Hoy hace 75 años...

Hoy hace 75 años se inició la invasión alemana de Polonia. Dos días después, el 3 de septiembre de 1939, Gran Bretaña y Francia respondieron declarando la guerra a Alemania. Fue el comienzo del conflicto más grande y más sangriento de la historia de la humanidad, que alcanzó los cinco continentes y costó la vida a cincuenta millones de personas. No fue una guerra inesperada, más bien al contrario. La sucesión de los acontecimientos en los años anteriores parecía conducir irremediablemente a ella. Pero casi nadie la deseaba. A diferencia de lo que había ocurrido veinticinco años antes, tras las declaraciones de guerra no se produjeron manifestaciones patrióticas espontáneas en las capitales europeas. El sentimiento generalizado, en Varsovia, Berlín, París o Londres, era de miedo. El recuerdo de los horrores de la Gran Guerra estaba demasiado reciente.

Hitler tenía prisa por realizar el que él creía que era su destino histórico. Había cumplido ya cincuenta años, y sentía que el tiempo se le acababa. Su sueño, la construcción de un gran imperio germánico en el este de Europa, empezaba por Polonia. No quería la guerra con Gran Bretaña (con Francia probablemente tampoco, todavía), pero creía poder controlar la situación. Después de todo, las jugadas de Austria y Checoslovaquia le habían salido perfectas. Pero no contaba con que en Múnich había agotado la baza de la negociación jugando con el miedo a una nueva guerra. Al plantear la cuestión de Danzig tan solo unos días después de la anexión de los restos del estado checo, dejaba bien claro cuál era su auténtico objetivo, obligaba a los polacos a adoptar una postura de fuerza que les impedía ceder en lo más mínimo, y se lo ponía muy difícil a los aliados occidentales para encontrar alguna excusa que les permitiese no involucrarse.

Los aliados fracasaron en sus intentos por atraer a la coalición a la Unión Soviética, lo que podría haber frenado a Hitler. Habían dado garantías a Polonia y Rumanía ante las amenazas expansionistas alemana e italiana, pero no tenían ninguna manera de hacerlas efectivas sin la colaboración de la URSS. Sin ella, una intervención militar de las potencias occidentales en el este de Europa era imposible. Pero para ello tenían que superar la negativa radical de los regímenes polaco y rumano a cualquier tipo de entendimiento con los soviéticos, a lo que se sumaban las reticencias del propio gobierno conservador británico. Sin embargo, no supieron ver la urgencia de la situación. Aunque algunos analistas advertían de que Stalin podría cambiar de bando (llevaba años pidiendo una alianza antifascista) y firmar un acuerdo con Hitler, la mayoría de los dirigentes políticos lo consideraban impensable, e incluso muchos, como el influyente ministro de Exteriores polaco Jozef Beck, argumentaban que el anuncio de una alianza militar que incluyese a la Unión Soviética podría precipitar un ataque alemán.

El 23 de agosto el ministro de Exteriores alemán Von Ribbentrop y su homólogo Molotov firmaron en Moscú un Pacto de No Agresión entre Alemania y la URSS. Incluía un protocolo secreto por el que ambas potencias acordaban repartirse Polonia y los estados bálticos. La noticia del tratado supuso una conmoción en toda Europa, ya que solo podía significar una cosa: la guerra era inminente. En Francia, el presidente del Consejo de Ministros, Édouard Daladier, recordó públicamente la alianza defensiva que su país había firmado años antes con Polonia, y ese mismo día su embajador en Berlín entregó una nota a Von Ribbentrop en la que advertía que cualquier agresión contra Polonia significaría la guerra. La respuesta británica también fue contundente: el 25 de agosto Gran Bretaña firmó un tratado con Polonia por el que ambos países se comprometían a ayudarse mutuamente en caso de ataque de una tercera potencia. Hitler no esperaba la noticia. Había fijado la fecha del comienzo de la invasión para el 26 de agosto. El ataque fue aplazado en el último momento (algunas unidades no fueron avisadas a tiempo, y se produjeron sangrientos enfrentamientos en diversos sectores de la frontera, que serían achacados a “provocaciones polacas”).

El primer ministro británico, Neville Chamberlain, nunca quiso abandonar la política de apaciguamiento. De hecho, en el verano de 1939 aún ofrecía acuerdos comerciales a Alemania supeditados a una política exterior menos agresiva. Pero todo había cambiado tras la anexión alemana de Checoslovaquia, en marzo de aquel año. En octubre de 1938, en Múnich, los aliados occidentales se habían plegado a Hitler y habían obligado al gobierno checo a ceder a todas sus exigencias. Chamberlain regresó de la conferencia de Múnich satisfecho, con la prensa más afín presentándole como el gran estadista que había salvado a Europa de la guerra. Cinco meses más tarde caía Praga. Las protestas públicas obligaron a su gobierno a endurecer sus posiciones. Hitler le había dejado en ridículo, y no podía permitir que se repitiese. Además, la anexión de Checoslovaquia (y poco más tarde la crisis de Danzig y la ocupación italiana de Albania) tuvo como consecuencia la aprobación de medidas de rearme británicas. Se decretó el servicio militar obligatorio y aumentaron significativamente los presupuestos destinados a programas de defensa. Aquello tuvo como consecuencia un aumento de la confianza británica en sus propias fuerzas (en gran parte injustificado, como comprobarían unos meses más tarde), y supuso al mismo tiempo una inyección de confianza para los franceses, que se apresuraron a secundar la política británica. De cualquier forma, el pánico a una nueva Gran Guerra aún era más fuerte que cualquier otra consideración.

Hitler trató de romper la alianza en su contra ofreciendo a los británicos un acuerdo por el que se garantizarían las mutuas áreas de influencia (respeto al Imperio Británico a cambio de manos libres en el este de Europa) y que incluía un generoso tratado comercial. El 28 de agosto el gobierno británico rechazó la propuesta, aunque abría una puerta a la esperanza al ofrecerse a mediar para lograr una solución negociada. Hitler aceptó, solicitando que Polonia enviase a Berlín antes del final del día 30 un representante con plenos poderes. En realidad se trataba de una maniobra para ganar tiempo y cargar con la responsabilidad del conflicto al gobierno polaco. Convencido de nuevo por Ribbentrop de que los aliados se echarían atrás en el último momento, Hitler ya había fijado la nueva fecha de invasión: el 1 de septiembre de 1939. El día 30 pasó sin que los polacos enviasen a ningún representante. El gobierno británico se aferraba a aquella esperanza para evitar la guerra y presionó fuertemente al mariscal Rydz-Śmigły para que aceptase el inicio de conversaciones. El recuerdo de lo ocurrido con Checoslovaquia estaba demasiado cercano, todos sabían que la negociación con Hitler era imposible y que lo que estaba en juego no era Danzig, sino la existencia del estado polaco, pero parecía que una vez más los aliados occidentales pretendían abandonar a su suerte a todo un país por miedo a un conflicto generalizado. Finalmente, el gobierno polaco cedió en parte a las presiones británicas, y la tarde del 31 de agosto el embajador Lipsky acudió al despacho de Von Ribbentrop para ofrecerle la apertura de negociaciones. Al conocer que el diplomático polaco no contaba con plenos poderes de su gobierno, el ministro le despidió sin escucharle.

En Francia el primer ministro Daladier y el ministro de Asuntos exteriores Georges Bonnet trataron de evitar la guerra en el último momento proponiendo una cumbre urgente en la que intervendría también Italia. Los italianos tenían una alianza con Alemania (el Pacto de Acero) y todo hacía pensar que se verían arrastrados al conflicto. La reacción de Mussolini a la crisis polaca fue de indignación, al ver que su aliado Hitler le enfrentaba a los hechos consumados sin consultarle en lo más mínimo. A través de su ministro de Exteriores, el conde Ciano, trató de convencer a Von Ribbentrop de que el ataque a Polonia conduciría a una guerra generalizada en Europa para la que Italia todavía no estaba preparada. Ciano, que solo unos meses antes había sido el gran artífice del Pacto de Acero, regresó de Alemania furioso y convencido de que los nazis eran unos locos peligrosos que iban a arrastrar a toda Europa a una catástrofe sin precedentes. Mussolini acabaría resignándose, satisfecho con las garantías dadas por Hitler de que Italia podría quedar al margen (entraría en la guerra unos meses más tarde, cuando ante la inminencia de una victoria alemana quiso participar en el reparto del botín). Ciano, en cambio, siguió trabajando por su cuenta en busca de un acuerdo.

A las 4:45 de la madrugada del 1 de septiembre las tropas alemanas iniciaron la invasión de Polonia. Al día siguiente el conde Ciano convocó a los embajadores británico y francés en Roma, y en su presencia llamó a los ministros de Asuntos Exteriores de ambas potencias, Lord Halifax y Georges Bonnet, para proponerles la celebración de una cumbre en la que se discutiesen las cláusulas conflictivas del Tratado de Versalles. La reunión tendría lugar el 5 de septiembre en San Remo. En un primer momento la reacción francesa fue casi de euforia. La guerra había comenzado ya, pero muchos aún se aferraban a la esperanza de que alguna propuesta de última hora podría evitar que se viesen arrastrados a ella. Dentro del gobierno británico también había división (en el consejo de ministros posterior al ataque alemán algunos miembros defendieron que Gran Bretaña no debía hacer frente a su compromisos con Polonia), pero la respuesta de Lord Halifax fue firme: cualquier medida tendría como requisito previo la retirada alemana del territorio polaco ocupado. Los franceses, tras consultar con los británicos, dieron la misma respuesta. Antes de eso, Bonnet había tratado inútilmente de convencer a Halifax para que retirase su exigencia. Todos sabían que aquella era una condición inaceptable para Hitler. La última esperanza de evitar una nueva Gran Guerra se desvanecía.

A las nueve de la mañana del domingo 3 de septiembre el embajador británico en Berlín, Neville Henderson, entregó una nota en la Cancillería del Reich: “Si el Gobierno de Su Majestad no ha recibido garantías satisfactorias del cese de toda agresión contra Polonia y de la retirada de las tropas alemanas de dicho país a las 11 del horario británico de verano, existirá desde dicha hora el estado de guerra entre Gran Bretaña y Alemania”. Un mensaje redactado casi en los mismos términos, aunque fijando la hora límite en las cinco de la tarde del mismo día 3, fue entregada por el embajador francés Coulondre. El ultimátum aliado sorprendió a los dirigentes nazis. Según el traductor Schmidt, Goebbels se quedó sin habla. Göring, que aún trataba de alcanzar una solución negociada a través de sus contactos diplomáticos en Suecia, dijo al conocer la noticia: “Si perdemos esta guerra, que Dios tenga piedad de nosotros”. La reacción más expresiva fue la de Hitler. Le entregaron la nota británica cuando se encontraba reunido con Von Ribbentrop. Después de leerla se giró enfurecido hacia su ministro y le dijo: “¿Y ahora qué?”.

Egipto, campeón de Europa

Otra entrada en la que, aprovechando que se está disputando el Mundial, voy contar una curiosidad relacionada con el baloncesto (será la última, lo prometo).

Entre los partidos que se juegan hoy hay uno que enfrenta a dos campeones de Europa: España... y Egipto.

Lo de España tiene menos misterio. Ha sido la gran dominadora del baloncesto europeo en la última década. Ganó dos Eurobasket consecutivos, en 2009 y 2011, y pudieron ser más (una lástima la inexplicable derrota frente a Rusia en la final de 2007).

En proporción, el palmarés de Egipto es envidiable. En sus tres participaciones en los campeonatos europeos de selecciones ha conseguido un título y una medalla de bronce. En la postguerra era la única selección de baloncesto que existía en África (lo cierto es que era uno de los pocos estados independientes del continente, junto a Liberia, Etiopía y la Unión Sudafricana, esta última dentro de la Commonwealth británica), así que su federación nacional jugaba los torneos internacionales organizados por la rama europea de la FIBA. El Campeonato Europeo de Baloncesto de 1947 se disputó en Checoslovaquia, y fue dominado por los países de lo que ya empezaba a conocerse como bloque comunista. En la final, la Unión Soviética, que había reunido una gran selección aprovechando la tradición baloncestística de los estados bálticos (Lituania, Letonia y Estonia, convertidos en repúblicas soviéticas), ganó sin muchos problemas a los anfitriones y comenzó un reinado que prometía ser duradero.

Pero en 1948 un hecho que no tenía ninguna relación con el baloncesto interrumpiría aquel reinado. A inicios de ese año las potencias ocupantes y las autoridades civiles de lo que más tarde sería la República Federal de Alemania decidieron introducir en el territorio bajo su jurisdicción una nueva moneda, el Deutsche Mark. La reforma monetaria, que no había sido consensuada con los soviéticos, suponía una independencia económica de facto de Alemania Occidental y perjudicaba gravemente la economía de la parte oriental, muy dependiente del comercio con el oeste. La respuesta de Stalin, en junio de 1948, fue ordenar un bloqueo en todos los accesos terrestres a Berlín Occidental. A su vez los estadounidenses respondieron con un gigantesco puente aéreo, con el que pretendían (y consiguieron) abastecer a la población de Berlín Occidental de todos los alimentos, combustibles y suministros que necesitaban para resistir el bloqueo soviético. En aquel clima de tensión, que parecía el preludio de una nueva guerra mundial, la URSS decidió retirarse como protesta de todos las competiciones deportivas internacionales. El resto de países comunistas hicieron lo mismo.

La organización de la edición de 1949 del Campeonato Europeo de Baloncesto correspondía a la Unión Soviética, como país defensor del título. Al retirarse los soviéticos, la anfitriona tendría que haber sido Checoslovaquia, medalla de plata. Pero los checos secundaron el boicot, así que el torneo se iba a celebrar en el país de los terceros clasificados: Egipto. En 1947 los egipcios habían dado la gran sorpresa, con un torneo casi perfecto, en el que solo habían perdido un partido (en la segunda fase, contra la URSS) y habían derrotado a Bélgica, Italia, Albania, Polonia, Bulgaria, y nuevamente Bélgica en el partido por el tercer y cuarto puesto.

Así que el Campeonato Europeo de Baloncesto de 1949 se celebró en El Cairo, en una pista de cemento al aire libre. La retirada a última hora de todos los países del bloque comunista dejó un torneo muy descafeinado. Tan solo participaron siete selecciones, entre las que había dos asiáticas que nunca hasta entonces se habían clasificado para un torneo de ese nivel, Siria y Líbano. Se disputó con el formato de liga, con todas las selecciones encuadradas en un único grupo. Egipto ganó sus seis partidos y se proclamó campeón directamente. El medallero lo completaron Francia (plata) y Grecia (bronce).

Egipto aún tendría una tercera participación en un campeonato europeo. Fue en Moscú, cuatro años más tarde, en 1953, en un torneo que dominó la URSS de principio a fin. Los egipcios tuvieron una participación honrosa, quedando en octava posición con 4 partidos ganados y 6 perdidos.

¿Quién fue el primer jugador no blanco de la NBA?

Una pregunta de las que ponen a prueba al típico amigo enciclopedia-deportiva-andante que todos tenemos, aprovechando que hoy empieza el Mundial de Baloncesto. Lo cierto es que la respuesta no es nada obvia, y seguro que sorprenderá a más de uno. Estamos acostumbrados a ver cómo el baloncesto norteamericano está dominado por enormes e hipermusculados jugadores de raza negra. Pero el primero que logró romper las barreras raciales en el baloncesto profesional estadounidense pertenecía a un grupo étnico que no destaca precisamente por su altura ni por sus condiciones atléticas... ni por su afición al basket. Además, hizo su carrera deportiva en unos años en los que tuvo que enfrentarse a los prejuicios y la hostilidad de buena parte de sus conciudadanos.

Wataru "Wat" Misaka era un nisei (hijo de emigrantes japoneses) nacido en 1923 en Ogden, en el estado de Utah. Era un jugador más bien bajo (1'70 metros) que se había destacado en sus años de instituto liderando a su colegio en la consecución del campeonato estatal de Utah dos años seguidos. En 1943 se matriculó en ingeniería en la Universidad de Utah y se unió al equipo de baloncesto (en gran parte del oeste del país el gobierno había decretado el internamiento forzoso de los ciudadanos de origen japonés, pero Utah había quedado fuera de la zona de exclusión). En 1944 ganaron el torneo universitario de la NCAA. Poco después Misaka hizo un paréntesis en sus estudios para alistarse en el Ejército. Se licenció en 1946 con el rango de sargento, después de un año sirviendo como intérprete para las fuerzas de ocupación en Japón. A su regreso volvió a jugar con el equipo de su universidad. En 1947 recibieron una invitación para jugar un torneo de exhibición en Nueva York. Se hicieron con el título venciendo en la final a la Universidad de Kentucky, una de las más poderosas, en un partido disputado en el mítico Madison Square Garden. Allí Misaka llamó la atención de los técnicos del equipo local, los New York Knicks.

Los Knicks seleccionaron a Misaka en el Draft de 1947 y le ofrecieron un contrato profesional. Debutó en la BAA (Basketball Association of America, hoy conocida como NBA) en la temporada 1947/48, jugando tan solo tres partidos en los que anotó un total de 7 puntos. A mitad de la temporada fue cortado. Según Misaka, la única razón por la que prescindieron de sus servicios era que el equipo tenía demasiados jugadores en su posición. Siempre negó que sufriese algún tipo de discriminación por parte de sus técnicos, sus compañeros o el público neoyorquino. Rechazó una oferta de los Harlem Globetrotters, un famoso equipo de exhibición compuesto en su totalidad por jugadores de raza negra, y regresó a Utah para terminar sus estudios universitarios. Poco después encontró trabajo de ingeniero en una empresa de Salt Lake City y dejó definitivamente el baloncesto.

Anécdotas de la guerra aérea (página)

Una vez más (ya está dejando de sorprenderme) entradas de las que no esperaba gran cosa han tenido un éxito inesperado. Si tengo que ser sincero, las cuatro entradas dedicadas a anécdotas de la guerra aérea las hice un poco apresuradamente, antes de irme de vacaciones, pensando en dejarlas programadas para que se publicasen automáticamente y que el blog continuase activo aunque yo no estuviese. En otras palabras, eran de relleno.

Pero como parece que han gustado, hago lo que ya hice en otras ocasiones con posts del mismo estilo: las unifico en una única entrada y las publico en una página separada, de las que aparecen en las pestañas de la página superior del blog, para que no se pierdan entre las demás:

Anécdotas de la guerra aérea

Anécdotas de la guerra aérea (IV)

- En la primavera de 1944 el alférez de la USAAF Bill Overstreet se vio envuelto en un combate aéreo en las cercanías de París. Logró situar su P-51 Mustang tras un Messerschmitt Bf-109 y comenzó a perseguirle sin dejar de disparar sus ametralladoras. El alemán puso rumbo hacia París, con la esperanza de que la artillería antiaérea de la ciudad le librase del Mustang. Pero Overstreet no abandonó su presa. En un desesperado intento por burlar a su perseguidor, el Messerschmitt se dirigió directamente hacia la Torre Eiffel y pasó por debajo de sus arcos. Sin inmutarse, Overstreet continuó detrás de él y cruzó también bajo la estructura metálica sin dejar de disparar. El caza alemán fue alcanzado por varias ráfagas de ametralladora y se estrelló. El Mustang continuó en vuelo rasante sobre el Sena hasta dejar atrás las baterías antiaéreas de la ciudad.

- El 3 de marzo de 1943, cuando una formación de once P-38 Lightnings estadounidenses en vuelo de Argelia a Marruecos entró en territorio español, sobre el Protectorado, dos cazas Heinkel 112 del aeródromo de Nador recibieron la orden de despegar e interceptarlos. El teniente Miguel Entrena localizó a los bimotores, escogió uno de ellos y se lanzó contra él disparando sus cañones. El avión estadounidense fue alcanzado en un motor, aunque el piloto renunció a saltar en paracaídas y logró cruzar la frontera argelina y realizar un aterrizaje de emergencia. El gobierno español temió que el incidente tuviese repercusiones graves, pero los aliados decidieron olvidarse del asunto. Por su parte, los cazas de la fuerza aérea española recibieron órdenes de no enfrentarse a las frecuentes violaciones del espacio aéreo español y no abrir fuego a menos que fuesen atacados.

- El 332º Grupo de Caza, conocido como los Aviadores de Tuskegee o los Red Tails, era una unidad de la USAAF formada exclusivamente por hombres de raza negra. El 25 de junio de 1944 el capitán Wendell Pruitt y el teniente Gwynne Pierson volaban de regreso de una misión sobre de la península de Istria, cuando al sobrevolar el puerto italiano de Trieste vieron un destructor alemán y decidieron atacarlo, pese a contar como único armamento con las ametralladoras del calibre .50 de sus P-47 Thunderbolt. Al parecer los disparos alcanzaron un depósito de municiones y provocaron una gran explosión que hizo saltar el buque por los aires. Cuando los pilotos reclamaron el hundimiento de un destructor, sus superiores de la 15ª Fuerza Aérea no les creyeron, pero tuvieron que darles la razón cuando se analizaron las imágenes de las fotoametralladoras. El buque era el ex-destructor italiano Giuseppi Missori, convertido por los alemanes en el torpedero TA-22, y en realidad no llegó a hundirse, aunque los daños fueron tan graves que nunca se reparó ni volvió a navegar.

- El 11 de abril de 1945 los tenientes Duane Francies y William Martin volaban en un Piper Cub en una misión de reconocimiento en el oeste de Alemania, cuando vieron un Fieseler Storch alemán dando vueltas bajo ellos. Ambos eran pequeños monomotores biplaza y estaban desarmados. Francis picó contra el avión enemigo, al tiempo que los dos estadounidenses abrían fuego con las únicas armas que tenían a mano, sus pistolas reglamentarias. Vaciaron los cargadores, alcanzando repetidamente el parabrisas, los tanques de combustible y el ala derecha del avión alemán. El piloto del Storch hizo varios giros bruscos tratando de eludir el ataque. En un giro a baja altura el ala derecha golpeó contra el suelo y el avión acabó volcado en un prado. El Piper Cub tomó tierra tras él y los dos alemanes se entregaron a los estadounidenses con las manos en alto. Fue el único avión abatido por fuego de pistola en toda la guerra.

- El 26 de abril de 1945 Hermann Göring envió un telegrama a Hitler en el que le sugería que le traspasase todos los poderes, en vista de que el Führer se encontraba atrapado en Berlín, ya casi ocupado por las tropas soviéticas. Hitler se enfureció, revocó todos los cargos de Göring y ordenó su detención. Ese mismo día ordenó al general Ritter von Greim que se presentase ante él para otorgarle el mando supremo de la Luftwaffe. El problema era que Von Greim estaba en Munich. El general voló a Berlín en un Fieseler Storch pilotado por su amante, la piloto de pruebas Hannah Reitsch. Al sobrevolar la capital fueron alcanzados por fuego antiaéreo, pero Reisch logró aterrizar cerca de la puerta de Brandeburgo. Von Greim, que había sido herido en una pierna, llegó al bunker de la cancillería ayudado por Reisch. Al día siguiente regresaron a Munich. El inesperado despegue sorprendió a los artilleros de los antiaéreos soviéticos y les permitió escapar. Aquel fue uno de los vuelos más valerosos y más inútiles de toda la guerra.

- En el verano de 1944 el comandante Tadanao Miki, técnico del Arsenal Naval de Yokosuka, estaba trabajando en el diseño de sistemas de guiado para cohetes. Un día recibió la visita de un oficial de Estado Mayor que le aseguró que tenía la solución a su problema: colocar pilotos a bordo. Miki se opuso, y se indignó cuando supo que habían implicado a su equipo en un proyecto que consideraba desesperado e inútil. Pero la decisión ya estaba tomada. Tenían que desarrollar un modelo de cohete tripulado, y se esperaba que comenzasen a trabajar de forma inmediata. A finales de septiembre se había completado el diseño, que recibió la denominación Yokosuka MXY-7 Ohka. Un mes después salían de fábrica las primeras unidades. Decenas de ellos fueron lanzados contra la flota estadounidense en Okinawa. Tadanao Miki se convirtió después de la guerra en uno de los ingenieros más prestigiosos de su país. Se le considera el padre del tren bala.

- El 15 de octubre de 1944 una gran flota estadounidense apareció frente a la isla de Luzón. Para enfrentarse a ella, el contraalmirante de la fuerza aérea de la Marina Masabumi Arima logró reunir unos cien aviones de distintas clases. Tras salir la primera oleada de ataque, Arima sorprendió a todos anunciando que tomaría personalmente el mando de la segunda. Había arrancado las insignias de su uniforme, dejando ver así que su intención era sacrificarse en un ataque suicida. Al llegar ante la flota enemiga, el contraalmirante escogió el blanco más importante, el portaaviones Franklin, y enfiló directamente hacia él su Suisei. Se estrelló junto al buque, extendiendo combustible en llamas por su cubierta de vuelo y dando la impresión de que había tenido éxito. Aquel fue el ejemplo que los japoneses necesitaban para aceptar el ataque suicida como una táctica válida de combate. Pocos días después nacieron las primeras escuadrillas kamikaze.

- El 15 de agosto de 1945 el emperador anunció la rendición incondicional del Japón. El vicealmirante Matome Ugaki era el comandante en jefe de la 5ª Flota Aérea, y dirigía los ataques kamikaze que se lanzaban contra la flota norteamericana en Okinawa. Tras escuchar el mensaje radiado del emperador, Ugaki arrancó las insignias de su uniforme y subió a un Suisei. El piloto, el alférez Akiyoshi Endo, se negó a dejar su puesto al almirante y se subió a la carlinga detrás de él, por lo que el bombardero biplaza despegó en su último vuelo con una tripulación de tres hombres. Otros veinte voluntarios les siguieron en diez aparatos más. Los aviones se dirigieron hacia Okinawa para lanzarse contra la flota estadounidense, pero nunca llegaron a su objetivo. Es posible que para no desobedecer al Emperador, que había ordenado el cese de los combates, decidiesen estrellarse en el mar.

- La última acción de guerra de la fuerza aérea de la Marina Imperial fue el ataque a dos B-32 Dominators en vuelo de reconocimiento el 18 de agosto de 1945. Ambos aviones regresaron a su base en Okinawa sin daños graves. El atacante fue Saburo Sakai, el más famoso de los ases japoneses. Había perdido el ojo derecho en agosto de 1942, pero tras mucho insistir había convencido a sus superiores de que podía volver a volar en misiones de combate. Su mala visión le jugó una mala pasada en una ocasión, cuando se unió a una formación de quince Hellcats al confundirlos con Zeros japoneses. Escapó milagrosamente, demostrando una gran pericia al esquivar durante veinte minutos los ataques de los veloces cazas estadounidenses hasta que alcanzó la protección de la artillería antiaérea de su base.

- El capitán Minoru Genda era uno de los mayores expertos en guerra aeronaval de la Marina Imperial japonesa. Fue el principal diseñador del plan de ataque a Pearl Harbor y el responsable de los preparativos y el entrenamiento de los pilotos que iban a participar en él. Después de la guerra llegó a ser comandante supremo de la fuerza aérea japonesa. Con ese cargo, a finales de los 50 estuvo varios meses en Estados Unidos negociando personalmente la compra de cazas de combate norteamericanos para las Fuerzas de Autodefensa. En 1962 el presidente John F. Kennedy le otorgó la Legión al Mérito por su contribución a la amistad entre Estados Unidos y Japón. Por un contrato millonario, el cerebro del Día de la Infamia fue condecorado por los Estados Unidos.