Alves dos Reis, el estafador que clonó el Banco de Portugal


El 5 de diciembre de 1925 el diario de Lisboa O Século destapó un gigantesco fraude cometido por el Banco de Angola y la Metrópolis, una entidad bancaria creada en Luanda pocos meses antes. Sus investigaciones comenzaron cuando su corresponsal en Angola informó de la sospechosa política comercial del banco, que estaba literalmente inundando de billetes la colonia portuguesa, concediendo créditos a muy bajo interés a pesar de que apenas contaba con depósitos. En un principio los periodistas creyeron estar detrás de una operación de los servicios secretos alemanes, que estarían sirviéndose del banco para poner en circulación billetes falsos en grandes cantidades con el objetivo de desestabilizar a la colonia portuguesa. Angola había sido una ambición histórica de Alemania, y no habría sido la primera vez que desde su vecina colonia de África del Suroeste (Namibia) se lanzaban ataques más o menos encubiertos contra ella. Namibia, ocupada por tropas sudafricanas durante la Gran Guerra, había quedado por mandato de la Sociedad de Naciones bajo la administración de la Unión Sudafricana, pero para los portugueses de Angola los alemanes seguían siendo el enemigo tradicional.

Sin embargo, las investigaciones de los periodistas de O Século revelaron algo sorprendente: los billetes que el banco angoleño estaba poniendo en circulación eran totalmente auténticos. Lo único falso era la orden de emitirlos. El responsable de aquella genial falsificación era el propietario del Banco de Angola y la Metrópolis, un lisboeta de 27 años llamado Virgilio Alves dos Reis.

Artur Virgilio Alves dos Reis nació en Lisboa el 3 de septiembre de 1898. Hijo de un comerciante de ganado arruinado, en otro tiempo su familia había gozado de una situación económica desahogada, pero a él le tocó crecer en un ambiente de relativa penuria. Su vergüenza por la ruina familiar aumentó cuando se casó, muy joven, con Maria Luisa Jacobetty de Azevedo, una muchacha perteneciente a la alta sociedad lisboeta. Sintiendo el desprecio de sus suegros (real o imaginario, no lo sabemos) por sus orígenes humildes, decidió marcharse a las colonias y no regresar hasta que hubiese conseguido hacer fortuna. Con solo 19 años, Alves embarcó con destino a Angola.

En África, Alves tuvo varios empleos relacionados con las obras públicas y la administración colonial. Finalmente acabó consiguiendo un puesto de gerente en la compañía Ferrocarriles Transafricanos de Angola tras presentar un título de ingeniero concedido por la inexistente Polytechnic School of Engineering de Londres. Aquella fue su primera falsificación conocida. El falso ingeniero (en Lisboa había iniciado los estudios de ingeniería, pero los había abandonado en su primer año) logró con su trabajo ganarse la confianza de sus jefes y de los directivos de la empresa. No le iba mal, pero aquello no era suficiente para él. Lo que Alves deseaba por encima de todo era regresar algún día a Portugal convertido en un personaje al que nadie pudiese mirar por encima del hombro. Necesitaba hacerse rico, y rápidamente. Así que comenzó a valerse del respeto que se había ganado en la colonia como empleado modélico de la compañía de ferrocarriles para cometer todo tipo de fraudes con cheques sin fondos y contratos falsos. Al final pasó lo que tenía que pasar. En julio de 1924 fue detenido por estafa.

Alves acabaría saliendo absuelto por falta de pruebas, pero antes de eso tuvo que pasar dos meses en prisión a la espera del juicio. Aquel paso por la cárcel resultó ser de lo más provechoso para él, ya que parece que fue allí donde urdió su gran plan. Su cómplice principal iba a ser José Bandeira, un joven de familia aristocrática, hermano de Antonio dos Santos Bandeira, el embajador de Portugal en Holanda. Entre sus colaboradores más cercanos también estaban un financiero holandés llamado Karel Marang y un oscuro personaje conocido como Adolf Henies, de nombre auténtico Hans Döring, un agente del servicio secreto alemán con valiosos contactos en el mundo de la diplomacia.

Alves se inventó un supuesto contrato que había firmado con el gobierno de Portugal por el que se le autorizaba a poner en circulación cien millones de escudos (una cifra enorme, equivalente al 1% del PIB portugués de la época) con el teórico objetivo de ayudar al desarrollo económico de la colonia de Angola. Fabricó un documento con las firmas falsificadas del administrador y el tesorero del Banco de Portugal en el que se recogía la autorización gubernamental para imprimir doscientos mil billetes de 500 escudos. Sin saber a qué país tendría que acudir con él, consiguió que el contrato fuese firmado por los embajadores portugueses en Holanda (recordemos, hermano de José Bandeira), Gran Bretaña, Alemania y Francia.

El siguiente paso era averiguar el nombre de la empresa encargada de la fabricación de los billetes para el Banco de Portugal. Aquella era una información que se mantenía en el más absoluto secreto, pero lo cierto es que no les costó demasiado conseguirla. Marang se presentó en las oficinas de una compañía holandesa especializada en la impresión de papel moneda, supuestamente para negociar el nuevo contrato. Fueron los propios holandeses quienes le explicaron que alguien le había informado mal, ya que los fabricantes de los billetes portugueses no eran ellos, sino una firma de Londres llamada Waterlow & Sons. En diciembre de 1924 Marang viajó a Inglaterra para reunirse con el señor Waterlow. Además del falso contrato, le entregó una carta falsificada del administrador del Banco de Portugal en la que le exigía la máxima confidencialidad. Se le solicitaba la impresión de doscientos mil billetes de quinientos escudos, con la efigie de Vasco de Gama, exactamente iguales a los billetes de curso legal en Portugal.

Todo salió tal como habían planeado. Marang y Bandeira transportaban tranquilamente los billetes nuevos desde Londres hasta Lisboa. Allí el dinero era repartido entre los miembros del grupo. Alves se quedaba con un 25%. Con su parte fundó en Luanda el Banco de Angola y la Metrópolis. Al mismo tiempo decidió hacerse con el control del auténtico Banco de Portugal, por entonces una entidad semiprivada, en parte propiedad del Estado y en parte de inversores particulares. Alves comenzó a comprar a través de testaferros acciones del banco central portugués esperando conseguir las necesarias para controlar su consejo de administración. Así se aseguraría de que la máxima autoridad monetaria del país no investigaría si alguna vez aparecían indicios de la falsificación. En el momento en que fue descubierto se había hecho ya con un 20% de las acciones.

Virgilio Alves lo había conseguido. Con 26 años se había convertido en uno de los financieros más ricos y poderosos de Portugal. Comenzó a llevar una vida de lujo, haciendo ostentación de riqueza de forma imprudente. Su irrupción en la alta sociedad lisboeta llamó demasiado la atención, casi tanto como las extrañas operaciones de su Banco de Angola y la Metrópolis. Solo unos meses más tarde las investigaciones de la prensa portuguesa destaparon el fraude.

Cuando estalló el escándalo, en diciembre de 1925, Alves se encontraba en Angola junto a su socio, el misterioso alemán Adolf Henies. Ambos lograron cruzar la frontera de Namibia y embarcar en un paquebote alemán que zarpaba con rumbo a Europa. Allí fueron descubiertos. Cuando iban a ser arrestados, Henies huyó saltando por la borda. Reapareció en su país poco después. Nunca fue juzgado. Alves fue detenido y trasladado a Lisboa. En el juicio, celebrado en 1930 (parece que la justicia portuguesa de la época era casi tan lenta como la española de hoy), se defendió argumentando que su único interés había sido contribuir al progreso de Angola. Su supuesto altruismo no convenció a los jueces, que le sentenciaron a veinte años de cárcel. Bandeira fue condenado a ocho años. Marang fue juzgado en Holanda y condenado a once meses por asociación ilícita. Otros muchos personajes de su amplia red de colaboradores cumplieron penas menores. El asunto también acabó con la carrera profesional de los más altos responsables del Banco de Portugal, a los que Alves había dejado en ridículo.

Virgilio Alves salió de prisión en mayo de 1945. Siete años más tarde, en 1952, fue detenido de nuevo por haber tratado de engañar a un comerciante vendiéndole un cargamento inexistente de café angolano. Murió de un paro cardiaco en julio de 1955, poco después de haber sido condenado a cuatro años de prisión por aquella nueva estafa.

Uno de los billetes de Alves dos Reis, expuesto en el Museo del Dinero de Utrech, en Holanda:


El billete tiene un sello con la palabra VALSCH ("falso" en holandés). En realidad, es discutible que se pueda considerar un caso de falsificación de moneda, ya que los billetes se imprimieron utilizando las planchas auténticas y por la empresa con la que el Banco de Portugal tenía contratada la fabricación de su papel moneda. Lo único que los diferenciaba de los billetes "oficiales" eran sus números de serie.

Diplomacia de talonario: las extrañas amistades de Nauru

Nauru ya ha salido alguna vez en este blog. Es una pequeña isla de poco más de ocho kilómetros cuadrados situada en medio de ninguna parte, en el Pacífico central. A pesar de su insignificancia geográfica, hubo una época en la que tuvo una gran importancia estratégica. Como conté hace un tiempo, Nauru fue el único territorio del Pacífico atacado por la Kriegsmarine durante la Segunda Guerra Mundial. Su valor entonces estaba en sus abundantes depósitos de fosfatos, hoy agotados. En la actualidad la isla es famosa principalmente por dos motivos: por ser la república más pequeña del mundo (y el tercer estado, por detrás de la Ciudad del Vaticano y el Principado de Mónaco), y por ser el único país del planeta en peligro real de desaparición física. Se están quedando sin isla, literalmente. La sobreexplotación a la que fueron sometidos durante décadas los yacimientos de fosfatos que la cubrían ha convertido la mayor parte de su territorio en un pedregal estéril cada vez más amenazado por el aumento del nivel del mar.

Vista aérea de Nauru:


Tras el colapso de su única riqueza económica, los nauruanos han tenido que recurrir a originales fuentes de ingresos para sobrevivir. Por ejemplo, la que voy a explicar a continuación, con una historia que empieza en el otro extremo del mundo, a orillas del mar Negro.

En agosto de 2008 finalizó el conflicto bélico entre Georgia y los territorios separatistas de Abjasia y Osetia del Sur, dos pequeñas repúblicas autónomas situadas en plena cordillera del Cáucaso que contaban con el apoyo nada disimulado de Rusia (de hecho hubo una fuerte intervención militar directa del ejército ruso). Ese mismo mes ambas repúblicas fueron reconocidas como estados independientes por la Asamblea Federal de la Federación Rusa. Los llamamientos del gobierno ruso a eso que se suele llamar “comunidad internacional” para que siguiesen su ejemplo y reconociesen a ambos estados no tuvieron mucho éxito. En un primer momento solo lo hizo Nicaragua, donde acababa de ganar las elecciones el Frente Sandinista (quizá necesitaban algún gesto que ayudase a resaltar su independencia respecto a los Estados Unidos). Un año más tarde obtuvieron también el reconocimiento de la Venezuela de Hugo Chávez.

Mapa de Georgia, en el que se pueden ver las repúblicas rebeldes de Abjasia (verde) y Osetia del Sur:


Fue entonces, en los últimos meses de 2009, cuando Rusia fijó su atención en la región del Pacífico y trasladó hacia allí todo su poder de persuasión.

En diciembre de 2009 Nauru se convirtió en el cuarto país del mundo, tras Rusia, Nicaragua y Venezuela, en reconocer oficialmente a las dos pequeñas repúblicas caucásicas como estados independientes. Al mismo tiempo, el ministro de Relaciones Exteriores de Nauru, Kieren Keke, de visita en Sujumi (la capital de la República de Abjasia), anunciaba el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países. Hasta ese momento, a excepción de Rusia, ningún otro estado del mundo se había planteado tener representación diplomática en Abjasia.

Esta estrecha amistad entre dos países minúsculos separados por miles de kilómetros, sin relaciones comerciales o culturales previas, y sin absolutamente ningún interés en común, resulta bastante sorprendente. La explicación podría estar en los diez millones de dólares que poco después Nauru recibió de Rusia en concepto de ayuda al desarrollo. Por supuesto, el gobierno ruso negó que su generosidad tuviese algún tipo de relación con las curiosas alianzas internacionales de Nauru.

A Nauru le siguieron otras dos pequeñas naciones insulares del Pacífico, Vanuatu y Tuvalu, que (supuestamente) a cambio de un módico precio aceptaron reconocer a Abjasia como estado independiente. Tuvalu, un conjunto de atolones de solo 11.000 habitantes con un grave problema de abastecimiento de agua dulce (y cuya casi única fuente de ingresos es la venta de los derechos del apetecible dominio web .tv), reconoció a Abjasia tras recibir un cargamento de agua embotellada. La ofensiva diplomática rusa en el Pacífico obligó a Georgia a contraatacar. Vanuatu y Tuvalu acabarían retirando sus reconocimientos, en mayo de 2013 y marzo de 2014 respectivamente, quizá después de aceptar alguna contraoferta georgiana. Fiyi, un “pequeño gigante” en la región, recibió en pocos meses la visita de los ministros de Asuntos Exteriores de Georgia y Rusia, ambos repentinamente interesados en el desarrollo del país.

Se podría pensar que una "diplomacia de talonario" tan descarada es contraproducente. Después de todo, si algún país serio se hubiese estado planteando la posibilidad de reconocer a las repúblicas rebeldes georgianas como estados independientes, lo más probable es que acabase descartando la idea por miedo a que la comunidad internacional les incluyese en el exclusivo club formado por Nauru, Tuvalu y Vanuatu (a Venezuela y Nicaragua no las meto en el mismo saco, ya que su reconocimiento fue anterior). Pero este inconveniente se compensa con un importante beneficio. Estos diminutos, pobres y políticamente irrelevantes estados insulares del Pacífico son miembros de pleno derecho de la ONU. Si algún día la Asamblea General de las Naciones Unidas tiene que debatir sobre la cuestión de Abjasia, el voto de Nauru tendrá tanto valor como el de cualquier otro país. Llegado el momento, Rusia, o la potencia de turno, se habrá asegurado su apoyo a un coste realmente reducido.

Hace unos años fueron China y Taiwán los que compitieron en una auténtica subasta para lograr el reconocimiento de estos países, en medio de acusaciones mutuas (y probablemente fundadas) de sobornos y de estar utilizando la ayuda humanitaria o las promesas de inversión para fines políticos. Nauru retiró su reconocimiento de Taiwán en el año 2002 y la volvió a reconocer en el 2004. Siempre al mejor postor.

Noor Inayat Khan


Noor Inayat Khan era la hija mayor del matrimonio formado por Hazrat Inayat Khan, un maestro sufí y músico perteneciente a una importante familia de la nobleza musulmana india (descendiente del sultán Fateh Ali Tipu, histórico monarca del antiguo reino de Mysore), y la estadounidense Ora Meena Ray Baker, hermana de otro conocido maestro sufí. Nació en San Petersburgo el 2 de enero de 1914. Pocos meses más tarde, cuando la Gran Guerra estaba a punto de estallar, la familia abandonó Rusia y se estableció en Londres, donde nacieron los tres hermanos de Noor. Al término del conflicto los Inayat Khan se mudaron a Suresnes, cerca de París. En Francia Noor creció en un ambiente culto y cosmopolita. Estudió psicología infantil en la universidad de la Sorbona y música en el Conservatorio de París. Comenzó su carrera artística escribiendo poemas y cuentos infantiles para diversas publicaciones. En 1939 publicó su primer y único libro, Veinte cuentos Jataka, una recopilación de cuentos de tradición budista.

En junio de 1940, cuando Francia estaba siendo invadida por las tropas alemanas, Noor, su madre y sus hermanos (su padre había muerto en 1927) huyeron del país y regresaron a Gran Bretaña. Aunque nunca había vivido en la India, Noor se sentía india de corazón y estaba en contra del dominio colonial británico. Además siempre había sido una seguidora incondicional de las enseñanzas de su padre, un pacifista “radical”. Sin embargo, en Inglaterra decidió que no podía quedarse al margen y que su deber era unirse a la lucha para derrotar los nazis.

En noviembre de 1940 Noor se alistó en la WAAF (Women's Auxiliary Air Force, el cuerpo auxiliar femenino de la RAF). Un año más tarde fue reclutada por el SOE (Special Operations Executive), la organización encargada de las operaciones encubiertas en territorio controlado por el enemigo. Durante su formación como agente adoptó el alias de Nora Baker. A mediados de 1943, de forma bastante apresurada, fue designada como agente de enlace del SOE con uno de los principales grupos de resistencia de la zona de París. Probablemente habría necesitado algo más de entrenamiento, pero la destreza que demostró como operadora de radio, su conocimiento del país y del idioma, y, sobre todo, la dramática escasez de agentes experimentados que por entonces sufría el SOE, hicieron que fuese destinada a Francia antes de tiempo.

Noor, que utilizaría el nombre en clave de Madeleine, fue la primera mujer del SOE enviada como operadora de radio a territorio enemigo. La noche del 16 al 17 de junio de 1943 un pequeño avión de enlace Westland Lysander la dejó en una pista de aterrizaje improvisada en el norte de Francia. Allí la estaban esperando miembros del grupo de resistencia conocido con el nombre en clave de Physician. Su llegada a París se produjo en el peor momento posible. La red Physician había sido infiltrada por agentes alemanes, y el SD (Sicherheitsdienst, “Servicio de Seguridad”, parte del imperio de las SS) se disponía a lanzar contra ella una campaña de hostigamiento, redadas y arrestos masivos. Seis semanas más tarde la organización había sido desmantelada casi en su totalidad. Por entonces, Noor, ocultándose bajo la identidad falsa de Jeanne-Marie Regnier, era la única operadora de radio de la organización de resistencia que aún no había sido capturada.

Los responsables de la Sección F trataron de organizar la evacuación de Noor, conscientes del peligro que corría, pero ella se negó a regresar a Londres y abandonar a sus compañeros franceses. Su trabajo era vital para mantener operativo lo que quedaba de la red y tratar de reconstruirla. Pero los británicos no eran los únicos que conocían la importancia de su misión. El SD tenía su descripción y conocía su nombre en clave, Madeleine. Los alemanes sabían que si lograban capturarla se cortarían definitivamente las comunicaciones entre Londres y una de las redes principales de la resistencia francesa. Noor se convirtió en el agente enemigo más buscado por servicios de seguridad alemanes en París. Se mantenía continuamente en movimiento, limitando sus comunicaciones por radio a unos pocos minutos cada vez para evitar ser localizada.

Noor logró burlar a sus perseguidores durante semanas, hasta que finalmente, a mediados de octubre, fue capturada por el SD. Parece que su arresto fue debido a una traición, aunque hay al menos dos versiones distintas sobre cómo ocurrió. Unos creen que fue traicionada por Henri Dericourt, un agente francés del SOE, ex piloto de la Fuerza Aérea Francesa, del que se sospecha que era un agente doble. Otros piensan que la entregó una resistente llamada Renée Garry, según se dice celosa por la relación de Noor con otro agente del SOE del que estaba enamorada.

Noor fue conducida al cuartel general de la Gestapo en París. Durante más de un mes fue sometida a continuos interrogatorios. No hay pruebas de que fuese torturada físicamente. Tampoco hay ninguna evidencia de que aceptase cooperar ni de que compartiese cualquier tipo de información con los alemanes. En realidad no fue necesario. Incumpliendo las normas de seguridad más elementales (posiblemente a causa de un entrenamiento deficiente y de la precipitación con la que se decidió su envío a Francia), Noor había guardado una copia de todos los mensajes que había intercambiado con el SOE. Cuando los agentes del SD encontraron sus cuadernos de notas, los alemanes pudieron utilizar toda aquella información para mantener las comunicaciones con Londres haciéndose pasar por Madeleine y haciéndoles creer que seguía en libertad.

Por lógica, al conocer el acoso al que estaban siendo sometidos sus agentes en Francia por parte del contraespionaje alemán, el SOE habría estado obligado a extremar las medidas de seguridad, pero de forma inexplicable en la Sección F se limitaron a dar por buenos los mensajes que recibían de la falsa Noor, sin más comprobaciones. Peor aún, una colaboradora francesa del SOE llamada Sonya Olschanezky (de nombre en clave Tania) se las había arreglado para alertar a Londres del arresto de Madeleine, pero al provenir de una agente de importancia secundaria el aviso no se consideró fiable y fue ignorado. Como resultado, las falsas transmisiones continuaron y tuvieron como consecuencia el arresto y la ejecución de un buen número de agentes del SOE en Francia, entre ellos la propia Olschanezky. Varios agentes enviados desde Inglaterra fueron capturados nada más pisar suelo francés.

El 25 de noviembre Noor fue descubierta cuando trataba de huir del edificio del SD en París a través del tejado aprovechando el caos que siguió a una alerta de ataque aéreo. Dos días después se decidió su traslado a la prisión de Pforzheim, en el sur de Alemania. Considerada una prisionera muy peligrosa, permaneció en total aislamiento los diez meses que estuvo allí encarcelada.

El 11 de septiembre de 1944 Noor Inyayat Khan fue trasladada desde Pforzheim al campo de concentración de Dachau junto a otras tres agentes capturadas del SOE, la británica Eliane Plewman y las francesas Yolande Beekman y Madeleine Damerment. Dos días más tarde, la mañana del 13 de septiembre, las cuatro mujeres fueron ejecutadas de un tiro en la nuca.

En el año 2012 se inauguró un busto de Noor Inayat Khan en el parque londinense de Gordon Square. Se dice que es el único monumento que existe en Gran Bretaña dedicado a una mujer musulmana.

El primer combate aéreo de la Segunda Guerra Mundial

Cuando estalló la guerra entre Alemania y Polonia el caza principal con el que contaba la Fuerza Aérea Polaca era un avión de fabricación propia, el PZL P.11, un monoplano de ala alta, con cabina abierta y tren de aterrizaje fijo. En el momento de su entrada en servicio, a comienzos de la década, había sido un aparato realmente avanzado, capaz de competir en igualdad de condiciones con cualquier avión de combate de su época. Pero en 1939 había quedado obsoleto, y era muy inferior en todos los aspectos a los alemanes Bf 109 y Me 110. De hecho, los pilotos de los P.11 iban a tener muchos problemas incluso en sus enfrentamientos con los Ju-87 Stuka, bombarderos en picado casi tan veloces y maniobrables como sus cazas.

Hacia las 6 de la mañana del 1 de septiembre de 1939, apenas dos horas después del comienzo de la invasión alemana, los P.11 del 121º Escuadrón Aéreo de la Fuerza Aérea Polaca despegaron del campo de aviación de Balice, cerca de Cracovia, para hacer frente a una incursión de bombarderos alemanes Ju-87, He-111 y Do-17. El capitán Mieczyslaw Medwecki, comandante de la 3ª escuadrilla polaca, fue el primero en lanzarse contra la formación enemiga. Su caza fue alcanzado por una ráfaga de ametralladora disparada por uno de los Stukas. Medwecki, herido de gravedad, se retiró del combate y trató de tomar tierra, pero no pudo mantener el control del aparato. El avión acabó estrellándose cerca de la aldea de Chrosna. El capitán Medwecki murió en el acto. Tenía 35 años. Fue el primer piloto muerto en combate aéreo en la Segunda Guerra Mundial.

Por tanto, sorprendentemente, el primer derribo de la guerra en un enfrentamiento entre aviones no fue obra de un caza, sino de un bombardero. El piloto del Stuka que derribó el P.11 de Medwecki era un joven teniente de 23 años llamado Frank Neubert. Le acompañaba como artillero de cola (el Stuka tenía una tripulación de dos hombres) el sargento Franz Klinger. Tras deshacerse de su primer contrincante, Neubert se dirigió contra el compañero de ala de Medwecki, el teniente Władysław Gnyś. El polaco, consciente de su inferioridad, viró en redondo y se retiró del combate. Unos minutos más tarde Gnyś atacó a un grupo de bombarderos Dornier Do-17. Uno de ellos, alcanzado por las ráfagas del caza polaco, perdió el control y se estrelló en el aire contra otro bombardero de su misma formación. Aquellos dos Do-17 fueron los primeros aviones alemanes derribados en combate aéreo en la Segunda Guerra Mundial (en realidad el episodio es bastante dudoso, y hay quien adjudica los derribos a la artillería antiaérea polaca).

Dos semanas después, cuando la derrota de Polonia era ya inevitable, el teniente Gnyś cruzó con su avión la frontera de Rumanía (por si a alguien le extraña, aclaro que no es un error; en 1939 Polonia y Rumanía compartían frontera, a lo largo de los territorios que poco después ocuparía la URSS y que hoy forman parte de Ucrania). Desde allí se dirigió a Francia dispuesto a continuar la lucha contra los invasores de su país. A los mandos de un caza de la Fuerza Aérea Francesa participó en numerosos combates sobre Bélgica y el norte de Francia. En julio de 1940, tras la capitulación francesa, huyó a Inglaterra y se alistó en uno de los escuadrones polacos que estaba formando la RAF. En agosto de 1944, siendo ya jefe de escuadrón, fue derribado sobre Rouen, en Francia, y capturado por los alemanes. A pesar de estar herido, logró fugarse y alcanzar las líneas aliadas. Después de la guerra se estableció en Canadá.

Frank Neubert, por su parte, combatió en la campaña de Francia, la Batalla de Inglaterra y las invasiones de Yugoslavia y Grecia. En otoño de 1942 fue destinado al frente ruso, donde pilotaría un bimotor de ataque a tierra Henschel Hs 129 (el apodo que recibió este modelo de avión lo dice todo: Panzerknacker, “rompetanques”). En enero de 1943 resultó gravemente herido al caer alcanzado por la artillería antiaérea soviética. Al final de la guerra se había convertido en uno de los pilotos de ataque a suelo más condecorados y respetados de la Luftwaffe. Se retiró en 1972 con el rango de teniente coronel del Bundeswehr (las fuerzas armadas de la RFA).

Neubert siempre quiso conocer en persona a su antiguo enemigo, el teniente Władysław Gnyś, pero durante muchos años estuvo dudando si sería apropiado ponerse en contacto con él. Finalmente un día se decidió a escribirle una carta. Desde entonces hasta la muerte del polaco en el año 2000 ambos hombres mantuvieron una curiosa amistad epistolar. Llegaron a verse en persona en varias ocasiones. El primero de aquellos encuentros tuvo lugar en la residencia de Gnyś en Beamsville, Ontario, el 1 de septiembre de 1989, exactamente en el 50º aniversario del comienzo de la guerra... y de su pequeña batalla particular.

¿Puede exigir Grecia reparaciones de guerra a Alemania?

Hace unas semanas fue noticia el anuncio formal que hizo el nuevo primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, de su intención de reclamar a Alemania compensaciones por daños de guerra derivadas de la ocupación del país entre 1941 y 1944. La cantidad reclamada, según se filtró a la prensa, sería de 11.000 millones de euros, valor actual calculado de un préstamo de 476 millones de Reichsmarks que los ocupantes alemanes obtuvieron del gobierno títere griego en 1942 y que nunca fue devuelto. Además, Grecia pedirá compensaciones económicas para las víctimas de la ocupación y la devolución a su país de miles de piezas arqueológicas expoliadas. La historia no es nueva. De hecho, parece que el gobierno de Syriza ha bajado considerablemente las exigencias con respecto a sus predecesores (aunque también parece que se va a tomar el tema más en serio). Hace dos años, durante el gobierno del conservador Antonis Samaras, un comité del Ministerio de Finanzas griego evaluó la cuantía a reclamar en 162.000 millones de euros, lo que supondría casi la mitad de la deuda griega actual, o un 80% de su PIB. Esta cifra saldría de la suma, por un lado, del coste del expolio, los daños y la destrucción de infraestructuras durante la ocupación nazi (que supondría 108.000 millones), y por otro de la devolución del préstamo que el Banco Central griego concedió a Alemania (que calcularon en otros 54.000 millones, una cifra muy superior a los 11.000 que exige el gobierno actual).

La respuesta alemana ha sido contundente: no hay nada que negociar. Según el gobierno de Angela Merkel, Grecia renunció voluntariamente a la devolución de la deuda al firmar el Acuerdo de Londres de 1953, y renunció también a reclamar compensaciones de guerra tras su visto bueno al Tratado 2+4 de 1990.

¿Es eso cierto? ¿Renunció Grecia a reclamar compensaciones por la ocupación nazi por partida doble, en 1953 y 1990?

Veamos...

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial Alemania había quedado literalmente arrasada. A falta de algo mejor, las potencias ocupantes se cobraron “en especie” parte de las compensaciones que reclamaban a Alemania por los daños provocados. Fábricas enteras fueron desmanteladas y trasladadas a la URSS, Francia o Gran Bretaña, al igual que materias primas, productos industriales e incluso trabajadores (cientos de miles de prisioneros de guerra fueron utilizados como mano de obra casi esclava). Mientras tanto, en Grecia había estallado una guerra civil entre conservadores y comunistas que duraría hasta octubre de 1949. La inestabilidad interna impidió a Grecia plantear el tema de las reparaciones en la inmediata postguerra. Más tarde, sería Estados Unidos el encargado de convencer a los distintos gobiernos griegos para que aparcasen sus reivindicaciones, utilizando como argumento (muy persuasivo) los dólares del plan Marshall. Los norteamericanos habían comenzado a presionar a sus aliados europeos para que abandonasen sus actitudes revanchistas. Se trataba de impedir un avance de los comunistas en Europa, para lo que era vital una Alemania occidental fuerte y estable.

Ese fue precisamente el objetivo del Acuerdo de Londres de 1953. A comienzos de la década de los 50 la economía alemana estaba asfixiada por el peso de la enorme deuda que arrastraba. Con su industria destruida, no tenía forma de conseguir divisas y no iba a poder hacer frente a los pagos que se le exigían. El temor a que la deuda se convirtiese en una fuente de desestabilización permanente y un lastre que impidiese el desarrollo de Alemania occidental llevó a las potencias aliadas a convocar una conferencia con el objetivo de renegociar las deudas y suavizar las condiciones de pago. Participaron representantes de la República Federal Alemana y de más de una veintena de países (Grecia entre ellos), además de un gran número de acreedores privados.

La deuda reclamada a Alemania anterior a la guerra se elevaba a 22.600 millones de marcos. La deuda de la posguerra se estimaba en 16.200 millones de marcos. Era principalmente deuda privada, en su mayor parte contraída en los años de entreguerras por los préstamos Young y Dawes, contratados para hacer frente a las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, y los préstamos derivados del Plan Marshall, ya en la postguerra. En las negociaciones los montos se redujeron a 7.500 millones y 7.000 millones de marcos, respectivamente, lo que representaba una quita del 62,6%.

Pero, pese a la enorme cuantía de las cantidades perdonadas, no fue la reducción de la deuda la concesión más importante de los acreedores. Se acordaron unas condiciones de pago muy ventajosas, de forma que Alemania pudiese reembolsar la deuda sin poner en riesgo su crecimiento y su estabilidad. Así, los firmantes aceptaron que los alemanes hiciesen la mayor parte de los pagos en su propia moneda, el Deutsche Mark. También se les permitió producir bienes que antes importaban y vender sus productos en el extranjero para reducir su balanza comercial negativa. Además, el pago de la deuda se adaptaría a la situación de la economía alemana en cada momento, permitiendo que el país hiciese frente a sus obligaciones exclusivamente con sus excedentes de exportación, sin castigar sus reservas monetarias. Se puso un límite del 5% de los ingresos por exportación al pago de la deuda, y este se interrumpiría si el país no tenía una balanza comercial positiva. Los tipos de interés iban desde el 0% al 5%. En los primeros cinco años (hasta 1958) se decretó una moratoria al pago de la deuda, y en ese tiempo Alemania solo tendría que asumir el pago de los (escasos) intereses.

Con todas esas medidas, y con las millonarias ayudas del Plan Marshall primero y de la Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos después, Alemania se reindustrializó muy rápidamente, su economía se recuperó y en poco tiempo resurgió como potencia económica mundial.

Como se ve, la gran preocupación de los firmantes del Acuerdo de Londres era garantizar que Alemania no pasaría por dificultades para hacer frente a sus obligaciones de pago. Y, en esa línea, otra de sus concesiones principales fue la que se refería al desembolso de las reparaciones de guerra. El punto 2 del artículo 5 del tratado dice textualmente:

La revisión de las reclamaciones derivadas de la Segunda Guerra Mundial por los países que estuvieron en guerra con o fueron ocupados por Alemania durante la guerra, y por los ciudadanos de esos países, en contra del Reich y organismos del Reich, incluyendo los costes de la ocupación alemana, compensaciones de activos adquiridos durante la ocupación y las reclamaciones contra la Reichskreditkassen, quedará aplazada hasta la solución definitiva del problema de las reparaciones.

Es decir, los países ocupados o atacados por la Alemania de Hitler no renunciaban al cobro de reparaciones de guerra, pero aplazarían sus reclamaciones hasta que se celebrase una nueva ronda negociadora sobre la cuestión. El representante alemán en la conferencia de Londres, el financiero Hermann Josef Abs, prometió que se revisarían todas las reclamaciones cuando se firmase “un tratado de paz o un acuerdo semejante”. El gobierno del canciller Adenauer tenía un argumento de peso para no abrir la negociación sobre las compensaciones: Alemania era un país dividido, y la RFA no debía hacerse cargo de las reparaciones en solitario. Todo quedaría pendiente de la negociación de un tratado de paz definitivo, que acabase con la ocupación aliada en Alemania y permitiese la reunificación. El futuro tratado tendría que fijar además las fronteras definitivas de Alemania. Al finalizar la guerra la URSS se había anexionado las regiones polacas ocupadas por Stalin en 1939 (antiguos territorios del imperio zarista perdidos en la guerra ruso-polaca de 1919-1920), y a cambio había permitido que Polonia desplazase sus fronteras hacia el oeste hasta la línea formada por los ríos Oder y Neisse, ocupando extensos territorios históricamente alemanes. Además, la URSS y Polonia se habían repartido la Prusia Oriental. En 1953 la RFA aún no había reconocido la frontera entre la RDA y Polonia (no lo haría hasta 1970), y consideraba el problema de las fronteras orientales alemanas como otro punto a negociar cuando se celebrase la conferencia de paz definitiva. La cuestión de las fronteras, aunque no parezca tener mucha relación con el tema de las reparaciones, acabaría jugando un papel fundamental en esta historia, como veremos más adelante.

En 1989, tras la caída del Muro de Berlín, parecía haber llegado el momento de encontrar la solución definitiva a todos aquellos problemas. El fin del régimen comunista en la RDA hacía posible la reunificación y permitía negociar la retirada de los cuatro países que todavía mantenían su status de potencias ocupantes. La decisión lógica habría sido convocar una conferencia de paz con la participación de todos los estados que habían hecho la guerra a Alemania, pero el gobierno del canciller Helmut Kohl era consciente de que aquello reabriría el debate sobre las compensaciones de guerra y traería consigo una oleada de reclamaciones económicas de los países afectados. Así, en lugar de la conferencia de paz, el gobierno de la RFA convenció a las potencias ocupantes de que se podía solucionar el tema con una negociación cerrada.

Las negociaciones se iniciaron en febrero de 1990, y la firma definitiva del tratado fue el 12 de septiembre de ese mismo año. Los firmantes, además de la RFA y la RDA, fueron las cuatro potencias ocupantes de Alemania: Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia. El acuerdo fue bautizado oficialmente con el engañoso nombre de “Reglamentación jurídica sobre el fin de los derechos y las responsabilidades de las cuatro potencias”, pero es más conocido simplemente como Tratado 2+4. En él se daba el visto bueno a la reunificación de las dos Alemanias y se recogía la renuncia de las potencias ocupantes a todos sus derechos como tales. Aparte de los seis firmantes, tan solo otro país fue consultado: Polonia. La razón para incluir a los polacos en las negociaciones era que una de las cuestiones principales que se dirimieron fue la de las fronteras orientales de Alemania. A cambio de alcanzar un acuerdo rápido, la nueva Alemania aceptaba la línea Oder-Neisse como frontera germano-polaca y renunciaba a presentar en el futuro reclamaciones territoriales en el este de Europa. Según el gobierno alemán, el tratado supuso también un punto final en el tema de las indemnizaciones de guerra. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña renunciaron expresamente a solicitar reparaciones. Solo la URSS se mostraba dispuesta a incluirlas en las negociaciones, pero la promesa alemana de olvidarse de reclamaciones territoriales hizo que el gobierno de Gorbachov cambiase de opinión. El compromiso de respetar las fronteras vigentes no solo les aseguraba que no se iba a reabrir la cuestión de la frontera polaco-soviética, sino que suponía una confirmación de la soberanía soviética del oblast de Kaliningrado (la antigua Königsberg prusiana), un enclave ruso en la costa del Báltico del tamaño de la provincia española de León.

Todo esto se decidió a espaldas del resto de países que habían participado en la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos renunciaron también a exigir de reparaciones de guerra a Alemania, pero no fue ese el caso de Grecia. Lo cierto es que el gobierno griego no reaccionó en aquel momento y dejó pasar mucho tiempo antes de hacer la reclamación, aunque se supone que eso no invalida sus supuestos derechos. En cualquier caso, aunque fuese cierto que el Tratado 2+4 da por finiquitado el tema de las reparaciones, los terceros países que ni siquiera fueron consultados no tienen por qué estar sujetos a las decisiones de los firmantes y tienen todo el derecho a considerar inválido el acuerdo.

En conclusión, Grecia nunca renunció a exigir a Alemania reparaciones por la ocupación nazi, y por consiguiente no hay ningún motivo por el que no pueda hacerlo. Otra cosa es que pueda tener éxito en sus demandas. En primer lugar, por el tiempo transcurrido. Que yo sepa, no hay ningún plazo temporal en la legislación internacional para hacer reclamaciones de este tipo, pero setenta años son muchos años ¿Y si cunde el ejemplo y los estados se enzarzan en demandas de reclamaciones por guerras de hace uno o dos siglos? ¿Dónde estaría el límite?

Otro problema es el cálculo de la cuantía de las reparaciones, para lo que habría que decidir en primer lugar qué es lo que hay que compensar. En los años 50 y 60 la RFA negoció acuerdos bilaterales con varios países por los que concedió indemnizaciones a víctimas de la guerra. En 1960 pagó unos 115 millones de marcos como compensación a víctimas griegas de la ocupación. Esto también ha sido utilizado como argumento por los que creen que Alemania ya ha pagado sus deudas (aunque parece una cifra bastante escasa). Sin embargo, se trataba de compensaciones a particulares, mientras que lo que el gobierno griego plantea ahora es una negociación de estado a estado para acordar principalmente reparaciones por la destrucción de infraestructuras y los daños que causó la ocupación en la economía del país.

Parece que Grecia insistirá sobre todo en la devolución del préstamo concedido por el gobierno títere en 1942. Si se considera un crédito ordinario, y no como parte de las reparaciones de guerra, podría tener más posibilidades de que Alemania se viese obligada a desembolsarlo. Pero en este caso también hay problemas con el cálculo de la cuantía. Era un crédito en Reichsmarks, una moneda que dejó de existir en 1948, y según los distintos estudios su valor actual podía ir desde los 8.250 millones de dólares que calculó un comité del Bundestag en 2012 hasta los 54.000 millones de euros reclamados por el gobierno de Samaras.

Muchos piensan que la intención del gobierno griego no es otra que utilizar la cuestión de las reparaciones de guerra como argumento moral en sus negociaciones para suavizar las exigencias de la Troika. Después de todo, la generosidad con la que los acreedores (entre ellos la propia Grecia) trataron a Alemania en la postguerra contrasta enormemente con la postura intransigente del actual gobierno alemán con respecto a la deuda griega.