¿Puede exigir Grecia reparaciones de guerra a Alemania?

Hace unas semanas fue noticia el anuncio formal que hizo el nuevo primer ministro de Grecia, Alexis Tsipras, de su intención de reclamar a Alemania compensaciones por daños de guerra derivadas de la ocupación del país entre 1941 y 1944. La cantidad reclamada, según se filtró a la prensa, sería de 11.000 millones de euros, valor actual calculado de un préstamo de 476 millones de Reichsmarks que los ocupantes alemanes obtuvieron del gobierno títere griego en 1942 y que nunca fue devuelto. Además, Grecia pedirá compensaciones económicas para las víctimas de la ocupación y la devolución a su país de miles de piezas arqueológicas expoliadas. La historia no es nueva. De hecho, parece que el gobierno de Syriza ha bajado considerablemente las exigencias con respecto a sus predecesores (aunque también parece que se va a tomar el tema más en serio). Hace dos años, durante el gobierno del conservador Antonis Samaras, un comité del Ministerio de Finanzas griego evaluó la cuantía a reclamar en 162.000 millones de euros, lo que supondría casi la mitad de la deuda griega actual, o un 80% de su PIB. Esta cifra saldría de la suma, por un lado, del coste del expolio, los daños y la destrucción de infraestructuras durante la ocupación nazi (que supondría 108.000 millones), y por otro de la devolución del préstamo que el Banco Central griego concedió a Alemania (que calcularon en otros 54.000 millones, una cifra muy superior a los 11.000 que exige el gobierno actual).

La respuesta alemana ha sido contundente: no hay nada que negociar. Según el gobierno de Angela Merkel, Grecia renunció voluntariamente a la devolución de la deuda al firmar el Acuerdo de Londres de 1953, y renunció también a reclamar compensaciones de guerra tras su visto bueno al Tratado 2+4 de 1990.

¿Es eso cierto? ¿Renunció Grecia a reclamar compensaciones por la ocupación nazi por partida doble, en 1953 y 1990?

Veamos...

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial Alemania había quedado literalmente arrasada. A falta de algo mejor, las potencias ocupantes se cobraron “en especie” parte de las compensaciones que reclamaban a Alemania por los daños provocados. Fábricas enteras fueron desmanteladas y trasladadas a la URSS, Francia o Gran Bretaña, al igual que materias primas, productos industriales e incluso trabajadores (cientos de miles de prisioneros de guerra fueron utilizados como mano de obra casi esclava). Mientras tanto, en Grecia había estallado una guerra civil entre conservadores y comunistas que duraría hasta octubre de 1949. La inestabilidad interna impidió a Grecia plantear el tema de las reparaciones en la inmediata postguerra. Más tarde, sería Estados Unidos el encargado de convencer a los distintos gobiernos griegos para que aparcasen sus reivindicaciones, utilizando como argumento (muy persuasivo) los dólares del plan Marshall. Los norteamericanos habían comenzado a presionar a sus aliados europeos para que abandonasen sus actitudes revanchistas. Se trataba de impedir un avance de los comunistas en Europa, para lo que era vital una Alemania occidental fuerte y estable.

Ese fue precisamente el objetivo del Acuerdo de Londres de 1953. A comienzos de la década de los 50 la economía alemana estaba asfixiada por el peso de la enorme deuda que arrastraba. Con su industria destruida, no tenía forma de conseguir divisas y no iba a poder hacer frente a los pagos que se le exigían. El temor a que la deuda se convirtiese en una fuente de desestabilización permanente y un lastre que impidiese el desarrollo de Alemania occidental llevó a las potencias aliadas a convocar una conferencia con el objetivo de renegociar las deudas y suavizar las condiciones de pago. Participaron representantes de la República Federal Alemana y de más de una veintena de países (Grecia entre ellos), además de un gran número de acreedores privados.

La deuda reclamada a Alemania anterior a la guerra se elevaba a 22.600 millones de marcos. La deuda de la posguerra se estimaba en 16.200 millones de marcos. Era principalmente deuda privada, en su mayor parte contraída en los años de entreguerras por los préstamos Young y Dawes, contratados para hacer frente a las reparaciones de la Primera Guerra Mundial, y los préstamos derivados del Plan Marshall, ya en la postguerra. En las negociaciones los montos se redujeron a 7.500 millones y 7.000 millones de marcos, respectivamente, lo que representaba una quita del 62,6%.

Pero, pese a la enorme cuantía de las cantidades perdonadas, no fue la reducción de la deuda la concesión más importante de los acreedores. Se acordaron unas condiciones de pago muy ventajosas, de forma que Alemania pudiese reembolsar la deuda sin poner en riesgo su crecimiento y su estabilidad. Así, los firmantes aceptaron que los alemanes hiciesen la mayor parte de los pagos en su propia moneda, el Deutsche Mark. También se les permitió producir bienes que antes importaban y vender sus productos en el extranjero para reducir su balanza comercial negativa. Además, el pago de la deuda se adaptaría a la situación de la economía alemana en cada momento, permitiendo que el país hiciese frente a sus obligaciones exclusivamente con sus excedentes de exportación, sin castigar sus reservas monetarias. Se puso un límite del 5% de los ingresos por exportación al pago de la deuda, y este se interrumpiría si el país no tenía una balanza comercial positiva. Los tipos de interés iban desde el 0% al 5%. En los primeros cinco años (hasta 1958) se decretó una moratoria al pago de la deuda, y en ese tiempo Alemania solo tendría que asumir el pago de los (escasos) intereses.

Con todas esas medidas, y con las millonarias ayudas del Plan Marshall primero y de la Agencia Internacional de Desarrollo de los Estados Unidos después, Alemania se reindustrializó muy rápidamente, su economía se recuperó y en poco tiempo resurgió como potencia económica mundial.

Como se ve, la gran preocupación de los firmantes del Acuerdo de Londres era garantizar que Alemania no pasaría por dificultades para hacer frente a sus obligaciones de pago. Y, en esa línea, otra de sus concesiones principales fue la que se refería al desembolso de las reparaciones de guerra. El punto 2 del artículo 5 del tratado dice textualmente:

La revisión de las reclamaciones derivadas de la Segunda Guerra Mundial por los países que estuvieron en guerra con o fueron ocupados por Alemania durante la guerra, y por los ciudadanos de esos países, en contra del Reich y organismos del Reich, incluyendo los costes de la ocupación alemana, compensaciones de activos adquiridos durante la ocupación y las reclamaciones contra la Reichskreditkassen, quedará aplazada hasta la solución definitiva del problema de las reparaciones.

Es decir, los países ocupados o atacados por la Alemania de Hitler no renunciaban al cobro de reparaciones de guerra, pero aplazarían sus reclamaciones hasta que se celebrase una nueva ronda negociadora sobre la cuestión. El representante alemán en la conferencia de Londres, el financiero Hermann Josef Abs, prometió que se revisarían todas las reclamaciones cuando se firmase “un tratado de paz o un acuerdo semejante”. El gobierno del canciller Adenauer tenía un argumento de peso para no abrir la negociación sobre las compensaciones: Alemania era un país dividido, y la RFA no debía hacerse cargo de las reparaciones en solitario. Todo quedaría pendiente de la negociación de un tratado de paz definitivo, que acabase con la ocupación aliada en Alemania y permitiese la reunificación. El futuro tratado tendría que fijar además las fronteras definitivas de Alemania. Al finalizar la guerra la URSS se había anexionado las regiones polacas ocupadas por Stalin en 1939 (antiguos territorios del imperio zarista perdidos en la guerra ruso-polaca de 1919-1920), y a cambio había permitido que Polonia desplazase sus fronteras hacia el oeste hasta la línea formada por los ríos Oder y Neisse, ocupando extensos territorios históricamente alemanes. Además, la URSS y Polonia se habían repartido la Prusia Oriental. En 1953 la RFA aún no había reconocido la frontera entre la RDA y Polonia (no lo haría hasta 1970), y consideraba el problema de las fronteras orientales alemanas como otro punto a negociar cuando se celebrase la conferencia de paz definitiva. La cuestión de las fronteras, aunque no parezca tener mucha relación con el tema de las reparaciones, acabaría jugando un papel fundamental en esta historia, como veremos más adelante.

En 1989, tras la caída del Muro de Berlín, parecía haber llegado el momento de encontrar la solución definitiva a todos aquellos problemas. El fin del régimen comunista en la RDA hacía posible la reunificación y permitía negociar la retirada de los cuatro países que todavía mantenían su status de potencias ocupantes. La decisión lógica habría sido convocar una conferencia de paz con la participación de todos los estados que habían hecho la guerra a Alemania, pero el gobierno del canciller Helmut Kohl era consciente de que aquello reabriría el debate sobre las compensaciones de guerra y traería consigo una oleada de reclamaciones económicas de los países afectados. Así, en lugar de la conferencia de paz, el gobierno de la RFA convenció a las potencias ocupantes de que se podía solucionar el tema con una negociación cerrada.

Las negociaciones se iniciaron en febrero de 1990, y la firma definitiva del tratado fue el 12 de septiembre de ese mismo año. Los firmantes, además de la RFA y la RDA, fueron las cuatro potencias ocupantes de Alemania: Estados Unidos, la Unión Soviética, el Reino Unido y Francia. El acuerdo fue bautizado oficialmente con el engañoso nombre de “Reglamentación jurídica sobre el fin de los derechos y las responsabilidades de las cuatro potencias”, pero es más conocido simplemente como Tratado 2+4. En él se daba el visto bueno a la reunificación de las dos Alemanias y se recogía la renuncia de las potencias ocupantes a todos sus derechos como tales. Aparte de los seis firmantes, tan solo otro país fue consultado: Polonia. La razón para incluir a los polacos en las negociaciones era que una de las cuestiones principales que se dirimieron fue la de las fronteras orientales de Alemania. A cambio de alcanzar un acuerdo rápido, la nueva Alemania aceptaba la línea Oder-Neisse como frontera germano-polaca y renunciaba a presentar en el futuro reclamaciones territoriales en el este de Europa. Según el gobierno alemán, el tratado supuso también un punto final en el tema de las indemnizaciones de guerra. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña renunciaron expresamente a solicitar reparaciones. Solo la URSS se mostraba dispuesta a incluirlas en las negociaciones, pero la promesa alemana de olvidarse de reclamaciones territoriales hizo que el gobierno de Gorbachov cambiase de opinión. El compromiso de respetar las fronteras vigentes no solo les aseguraba que no se iba a reabrir la cuestión de la frontera polaco-soviética, sino que suponía una confirmación de la soberanía soviética del oblast de Kaliningrado (la antigua Königsberg prusiana), un enclave ruso en la costa del Báltico del tamaño de la provincia española de León.

Todo esto se decidió a espaldas del resto de países que habían participado en la Segunda Guerra Mundial. Algunos de ellos renunciaron también a exigir de reparaciones de guerra a Alemania, pero no fue ese el caso de Grecia. Lo cierto es que el gobierno griego no reaccionó en aquel momento y dejó pasar mucho tiempo antes de hacer la reclamación, aunque se supone que eso no invalida sus supuestos derechos. En cualquier caso, aunque fuese cierto que el Tratado 2+4 da por finiquitado el tema de las reparaciones, los terceros países que ni siquiera fueron consultados no tienen por qué estar sujetos a las decisiones de los firmantes y tienen todo el derecho a considerar inválido el acuerdo.

En conclusión, Grecia nunca renunció a exigir a Alemania reparaciones por la ocupación nazi, y por consiguiente no hay ningún motivo por el que no pueda hacerlo. Otra cosa es que pueda tener éxito en sus demandas. En primer lugar, por el tiempo transcurrido. Que yo sepa, no hay ningún plazo temporal en la legislación internacional para hacer reclamaciones de este tipo, pero setenta años son muchos años ¿Y si cunde el ejemplo y los estados se enzarzan en demandas de reclamaciones por guerras de hace uno o dos siglos? ¿Dónde estaría el límite?

Otro problema es el cálculo de la cuantía de las reparaciones, para lo que habría que decidir en primer lugar qué es lo que hay que compensar. En los años 50 y 60 la RFA negoció acuerdos bilaterales con varios países por los que concedió indemnizaciones a víctimas de la guerra. En 1960 pagó unos 115 millones de marcos como compensación a víctimas griegas de la ocupación. Esto también ha sido utilizado como argumento por los que creen que Alemania ya ha pagado sus deudas (aunque parece una cifra bastante escasa). Sin embargo, se trataba de compensaciones a particulares, mientras que lo que el gobierno griego plantea ahora es una negociación de estado a estado para acordar principalmente reparaciones por la destrucción de infraestructuras y los daños que causó la ocupación en la economía del país.

Parece que Grecia insistirá sobre todo en la devolución del préstamo concedido por el gobierno títere en 1942. Si se considera un crédito ordinario, y no como parte de las reparaciones de guerra, podría tener más posibilidades de que Alemania se viese obligada a desembolsarlo. Pero en este caso también hay problemas con el cálculo de la cuantía. Era un crédito en Reichsmarks, una moneda que dejó de existir en 1948, y según los distintos estudios su valor actual podía ir desde los 8.250 millones de dólares que calculó un comité del Bundestag en 2012 hasta los 54.000 millones de euros reclamados por el gobierno de Samaras.

Muchos piensan que la intención del gobierno griego no es otra que utilizar la cuestión de las reparaciones de guerra como argumento moral en sus negociaciones para suavizar las exigencias de la Troika. Después de todo, la generosidad con la que los acreedores (entre ellos la propia Grecia) trataron a Alemania en la postguerra contrasta enormemente con la postura intransigente del actual gobierno alemán con respecto a la deuda griega.

Palomas fotógrafas


Julius Neubronner, un boticario de la ciudad alemana de Kronberg, utilizaba un original método para comunicarse con su proveedor, un laboratorio situado en la cercana Frankfurt, y con su cliente más importante, un sanatorio de Falkenstein: las recetas y los paquetes con preparados y medicamentos que enviaba y recibía eran transportados por palomas mensajeras que él mismo criaba y adiestraba. La única condición indispensable era que el peso del envío no superase los 75 gramos. Por lo demás, era un sistema de transporte rápido y fiable, aunque en ocasiones ocurrían accidentes. En 1903 una de las palomas desapareció durante uno de sus viajes de “reparto”. Cuatro semanas más tarde, cuando Neubronner la había dado ya por perdida, la paloma regresó a casa, aparentemente bien alimentada y en perfecto estado. Intrigado por el misterio de la paloma desertora, a Neubronner se le ocurrió combinar la colombofilia con su otra gran afición, la fotografía. Si diseñaba una cámara transportable por las palomas, podría conocer las rutas que seguían, incluidas las paradas o los desvíos no previstos.

En los años posteriores Neubronner dedicó todo su tiempo libre a desarrollar y perfeccionar aquella idea. En 1907, viendo los buenos resultados que había conseguido en los ensayos, se decidió a patentar su invento, con la descripción “Método para tomar fotografías de paisajes desde el cielo”. Los técnicos de la oficina de patentes que la evaluaron debieron de pensar que era una idea absurda e irrealizable, porque inicialmente la patente fue rechazada. No lograría inscribir su invento hasta diciembre de 1908, tras incluir en sus descripciones algunas de las fotografías aéreas que había conseguido con las palomas.

Julius Neubronner en una fotografía de 1914:


El dispositivo consistía en una cámara de madera, muy ligera y diminuta para la época (mantuvo la regla de no superar el peso de 75 gramos), y un soporte de aluminio con un arnés para sujetarlo al cuerpo de la paloma. En 1909 Neubronner presentó su invento en la Exposición Internacional de Aviación de Frankfurt y en la Exposición Internacional de Fotografía de Dresde. En esta última sus palomas fueron las grandes triunfadoras del evento. El público podía asistir a la llegada de las aves y adquirir sus fotografías aéreas convertidas en tarjetas postales.

Neubronner era consciente de las aplicaciones militares de su invento y no tardó en ofrecérselo al ejército alemán. En aquellos años, en los que la aviación aún estaba dando sus primeros pasos, el reconocimiento aéreo fotográfico dependía de métodos tan vulnerables y poco fiables como los globos o las cometas. Las palomas “fotógrafas” suponían una interesante novedad llena de posibilidades prácticas. La mayor dificultad era entrenar a las palomas para regresar a palomares que iban a estar desplazándose continuamente. Pero aquel problema ya lo había solucionado Neubronner, que había acudido a las exposiciones de Frankfurt y Dresde con un remolque que combinaba cuarto oscuro y palomar itinerante. Aquello hizo aumentar todavía más el interés del Ejército por su invento. Tras una serie de exitosas demostraciones, en agosto de 1914 el Estado alemán adquirió la patente.

Pero el estallido de la guerra y el rápido e inesperado progreso tecnológico de la aviación en los años posteriores hizo que los militares perdiesen todo el interés por el uso de palomas para el reconocimiento fotográfico. En cambio, durante la Gran Guerra las palomas mensajeras fueron utilizadas más que nunca en sus funciones tradicionales. Así, al mismo tiempo que el gran invento de Neubronner acababa pasando a la historia como un simple entretenimiento de feria, el palomar itinerante, que había desarrollado como complemento secundario, demostró tener una enorme utilidad bélica.

El carro con el que Neubronner acudió a las exposiciones de 1909, que sirvió de base para el desarrollo de los palomares móviles utilizados por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial:


En 1937 un relojero suizo llamado Christian Adrian Michel patentó una versión muy mejorada de la cámara de Neubronner, que entre otras cosas (dada su profesión no es ninguna sorpresa) sustituía el sistema neumático de temporización por un reloj. Trató de vender su invento al ejército suizo, pero sin éxito.

Las ratas explosivas del SOE

Uno de los artilugios más exóticos de todos los ideados por el Special Operations Executive era una trampa explosiva camuflada en una rata muerta. A los roedores se les podía introducir en sus cuerpos una pequeña cantidad de explosivo plástico, que por sí solo no sería lo suficientemente potente como para provocar daños graves. Pero los británicos creyeron haber encontrado la manera de causar estragos con aquella sencilla arma. El plan era distribuir las ratas-bomba entre los grupos de resistencia de la Europa ocupada, que las dejarían cerca de carboneras o salas de calderas. Cuando el encargado de palear el carbón viese la rata, lo que haría casi por instinto sería lanzarla al fuego. La presión del vapor multiplicaría los efectos de la explosión, y la caldera y todo lo que se encontrase cerca de ella saltarían por los aires. Los planificadores del SOE imaginaban el desconcierto y el pánico de los alemanes al enfrentarse a una inexplicable oleada de explosiones de calderas.

Las ratas-bomba nunca llegaron a utilizarse. El primer contenedor cargado de ratas muertas que fue lanzado en paracaídas cayó en manos de los alemanes, y al desvelarse el secreto el SOE decidió abandonar el plan. Sin embargo, según sus propios informes, la operación logró un éxito inesperado. Los alemanes se quedaron tan impresionados al descubrir la trampa que ellos mismos se encargaron de publicitarla y de extender el miedo entre sus propias tropas. Se dedicaron una gran cantidad de recursos a la búsqueda de roedores explosivos por toda Europa. A decir de un informe del SOE: "los problemas causados al enemigo supusieron un éxito mucho mayor para nosotros que el que habrían tenido si las ratas se hubiesen utilizado realmente".

El Gran Panjandrum

En la segunda mitad de 1943, como parte de los preparativos para un futuro asalto a la Europa continental, los aliados comenzaron a desarrollar todo tipo de ingenios, armas y vehículos anfibios para enfrentarse a la Muralla Atlántica, la gran red de fortificaciones costeras que los alemanes estaban construyendo desde el Golfo de Vizcaya hasta Noruega. Una de aquellas armas experimentales, una gran bomba antibunker rodante llamada Panjandrum (o Gran Panjandrum), consiguió una fama considerable, a pesar de que se trataba de un proyecto ultrasecreto y de que nunca fue utilizada en combate.

La palabra "Panjandrum" fue una invención del dramaturgo británico del siglo XVIII Samuel Foote, que la incluyó en una pequeña pieza improvisada de humor absurdo que alcanzó una gran popularidad. Originalmente no tenía ningún significado, ni en inglés ni en ningún otro idioma, aunque con el tiempo la expresión “Great Panjandrum” acabó convertida en una forma de referirse burlonamente a una persona con muchas ínfulas y aires de grandeza.

El Panjandrum fue una creación del Departamento de Desarrollo de Armas Diversas (Department of Miscellaneous Weapons Development, o DMWD), una dependencia del Almirantazgo británico cuyo trabajo era la investigación y diseño de armas no convencionales. Se trataba de una bomba autopropulsada que en teoría permitiría destruir bunkers costeros de hormigón de varios metros de grosor. Sería lanzada desde una lancha a una distancia considerable de la costa y se esperaba que alcanzase su objetivo sin necesidad de guiado, allanando así el camino para el asalto posterior de las fuerzas de desembarco. Consistía en un tambor cargado con hasta 1.800 Kg de explosivo al que se le habían añadido en sus extremos dos grandes ruedas de madera y superficie de rodadura de hierro de tres metros de diámetro. Unos pequeños cohetes de combustible sólido colocados en las ruedas las harían girar y proporcionarían al artefacto la propulsión necesaria para alcanzar una velocidad de cerca de 100 Km/h, pasar por encima de cualquier obstáculo que se encontrase en su camino y estrellarse contra su objetivo.


El desarrollo de la nueva arma se realizó en el máximo secreto... hasta que el primer prototipo estuvo listo y llegó el momento de probarlo. A alguien se le ocurrió que el mejor lugar para hacer los ensayos era una playa del condado de Devon, en el suroeste de Inglaterra, que, casualmente, era también un popular destino de veraneo. El 7 de septiembre de 1943 decenas de personas fueron testigos involuntarios de la primera prueba del Panjandrum. El resultado fue decepcionante. El artefacto salió de la barcaza que le servía de lanzadera y continuó en línea recta en dirección a su objetivo teórico, pero en un determinado momento viró y se adentró en el mar. Los responsables del proyecto al principio creyeron que el problema tenía fácil solución. Por razones de seguridad habían reducido al mínimo el número de cohetes de propulsión, de forma que el apagado accidental de uno solo de ellos desequilibraba totalmente al Panjandrum y lo hacía perder el rumbo. No tenían más que repetir el ensayo colocando más cohetes en las ruedas. Pero no iba a ser tan sencillo. En las pruebas posteriores fueron aumentando progresivamente el número de cohetes y su potencia, pero el Panjandrum siempre terminaba desviándose de su curso y siguiendo una trayectoria impredecible. Se propusieron otras posibles soluciones, como colocar una tercera rueda para dar estabilidad al aparato, o utilizar cables de acero como sistema de guiado. Ninguna funcionó.

En cada uno de los ensayos la playa se llenaba de una multitud de curiosos que acudían a presenciar el espectáculo. Ni siquiera el peligro les ahuyentaba. Y es que, aunque en las pruebas la carga explosiva del tambor era sustituida por su peso en arena, no dejaba de haber un riesgo considerable para los espectadores, ya que con frecuencia algunos de los cohetes de propulsión se desprendían de las ruedas y salían disparados.


Al fin, tras cuatro meses de trabajos, en enero de 1944 los técnicos del DMWD creyeron haber solucionado todos los problemas técnicos y organizaron una última prueba en la ya famosa playa de Devon. El resultado fue aún peor que en las ocasiones anteriores: Cuando el Panjandrum corría por la playa un par de cohetes se desprendieron de las ruedas, el aparato comenzó a dar tumbos en la arena, giró y se lanzó directamente contra un cámara que estaba rodando el ensayo. El hombre salió corriendo y se libró por los pelos de que aquel artefacto infernal le pasase por encima. El Panjandrum acabó estrellándose en la arena, lo que provocó que una gran cantidad de cohetes saliesen disparados cruzando la playa en todas direcciones. Los oficiales y altos mandos de la Royal Navy que habían acudido a presenciar la demostración tuvieron que lanzarse cuerpo a tierra para ponerse a salvo de la lluvia de cohetes. Después de aquel nuevo fracaso, el proyecto fue abandonado definitivamente.

Algunos investigadores han sugerido que en realidad los británicos nunca tuvieron la intención de utilizar el Panjandrum como arma. Según esta versión, todo el proyecto habría sido uno más de los planes de engaño ideados para hacer creer a los alemanes que los aliados iban a atacar a través del Paso de Calais y desviar su atención de Normandía (que al estar mucho menos fortificada no requeriría de este tipo de armas antibunker). Eso explicaría por qué un proyecto militar que se suponía del máximo secreto acabó convertido en un espectáculo popular con gran éxito de crítica y público. El problema es que cuando comenzaron las pruebas, en septiembre de 1943, ni siquiera se había decidido aún que el objetivo de la operación Overlord iba a ser la costa de Normandía. Más bien parece que los responsables del proyecto nunca pensaron que sus ensayos iban a alargarse tanto en el tiempo, y menos aún que iban a llamar tanto la atención.

El partido de su vida

Johnny Spillane era un jugador de béisbol. Jugaba en la posición de parador en corto (shortstop en inglés). Por el lugar que ocupa dentro del campo, el parador en corto es el encargado de atrapar un alto porcentaje de las bolas lanzadas por el bateador del equipo contrario. Por tanto es un puesto para el que se requieren unos buenos reflejos y mucha velocidad de reacción (tengo que aclarar que soy un completo ignorante en todo lo relacionado con el béisbol, así que pido disculpas si algo de lo que he escrito es incorrecto). En 1942 había conseguido el sueño de todo joven deportista estadounidense: una oferta profesional de uno de los equipos más poderosos del país, los St. Louis Cardinals. Pero Estados Unidos estaba en guerra, y Spillane decidió que su carrera deportiva podía esperar. Así que, en lugar de firmar con los Cardinals, se alistó en el Cuerpo de Marines.

Spillane fue destinado al 2º Batallón de Tractores Anfibios de la 2ª División de Marines. Allí fue formado como tripulante de un LVT. El Landing Vehicle Tracked (ese es el significado de las siglas LVT), apodado aligator, era un vehículo de asalto anfibio sobre orugas, sin blindaje (al menos en sus primeras versiones, como la que le tocó tripular a Spillane), concebido para transportar a una veintena de hombres desde los buques de transporte de tropas hasta las playas y continuar tierra adentro hasta alcanzar una posición segura.

En agosto de 1942 Spillane participó en las operaciones anfibias en Guadalcanal. Aunque aquella acabaría siendo una de las batallas más duras de la guerra en el Pacífico, los japoneses apenas opusieron resistencia a los desembarcos de los marines en las playas, por lo que el paso de Spillane por Guadalcanal fue relativamente tranquilo.

Muy diferente iba a ser la siguiente misión de la 2ª División de Marines, el desembarco en el pequeño atolón de Tarawa, en las islas Gilbert. Allí les esperaban más de cuatro mil soldados japoneses fuertemente armados, dispersos en bunkers y blocaos por toda la isla, con centenares de cañones y ametralladoras apuntando al océano, y dispuestos a impedir por todos los medios a su alcance que el enemigo pusiese el pie en la isla. Por si fuera poco, un arrecife que bordeaba toda la isla servía de barrera natural contra las lanchas de desembarco que pretendiesen alcanzar las playas.

El 20 de noviembre de 1943 Spillane participó con su LVT en la primera oleada de desembarco en Tarawa. Las peores predicciones se cumplieron, y gran parte de las lanchas se quedaron atrapadas en los arrecifes. Los aligators se convirtieron en el arma decisiva de la batalla. En medio de un infierno de fuego de artillería, morteros y ametralladoras, los LVTs tuvieron que maniobrar continuamente para transbordar a los hombres desde las lanchas inmovilizadas hasta la orilla, a unos cientos de metros de distancia.

Restos de un LVT en una playa de Tarawa:

Tarawa
En uno de aquellos viajes, cuando su aligator alcanzó la playa transportando a una veintena de marines, Spillane vio una granada volar por los aires y caer dentro del vehículo. Sin pararse a pensar, la recogió antes de que explotase y la lanzó hacia atrás, al mar. Una segunda granada cayó en el LVT y Spillane repitió la operación. Sin tiempo para reponerse del susto, una nueva granada aterrizó en el interior del aligator. Spillane la atrapó y alargó el brazo para lanzarla al agua. En ese momento la granada estalló.

La mano derecha de Spillane había desaparecido. Su compañero, el conductor del LVT, le hizo un torniquete en el brazo y le aplicó sobre la herida polvo de sulfa (sulfamida, el componente básico del botiquín del soldado estadounidense). Fue inmediatamente evacuado a un buque hospital, donde le amputaron lo que le quedaba del brazo destrozado, y de allí a Estados Unidos.

Johnny Spillane se resistió a abandonar el béisbol. Tras superar una larga convalecencia, comenzó a entrenar con la mano izquierda. Al final tuvo que asumir que su carrera deportiva había terminado. Sin embargo, la abandonó a lo grande, con un homenaje que le tributaron en su estadio los St. Louis Cardinals, el equipo con el que nunca llegó a debutar.