El escándalo de Dora Ratjen

Cuando el Comité Olímpico de Estados Unidos amenazó con boicotear los Juegos de Berlín si el gobierno de Adolf Hitler mantenía su política discriminatoria contra los deportistas judíos, las autoridades alemanas reclamaron la presencia de varios atletas judíos que habían sido expulsados de los clubes y selecciones deportivas o habían abandonado el país tras la llegada de los nazis al poder. Entre ellos estaba la saltadora de altura Gretl Bergmann, de 22 años, que residía en Inglaterra desde 1933. Bergmann aceptó regresar a su país cuando le aseguraron que podría competir en igualdad de condiciones con el resto de atletas. En las pruebas de selección consiguió una plaza para los Juegos, igualando el record nacional con un salto de 1'60 metros. Bergmann se presentaba como una de las más claras opciones a medalla del atletismo alemán. Pero dos semanas antes del inicio de la competición recibió una carta de su federación en la que le comunicaban que se quedaba fuera del equipo olímpico por bajo rendimiento. Las medidas cosméticas de Hitler habían convencido a los estadounidenses, que habían retirado sus amenazas de boicot, lo que tuvo como consecuencia que veinte judíos alemanes clasificados para los Juegos Olímpicos (todos menos la esgrimista Helene Mayer, muy popular en Estados Unidos) fuesen expulsados de sus selecciones.

El lugar de Bergmann en el equipo alemán lo ocupó una prometedora saltadora de Bremen de tan solo diecisiete años llamada Dora Ratjen. En los Juegos Dora tuvo un papel más que meritorio, acabando cuarta, a un paso del podium, con un mejor salto de 1'58 metros. El oro fue para la húngara Ibolya Csák (judía, por cierto). En los años posteriores Ratjen tuvo una progresión meteórica. En 1937 se impuso en los Campeonatos de Atletismo de Alemania con una marca de 1'63. En 1938, en los Campeonatos de Europa celebrados en Viena, ganó la medalla de oro igualando el récord mundial con un salto de 1'67. En segundo lugar quedó la húngara Csák, dando inicio a lo que prometía ser una mítica rivalidad deportiva entre las dos mejores saltadoras de su época.

Dora Ratjen superando los 1'63 en los campeonatos nacionales de 1937:


Pero poco después ocurrió algo que iba a acabar con la carrera deportiva de Dora Rajten. De hecho, acabaría con la existencia oficial de Dora Rajten.

El 21 de septiembre de 1938 Dora tomó un tren expreso para viajar de Viena a Colonia. Al llegar a Magdeburgo el revisor bajó del tren y se presentó en el puesto de policía de la estación afirmando que en uno de los vagones viajaba un joven travestido de mujer. Siguiendo las indicaciones del empleado del ferrocarril, los agentes se dirigieron a Dora y la obligaron a bajarse para interrogarla. Dora les mostró su documentación, en la que se atestiguaba que efectivamente era una chica, pero ante la insistencia de los agentes acabó por derrumbarse y confesar que en realidad era un hombre. Fue arrestada y obligada a someterse a un reconocimiento médico. El estudio dictaminó que Dora Rajten era biológicamente un hombre, aunque sufría varias malformaciones genitales de nacimiento (hipospadias, criptorquidia y micropene) que hacían que a simple vista pudiera parecer que tenía órganos sexuales femeninos.

Dora Ratjen nació el 20 de noviembre de 1918 en Erichshof, un pequeño pueblo cerca de Bremen. Tras el parto surgieron las primeras dudas sobre el sexo del bebé. La partera en un primer momento anunció el nacimiento de un varón, pero unos minutos más tarde cambió de opinión. Sus padres finalmente “decidieron” que habían tenido una hija. Cuando tenía nueve meses, y ya había sido bautizado e inscrito en el registro civil con el nombre de Dora, un médico le inspeccionó y confirmó a los Ratjen lo que ellos creían, que su hijo era una niña. Y como tal fue educado durante toda su infancia. A los diez u once años comenzó a darse cuenta de que era en realidad un chico, pero nunca se atrevió a enfrentarse a sus padres. Todos a su alrededor le trataban como a una chica, y él acabó aceptándolo como algo inevitable contra lo que no podía luchar. A medida que crecía sus rasgos masculinos se hacían más visibles, y él reaccionó encerrándose cada vez más en sí mismo. Sentía que para la gente se había convertido en un bicho raro, pero la vergüenza le impedía pedir ayuda o explicar a alguien lo que le estaba pasando. En su adolescencia Dora se volcó en el deporte, una actividad que le servía como refugio y le daba una oportunidad de destacar y de encontrar su lugar en la sociedad. Su confesión a la policía supuso una auténtica liberación para Dora, después de veinte años viviendo una vida que no era la suya.

Fotografías de la ficha policial de Dora Ratjen:


Dora tuvo que enfrentarse a una acusación de fraude. El 10 de marzo de 1939 el juez dictaminó que al no haber intención de lucro no se podía considerar que hubiese cometido delito alguno. Además la sentencia obligaba a Dora a abandonar la actividad deportiva y a comenzar a vivir como un hombre. Al principio su padre se opuso e insistió en que se le siguiese considerando mujer, pero finalmente, veinte días después, él mismo se dirigió a la oficina del registro de Bremen para solicitar el cambio de nombre. A partir de ese momento Dora se convirtió oficialmente en Heinrich Ratjen.

Heinrich/Dora fue despojado de sus títulos deportivos y su nombre se eliminó de los registros de las competiciones en las que había participado. El caso Ratjen fue un duro golpe para la imagen deportiva del Reich. Nada menos que la campeona alemana y europea de salto de altura resultaba ser un hombre. Además, la medalla de oro del campeonato de Europa de Viena pasaba automáticamente a Ibolya Csák, la judía húngara, lo que tampoco haría demasiada gracia a los nazis.

No es fácil saber qué fue de Heinrich a partir de entonces. Al parecer se volvió a cambiar el nombre por Heinz, y después de la guerra se hizo cargo de la cantina que sus padres tenían en Bremen. Hizo todo lo que pudo por llevar una vida anónima y siempre rechazó las peticiones de la prensa cuando trataron de contactar con él. Murió en Bremen en 2008.

Desde hace décadas circula una versión de esta historia según la cual Heinrich habría sido obligado por los nazis a hacerse pasar por mujer. Supuestamente quisieron ahorrar a Hitler la vergüenza de ver cómo una judía ganaba una medalla para Alemania en los Juegos Olímpicos de Berlín, y lo único que se les ocurrió para impedirlo fue sustituir a Gretl Bergmann por un hombre. Aparte de que parece un plan absurdo (y que, de hecho, la única judía del equipo olímpico alemán, Helene Mayer, ganó una medalla de plata), no hay ninguna prueba que indique que Dora pudo ser una “creación” de los nazis. Ni siquiera hay pruebas de que las autoridades conociesen y ocultasen su verdadera condición, que yo sepa, y no tiene ningún sentido que le hiciesen continuar con la farsa una vez acabadas las competiciones en las que participaba.

Dora Ratjen en 1937:


En este caso no se puede decir aquello de “no es lo que parece”. Resulta difícil de creer, viendo las fotografías que se pueden encontrar de él, que nadie sospechase nada. Pero parece que fue así. Gretl Bergmann, la judía expulsada del equipo alemán en el último momento, contó muchos años después que Dora tenía un comportamiento extraño. Era “una chica muy tímida” que, por ejemplo, siempre evitaba desnudarse ante sus compañeras. Pero nadie planteó nunca dudas sobre su sexo. Y no es que fuese un tema novedoso. En los Juegos Olímpicos de Berlín se habló mucho del aspecto excesivamente masculino de algunas atletas. El caso más sonado fue el de las dos primeras clasificadas en la prueba de los 100 metros lisos, la estadounidense Helen Stephens y la polaca Stanislawa Walasiewicz. Stephens llegó a protagonizar un desnudo integral ante los jueces para demostrar su feminidad. Por entonces Dora tenía solo diecisiete años. Puede que su aspecto fuese todavía muy aniñado. Dos años más tarde habría cambiado lo suficiente como para llamar la atención de un revisor de tren que no le conocía de nada. Es posible también que, aunque no hubiese manipulación consciente de las autoridades, a Dora le beneficiase el haber competido siempre en casa (los Campeonatos de Europa de 1938 se celebraron en Viena poco después de la anexión de Austria al Reich). En cualquier caso, no le hicieron ningún favor.

Blackhawk

Como contaba en una entrada anterior, pocos cómics estadounidenses sobrevivieron al final de la Edad Dorada, al término de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, solo cuatro títulos se mantuvieron ininterrumpidamente desde los años 40 hasta el inicio de la llamada Edad de Plata, ya en la década de los 60. Tres de ellos eran los superhéroes más populares, Superman, Batman, y Wonder Woman. El cuarto era muy distinto. Aunque tenía rasgos en común con el género de superhéroes, era en realidad un cómic bélico (uno de los primeros ejemplos de la historia). Y a pesar de que estaba ambientado en la guerra contra el Eje, no compartía el patriotismo de los cómics de su época. De hecho, a excepción de algún personaje muy secundario, sus protagonistas no eran estadounidenses.

El personaje principal, que daba nombre a la serie, se hacía llamar Blackhawk, y era un piloto de caza polaco de identidad desconocida que había reunido en torno a él a un grupo de aviadores de diversas nacionalidades para luchar contra los nazis. Apareció por primera vez en agosto de 1941, en el número 1 de Military Comics, una publicación de la editorial Quality Comics. Durante la guerra se convirtió en uno de los personajes de historieta más populares de Estados Unidos. A partir de 1944 sus aventuras comenzaron a publicarse en su propia revista, Blackhawk.


Blackhawk era un oficial polaco que había logrado huir de su país tras la invasión alemana y había reunido un grupo multinacional de aviadores para seguir combatiendo por su cuenta. El villano en aquella primera etapa era el capitán Von Tepp, un piloto nazi responsable de la muerte de la familia del protagonista. El Escuadrón Blackhawk presenta numerosas variaciones a lo largo de la serie. Los personajes más habituales eran: Stanislaus, su segundo, también polaco; Olaf, un gigantesco sueco que había luchado en Finlandia contra los soviéticos; Chuck, un estadounidense (el único) voluntario en la RAF; André, francés elegante y conquistador; Hendrickson, un bigotudo alemán opositor a Hitler (a veces se le presenta como holandés); y Chop-Chop, el cocinero chino. Este último era el personaje humorístico de la serie, representado de forma burlona, obeso, con coleta y vestido con ropas multicolores. Con los años los autores fueron eliminando los rasgos racistas (habituales en los cómics de la época cuando se representaba a orientales), y Chop-Chop acabó convertido en Liu Huang, un delgado piloto chino, que, como miembro de pleno derecho de la unidad, vestía el mismo uniforme azul que el resto del equipo.

El Escuadrón Blackhawk operaba desde una base secreta situada en una pequeña isla en medio del Atlántico, bautizada con el original nombre de Blackhawk Island. Aunque con el paso del tiempo tendrían una mayor variedad de enemigos (recordemos que la publicación se mantuvo durante décadas), en los primeros años sus aventuras narraban siempre episodios de su guerra contra los nazis. Con frecuencia tenían que enfrentarse a imaginativas armas ideadas por sus oponentes, como aviones submarinos, tanques voladores...

Los aviones utilizados por Blackhawk y sus hombres eran unos bimotores pequeños y achatados, con un extraño diseño en el que las alas sobresalían por delante del morro del avión. La cabina y los motores parecían demasiado grandes en relación al fuselaje. Sus formas redondeadas y sus proporciones poco ortodoxas les daban un aspecto estrafalario y simpático:


Lo curioso es que esos aviones existían realmente. Los creadores de Blackhawk habían copiado el diseño del Grumman XF5F Skyrocket, un prototipo de caza naval. Voló por primera vez el 1 de abril de 1940. Era muy potente, y al no tener el motor en el morro el piloto gozaba de una excelente visibilidad, una característica muy importante en un caza diseñado para operar en portaaviones. Pero, a pesar de todas sus virtudes, Grumman acabó finalmente por descartar el Skyrocket y optó por fabricar el Wildcat, de formas más convencionales.

Superman y el secreto de la bomba atómica

En los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial cualquier estadounidense podía tener un cierto conocimiento de lo que significaba la energía nuclear (al menos en sus fundamentos básicos) gracias a las obras de divulgación y los numerosos artículos de prensa que se escribían sobre el tema. Pero lo que realmente ayudó a que el público estadounidense asimilase en relativo poco tiempo, en el mundo post-Hiroshima, términos como "energía atómica" o "armas atómicas", fueron los cómics de ciencia-ficción de la década de los 30. Los personajes más populares de aquellos años, Buck Rogers (creado en 1929) y Flash Gordon (1934), lograron que al norteamericano medio le resultasen familiares aquellos conceptos e incluso que tuviese una cierta idea de los peligros y las posibilidades que implicaba la manipulación del átomo. Claro que los cómics trataban el tema situándolo siempre en un futuro muy lejano, junto a otras maravillas como los viajes interplanetarios o las ciudades submarinas.

Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial la Oficina de Censura impuso un "apagón informativo" sobre todo lo relacionado con la investigación atómica. La prohibición en un principio afectaba solo a artículos de divulgación o informaciones de prensa, pero a medida que el Proyecto Manhattan crecía, la censura se fue extendiendo progresivamente hasta alcanzar también a las obras de ficción. Términos que aparecían hasta entonces con relativa frecuencia en los cómics de ciencia-ficción, como "haces atómicos", "motores atómicos" o "gases radiactivos" dejaron de utilizarse casi por completo, aunque sus representaciones, productos de la imaginación de guionistas y dibujantes más que de auténticos datos científicos, tuviesen muy poco que ver con la realidad.

A finales de 1944 la editorial DC Comics estaba preparando la publicación de un cómic de Superman titulado Battle of the Atoms. La historia comenzaba con Clark Kent y Lois Lane dirigiéndose en coche al campo para investigar el origen de una "terrible convulsión". Allí descubrían árboles enormes derribados, rocas fundidas y estructuras de acero retorcidas por una fuerza desconocida. Sus pesquisas les conducían hasta Lex Luthor. El supervillano había fabricado un dispositivo al que llamaba "bomba atómica", una poderosa arma que planeaba utilizar contra la ciudad de Metrópolis.


Como es lógico, nadie en DC había oído hablar del Proyecto Manhattan ni se imaginaba que su gobierno estaba gastándose miles de millones de dólares en la fabricación de una auténtica bomba atómica. Cuando los censores del Departamento de Guerra tuvieron conocimiento de la historia, se dirigieron a la editorial para impedir la publicación del cómic. La prohibición tardó más de un año en levantarse. El relato apareció finalmente en enero de 1946, meses después del final de la guerra, en el número 38 de la revista Superman.


El 14 de abril de 1945 se publicó en numerosos diarios estadounidenses el primer capítulo de una tira titulada The Science of Superman. En ella un profesor de física proponía al Hombre de Acero poner a prueba sus poderes exponiéndole a un ciclotrón. Según el científico, el aparato, que definía como un "colisionador de átomos", podía bombardear al superhéroe con electrones "a una velocidad de 100 millones de millas por hora y con una 'carga' de tres millones de voltios".


En principio no parece que hubiese nada en aquella historia que pudiera poner al lector en la pista del Proyecto Manhattan, pero en aquellos días el programa atómico estadounidense estaba en su momento crítico, y cualquier referencia a átomos o energía atómica que apareciese publicada era mirada con lupa por los censores. El guionista se había inspirado en un artículo sobre ciclotrones que había leído en Popular Mechanics, y, por supuesto, no tenía el más mínimo conocimiento del Proyecto Manhattan. Al ser una tira diaria, el gobierno no pudo evitar que varios episodios se publicasen en todo el país antes de que el FBI obligase a DC Comics a cambiar el argumento de la historia evitando más alusiones al poder de los átomos. A partir de entonces, los censores solicitaron a DC la supervisión de todos sus cómics antes de su publicación, incluyendo las tiras diarias de los periódicos. Era la segunda vez en pocos meses que la editorial revelaba información sobre las posibilidades de la energía atómica, curiosamente a través del mismo personaje, Superman, aunque con diferentes autores, que probablemente ni se conocían entre sí.

No fue hasta agosto de 1945, tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, cuando el mundo pudo conocer realmente el inmenso poder destructivo del átomo. Lo que no parecía más que un imaginativo elemento de cuentos de ciencia-ficción resultó ser una estremecedora realidad. A partir de entonces, y sobre todo en la década de los 50 (la época del "terror atómico"), los cómics se llenaron de historias de explosiones nucleares, nubes radiactivas, mutaciones... Uno de los primeros relatos con tema atómico, todavía en un tono amable, se publicó en octubre de 1946, en el número 101 de Action Comics. En él se contaba cómo Superman filmaba para el Ejército de los Estados Unidos una explosión de prueba de un artefacto nuclear.


Es posible que el Hombre de Acero aceptase aquel trabajo como forma de compensar sus anteriores indiscreciones.


Fuentes:
http://www.thespeedingbullet.com/atomic.html
http://almostchosenpeople.wordpress.com/2013/11/15/battle-of-the-atoms/
http://www.cracked.com/article_18836_6-eerily-specific-world-events-predicted-by-comics.html
http://www.comicvine.com/superman-38-battle-of-the-atoms/4000-120075/
http://thebulletin.org/buck-rogers-and-atomic-education-america

Los superhéroes van a la guerra

En junio de 1938 la editorial DC Comics sacó al mercado el número 1 de la revista Action Comics. En ella aparecía por primera vez un personaje que en poco tiempo se convertiría en un icono de la cultura popular estadounidense. Gracias a su origen extraterrestre gozaba de poderes extraordinarios, como una fuerza sobrehumana o la capacidad de volar. Su nombre lo decía todo: Superman. Su éxito hizo que pronto comenzasen a surgir los imitadores, y en cuestión de meses las revistas de cómics se llenaron de hombres (y mujeres) con cuerpos perfectos, ataviados con estrafalarios y ceñidos uniformes, con superpoderes provenientes de las fuentes más diversas (mutaciones accidentales, experimentos científicos, gadgets tecnológicos, magia...), que utilizaban en su lucha contra los villanos del mundo. Había nacido el cómic de superhéroes.

A partir de 1940, con el género aún en sus inicios, toda aquella legión de superhéroes encontró una causa por la que unir sus fuerzas. Los alemanes estaban conquistando Europa, y un número creciente de estadounidenses empezó a temer que su país no se pudiese mantener al margen del conflicto por mucho tiempo. Además, Hitler era el villano perfecto, el sueño hecho realidad de cualquier guionista. Antes de que Estados Unidos entrase en la guerra, los héroes de los cómics ya estaban combatiendo a los nazis. La defensa de la nación contra saboteadores o invasores del Eje comenzó a hacerse habitual en sus historias, y la simbología y las motivaciones patrióticas de los personajes eran cada vez más visibles.

Durante la guerra se vendieron millones de cómics de superhéroes. Originalmente estaban destinados a un público adolescente, pero su popularidad traspasó todas las barreras sociales y generacionales. Un altísimo porcentaje de los jóvenes estadounidenses que servían en las fuerzas armadas eran lectores habituales de cómics. Las editoriales trabajaban a un ritmo frenético para satisfacer una demanda que no dejaba de crecer. Continuamente aparecían revistas nuevas y se creaban nuevos personajes.

Muchos de aquellos superhéroes tenían nombres basados en los símbolos patrióticos y lucían trajes plagados barras y estrellas. La lista es interminable: Yankee Doodle Jones, American Crusader, Star-Spangled Kid y su forzudo compañero Stripesy (vestidos con las estrellas y las barras de la bandera, respectivamente), Minute-Man, American Eagle, Mr. America... y también heroínas, como Yankee Girl o Liberty Belle. El primero de los superhéroes estadounidenses "uniformados" con la bandera nacional fue The Shield (el Escudo), personaje principal de la revista Pep Comics. Esta portada es del número 32, en pleno conflicto, pero ya en su primer número, de enero de 1940, se enfrentaba a malvados espías nazis, adelantándose casi dos años a la entrada de Estados Unidos en la guerra.


Pero sin duda el superhéroe barriestrellado más conocido de la Segunda Guerra Mundial fue el Capitán América. Es uno de los pocos que "sobrevivieron" al conflicto y mantuvieron su popularidad en las décadas posteriores. Apareció por primera vez en marzo de 1941, como respuesta de Marvel (entonces llamada Timely) a la demanda creciente de héroes patrióticos por parte del público y la aparición de personajes similares en editoriales de la competencia. Ya en el número 1 de Captain America, publicado meses antes del ataque a Pearl Harbor, el nuevo héroe se estrenaba propinando un puñetazo en la mandíbula al mismísimo Adolf Hitler.


Y si había superhéroes, también tenía que haber supervillanos. En aquellos años surgieron una gran cantidad de personajes malvados que servían a las potencias del Eje en sus planes para conquistar el mundo. Entre ellos había nombres como Captain Nippon, Baron Gestapo o Captain Swastika. En el número 3 de Captain America, de mayo de 1941, aparece por primera vez uno de los villanos más famosos de la historia del cómic, Red Skull (Calavera Roja). Por entonces era nazi, aunque con el paso de los años, ya en la guerra fría, acabó convertido en comunista.


Algunos de aquellos villanos eran anteriores a la guerra, aunque no dudaron en unirse a nazis y japos para luchar contra los defensores de la libertad. El asiático malvado e intrigante con sueños de dominación mundial era un personaje de cómic típico de la década de los 30. Un ejemplo tardío fue The Claw (la Garra), el mayor enemigo de Daredevil, un ser monstruoso con poderes mágicos, gobernante de una isla del Pacífico desde la que soñaba con conquistar el universo. The Claw se alió con los nazis en el número 1 de Daredevil Battles Hitler (julio de 1941).


En el número 2 de Pocket Comics (septiembre de 1941), Spirit of '76, un héroe trajeado a la moda de los años de la Revolución Americana, tiene que enfrentarse nada menos que con Satán, el señor de los demonios. El príncipe de las tinieblas luce en su pecho, cómo no, una esvástica. Ambos personajes comparten portada con Black Cat, una cazadora de espías nazis cuyo mayor superpoder es su superescote.


Sobre la cabecera del número 3 de Hangman (El Verdugo, uno de tantos héroes enmascarados de la época), publicado en junio de 1942, figuran unas frases de advetencia: "¡Nazis y japos, ratas! ¡Tened cuidado! ¡El Verdugo está en todas partes!". En la portada aparece uno de los supervillanos nazis por excelencia, el Capitán Swastica, dispuesto a soltar un hachazo (por la espalda, por supuesto) al vengador americano.


En la portada del número 19 de Speed Cómics (junio de 1942), el Capitán Libertad (Captain Freedom) descubre a un militar del servicio secreto japonés que tiene en sus manos un disfraz... del Capitán Libertad. Toda una advertencia contra el peligro de la actividad de los agentes enemigos, que pueden presentarse con la apariencia más inesperada. Aunque en este caso es comprensible que el agente nipón quiera ponerse una máscara. Era habitual en los cómics de los años de la guerra que los japoneses estuviesen representados de forma distorsionada, habitualmente con rasgos monstruosos y dientes enormes.


El atuendo de Spy Smasher (se podría traducir como Aplastaespías), traje de color caqui y gorro de aviador, era de los más discretos que se podían encontrar. Si no fuese por el inútil complemento de la capa roja, sería ideal para realizar con éxito su misión, la caza de espías y saboteadores. Era un héroe al estilo de Batman, que para su lucha contra los villanos dependía de toda una serie de artilugios tecnológicos y de un vehículo, el Gyrosub, mezcla de helicóptero, submarino y automóvil. Después de la guerra se pasó a la lucha contra la delincuencia común (de algo había que vivir), rebautizándose como Crime Smasher. En la portada del número 52 de Spy Smasher (1942) se le ve sacudiendo a Hitler, Mussolini y Tojo, atrapados en una V de Victoria.


A menudo, cuando la misión lo requiere, se forman superequipos de varios superhéroes dispuestos a colaborar contra el enemigo común. En el número 1 de All Select Comics (1943) el Capitán América, la Antorcha Humana y Sub-Mariner (dibujados en un tamaño desproporcionado, representando el inmenso poderío de las fuerzas del bien) se unen para atacar Berchtesgaden, el famoso refugio alpino de Hitler, convertido aquí en un castillo medieval repleto de soldados nazis.


En ocasiones las portadas tenían un tono humorístico, representando personajes y situaciones que ridiculizaban al enemigo. Los protagonistas más habituales de aquellas caricaturas eran los japoneses, en general, y, sobre todo, Adolf Hitler. En el número 29 de Master Comics (agosto de 1942), el Capitán Marvel Jr. (un discípulo adolescente del Capitán Marvel) hacía saltar a Hitler y Tojo sacudiéndoles en el trasero con un cinturón.


La historia de la marca Captain Marvel es bastante curiosa. Llegó a ser más popular que Superman, pero la caída de ventas al final de la guerra y una demanda de plagio interpuesta por lo que más tarde sería DC Comics obligaron a la editorial Fawcett a vender sus derechos a DC. En los 60 se iba a relanzar el personaje, aprovechando que el género de los superhéroes volvía a estar de moda, pero DC se encontró con que su gran competidora, Timely, había pasado a llamarse Marvel Comics y se les había adelantado registrando el nombre. En la portada del número 21 de Master Comics (diciembre de 1941) vemos al Capitán Marvel original junto a Bulletman (el Hombre Bala) y el supervillano Capitán Nazi.


The Fighting Yank (el "Yank" Luchador) es uno de los muchos personajes "patrióticos" surgidos durante la guerra. Adquirió sus superpoderes por medio del fantasma de su abuelo, un héroe de la Guerra de Independencia. En la portada del número 12 de The Fighting Yank (junio de 1945) los sorprendidos soldados estadounidenses que entran en el Palacio Imperial japonés se encuentran con el superhéroe descansando tranquilamente después de haberles hecho todo el trabajo.


A veces el sentido del humor de las portadas era más que dudoso. En esta del número 35 de Exciting Comics (octubre de 1944), Black Terror (Terror Negro) y su ayudante Tim pasan por encima de grupo de soldados japoneses con una apisonadora. Black Terror era un farmacéutico que había conseguido sus superpoderes experimentando con drogas. Quizá esa sea la explicación a su agresividad.


En la portada del número 20 de Cat-Man (octubre de 1943), el superhéroe estrangula con sus manos a Hitler, mientras su hija adoptiva Kitten (Gatita) se ocupa de la guardia del dictador. Cat-Man había sido criado por una tigresa en Birmania después de que sus padres muriesen asesinados, y a base de convivir con felinos había acabado por adquirir sus poderes (visión nocturna, superfuerza, superagilidad y... nueve vidas).


En esta lista nada exhaustiva (en aquella época surgieron, literalmente, centenares de superhéroes) no podía faltar el personaje más popular del mundo del cómic, el “padre” del género. En el número 18 de Superman (septiembre de 1942) el Hombre de Acero cabalga sobre una bomba, marcando el camino a una escuadrilla de aviones norteamericanos. El texto es un anuncio publicitario: "¡Bonos de guerra y sellos hacen su trabajo contra los japonazis!". En las portadas de Superman eran habituales mensajes propagandísticos como este.


Y en ocasiones en la revista principal de DC, Action Comics, también se utilizaba el tirón popular del Hombre de Acero para hacer campaña a favor de los bonos de guerra. Como en el número 58 (marzo de 1943), en la que Superman hace funcionar una rotativa con la fuerza de sus brazos para imprimir el mensaje "Superman dice: tú puedes abofetear a un japo con bonos de guerra y sellos".


El final de la guerra supuso también el fin de lo que hoy se conoce como la Era Dorada del Cómic. La moda del cómic de superhéroes terminó aún más rápido de lo que había surgido. Las ventas se desplomaron, la inmensa mayoría de los personajes desaparecieron y muchas editoriales cerraron o reorientaron su negocio a otros productos. Solo un puñado de héroes (Superman, Batman, Wonder Woman...) lograron mantenerse con vida esperando el resurgimiento. Éste llegó en la década de los 60, cuando Marvel y DC volvieron a poner de moda el género. Ya en los 80 tuvo otra época de esplendor. Lo cierto es que el cómic de superhéroes ha logrado sobrevivir con altibajos desde su creación, en los años 30, hasta hoy. En la actualidad mantiene su popularidad gracias en gran parte a Hollywood, que ha encontrado un auténtico filón recuperando personajes de décadas pasadas para producciones que lo único que tienen de “super” es el presupuesto.

La larga lucha legal de los nisei estadounidenses

En las semanas posteriores al ataque a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la guerra surgió una creciente desconfianza de los norteamericanos hacia sus conciudadanos de origen japonés, en especial en los estados de la costa del Pacífico, donde constituían una minoría relativamente numerosa. En un principio las autoridades, incluyendo al propio presidente Roosevelt, rechazaban que se pudiese poner en duda la lealtad de los americano-japoneses. Pero la presión sobre la administración aumentó rápidamente, alimentada por la actitud de buena parte de la prensa, que advertía continuamente de los peligros de una quinta columna que supuestamente estaría dispuesta a colaborar con el enemigo en caso de ataque, y por los rumores que circulaban sobre casos de espionaje o sabotaje protagonizados por residentes de origen japonés. En poco tiempo el gobierno se sintió obligado a tomar medidas drásticas para tranquilizar a la opinión pública.

El 19 de febrero de 1942 el presidente Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066, que permitía al teniente general DeWitt (comandante del Mando de Defensa Occidental, responsable militar de los estados de la costa oeste) restringir los movimientos y las libertades de miles de ciudadanos de origen japonés, independientemente de que tuviesen o no la nacionalidad estadounidense. El 23 de marzo DeWitt decretó un toque de queda entre las 8 de la noche y las 6 de la mañana que afectaba a los residentes japoneses y americano-japoneses. Las medidas restrictivas se sucedieron en las semanas posteriores, hasta que finalmente el 3 de mayo de 1942 se emitió una orden que obligaba a los ciudadanos de origen japonés a presentarse en las oficinas gubernamentales para ser trasladados a los llamados centros de reubicación, campos de internamiento vigilados por el Ejército situados en los estados del interior.

Minoru Yasui era el tercero de nueve hijos de un matrimonio de inmigrantes japoneses propietarios de una explotación hortofrutícola en Hood River, en el estado de Oregón. En 1939, con 23 años, Minoru acabó sus estudios de Derecho y, gracias a los contactos de su padre, consiguió un empleo de agregado en el consulado japonés de Chicago. En diciembre de 1941, al estallar la guerra, el consulado fue cerrado, y Yasui regresó a Oregón para incorporarse al Ejército (era alférez en la Reserva). Cuando los militares rechazaron su solicitud de alistamiento (por haber trabajado para el gobierno de Japón), decidió instalarse como abogado en Portland, ofreciendo servicios legales a los ciudadanos de origen japonés.

El 23 de marzo de 1942 se implantó el toque de queda para los americano-japoneses en la región de Portland. Yasui no tenía ninguna duda de que aquella medida era inconstitucional, y decidió demostrarlo con un desafío a las autoridades. El 28 de marzo rompió deliberadamente el toque de queda paseándose por el centro de la ciudad. Se dirigió a una comisaría de policía para que le pusiesen una denuncia y volvió a casa. Antes de que fuese llamado a juicio, se decretó la orden de internamiento de los residentes de origen japonés. Yasui se negó a cumplirla y regresó a la casa familiar en Hood River, violando también las restricciones a los viajes que se habían impuesto a los americano-japoneses. Fue arrestado en su pueblo natal.

El juicio se celebró en el Tribunal de Distrito de Portland. En la sentencia, emitida el 16 de agosto de 1942, el juez Albert Fee determinaba que, como el gobierno no había decretado la ley marcial, la aplicación del toque de queda a ciudadanos estadounidenses era inconstitucional, tal como alegaba Yasui. Pero añadía que Yasui había renunciado a su ciudadanía por haber trabajado para el gobierno japonés. Al ser considerado un extranjero, sí se le podían aplicar las normas dictadas por las autoridades militares. En consecuencia, el juez condenó a Yasui a un año de cárcel y 5.000 dólares de multa.

Yasui fue encarcelado en la prisión del condado de Multnomah, en Portland. Allí pasó nueve meses, esperando a que el recurso que había presentado llegase a un tribunal superior. Al fin, en mayo de 1943 la Corte Suprema de los Estados Unidos se hizo cargo del caso, saltándose los tribunales de apelación estatales, y uniéndolo al de otro nisei llamado Gordon Hirabayashi.

Gordon Hirabayashi era un joven de 24 años de Seattle, estudiante de sociología en la Universidad de Washington. Igual que Yasui, había incumplido el toque de queda como protesta por una medida que consideraba injusta. Fue arrestado por el FBI y condenado a 90 días de prisión. Hirabayashi no tenía la formación legal de Yasui, pero contaba a su favor con el apoyo incondicional de su comunidad religiosa, los cuáqueros (una iglesia que se ha destacado históricamente por su activismo pacifista). Viendo las similitudes que presentaban los casos de Hirabayashi y Yasui, el Tribunal Supremo decidió tratarlos de forma conjunta.

El 21 de junio de 1943 la Corte Suprema emitió su veredicto. En él se afirmaba que la aplicación del toque de queda a ciudadanos estadounidenses era constitucional. Aquello daba la razón al juez que había condenado a Hirabayashi en primera instancia. En el caso de Yasui las conclusiones no eran tan evidentes, ya que el dictamen se oponía al mismo tiempo a los argumentos de la defensa y a la sentencia del juez Fee. Según el tribunal, Yasui debía de ser considerado ciudadano estadounidense, y como tal era culpable de haber incumplido el toque de queda, lo que suponía un delito menor. La Corte Suprema devolvió el caso al tribunal de distrito para que dictase una nueva sentencia de acuerdo con ese criterio. En la revisión, Fee eliminó la multa de 5.000 dólares y redujo la pena a 15 días de cárcel, que Yasui ya había cumplido con creces. Por consiguiente fue puesto en libertad. O, para ser más precisos, salió de prisión para ser conducido a un campo de concentración.

Minoru Yasui fue trasladado al Centro de Reubicación de Minidoka, en Idaho. En el verano de 1944 se le permitió abandonar el campo y poco después se instaló como abogado en Denver. Gordon Hirabayashi volvió a prisión, para cumplir una condena de un año por insumisión. Se había negado a rellenar un cuestionario en el que el Ejército le exigía una renuncia a la fidelidad al Emperador, un requisito que consideraba discriminatorio. Después de la guerra se mudó a la ciudad canadiense de Edmonton para ejercer como profesor de sociología en la Universidad de Alberta.

Fred Korematsu era un joven nisei de la ciudad de Oakland, en el norte de California, con pocos estudios y que nunca había logrado mantener un trabajo más allá de unos meses. Pero no era esa precisamente la circunstancia que hacía que su caso fuese distinto al de los universitarios Yasui e Hirabayashi: a diferencia de ellos, cuando Korematsu incumplió la orden de internamiento no lo hizo pensando en ser un ejemplo para su comunidad. De hecho trató de ocultar su origen japonés, inventándose un nombre falso y asegurando que era descendiente de hispano-hawaianos. El 30 de mayo de 1942 fue detenido en plena calle y enviado a prisión. En el juicio, celebrado en San Francisco el 8 de septiembre de 1942, fue declarado culpable de violar las órdenes emitidas por las autoridades militares y condenado a cinco años de libertad condicional. Recurrió la sentencia con el apoyo de varios miembros de la ACLU (American Civil Liberties Union, o Unión Americana de Libertades Civiles).

Korematsu fue internado con su familia en el Centro de Reubicación de Topaz, en Utah. Según contaría más tarde, el campo era peor que la cárcel. Se alojaba en una especie de establo y tenía que trabajar ocho horas al día por un salario miserable. Además, también según Korematsu, él y su familia sufrieron el aislamiento y el desprecio del resto de internos por su actitud desafiante hacia los militares. La mayor parte de los americano-japoneses cooperaron con las autoridades con la esperanza de que su colaboración sirviese para demostrar su lealtad como estadounidenses, Para ellos, la lucha de Korematsu por sus derechos era una amenaza que ponía en riesgo a toda la comunidad.

Tras pasar (este sí) por el Tribunal de Apelaciones, el caso Korematsu llegó a la Corte Suprema de los Estados Unidos a finales de 1944. El 18 de diciembre se dictó sentencia, ratificando la decisión del tribunal de primera instancia. Aunque se reconocía que el internamiento forzoso era constitucionalmente “sospechoso”, el jurado consideraba que estaba justificado por las circunstancias de emergencia que vivía el país, Según la sentencia, la necesidad de protegerse contra las posibles acciones de espionaje y sabotaje por parte de agentes enemigos estaban por encima de los derechos individuales de Fred Korematsu y del resto de ciudadanos de ascendencia japonesa. No fue una decisión unánime. Tres de los nueve miembros del jurado votaron en contra. En sus votos particulares, los jueces discrepantes argumentaban que era evidente un fondo racista en las órdenes decretadas por las autoridades militares (no se habían adoptado medidas similares para los ciudadanos de origen alemán o italiano), y advertían de que aquel caso iba a suponer un peligroso precedente que podría utilizarse en el futuro con fines oscuros, al permitir que el Ejército se saltase la Constitución alegando circunstancias excepcionales.

Ese mismo día, el 18 de diciembre de 1944, la Corte Suprema emitió un veredicto totalmente contradictorio con el del caso Korematsu. Mitsuye Endo era una nisei de 22 años de Sacramento, funcionaria del estado de California (había perdido su empleo tras el ataque a Pearl Harbor), cristiana metodista practicante, que solo hablaba inglés y nunca había estado en Japón. Nada de aquello le sirvió para evitar su internamiento y el de su familia en el campo de concentración de Tule Lake, en Utah. La Liga de Ciudadanos Americano-Japoneses vio en ella el ejemplo perfecto para demostrar la irracionalidad de la orden de internamiento. Los abogados de la Liga presentaron un recurso de habeas corpus en su nombre alegando que Endo era una ciudadana estadounidense totalmente asimilada. El juez de distrito falló en su contra sin ninguna explicación, y el Tribunal de Apelación se inhibió pasando el caso a la Corte Suprema. El gobierno trató de detener el recurso ofreciendo a Endo su liberación, pero ella decidió continuar internada hasta que se dictase sentencia. La decisión del Tribunal Supremo fue unánime: el gobierno de Estados Unidos no tenía ninguna razón para detener a una ciudadana leal, y por tanto tenía que permitir a la joven abandonar el campo de internamiento.

La diferencia con el caso Korematsu, cuya sentencia se dio a conocer el mismo día, estaba en un pequeño matiz: en el caso Endo la Corte Suprema determinaba que el gobierno no podía privar de libertad a un ciudadano si no podía demostrar su deslealtad. Pero Mitsuye Endo no opuso resistencia a su traslado al campo de reubicación. A Korematsu, en cambio, se le castigaba por incumplir la orden de internamiento, es decir, por su negativa a ser encarcelado... aunque esa encarcelación fuese ilegal.

Estas son explicaciones que se han querido dar a posteriori, porque en su fallo la Corte Suprema se limitó a considerar las circunstancias particulares del caso Endo, sin querer abordar la cuestión de la probable inconstitucionalidad de la orden de internamiento. Lo cierto es que no hacía falta. Las repercusiones de la sentencia eran evidentes. Dos semanas después de que se hiciese pública el gobierno derogó las órdenes de exclusión y dio permiso a los ciudadanos de origen japonés para que comenzasen a regresar a sus hogares.

Las sentencias de los casos Yasui, Hirabayashi y Korematsu fueron muy criticadas, ya antes del final de la guerra y en los años posteriores. Muchos expertos en derecho opinaban que detrás de las decisiones judiciales se escondía un mal disimulado racismo. En la década de los 80 salieron a la luz documentos que demostraban que el gobierno sabía que no había razones militares que justificasen las órdenes de exclusión de los ciudadanos de origen japonés. La oficina del fiscal general tenía en su poder informes del FBI y la inteligencia militar en los que se llegaba a la conclusión de que los residentes japoneses no constituían ningún riesgo para la seguridad nacional. Sin embargo, los fiscales retuvieron la información y no la hicieron pública durante los juicios, lo que podría haber supuesto incluso un delito de ocultación de pruebas. En lugar de ello, utilizaron contra los acusados rumores sobre quintacolumnistas japoneses, pese a saber que no tenían ninguna base.

Con esa nueva información, Yasui, Hirabayashi y Korematsu acudieron una vez más a los tribunales para solicitar la revocación de sus condenas. El primero en conseguirlo fue Korematsu. El 10 de noviembre de 1983 un juez del Tribunal de Distrito de San Francisco anulaba formalmente la condena dictada cuarenta años antes contra él. Yasui intentó lo mismo en Portland, pero el tribunal desestimó sus argumentos. Hirabayashi, por su parte, que residía en Canadá, presentó su caso en el Tribunal Federal de Apelaciones del Noveno Circuito (el encargado de los estados del Pacífico). En 1987 el jurado anuló su condena, lo que implícitamente significaba que la de Yasui también quedaba revocada. Minoru Yasui no pudo disfrutar de aquella última victoria. Había muerto poco tiempo antes, el 12 de noviembre de 1986.

En 1988 el presidente Ronald Reagan pidió disculpas en nombre del gobierno de los Estados Unidos a los ciudadanos de origen japonés internados injustificadamente durante la guerra y autorizó el pago de una reparación de 20.000 dólares a cada uno de ellos. Un total de 82.219 sobrevivientes o herederos aceptaron la compensación económica.