Marianne Kürchner, ejecutada por contar un chiste

En la primera mitad de 1943 gran parte de la población alemana comenzó a ser consciente de que Hitler estaba conduciendo a su país al desastre. En Rusia, la derrota de Stalingrado había supuesto un punto de inflexión en la guerra. Los soviéticos habían pasado a la ofensiva, que ya no detendrían hasta llegar a Berlín. En el Mediterráneo los restos del Afrika Korps capitulaban en Túnez, con la débil Italia de Mussolini en el punto de mira de los aliados. Y dentro del propio Reich, los civiles veían cómo los bombardeos aéreos se repetían con una frecuencia cada vez mayor, sin que aparentemente la Luftwaffe pudiese hacer nada para impedirlos.

A pesar del esfuerzo propagandístico del régimen, no se podía ocultar que la guerra empezaba a ir muy mal para los alemanes. Fue entonces cuando Hitler trató de frenar el derrotismo endureciendo las leyes contra el que consideraba “enemigo interior”. Se intensificó la persecución contra los que se atrevían a expresar en voz alta sus críticas o a hacer comentarios burlones sobre los dirigentes nazis o sobre la marcha de la guerra. La ley contemplaba diversas penas, que en algunas ocasiones podían llegar a la pena de muerte, para quien públicamente contribuyese a “socavar la voluntad nacional” o incitase a los militares al incumplimiento del deber. Era una ley intencionadamente ambigua que en la práctica dejaba en manos de los jueces la decisión de castigar con mayor o menor severidad un chiste o un comentario derrotista. Muchos acusados se libraron con una advertencia, otros fueron condenados a pasar una temporada en un campo de “reeducación”. Solo en casos extremos se decretaban penas más graves, aunque a medida que la derrota se iba viendo cada vez más próxima, los castigos se fueron endureciendo progresivamente.

Rudolph Herzog relata un caso trágico en su libro Heil Hitler, el cerdo está muerto, dedicado al humor en el Tercer Reich. Marianne Elise Kürchner era una joven viuda de guerra de origen checo que trabajaba en una fábrica de municiones situada en el distrito berlinés de Mariendorf. Un día, durante el trabajo, cometió el error de contar un chiste a uno de sus compañeros:

Hitler y Göring están en lo alto de la torre de radiodifusión de Berlín. Hitler dice “Habría que darles una alegría a los berlineses”, a lo que Göring contesta: “¡Entonces, salta desde la torre!”

Aquella ingenua broma le costaría muy cara. Su compañero de trabajo, quizá por miedo a que alguien más la hubiese escuchado, o puede que por convicción ideológica o para ganar puntos ante los nazis, la denunció a las autoridades. Marianne fue detenida y acusada de derrotismo. El caso fue remitido al Volksgerichtshof, el temido “Tribunal del Pueblo” encargado de juzgar los delitos políticos, presidido por el sádico juez Roland Freisler, famoso por su crueldad y por el trato burlón y despectivo que daba a los acusados durante los procesos.

En el juicio Marianne admitió haber contado el chiste, pero alegó que en el momento en el que lo hizo estaba muy afectada por la reciente pérdida de su marido en el frente y no actuaba de forma racional. El tribunal no tuvo piedad. El 26 de junio de 1943 el Volksgerichtshof dictó sentencia: «La señora Marianne Kürchner, en su condición de viuda alemana de guerra, ha intentado socavar nuestra sólida moral de defensa y nuestro trabajo eficiente en aras de la victoria en una fábrica de armas haciendo uso de palabras malévolas contra el Führer y el pueblo alemán, expresando con ello el deseo de que perdamos la guerra. Por eso, y debido a que se ha comportado como una checa, aunque es alemana, se ha situado al margen de nuestra comunidad patriótica. Ha perdido el honor para siempre y por lo tanto es condenada a muerte». El hecho de ser viuda de guerra no le ayudó en nada. Por el contrario, fue considerado un agravante, ya que el tribunal estimó que con su comportamiento Marianne también había manchado la memoria de su esposo.

Pocos días más tarde Marianne Elise Kürchner fue guillotinada.

En el libro de Herzog se identifica a la acusada solo como Marianne Elise K.
Su nombre completo lo he encontrado aquí:
http://www.executedtoday.com/2012/06/26/1943-marianne-elise-kurchner-condemned-for-a-joke/


Kazuro Shimizu, la historia de un Dragón Acechante

Kazuro Shimizu era el cuarto hijo de unos modestos agricultores que vivían en una zona rural de la prefectura de Nagano, en el centro de Honshu. Un día de 1943, cuando tenía 15 años, los profesores de su escuela reunieron a los alumnos en el gimnasio para escuchar una charla de un oficial del Ejército. El militar les habló de la difícil situación de su país y de los sacrificios a los que la guerra obligaba a todos los japoneses. A continuación pidió voluntarios para alistarse. Los profesores enviaron a los chicos de vuelta a las aulas y allí escogieron a los “voluntarios”. Según Shimizu, los maestros aprovecharon la ocasión para deshacerse de sus alumnos más problemáticos. Él no temió ser uno de los elegidos, ya que era el estudiante más destacado de su clase. Y no se equivocaba, pero uno de los que sí fueron seleccionados, un muchacho huérfano, le pidió que intercediese por él. Shimizu rogó al maestro que dejase marchar a su compañero. La forma en la que el hombre ignoró sus súplicas le enfureció y le llevó a plantear lo que él creía que era una amenaza: “Pues entonces me alistaré yo en su lugar”. Ante su sorpresa, el maestro aceptó la propuesta.

Como era un buen estudiante, tras un periodo de instrucción básica Shimizu fue destinado a la élite de las fuerzas armadas japonesas, la aviación naval. En septiembre de 1944 ingresó en la Academia Aeronaval Yokaren, en Tsuchiura, al norte de Tokio. En marzo de 1945 se canceló repentinamente toda la parte teórica de su preparación y en su lugar aumentaron los ejercicios prácticos y las maniobras. Todo parecía indicar que iban a ser desplegados de forma inminente. Pero en lugar de ello los reclutas fueron trasladados a las montañas de Tsukuba para recoger raíces de pino con las que fabricar biocombustible. A aquellas alturas de la guerra los japoneses tenían tal necesidad de petróleo que tuvieron que recurrir a cualquier medio a su alcance para conseguir sustitutos. Por entonces los ataques aéreos eran casi continuos. Los cuarteles de Tsuchiura fueron destruidos en un bombardeo, y seis compañeros de Shimizu murieron ametrallados por aviones estadounidenses mientras recogían raíces. La impunidad con la que actuaba la aviación enemiga le llevó a tomar una decisión drástica. Convencido de que también él iba a morir en cualquier momento, quiso que al menos su muerte tuviese alguna utilidad. Así que cuando pidieron voluntarios para el Cuerpo de Ataque Especial, el nombre que la Marina Imperial daba a sus unidades “kamikaze”, Shimizu dio un paso al frente.

Shimizu pensaba que se había alistado en una unidad kamikaze de ataque aéreo. Solo supo la verdad cuando llegó al centro de entrenamiento situado en Yokosuka, en la bahía de Tokio. Allí les explicaron que estaban en una unidad secreta de buceadores conocida con el nombre de Fukuryu (algo así como “dragón acechante” o "dragón agazapado"), que se estaba preparando para hacer frente a los previstos desembarcos estadounidenses en el sur de Kyushu, la isla más meridional del archipiélago japonés. Cuando comenzase el ataque los buzos Fukuryu esperarían sumergidos en aguas poco profundas, cerca de la costa, armados con cargas explosivas unidas a largas pértigas de bambú y preparados para hacerlas detonar en el momento en que los barcos de desembarco enemigos pasasen sobre ellos. A comienzos de julio de 1945 comenzaron los entrenamientos. Al principio consistían en inmersiones en vertical de hasta 8 metros. Más tarde les enseñaron a caminar sobre el lecho marino.

Para ponerse y quitarse el equipo de buceo necesitaban la ayuda de varios compañeros. El casco iba fijado al traje con tornillos. No llevaban botellas de oxígeno. En su lugar, para depurar el aire utilizaban un ingenioso y peligroso sistema a base de sosa cáustica. El aire viciado iba por un tubo hasta un tanque metálico que llevaban a la espalda. Cuando el dióxido de carbono reaccionaba con la lejía de sosa, esta se transformaba en carbonato de sodio y liberaba oxígeno, que era conducido por otro tubo hasta la nariz del buzo. El peso total del equipo era de 38 kilogramos, a los que había que sumarles otros 15 de la pértiga con la carga explosiva. En el fondo marino tenían que aprender a caminar adoptando una postura determinada, 10 o 15 grados inclinados hacia delante, para evitar caer de espaldas por el peso del tanque. Los accidentes durante los entrenamientos eran muy frecuentes. Tenían que mantener la calma en cualquier circunstancia y concentrarse en la respiración, aspirando siempre por la nariz. Si no lo hacían podían quedarse sin oxígeno y llegar a perder el conocimiento. A veces, a causa de una soldadura defectuosa, el agua de mar se filtraba dentro del tanque de lejía de sosa y reaccionaba con ella, produciendo una mezcla que al ser aspirada corroía los órganos respiratorios. Cuando eso ocurría el desdichado buzo moría tras una terrible agonía. Mientras permanecían sumergidos estaban siempre unidos con una soga a un bote en la superficie. Cuando se destensaba era señal de que había problemas y todos tiraban de ella para izar a su compañero. Muchas veces era demasiado tarde. En ocasiones la cuerda se soltaba y el buzo se quedaba atrapado en el fondo marino. Decenas de jóvenes murieron en las prácticas. Otros muchos lograron sobrevivir a los accidentes, pero sufrieron daños cerebrales irreversibles.

Pasaban los días y la vida en el campamento transcurría en medio de una terrorífica monotonía. Shimizu se iba a dormir cada noche pensando que el día siguiente podía ser el último. Llegó a envidiar a los kamikazes aéreos, a los que al menos les esperaba una muerte que a él le parecía épica, estrellándose contra los buques enemigos con sus aviones. A ellos, en cambio, incluso sus propios instructores les explicaban que estaban condenados y que sus posibilidades de éxito (no de sobrevivir, que se daba por hecho que era imposible, sino de morir causando daño al enemigo) eran casi inexistentes. Más que el miedo a la muerte, a Shimizu le torturaban las dudas sobre el sentido que tenía sacrificar tan inútilmente su vida.

El 15 de agosto de 1945 les reunieron a todos para escuchar una emisión de radio. En ella el Emperador anunció el fin de la guerra, pero, al igual que la mayoría de los japoneses, Shimizu y sus compañeros no se enteraron hasta varios días más tarde. Entre la mala calidad de la señal y el lenguaje arcaico que utilizó el Emperador, fueron muy pocos los que pudieron entender su mensaje. Shimizu supuso que les estaba animando a continuar con la lucha. Volvieron a sus entrenamientos como si nada hubiese cambiado. Sin saber que se había decretado el alto el fuego, en los días posteriores algunos otros jóvenes murieron en accidentes durante las prácticas. Al fin el 20 de agosto les hicieron guardar su equipo y quemar todos los documentos de la unidad, y el 25 les ordenaron regresar a sus casas. Solo entonces se enteraron de que la guerra había terminado. Shimizu no se sintió triste ni humillado por la derrota. Lo único que sintió fue alivio.

Cuando volvió a su pueblo se alegró al saber que todos sus familiares habían sobrevivido a la guerra, incluyendo a dos hermanos suyos que regresaron del frente. La vieja escuela había sido convertida en una fábrica de guerra, donde tuvieron que trabajar los estudiantes que no fueron reclutados. Shimizu llegó a sentir odio hacia sus maestros, que les habían enviado a la muerte sin mostrar el más mínimo remordimiento. Durante mucho tiempo guardó el secreto sobre su pertenencia a un Cuerpo Especial y sobre las experiencias traumáticas que había tenido que vivir. En los años posteriores intentó suicidarse en un par de ocasiones.

Entrevista a Kazuro Shimizu (en inglés o húngaro):
http://interjapanmagazin.com/fukuryu-the-secret-unit-of-the-japanese-special-offensive-corps-lurking-dragons-3/


John Cairncross, el quinto de Cambridge

“Los Cinco de Cambridge” es el nombre por el que se conoce a una de las redes de espionaje más famosas de la historia. Todos sus miembros fueron reclutados por el NKVD (el antiguo nombre del KGB) en la década de los 30, cuando eran estudiantes de la Universidad de Cambridge, y durante quince años se dedicaron a hacer carrera en los servicios de inteligencia o diplomáticos británicos, alcanzando puestos de la más alta responsabilidad desde los que actuaban como topos de Moscú. Cuando se desarticuló la red, en 1951, Kim Philby ocupaba el cargo de agente de enlace entre el servicio secreto británico y la CIA estadounidense, y muchos le veían como un futuro jefe de los servicios de inteligencia de su país, mientras que Guy Burgess y Donald Maclean eran altos funcionarios del Foreign Office. Un cuarto miembro, un profesor de Bellas Artes llamado Anthony Blunt, no fue descubierto en un primer momento, y de hecho su nombre no se dio a conocer al público hasta 1979, solo cuatro años antes de su muerte (le benefició ser asesor de arte de la reina de Inglaterra y una persona muy cercana a la familia real).

Durante mucho tiempo se ha especulado sobre la identidad del “quinto de Cambridge”, aunque en realidad no hay demasiado misterio. Él mismo confesó en 1951, su testimonio sería corroborado por las declaraciones de Blunt en 1964 y por las del desertor del KGB Oleg Gordievski en 1985, y la confirmación definitiva llegaría con la desclasificación de los archivos soviéticos en la década de los 90. Aun así, sigue siendo un personaje discutido, probablemente porque su caso era especial: había conocido al grupo en su época de estudiante en Cambridge, compartió con ellos los mismos agentes de enlace soviéticos durante los años que fue un agente activo, y fue descubierto a raíz de la caída del resto de la red, pero en realidad nunca formó parte de ella. La suya era más bien una guerra en solitario. Y sin embargo, y a pesar de ser el menos famoso de todos, fue el que más habilidad demostró infiltrándose en diversos organismos y centros de poder y consiguiendo información de la mayor importancia para Moscú.


John Cairncross era un escocés de origen modesto, uno de los ocho hijos de una maestra de escuela y el empleado de una ferretería. Seguramente por eso su relación con los otros componentes de la red fue siempre distante, y en ocasiones hostil. En el elitista Trinity College de Cambridge él no era más que un estudiante becado, mientras que los demás provenían de importantes familias aristocráticas (serían comunistas, pero hasta ciertos límites). Cairncross estuvo un año estudiando en París con una beca de la Universidad de La Sorbona, y parece que fue allí donde abrazó el comunismo. A su regreso aceptó colaborar con el NKVD, pero no fue captado por Theodor Maly, el agente que reclutó al resto del grupo, sino por un colaborador de segunda fila de la célula comunista de Cambridge llamado James Klugmann (hasta en eso se notaban las clases). En 1936, tras acabar sus estudios de literatura francesa y alemana, se presentó a las oposiciones para entrar en el civil service, consiguiendo la mejor nota de su promoción. Comenzó a trabajar en el Foreign Office y durante un tiempo estuvo entregando a la inteligencia soviética información de poca trascendencia. Más tarde pidió un traslado al Departamento del Tesoro y el NKVD se olvidó de él. Hasta 1940, con Gran Bretaña ya en guerra contra Alemania, cuando se convirtió en secretario particular de Lord Hankey, ministro sin cartera y asesor de los gobiernos de Chamberlain y Churchill. Por sus manos comenzaron a pasar documentos de la mayor importancia, y fue entonces cuando el servicio secreto soviético decidió despertar a su agente “dormido”. Las informaciones más valiosas que consiguió en esa época fueron las referidas al funcionamiento de la parte británica del comité anglo-soviético encargado de coordinar el envío de material bélico a la URSS. Su nombre en clave para la inteligencia soviética era “Carelio”.

En marzo de 1942 Moscú le pidió que solicitase su traslado a Bletchley Park, el centro secreto encargado de la descodificación de las radiocomunicaciones alemanas. El gobierno británico compartía con la URSS por los canales oficiales parte de la información que se obtenía de la desencriptación de la Enigma, pero Stalin desconfiaba de sus aliados (tratándose de Stalin no es ninguna sorpresa) y quería tener acceso a los mensajes originales. Aunque los británicos no explicaban por qué medio conseguían la información (lo que implicaba, entre otras cosas, no entregar directamente las transcripciones de las comunicaciones alemanas), para la inteligencia soviética no era un secreto la existencia de Bletchley Park ni el trabajo que se realizaba allí. Cairncross fue destinado al grupo encargado del análisis de las comunicaciones de la Luftwaffe. Durante meses, al terminar la jornada, escondía en sus pantalones las transcripciones que tenía que destruir y las entregaba en Londres a su contacto del NKVD. En los primeros meses de 1943 consiguió sus informaciones más valiosas: la situación de los aeródromos alemanes en la URSS y el despliegue de las escuadrillas de la Luftwaffe durante los preparativos de la operación Citadelle. Aquella fue la última gran ofensiva alemana en el frente oriental, y su fracaso (con la derrota en la batalla de Kursk) supuso un punto de inflexión en la guerra. Los analistas británicos habían proporcionado a los soviéticos informes detallando los planes alemanes, pero gracias al Carelio la Stavka pudo disponer además de las transcripciones originales de las comunicaciones enemigas. Los soviéticos reconocieron su trabajo concediéndole la Orden de la Bandera Roja. No le entregaron la condecoración físicamente (como es lógico), pero Cairncross se emocionó cuando su agente de enlace se la mostró en una de sus reuniones en un parque de Londres. Poco más tarde pidió permiso a sus superiores en el NKVD para abandonar Blethcley Park. Estuvo unos años destinado en puestos de poca relevancia, hasta que en 1948 le concedieron un destino en la sección del Departamento del Tesoro encargada de las industrias de defensa, lo que le convirtió de nuevo en uno de los agentes soviéticos más valiosos de todos los que operaban en Gran Bretaña.

Tras el descubrimiento de la red de Cambridge y la huida a la URSS de Philby, Burgess y Maclean en 1951, el MI5 descubrió en un registro en la casa de Guy Burgess una nota manuscrita de Cairncross. Aquello le colocó en el punto de mira de la contrainteligencia británica, aunque lo cierto es que Cairncross tenía que ser un sospechoso evidente, compañero de estudios del resto del grupo y comunista en su juventud. Fue sometido a varios interrogatorios, pero los servicios de espionaje británicos no pudieron conseguir pruebas contra él. Finalmente aceptó confesar a cambio de inmunidad, en un acuerdo que posiblemente incluyese alguna otra condición que hoy todavía se desconoce (no deja de ser sorprendente lo bien librado que salió). Nunca fue procesado, aunque perdió su trabajo para la Administración. Consiguió un puesto como profesor de literatura en una pequeña universidad de Estados Unidos. Allí vivió sin que nadie le molestase, dedicado a la enseñanza, e incluso llegó a escribir varios libros sobre literatura francesa del siglo XVII. Más tarde se trasladó a Italia para trabajar como traductor para la ONU. En 1979, cuando vivía en Roma, fue descubierto por un periodista e hizo una confesión pública de su pasado como agente soviético. Al jubilarse se retiró al sur de Francia. Regresó a Gran Bretaña en 1995, poco antes de morir.

John Cairncross era un hombre comprometido con sus ideales. Nunca pidió nada a los soviéticos a cambio de sus servicios. Era muy inteligente y tenía una gran cultura, pero también era de trato difícil, desagradable, con una memoria horrible que desesperaba a sus enlaces del KGB: olvidaba el lugar o la fecha de las citas, y cuando las recordaba era incapaz de llegar puntual a ninguna; siempre aparecía con al menos media hora de retraso (y estar media hora esperando a alguien en algún sitio público puede poner nervioso al espía más avezado). Además era un hombre de una torpeza increíble. Los soviéticos le dieron varias veces cámaras para fotografiar documentos e intentaron enseñarle a utilizarlas, pero nunca fue capaz de hacer una sola fotografía decente.

Yuri Modin, su enlace entre 1944 y 1947, cuenta en su libro Mis camaradas de Cambridge que en una ocasión el KGB decidió que el método más seguro para reunirse con el Carelio era circulando con un automóvil por las calles de Londres, así que dieron dinero a Cairncross para que se comprase uno. Él lo aceptó sin decir nada, pero pasaban los meses y Cairncross seguía acudiendo a sus citas andando. Finalmente el agente soviético le preguntó por el coche. Explicó que ya lo había comprado, pero que no había conseguido aprobar el examen para el permiso de conducir (“es que me hago un lío con los pedales”). Por fin un día apareció con su flamante automóvil. Modin subió al asiento del acompañante, se pusieron en marcha y de repente el coche se paró en medio de un cruce. Cairncross estuvo tratando de arrancarlo sin éxito durante unos minutos. En ese momento se acercó un agente de policía y pidió al conductor que se bajase. Cairncross salió del coche con su documentación en la mano, el agente le ignoró, se sentó en el asiento, echó un vistazo al salpicadero, pulsó un botón, arrancó el coche tras un par de intentos y lo movió fuera del cruce. Cuando Cairncross llegó junto a él, el policía le reprochó: “Cuando el motor de su vehículo esté ya caliente debe quitar el estárter, de lo contrario el motor se ahoga ¡Debería saberlo!”.

Para Modin aquel fue su peor momento en todos los años que estuvo destinado en Londres. Si los nervios hubiesen delatado a Cairncross o si el agente hubiese sospechado algo por cualquier motivo y les hubiese pedido la documentación ¿cómo iban a justificar la presencia de un diplomático soviético en el coche de un funcionario del Departamento del Tesoro con documentación comprometida encima? Pero una cualidad que sí tenía el Carelio era su sangre fría, que demostró sobradamente en sus muchos años como espía al servicio del KGB.

El rey republicano

Como vimos en la entrada anterior, las familias reales europeas están todas emparentadas entre sí. Durante siglos han practicado una endogamia que solo en tiempos muy recientes se ha comenzado a romper.

Aunque de vez en cuando aparecía sangre nueva. Normalmente, cuando un rey no dejaba descendencia (o era depuesto) y obligaba a inaugurar una dinastía, se recurría a alguien de la alta nobleza local o a algún príncipe de una casa real extranjera para sucederle. Pero no siempre fue así.

Un día el rey Carlos XIV de Suecia se puso enfermo. Su médico decidió aplicarle una sangría, el remedio para casi todos los males en aquella época. Cuando el doctor le pidió que se subiese la manga derecha, el monarca se negó. Después de mucho insistir, el rey aceptó mostrarle el brazo, pero antes hizo que el medico jurase guardar el secreto de lo que iba a ver. Al remangarse mostró un tatuaje con la inscripción: “Muerte a los reyes”.

Carlos XIV no nació de sangre azul. Era un militar francés, mariscal de Napoleón, de nombre Jean Baptiste Bernadotte. El prestigio que consiguió en el norte de Europa hizo que el parlamento sueco le eligiese como sucesor del rey Carlos XIII, muerto sin descendencia. Bernadotte era un republicano convencido. Antes de la Revolución un hombre de clase relativamente humilde como él (era hijo de un abogado de Pau) nunca habría podido llegar a oficial. La República le había permitido hacer carrera en el Ejército hasta alcanzar cargos anteriormente reservados a la alta aristocracia. Incluido el de rey.

Asuntos de familia

En mayo de 1910 gran parte de la realeza europea se reunió en Londres para acudir al funeral del rey de Inglaterra Eduardo VII. Allí se tomó esta fotografía, para la que posaron nueve soberanos, y que probablemente es la imagen en la que se pueden ver juntos a más monarcas reinantes de toda la historia:


De pie, de izquierda a derecha, están el rey Haakon VII de Noruega, el zar Fernando I de Bulgaria, Manuel II de Portugal, el kaiser del Imperio Alemán Guillermo II, Jorge I de Grecia y Alberto I de Bélgica. Sentados, de izquierda a derecha, tenemos al rey Alfonso XIII de España, a Jorge V del Reino Unido y a Federico VIII de Dinamarca.

Se podría considerar una foto de familia: Haakon VII de Noruega era hijo de Federico VIII de Dinamarca, y a su vez cuñado de Jorge V del Reino Unido (su esposa Maud era hermana del monarca británico). Pero además Jorge V y Maud eran hijos de la princesa Alejandra de Dinamarca, hermana de Federico VIII, y por tanto sobrinos del rey danés (si os habéis dado cuenta del detalle, efectivamente, Haakon y su mujer eran primos hermanos). Otros hermanos de Federico (y tíos de Haakon, Jorge y Maud) eran el rey de los Helenos (o sea, de Grecia) Jorge I, y Dagmar de Dinamarca, zarina consorte y madre de uno de los grandes ausentes en aquella reunión, el zar de Rusia Nicolás II (por cierto, el zar tenía un gran parecido físico con su primo el rey de Inglaterra). El kaiser Guillermo era también primo de Jorge V y de la reina Maud de Noruega, aunque en este caso no por el lado danés de la familia, sino por el inglés. Los tres eran nietos de la reina Victoria de Gran Bretaña, al igual que Victoria Eugenia, reina de España por su matrimonio con Alfonso XIII. Otras tres nietas de la reina-emperatriz británica llegarían a reinar como consortes: María, esposa de Fernando I de Rumanía, Margarita, esposa de Gustavo VI de Suecia, y Alejandra, esposa del zar Nicolás II. El padre del zar Fernando de Bulgaria, Alejandro I, era primo de la reina Victoria, sobrino-nieto del zar Alejandro II de Rusia y hermano de un rey consorte de Portugal, bisabuelo del joven Manuel II. Había estado a punto de casarse con una hermana del futuro kaiser Guillermo, pero el canciller Bismarck se opuso en el último momento a aquella boda para no ofender a Rusia. Por último, Alberto I de Bélgica era sobrino del rey de Rumanía Carlos I (tío de Fernando I, el que se casó con una de las nietas de la reina Victoria) y sobrino también de una reina consorte de Portugal, tia-abuela de Manuel II. Además estaba casado con Isabel Gabriela de Baviera, nieta de otro rey de Portugal. Seguro que si siguiésemos desgranando el árbol genealógico de los monarcas de la fotografía encontraríamos muchos más parentescos entre ellos, pero imagino que a estas alturas ya estaréis tan liados como yo.

Pocos años después la mayoría de aquellos países estaban en guerra. Los reyes olvidaron sus lazos familiares, y, como no podía ser de otra manera, bendijeron las matanzas entre sus súbditos en los campos de batalla europeos. De los nueve monarcas que aparecen en la fotografía, cuatro fueron derrocados, uno de ellos solo unos meses más tarde (Manuel II de Portugal), y otro murió asesinado (Jorge I de Grecia). Pero pese a los años convulsos que les tocó vivir y los enormes cambios que sufrió Europa tras las dos guerras mundiales, cinco de las nueve monarquías representadas todavía existen en la actualidad.