar casi sin tregua.

Después de la aventura, dieron afectuosamente a los Chindits los nombres de "El Circo de Wingate", "Los Locos de Wingate", "La Chusma de Wingate". Los jefes y oficiales eran tipos curiosos, casi todos sujetos recios y atrevidos, avezados al servicio de "comando". Mike Calvert, llamado "El Loco Mike" y "Mike Dinamita", es perito en minas de trampa y en la demolición de edificios viejos; artista en cuyos ojos brilla la inspiración cuando habla de dinamita y pólvora. Aún no ha cumplido treinta años, y casi no hay teatro de la guerra en que no haya servido detrás del frente enemigo.

El mayor Bernard Ferguson, que jamás se quita el monóculo, abandonó su descansada plaza en la plana mayor de un regimiento de escoceses para ir a tirarle de las orejas al Mikado. "Me he pasado la vida soñando con volar puentes", decía jubiloso al ver dispararse por los aires los fragmentos del de la cañada de Bonchaung. Para leer en el monte, Ferguson llevó consigo una de las novelas de Trollope. "Nos fumamos todas las 600 páginas", decía, "pues, aunque teníamos picadura en abundancia, se nos acabó el papel de cigarrillos".

Al teniente Geoffrey Lockett, que había sido comerciante de vinos en Liverpool, lo llamaban "la maravilla desdentada del faldellín". Sin dientes y con la barba hasta la cintura (diz que para asustar a los japoneses), se empecinó en hacer toda la campaña sin quitarse sus enagüillas escocesas.

Uno de los voluntarios de la expedición era el norteamericano James Gibson, teniente de aviación, a quien sus compañeros pusieron el apodo de "Carolina". "Estoy cansado", decía, "de matar japoneses al vuelo. Quiero ver la cara que ponen esos malvados enanos cuando les entran las balas".

En el abigarrado personal de Wingate figuraban un príncipe birmano; un ex historiador de Oxford; el teniente William Edge, muy versado en la preparación de bistecs de búfalo; y el sargento escocés de comandos Robert Blain, que, cuando la situación se ponía muy negra, decía filosóficamente: "Como dice mi abuelita, ëstas son cosas que el cielo nos manda para probarnos".

Cuando Wingate regresó, le dieron en la India el apodo, o título, de "Lawrence de Birmania". Sus fabulosas hazañas de guerrillero ya le habían valido los de Lawrence de Judea" y "Lawrence de Etiopía". En Inglaterra la gente lo llama hoy a secas "El nuevo Lawrence". Y hasta da la casualidad de que Wingate es pariente del famoso "Lawrence de Arabia". Parece que el ejército inglés tiene la virtud de producir uno de estos excéntricos genios militares en cada generación: Clive de la India, Gordon "el Chino", Lawrence de Arabia.

Wingate es general "de Biblia y espada", de fe profunda en la eficacia de la oración, místico de la escuela de los yoguis, y soldado aguerrido que se complace en pelear por pelear. Siempre principia el día con una oración. A menudo emplea como cifra palabras y frases bíblicas. La espada, la Biblia y la adaptabilidad a la vida de los pueblos más extraños parecen ser atributos congénitos de la índole y la mentalidad de Wingate. Su padre sirvió treinta y dos años en el Ejército inglés de la India, y cuando se retiró del servicio fundó una misión entre los patanos. La madre de Wingate era profundamente religiosa y lo educó con puritana rigidez.

Wingate tiene la cara angulosa y descarnada del intelectual, ojos gargos penetrantes, nariz delgada huesuda, boca austera, mentón saliente y pelo rubio que empieza a encanecer. En Birmania llevaba camisa andrajosa de monte, pantalón de pana burda y un casco pasado de moda que parecía un tarro encasquetado en la cabeza. Profesa la teoría de que el ser humano es capaz de almacenar energía como el camello acumula agua de reserva. En campaña, marcha semanas enteras sin dormir más que unas pocas horas por día. Ahora, eso sí, cuando la campaña termina, se pasa días seguidos durmiendo, o abstraído en extática contemplación. Una de sus manías es la conservación de la robustez del cuerpo. No fuma. En las marchas, se le ve a menudo mascando cebollas crudas, pues cree firmemente que tienen grandes virtudes preservativas de la salud. Todas las noches se frota la espalda con un cepillo de caucho.

En un profesional de las armas como Wingate, sorprende ver la variedad de asuntos en que se interesa. Por la mañana se le oye tararear canciones árabes. Tiene pasión por la música, y se pasa horas enteras escuchando sinfonías fonográficas tendido en el suelo. Sus gustos literarios van desde Shakespeare hasta las tiras cómicas de los periódicos dominicales, aunque prefiere la lectura seria.

Conoció a su bella esposa en el Mediterráneo, a bordo de un vapor. Ella tenía quince años; él, treinta. "Vino derecho hacia mí", dice Wingate, "y me dijo sin empacho: Usted es el hombre con quien me voy a casar. Como estábamos de acuerdo no hubo discusión. Aquello fue como la ejecución de un doble y mancomunado plan de campaña".

Wingate habla como una enciclopedia. Entre los jefes y oficiales discurre sobre los ascetas yoguis de la INdia, los hábitos sociales de la hiena, la conducta de una mosca tapada con un dedal, los cuadros de los pintores del siglo XVIII, o el mejor modo de ganar la guerra. En Etiopía sorprendió una vez a un grupo de oficiales con una verdadera conferencia sobre la caza de hienas con pistola en noches de luna.

Wingate no respeta títulos ni categorías militares. Su indiscreción no tiene límites. Sin temor y sin ambajes sermonea a sus superiores cuando cree que han cometido equivocaciones. Quizá sea el único jefe inglés de los tiempos modernos que se haya valido de la antigua prerrogativa de presentar por escrito al rey quejas acerca de jefes de mayor graduación. Sus ideas anárquicas han despertado la ira de muchos militares encopetados, que lo miran de reojo y aun lo creen un poco desequilibrado. "Pues, hombre", le decía él a un amigo, "yo no estoy tan loco como la gente se figura".

En 1938 se le otorgó en Palestina la condecoración de la Orden de Servicios Distinguidos (a la cual ha agregado ya dos galones), por haber mandado los destacamentos que exterminaron las cuadrillas de terroristas árabes a sueldo del Eje. En Etiopía se granjeó la admiración y el apoyo de las tribus con una serie de irrupciones atrevidas en territorios ocupados por fuerzas italianas muy superiores a las suyas.

Es uno de los pocos blancos que en esta guerra han logrado cautivar el ánimo de los naturales de tierras de mentalidad primitiva. Lleva siempre consigo un multígrafo, un altavoz y un grupo de hábiles propagandistas nativos. En todos los pueblos de Birmania y Etiopía se detenía siempre lo suficiente para repartir hojas volantes y perifonear una proclama en lenguaje tan sencillo como pintoresco. "Los hombres misteriosos que han venido a visitaros", decía a los birmanos, "pueden llamar en su auxilio, de regiones remotas, grandes e incomprensibles poderes aéreos, y os libertarán de los feroces y ceñudos japoneses". Los birmanos le dieron reverentemente el título de "Señor Protector de las Pagodas". De buena gana guiaron a los Chindits por trochas secretas, y ni una palabra dijeron a los japoneses acerca de la expedición. Sin esta valiosa ayuda, es probable que el enemigo hubiera descubierto y aniquilado a los irruptores.

La campaña de Etiopía fue desde el principio hasta el fin una "función" típica del "género dramático" Wingate: una sucesión de acometidas temerarias, fanfarronadas, sorpresas y triunfos. Con sólo 800 ascaris etíopes y sudaneses, tomó por asalto varias fortificaciones italianas en una serie de ataques impetuosos. Uniéronsele algunos núcleos de las fuerzas auxiliares de Etiopía, compuestos de negros puros, a los cuales Wingate dio el calificativo de "patriotas". Esta miniatura de ejército causó a los italianos como 40.000 bajas, entre muertos y prisioneros. En mayo de 1941 entró Wingate a Addis Abeba, en un hermoso caballo blanco, al lado de Haile Selassie.

Las hazañas de Wingate en Etiopía causaron tan buena impresión en el mariscal Wavell, que éste lo llamó a la India en el otoño de 1942, lo ascendió a general de brigada, y le dio plena autoridad para que organizara un cuerpo de asalto destinado a formar la vanguardia del ejército inglés en la reconquista de Birmania.

"Los japoneses", dice Wingate, "no son superhombres, ni mucho menos. Sus planes y operaciones militares no manifiestan ser fruto de inteligencias superiores. La guerra en la selva exige grande ingeniosidad y gran resistencia. El japonés tiene la resistencia suficiente, pero le falta ingeniosidad. Cuando se encuentra en presencia de un problema nuevo, rara vez sabe qué hacer. Nosotros hemos demostrado que podemos vencerlo en su propio terreno".

Selecciones del Reader's Digest. Enero 1944


La primera afirmación falsa que se encuentra en el texto es cuando se dice que el número de bajas de los Chindits fue inferior a las previsiones más optimistas. Teniendo en cuenta que un tercio de los Chindits no regresó de la misión, y que menos de la quinta parte regresaron en condiciones de volver a combatir, no me imagino cómo serían esas previsiones optimistas, y no digamos las pesimistas.

No me consta que los Chindits utilizasen alguna vez elefantes. Me imagino que es una licencia del autor para darle un poco más de exotismo a la historia. Los Chindits comenzaron la misión con unas 500 mulas como animales de carga. Además, esos obuses y antiaéreos que transportaban los elefantes tampoco existieron. Las armas más pesadas que llevaba cada una de las columnas eran morteros de 3'' y ametralladoras Bren.

Las exageraciones más llamativas del artículo, para mí, están cuando se habla del aprovisionamiento por aire. Me resulta muy difícil de creer que la RAF (el aprovisionamiento también corría a cargo de la aviación estadounidense, algo que no se menciona en el artículo) estuviera dispuesta a satisfacer el más mínimo capricho de los Chindits, desde un libro en concreto hasta una falda escocesa, o que les transportasen postres cocinados a la carta en los restaurantes de Calcuta. Y qué decir de la afirmación de que la única pérdida que hubo que lamentar en toda esa operación de abastecimiento fue la rotura de una botella de ron...

En la descripción de Wingate probablemente el autor no tuvo que exagerar mucho, porque era un hombre realmente pintoresco. Tenía unas ideas muy curiosas sobre la salud y los hábitos higiénicos. Era enemigo acérrimo del baño, y es cierto que prohibió a sus hombre que se afeitasen. Tenía un carácter difícil, y era insubordinado por naturaleza, lo que en el artículo sirve para resaltar su espíritu libre y aventurero, pero que provocó graves problemas de coordinación con otras unidades del ejército británico y con sus mandos en la India.

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Los Chindits en Birmania

En febrero de 1942 el mariscal Wavell llamo al excéntrico coronel Orde Wingate a Birmania con la misión de organizar una guerra de guerrillas para oponerse a la invasión japonesa. Wingate era un experto en el mando de fuerzas irregulares, había destacado en la invasión de Etiopía al mando de la Fuerza Gideon, y antes de eso en la organización de guerrillas judías en Palestina. Llegó a Birmania en marzo, y aunque no tuvo tiempo de poner en práctica sus planes, y se vio obligado a retirarse a la India con el resto del ejército británico, le sirvió para conocer el país y diseñar el tipo de operaciones que pondría en práctica al año siguente. En la India propuso a Wavell la creación de una unidad especialmente entrenada para la guerra en la jungla que llevase a cabo incursiones de largo alcance como forma de mantener la presión sobre las fuerzas japonesas en Birmania. Su teoría era que una unidad podía permanecer por tiempo indefinido tras las líneas enemigas, en la jungla, siendo abastecida por aire, mientras atacaba sin descanso las comunicaciones y las bases de aprovisionamiento del enemigo.

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Ascendido a general de brigada, se dedicó a la tarea de formar y entrenar una brigada, a la que llamó de Grupo de Penetración a Larga Distancia (Long Range Penetration), y que pronto rebautizó con el sobrenombre de Chindits (una incorrecta pronunciación del nombre que se les da a los leones de piedra que custodian los templos birmanos). La brigada se formó a partir de la 77 Brigada de Infantería India, con el añadido de hombres de muchas otras unidades. La mayor parte de los Chindits eran Gurkas e ingleses, y había también australianos, neozelandeses, nigerianos, africanos orientales, voluntarios de Hong Kong y guías birmanos. La edad media era de 33 años. Las tropas elegidas llegaron a los Chindits sin ningún entrenamiento especial, y gran parte de los hombres no lograron completar el periodo de instrucción y fueron devueltos a sus unidades. Además, durante la larga fase de adiestramiento en la jungla del centro de la India, muchos de los hombres cayeron enfermos. Finalmente Wingate completó una brigada de 3.200 hombres entrenados y equipados para su primera misión.

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El 17 de febrero de 1943 comenzó la Operación Longcloth. La brigada cruzó el río Chindwin, la frontera que separaba las líneas británicas y japonesas, y se dividió en ocho columnas de 400 hombres cada una. Se internaron en la jungla birmana hasta la región del río Irawaddy, y atacando la retaguardia japonesa, lograron entorpecer sus comunicaciones, volando puentes, destruyendo depósitos de suministros, y obligando a los japoneses a salir en su persecución. Su objetivo principal, el ferrocarril Mandalay-Myitkyina, lo alcanzaron a comienzos de marzo, y fue atacado continuamente en las semanas siguientes. Su táctica consistía en continuos ataques por sorpresa, y retiradas inmediatas a la jungla, donde los japoneses no pudieran seguirles. Se trataba de estar continuamente en movimiento. Estaban obligados a abandonar a sus heridos, a los que dejaban con un arma y unas dosis de morfina.

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El abastecimiento de las columnas se hacía por aire. Sin embargo, cuanto más se internaban en la selva más dificultoso se hacía su abastecimiento, y finalmente Wingate tuvo que dividir a los Chindits en pequeños grupos y ordenar su regreso por separado a la India. El camino de regreso, cientos de kilómetros a pie a través de la jungla, en grupos de unas pocas decenas de hombres, con el abastecimiento interrumpido y el acoso constante de los japoneses, fue una auténtica pesadilla. Tras tres meses de misión, de los 3.200 Chindits que se internaron en Birmania, lograron regresar a la India 2.182, y de ellos la mayoría estaban tan enfermos y debilitados que apenas 600 estaban en condiciones de volver a combatir.

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La operación Longcloth no se podía considerar un éxito, en vista de la cantidad de bajas que sufrieron. Sin embargo la propaganda británica convirtió a Wingate y sus Chindits en héroes: habían demostrado que se podía vencer a los japoneses en la jungla. El mismísimo Winston Churchill quedó fascinado por la personalidad de Wingate y se convirtió en uno de los mayores defensores de sus innovadoras tácticas. Llegó incluso a llevarle como invitado a la conferencia de Quebec.

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A pesar de que su popularidad entre la población inglesa no se correspondía con la mala opinión que tenían de él la mayor parte de los altos jefes militares británicos, Wingate consiguió el apoyo de Lord Mountbatten (que había sido nombrado comandante en jefe de las fuerzas aliadas en el Sudeste Asiático) para formar seis nuevas brigadas de Chindits, con un total de 20.000 hombres, y realizar una nueva incursión en 1944 mucho más ambiciosa que la anterior. El general norteamericano Joseph Stilwell convenció a Wingate, promentiéndole el apoyo aéreo que la RAF no podía brindarle, para coordinar sus fuerzas con las que él estaba juntando (tropas chinas y una unidad de voluntarios estadounidenses que seguía el modelo de los Chindits conocida como Merodeadores de Merrill) para una campaña en el centro y norte de Birmania.

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En febrero de 1944 comenzó la operación Thursday. En esta ocasión los Chindits fueron transportados por aire hasta la jungla birmana: los primeros lanzados en planeadores tras las líneas japonesas, y, tras preparar pistas de aterrizaje, el resto fueron transportados en aviones C-47. El objetivo de la operación ya no era hostigar al enemigo, sino conquistar territorio, con el fin último de reabrir la ruta de Birmania hacia China. por tanto, esta ocasión no se trataría de desplazarse continuamente por la jungla para hostigar a los japoneses, sino hacerse fuertes en una amplia zona que sirviera de base desde la que realizar los ataques. El objetivo principal, enlazar con las fuerzas chinas de Stilwell que avanzaban desde el norte, no se consiguió. De nuevo tuvieron que retirarse con un alto número de bajas, esta vez agravado porque Stilwell los utilizó como infantería convencional. Cuando la 77 Brigada tomo la ciudad de Mogaung tuvieron casi un 50% de bajas. Cuando Stilwell ordenó a continuación a su comandante, el mayor Calvert, que avanzase hacia Myitkina, éste apagó las radios y se retiró a Kamaing, arriesgándose a un consejo de guerra. Lord Mountbatten se puso de parte de los Chindits, y ordenó su evacuación y les envió ayuda médica. Más de la mitad de los hombres necesitaron ser hospitalizados. Las bajas en combate fueron de 1.396 muertos y 2.434 heridos.

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Wingate murió el 24 de marzo de 1944, en un accidente de aviación en Assam, cuando regresaba a Birmania desde la India tras asistir a una reunión con el alto mando. El general de brigada Lentaigne fue nombrado su sustituto. Sin embargo, los Chindits no sobrevivirían por mucho tiempo a su creador: poco después el general Slim decidió disolver la unidad y repartir a los hombres por otras unidades bajo su mando.

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Fuentes:
http://www.edsombra.com/edsombra/comandos/index.asp?apa=99&numrev=43&seccion=4&pagina=4
http://www.exordio.com/1939-1945/militaris/fuerzas-armadas-BRT/chindits.html
http://www.taringa.net/posts/imagenes/837046/Los-Chindits-(Comandos-II-GM).html
Fotografías: http://www.chindits.info/Photos/Index.html


Misión Yak

Peter Fleming era un aventurero británico que se hizo popular en la década de los 30 con sus libros de viajes. En 1932 participó en una expedición de rescate del coronel Percy Fawcett, desaparecido unos años antes en el Matto Grosso, en Brasil. Del coronel Fawcett no encontraron ni rastro, pero el libro que escribió Fleming, Brazilian Adventure, fue todo un éxito. Eso le valió para que The Times le enviase a Manchuria, en aquella época uno de los “puntos calientes” del planeta, para que relatase la situación en aquel territorio. De allí salió un nuevo libro titulado One's Company. En 1936 publicó su tercer libro, News from Tartaria, en el que relataba un viaje que hizo desde Pekín a Cachemira.

Peter Fleming en uno de sus viajes por Asia:


Al estallar la Segunda Guerra Mundial Fleming se alistó en el MI(R) -Military Intelligence (Research)-, la unidad precursora del SOE -Special Operations Executive-, encargada de las operaciones de sabotaje y apoyo a los grupos de resistencia en territorio ocupado por el enemigo. Recurriendo descaradamente a sus contactos (su padre, muerto en la Primera Guerra Mundial, había sido amigo íntimo de Winston Churchill), Fleming logró que le asignasen su primera misión durante la campaña de Noruega, un reconocimiento aéreo sobre el puerto de Namsos con un hidroavión Sunderland. La misión de Fleming no sirvió para mucho más que para unirse a las fuerzas británicas que desembarcaron en el norte de Noruega y retirarse con ellas al finalizar la desastrosa campaña. En el verano de 1940, cuando una invasión alemana de las Islas Británicas parecía más que probable, Fleming recibió el encargo de organizar en el sur de Inglaterra grupos de resistencia en la retaguardia. Pero la amenaza de invasión prácticamente desapareció tras la derrota de la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra, y Peter Fleming no estaba dispuesto a quedarse en la retaguardia enseñando a civiles cómo fabricar petardos caseros. Era un hombre de acción, y en aquellos meses la acción estaba en el norte de África.

En las contraofensivas del otoño y el invierno de 1940, que habían expulsado a los italianos de Egipto y de la Cirenaica, los británicos habían capturado a miles de prisioneros de guerra. El gobierno británico tuvo la idea de formar una “Legión Garibaldi” con voluntarios italianos antifascistas reclutados en los campos de prisioneros. Fleming recurrió de nuevo a sus contactos para que le asignasen la misión. Cuando le concedieron el permiso hizo llamar a algunos amigos suyos con los que formó una especie de miniejército particular compuesto por media docena de oficiales, todos ellos auténticos caballeros británicos, con sus respectivos ordenanzas. Entre los miembros del equipo se encontraban Norman Johnstone, un colega de Fleming (al igual que él era oficial en la reserva de los Granaderos de la Guardia) y Mark Norman, un subalterno del cuerpo de voluntarios de caballería de Hertfordshire que «no tenía ni idea de qué iba el asunto». El grupo se trasladó al centro de adiestramiento de comandos de Lochailort, en Escocia, donde recibieron un curso intensivo de explosivos y combate cercano. Su nombre en clave, “misión Yak”, estaba inspirado en el libro de Fleming News from Tartary. Equipados con una tonelada de explosivos plásticos, cuarenta mil libras esterlinas y diccionarios de bolsillo inglés/italiano (solo uno de ellos hablaba esa lengua), se dirigieron a El Cairo gozando de una “prioridad absoluta”. Los hombres de Fleming se recorrieron los campos de prisioneros de Egipto sin conseguir ni un solo voluntario para su legíón.

A pesar de su fracaso, Fleming no estaba dispuesto a disolver tan pronto su unidad. Una vez más buscó una misión que le permitiese estar en el centro de los acontecimientos. Todo parecía indicar que en los meses siguientes el frente principal de la guerra iba a estar en los Balcanes. Gran Bretaña había comenzado a desplegar tropas en Grecia. Los griegos habían rechazado el intento de invasión italiano y su contraataque les había llevado hasta Albania, pero se cernía sobre ellos la amenaza cada vez mayor de una intervención alemana desde Bulgaria y quizá desde Yugoslavia, que hacía lo que podía para resistir las presiones de Hitler para unirse al Eje. A finales de marzo Peter Fleming convenció a George Pollock, el director del SOE en El Cairo, para que les permitiese ir a Yugoslavia “a apuntalar la determinación del príncipe Pablo”. Pero la situación en los Balcanes era tan cambiante que antes de partir tuvieron que modificar sus planes. Cuando finalmente Yugoslavia se adhirió al Pacto Tripartito, decidieron que la misión Yak se dirigiría al norte de Grecia para formar grupos de resistencia en la región. Los hombres de Fleming consiguieron plaza en un barco que partía de Alejandría con destino a Atenas. Tras desembarcar en la capital griega se dirigieron al norte con vehículos que habían conseguido gracias a sus campañas públicas de recaudación de fondos y “armados hasta las cejas con fusiles y subfusiles Tommy”. A finales de la primera semana de abril llegaron a las montañas de la frontera con Yugoslavia. Allí, después de que sus ordenanzas montasen el campamento y levantasen las tiendas “como si estuviéramos en un safari”, Fleming envió un mensaje a la central del SOE en Londres: “Domino el desfiladero de Monastir”. Probablemente no se hubiese mostrado tan triunfalista de haber sabido que en esos momentos el XL Panzerkorps alemán estaba avanzando a través de la región yugoslava de Macedonia, al otro lado de la frontera. El plan alemán era girar al sur para cruzar la frontera con Grecia y flanquear la línea Metaxas, una poderosa linea defensiva construida para frenar una posible invasión desde Bulgaria.

El inesperado colapso de Yugoslavia, tan solo unos días después, dejó a los hombres de la misión Yak justo en medio de una de las principales rutas de invasión alemanas. Para defender el paso de Monastir el general Jumbo Wilson, comandante de las fuerzas de la Commonwealth en Grecia, envió a la zona una fuerza de dos batallones al mando del general australiano Iven Mackay. Cuando los australianos fracasaron en su intento de contener a los alemanes y comenzaron su retirada hacia el sur, Peter Fleming decidió que habría sido un suicidio quedarse para formar grupos de resistencia tras las líneas enemigas. Así que la misión Yak, actuando como un grupo especializado en demoliciones, se unió a los hombres de Mackay ayudando a cubrir su retirada desde la frontera macedonia. En la carretera de Florina volaron un puente de gran importancia estratégica, pero si en algo se especializaron fue en en volar trenes, tratando de no dejar atrás nada que pudiese ser utilizado por los invasores alemanes. En Amynteon destruyeron veinte locomotoras.

Con los alemanes avanzando imparables por la costa norte del golfo de Corinto, lo único que podía hacer el general Wilson era tratar de ganar tiempo para organizar la evacuación de sus hombres. Para retrasar la llegada de los alemanes al Peloponeso Wilson encomendó a Fleming bloquear la carretera que unía Naupaktos con Missolonghi, al norte del golfo. Los hombres de la misión Yak habían agotado sus explosivos, por lo que tuvieron que cruzar el istmo de Corinto para ir a un almacén a buscar unas bombas de 200 kilos y regresar con ellas a la costa norte en un caique (una pequeña goleta utilizada en la región para la pesca). Las demoliciones que improvisaron los hombres de Fleming en la carretera consiguieron su objetivo de entorpecer el avance de las tropas alemanas.

El 24 de abril los últimos miembros de la misión militar y de la legación diplomática británica abandonaron Atenas con destino a Creta. El embajador, sir Michael Palairet, y el agregado militar, coronel Jasper Blunt, fueron evacuados en un hidroavión junto al rey de Grecia y el primer ministro. El resto se dirigieron a El Pireo para embarcar en el Kalanthe, un yate de vapor requisado por la armada griega y puesto a disposición de la legación británica. A bordo del Kalanthe, además de varios miembros de la misión militar y unas cuantas personalidades griegas, embarcaron la mujer del coronel Blunt, Doreen, con sus hijos, y el primer secretario de la legación, Harold Caccia, con su mujer, sus hijos, el ama de cría china y sus perros. También embarcaron los hombres de la misión Yak, con las armas y los explosivos que les quedaban, haciéndose cargo de la defensa del barco. Se daba la circunstancia de que Nancy, la esposa de Harold Caccia, era hermana de Oliver Barstow, uno de los hombres de Fleming.

Al anochecer del 24 de abril abandonaron El Pireo. Como la aviación alemana tenía el control absoluto del aire, estaban obligados a navegar solo de noche y ocultarse durante el día. Al amanecer el Khalante fondeó en la bahía de una isla deshabitada del archipiélago de Milos llamada Poliaigos. Los pasajeros desembarcaron en botes y se dispusieron a pasar en la pequeña isla un agradable día de playa. A bordo del Kalanthe permanecieron la tripulación griega y varios de los hombres de la misión Yak, haciendo guardia junto a sus ametralladoras Lewis. Por la tarde tres Stukas alemanes avistaron el yate y picaron contra él. Sin amilanarse por el fuego de las tres ametralladoras (Mark Norman y Oliver Barstow manejaban las situadas a ambos lados del puente y Fleming la de popa, con un ayudante cada uno de ellos) los bombarderos hicieron varias pasadas hasta que una bomba dio de lleno en el barco. La explosión mató a nueve hombres e hirió a otros seis. Uno de los muertos fue Oliver Barstow. Mark Norman fue herido de gravedad y Peter Fleming quedó contusionado. Harold Caccia y Norman Johnstone acudieron con un bote desde la costa para ayudar a evacuar el barco en llamas. Los heridos fueron atendidos en la playa por las mujeres del grupo (una de ellas Nancy Caccia, que acababa de perder a su hermano), que habían participado en una unidad de enfermeras voluntarias.

Tres días después llegó un caique enviado desde Creta para rescatarles. El hombre que fue a buscarles era un agente del servicio secreto británico que se hacía llamar Rodney Bond. Según Harold Caccia, años después Peter Fleming sugirió ese nombre a su hermano pequeño Ian para el protagonista de su primera novela. Peter era el escritor famoso de la familia, e Ian le enviaba los manuscritos para que los revisase. La novela se publicó en 1953 con el título Casino Royale, y su protagonista, un elegante agente secreto al servicio de Su Majestad, se llamó finalmente James Bond (aunque, según el propio Ian Fleming, el origen del nombre del personaje es otro, como nos cuenta Cayetano en La tinaja de Diógenes). Durante la guerra Ian Fleming había sido oficial de la inteligencia naval británica.

El caique les llevó a la isla de Santorini. Allí el grupo embarcó un pequeño carguero que también estaba siendo utilizado para evacuar tropas a Creta. Por la noche el barco partió de Santorini y a la mañana siguiente llegaron al puerto de Iraklion. En Creta terminó la historia de la misión Yak.

Fuentes:
Antony Beevor: La batalla de Creta
http://www.exordio.com/1929-1945/personajes/fleming.html
Foto: http://users.swing.be/sw225214/fleming.html


El meneo

Increíble.

Ayer una entrada de hace año y medio fue portada en Menéame. En un par de horas El asombroso vuelo de Kanichi Kashimura se convirtió con diferencia en la entrada más visitada de la historia del blog, y en un solo día Nonsei SGM tuvo más de 10.000 visitas, cuando la media mensual del año pasado estaría en torno a las 6.000.

Conozco Menéame, y sinceramente no me gusta. Hay gente que se toma muy en serio lo del karma y los votos negativos. Por lo que conozco me parece que no abunda mucho el sentido del humor, o que el que tienen por allí es muy distinto del mío. Una prueba de lo que es Menéame son los comentarios que se hicieron en la entrada de este blog después del meneo: un primer comentario irónico-crítico y una mayoría que comentaron a continuación en respuesta al primero. Que, por cierto, tenía razón. Hice una traducción literal de una expresión que no tenía sentido. Pero también creo que se precipitó al añadir que "así es cómo he descubierto que el artículo es traducido y no original". Pues hombre, qué menos que molestarse en comparar con las fuentes que indico, que para eso están. Pero Menéame es una carrera continua por comentar cuanto antes, así que las precipitaciones son un riesgo que hay que correr.

Esto lo digo con todo el cariño, que no voy a criticar ahora a los que me han visitado y han votado a mi entrada. Que vuelvan cuando quieran. Y que comenten y critiquen. La verdad es que me sorprende las pocas críticas que reciben mis entradas. Yo mismo cuando las releo me doy cuenta de las tonterías que escribo a veces. Por no hablar del estilo.

Aprovecho para felicitar el año, que aún no lo había hecho. Feliz 2012 a todos.

La batalla del Ebro en el contexto europeo

La ofensiva del Ebro fue la respuesta de la República a una situación desesperada. Tras la derrota de Teruel y el hundimiento del frente republicano en Aragón las tropas franquistas habían lanzado una gran ofensiva que las había llevado hasta el Mediterráneo, partiendo en dos el territorio republicano. En abril de 1938 Cataluña quedaba aislada, quedando la línea del frente delimitada por los ríos Ebro y Segre. Al mismo tiempo que la ofensiva franquista tenía lugar un acontecimiento internacional que hizo desviar la atención del mundo lejos de España: el 11 de marzo Hitler decretaba el Anschluss, la anexión alemana de Austria. El 13 la Wehrmacht desfilaba por las calles de Viena. Tres días después, el 16 de marzo, comenzó un ataque masivo de la aviación italiana contra Barcelona. Se trataba de una serie de 18 bombardeos que en dos días causaron más de mil muertos. Por primera y única vez, Franco protestó ante sus aliados italianos, a pesar de que probablemente el ataque se hizo con su conocimiento, y aunque no hubiese sido así, nunca, ni antes ni después, mostró reparos en que se atacasen objetivos civiles. La inesperada repercusión en la prensa extranjera y las protestas de Gran Bretaña y el Vaticano en una situación internacional delicada tras la ocupación alemana de Austria pudieron asustar a Franco. Además coincidía con un intento de llegar a un acuerdo con la mediación del Vaticano (ya comenté la indignación con la que el Vaticano respondió al bombardeo) de acabar con los ataques a ciudades, que había nacido de una propuesta de la representación republicana en la Sociedad de Naciones.

El Anschluss quedó finalmente sin respuesta por parte de las grandes potencias europeas, con excepción de un pequeño gesto que tendría gran importancia en el desarrollo de la guerra en España: a mediados de marzo Léon Blum, el primer ministro francés, decidió permitir la apertura parcial de la frontera española. No duró mucho tiempo, ya que tras el cambio en el gobierno francés (Blum fue sustituido por Daladier), unido a las presiones británicas e italianas, la frontera volvió a cerrarse a comienzos de mayo. La política británica estaba muy lejos de implicarse en ayudar a la República, ni siquiera en ese momento en el que parecía estar obligada a responder al desafío de Hitler. La respuesta británica fue buscar un acercamiento con Italia, con el que se pretendía alejar a Mussolini de Hitler y dar estabilidad a la región mediterránea. El 16 de abril se firmaba un pacto italo-británico. Durante las negociaciones los ingleses trataron lograr de la parte italiana un compromiso de retirada de las tropas (“voluntarios”) que combatían en España, aunque acabaron aceptando únicamente que Mussolini no mantendría fuerzas en España una vez acabada la guerra.

En el poco más de un mes en el que estuvo abierta la frontera franco-española pudieron llegar a Cataluña unas 25.000 toneladas de material bélico. Con ese nuevo material se les ofrecía a los republicanos la posibilidad de preparar una ofensiva que distrajese el avance de las tropas de Franco, que se había decidido por dirigirse al sur, hacia Valencia (hay quien piensa que el Anschluss influyó en la decisión, al no querer Franco atacar Cataluña y consecuentemente acercar sus fuerzas a la frontera francesa en un momento de tensión internacional). Las ofensivas franquistas contra Valencia estaban fracasando, pero no era probable que las defensas republicanas aguantasen por mucho tiempo su empuje. En la decisión de pasar a la ofensiva fue decisivo el cese de Indalecio Prieto como ministro de Defensa y la asunción del cargo por Juan Negrín, presidente del Consejo de Ministros. Negrín dio al Ejército Popular una fuerza moral y un ímpetu que Prieto, que se definía a sí mismo como un pesimista y que consideraba que la guerra estaba perdida, no podía dar. Negrín era consciente de que la superioridad material de las fuerzas de Franco era aplastante, pero contaba con que, dada la tensa situación europea, si se producía un estancamiento que hiciese pensar en un alargamiento indefinido de la guerra en España, las potencias acabasen aceptando una paz negociada con mediación internacional. La otra opción era que finalmente estallase la guerra en Europa, lo que daría un vuelco total a la situación y acabaría con las opciones de Franco de ganar la guerra. Con el fin de dar a las potencias una base para una paz negociada, el 1 de mayo de 1938 Negrín formuló sus “trece puntos”. Consistían básicamente en: sufragio universal, plebiscito sobre la forma de gobierno, respeto a las libertades regionales, a la libertad de conciencia y a la propiedad privada, reforma agraria, indemnización a las empresas extranjeras perjudicadas por la guerra, fin de la presencia militar extranjera y mantenimiento de España en la Sociedad de Naciones.

La estrategia republicana era muy arriesgada. Con la frontera francesa cerrada, pasar a la ofensiva implicaría consumir en poco tiempo los pocos recursos con los que se contaba, sin posibilidad de reponerlos. La ofensiva estaba prevista para el mes de junio, pero tuvo que retrasarse por problemas logísticos. Finalmente, en la madrugada del 25 de julio las unidades de vanguardia de dos cuerpos de ejército del Ejército Popular comenzaron a cruzar el Ebro dando inicio a la mayor batalla de la historia de España. La ofensiva perdió fuerza rápidamente, y menos de una semana después las tropas republicanas detuvieron su avance y se aprestaron a defender el territorio conquistado. El objetivo inmediato se había logrado: Franco canceló el ataque a Valencia y volvió su ejército contra las fuerzas que habían cruzado el Ebro. El enfrentamiento se convirtió en una gran batalla de desgaste como no había visto el mundo desde la Primera Guerra Mundial. Durante casi cuatro meses más de 300.000 hombres lucharon por una franja de terreno agreste y seco de menos de 800 Km2 sin ningún valor estratégico.

El objetivo secundario parecía que también se estaba consiguiendo. La percepción internacional de la situación en España cambió radicalmente. Pese a la aplastante superioridad franquista, parecía que la guerra podía llegar a un punto muerto, tras sus continuos fracasos en acabar con la bolsa del Ebro. El 29 de agosto el diario del conde Ciano recoge unas palabras de su suegro Mussolini: “Anota en tu diario que hoy, 29 de agosto, yo profetizo la derrota de Franco. Ese hombre o no sabe hacer la guerra o no quiere hacerla. Los rojos son luchadores, Franco no”. El 19 de septiembre el embajador alemán en Burgos, Eberhard von Stohrer, envió un informe en el que describía el ambiente de desánimo que reinaba en el cuartel general de Franco y las continuas discusiones de este con sus generales, a causa del estancamiento que se ha producido en la situación militar y la situación internacional cada vez más complicada.

El momento fue aprovechado por el gobierno republicano para tratar de implicar a las potencias europeas en la búsqueda de una paz negociada. Parecía que esta vez sí era posible, y más cuando estalló en Europa la crisis de los Sudetes.

Negrín era un reconocido fisiólogo. Con el pretexto de acudir a un congreso de medicina viajó a Zurich a principios de septiembre. Su estancia en la ciudad suiza coincidió con la del duque de Alba, lo que desató rumores sobre un intento de negociación directa con Franco. Pero no era ese el objetivo de Negrín. El 9 de septiembre se reunió en secreto con el conde de Welczek, embajador alemán en París. La cuestión de los Sudetes se estaba convirtiendo ya en una grave fuente de tensión internacional, y Negrín calculaba que Hitler estaría dispuesto a quitarse un problema de encima presionando a Franco para negociar un alto el fuego. Los contactos fueron un fracaso, ya que Hitler no mostró ningún interés en propiciar una negociación en España.

La gran baza republicana para obligar a Franco a aceptar una paz negociada era que las potencias del Comité de No Intervención (incluyendo lógicamente Italia y Alemania) llegasen a un compromiso y terminasen con la intervención militar extranjera en la guerra. Tanto Negrín como Azaña en sus intentos negociadores lo consideraban un paso previo para iniciar negociaciones, dando por hecho que sin ayuda extranjera Franco no vería posible una victoria militar a corto ni medio plazo. La presencia de tropas italianas y alemanas en España era un grave motivo de preocupación para Francia y Gran Bretaña, y al mismo tiempo una baza negociadora por parte de Alemania y sobre todo Italia. Se pensaba que cualquier intento de rebajar la tensión entre las potencias europeas incluiría exigencias u ofrecimientos de reducir la presencia militar en España. El 21 de septiembre Negrín anunció en la Sociedad de Naciones la retirada unilateral de las Brigadas Internacionales, como respuesta a una propuesta que había hecho el Comité de No Intervención el 5 de julio, un gesto con el que el gobierno republicano esperaba forzar a una presión internacional para lograr la retirada total de las tropas extranjeras. En la conferencia de Munich Mussolini se comprometió ante Chamberlain a retirar de España un número equivalente de voluntarios. Chamberlain se conformó con eso y con la garantía dada en abril de que no permanecerían tropas italianas en España una vez terminada la guerra. El compromiso fue anunciado más tarde por el gobierno de Burgos. Había en esos momentos unos 10.000 brigadistas, de los que 6.000 estaban combatiendo en el Ebro. El día 24 fueron retirados del frente. Los 10.000 italianos retirados eran sólo una fracción de los más de 30.000 que formaban el cuerpo expedicionario italiano. No había infantería italiana en el Ebro. Las aviaciones italiana y alemana, el elemento más valioso de la intervención de ambos países a favor de Franco, no fueron afectados por la reducción de fuerzas. En términos militares, el acuerdo fue perjudicial para la República. En el aspecto político, su utilidad fue nula.

A lo largo del mes de septiembre la crisis por la cuestión de los Sudetes fue creciendo en intensidad hasta hacer casi inevitable la guerra. Checoslovaquia, el único país europeo que apoyaba sin reservas a la República, trataba de resistir las presiones de Hitler y sus amenazas de recurrir a la fuerza para que cediese la región fronteriza de los Sudetes al Reich. La URSS anunció que acudiría en ayuda de Checoslovaquia si Francia también lo hacía (Francia tenía un tratado de asistencia mutua firmado con Checoslovaquia), mientras el gobierno francés se veía arrastrado por la política británica y por sus propios temores a empujar al gobierno checo a aceptar las exigencias de Hitler para evitar una nueva guerra general en Europa. A mediados de mes Alemania interrumpió el envío de suministros militares a Franco para hacer frente a sus propios preparativos bélicos. Ante las informaciones de que el gobierno francés estaba concentrando tropas en las regiones pirenaicas, Franco dio orden a su aviación de no operar a menos de 100 kilómetros de la frontera. El duque de Alba, el embajador oficioso de Franco en Londres, envió un informe en el que indicaba que el gobierno británico daba por hecho que en caso de que estallase la guerra europea Franco se alinearía con Hitler. Franco trató de dar toda clase de garantías a Gran Bretaña y Francia de que permanecería neutral en caso de conflicto, y así se lo comunicó también al gobierno alemán a través de su embajador en Berlín el almirante Magaz. Fueron días de nerviosismo e incluso pesimismo en Burgos: la posibilidad cada vez más cercana de guerra general en Europa y el estancamiento militar agravado por la interrupción de la llegada de material militar proveniente de sus aliados (interrupción que nadie podía saber si sería temporal o definitiva) ponían a Franco ante la amenaza real de perder la guerra.

En el bando republicano las sensaciones eran muy distintas. Incluso Azaña se mostraba casi eufórico en esos días. En los meses anteriores Azaña, presidente de la República pero que en esos momentos mantenía poco poder real, había tratado de establecer contactos a espaldas del gobierno de Negrín con el gobierno británico a través de su amigo John Leche, representante británico en Barcelona. Su propuesta era forzar un cambio del gobierno para apartar de él a los comunistas (que habían ganado mucho poder con Negrín) y propiciar así un acuerdo de paz avalado por Francia y Gran Bretaña. Azaña, como Prieto, Besteiro y otros dirigentes republicanos, veía en la influencia soviética un obstáculo para la paz, al contrario que Negrín, que pensaba que esta sólo llegaría con la república desde una posición de fuerza, y ésta sólo se conseguiría con el apoyo del partido comunista y la ayuda de la URSS. Las respuestas británicas a las propuestas de Azaña habían sido siempre negativas, pero en esos días en que la guerra en Europa parecía inevitable el alineamiento de la República con Francia y Gran Bretaña significaría la victoria segura y también la oportunidad de deshacerse de la perniciosa influencia comunista y la caída de Negrín al frente del gobierno.

Pero de forma sorprendente la conferencia de Munich lo cambió todo.

El 29 de septiembre se reunieron en Munich los jefes de gobierno de Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia, en un último intento de evitar la guerra. La URSS fue excluida de la conferencia, al igual que la propia Checoslovaquia. No hubo negociación digna de llamarse así. Los aliados acabaron aceptando todas las exigencias de Hitler, obligando a Checoslovaquia a hacerlo también, sabiendo que a corto plazo significaría su destrucción como estado independiente. Gran Bretaña y Francia perdían un importante aliado potencial, con un ejército moderno y una poderosa industria armamentística, que en poco tiempo quedaría en manos alemanas. La exclusión de la URSS acabó con la posibilidad de que Stalin hiciese frente común con los aliados occidentales para frenar el expansionismo de Hitler, lo que a la larga desembocaría en el pacto germano-soviético de 1939. La guerra de España se trató en Munich de forma superficial. Mussolini se comprometió a reducir su presencia militar y a no mantenerla una vez acabado el conflicto. Hitler respondió con un despectivo silencio cuando fue consultado sobre la cuestión por Chamberlain.

El 1 de octubre se celebraba en Burgos el segundo aniversario del nombramiento de Franco como jefe del gobierno y generalísimo de los ejército rebeldes. En su discurso dio su visión de lo que suponía el resultado de la conferencia: “Batalla de Munich, con su victoria de la paz, podemos llamar a la que acaba de librarse en tierras germánicas, en la que la política de sinceridad de los hombres de estado triunfó sobre las maquinaciones y amenazas bolcheviques. Por ello, el triunfo de la verdad y la justicia sonaron a cantos fúnebres en el campo rojo. Se les había prometido la guerra en Europa y se alentaba a la resistencia con cruel engaño”.

Ciertamente Munich supuso el fin de las esperanzas de la República. La posibilidad de alcanzar una paz negociada o de alargar el conflicto hasta enlazar con una guerra europea se desvanecieron. Se recrudeció la división entre los que creían obligado apoyarse en la URSS y los comunistas para continuar la lucha, una vez que el abandono de las democracias occidentales se veía ya definitivo, y los que viendo la guerra perdida querían deshacerse de los comunistas para tratar de negociar una rendición (división que desembocaría en el golpe de estado del coronel Casado de marzo de 1939).

El 18 de octubre George Mounsey, director del departamento para Europa Occidental del Foreign Office, tuvo dos reuniones por separado con Pablo de Azcárate, embajador de España en Londres, y el duque de Alba, representante oficioso de Franco, con la intención de sondear las posibilidades de una mediación internacional que terminase con el conflicto. Las posturas eran las mismas que antes de la crisis de Munich: el duque de Alba transmitió la exigencia de Franco de una rendición incondicional, Azcárate la condición previa reclamada por el gobierno republicano para iniciar negociaciones: retirada de tropas extranjeras y fin del suministro de armas a ambos bandos. El gobierno republicano aún creía que sin el apoyo de Alemania e Italia Franco sería incapaz de conseguir la victoria, pero después de Munich Hitler y Mussolini no tenían ya ninguna traba para intervenir en la guerra civil. Su presencia militar en España ya no era motivo de preocupación en Francia e Inglaterra, y había dejado de ser una baza negociadora.

Franco, tratando de hacer olvidar a sus aliados las promesas de neutralidad hechas a ingleses y franceses durante la crisis de los Sudetes, comenzó en octubre a negociar con Alemania la reanudación del envío de material bélico. En noviembre se llegó a un acuerdo por el que los suministros enviados a España serían pagados a crédito y se obtenían a cambio importantes concesiones mineras para compañías alemanas en España. La República estaba en cambio más aislada que nunca. El 11 de noviembre Negrín escribió una carta a Stalin solicitándole el envío de gran cantidad de material bélico y dando una visión optimista de la situación militar. La carta tenía que ser entregada personalmente por Ignacio Hidalgo de Cisneros, el jefe de la aviación republicana. La negociación en Moscú fracasó. Stalin, que nunca fue tan generoso como Hitler ni menos aún como Mussolini en las condiciones de pago, no iba a vender a crédito un material que dada la situación de la guerra probablemente quedaría sin cobrar. Además, tras Munich la prioridad de Stalin iba a ser el propio rearme soviético, al ver que no podía confiar en entrar en una política de alianzas europea.

Mientras todo esto ocurría continuaba la batalla en el Ebro. Las contraofensivas franquistas iba ganando terreno pero los republicanos todavía resistían. Finalmente el 30 de octubre dio comienzo la que sería la ofensiva definitiva: ocho divisiones, con tres más en reserva, apoyados por la mayor concentración artillera de la guerra y una superioridad aérea aplastante, se lanzaron a reconquistar el terreno que los republicanos habían logrado conservar durante más de tres meses. El 16 de noviembre las últimas unidades republicanas se retiraban cruzando el río por el puente de Flix y a continuación lo volaban. La batalla había terminado. Las fuerzas republicanas en Cataluña quedaban en una situación de debilidad extrema, agotadas y sin suministros. Franco ya no tenía reservas en atacar Cataluña para no provocar a los franceses, y fue hacia allí a donde dirigió su siguiente ofensiva, que comenzó el 23 de diciembre con una superioridad de medios abrumadora. Un mes después era tomada Barcelona. La guerra sólo duró otros dos meses más.