La larga lucha legal de los nisei estadounidenses

En las semanas posteriores al ataque a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la guerra surgió una creciente desconfianza de los norteamericanos hacia sus conciudadanos de origen japonés, en especial en los estados de la costa del Pacífico, donde constituían una minoría relativamente numerosa. En un principio las autoridades, incluyendo al propio presidente Roosevelt, rechazaban que se pudiese poner en duda la lealtad de los americano-japoneses. Pero la presión sobre la administración aumentó rápidamente, alimentada por la actitud de buena parte de la prensa, que advertía continuamente de los peligros de una quinta columna que supuestamente estaría dispuesta a colaborar con el enemigo en caso de ataque, y por los rumores que circulaban sobre casos de espionaje o sabotaje protagonizados por residentes de origen japonés. En poco tiempo el gobierno se sintió obligado a tomar medidas drásticas para tranquilizar a la opinión pública.

El 19 de febrero de 1942 el presidente Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que permitía al teniente general DeWitt (comandante del Mando de Defensa Occidental, responsable militar de los estados de la costa oeste) restringir los movimientos y las libertades de miles de ciudadanos de origen japonés, independientemente de que tuviesen o no la nacionalidad estadounidense. El 23 de marzo DeWitt decretó un toque de queda entre las 8 de la noche y las 6 de la mañana que afectaba a los residentes japoneses y americano-japoneses. Las medidas restrictivas se sucedieron en las semanas posteriores, hasta que finalmente el 3 de mayo de 1942 se emitió una orden que obligaba a los ciudadanos de origen japonés a presentarse en las oficinas gubernamentales para ser trasladados a los llamados centros de reubicación, campos de internamiento vigilados por el Ejército situados en los estados del interior.

Minoru Yasui era el tercero de nueve hijos de un matrimonio de inmigrantes japoneses propietarios de una explotación hortofrutícola en Hood River, en el estado de Oregón. En 1939, con 23 años, Minoru acabó sus estudios de Derecho y, gracias a los contactos de su padre, consiguió un empleo de agregado en el consulado japonés de Chicago. En diciembre de 1941, al estallar la guerra, el consulado fue cerrado, y Yasui regresó a Oregón para incorporarse al Ejército (era alférez en la Reserva). Cuando los militares rechazaron su solicitud de alistamiento (por haber trabajado para el gobierno de Japón), decidió instalarse como abogado en Portland, ofreciendo servicios legales a los ciudadanos de origen japonés.

El 23 de marzo de 1942 se implantó el toque de queda para los americano-japoneses en la región de Portland. Yasui no tenía ninguna duda de que aquella medida era inconstitucional, y decidió demostrarlo con un desafío a las autoridades. El 28 de marzo rompió deliberadamente el toque de queda paseándose por el centro de la ciudad. Se dirigió a una comisaría de policía para que le pusiesen una denuncia y volvió a casa. Antes de que fuese llamado a juicio, se decretó la orden de internamiento de los residentes de origen japonés. Yasui se negó a cumplirla y regresó a la casa familiar en Hood River, violando también las restricciones a los viajes que se habían impuesto a los americano-japoneses. Fue arrestado en su pueblo natal.

El juicio se celebró en el Tribunal de Distrito de Portland. En la sentencia, emitida el 16 de agosto de 1942, el juez Albert Fee determinaba que, como el gobierno no había decretado la ley marcial, la aplicación del toque de queda a ciudadanos estadounidenses era inconstitucional, tal como alegaba Yasui. Pero añadía que Yasui había renunciado a su ciudadanía por haber trabajado para el gobierno japonés. Al ser considerado un extranjero, sí se le podían aplicar las normas dictadas por las autoridades militares. En consecuencia, el juez condenó a Yasui a un año de cárcel y 5.000 dólares de multa.

Yasui fue encarcelado en la prisión del condado de Multnomah, en Portland. Allí pasó nueve meses, esperando a que el recurso que había presentado llegase a un tribunal superior. Al fin, en mayo de 1943 la Corte Suprema de los Estados Unidos se hizo cargo del caso, saltándose los tribunales de apelación estatales, y uniéndolo al de otro nisei llamado Gordon Hirabayashi.

Gordon Hirabayashi era un joven de 24 años de Seattle, estudiante de sociología en la Universidad de Washington. Igual que Yasui, había incumplido el toque de queda como protesta por una medida que consideraba injusta. Fue arrestado por el FBI y condenado a 90 días de prisión. Hirabayashi no tenía la formación legal de Yasui, pero contaba a su favor con el apoyo incondicional de su comunidad religiosa, los cuáqueros (una iglesia que se ha destacado históricamente por su activismo pacifista). Viendo las similitudes que presentaban los casos de Hirabayashi y Yasui, el Tribunal Supremo decidió tratarlos de forma conjunta.

El 21 de junio de 1943 la Corte Suprema emitió su veredicto. En él se afirmaba que la aplicación del toque de queda a ciudadanos estadounidenses era constitucional. Aquello daba la razón al juez que había condenado a Hirabayashi en primera instancia. En el caso de Yasui las conclusiones no eran tan evidentes, ya que el dictamen se oponía al mismo tiempo a los argumentos de la defensa y a la sentencia del juez Fee. Según el tribunal, Yasui debía de ser considerado ciudadano estadounidense, y como tal era culpable de haber incumplido el toque de queda, lo que suponía un delito menor. La Corte Suprema devolvió el caso al tribunal de distrito para que dictase una nueva sentencia de acuerdo con ese criterio. En la revisión, Fee eliminó la multa de 5.000 dólares y redujo la pena a 15 días de cárcel, que Yasui ya había cumplido con creces. Por consiguiente fue puesto en libertad. O, para ser más precisos, salió de prisión para ser conducido a un campo de concentración.

Minoru Yasui fue trasladado al Centro de Reubicación de Minidoka, en Idaho. En el verano de 1944 se le permitió abandonar el campo y poco después se instaló como abogado en Denver. Gordon Hirabayashi volvió a prisión, para cumplir una condena de un año por insumisión. Se había negado a rellenar un cuestionario en el que el Ejército le exigía una renuncia a la fidelidad al Emperador, un requisito que consideraba discriminatorio. Después de la guerra se mudó a la ciudad canadiense de Edmonton para ejercer como profesor de sociología en la Universidad de Alberta.

Fred Korematsu era un joven nisei de la ciudad de Oakland, en el norte de California, con pocos estudios y que nunca había logrado mantener un trabajo más allá de unos meses. Pero no era esa precisamente la circunstancia que hacía que su caso fuese distinto al de los universitarios Yasui e Hirabayashi: a diferencia de ellos, cuando Korematsu incumplió la orden de internamiento no lo hizo pensando en ser un ejemplo para su comunidad. De hecho trató de ocultar su origen japonés, inventándose un nombre falso y asegurando que era descendiente de hispano-hawaianos. El 30 de mayo de 1942 fue detenido en plena calle y enviado a prisión. En el juicio, celebrado en San Francisco el 8 de septiembre de 1942, fue declarado culpable de violar las órdenes emitidas por las autoridades militares y condenado a cinco años de libertad condicional. Recurrió la sentencia con el apoyo de varios miembros de la ACLU (American Civil Liberties Union, o Unión Americana de Libertades Civiles).

Korematsu fue internado con su familia en el Centro de Reubicación de Topaz, en Utah. Según contaría más tarde, el campo era peor que la cárcel. Se alojaba en una especie de establo y tenía que trabajar ocho horas al día por un salario miserable. Además, también según Korematsu, él y su familia sufrieron el aislamiento y el desprecio del resto de internos por su actitud desafiante hacia los militares. La mayor parte de los americano-japoneses cooperaron con las autoridades con la esperanza de que su colaboración sirviese para demostrar su lealtad como estadounidenses, Para ellos, la lucha de Korematsu por sus derechos era una amenaza que ponía en riesgo a toda la comunidad.

Tras pasar (este sí) por el Tribunal de Apelaciones, el caso Korematsu llegó a la Corte Suprema de los Estados Unidos a finales de 1944. El 18 de diciembre se dictó sentencia, ratificando la decisión del tribunal de primera instancia. Aunque se reconocía que el internamiento forzoso era constitucionalmente “sospechoso”, el jurado consideraba que estaba justificado por las circunstancias de emergencia que vivía el país, Según la sentencia, la necesidad de protegerse contra las posibles acciones de espionaje y sabotaje por parte de agentes enemigos estaban por encima de los derechos individuales de Fred Korematsu y del resto de ciudadanos de ascendencia japonesa. No fue una decisión unánime. Tres de los nueve miembros del jurado votaron en contra. En sus votos particulares, los jueces discrepantes argumentaban que era evidente un fondo racista en las órdenes decretadas por las autoridades militares (no se habían adoptado medidas similares para los ciudadanos de origen alemán o italiano), y advertían de que aquel caso iba a suponer un peligroso precedente que podría utilizarse en el futuro con fines oscuros, al permitir que el Ejército se saltase la Constitución alegando circunstancias excepcionales.

Ese mismo día, el 18 de diciembre de 1944, la Corte Suprema emitió un veredicto totalmente contradictorio con el del caso Korematsu. Mitsuye Endo era una nisei de 22 años de Sacramento, funcionaria del estado de California (había perdido su empleo tras el ataque a Pearl Harbor), cristiana metodista practicante, que solo hablaba inglés y nunca había estado en Japón. Nada de aquello le sirvió para evitar su internamiento y el de su familia en el campo de concentración de Tule Lake, en Utah. La Liga de Ciudadanos Americano-Japoneses vio en ella el ejemplo perfecto para demostrar la irracionalidad de la orden de internamiento. Los abogados de la Liga presentaron un recurso de habeas corpus en su nombre alegando que Endo era una ciudadana estadounidense totalmente asimilada. El juez de distrito falló en su contra sin ninguna explicación, y el Tribunal de Apelación se inhibió pasando el caso a la Corte Suprema. El gobierno trató de detener el recurso ofreciendo a Endo su liberación, pero ella decidió continuar internada hasta que se dictase sentencia. La decisión del Tribunal Supremo fue unánime: el gobierno de Estados Unidos no tenía ninguna razón para detener a una ciudadana leal, y por tanto tenía que permitir a la joven abandonar el campo de internamiento.

La diferencia con el caso Korematsu, cuya sentencia se dio a conocer el mismo día, estaba en un pequeño matiz: en el caso Endo la Corte Suprema determinaba que el gobierno no podía privar de libertad a un ciudadano si no podía demostrar su deslealtad. Pero Mitsuye Endo no opuso resistencia a su traslado al campo de reubicación. A Korematsu, en cambio, se le castigaba por incumplir la orden de internamiento, es decir, por su negativa a ser encarcelado... aunque esa encarcelación fuese ilegal.

Estas son explicaciones que se han querido dar a posteriori, porque en su fallo la Corte Suprema se limitó a considerar las circunstancias particulares del caso Endo, sin querer abordar la cuestión de la probable inconstitucionalidad de la orden de internamiento. Lo cierto es que no hacía falta. Las repercusiones de la sentencia eran evidentes. Dos semanas después de que se hiciese pública el gobierno derogó las órdenes de exclusión y dio permiso a los ciudadanos de origen japonés para que comenzasen a regresar a sus hogares.

Las sentencias de los casos Yasui, Hirabayashi y Korematsu fueron muy criticadas, ya antes del final de la guerra y en los años posteriores. Muchos expertos en derecho opinaban que detrás de las decisiones judiciales se escondía un mal disimulado racismo. En la década de los 80 salieron a la luz documentos que demostraban que el gobierno sabía que no había razones militares que justificasen las órdenes de exclusión de los ciudadanos de origen japonés. La oficina del fiscal general tenía en su poder informes del FBI y la inteligencia militar en los que se llegaba a la conclusión de que los residentes japoneses no constituían ningún riesgo para la seguridad nacional. Sin embargo, los fiscales retuvieron la información y no la hicieron pública durante los juicios, lo que podría haber supuesto incluso un delito de ocultación de pruebas. En lugar de ello, utilizaron contra los acusados rumores sobre quintacolumnistas japoneses, pese a saber que no tenían ninguna base.

Con esa nueva información, Yasui, Hirabayashi y Korematsu acudieron una vez más a los tribunales para solicitar la revocación de sus condenas. El primero en conseguirlo fue Korematsu. El 10 de noviembre de 1983 un juez del Tribunal de Distrito de San Francisco anulaba formalmente la condena dictada cuarenta años antes contra él. Yasui intentó lo mismo en Portland, pero el tribunal desestimó sus argumentos. Hirabayashi, por su parte, que residía en Canadá, presentó su caso en el Tribunal Federal de Apelaciones del Noveno Circuito (el encargado de los estados del Pacífico). En 1987 el jurado anuló su condena, lo que implícitamente significaba que la de Yasui también quedaba revocada. Minoru Yasui no pudo disfrutar de aquella última victoria. Había muerto poco tiempo antes, el 12 de noviembre de 1986.

En 1988 el presidente Ronald Reagan pidió disculpas en nombre del gobierno de los Estados Unidos a los ciudadanos de origen japonés internados injustificadamente durante la guerra y autorizó el pago de una reparación de 20.000 dólares a cada uno de ellos. Un total de 82.219 sobrevivientes o herederos aceptaron la compensación económica.

Fuego amigo

Louis Curdes fue un as de la USAAF, y uno de los tres únicos pilotos estadounidenses que durante la guerra lograron derribar aviones de cada una de de las tres potencias del Eje (Alemania, Italia y Japón). A comienzos de 1943 obtuvo su primer destino de combate en la 12ª Fuerza Aérea, en el norte de África. El 29 de abril de 1943 logró sobre Túnez sus primeras victorias, tres Messerschmitt Bf-109 alemanes. El 19 de mayo derribó otros dos Bf-109 en Cerdeña, y el 24 de junio, también en Cerdeña, un caza italiano Macchi Mc.202. El 27 de agosto, sobre Benevento, cerca de Nápoles, añadió a su lista de víctimas otros dos Bf-109, pero en el transcurso de aquel combate su avión fue alcanzado y cayó a tierra. Curdes fue hecho prisionero por los alemanes, pero poco tiempo después (el 8 de septiembre) logró escapar del campo al que le habían trasladado. Se mantuvo oculto durante casi nueve meses hasta que a finales de mayo de 1944 logró cruzar a territorio aliado. De regreso en Estados Unidos, Curdes se presentó voluntario para un nuevo periodo de servicio. En noviembre de 1944 fue destinado al 4º Escuadrón de Caza del 3º Grupo Aéreo, desplegado en las Filipinas. Allí comenzó a volar en un P-51 Mustang (hasta entonces lo había hecho en P-38 Lightning), al que bautizó con el apodo de Bad Angel. El 7 de febrero de 1945, volando unas treinta millas al suroeste de Formosa, se encontró con un bimotor de reconocimiento japonés Mitsubishi Ki-46. Al derribarlo se convirtió en el primer piloto estadounidense en lograr victorias contra aviones de las tres potencias del Eje (el primer piloto de las fuerzas armadas estadounidenses, habría que aclarar, ya que el aventurero Albert Baumler lo había logrado antes que él volando con la Fuerza Aérea de la República durante la Guerra Civil Española y con los Tigres Voladores en China).

Fotografía del capitán Curdes en su Mustang, el Bad Angel:


Bajo la carlinga están pintadas las marcas de sus victorias aéreas, en orden cronológico. Se pueden ver siete esvásticas, un fascio, una bandera del Sol Naciente y... un momento... ¿eso no es una bandera estadounidense?

El 10 de febrero de 1945 Lou Curdes participó en una incursión contra un campo de aviación japonés en Batán, al oeste de la isla filipina de Luzón. Durante el ataque su compañero de ala, el teniente La Croix, fue alcanzado por el fuego antiaéreo y cayó al mar. Esperando que un hidroavión de rescate Catalina llegase antes de la noche, Curdes se mantuvo volando en círculos sobre el pequeño bote de goma en el que permanecía su compañero. Entonces vio un avión de transporte norteamericano C-47 dirigiéndose al aeródromo enemigo, aparentemente con la intención de aterrizar en él. Trató de comunicarse por radio con el piloto utilizando diversas frecuencias, pero no obtuvo respuesta. Se aproximó y le hizo señas, e incluso disparó unas ráfagas delante del morro del otro avión, pero todo fue inútil: el piloto parecía decidido a tomar tierra a toda costa. Al final, lo único que se le ocurrió para evitar que fuese capturado fue abrir fuego sobre el C-47 y obligarle a amerizar cerca de donde La Croix esperaba su rescate. Curdes disparó contra los dos motores del transporte, inutilizándolos y haciendo que el avión cayese al mar. Cuando vio que todos los tripulantes abandonaban el aparato y se subían a dos balsas, regresó a su posición inicial, sobrevolando la zona para protegerles. Al caer la noche aún no había llegado la ayuda, y Curdes tuvo que volver a su base. Al amanecer regresó y se mantuvo patrullando sobre los náufragos hasta que fueron recogidos por un Catalina. Los doce tripulantes del C-47 estaban sanos y salvos. Y libres, gracias a Curdes. El piloto había perdido el rumbo durante el vuelo y había confundido la base aérea japonesa con una estadounidense. Agobiado porque se estaba quedando sin combustible, se disponía a aterrizar en el aeródromo enemigo cuando Curdes se lo impidió.

Unas semanas más tarde Louis Curdes recibió la Cruz de Vuelo Distinguido por aquella acción. Casi con toda seguridad, es el único piloto de la historia condecorado por el derribo de un avión propio.

Yo no descartaría que algunos de los detalles de este episodio fuesen producto de la propaganda estadounidense. Es posible que Curdes ametrallase el C-47 por un error de identificación y se diese cuenta a posteriori, pero derribarlo conscientemente arriesgándose a matar a sus ocupantes... a mí al menos me resulta chocante. No olvidemos que Curdes, tras su servicio en el Mediterráneo y su fuga del campo de prisioneros alemán, ya era un as y un héroe de guerra. Después de todo, si no se podía ocultar el incidente, qué mejor que convertirlo en una acción heroica. En la prensa el episodio apareció con un llamativo añadido que sí me parece claramente un invento de los propagandistas: entre los pasajeros del C-47 había dos enfermeras, y una de ellas era... la novia de Louis Curdes.

Conviviendo con el enemigo

John Meintz era un agricultor de origen alemán que vivía en la pequeña ciudad de Luverne, en Minnesota, una población agrícola de apenas 2.000 habitantes. Durante la Primera Guerra Mundial tuvo que sufrir la hostilidad de sus vecinos. Le acusaban de no apoyar a su país de adopción, de comportarse de manera desleal y hacer campaña en contra de la guerra. En junio de 1918 una muchedumbre asaltó su vivienda. Le llevaron hasta la frontera con el estado de Iowa y le dejaron allí, advirtiéndole de que no volviese a Minnesota. Meintz regresó, pero se quedó en casa de uno de sus hijos, a varios kilómetros del pueblo. Dos meses después, sus vecinos irrumpieron en la casa, sacaron por la fuerza a Meintz y le condujeron de nuevo a la frontera del estado (en esta ocasión con Dakota del Sur). Allí le dieron una paliza, le embadurnaron con alquitrán y plumas y le dejaron tirado, amenazando con lincharle si se atrevía a volver.


Meintz no solo regresó, sino que denunció a treinta y dos de los hombres que habían participado en los hechos, solicitando una indemnización de 100.000 dólares por daños y perjuicios. El juicio se celebró en Mankato, la sede del tribunal del distrito. Y el jurado... ¡absolvió a los acusados! Y no por que no se considerasen probados los hechos. Su argumento fue que los vecinos tenían razones para acusar a Meintz de desleal.

En una información del Minneapolis Tribune se relata la calurosa recepción que la ciudad de Luverne dio a los treinta y dos acusados:

Una bienvenida a cargo de una nutrida delegación de ciudadanos de Luverne (Minnesota), encabezada por una banda musical, fue la secuela de la absolución el día de ayer de los 32 residentes de la localidad en la corte federal de Mankato por los delitos de secuestrar. embrear y emplumar a su convecino John Meintz, según han informado despachos desde Luverne la pasada noche.
Meintz demandaba 100.000 dólares por daños personales, como compensación por el trato que recibió en la noche del 19 de agosto de 1918. El jurado le negó los daños y perjuicios, después de deliberar durante una hora y media.
El juez Wilbur F. Booth afirmó que la evidencia era abrumadora en apoyo de la afirmación de que Meintz era desleal y que había un fuerte sentimiento contra él en la comunidad.
La participación de los ciudadanos en la organización de una celebración en Luverne se ha entendido como una indicación de una gran aceptación de la sentencia absolutoria, según despachos.
http://www.historybyzim.com/2012/06/john-meints-wwi-anti-german-sentiment/

Meintz apeló la sentencia, y en 1922 firmó un acuerdo extrajudicial por el que le concedieron 6.000 dólares de compensación.

Palomas de guerra

La colombofilia militar tiene siglos de historia. Aunque tuvo su apogeo durante la Gran Guerra, el desarrollo de las radiocomunicaciones en los años posteriores hizo que el uso de palomas mensajeras se convirtiese en poco tiempo en algo casi anecdótico. Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial todos los ejércitos en conflicto utilizaban todavía palomas para enviar mensajes escritos. Y aunque todos recurrieron a ellas, hay algo que hace que el caso británico destaque sobre los demás: la Medalla Dickin, una condecoración que se otorgaba a los animales que habían destacado en su servicio con las fuerzas armadas del Reino Unido y la Commonwealth. La concesión de medallas hace que sea mucho más fácil encontrar información sobre episodios concretos del uso militar de palomas mensajeras británicas, en comparación con otros países. Ejemplos no faltan. Desde que fue instaurada en 1943, 54 animales han recibido la Medalla Dickin, y de ellos 32 eran palomas, un 60% del total. Condecorar a unas palomas parece algo ridículo (no creo que se mostrasen especialmente contentas por recibir semejante honor), aunque me imagino que se trataba sobre todo de reconocer el trabajo de sus criadores.

La Royal Air Force utilizaba con frecuencia palomas en sus bombarderos. Si el avión era derribado o tenía que efectuar un aterrizaje de emergencia, la paloma era liberada para que regresase a su base, llevando un mensaje en el interior de un cilindro atado a una de sus patas en el que se indicaban el lugar y las circunstancias en las que había caído.

El 10 de octubre de 1940 una paloma de nombre Royal Blue, propiedad del rey Jorge VI (había sido criada en los Palomares Reales de Sandringham), fue liberada por la tripulación de su bombardero, después de que este se hubiese visto obligado a efectuar un aterrizaje forzoso en Holanda, y recorrió los casi doscientos kilómetros que la separaban de su base en un tiempo de poco más de cuatro horas. Fue la primera ocasión en que una paloma avisaba del derribo de un avión de la RAF.

Habría muchos más casos a lo largo de la guerra. Por ejemplo, Winkie, “miembro de la tripulación” de un Bristol Beaufort que se estrelló en el mar el 23 de febrero 1942 tras haber sido alcanzado por fuego antiaéreo durante un raid sobre Noruega. La única esperanza de supervivencia de los tripulantes, apretujados en un bote sobre las gélidas aguas del Mar del Norte, era que que la paloma regresase a su base con un mensaje en el que se indicaban las coordenadas del punto en el que habían amerizado. Cuatro horas más tarde, Winkie llegó con el mensaje a la base aérea de Leuchars, en Escocia. Inmediatamente se puso en marcha una operación de búsqueda, los náufragos fueron localizados por un avión de reconocimiento y un buque se dirigió al lugar para rescatarlos. Como gesto de agradecimiento por haberles salvado la vida, los hombres celebraron una cena en honor a Winkie, a la que la paloma asistió dentro de su jaula.

White Vision era otra hembra criada en Escocia. El 11 de octubre de 1943 el hidroavión de reconocimiento Consolidated PBY Catalina en el que “servía” se vio obligado a amerizar en medio de un fuerte temporal cerca del archipiélago de las Hébridas. Con la radio inutilizada, una vez más la paloma se convirtió en la única esperanza de los once hombres de la tripulación. Tuvo que volar cien kilómetros con un tiempo infernal para llegar a su base en las Shetland y dar la alarma. Los tripulantes fueron rescatados después de pasar dieciocho horas a la deriva.

El 6 de junio de 1944 una paloma gris macho llamada Gustav fue liberada desde Normandía por el corresponsal de Reuters Montague Taylor para informar del inicio de los desembarcos. Recorrió en cinco horas, con fuerte viento en contra, los doscientos cuarenta kilómetros que la separaban de la base aérea de Thorney Island (era una paloma de la RAF). Como la flota de invasión había prohibido a los corresponsales utilizar las comunicaciones por radio, aquella fue la primera crónica que se recibió en Gran Bretaña desde la costa normanda. Gustav murió después de la guerra en un accidente, cuando uno de sus cuidadores la pisó involuntariamente mientras limpiaba su palomar.

No solo la RAF utilizaba palomas mensajeras. Miles de ellas sirvieron en el Ejército británico, en el Servicio de Palomas del Cuerpo de Señales. Su misión era acompañar a las tropas y transmitir al alto mando informaciones esenciales sobre el desarrollo de las operaciones.

En la operación Market Garden la 1ª División Aerotransportada británica tenía como objetivo capturar la ciudad y el puente de Arnhem, más de cien kilómetros al norte de las líneas aliadas, y mantenerlos hasta la llegada de las fuerzas terrestres. La operación fue un completo fracaso. Dos mil paracaidistas británicos se quedaron atrapados en Arnhem y tuvieron que hacer frente con escasos medios al contraataque de una división acorazada alemana. Por si fuera poco, las comunicaciones por radio se hicieron casi imposibles, al parecer a causa de ciertas características del terreno que dificultaban la difusión de las ondas. Los hombres cercados dependían de las palomas para transmitir su situación al mando aliado. De las muchas que lanzaron, solo un puñado logró llegar a Inglaterra. Una de ellas fue William of Orange, lanzada el 19 de septiembre de 1944, que recibió una Medalla Dickin por aquella acción.

Las medallas Dickin eran otorgadas casi exclusivamente a animales que se habían destacado por su servicio en las fuerzas armadas británicas o de los países de la Commonwealth, aunque hay una excepción. El 18 de octubre de 1943 la 169ª Brigada de Infantería británica tomó prestada una paloma de la USAAF antes de iniciar una ofensiva contra la ciudad italiana de Colvi. Según el plan, en el avance contarían con un bombardeo de apoyo a cargo de la fuerza aérea estadounidense. Estaba previsto que el ataque aéreo comenzase a las 11 de la mañana, pero los británicos se adelantaron y a las 10 ya habían ocupado la ciudad. Al no conseguir comunicarse por radio para que se cancelase el bombardeo, soltaron la paloma. El animal llegó al aeródromo cuando los bombarderos estaban a punto de despegar, justo a tiempo para evitar que los estadounidenses lanzasen sus bombas sobre sus aliados. La paloma fue bautizada por los británicos con el nombre de GI Joe. Es el único animal yankee condecorado con una Medalla Dickin.

Por cierto, puede que los lectores habituales del blog recuerden la historia de un programa experimental estadounidense que pretendía utilizar palomas para guiar misiles: el Proyecto Orcon.

El servicio secreto británico también recurrió masivamente a las palomas mensajeras. Se lanzaron cientos de ellas en paracaídas (dentro de sus jaulas, por supuesto) sobre la Europa ocupada para que fuesen recogidas por agentes o miembros de las organizaciones de resistencia. Cuando regresaban a Gran Bretaña portaban mensajes con información recopilada sobre el terreno. La rama de los servicios de inteligencia que se encargaba de las palomas mensajeras era el MI14, y la información obtenida por ese medio era conocida con el nombre en clave (poco sutil) de COLUMBA. Los alemanes trataban de evitar de todas la maneras posibles que las palomas llegasen a su destino. Entre otros medios, utilizaban cetreros con halcones para cazarlas en vuelo. Solo un pequeño porcentaje de las palomas concluía con éxito sus misiones. La mayoría caían víctimas de soldados alemanes, cazadores locales o aves rapaces salvajes, o morían por otras causas, como el cansancio o el mal tiempo.

La más destacada de las palomas del MI14 fue Commando. A lo largo de la guerra llegó a completar más de noventa vuelos desde Alemania y la Francia ocupada. Le fue otorgada la Medalla Dickin por tres de aquellas misiones en concreto, realizadas entre junio y septiembre de 1942, en las que transportó desde Francia información de gran valor.

Commando, un apuesto agente secreto al servicio de Su Majestad:

Hoy hace 75 años...

Hoy hace 75 años se inició la invasión alemana de Polonia. Dos días después, el 3 de septiembre de 1939, Gran Bretaña y Francia respondieron declarando la guerra a Alemania. Fue el comienzo del conflicto más grande y más sangriento de la historia de la humanidad, que alcanzó los cinco continentes y costó la vida a cincuenta millones de personas. No fue una guerra inesperada, más bien al contrario. La sucesión de los acontecimientos en los años anteriores parecía conducir irremediablemente a ella. Pero casi nadie la deseaba. A diferencia de lo que había ocurrido veinticinco años antes, tras las declaraciones de guerra no se produjeron manifestaciones patrióticas espontáneas en las capitales europeas. El sentimiento generalizado, en Varsovia, Berlín, París o Londres, era de miedo. El recuerdo de los horrores de la Gran Guerra estaba demasiado reciente.

Hitler tenía prisa por realizar el que él creía que era su destino histórico. Había cumplido ya cincuenta años, y sentía que el tiempo se le acababa. Su sueño, la construcción de un gran imperio germánico en el este de Europa, empezaba por Polonia. No quería la guerra con Gran Bretaña (con Francia probablemente tampoco, todavía), pero creía poder controlar la situación. Después de todo, las jugadas de Austria y Checoslovaquia le habían salido perfectas. Pero no contaba con que en Múnich había agotado la baza de la negociación jugando con el miedo a una nueva guerra. Al plantear la cuestión de Danzig tan solo unos días después de la anexión de los restos del estado checo, dejaba bien claro cuál era su auténtico objetivo, obligaba a los polacos a adoptar una postura de fuerza que les impedía ceder en lo más mínimo, y se lo ponía muy difícil a los aliados occidentales para encontrar alguna excusa que les permitiese no involucrarse.

Los aliados fracasaron en sus intentos por atraer a la coalición a la Unión Soviética, lo que podría haber frenado a Hitler. Habían dado garantías a Polonia y Rumanía ante las amenazas expansionistas alemana e italiana, pero no tenían ninguna manera de hacerlas efectivas sin la colaboración de la URSS. Sin ella, una intervención militar de las potencias occidentales en el este de Europa era imposible. Pero para ello tenían que superar la negativa radical de los regímenes polaco y rumano a cualquier tipo de entendimiento con los soviéticos, a lo que se sumaban las reticencias del propio gobierno conservador británico. Sin embargo, no supieron ver la urgencia de la situación. Aunque algunos analistas advertían de que Stalin podría cambiar de bando (llevaba años pidiendo una alianza antifascista) y firmar un acuerdo con Hitler, la mayoría de los dirigentes políticos lo consideraban impensable, e incluso muchos, como el influyente ministro de Exteriores polaco Jozef Beck, argumentaban que el anuncio de una alianza militar que incluyese a la Unión Soviética podría precipitar un ataque alemán.

El 23 de agosto el ministro de Exteriores alemán Von Ribbentrop y su homólogo Molotov firmaron en Moscú un Pacto de No Agresión entre Alemania y la URSS. Incluía un protocolo secreto por el que ambas potencias acordaban repartirse Polonia y los estados bálticos. La noticia del tratado supuso una conmoción en toda Europa, ya que solo podía significar una cosa: la guerra era inminente. En Francia, el presidente del Consejo de Ministros, Édouard Daladier, recordó públicamente la alianza defensiva que su país había firmado años antes con Polonia, y ese mismo día su embajador en Berlín entregó una nota a Von Ribbentrop en la que advertía que cualquier agresión contra Polonia significaría la guerra. La respuesta británica también fue contundente: el 25 de agosto Gran Bretaña firmó un tratado con Polonia por el que ambos países se comprometían a ayudarse mutuamente en caso de ataque de una tercera potencia. Hitler no esperaba la noticia. Había fijado la fecha del comienzo de la invasión para el 26 de agosto. El ataque fue aplazado en el último momento (algunas unidades no fueron avisadas a tiempo, y se produjeron sangrientos enfrentamientos en diversos sectores de la frontera, que serían achacados a “provocaciones polacas”).

El primer ministro británico, Neville Chamberlain, nunca quiso abandonar la política de apaciguamiento. De hecho, en el verano de 1939 aún ofrecía acuerdos comerciales a Alemania supeditados a una política exterior menos agresiva. Pero todo había cambiado tras la anexión alemana de Checoslovaquia, en marzo de aquel año. En octubre de 1938, en Múnich, los aliados occidentales se habían plegado a Hitler y habían obligado al gobierno checo a ceder a todas sus exigencias. Chamberlain regresó de la conferencia de Múnich satisfecho, con la prensa más afín presentándole como el gran estadista que había salvado a Europa de la guerra. Cinco meses más tarde caía Praga. Las protestas públicas obligaron a su gobierno a endurecer sus posiciones. Hitler le había dejado en ridículo, y no podía permitir que se repitiese. Además, la anexión de Checoslovaquia (y poco más tarde la crisis de Danzig y la ocupación italiana de Albania) tuvo como consecuencia la aprobación de medidas de rearme británicas. Se decretó el servicio militar obligatorio y aumentaron significativamente los presupuestos destinados a programas de defensa. Aquello tuvo como consecuencia un aumento de la confianza británica en sus propias fuerzas (en gran parte injustificado, como comprobarían unos meses más tarde), y supuso al mismo tiempo una inyección de confianza para los franceses, que se apresuraron a secundar la política británica. De cualquier forma, el pánico a una nueva Gran Guerra aún era más fuerte que cualquier otra consideración.

Hitler trató de romper la alianza en su contra ofreciendo a los británicos un acuerdo por el que se garantizarían las mutuas áreas de influencia (respeto al Imperio Británico a cambio de manos libres en el este de Europa) y que incluía un generoso tratado comercial. El 28 de agosto el gobierno británico rechazó la propuesta, aunque abría una puerta a la esperanza al ofrecerse a mediar para lograr una solución negociada. Hitler aceptó, solicitando que Polonia enviase a Berlín antes del final del día 30 un representante con plenos poderes. En realidad se trataba de una maniobra para ganar tiempo y cargar con la responsabilidad del conflicto al gobierno polaco. Convencido de nuevo por Ribbentrop de que los aliados se echarían atrás en el último momento, Hitler ya había fijado la nueva fecha de invasión: el 1 de septiembre de 1939. El día 30 pasó sin que los polacos enviasen a ningún representante. El gobierno británico se aferraba a aquella esperanza para evitar la guerra y presionó fuertemente al mariscal Rydz-Śmigły para que aceptase el inicio de conversaciones. El recuerdo de lo ocurrido con Checoslovaquia estaba demasiado cercano, todos sabían que la negociación con Hitler era imposible y que lo que estaba en juego no era Danzig, sino la existencia del estado polaco, pero parecía que una vez más los aliados occidentales pretendían abandonar a su suerte a todo un país por miedo a un conflicto generalizado. Finalmente, el gobierno polaco cedió en parte a las presiones británicas, y la tarde del 31 de agosto el embajador Lipsky acudió al despacho de Von Ribbentrop para ofrecerle la apertura de negociaciones. Al conocer que el diplomático polaco no contaba con plenos poderes de su gobierno, el ministro le despidió sin escucharle.

En Francia el primer ministro Daladier y el ministro de Asuntos exteriores Georges Bonnet trataron de evitar la guerra en el último momento proponiendo una cumbre urgente en la que intervendría también Italia. Los italianos tenían una alianza con Alemania (el Pacto de Acero) y todo hacía pensar que se verían arrastrados al conflicto. La reacción de Mussolini a la crisis polaca fue de indignación, al ver que su aliado Hitler le enfrentaba a los hechos consumados sin consultarle en lo más mínimo. A través de su ministro de Exteriores, el conde Ciano, trató de convencer a Von Ribbentrop de que el ataque a Polonia conduciría a una guerra generalizada en Europa para la que Italia todavía no estaba preparada. Ciano, que solo unos meses antes había sido el gran artífice del Pacto de Acero, regresó de Alemania furioso y convencido de que los nazis eran unos locos peligrosos que iban a arrastrar a toda Europa a una catástrofe sin precedentes. Mussolini acabaría resignándose, satisfecho con las garantías dadas por Hitler de que Italia podría quedar al margen (entraría en la guerra unos meses más tarde, cuando ante la inminencia de una victoria alemana quiso participar en el reparto del botín). Ciano, en cambio, siguió trabajando por su cuenta en busca de un acuerdo.

A las 4:45 de la madrugada del 1 de septiembre las tropas alemanas iniciaron la invasión de Polonia. Al día siguiente el conde Ciano convocó a los embajadores británico y francés en Roma, y en su presencia llamó a los ministros de Asuntos Exteriores de ambas potencias, Lord Halifax y Georges Bonnet, para proponerles la celebración de una cumbre en la que se discutiesen las cláusulas conflictivas del Tratado de Versalles. La reunión tendría lugar el 5 de septiembre en San Remo. En un primer momento la reacción francesa fue casi de euforia. La guerra había comenzado ya, pero muchos aún se aferraban a la esperanza de que alguna propuesta de última hora podría evitar que se viesen arrastrados a ella. Dentro del gobierno británico también había división (en el consejo de ministros posterior al ataque alemán algunos miembros defendieron que Gran Bretaña no debía hacer frente a su compromisos con Polonia), pero la respuesta de Lord Halifax fue firme: cualquier medida tendría como requisito previo la retirada alemana del territorio polaco ocupado. Los franceses, tras consultar con los británicos, dieron la misma respuesta. Antes de eso, Bonnet había tratado inútilmente de convencer a Halifax para que retirase su exigencia. Todos sabían que aquella era una condición inaceptable para Hitler. La última esperanza de evitar una nueva Gran Guerra se desvanecía.

A las nueve de la mañana del domingo 3 de septiembre el embajador británico en Berlín, Neville Henderson, entregó una nota en la Cancillería del Reich: “Si el Gobierno de Su Majestad no ha recibido garantías satisfactorias del cese de toda agresión contra Polonia y de la retirada de las tropas alemanas de dicho país a las 11 del horario británico de verano, existirá desde dicha hora el estado de guerra entre Gran Bretaña y Alemania”. Un mensaje redactado casi en los mismos términos, aunque fijando la hora límite en las cinco de la tarde del mismo día 3, fue entregada por el embajador francés Coulondre. El ultimátum aliado sorprendió a los dirigentes nazis. Según el traductor Schmidt, Goebbels se quedó sin habla. Göring, que aún trataba de alcanzar una solución negociada a través de sus contactos diplomáticos en Suecia, dijo al conocer la noticia: “Si perdemos esta guerra, que Dios tenga piedad de nosotros”. La reacción más expresiva fue la de Hitler. Le entregaron la nota británica cuando se encontraba reunido con Von Ribbentrop. Después de leerla se giró enfurecido hacia su ministro y le dijo: “¿Y ahora qué?”.