El tornado de Torrance y el pájaro de Ofuna

Louis Zamperini nació en enero de 1917 en Nueva York, aunque poco después su familia se trasladó a la ciudad de Torrance, en California. En el colegio fue un chico conflictivo, aficionado a las peleas y que andaba siempre metido en problemas. Para alejarle del mal camino, a su hermano mayor se le ocurrió inscribirle en el equipo de atletismo de la escuela. En poco tiempo Louis comenzó a destacar como corredor de fondo y medio fondo y a lograr marcas importantes a nivel nacional. Gracias al atletismo consiguió una beca para estudiar en la universidad, y en 1936, con 19 años, logró la clasificación para los Juegos Olímpicos de Berlín en la prueba de los 5.000 metros. En su momento fue el atleta olímpico estadounidense más joven de la historia.

En Berlín Zamperini terminó octavo, aunque su última vuelta fue tan rápida que llamó la atención del mismísimo Adolf Hitler, que quiso saludar al atleta. Según Zamperini, el Führer le tendió la mano y le dijo: “¡Ah, tú eres el chico del final rápido!”. Su poderoso sprint final hizo que empezase a ser conocido con el apodo de “el Tornado de Torrance”.

Tras la entrada de Estados Unidos en la guerra, Louis Zamperini se alistó en la USAAF. En 1942 completó su periodo de instrucción con el rango de alférez y fue destinado al Pacífico como miembro de la tripulación (visor de bombardeo) de un B-24 Liberator con base en Funafuti, en las islas Ellice. Un día su bombardero fue alcanzado por fuego antiaéreo durante una incursión contra las instalaciones japonesas de producción de fosfatos de Nauru. El avión logró regresar a Funafuti, pero estaba tan dañado que se descartó su reparación. A Zamperini y sus compañeros les asignaron entonces un B-24 con varios problemas mecánicos. De hecho, sus defectos eran tan graves que había sido destinado a tareas secundarias, como vuelos de enlace o misiones de rescate.

Louis Zamperini con su uniforme de la USAAF:


En mayo de 1943 recibieron la orden de participar en una operación de búsqueda de un avión perdido en el mar. Durante el vuelo el B-24 sufrió una avería mecánica y se estrelló en medio del océano, unas 850 millas al oeste de Oahu. Ocho de los once tripulantes murieron en el accidente. Solo sobrevivieron el piloto, teniente Russel Allen "Phil" Phillips, el artillero de cola, sargento Francis "Mac" McNamara, y Louis Zamperini. Los tres hombres se encontraron en una balsa a la deriva, sin agua ni comida, y aterrorizados por los tiburones que infestaban aquellas aguas. Para subsistir tuvieron que recoger el agua de lluvia y alimentarse de los peces o los albatros que conseguían capturar. Un día una tormenta estuvo a punto de hundir la balsa. En otra ocasión fueron ametrallados por un avión japonés. Afortunadamente nadie resultó herido y la balsa se mantuvo a flote a pesar de acabar con varios agujeros de bala. McNamara murió el trigésimo tercer día. Al fin, tras 47 días a la deriva, Zamperini y Phillips llegaron a tierra. Se encontraban en las islas Marshall, un archipiélago bajo soberanía japonesa repleto de bases de la Marina Imperial. Los náufragos no tardaron mucho en ser capturados y conducidos a la base de Kawjalein. El trato que recibieron allí fue tan brutal que los dos prisioneros llegaron a añorar su vida en la balsa. Después de pasar seis semanas encerrados en celdas minúsculas y hediondas, maltratados, débiles y enfermos, Zamperini y Phillips fueron embarcados para su traslado a Japón. Su siguiente destino iba a ser el campo de prisioneros de Ofuna, en Honshu.

Ofuna era una antigua escuela situada en Kamakura, en las afueras de Yokohama. A diferencia de la mayor parte de los campos de prisioneros de Japón, controlados por el Ejército, el campo de Ofuna dependía de la Marina Imperial. Las instalaciones eran secretas, desconocidas incluso para los civiles que vivían en los alrededores. Nunca se informó de su existencia a la Cruz Roja ni a ningún otro organismo internacional. Los prisioneros recluidos allí tampoco existían oficialmente. Casi todos ellos habían sido dados por muertos o desaparecidos en combate. En su mayor parte eran oficiales y tripulaciones de bombarderos o submarinos, considerados por los japoneses criminales de guerra sin derechos de ningún tipo. En teoría Ofuna era un centro de detención temporal, donde los oficiales enemigos eran interrogados antes de ser transferidos a otros campos, pero no era nada raro que la estancia de los prisioneros se prolongase durante meses. Constaba de tres edificios de una sola planta construidos en torno a un gran patio. En cada uno de los bloques había una treintena de celdas individuales y dos salas de interrogatorios. Cada celda medía unos 1'20x2'40 metros, y en su interior no había más que una litera y una estera de bambú. Los prisioneros no recibían ropas ni mantas. Tenían prohibido hablar, incluso en sueños. Cuando hacía buen tiempo se les permitía salir al exterior y sentarse con la mirada al frente, siempre en silencio. Las comidas consistían en un poco de arroz o sopa. La menor infracción era castigada a golpes. A menudo las palizas se propinaban al azar y sin ninguna causa que las justificase.

En Ofuna Zamperini fue especialmente atormentado por uno de los guardias del campo, el sargento Mutsuhiro Watanabe, apodado "el pájaro" por los estadounidenses, un auténtico sádico al que años más tarde no le importaría reconocer que sentía placer maltratando a los prisioneros. Debido a sus hazañas deportivas, Zamperini era una especie de celebridad entre los internos. Wanatabe veía en el liderazgo del ex-atleta un desafío a su autoridad, y trataba de impedirlo sometiéndole a castigos y humillaciones continuas.

El sargento Mutsuhiro Wanatabe:


Un día Zamperini fue transferido a un campo de prisioneros en Naoetsu, una hermosa región montañosa en la costa occidental de Honshu. Lejos de Ofuna, Zamperini recuperó por un tiempo las ganas de vivir. Pero todas sus esperanzas se desvanecieron cuando se enteró de que Wanatabe también había logrado el traslado a Naoetsu.

Al finalizar la guerra Mutsuhiro Watanabe fue clasificado por las autoridades de ocupación como criminal de guerra de clase A (la más alta) e incluido con el vigésimo tercer puesto en la lista de cuarenta nombres que el general Douglas MacArthur pretendía llevar a juicio. Pero el sargento Watanabe nunca fue procesado. Se ocultó durante siete años, y solo reapareció cuando la ocupación estadounidense estaba a punto de finalizar y habían cesado las detenciones y los juicios a criminales de guerra. Durante su tiempo en la clandestinidad, trabajó en una granja y en una pequeña tienda de comestibles. Más tarde se convirtió en vendedor de seguros. En las décadas siguientes tuvo una vida tranquila, con una posición económica bastante acomodada y sin ser molestado por nadie, a excepción de algún que otro periodista.

Por su parte, Zamperini fue liberado y volvió a Estados Unidos convertido en un héroe. Pero su regreso a casa no fue nada fácil. En los años posteriores sufrió un grave trastorno de estrés postraumático. Por influencia de su mujer, con la que se casó en 1946, se hizo seguidor de una iglesia evangelista. Encontró en la religión la ayuda que necesitaba para superar sus traumas y acabó convirtiéndose él mismo en predicador. En la década de los 50 viajó en varias ocasiones a Japón y se reunió con algunos de los guardias que le habían maltratado, abrazándose a ellos para escenificar su perdón. Solicitó también una reunión con Wanatabe, pero el antiguo sargento declinó la invitación.

En 1998 Louis Zamperini regresó a Japón para ser uno de los relevistas encargados de transportar la llama olímpica a Nagano, la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de aquel año. Tenía 81 años. En su recorrido volvió a pasar por Naoetsu (en la actualidad llamada Joetsu), la localidad en la que se encontraba el campo de prisioneros en el que pasó la mayor parte de su tiempo en cautividad. Aprovechando la ocasión, y como parte de un reportaje sobre Zamperini, una televisión estadounidense entrevistó a Wanatabe en un hotel de Tokio. El viejo sargento reconoció haber maltratado a prisioneros, pero no mostró ningún arrepentimiento: "No cumplía órdenes militares. Debido a mis propios sentimientos personales, traté a los prisioneros estrictamente como enemigos de Japón".

Mutsuhiro Wanatabe murió en abril del 2003. Louis Zamperini tiene en la actualidad 97 años y reside en Hollywood. En el caso de que no hubieseis oído hablar de esta historia hasta ahora, puede que la cosa cambie en los próximos meses. Y es que se ha anunciado para este año el estreno de una película sobre la vida de Louis Zamperini, con guión de los hermanos Coen (una garantía de calidad) y dirigida por Angelina Jolie (una garantía de promoción potente).

6 comentarios:

  1. Dos personajes muy diferentes, aunque apasionantes ambos. Uno, el paradigma de la superación personal y de la capacidad de perdonar; otro, un psicópata carente de todo tipo de empatía hacia los demás.
    Un saludo.

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    1. Dos buenos personajes para una película. A ver si les sacan provecho.
      Un saludo.

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  2. Una historia triste que lamentablemente acabó sin castigo para Wanatabe, todo un indeseable, que hubiera merecido una pena ejemplar. Un 27 % de todos los prisioneros aliados que capturaron los japoneses durante la guerra, fallecieron en cautividad, por lo que Zamperini, tuvo "suerte" de poder regresar a casa. Espero que la película de los hermanos Coen y Angelina Jolie, pueda reflejar fielmente el trasfondo de esta historia, sin caer en sentimentalismos accesorios. Buen artículo Nonsei.
    Saludos

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    1. Gracias, Gluntz.
      Por cierto, no conté en el artículo qué pasó con el teniente Phillips. Lo único que sé es que estuvo en Ofuna con Zamperini y que también sobrevivió al cautiverio.

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  3. Si bien todo se centra sobre la historia de Zamperini, y es lo correcto pues se habla de la fortaleza de un hombre donde todo estaba en su contra, en referencia a Watanabe tenemos a un caso que va mas allá de sadismo, lo que aquí tenemos es un cobarde que jamás se enfrentó a las balas del enemigo, escondido en el cargo de menor riesgo que puede ejercer un militar: Vigilar a prisioneros de guerra. Esa cobardía se ve exacerbada por la envidia que seguramente sentía de prisioneros que, a diferencia de él, si combatieron. Afirmar que su posición era de tratarlos como enemigos simplemente es una excusa donde esconder su extrema cobardía de no solicitar ser asignado a tropas de combate. Si no se trató de un sociópata, los fantasmas de sus acciones lo habrán acompañado hasta el día de su muerte.

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  4. hollywood cambia mucho las historias ese japones aun que fue cruel seguia ordenes y ademas era joven ,todo el mundo de joven aveses se pasa

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