Remolachas salvavidas

En septiembre de 1939, cuando comenzó la invasión alemana de Polonia, el joven alférez Zbigniew Gutowski acababa de completar su formación como piloto de caza en la Academia del Aire polaca. Nunca llegó a entrar en combate con la Fuerza Aérea de su país. Cuando la derrota era ya inevitable huyó a Rumanía y desde allí viajó a Francia con la intención de alistarse en la Armée de l'air y continuar la lucha contra los nazis. Tampoco allí tuvo su bautismo de fuego, ya que los franceses le destinaron a una base aérea en Argelia, muy lejos de los frentes de batalla. Cuando Francia pidió el armisticio, Gutowski huyó una vez más. Consiguió llegar al Reino Unido y se unió a la Royal Air Force. Tras pasar por un nuevo periodo de instrucción, en junio de 1941 fue destinado al 302th Polish Squadron, una unidad de caza de la RAF formada íntegramente por personal polaco.

El 8 de noviembre de 1941 el 302th Squadron dio escolta a una formación de bombarderos en una misión que tenía como objetivo una instalación industrial en la zona de Lille, en el norte de Francia. Poco después de iniciar el regreso los polacos tuvieron que enfrentarse a un grupo de cazas alemanes Fw 190 enviados a interceptarlos. Durante el combate el Spitfire de Gutowski fue alcanzado y entró en barrena. En el último momento el piloto recuperó el control del aparato y consiguió evitar que se estrellase, pero el caza había empezado a arder y el fuego se extendía rápidamente. Gutowski se vio obligado a abandonar el avión y saltar desde una altura de unos cincuenta metros.

Antes de la invención del asiento eyectable, los pilotos que saltaban de un avión a baja altura no tenían casi ninguna posibilidad de sobrevivir. A menos de 120 metros de altitud los paracaídas eran prácticamente inútiles, ya que no tenían tiempo de desplegarse por completo (aunque de vez en cuando ocurrían milagros: el récord de salto en paracaídas a menor altitud, unos 9 metros, lo tiene otro piloto de la RAF, el comandante Terrence Spencer, cuya vida de película ya conté hace un tiempo).

Cuando saltó del Spitfire en llamas, Gutowski sabía que la altura era insuficiente, pero no tenía otra opción. Al llegar al suelo el paracaídas solo había comenzado a salir de su mochila. Pero Gutowski tuvo la enorme fortuna de aterrizar sobre una gran pila de hojas de remolacha que amortiguó su caída. Se incorporó y comprobó que estaba ileso. Tan solo había perdido una bota. A pocos metros de distancia ardían los restos de su avión.

Gutowski permaneció oculto durante una semana antes de ser capturado por los alemanes. Fue enviado al Stalag Luft III, el campo de prisioneros de La gran evasión. Participó en la construcción de uno de los túneles, pero no llegó a fugarse porque era uno de los últimos de la lista y la huida fue descubierta antes de que llegase su turno (por fortuna para él, ya que la mayor parte de los fugados fueron capturados y ejecutados). Después de la guerra continuó en la RAF, donde sirvió hasta 1949, y más tarde emigró a Canadá. Nunca regresó a Polonia. Murió el año pasado, a la edad de 99 años.

Las declaraciones de guerra en la Segunda Guerra Mundial (algunos datos curiosos)

- La Segunda Guerra Mundial en Europa comenzó el 1 de septiembre de 1939 cuando Polonia fue invadida, sin previa declaración de guerra, por los ejércitos de Alemania... y Eslovaquia.

- El 3 de septiembre de 1939 Francia, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda declararon la guerra a Alemania en respuesta a la invasión de Polonia. El quinto país en hacerlo, el 4 de septiembre, fue Nepal. Su gobierno trataba de asegurar así la máxima protección legal a los gurkhas nepalíes que servían en el Ejército británico. En los días posteriores les seguirían Canadá, Sudáfrica y los protectorados británicos de Omán y Bahréin.

- La Francia de Vichy, pese a ser oficialmente no beligerante, mantuvo una guerra no declarada con los Aliados que costó miles de vidas en Argelia, Siria, Madagascar... Uno de los ataques que sufrió se produjo entre el 23 y el 25 de septiembre de 1940, cuando tropas de la Francia Libre apoyadas por la Royal Navy trataron de hacerse con el control de Dakar. Esos mismos días fuerzas japonesas atacaron Lang Son, en la Indochina Francesa. Durante tres días Francia estuvo librando dos guerras paralelas no declaradas, una contra los Aliados y otra contra una de las potencias del Eje.

- El primer país que declaró la guerra a Japón después del ataque a Pearl Harbor fue Panamá. Lo hizo su presidente Ricardo Adolfo de la Guardia el 7 de diciembre de 1941, el mismo día del ataque, adelantándose a Estados Unidos, Filipinas, los países de la Commonwealth, Holanda y otros estados centroamericanos y del Caribe, que hicieron la declaración formal al día siguiente. De la Guardia llevaba menos de dos meses en el cargo, después de que un golpe de estado hubiese apartado del poder al anterior presidente, Arnulfo Arias Madrid, a quien los estadounidenses acusaban de simpatizar con el Eje.

- Aunque China estaba en guerra con Japón desde 1937, el gobierno de Chiang Kai-shek solo presentó una declaración formal el 8 de diciembre de 1941, el día siguiente al ataque a Pearl Harbor. Además de a Japón, declaró también la guerra a Alemania e Italia. Se aseguraba así de que la guerra chino-japonesa fuese considerada parte del conflicto mundial.

- Solo en una ocasión el gobierno de Hitler hizo una declaración formal de guerra previa al inicio de las hostilidades con otro país. Fue a Estados Unidos, el 11 de diciembre de 1941. Aunque, de hecho, hacía meses que la US Navy y los submarinos alemanes estaban librando una guerra no declarada en el Atlántico.

- El 11 de diciembre de 1941 el gobierno polaco exiliado en Londres declaró la guerra a Japón. El gobierno japonés no aceptó la declaración, argumentando que Polonia había sido empujada a presentarla por las presiones británicas. En realidad tanto la declaración como su rechazo fueron sobre todo gestos propagandísticos.

- Portugal permaneció neutral durante todo el conflicto, a pesar de que ambos bandos atacaron e invadieron territorio portugués. La colonia de Timor Oriental fue ocupada por tropas australianas y holandesas en diciembre de 1941, y por fuerzas japonesas en febrero de 1942. La ocupación se mantuvo hasta la rendición de Japón en septiembre de 1945.

- El último país que declaró la guerra a Alemania fue Finlandia, el 3 de marzo de 1945. Lo cierto es que ya llevaban seis meses en guerra. Tras firmar el armisticio con la URSS, en septiembre de 1944, los finlandeses cambiaron de bando y se enfrentaron a las tropas alemanas desplegadas en su territorio. Las presiones soviéticas hicieron que el gobierno finlandés presentase una declaración de guerra formal cuando los alemanes ya habían sido casi totalmente derrotados.

- El último país en entrar en la guerra fue Chile. En una acción puramente simbólica (la participación chilena en el conflicto fue nula), el gobierno de Juan Antonio Ríos declaró la guerra a Japón el 13 de abril de 1945.

- Después de unirse Chile a los Aliados, la totalidad del continente americano estaba en guerra con Japón, con una única excepción: Colombia. El 26 de noviembre de 1943 el gobierno colombiano declaró la guerra a Alemania por los reiterados ataques que habían sufrido barcos colombianos por parte de submarinos alemanes en el Caribe. Pero Colombia nunca llegó a unirse oficialmente a la guerra contra el Imperio Japonés.

- La última declaración formal de guerra la presentó la República Popular de Mongolia a Japón el 10 de agosto de 1945, dos días después de que lo hiciese la URSS, y cuando tropas mongolas ya habían iniciado junto a las soviéticas la invasión de Manchuria. Mongolia era el país número 41 que declaraba la guerra a Japón. Anteriormente había estado en guerra con Alemania.

- En esos momentos el único aliado que le quedaba a Japón (sin contar estados títeres sin reconocimiento internacional, como Manchukuo) era Tailandia. Pero tras el derrocamiento del impopular mariscal Phibun en agosto de 1944 el gobierno tailandés fue distanciándose progresivamente de los japoneses, y un año después la teórica alianza solo existía sobre el papel. El 16 de agosto de 1945 el primer ministro decretó que la declaración de guerra promulgada en 1942 contra Estados Unidos y el Reino Unido había sido inconstitucional, por lo que no tenía ninguna validez. Así evitaba pedir el armisticio.

- El continente con más países oficialmente neutrales (o no beligerantes, que no era exactamente lo mismo) durante toda la Segunda Guerra Mundial fue Europa (Portugal, España, Andorra, Irlanda, Suecia, Suiza, Liechtenstein y el Vaticano), seguido de Asia (Yemen, Afganistán, Bután y el Tibet). El resto del mundo estuvo oficialmente en guerra en algún momento del conflicto.

El piloto de caza que escoltó a un bombardero enemigo

La 527ª Escuadrilla de Bombardeo (527th Bombardment Squadron) era una unidad de la USAAF perteneciente a la 8ª Fuerza Aérea, el cuerpo aéreo estadounidense enviado a Inglaterra a mediados de 1942 para iniciar la campaña de bombardeos estratégicos contra Alemania. Con base en Kimbolton, cerca de Cambridge, la 527ª Escuadrilla estaba equipada con bombarderos pesados B-17 Flying Fortresses. Los B-17 eran aviones muy resistentes y con un buen blindaje, pero lentos y poco maniobrables. Para hacerlos menos vulnerables al ataque de los cazas, la USAAF adoptó un sistema de bombardeos en formación escalonada, donde los aviones se cubrían unos a otros, minimizando las lagunas defensivas que presentarían en formaciones abiertas. El inconveniente de esa táctica era que durante el combate aéreo un bombardero no podía realizar una maniobra evasiva individualmente. Si se salía de la formación, no solo sería el objetivo prioritario de los cazas enemigos, sino que estaría expuesto a ser el blanco accidental de las ametralladoras o incluso de las bombas de sus compañeros. Un B-17 alcanzado por fuego enemigo o que hubiese sufrido problemas mecánicos y que se hubiese visto obligado a abandonar la formación tenía pocas posibilidades de regresar a casa.

El 20 de diciembre de 1943 la 527ª Escuadrilla de Bombardeo despegó de Kimbolton en una misión cuyo objetivo era la fábrica de aviones Focke-Wulf de Bremen, en el norte de Alemania. En la reunión previa los tripulantes de los B-17 fueron informados de que se esperaba que el fuego antiaéreo en la zona fuese especialmente intenso. Y así fue. Cuando se aproximaban al objetivo, antes de que comenzasen a lanzar sus bombas, fueron recibidos por las decenas de baterías antiaéreas que defendían la fábrica. Uno de los B-17 que abrían la formación, bautizado con el nombre de Ye Olde Pub, recibió un impacto directo que destrozó el morro del avión e inutilizó su motor nº 2. Poco después el motor nº 4 empezó a fallar y el piloto se vio obligado a estrangular la entrada de combustible para evitar que empezase a arder. Con solo dos motores, el bombardero perdió potencia y no pudo seguir al resto de la formación. Ye Olde Pub se quedó rezagado y expuesto al ataque de los cazas alemanes.

Durante más de diez minutos, Ye Olde Pub soportó el ataque de más de una docena de cazas Messerschmitt Bf 109 y Focke-Wulf Fw 190. El bombardero fue acribillado por los aparatos enemigos. El artillero de cola, el sargento Hugh Eckenrode, murió alcanzado por un impacto directo. Otros tripulantes fueron heridos de gravedad: el operador de radio, el sargento Dick Pechout, fue alcanzado por metralla en un ojo, uno de los artilleros laterales, el sargento Alex Yelesanko fue herido en una pierna, y el artillero de la torreta de bola, el sargento Sam Blackford, sufrió la congelación de sus pies (las congelaciones eran muy habituales, y podían producirse en segundos en cuanto el tripulante quedaba expuesto al aire exterior, que a grandes alturas podía ser de decenas de grados bajo cero). También el piloto y comandante del avión, el alférez Charlie Brown, resultó herido en el hombro derecho. El B-17 perdió parte del timón de cola, se quedó sin sistemas hidráulicos, sin oxígeno y con averías graves en los sistemas eléctricos. Además fue alcanzado el motor nº 3, lo que hizo que el avión perdiese todavía más potencia. Cuando el B-17 entró en pérdida y comenzó a caer, los cazas alemanes lo dieron por derribado y abandonaron la persecución. Pero en el último momento el piloto recuperó el control del aparato y evitó que se estrellase.

Volando muy bajo, el renqueante B-17 pasó sobre un aeródromo de la Luftwaffe donde en esos momentos se encontraba repostando un Bf 109 pilotado por el teniente Franz Stigler, un veterano oficial del JG 27 (Jagdgeschwader 27, o Ala de Caza 27). Stigler despegó inmediatamente y salió en persecución del bombardero. Cuando lo alcanzó y pudo ver de cerca los daños que tenía, el piloto alemán se quedó sorprendido. Nunca había visto volar un avión en ese estado. Dos de sus cuatro motores estaban parados, y un tercero funcionaba a trompicones. Parte del morro había desaparecido, y a través de los numerosos agujeros que tenía en el fuselaje podía ver cómo los tripulantes que aún se mantenían en pie atendían a sus compañeros heridos. Stigler no pudo abrir fuego. Le pareció que habría sido un acto inmoral, equivalente a disparar a un aviador derribado que hubiese saltado en paracaídas. Después de todo, pensaba, era imposible que el bombardero consiguiese regresar a Inglaterra, así que ya no suponía una amenaza ni en el presente ni en el futuro. Decidió intentar convencer al piloto para que aterrizase en suelo alemán. Se acercó todo lo que pudo, tratando de mantenerse fuera de la línea de fuego de las ametralladoras (aunque la mayor parte de ellas parecían no funcionar), y comenzó a hacer señas con la mano.

El alférez Brown se sorprendió de que el piloto del caza no abriese fuego contra el bombardero casi indefenso (las únicas armas que seguían operativas eran las dos ametralladoras de la torreta dorsal y una de las delanteras). No respondió a sus señales, aunque era evidente que estaba intentando obligarle a aterrizar. Stigler, viendo que los estadounidenses no tenían intención de rendirse, decidió escoltar al bombardero hasta la costa. Desde allí podrían tratar de llegar a la neutral Suecia, donde recibirían atención médica y serían internados hasta el final de la guerra. De nuevo hizo señas a Brown para intentar comunicarle sus intenciones. Brown y sus compañeros no entendieron lo que el piloto alemán estaba tratando de decirles, pero vieron cómo el caza se aproximaba aún más hasta situarse en paralelo al bombardero, casi ala con ala, para protegerlo de las baterías antiaéreas (si veían un avión amigo volando tan próximo, se lo pensarían mucho antes de abrir fuego contra el B-17). Stigler les acompañó hasta que llegaron a mar abierto. Después saludó con la mano y dio media vuelta.

Stigler se equivocaba al suponer que los estadounidenses pondrían rumbo a Suecia. A pesar de su estado, Ye Olde Pub consiguió atravesar el mar del Norte y aterrizar en la base aérea de Seething, en el sureste de Inglaterra. El alférez Brown explicó en el informe que presentó sobre la misión su amistoso encuentro con el caza alemán. Sus superiores le prohibieron volver a comentar nada sobre el asunto. Pensaban que la difusión de historias sobre comportamientos caballerescos de los pilotos enemigos podría suponer un peligro si hacía que otras tripulaciones bajasen la guardia.

El teniente Stigler no informó del incidente a sus superiores, ya que temía que su gesto humanitario fuese considerado un acto de traición y pudiese costarle una corte marcial. Terminó la guerra sirviendo en el Jagdverband 44, una unidad de élite de la Luftwaffe equipada con los aviones a reacción Messerschmitt Me 262 e integrada por algunos de los mayores ases de caza alemanes (eran conocidos como Die Jet Experten). El propio Stigler era un as con 29 victorias en combates aéreos, aunque eso no le sirvió de mucho en la Alemania de postguerra. Durante un tiempo tuvo que subsistir con cupones de comida y con los trabajos que encontraba como ayudante de albañil. En 1953 emigró a Canadá. Allí se hizo empresario y consiguió una posición acomodada.

Charlie Brown completó su período de servicio y regresó a Estados Unidos. En 1949 reingresó en la USAF, donde sirvió hasta su retiro como teniente coronel en 1965. Muchos años después, en 1986, durante una reunión de veteranos, alguien le pidió que contase una anécdota de su servicio durante la guerra y Brown recordó la historia del caza alemán que le había dado escolta cuando sobrevolaba territorio enemigo. Más tarde decidió que tenía que averiguar la identidad de aquel piloto. Consultó los archivos de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y de la República Federal Alemana y se puso en contacto con asociaciones de excombatientes. Durante cuatro años no tuvo ningún éxito en su búsqueda, hasta que finalmente en 1990 recibió una respuesta desde Canadá a una carta que había enviado a un boletín de una asociación de ex pilotos de caza. Era Stigler, asegurándole que él era el hombre que buscaba. En una conversación telefónica posterior, los datos que dio sobre el encuentro que habían tenido casi medio siglo antes convencieron a Brown. Franz Stigler y Charlie Brown mantuvieron una estrecha amistad hasta la muerte de ambos en 2008, con pocos meses de diferencia.

Operación Ke, la evacuación japonesa de Guadalcanal

Guadalcanal fue la gran batalla de desgaste de la guerra en el Pacífico. Pero más que para las fuerzas terrestres que luchaban por el control de la isla, lo fue para las marinas de guerra de ambos bandos. Entre agosto y diciembre de 1942 hubo siete grandes batallas navales en torno a Guadalcanal, además de muchos otros enfrentamientos menores y continuos ataques de aviones, submarinos y lanchas torpederas a convoyes y barcos aislados. Numéricamente, si se considera como una única gran batalla naval de cinco meses de duración, la victoria habría sido para los japoneses. La US Navy perdió más de 5.000 hombres, además de dos portaaviones, siete cruceros y otros quince barcos de guerra de distintos tipos. Las pérdidas de la Marina Imperial, aunque también traumáticas, fueron inferiores: 3.500 hombres, dos acorazados, un portaaviones ligero, cuatro cruceros y otros diecisiete barcos de guerra. Tomando las batallas una por una, también hubo una mayoría de victorias tácticas de los japoneses, aunque éstas nunca les sirvieron para alcanzar sus objetivos estratégicos. Pero la campaña había llevado a la Marina Imperial a una situación límite. Su capacidad de reponer las pérdidas era muy inferior a la de la US Navy, y cada barco hundido o dañado podía comprometer gravemente operaciones futuras. En diciembre de 1942 el almirante Yamamoto tomó la decisión de abandonar Guadalcanal y reservar la Flota Combinada para enfrentamientos posteriores. A pesar de las cifras favorables a los japoneses, considerada como una batalla de desgaste Guadalcanal fue una clara victoria estadounidense.

La decisión de la Marina Imperial de no arriesgar más buques en la defensa de Guadalcanal encontró inicialmente la oposición del Ejército, cuyos mandos aún esperaban poder revertir el curso de la batalla. Pero los continuos fracasos en las misiones de abastecimiento acabaron por convencerles. La capacidad de combate de las tropas japonesas en Guadalcanal disminuía cada día que pasaba, al mismo tiempo que se fortalecía la del bando contrario, que ya no tenía problemas para recibir refuerzos y suministros de forma masiva.

El 31 de diciembre de 1942 el Cuartel General Imperial aprobó las recomendaciones de la Flota Combinada y dio instrucciones para que comenzasen los preparativos de la retirada. El 9 de enero el Estado Mayor de la Flota Combinada y el 8º Ejército de Área (del que dependían las tropas de Guadalcanal) presentaron el plan de evacuación, que tenía el nombre en clave de Operación Ke. La clave de su éxito estaría en mantener ocultas sus intenciones, haciendo creer a los estadounidenses que los japoneses estaban preparando una gran ofensiva. Para ello se generaría tráfico falso de radio y la aviación y la flota incrementarían su actividad en la zona. En enero, el progresivo incremento en el aumento del número de buques y aviones japoneses destacados en las Marshall y el archipiélago de Bismark y el llamativo aumento del tráfico de radio en la región convencieron a los servicios de inteligencia estadounidenses de que era inminente una operación de gran envergadura en las Salomón o en Nueva Guinea.

La evacuación estaría a cargo de los destructores de la 8ª Flota del vicealmirante Gunichi Mikawa, con base en Rabaul. Contarían con el apoyo de casi 400 aviones de la Marina y el Ejército, con los que se esperaba obtener una superioridad aérea momentánea. No lo iban a tener fácil: entre el Saratoga, el Enterprise, media docena de portaaviones de escolta, la Cactus Air Force en Campo Henderson, y los bombarderos con base en Espíritu Santo, los estadounidenses podían contar con más de 500 aviones en el área de Guadalcanal.

A comienzos de enero las fuerzas estadounidenses en Guadalcanal sumaban más de 50.000 hombres del Ejército y los Marines, con numerosa artillería e incluso carros de combate. En el bando contrario, de los 36.000 soldados japoneses que habían desembarcado en la isla desde el principio de la batalla, apenas quedaban 14.000 con vida. Muchos de los supervivientes estaban enfermos, heridos o demasiado débiles por la desnutrición y no podían valerse por sí mismos. No contaban con armamento pesado y apenas tenían municiones, por lo que no estarían en condiciones de oponer una resistencia efectiva durante la retirada. Por ello el plan preveía el desembarco previo de un batallón del Ejército para cubrir su retaguardia durante la marcha hacia el oeste.

El 14 de enero un convoy de nueve destructores trasladó a Guadalcanal una fuerza de 750 hombres y una batería de cañones de montaña (que podían desmontarse y transportarse a hombros) al mando del mayor Keiji Yano (como era habitual en el Ejército japonés, la unidad recibió el nombre de su comandante, Batallón Yano). El desembarco se llevó a cabo sin grandes problemas, aunque en el regreso a Rabaul los destructores fueron atacados por la aviación estadounidense y varios de ellos sufrieron daños. Junto a las tropas de refuerzo desembarcó un grupo de oficiales del Estado Mayor del 8º Ejército de Área con la misión de coordinar las operaciones de retirada con el general Harukichi Hyakutake, comandante de las tropas japonesas en Guadalcanal. El 18 de enero el cuartel general del 17º Ejército de Hyakutake, situado en Kokumbona, en la costa norte de la isla, dio las primeras instrucciones a sus unidades para proceder a la evacuación. El día 20 la 38ª División de Infantería abandonaría sus posiciones para dirigirse al cabo Esperanza. Cinco días después la seguiría la 2ª División, quedando el Batallón Yano en la retaguardia para cubrir la retirada.

El 20 de enero, el día que la 38ª División comenzó su retirada, coincidió con una ofensiva estadounidense contra las alturas al sur de Kokumbona. Los norteamericanos avanzaron sin encontrar mucha resistencia, y dos días después amenazaban con rodear las posiciones que ocupaba la 2ª División. La noche del 22 Hyakutake tuvo que ordenar antes de lo previsto la retirada hacia el oeste de todas sus fuerzas. La mañana siguiente los estadounidenses capturaron Kokumbona. En los días posteriores continuaron la retirada japonesa y el avance norteamericano, ralentizado con éxito por las tropas del Batallón Yano. El 29 de enero los hombres de Yano ocuparon posiciones defensivas en la orilla izquierda del río Bonegi y lograron retener a las tropas enemigas durante tres días.

Mientras tanto habían comenzado los ataques aéreos con los que los japoneses pretendían dar la impresión de que estaba a punto de iniciarse una gran ofensiva. La mayoría eran pequeñas incursiones con pocas consecuencias, pero entre ellas se lanzaron dos ataques a gran escala por parte de aparatos de la Marina y del Ejército, respectivamente. El 25 de enero casi sesenta Zeros se enfrentaron sobre Guadalcanal a los Wildcats y P-40 de la Cactus Air Force. Los cazas japoneses tuvieron que retirarse, aunque apenas sufrieron bajas. Dos días después una formación de nueve bombarderos Kawasaki Ki-48 y setenta y cuatro cazas Nakajima Ki-43 del Ejército Imperial fue interceptada por los cazas estadounidenses al norte de la isla. En el combate fueron derribados media docena de aparatos de cada bando. Los Ki-48 llegaron a bombardear posiciones estadounidenses en tierra, aunque el ataque apenas causó daños.

Las incursiones aéreas ayudaron a reforzar la creencia de que era inminente una ofensiva japonesa en Guadalcanal u otro punto de las Salomón. Para hacer frente a la supuesta amenaza, a finales de enero partió de Nueva Caledonia un gran convoy estadounidense con refuerzos con destino a Guadalcanal. Al mismo tiempo una fuerza naval al mando del contraalmirante Robert C. Giffen fue enviada al estrecho de Nueva Georgia con la misión de proteger la llegada del convoy y los desembarcos previstos para el 30 de enero. La escuadra recibió la denominación de Task Force 18, y estaba formada por tres cruceros pesados, tres cruceros ligeros, dos portaaviones de escolta y doce destructores. El 29 de enero Giffen dividió sus fuerzas al decidir dejar atrás los portaaviones, demasiado lentos para mantener la velocidad del resto de los buques, acompañados de algunos de los destructores. Esa tarde un submarino japonés descubrió la escuadra estadounidense y envió un mensaje informando de su posición. Poco después despegaron de Rabaul 32 bombarderos Mitsubishi G4M y G3M armados con torpedos para lanzar un ataque a la Task Force 18.

Al anochecer los aviones japoneses encontraron la escuadra de Giffen frente a la isla Rennell, al sur de Guadalcanal. Tanto los G3M como los G4M eran bimotores de gran tamaño, casi tan voluminosos como los B-17 estadounidenses, que, aunque podían ser utilizados como torpederos, eran muy vulnerables en ese cometido al tener que realizar su aproximación al blanco a baja velocidad y muy baja altura. Sin embargo, Giffen había dejado su escuadra sin cobertura aérea al ordenar que los portaaviones de escolta se separasen para no ralentizar la marcha del convoy. En el ataque, lanzado en dos oleadas, solo tres de los aparatos fueron derribados por el fuego antiaéreo de los buques. Dos torpedos alcanzaron al crucero pesado Chicago, causándole graves inundaciones y una pérdida total de potencia. Giffen ordenó la retirada de su fuerza naval, a excepción de seis destructores que se quedaron para dar escolta al Chicago y al remolcador Navajo, enviado en su ayuda desde Tulagi.

La tarde del 30 de enero once bombarderos G4M lanzaron un nuevo ataque. En esta ocasión el Chicago sí contaba con la protección de cazas de los portaaviones cercanos. Ocho de los once bombarderos atacantes fueron derribados por la aviación estadounidense, aunque muchos de ellos lograron lanzar antes sus torpedos. Uno golpeó al destructor La Vallette, ocasionándole graves daños. Otros cuatro torpedos alcanzaron al Chicago, que se hundió poco después.

En otro enfrentamiento naval, la noche del 29 de enero el submarino japonés I-1, que transportaba suministros a Guadalcanal, fue hundido por las corbetas neozelandesas Kiwi y Moa en la bahía Kamimbo, en la costa noroeste de la isla.

El 30 de enero el convoy de refuerzos estadounidenses llegó a Guadalcanal. El grueso de la flota aliada permanecía al sur de las Salomón, aguardando acontecimientos. El 31 los destructores de Mikawa se reunieron en las Shortland. La primera misión de evacuación estaba prevista para la noche del 1 al 2 de febrero. La retirada de la Task Force 18 facilitaba los planes japoneses, aunque los aliados aún contaban con superioridad aérea. La mañana del 1 de febrero una formación de B-17 con base en Espíritu Santo atacó el fondeadero de las Shortland. Ningún buque fue alcanzado, y los estadounidenses perdieron cuatro bombarderos en la incursión. Por la tarde, seis bombarderos Ki-48 y veintitrés cazas Ki-43 del Ejército Imperial lanzaron un ataque contra Campo Henderson, que no tuvo consecuencias.

La mañana del 1 de febrero un batallón de marines desembarcó en Verahue, en la costa oeste de Guadalcanal, al sur del cabo Esperanza. Por la tarde un hidroavión de reconocimiento japonés avistó la flotilla de desembarco (un antiguo destructor de la Primera Guerra Mundial reconvertido en transporte rápido de tropas, varias LCTs y cuatro destructores de escolta), muy próxima al lugar donde horas más tarde embarcarían los hombres de la 38ª División, y envió un mensaje al cuartel general de la Marina Imperial en Rabaul. Inmediatamente despegó de Buin una fuerza de ataque formada por catorce bombarderos en picado Aichi D3A y cuarenta Zeros. Los aviones localizaron la flotilla en el estrecho del Fondo de Hierro, entre el cabo Esperanza y la isla de Savo. Los bombarderos se lanzaron contra los buques mientras los cazas entablaban combate con los aviones de la Cactus Air Force que protegían el convoy. El destructor Nicholas fue alcanzado por dos impactos cercanos que dañaron su timón, pero pudo continuar navegando. Otro destructor, el De Haven, fue golpeado por tres bombas y se hundió casi inmediatamente. Murieron 167 hombres, más de la mitad de su tripulación. Además, los estadounidenses perdieron tres Wildcats durante el combate aéreo. Por parte japonesa, cayeron derribados cinco bombarderos y tres Zeros.

Mientras tanto, estaba ya en camino el primer convoy de evacuación formado por veinte destructores (once para el transporte de tropas y nueve de escolta), al mando del contraalmirante Shintarō Hashimoto. La flotilla fue denominada oficialmente Unidad de Refuerzo, un nombre con el que los japoneses pretendían engañar al enemigo sobre sus verdaderas intenciones. El convoy sufrió dos ataques aéreos consecutivos en los que participaron casi cien aviones de la Cactus Air Force. El primero de ellos no tuvo consecuencias. En el segundo, un impacto cercano dejó sin propulsión al destructor Makinami, el buque insignia de Hashimoto. El Makinami tuvo que regresar a las Shortland remolcado por el Fumizuki, mientras Hashimoto continuaba al frente de la misión a bordo de otro de los destructores, el Shirayuki. Los estadounidenses perdieron cuatro aviones.

Por la noche una flotilla de lanchas torpederas salió al encuentro del convoy japonés en el Ironbottom Sound. Los destructores de la escolta se enfrentaron a ellas y con ayuda de hidroaviones de la Marina Imperial con base en Rabaul lograron hundir tres de las lanchas. Cuando parecía que la lucha había terminado, un torpedo golpeó al destructor Makigumo, que quedó inmovilizado y fue abandonado y barrenado por la tripulación.

Mientras los buques de escolta mantenían alejadas a las torpederas, los destructores de transporte llegaron a los puntos de evacuación, frente al cabo Esperanza y en la bahía Kamimbo, y recogieron a los 5.000 hombres supervivientes de la 38ª División que esperaban en las playas. Tras completar el embarque, el convoy volvió a reagruparse e inició el regreso. La Unidad de Refuerzo arribó a las Shortland sin más contratiempos el mediodía del 2 de febrero. La primera misión de evacuación de la operación Ke se había completado con un coste de un destructor hundido y otro dañado, pero podía considerarse un éxito.

La mañana del 4 de febrero zarparon de nuevo veinte destructores (habían sido enviados dos desde Truk para reemplazar los perdidos) en la segunda misión de evacuación. Igual que había ocurrido tres días antes, los aviones de Campo Henderson atacaron por dos veces el convoy y dañaron de gravedad uno de los buques, el Maikaze, que tuvo que regresar a la base escoltado por el Nagatsuki. Los atacantes perdieron once aparatos, derribados por las armas antiaéreas y los Zeros de escolta. Esa noche no aparecieron las lanchas torpederas, por lo que los destructores de Hashimoto pudieron embarcar sin contratiempos a casi 4.000 hombres, en su mayor parte de la 2ª División de Infantería. Entre los evacuados estaba el general Hyakutake, el comandante supremo de las fuerzas japonesas en Guadalcanal.

Mientras, en tierra, el Batallón Yano seguía bloqueando el avance estadounidense hacia el oeste de la isla. Los primeros días de febrero las tropas japonesas se atrincheraron en la orilla izquierda del río Segilau antes de continuar la retirada el día 4. Los norteamericanos, convencidos de que los convoyes nocturnos habían servido para transportar refuerzos, se mostraban cautelosos. El 6 de febrero los últimos 2.000 soldados japoneses, pertenecientes al batallón Yano y a unidades rezagadas de la 2ª División, se replegaron a la bahía Kamimbo. Al día siguiente el avance norteamericano siguió igual de lento, a pesar de que la resistencia era ya casi inexistente.

El 7 de febrero partió de las Shortland el tercer y último convoy de evacuación al mando de Hashimoto. Por la tarde los destructores fueron atacados por una fuerza de 36 aviones de la Cactus Air Force. Uno de los buques, el Isokaze, sufrió daños graves y tuvo que retirarse escoltado por el Kawakaze. El resto del convoy continuó hacia la bahía Kamimbo. A medianoche el embarque de casi 2.000 soldados se había completado. Antes de iniciar el regreso, varios botes recorrieron la costa durante más de una hora para asegurarse de que no dejaban a nadie en tierra. La mañana siguiente la Unidad de Refuerzo arribó a Bougainville sin novedad. Así terminaba la operación Ke. En total la Marina japonesa evacuó a 10.652 hombres de Guadalcanal. Unos 600 de ellos murieron en los días posteriores a causa de las heridas o las enfermedades que habían contraído en la isla.

El 8 de febrero las tropas estadounidenses llegaron al cabo Esperanza y Kamimbo, sin encontrar más que a unos pocos soldados japoneses moribundos abandonados a su suerte. Solo entonces se convencieron de que los convoyes de los días anteriores no habían estado enviando refuerzos a la isla, sino evacuando a las tropas japonesas. La tarde del 9 de febrero las fuerzas que avanzaban desde el norte se encontraron en la aldea de Tenaro con los marines del batallón que había desembarcado en Verahue. El general Alexander Patch, comandante de las fuerzas aliadas en Guadalcanal, dio la batalla por finalizada. En el mensaje que envió al almirante Halsey concluía: "El Expreso de Tokio ya no tiene su terminal en Guadalcanal".

La noche de los destructores (la batalla de Tassafaronga)

En noviembre de 1942 una flotilla de lanchas torpederas de la Marina estadounidense comenzó a operar desde Tulagi con la misión de patrullar por las noches las aguas al oeste de Guadalcanal. La amenaza de las torpederas obligó a los japoneses a renunciar a los convoyes nocturnos de destructores del Expreso de Tokio. En su lugar tuvieron que recurrir a los submarinos para continuar abasteciendo a las tropas que combatían en la isla. Todas las noches, desde el 16 de noviembre, un sumergible descargaba en Tassafaronga entre 20 y 30 toneladas de alimentos y suministros, una cantidad que ni siquiera daba para cubrir las necesidades del día. El 26 de noviembre, después de solo once misiones de transporte a cargo de los submarinos, el mando del Ejército en Guadalcanal dio la voz de alarma al comunicar que muchas de sus unidades, en especial las de primera línea, estaban en una situación crítica de desabastecimiento. En Rabaul el contraalmirante Raizō Tanaka comenzó a preparar un nuevo convoy de destructores para hacer llegar los suministros que las tropas de Guadalcanal necesitaban con urgencia.

Los japoneses idearon un sistema que permitiría a los destructores permanecer un tiempo mínimo en aguas de Guadalcanal. Los suministros fueron introducidos en bidones herméticos y cargados en la cubierta de los buques. Cuando llegasen frente a la costa de Guadalcanal, los bidones se dejarían caer al mar y se quedarían flotando hasta que fuesen recogidos por botes enviados desde tierra o hasta que las corrientes los arrastrasen a la orilla. Parte de los suministros podrían perderse, pero los buques estarían menos expuestos al ataque de las torpederas durante las labores de descarga, y ganarían unas horas valiosísimas para salir del radio de acción de los aviones de Campo Henderson antes del amanecer.

El convoy de Tanaka estaba formado por ocho destructores. Dos de ellos, el Naganami y el Takanami, hacían las funciones de escolta. Los otros seis (Kuroshio, Oyashio, Kagerō, Suzukaze, Kawakaze y Makinamise) transportaban los bidones, unos 200 por buque. Para aligerarlos se les había retirado todo el peso no imprescindible, incluidos los torpedos. Tan solo llevarían los cargados en los tubos.

El 29 de noviembre, un día antes de la partida del convoy, la inteligencia naval estadounidense (que descifraba las comunicaciones de la Marina Imperial) interceptó un mensaje transmitido desde Rabaul a Guadalcanal en el que se detallaban los detalles de la operación. Desde la isla de Espíritu Santo salió al encuentro de los japoneses una fuerza naval al mando del vicealmirante Carleton H. Wright, compuesta por los cruceros pesados Minneapolis, New Orleans, Pensacola y Northampton, el crucero ligero Honolulu, y cuatro destructores (Fletcher, Drayton, Maury y Perkins). Durante la travesía se les unieron los destructores Lamson y Lardner, que regresaban de una misión de escolta en Guadalcanal.

El plan de Wright era sorprender a los japoneses mientras desembarcaban los suministros frente a la punta Tassafaronga, al este del cabo Esperanza. Había preparado a su escuadra para una batalla nocturna. Los destructores, la mayoría de ellos equipados con radar, abrirían la marcha y atacarían con sus torpedos en cuanto localizasen al enemigo. A continuación se retirarían para dejar paso a los cruceros, que rematarían a los buques japoneses con sus cañones.

La fuerza de Wright se dirige a Guadalcanal; la fotografía está tomada desde el destructor Fletchet; tras él navegan el Perkins, el Maury y el Drayton; a lo lejos se pueden distinguir los cruceros:


La flota japonesa zarpó de Rabaul la mañana del 30 de noviembre. Desconociendo que el enemigo estaba al tanto de sus planes, Tanaka guió el convoy dando un rodeo por el norte de las islas de Choiseul y Santa Isabel esperando no ser descubierto por los aviones de patrulla marítima aliados. Pero fueron los buques de Wright los que fueron avistados por un hidroavión de reconocimiento japonés. Cuando Tanaka fue informado de que una escuadra enemiga se dirigía a Guadalcanal dio orden a sus capitanes de prepararse para una batalla nocturna. La retirada no era una opción. Tanaka sabía que los suministros que transportaban eran vitales para las tropas que luchaban por el control de la isla.

A las once de la noche los buques japoneses llegaron a la primera de las zonas donde tenían que soltar los bidones, frente al arrecife Doma. Allí se separaron el Naganami, el Kawakaze y el Suzukaze, mientras el Takanami se alejaba de la costa para proteger la columna y el resto del convoy continuaba hasta el segundo punto de descarga, la punta Tassafaronga.

La formación estadounidense estaba encabezada por los destructores Fletcher, Perkins, Maury y Drayton (los otros dos destructores, el Lamson y el Lardner, que se habían unido en el último momento a la escuadra, no conocían el plan de batalla, por lo que fueron enviados a cerrar la formación). Sus radares comenzaron a detectar el convoy japonés antes de que éste se dividiese. A las once y cuarto el capitán William M. Cole, capitán del Fletcher y del grupo de destructores, comunicó a Wright que tenían varios buques fijados en los radares y solicitó permiso para lanzar sus torpedos. Wright respondió que los objetivos aún estaban a demasiada distancia y ordenó que se acercasen más. En los minutos que pasaron hasta que los destructores recibieron el permiso para disparar sus salvas de torpedos, los vigías del Takanami descubrieron la columna enemiga y Tanaka ordenó a todos sus buques suspender el lanzamiento de bidones y prepararse para el combate.

A las once y veinte Wright dio al fin la orden. Los destructores dispararon una veintena de torpedos y a continuación, siguiendo el plan, lanzaron bengalas para iluminar los blancos y se hicieron a un lado. Instantes después los cruceros abrieron fuego con sus cañones. Casi todos ellos eligieron como objetivo el Takanami, el más próximo de los buques enemigos. El destructor fue destrozado por la artillería de los cruceros y acabó envuelto en llamas y fuera de control. Mientras tanto, los restantes buques japoneses habían pasado desapercibidos para los estadounidenses. Habían tenido tiempo de maniobrar para evitar las salvas de torpedos lanzadas por los destructores (todos se perdieron sin alcanzar ningún blanco) y para colocarse en disposición de lanzar ellos las suyas.

Con el Naganami cubriéndoles con fuego de artillería y una cortina de humo, los dos destructores que se encontraban frente a Doma, el Kawakaze y el Suzukaze, dispararon todos sus torpedos (los ocho que tenían en los tubos) en dirección a los destellos que producían los cañones de los cruceros estadounidenses. En el otro grupo, dos de los destructores, el Makinamise y el Oyashio, lanzaron también todos los torpedos con los que contaban, mientras que el Kuroshio disparó la mitad de los suyos. A continuación viraron en redondo y se alejaron.

El Minneapolis, el buque insignia de Wright, fue el primero en ser alcanzado. Dos torpedos estallaron en su parte delantera, doblando la proa y dejando al buque sin capacidad de maniobra. Además las explosiones inutilizaron tres de sus cuatro calderas y causaron un gran incendio al alcanzar los depósitos de combustible de los hidroaviones. Murieron 37 hombres.

Poco después un torpedo golpeó en el New Orleans, bajo los depósitos de municiones de las torres de artillería delanteras. Una gran explosión sacudió la proa, que se desprendió del resto del buque y se hundió al instante. El New Orleans, que había perdido toda su parte delantera, estaba totalmente fuera de control, aunque continuaba a flote. Murieron 183 tripulantes.

El tercero en ser alcanzado fue el siguiente en la formación, el Pensacola. Un torpedo golpeó en el centro del buque, causando un gran incendio y una fuerte escora a babor. El crucero se quedó sin maniobrabilidad, casi sin propulsión y con graves fallos eléctricos que afectaban a sus comunicaciones y a sus sistemas de control de daños. 125 tripulantes perdieron la vida.

El crucero ligero Honolulu, sin dejar de disparar sus cañones contra el enemigo que se alejaba, maniobró por entre los buques que le habían precedido en la formación, todos ellos envueltos en llamas, y salió de la zona de peligro sin ser alcanzado. Tras él iba el cuarto crucero pesado estadounidense, el Northampton. Después de dejar atrás los buques ardiendo, el Northampton fue golpeado por un torpedo bajo la línea de flotación que provocó la inundación de la sala de máquinas, e instantes después por un segundo torpedo que abrió una gran vía de agua en la popa. El buque se quedó sin propulsión, escorado a babor y en llamas. Murieron 50 tripulantes.

Los destructores Lamson y Lardner fueron atacados por error por la artillería del New Orleans y se alejaron de la zona sin haber participado en la batalla. Los cuatro destructores de vanguardia del capitán Cole salieron a toda máquina tras los buques japoneses, pero abandonaron la persecución al llegar al oeste de la isla de Savo sin haber conseguido mantener el contacto.

El único buque japonés dañado durante la batalla fue el destructor Takanami, que se encontraba ardiendo y sin propulsión y no había podido seguir al resto del convoy en la retirada. Tanaka ordenó a los destructores Oyashio y Kuroshio regresar para ayudar al Takanami, pero la presencia de buques enemigos en la zona les impidió acercarse al buque en llamas y les obligó a abandonar su misión de rescate. Cuando los incendios se hicieron incontrolables, el capitán se vio obligado a dar la orden de abandonar el barco. En ese momento una gigantesca explosión hizo saltar el buque por los aires. De una tripulación de 244 hombres, apenas 50 supervivientes consiguieron llegar a las playas de Guadalcanal.

Mientras tanto, la tripulación del Northampton, que durante más de una hora había tratado inútilmente de contener las vías de agua y los incendios, tuvo que abandonar su barco. Los supervivientes fueron rescatados por los destructores estadounidenses mientras el buque se hundía. Los otros cruceros dañados, el Minneapolis, el New Orleans y el Pensacola, pudieron llegar por sus propios medios a Tulagi. Allí permanecieron varios días para ser sometidos a reparaciones de emergencia y poder continuar su camino hasta Australia. Los tres, con graves averías y daños estructurales, estuvieron fuera de servicio casi un año.

El crucero Minneapolis en Tulagi después de la batalla:


La batalla de Tassafaronga fue una de las más humillantes derrotas de la US Navy en toda su historia. A pesar de contar con unas fuerzas muy superiores (cuatro cruceros pesados, un crucero ligero y seis destructores, contra ocho destructores con el mínimo de armamento) y de tener conocimiento previo de los planes del enemigo, la escuadra norteamericana fue destrozada una vez más en un combate nocturno gracias a la mejor preparación de las tripulaciones y los comandantes de la Marina Imperial. A los estadounidenses les costó mucho aceptar que la derrota fue consecuencia de la gran superioridad de las tácticas japonesas. El almirante Wright se negó a creer que había sido vencido por una flotilla de destructores y llegó a afirmar que en realidad sus buques habían sido torpedeados por submarinos no detectados. Sin embargo, su fracaso no afectó a su carrera militar. De hecho, fue condecorado por su actuación durante la batalla.

La victoria de Tanaka fue aplastante pero relativa, ya que los estadounidenses habían conseguido su objetivo de impedir la llegada de suministros a las tropas japonesas en Guadalcanal. Tres noches más tarde hubo un nuevo intento. Un convoy de destructores llegó frente a las costas de Guadalcanal y lanzó su cargamento de bidones, pero el acoso de los aviones de Campo Henderson impidió al personal del Ejército en la isla recuperar la mayor parte de los suministros. La noche del 7 al 8 de diciembre un tercer convoy tuvo que regresar sin completar su misión debido al ataque de un grupo de lanchas torpederas. El cuarto intento tendría lugar la noche del 11 al 12 de diciembre. Para entonces el almirante Yamamoto ya había dado la orden al mando de la Marina en Rabaul de dejar de utilizar destructores para abastecer a las tropas de Guadalcanal, por el gran riesgo que esas misiones suponían para los buques. Cuando el 11 de diciembre Tanaka zarpó de Rabaul al mando de un convoy de once destructores, todos sabían que aquella iba a ser la última misión del Expreso de Tokio. La flotilla fue atacada frente a las costas de Guadalcanal por cinco torpederas. El buque insignia de Tanaka, el Teruzuki, fue alcanzado por un torpedo y se hundió. Los destructores restantes tuvieron que retirarse antes de haber completado la descarga. Menos de la quinta parte de los bidones pudieron ser recogidos por las tropas japonesas.

El 12 de diciembre la Marina Imperial reconoció su incapacidad para hacer llegar suministros a las fuerzas japonesas en Guadalcanal y propuso la retirada del Ejército de la isla. Dos semanas después el Cuartel General Imperial dio el permiso para iniciar la evacuación. El éxito de los estadounidenses en sus esfuerzos para cortar las líneas de abastecimiento japonesas había decidido la batalla.

El contraalmirante Tanaka, herido en el torpedeamiento del Teruzuki, fue relevado del mando y trasladado a Singapur. Poco después fue destinado a un puesto administrativo en Birmania. No volvería a tener mando de buques en el resto de la guerra. En contraste con lo que le ocurrió al vicealmirante Wright, que fue premiado por su derrota, Tanaka, uno de los mejores comandantes de destructores de la Marina Imperial, cayó en desgracia por su fracaso en abastecer a las tropas japonesas en Guadalcanal.

La noche de los acorazados (la segunda batalla naval de Guadalcanal)

La retirada de la escuadra de Abe y la pérdida del acorazado Hiei enfurecieron al almirante Yamamoto, comandante supremo de la Flota Combinada. La misma tarde del 13 de noviembre, apenas unas horas después del final de la batalla, Yamamoto ordenó al convoy de Tanaka (que la noche anterior había recibido la orden de retirada) dar media vuelta y continuar con su misión. Al mismo tiempo envió desde Rabaul una fuerza de cruceros al mando del vicealmirante Gunichi Mikawa para tratar de hacer lo que Abe no había logrado: llegar frente a la costa norte de Guadalcanal y bombardear Campo Henderson hasta inutilizarlo. La escuadra estaba compuesta por los cruceros pesados Chokai, Kinugasa, Maya y Suzuya, los cruceros ligeros Isuzu y Tenryū y seis destructores. Las fuerzas navales estadounidenses habían sufrido un castigo durísimo y todos los buques supervivientes se habían retirado de la zona. Tan solo el Enterprise y su grupo de combate permanecían al sur de la isla. En la noche del 13 al 14 de noviembre los cruceros de Mikawa se adentraron por el estrecho del Fondo de Hierro y llegaron a la altura de Campo Henderson sin ser descubiertos. Mientras el resto de la flota patrullaba por si aparecían buques enemigos (no quedaba ninguno en las aguas al norte de Guadalcanal, pero los japoneses no lo podían saber), los cruceros pesados Maya y Suzuya bombardearon la base aérea a placer durante cuarenta minutos. A continuación iniciaron el regreso a Rabaul.

La incursión causó daños de importancia en las instalaciones y destruyó varios aviones en tierra, pero el aeródromo seguía estando operativo. Al amanecer los aviones de la Cactus Air Force, a los que se sumaron más tarde los del portaaviones Enterprise y los bombarderos con base en Espíritu Santo, comenzaron sus ataques tanto a la fuerza de Mikawa, que se alejaba de Guadalcanal, como al convoy de Tanaka, que se acercaba a la isla. Durante uno de los primeros ataques de la mañana el crucero Kinugasa fue alcanzado por una bomba que atravesó varias cubiertas antes de explotar bajo la línea de flotación, abriendo una gran vía de agua y causando una fuerte escora a babor. Una segunda bomba estalló en el puente, matando al capitán y a su segundo. En las horas siguientes el crucero fue alcanzado por más bombas, provocando averías e incendios por todo el buque, y obligando al oficial al mando (el oficial de torpedos) a dar la orden de abandonar el barco. Poco más tarde el Kinugasa zozobró y se hundió. Murieron 51 de sus 625 tripulantes. Otro crucero pesado de la fuerza de Mikawa, el Maya, fue golpeado por una bomba en su popa, que causó 37 muertos y daños graves que obligaron al buque a abandonar la formación y regresar a Truk. El convoy de Mikawa también sufrió continuos ataques aéreos durante todo el día. Siete de los once barcos de transporte acabaron hundidos, con un balance de quinientos muertos. Al anochecer cuatro de los destructores iniciaron el regreso a Rabaul con los supervivientes de los naufragios, mientras que los otros cuatro destructores y los cuatro transportes que habían sobrevivido a los ataques aéreos se quedaron a la espera. Una nueva fuerza naval había sido enviada desde Truk con el objetivo, una vez más, de neutralizar Campo Henderson. Si lo conseguían, podrían desembarcar las tropas en Guadalcanal.

Una escuadra japonesa se dirigía a bombardear Campo Henderson por tercera noche consecutiva. A la fuerza que había zarpado de Truk bajo el mando del vicealmirante Kondō se le habían unido la mayor parte de los buques supervivientes de la escuadra de Abe, encabezados por el Kirishima. Además del acorazado, la escuadra estaba formada por los cruceros pesados Takao y Atago (el buque insignia de Kondō), los cruceros ligeros Nagara y Sendai, y nueve destructores. Varios submarinos estadounidenses habían seguido sus movimientos durante todo el día. Cuando el Kirishima se encontraba repostando, a la espera de unirse a los buques que habían sido enviados desde Truk, fue descubierto por el sumergible Trout. Su capitán no encontró la oportunidad de lanzar un ataque, pero envió un mensaje informando de su posición. Por la tarde otro submarino, el Flying Fish, persiguió durante un tiempo a la formación japonesa. Llegó a disparar una salva de torpedos, sin alcanzar ningún blanco. Los informes de los submarinos hicieron posible que al final de la tarde los estadounidenses lanzasen varios ataques aéreos contra la escuadra que se aproximaba a Guadalcanal, aunque no tuvieron consecuencias.

La fuerza naval de Kondō se dirige a Guadalcanal; la fotografía está tomada desde el Atago, tras él navegan el Takao y el Kirishima:


Del grupo de combate del Enterprise, que se encontraba al sur de la isla, se separó una fuerza compuesta por los acorazados Washington y South Dakota y cuatro destructores para salir al encuentro de la escuadra japonesa. Su comandante, el contraalmirante Willis “Ching” Lee, decidió, como todos los que le habían precedido en las batallas nocturnas anteriores, esperar a la escuadra japonesa en el estrecho del Fondo de Hierro. A las once de la noche del 14 de noviembre los radares estadounidenses detectaron unos buques aproximándose a la isla de Savo desde el norte.

Kondō había enviado dos grupos de exploración por delante de la fuerza principal, uno compuesto por el crucero ligero Sendai y los destructores Shikinami y Uranami, y el otro por el destructor Ayanami en solitario, para hacer un reconocimiento en torno a Savo. El grupo que habían localizado los estadounidenses era el del Sendai. Cuando los acorazados abrieron fuego, los tres buques japoneses se retiraron al norte de Savo y desaparecieron de los radares enemigos. A continuación los acorazados descubrieron y atacaron al Ayanami. El destructor fue destrozado en pocos minutos por la artillería de gran calibre de los buques estadounidenses (se hundiría unas horas más tarde). Mientras tanto, Kondō, creyendo que se habían encontrado con una fuerza menor, ordenó al crucero ligero Nagara y cuatro destructores que se adelantasen para abrir el camino al Kirishima y los cruceros pesados a través del Fondo de Hierro.

El Nagara y sus escoltas se encontraron con los cuatro destructores que integraban la vanguardia de la formación estadounidense (Walke, Preston, Benham y Gwin). Tras un combate de apenas diez minutos, los destructores Walke y Preston, alcanzados por torpedos y fuego de artillería, se estaban hundiendo, mientras que el Benham y el Gwin habían quedado fuera de combate y abandonaban el campo de batalla con daños muy graves (el Benham, golpeado por un torpedo, se hundiría al día siguiente). Cuando fue informado del resultado del enfrentamiento, Kondō creyó que sus buques principales tenían vía libre para adentrarse en el Ironbottom. No imaginaba que la fuerza naval que habían destruido no era más que la pantalla que protegía a los dos acorazados.

En ese momento el South Dakota tuvo una grave avería que inutilizó la mayor parte de sus sistemas eléctricos, dejando al buque sin radar, sin radio y con la mayor parte de sus baterías inoperativas. A pesar de ello, cuando el Washington, el buque insignia de Lee, puso rumbo al oeste a través del Fondo de Hierro, el South Dakota fue tras él. Por si fuera poco, además de tener que ir a la batalla casi indefenso, el acorazado tuvo la mala suerte de pasar entre los destructores abandonados y en llamas justo cuando la fuerza de Kondō apareció por el este. A la luz de los incendios todos los buques japoneses pudieron ver al South Dakota, convertido en un blanco perfecto.

Hacia la medianoche la mayor parte de los buques japoneses abrieron fuego contra el South Dakota. El acorazado devolvió el fuego con los cañones que aún funcionaban (sus torres principales se habían quedado sin energía), pero no podía hacer mucho para defenderse del ataque combinado del Kirishima, los cruceros pesados y los destructores. En quince minutos de bombardeo fue alcanzado por al menos 26 proyectiles. Solo gracias a la suerte y a la habilidad del capitán consiguió esquivar todos los torpedos que lanzaron contra él, lo que probablemente evitó que acabase hundido. Hacia las doce y cuarto el buque se retiró del campo de batalla con 39 muertos y 59 heridos entre su tripulación y daños muy graves en sus sistemas de dirección, comunicaciones y armamento, pero sin peligro de irse a pique.

Mientras los buques japoneses concentraban su fuego contra el South Dakota, el Washington seguía sin ser detectado. Su artillería guiada por radar había fijado como objetivo un gran buque. Lee ordenó aproximarse a él, pero no quiso atacar hasta confirmar que no se trataba del South Dakota (que seguía sin radio, por lo que no podía informar de su posición). Solo cuando varios buques japoneses encendieron sus reflectores para iluminar al acorazado contra el que estaban disparando, Lee supo que el buque que estaba en el punto de mira de sus cañones no era el South Dakota y dio la orden de abrir fuego. El ataque del Washington, muy preciso y a corta distancia, tomó por sorpresa al acorazado Kirishima. Entre treinta y cuarenta proyectiles golpearon en pocos minutos al buque japonés, inhabilitando la mayoría de sus torres de artillería y provocando varios incendios. Un impacto bajo la línea de flotación abrió una vía de agua, y otro en el timón lo dejó ingobernable.

Las torres principales del Washington abren fuego contra el Kirishima:


El resto de buques de Kondō tardaron varios minutos en localizar al Washington. Cuando lo hicieron, el acorazado ya había iniciado la retirada. Los cruceros y destructores japoneses lanzaron varios ataques con torpedos, pero ninguno dio en el blanco. La pérdida del Kirishima, que ya había empezado a escorarse, obligó a Kondō a dar la orden de retirada antes de alcanzar el objetivo de bombardear Campo Henderson, aunque al mismo tiempo envió un mensaje a Tanaka informándole de que la zona había quedado limpia de unidades navales enemigas. El convoy de refuerzos continuó con la misión mientras la escuadra de Kondō regresaba a Truk. El Kirishima, abandonado por su tripulación, volcó y se hundió tres horas más tarde.

La batalla, que había costado la vida a unos 250 hombres de cada bando, fue el primer enfrentamiento directo entre acorazados de la guerra en el Pacífico (solo habría otro más, en el estrecho de Surigao, en octubre de 1944). También fue la primera batalla naval en la que el radar demostró que podía ser decisivo. Cinco de los seis buques que formaban la escuadra de Lee habían sido hundidos o habían sufrido daños graves, pero a cambio habían conseguido acabar con el acorazado Kirishima y habían hecho fracasar la misión de Kondō. Campo Henderson aún estaba en condiciones de obstaculizar la llegada de refuerzos enemigos a Guadalcanal.

Hacia las cuatro de la madrugada los cuatro barcos de transporte del convoy de Tanaka encallaron en Tassafaronga, en el noroeste de Guadalcanal. Mientras los destructores que les habían escoltado hasta allí iniciaban el regreso a Rabaul, comenzó el desembarco a contrarreloj de las tropas y el equipo que transportaban. Con las primeras luces del día empezaron los ataques de la Cactus Air Force. En poco tiempo los cuatro barcos varados acabaron envueltos en llamas y todo el equipo que no había sido descargado fue destruido. De los 7.000 hombres que habían embarcado en Rabaul, tan solo 2.000 llegaron a Guadalcanal. Además, habían perdido todo su equipo pesado y la mayor parte de los suministros y alimentos. La ofensiva japonesa tuvo que ser cancelada, y la iniciativa en la batalla pasaba a ser de los estadounidenses, que ya no volverían a tener problemas en hacer llegar suministros y refuerzos a la isla. La batalla de Guadalcanal estaba decidida.

Dos transportes japoneses varados en la playa y ardiendo la mañana del 15 de noviembre:

Viernes 13 (la primera batalla naval de Guadalcanal)

Inmediatamente después del fracaso de la gran ofensiva de octubre contra Campo Henderson, las fuerzas japonesas en Guadalcanal comenzaron a preparar un nuevo ataque, aún mayor que el anterior. La escala de las operaciones no había dejado de aumentar desde el comienzo de la batalla, de forma que los refuerzos que iban a necesitar para la nueva ofensiva no podrían ser transportados a la isla únicamente en los destructores del Expreso de Tokio. A comienzos de noviembre se concentraron en Rabaul 7.000 soldados de la 38ª División de Infantería con todo su armamento y equipo pesado. Para su traslado a Guadalcanal la Marina reunió un convoy de once barcos de transporte (grandes, pero lentos) y doce destructores de escolta, al mando del contraalmirante Raizo Tanaka. Iría precedido por una escuadra comandada por el vicealmirante (acababa de ser ascendido, en la batalla de Santa Cruz era contraalmirante) Hiroaki Abe, e integrada por los acorazados Hiei y Kirishima, el crucero ligero Nagara y once destructores. Su misión sería bombardear e inutilizar la base aérea de Campo Henderson para cubrir el desembarco en el oeste de la isla. Los cañones de los acorazados estaban equipados con granadas rompedoras, efectivas para bombardear objetivos terrestres, pero mucho menos eficaces si tenían que enfrentarse a buques enemigos (tendrían dificultades para atravesar el blindaje de un crucero). La fuerza de Abe partió la mañana del 12 de noviembre.

El mismo día 12 llegó a Guadalcanal un gran convoy estadounidense al mando del contraalmirante Richmond K. Turner. Esa tarde, mientras desembarcaban las tropas y los suministros en la costa norte de la isla, un avión de reconocimiento dio la alerta al descubrir que una gran fuerza naval japonesa se dirigía hacia allí. Turner ordenó la retirada de los barcos de transporte y que los buques de guerra que los habían escoltado hasta Guadalcanal saliesen al encuentro de la escuadra enemiga. Una vez más esperarían a los japoneses en el paso entre el cabo Esperanza y la isla de Savo (pronto empezaría ser conocido como el estrecho del Fondo de Hierro, en inglés Ironbottom Sound, por la gran cantidad de buques que se hundieron en aquellas aguas). A pesar de que entre sus subordinados estaba el contraalmirante Norman Scott, que un mes antes y en el mismo lugar ya había derrotado a los japoneses en un combate nocturno, Turner decidió respetar el criterio de antigüedad y poner al mando de la fuerza de ataque al contraalmirante Daniel J. Callaghan (aunque la diferencia de antigüedad en el rango entre ambos oficiales -amigos y compañeros de promoción en Annapolis, por cierto- era de unos pocos días). En total Callaghan contaba con dos cruceros pesados (San Francisco y Portland), tres cruceros ligeros (Helena, Juneau y Atlanta) y ocho destructores.

Los cruceros pesados San Francisco y Portland durante unas maniobras en julio de 1942:


Callaghan cometió varios errores en el despliegue de sus fuerzas. Formó sus buques en una línea, con los cruceros en el centro y los destructores guardando la cabeza y la retaguardia. Pero no se preocupó de situar junto a los destructores algún buque equipado con los nuevos radares ya probados en la batalla del cabo Esperanza. Ni le importó escoger como buque insignia el crucero San Francisco, que tampoco contaba con radar de nueva generación. Al descuidar los extremos de su línea de batalla, parecía que no tenía más plan que esperar a que la flota japonesa apareciese desde el oeste y se encontrase de frente con el centro de su escuadra. Después de todo, eso mismo es lo que había hecho Scott un mes antes, y le había servido para lograr la victoria.

Las condiciones eran ideales para hacer del radar el arma decisiva de la batalla. Era una noche lluviosa y sin luna, con visibilidad casi nula. Y lo cierto es que los radares estadounidenses no fallaron, aunque sí lo hicieron las comunicaciones y la coordinación del mando. La Marina estadounidense no aprovechó las lecciones de la batalla de cabo Esperanza y no había desarrollado procedimientos para comunicar y procesar los datos recogidos por sus equipos de radar. En lugar de eso, cuando los informes sobre contactos de radar llegaron al puente de mando del San Francisco, el almirante Callaghan perdió un tempo precioso tratando de conjuntar toda la información y determinar las posiciones propias y del enemigo.

Los japoneses llegaron desde una dirección imprevista. Su aproximación a Savo había sido por el norte, por lo que no hicieron su entrada en el Fondo de Hierro desde el oeste, sino desde el noroeste. Los primeros barcos que se encontraron fueron los destructores del extremo superior de la línea estadounidense. Además, la escuadra de Abe acababa de salir de un fuerte chubasco, que había hecho que los buques perdiesen contacto entre sí y rompiesen la formación. En lugar de llegar en columna, la fuerza japonesa apareció dispersa y dividida en pequeños grupos. Eso dificultó todavía más la tarea de Callaghan de determinar las posiciones de los buques enemigos.

Las dos flotas se encontraron a la una y media de la madrugada del viernes 13 de noviembre. Hacía ya varios minutos que los radares estadounidenses habían localizado a los buques japoneses, pero Callaghan seguía tratando de hacerse una idea de la situación general antes de ordenar abrir fuego. En el lado japonés, Abe se sorprendió cuando sus vigías comunicaron la presencia de buques enemigos. Sus cañones tenían preparada munición rompedora, de alto poder explosivo pero poca capacidad de penetración. Abe dudaba entre continuar adelante o dar la orden de retirada para permitir a sus acorazados cambiar la munición. La indecisión de ambos comandantes hizo que los buques de las dos escuadras se entremezclasen mientras sus capitanes aguardaban ansiosos a que les llegase la orden de abrir fuego.

Es imposible saber quién disparó primero. Pero en cuanto sonó el primer cañonazo el resto de buques abrieron fuego sin esperar órdenes. En ese momento ya no se mantenía ningún tipo de formación por parte de ninguno de los dos bandos. La batalla iba a ser una lucha confusa y caótica en la que los radares ya no iban a jugar ningún papel. La ventaja pasaba a ser japonesa, gracias a sus visores ópticos de mayor calidad y a la extraordinaria preparación de sus mandos y sus tripulaciones para el combate nocturno.

El primer objetivo de los estadounidenses fue el destructor Akatsuki, que instantes antes de iniciarse el combate había encendido un proyector para iluminar al Atlanta, convirtiéndose él mismo en un blanco perfecto. Al menos cuatro cruceros (Atlanta, San Francisco, Helena y Portland) y varios destructores concentraron el fuego en el Akatsuki, que fue alcanzado por decenas de proyectiles y se hundió en pocos minutos.

El crucero ligero Nagara y varios destructores japoneses eligieron como blanco al crucero Atlanta. El impacto de un torpedo inutilizó sus turbinas y dejó al buque estadounidense sin propulsión. El Atlanta, machacado por la artillería japonesa y fuera de control, entró en la línea de fuego del San Francisco. Un proyectil disparado desde el buque insignia de Callaghan impactó en el puente de mando del Atlanta, matando al almirante Scott y a casi todos los que se encontraban allí. El destructor Cushing fue el siguiente objetivo de los destructores japoneses. Fue alcanzado por decenas de proyectiles y acabó flotando a la deriva e indefenso en medio de la batalla. Más tarde volvería a ser atacado por un grupo de destructores, lo que obligaría a la tripulación a abandonar el barco. El Cushing se hundió varias horas más tarde.

El Hiei, el buque insignia de Abe, rompió la columna estadounidense cruzando entre los destructores de vanguardia. Las distancias eran tan cortas que las baterías principales y secundarias del acorazado no podían bajar lo suficiente como para apuntar a los destructores. Uno de ellos, el Laffey, después de casi colisionar contra el buque japonés, barrió su superestructura con fuego de artillería y ametralladoras. Al ataque se sumaron los otros dos destructores, el Sterett y el O'Bannon. Una ráfaga de ametralladora alcanzó el puente e hirió al almirante Abe.

Las baterías principales y secundarias del Hiei, inútiles para defenderse de los destructores, dirigieron su fuego contra el San Francisco, al mismo tiempo que lo hacía el otro acorazado japonés, el Kirishima. Las granadas de fragmentación que disparaban los cañones de los acorazados no podían atravesar el blindaje del crucero, pero arrasaron gran parte de su superestructura, incluido el puente de mando. Allí murieron el almirante Callaghan y el comandante del buque, el capitán Young. Durante el intercambio de fuego de artillería un proyectil destruyó los generadores de los sistemas de dirección del Hiei, dejando al buque japonés casi ingobernable. Los artilleros japoneses dieron un respiro al San Francisco cuando hicieron una pausa de varios minutos para sustituir las granadas rompedoras (que creían que estaban siendo totalmente inefectivas) por munición perforante. El momento fue aprovechado por el crucero para alejarse de la lucha.

Los únicos dos almirantes de la US Navy muertos en combate en toda la Segunda Guerra Mundial perdieron la vida en esta batalla; en la foto, el almirante Callaghan en el puente del San Francisco:


El otro crucero pesado estadounidense, el Portland, después de intervenir en el ataque al Akatsuki fue alcanzado por un torpedo lanzado por alguno de los destructores japoneses. El torpedo estalló en la popa y atascó su timón, dejando al buque navegando en círculos y sin capacidad de maniobra. Así acabó su participación en la batalla.

Después de su ataque al Hiei, el Laffey se encontró con un grupo de tres destructores japoneses (Asagumo, Murasame y Samidare). En el combate el Laffey fue alcanzado por varios proyectiles y un torpedo y acabó envuelto en llamas. Cuando uno de los incendios llegó a un pañol de municiones el buque saltó por los aires y se hundió casi al instante. El mismo grupo se enfrentó más tarde a otro destructor estadounidense, el Monssen. El fuego combinado de los cañones de los tres buques inutilizó todos sus sistemas y obligó a la tripulación a abandonar el barco. El Monssen se hundió poco después.

Los destructores Amatsukaze y Yūdachi se dirigieron al sur para atacar a los buques que cerraban la formación estadounidense. Dos torpedos del Amatsukaze golpearon al destructor Barton, que se hundió en pocos minutos. A continuación el Amatsukaze lanzó otro torpedo contra el Juneau, que estaba respondiendo a un ataque del Yūdachi. La explosión abrió una vía de agua en el crucero e inutilizó gran parte de sus sistemas, obligándole a abandonar la batalla. El Amatsukaze también tuvo que retirarse muy dañado después de ser alcanzado de lleno por la artillería del Helena.

El Yūdachi fue abandonado por su tripulación después de sufrir un duro ataque con artillería y torpedos por parte de los destructores Aaron Ward y Sterett, aunque sorprendentemente se mantuvo a flote. El Sterett se vio obligado a retirarse después de sufrir graves daños en un combate con el destructor Teruzuki, mientras que el Aaron Ward se quedó sin propulsión tras un desigual enfrentamiento con el acorazado Kirishima.

Después de cuarenta minutos de lucha caótica y salvaje, Gilbert Hoover, capitán del Helena y comandante accidental de la escuadra estadounidense, tuvo que ordenar la retirada. Solo le quedaban dos buques en condiciones de seguir combatiendo, el propio Helena y el destructor Fletcher. En cuanto a los japoneses, ni uno solo de sus buques había salido ileso de la batalla, aunque el acorazado Kirishima, el crucero Nagara y al menos cuatro destructores tan solo presentaban daños leves, y otros buques, a pesar de estar más dañados, aún tenían capacidad de combate. La escuadra japonesa había logrado la victoria y estaba en condiciones de completar su misión y bombardear Campo Henderson. Sin embargo, el almirante Abe también dio la orden de retirada.

Pudieron ser varias la razones que llevaron a Abe a tomar aquella decisión: falta de información sobre el estado real en el que habían quedado sus fuerzas y las del enemigo, escasez de munición de fragmentación (buena parte de ella se había gastado en la batalla naval), o el temor a que si no lograban neutralizar Campo Henderson sus buques quedasen expuestos a los ataques aéreos en cuanto amaneciese. Psicológicamente le tuvieron que afectar sus propias heridas y la muerte de varios de sus colaboradores más cercanos en el puente de mando del Hiei. Fuese cual fuese el motivo, el hecho es que el convoy de Tanaka recibió la orden de regresar a Rabaul, y todos los buques de la escuadra de Abe que podían valerse por si mismos (con la excepción de los destructores Yukikaze y Teruzuki que se quedaron para ayudar al Hiei) abandonaron la zona.

Por la mañana los buques estadounidenses que se retiraban en dirección a las islas Santa Cruz fueron descubiertos por el submarino japonés I-26. El sumergible lanzó un torpedo contra el crucero Juneau, que ya anteriormente, durante la batalla, había sido golpeado por otro torpedo. El Juneau se partió en dos por la explosión y se hundió casi instantáneamente. El miedo a un nuevo ataque del submarino hizo que el resto de la formación continuase su camino sin detenerse a auxiliar a la tripulación del crucero. Unos cien hombres que sobrevivieron al hundimiento fueron abandonados en el océano hasta que ocho días más tarde aparecieron los hidroaviones de rescate. Para entonces casi todos habían muerto a consecuencia de la deshidratación, las heridas, el cansancio o los tiburones. De una tripulación de 697 hombres, solo hubo 10 supervivientes.

Al amanecer aún había cinco buques japoneses en el estrecho del Fondo de Hierro. La tripulación del Amatsukaze consiguió hacer las reparaciones de urgencia necesarias para retirarse justo a tiempo de evitar el ataque de los bombarderos con base en Campo Henderson. El casco abandonado del Yūdachi fue hundido por el Portland, que seguía sin poder maniobrar, pero que aún tenía operativas sus torres de artillería. Quedaban el Hiei y los dos destructores que lo escoltaban. A primera hora de la mañana comenzaron los ataques de los aviones de Campo Henderson, a los que a lo largo del día se sumarían los del portaaviones Enterprise (recién llegado de Nueva Caledonia tras completar sus reparaciones en un tiempo récord) y los B-17 con base en Espíritu Santo. Por la mañana Abe embarcó en el Yukikaze y abandonó el acorazado a su suerte. El Hiei se hundió aquella noche, después de sufrir continuos ataques aéreos durante toda la jornada.

El Hiei durante el ataque de los B-17, dejando tras él una gran mancha de combustible:


Los estadounidenses también tuvieron que dejar atrás tres de sus buques, inmovilizados por averías en la dirección o en la propulsión. Durante el día el Portland y el destructor Aaron Ward pudieron ser reparados y abandonaron el campo de batalla. Solo quedaba el Atlanta, a la deriva y con daños críticos, que finalmente fue abandonado por su tripulación y se hundió a primera hora de la noche.

La que es habitualmente conocida como primera batalla naval de Guadalcanal (en realidad fue la quinta, y la tercera en las inmediaciones de la isla de Savo) fue uno de los episodios más sangrientos de la historia de la US Navy. Murieron 1.439 estadounidenses (entre ellos dos almirantes), y acabaron hundidos los cruceros Atlanta y Juneau y los destructores Cushing, Laffey, Monssen y Barton. La decisión de Abe de ordenar la retirada convirtió lo que habría sido una victoria (a pesar de la pérdida del Hiei y dos destructores) en una derrota estratégica japonesa. La misma mañana del día 13, el almirante Isoroku Yamamoto, comandante de la Flota Combinada, consciente de la importancia de neutralizar Campo Henderson para permitir la llegada del convoy de refuerzos a Guadalcanal, ordenó al vicealmirante Nobutake Kondō que comenzase a preparar de inmediato una segunda fuerza de ataque.

Una amarga victoria (la batalla de las islas Santa Cruz)

A comienzos de octubre de 1942 los japoneses reunieron en el atolón de Truk la mayor flota que se había visto hasta entonces en la guerra. Dos nuevos portaaviones de escuadra, el Hiyō y el Junyō, además del portaaviones ligero Zuihō, se unieron al Shōkaku y al Zuikaku, que se encontraban ya en la región, y a una gran fuerza de acorazados, cruceros y destructores, hasta sumar más de cuarenta buques de guerra. Las semanas siguientes los portaaviones japoneses se mantuvieron alejados del combate, esperando el momento propicio para enfrentarse a las fuerzas aeronavales aliadas en el Pacífico sur. No tendrían que aguardar mucho tiempo. Con los refuerzos desembarcados en Guadalcanal las noches del 11 y el 15 de octubre, las tropas japonesas en la isla creían estar en condiciones de lanzar un gran ataque que les diese la victoria definitiva. Coincidiendo con la ofensiva terrestre, la flota japonesa iría a aguas de Guadalcanal para forzar a las agrupaciones de portaaviones estadounidenses a presentar batalla. Cuando se dirigía al sur, la escuadra tuvo su primer contratiempo grave: el 22 de octubre un incendio accidental que dañó una de sus calderas obligó al portaaviones Hiyō a regresar a Truk. Las fuerzas japonesas se dividieron en tres grupos: El principal estaba formado por los portaaviones Shōkaku, Zuikaku y Zuihō, con un crucero pesado y ocho destructores de escolta. El grupo de ataque lo componían el portaaviones Junyō, dos acorazados, cinco cruceros y diez destructores. Ambos iban precedidos por un grupo de vanguardia formado por dos acorazados, cuatro cruceros y siete destructores. Al mando del grupo principal estaba el vicealmirante Chuichi Nagumo, el prestigioso comandante de fuerzas aeronavales que había dirigido el ataque a Pearl Harbor y que había caído en desgracia después del desastre de Midway. Eso explica que el mando supremo de la escuadra no recayese en él, sino en el vicealmirante Nobutake Kondō, comandante del grupo de ataque. Al mando del grupo de vanguardia estaba el contraalmirante Hiroaki Abe.

El 23 de octubre comenzó la ofensiva japonesa en Guadalcanal. El objetivo principal, una vez más, era Campo Henderson, la base aérea situada en el norte de la isla. El ataque fue a una escala mucho mayor que cualquiera de los anteriores, pero los marines resistieron. Creyendo erróneamente que Campo Henderson había sido neutralizado, la mañana del 25 de octubre una fuerza naval japonesa se acercó a la costa norte de la isla para apoyar el avance de las tropas en tierra. Los aviones de la Cactus Air Force lanzaron continuos ataques durante todo el día, hundiendo el crucero ligero Yura y dañando al destructor Akizuki. Pero esa no era más que una pequeña avanzada. El grueso de las fuerzas japonesas estaba aproximándose al archipiélago de Santa Cruz, al este de Guadalcanal. Allí les esperaban dos portaaviones estadounidenses con sus respectivos grupos de combate. Al mando del grupo del Hornet (Task Force 17) estaba el contraalmirante George Murray. El otro grupo (Task Force 16) estaba formado en torno al Enterprise, que acababa de llegar de Pearl Harbor. El Enterprise había sufrido graves daños dos meses antes, en la batalla de las Salomón Orientales, y había sido reparado apresuradamente para que pudiese volver cuanto antes al Pacífico sur. Al mando de la Task Force 16 y del conjunto de la flota estaba el contraalmirante Thomas Kinkaid.

Hacia el mediodía del 25 de octubre un hidroavión de reconocimiento con base en Santa Cruz avistó los portaaviones japoneses. Los dos grupos de combate estadounidenses se dirigieron a toda velocidad al norte con la esperanza de que la flota enemiga entrase en el radio de acción de sus aviones antes de acabar el día. Los japoneses viraron para evitarlo, consiguiendo mantenerse fuera del alcance de la aviación norteamericana. Kinkaid llegó a ordenar el despegue de una fuerza de ataque, pero los aviones regresaron sin haber podido encontrar a los buques enemigos. Al caer la noche ambos bandos sabían que el día siguiente sería el decisivo, y que el primero que localizase los portaaviones del bando contrario tendría toda la ventaja.

Pero esa ventaja no sería para nadie. A primera hora de la mañana los dos grupos de portaaviones fueron descubiertos por los aviones de reconocimiento enemigos casi de forma simultánea. El primer ataque lo protagonizó uno de esos vuelos de reconocimiento. Dos bombarderos en picado estadounidenses SDB Dauntless se encontraron con el portaaviones ligero Zuihō desprotegido (los cazas que le daban cobertura habían ido en persecución de otro grupo de aviones norteamericanos) y vieron la oportunidad de atacar. Sus bombas cayeron en la cubierta, causando graves daños y dejando al portaaviones japonés temporalmente incapacitado para realizar operaciones aéreas.

Las fuerzas de ataque comenzaron a despegar de sus respectivos portaaviones. Los japoneses lanzaron un ataque masivo en dos oleadas, sumando entre ambas 110 aparatos. Los estadounidenses, en cambio, optaron por tardar el menor tiempo posible en enviar sus aviones, aunque eso supusiese que tener que hacerlo en grupos más pequeños. Fueron en total 64 aviones divididos en tres oleadas. Dos de las formaciones, integradas por aparatos del Zuihō y el Enterprise, se cruzaron en el aire y entablaron un combate en el que fueron derribados cuatro Zeros, tres Wildcats y dos torpederos TBF Avenger.

En la cubierta de vuelo del Shōkaku los aviones de la fuerza de ataque se preparan para despegar:


Kondō había ordenado a los grupos de vanguardia y de ataque avanzar a toda máquina para unirse a la batalla en superficie. Los primeros buques avistados por la primera oleada estadounidense fueron los del grupo de vanguardia de Abe, pero los dejaron atrás: su objetivo eran los portaaviones. Éstos aparecieron a su vista pasadas las nueve de la mañana. Mientras los Wildcats entablaban combate con los Zeros de cobertura, los bombarderos en picado Dauntless se lanzaron contra los buques enemigos. Cuatro de ellos fueron derribados por los Zeros antes de alcanzar sus objetivos, pero los once restantes consiguieron lanzar sus bombas. Al menos tres cayeron en el Shōkaku, inutilizando su cubierta de vuelo. Además, el destructor Teruzuki fue dañado por un impacto cercano. Los seis torpederos Avenger de la primera oleada perdieron contacto con el resto de la formación y no llegaron a participar en el ataque a los portaaviones. En su lugar atacaron al crucero pesado Tone, al que avistaron durante el vuelo de regreso. Todos sus torpedos fallaron el blanco.

Las segunda y tercera oleadas estadounidenses lanzaron sus ataques contra el grupo de vanguardia de Abe en lugar de continuar en busca de los portaaviones enemigos. Ambos grupos eligieron como blanco principal el crucero pesado Chikuma, que fue alcanzado por tres bombas y un torpedo y tuvo que retirarse de la batalla.

Mientras tanto se había producido el ataque de la primera oleada japonesa. Los atacantes fueron descubiertos por los radares estadounidenses antes de divisar su objetivo, pero la mayor parte de los bombarderos japoneses consiguieron evitar a los cazas enviados a interceptarlos y picaron contra el primer portaaviones que localizaron, el Hornet. El buque recibió el impacto de tres bombas, dos de las cuales penetraron varias cubiertas antes de detonar, causando daños muy graves. Además, el piloto de un Aichi D3A que había sido alcanzado por la artillería antiaérea se estrelló deliberadamente contra él, extendiendo combustible de aviación ardiendo por la cubierta de vuelo. Casi cien hombres murieron por el ataque de los Val. A continuación fue el turno de los veinte torpederos Nakajima B5N. Aunque muchos de ellos fueron derribados por la artillería del portaaviones y de sus escoltas durante su aproximación, dos de los torpedos que lograron lanzar golpearon al buque, provocando averías graves en sus turbinas y en sus sistemas eléctricos. Un segundo Val alcanzado por el fuego antiaéreo se estrelló contra el costado del buque, iniciando otro incendio cerca de los tanques principales de combustible de aviación. Cuando los aviones japoneses se retiraron, el Hornet estaba inmovilizado y envuelto en llamas. En la lucha, que había durado menos de quince minutos, los japoneses habían perdido veinticinco aparatos de todas las clases, los estadounidenses seis Wildcats.

Los aviones del Hornet que estaban en el aire o que regresaban de atacar a la flota japonesa se encontraron con su buque ardiendo y tuvieron que dirigirse al Enterprise. Llegó un momento en el que la cubierta de vuelo del portaaviones estaba tan repleta de aparatos que se tuvieron que suspender las operaciones de aterrizaje. Varios aviones agotaron su combustible y amerizaron junto a los destructores de escolta. Cuando uno de esos buques, el Porter, estaba rescatando a la tripulación de un Avenger, fue golpeado por un torpedo. La explosión mató a quince hombres y causó graves daños en el destructor. El Porter fue abandonado por su tripulación y se hundió poco después. El causante de su hundimiento pudo ser un torpedo errante proveniente de los Avengers que habían amerizado en las proximidades, o bien uno lanzado por el submarino japonés I-21, que al parecer se encontraba en la zona.

Cuando los radares detectaron la aproximación de la segunda oleada de ataque japonesa, la flota estadounidense estaba sumida en el caos. El Enterprise aún tenía la cubierta de vuelo atestada de aviones. Los incendios en el Hornet habían sido controlados, pero el buque se había quedado sin propulsión y continuaba inoperativo. Una vez más, la mayor parte de los Aichi D3A eludieron sin muchos problemas a los cazas interceptores y se lanzaron contra su objetivo, el Enterprise. El fuego antiaéreo fue más efectivo que en el anterior ataque al Hornet, pero aun así los japoneses consiguieron golpear con dos bombas en el portaaviones, matando a 44 hombres e inutilizando el ascensor principal. Minutos más tarde llegaron los torpederos. Un grupo de dieciséis Nakajima B5N se dividió para atacar al Enterprise, al acorazado South Dakota y al crucero pesado Portland. Ninguno de los torpedos dio en el blanco, aunque uno de los aviones, envuelto en llamas tras el ataque de un Wildcat, se estrelló contra el destructor Smith, provocando un gran incendio y matando a 57 hombres. Nueve de los dieciséis B5N fueron derribados.

El Enterprise bajo el ataque de los aviones japoneses:


A las once y cuarto, minutos después de que el Enterprise reabriese su cubierta de vuelo para empezar a recibir de nuevo a los aviones que regresaban de atacar a la flota japonesa, llegó una inesperada tercera oleada. El Junyō, el portaaviones de escuadra que acompañaba al grupo de Kondō, había lanzado un ataque independiente a cargo de diecisiete Val y doce Zeros. El Enterprise fue alcanzado por tercera vez. El acorazado South Dakota y el crucero ligero San Juan también fueron golpeados por sendas bombas. Solo seis de los diecisiete Val sobrevivieron y consiguieron regresar al Junyō.

A las once y media, con el Hornet fuera de combate y el Enterprise muy dañado, Kinkaid se vio obligado a ordenar la retirada. La task force del Enterprise abandonó el campo de batalla. El Hornet, que tenía que ser remolcado, se quedó atrás con sus escoltas. Decenas de aviones estadounidenses tuvieron que ser abandonados en el océano. Sus tripulaciones fueron rescatadas por los buques que permanecían en la zona.

Kondō también ordenó la retirada de sus portaaviones dañados, el Shōkaku y el Zuihō. Pero él todavía podía contar con dos portaaviones de escuadra operativos, el Zuikaku y el Junyō, y no iba a renunciar a continuar la lucha. A primera hora de la tarde, mientras los grupos de Kondō y Abe se dirigían a toda máquina al encuentro de la flota estadounidense, esperando llegar a tiempo para destruirla en un combate en superficie, los japoneses lanzaron un nuevo ataque aéreo coordinado desde sus dos portaaviones, a cargo de quince aviones del Junyō y catorce del Zuikaku.

El Hornet había empezado a moverse lentamente, remolcado por el crucero pesado Northampton, cuando aparecieron los aviones japoneses. Los primeros en atacar fueron siete torpederos del Junyō. Solo uno de los torpedos dio en el blanco, pero fue suficiente. La explosión abrió una gran vía de agua y el buque comenzó a escorarse. Poco después llegó el grupo de ataque del Zuikaku. Una bomba lanzada por un Aichi D3A impactó también en el portaaviones. A las tres y media de la tarde había despegado del Junyō la última fuerza de ataque del día, formada tan solo por cuatro Val y seis Zeros. Cuando llegaron al lugar donde se encontraba el Hornet, la tripulación ya había abandonado el barco. Uno de los Val dejó caer una bomba más sobre el buque, aunque ya no era necesaria.

El Hornet, abandonado y fuertemente escorado:


Todos los buques estadounidenses abandonaron la zona a excepción de los destructores Mustin y Anderson, que se quedaron con la misión de asegurar el hundimiento del Hornet para evitar su captura por el enemigo. Pero después de torpedearlo y cañonearlo hasta casi agotar las municiones, el portaaviones, que ya no era más que un casco humeante, aún seguía a flote. Finalmente tuvieron que retirarse sin haber conseguido su objetivo. Apenas media hora más tarde llegó la fuerza de vanguardia de Abe. Los japoneses, aunque consideraron la posibilidad de tomar el Hornet como trofeo de guerra, lo vieron tan dañado que decidieron que no valía la pena intentar salvarlo. El Hornet se hundió la madrugada del 27 de octubre, después de ser torpedeado una vez más por destructores japoneses.

Con muchos buques de su escuadra al límite de combustible, Kondō decidió abandonar la persecución de la flota estadounidense y dar la orden de regresar a Truk. Así acababa la batalla de las islas Santa Cruz. Numéricamente había sido una clara victoria japonesa: Habían hundido al Hornet y al destructor Porter, y causado daños al Enterprise, al acorazado South Dakota, al crucero San Juan y a los destructores Smith y Mahan (este último a causa de una colisión con el South Dakota durante la retirada a Nueva Caledonia). Los japoneses no habían perdido ningún buque, aunque el portaaviones de escuadra Shōkaku, el ligero Zuihō y el crucero Chikuma habían sufrido graves daños. El Enterprise, el único portaaviones aliado que quedaba en el Pacífico sur, tardaría varias semanas en volver a estar operativo. Pero la importancia estratégica de la batalla se vio muy reducida por el fracaso japonés en la ofensiva terrestre en Guadalcanal. Y, sobre todo, la victoria japonesa no fue tan evidente si uno se fija en el enorme precio que tuvieron que pagar sus fuerzas aeronavales.

De los 175 aviones que participaron en la batalla, los estadounidenses perdieron 81. Por parte japonesa fueron 99 de 203. El índice de pérdidas fue altísimo, cercano al 50 %, pero casi igual en ambos bandos. La diferencia estuvo en las tripulaciones. La mayor parte de los aviadores norteamericanos pudieron ser rescatados, tan solo murieron 26 hombres (hay que tener en cuenta que la mayoría de los aviones derribados fueron bombarderos y torpederos, con dos o tres tripulantes por aparato). Por contra, los japoneses perdieron a 148 pilotos y miembros de tripulaciones aéreas, una cifra pavorosa (en Midway, con cuatro portaaviones de escuadra hundidos, “solo” fueron 110). Muchos de ellos eran pilotos experimentados, la élite de la aviación naval japonesa. Después de cuatro grandes batallas aeronavales en menos de seis meses (Mar del Coral, Midway, Salomón Orientales y Santa Cruz) la generación de aviadores que había protagonizado la hazaña de Pearl Harbor prácticamente había sido aniquilada. Y el relevo era lento y costoso. La velocidad con la que se tenían que cubrir las bajas no permitía a los nuevos pilotos completar su formación adecuadamente.

Hasta que finalizasen las reparaciones del Enterprise no iba a haber ni un solo portaaviones aliado en todo el Pacífico. Pero la Marina Imperial no podría aprovechar la ventaja que eso suponía. Dos portaaviones de escuadra japoneses, el Zuikaku y el Junyō, habían salido intactos de la batalla, pero con sus grupos aéreos diezmados. Los portaaviones tuvieron que regresar a Japón y dedicar los meses siguientes a formar apresuradamente a una nueva generación de pilotos navales. El Zuikaku no volvería al Pacífico sur hasta febrero de 1943, a tiempo para ayudar a cubrir la retirada de las últimas tropas japonesas de Guadalcanal.