Los hombres-bomba que trataron de matar a Hitler

El atentado fracasado de Tresckow y Schlabrendorff supuso solo el primero de una serie de intentos de asesinar a Hitler por parte de un numeroso grupo de conspiradores militares que finalizaría con el golpe de estado frustrado del 20 de julio de 1944.

Inmediatamente después de aquella primera intentona, el barón Rudolf von Gersdorff, un primo de Schlabrendorff, se ofreció para acabar con el Führer en un atentado suicida. Solo ocho días más tarde, el 21 de marzo de 1943, estaba prevista la inauguración de una exposición de armamento soviético capturado en el Zeughaus (el antiguo Arsenal de Berlín, convertido en un museo militar). Además de Hitler, asistirían Keitel, Dönitz y Göring y Himmler (es decir, los comandantes supremos de la Wehrmacht, la Kriegsmarine, la Luftwaffe y las SS). La intención de Gersdorff era acudir a la ceremonia con los bolsillos de su guerrera llenos de explosivos, esperar la llegada de Hitler y abrazarse a él, activando las cargas antes de que tuviese tiempo de reaccionar. Pero cuando llegó el momento el Führer pasó a su lado a gran velocidad y rodeado de todo su séquito y no le dio oportunidad de ejecutar su plan. Gersdorff se escondió en los baños del museo, desactivó las bombas y abandonó el lugar sin llamar la atención. Poco después fue destinado al frente oriental. No rompió sus conexiones con el grupo de conspiradores reunido en torno a Tresckow. Fue él quien consiguió los explosivos de fabricación británica que utilizaría Claus von Stauffenberg en el atentado del 20 de julio de 1944. A pesar de su gran implicación en la conjura, ninguno de los arrestados tras el intento de golpe de estado reveló su nombre. Gersdorff fue uno de los pocos que se salvaron incluso de ser detenidos.

En septiembre de 1943 Claus von Stauffenberg asumió la dirección del grupo de conspiradores. Dos meses más tarde, un joven capitán de 24 años, el barón Axel von dem Bussche, se ofreció para realizar un atentado suicida en el cuartel general del Führer en Rastenburg. Bussche se había unido el año anterior a los círculos de resistencia antinazi que se estaban formando en el Grupo de Ejércitos Centro, después de haber sido testigo involuntario del asesinato de miles de civiles en el aeropuerto de Dubno, en Ucrania. A mediados de noviembre estaba prevista la llegada a Rastenburg de los primeros uniformes de invierno para las tropas del frente oriental. Bussche sería uno de los oficiales encargados de mostrar los uniformes a Hitler. Su plan era esconder una granada en sus pantalones y detonarla cuando el Führer se acercase a él. Pero el 16 de noviembre, un día antes del previsto para el atentado, el tren que transportaba los nuevos uniformes fue destruido en un ataque aéreo aliado. La inspección de Hitler se aplazó indefinidamente, y Bussche tuvo que reincorporarse a su unidad en el frente unos días más tarde. Su intención era repetir el intento en febrero de 1944, pero en enero fue herido de gravedad. Fue trasladado al gran complejo de hospitales de las Waffen-SS en Lychen, donde le amputaron una pierna. Los meses que estuvo ingresado le hicieron perder el contacto con el grupo de resistencia, lo que le permitió pasar desapercibido y no ser descubierto tras el fracaso de la operación Walkiria.

Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, otro joven oficial de solo 21 años, también descendiente de una aristocrática y adinerada familia prusiana, se presentó voluntario para sustituir a Bussche. Lo hizo con la bendición de su padre, Ewald von Kleist-Schmenzin, un histórico opositor al nazismo. Como en la ocasión anterior, pretendían aprovechar una inspección de uniformes prevista para el 11 de febrero de 1944. Kleist escondería una bomba en su maletín y la haría estallar cuando el Führer se acercase a él. Pero una vez más la inspección fue cancelada en el último momento. Después del atentado del 20 de julio padre e hijo fueron arrestados. Ewald-Heinrich fue enviado al campo de concentración de Ravensbrück. Cuando quedaban pocos días para el final de la guerra le excarcelaron para enviarle a combatir al frente. Fue el último superviviente de todos los que participaron en la operación Walkiria (murió el año pasado). Su padre fue condenado a muerte por el Volksgerichtshof y ahorcado en la prisión de Plötzensee el 9 de abril de 1945.

Un último intento tuvo lugar el 7 de julio de 1944. Su protagonista fue el general del OKH Helmuth Stieff, que se ofreció para matar a Hitler durante una conferencia que se celebró en el castillo de Schloss Klessheim. Pero en el momento de la verdad no encontró la ocasión de detonar la bomba que escondía (o quizá le faltó el valor). Su fracaso empujó a Stauffenberg a intentarlo él mismo. En un principio estaba dispuesto también a inmolarse en una acción suicida, pero sus compañeros de conspiración le convencieron de que su presencia iba a ser necesaria en Berlín tras la muerte del Führer. La historia del atentado del 20 de julio de 1944 ya es sobradamente conocida (o eso creo).

Todas estas tentativas fueron casi idénticas entre sí, no solo por el método elegido, sino también por las características de los hombres que se ofrecieron a llevarlas a cabo. Casi todos ellos eran jóvenes militares de carrera pertenecientes a familias de la nobleza prusiana. Formaban parte de la élite social del Reich alemán. Algunos, como Kleist-Schmenzin, tenían una larga trayectoria de oposición política al nazismo (desde una ideología conservadora), pero otros se unieron a la resistencia solo cuando la brutalidad de la guerra en el este superó todos los límites morales y cuando las primeras grandes derrotas hicieron evidente que Alemania iba a perder la guerra. Las grandes familias de las clases altas prusianas (los junkers) podían sentir desprecio por los nazis, su populismo y su lenguaje revolucionario, pero, salvo honrosas excepciones, en un primer momento apoyaron con entusiasmo sus planes de conquista. Después de todo compartían con ellos el militarismo, el imperialismo y el anticomunismo.

Pese a todo, aquel grupo de hombres consiguió el objetivo que se había propuesto Henning von Tresckow: dejar para la historia el ejemplo de los militares alemanes que se negaron a seguir siendo cómplices de la locura nacionalsocialista y se mostraron dispuestos a sacrificar sus vidas para detenerla.

Operación Relámpago, una cuestión de honor

Henning von Tresckow era un brillante oficial de Estado Mayor, veterano y héroe de la Gran Guerra, descendiente de una tradicional familia de militares prusianos (hijo de un general de caballería y sobrino del mariscal de campo Fedor Von Bock). Era también un destacado miembro de los círculos militares de resistencia clandestina al régimen nazi. Destinado como jefe de operaciones en el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, en el frente ruso, había sido testigo de las atrocidades que se cometían contra civiles y prisioneros por orden directa del Führer, y de las que la Wehrmacht, muy a su pesar, se había convertido en cómplice. Aunque su oposición al nazismo era anterior a la guerra, fueron aquellos crímenes los que le empujaron a tomar la decisión de hacer lo que estuviese en su mano para limpiar el honor del Ejército alemán. Y para él solo había una forma de conseguirlo. Con el tiempo Tresckow logró reunir en torno suyo a un grupo de oficiales de confianza, entre los que destacaba su primo y ayudante de campo, el joven teniente Fabian von Schlabrendorff, y con su ayuda comenzó a planificar el asesinato de Hitler.

Los conspiradores pretendían atentar contra el Führer aprovechando una de sus visitas al cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro. En un primer momento pensaron en hacerlo “a la brava”: reunirían un grupo suficiente de hombres y esperarían a que Hitler aterrizase en el aeródromo para enfrentarse a tiros a su guardia personal y matarle allí mismo. Pero las dudas sobre la actitud que tomarían sus superiores ante aquella acción les llevaron a descartar el ataque directo y optar por un método menos arriesgado. Se decidieron por un atentado con explosivos. Colocarían una bomba en el avión de Hitler, preparada para estallar durante el vuelo de regreso.

El avión personal del Führer era un Focke-Wulf Condor especialmente modificado para aumentar la seguridad del pasajero principal. La cabina de Hitler estaba acorazada y su asiento tenía incorporado un paracaídas. Pero aquellas medidas no le habrían servido de mucho en caso de una explosión inesperada en pleno vuelo. Sus posibilidades de sobrevivir habrían sido casi nulas.

Tresckow y Schlabrendorff probaron varios tipos de minas y explosivos buscando los que mejor se adaptasen a su plan. Eligieron finalmente unos explosivos plásticos británicos con sus correspondientes detonadores, procedentes del material capturado que el SOE enviaba a los grupos de resistencia en los territorios ocupados. Eran potentes y al mismo tiempo moldeables y de poco volumen, de forma que la cantidad de explosivo que se podía meter en un paquete que no llamase la atención sería suficiente para hacer pedazos el Condor.

Al fin llegó el día que esperaban. El 13 de marzo de 1943 se anunció una visita de Hitler al cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro, en Smolensko. Unas horas antes de su llegada, Tresckow y Schlabrendorff llenaron cuatro minas lapa con los explosivos británicos y les añadieron un detonador tipo lápiz con temporizador de media hora. A continuación metieron todo en un paquete que simulaba contener dos botellas de licor. Tresckow fue uno de los oficiales que acudieron aquella mañana a recibir al Führer al aeródromo. Allí se encontró con una desagradable sorpresa: en la pista aterrizaron dos Focke-Wulf idénticos. El Führer iba acompañado de un séquito tan numeroso (oficiales de Estado Mayor, guardaespaldas, asistentes, sus propios cocineros...) que necesitaban más de un avión para trasladarse. Antes de introducir la bomba iban a tener que asegurarse de que lo harían en el aparato correcto.

La visita duró apenas unas horas, casi el tiempo justo para celebrar una conferencia en el cuartel general. Después de la comida Hitler y sus acompañantes se dispusieron a regresar al campo de aviación. Tresckow se dirigió a uno de los asistentes del Führer, el coronel Heinz Brandt, y aparentando una charla de cortesía logró que este le confirmase que iba a volar junto a Hitler. Tresckow le preguntó entonces si podría llevar un paquete a Rastenburg, el cuartel general del Führer en Prusia Oriental. Explicó que se trataba de unas botellas de licor para su amigo el coronel Stieff. Aunque sabía que se estaban saltando el reglamento, Brandt aceptó, como un favor personal.

Tresckow acompañó a la comitiva hasta el aeródromo y allí vio subir a Hitler a su Focke-Wulf. Justo antes de que lo hiciese Brandt, Schlabrendorff activó el detonador y le entregó el paquete. Los aviones despegaron y pusieron rumbo al oeste acompañados por una escolta de cazas. Tresckow y Schlabrendorff regresaron al cuartel general a esperar acontecimientos.

Unas horas después recibieron la noticia de que el Führer había aterrizado sin novedad en Rastenburg. Algo había fallado. Tratando de aparentar tranquilidad, Tresckow telefoneó a Brandt para preguntarle si había entregado las botellas al coronel Stieff. Respiró aliviado cuando Brandt respondió que aún no había tenido tiempo de hacerlo. Entonces le explicó que por error le habían dado un paquete equivocado, y que Schlabrendorff se pasaría a recogerlo aprovechando un viaje que tenía que hacer a Berlín. Schlabrendorff llegó a Rastenburg con dos botellas auténticas de Cointreau y se las dio a Brandt a cambio del primer paquete. Recuperó así la prueba que les incriminaba sin que el coronel Brandt llegase a sospechar nada. En el tren en el que se dirigía a Berlín, Schlabrendorff deshizo el paquete y examinó la bomba. El fusible que accionaba el detonador había fallado. Es posible que la causa fuese el frío del compartimento de equipajes del avión.

Hitler nunca se enteró de lo cerca que había estado de la muerte aquel día de marzo de 1943. Más de un año más tarde, el 20 de julio de 1944, uno de los oficiales que habían pertenecido al círculo de conspiradores de Tresckow, el coronel Claus von Stauffenberg, trató de asesinar a Hitler con una bomba en su cuartel general de Rastenburg. El Führer sobrevivió al atentado, condenando al fracaso el golpe de estado militar que se debía poner en marcha tras el anuncio de su muerte (la operación Walkiria). Al día siguiente Tresckow se suicidó con una granada de mano, simulando un ataque de partisanos soviéticos, cerca de Białystok, en la región fronteriza entre Bielorrusia y Polonia. Unas semanas más tarde las investigaciones de la operación Walkiria descubrieron sus conexiones con los conjurados. La muerte no le iba a librar del castigo. Por orden de Hitler sus restos fueron desenterrados del panteón familiar e incinerados en el campo de concentración de Sachsenhausen. En aplicación del Sippenhaftung, el principio legal por el que la responsabilidad penal de alguien acusado de crímenes contra el Estado se extendía a sus familiares, su viuda y sus hijos fueron detenidos y encarcelados, aunque sobrevivieron a la guerra. Fabian von Schlabrendorff fue también arrestado y torturado. Juzgado por el Volksgerichtshof ("Tribunal del Pueblo"), presidido por el sádico juez Roland Freisler, se enfrentaba a una casi segura pena de muerte. Pese a ello mantuvo una actitud altiva y desafiante. El 3 de febrero de 1945, durante la audiencia, Freisler le dijo que le iba a mandar "directo al infierno". Schlabrendorff respondió: "Con gusto le permitiré ir delante".

Y fue delante. El juicio fue interrumpido por un ataque aéreo y el tribunal de justicia fue alcanzado por una bomba antes de se completase su evacuación. Entre los escombros se encontró el cadáver de Freisler. Su sucesor, menos fanático, absolvió a Schlabrendorff por falta de pruebas. Pero no le pusieron en libertad. Schlabrendorff permaneció prisionero en un campo de concentración hasta el final de la guerra.

The Wall y la batalla de Anzio

Gracias al blog amigo La tinaja de Diógenes me he enterado de que el pasado domingo se cumplieron treinta y cinco años de la publicación en el Reino Unido del disco The Wall, del grupo de rock británico Pink Floyd.

The Wall (“El muro”) es un disco conceptual de rock progresivo, compuesto en su mayor parte por el bajista y líder intelectual de Pink Floyd (al menos lo era en aquellos años), Roger Waters. Tuvo un gran éxito, convirtiéndose en uno de los discos más vendidos de todos los tiempos, y actualmente está considerado como una de las obras cumbre de la historia del rock. En 1982 se estrenó Pink Floyd – The Wall, una película dirigida por Alan Parker y protagonizada por Bob Geldof, otro conocido rockero británico. El guión era del propio Roger Waters, y, aparte de algún pequeño añadido, consistía básicamente en poner imágenes (tanto reales como animaciones) a la música y a la historia que se contaba en el disco. A pesar de su lenguaje metafórico y de los continuos episodios oníricos, pienso que no es difícil seguir el argumento, incluso sin saber ingles. Relata la vida de un músico de rock llamado Pink, de su viaje a la locura y su liberación final.

¿Y qué relación puede haber entre la Segunda Guerra Mundial (tema habitual de este blog) y una historia de conflictos internos y dudas existenciales de una estrella del rock?

Pues bien, este es un fragmento de la película:



La muerte en la guerra del padre de Pink cuando él tenía apenas unos meses de vida fue el primer ladrillo de su muro personal, utilizando la metáfora que se repite a lo largo de toda la obra. El trauma de crecer sin figura paterna y el odio hacia la sociedad que fue surgiendo en él (causado por la insensibilidad con la que el alto mando decidió sacrificar la vida de su padre y por la hipocresía de los mensajes de condolencia que recibió su madre) marcaron su personalidad adulta y le empujaron a un camino de autodestrucción.

Pink es Roger Waters. No al cien por cien, pero al menos en parte la historia que relata en The Wall es una autobiografía. Y así es en este punto en concreto. Roger Waters tenía cinco meses cuando su padre, el alférez Eric Fletcher Waters, murió en combate en Anzio, Italia, el 18 de febrero de 1944.

La batalla de Anzio fue un intento aliado de flanquear la Línea Gustav, la red de fortificaciones alemanas que atravesaba la península italiana del Tirreno al Adriático e impedía el avance hacia Roma de las fuerzas desembarcadas en el sur del país. El 22 de enero de 1944 una división británica y otra estadounidense desembarcaron en Anzio, al norte de la línea defensiva alemana y a tan solo cincuenta kilómetros de Roma. Pero la resistencia enemiga fue mucho más fuerte de lo previsto, y decenas de miles de soldados aliados se quedaron atrapados durante meses en una pequeña franja de terreno con el mar a sus espaldas, incapaces de romper el cerco.

El alférez Waters era uno de los oficiales de la compañía Z del 8º Batallón de los Royal Fusiliers, integrado en la 56ª División de Infantería británica. En febrero de 1944 su división fue desplegada en la cabeza de playa de Anzio para relevar a las agotadas tropas de la 1ª División de Infantería. El 17 de febrero los alemanes lanzaron un fuerte contraataque al norte de las posiciones aliadas, obligando a los británicos a retroceder hasta cinco kilómetros en algunos puntos. Al día siguiente la ofensiva llegó a las posiciones que cubría la compañía Z. La unidad de Waters fue rodeada por tropas de élite de la 4ª División Fallschirmjäger (paracaidistas). El 19 de febrero los aliados repelieron el ataque y recuperaron el terreno perdido. Pero ya era demasiado tarde para la compañía Z, que había sido aniquilada casi por completo. Entre los muertos estaba el alférez Eric Waters, el padre de Roger.

Las secuencias con las que se recrea la batalla en la película son históricamente inexactas. En primer lugar hay que decir que la intención sí era representar la batalla de Anzio, y en concreto la fase de la lucha en la que murió el padre de Roger Waters. La prueba está en la placa que aparece fugazmente en la iglesia y en la que se lee: "En honor de los oficiales, suboficiales y hombres del 8º/9º Batallón de los Fusileros Reales que dieron sus vidas en la Segunda Guerra Mundial en Anzio" (minuto 4'25). Dicho esto, las escenas de soldados británicos desembarcando en vehículos anfibios en medio de un mortífero fuego de artillería (esto no se ve en el fragmento que he puesto, está en las secuencias inmediatamente anteriores), los combates en las playas, las trincheras, los globos cautivos... todo eso es ficción. Los aliados controlaban el puerto de Anzio, y era allí donde se efectuaban los desembarcos de tropas, directamente en los muelles desde los buques de transporte. No hubo asaltos anfibios en aquella fase de la batalla. De hecho, en realidad eran los alemanes los que en aquellos momentos estaban atacando las posiciones británicas. Además, el 8º Batallón de los Royal Fusiliers había sido desplegado varios kilómetros tierra adentro, lejos de la costa. Hay algunos detalles que chirrían un poco, como que en 1944 un Stuka se aventurase a atacar una cabeza de playa protegida con artillería antiaérea, pero podemos suponer que no era del todo imposible.

No me gustaría que se entendiese esto como una crítica, sino como una curiosidad que nos sirve para conocer un poco más cómo se desarrolló esta batalla en concreto. Siempre estaré a favor de la libertad de los artistas para representar a su gusto los hechos que quieren narrar, sin la obligación de ceñirse a la realidad histórica. Quien quiera conocer en profundidad un episodio histórico lo último que debería hacer es documentarse en una película musical, así que tampoco veo mucho sentido a las exigencias de rigurosidad.

Pero, sobre todo, esto me ha servido de excusa para poner un poco de buena música.

Hitler ensayando ante el espejo

Que Adolf Hitler era un extraordinario orador es algo que nadie puede negar. Su presencia escénica y la gran fuerza de su oratoria jugaron un papel importante en su ascenso al poder. Lo que no es tan conocido es lo poco que dejaba a la improvisación en sus actos públicos. Hacia 1927 el fotógrafo Heinrich Hoffmann captó estas imágenes de Hitler ensayando poses. La meticulosa revisión de aquellas fotografías le servían para adoptar o descartar los gestos que practicaba ante el espejo. Hasta el más mínimo ademán que utilizaba en sus discursos estaba preparado de antemano.



Hitler nunca tuvo intención de que estas fotografías se hiciesen públicas. Después de utilizarlas en los ensayos de sus discursos las destruía y pedía a Hoffmann que hiciese lo mismo con los negativos. Pero el fotógrafo no siguió sus instrucciones, y después de la guerra dio a conocer nueve de aquellas imágenes que había mantenido ocultas durante un cuarto de siglo.

Heinrich Hoffmann fue el fotógrafo personal de Hitler desde 1921 hasta la muerte del Führer en 1945. Era además uno de sus pocos amigos íntimos (fue él quien le presentó a Eva Braun, una muchacha que trabajaba como ayudante en su estudio). Ganó una fortuna con los derechos de sus fotografías, entre las que se incluían, por ejemplo, las efigies de Hitler utilizadas en los sellos de correos. En 1946 fue condenado a cuatro años de prisión por su trabajo como propagandista del régimen nazi. Murió en Munich en 1957, a los 72 años, dejando para la posteridad un legado de decenas de miles de fotografías y retratos de los dirigentes de la Alemania nacionalsocialista.

Más fotos, aquí:
http://rarehistoricalphotos.com/hitler-rehearsing-speech-front-mirror-1925/


Marianne Kürchner, ejecutada por contar un chiste

En la primera mitad de 1943 gran parte de la población alemana comenzó a ser consciente de que Hitler estaba conduciendo a su país al desastre. En Rusia, la derrota de Stalingrado había supuesto un punto de inflexión en la guerra. Los soviéticos habían pasado a la ofensiva, que ya no detendrían hasta llegar a Berlín. En el Mediterráneo los restos del Afrika Korps capitulaban en Túnez, con la débil Italia de Mussolini en el punto de mira de los aliados. Y dentro del propio Reich, los civiles veían cómo los bombardeos aéreos se repetían con una frecuencia cada vez mayor, sin que aparentemente la Luftwaffe pudiese hacer nada para impedirlos.

A pesar del esfuerzo propagandístico del régimen, no se podía ocultar que la guerra empezaba a ir muy mal para los alemanes. Fue entonces cuando Hitler trató de frenar el derrotismo endureciendo las leyes contra el que consideraba “enemigo interior”. Se intensificó la persecución contra los que se atrevían a expresar en voz alta sus críticas o a hacer comentarios burlones sobre los dirigentes nazis o sobre la marcha de la guerra. La ley contemplaba diversas penas, que en algunas ocasiones podían llegar a la pena de muerte, para quien públicamente contribuyese a “socavar la voluntad nacional” o incitase a los militares al incumplimiento del deber. Era una ley intencionadamente ambigua que en la práctica dejaba en manos de los jueces la decisión de castigar con mayor o menor severidad un chiste o un comentario derrotista. Muchos acusados se libraron con una advertencia, otros fueron condenados a pasar una temporada en un campo de “reeducación”. Solo en casos extremos se decretaban penas más graves, aunque a medida que la derrota se iba viendo cada vez más próxima, los castigos se fueron endureciendo progresivamente.

Rudolph Herzog relata un caso trágico en su libro Heil Hitler, el cerdo está muerto, dedicado al humor en el Tercer Reich. Marianne Elise Kürchner era una joven viuda de guerra de origen checo que trabajaba en una fábrica de municiones situada en el distrito berlinés de Mariendorf. Un día, durante el trabajo, cometió el error de contar un chiste a uno de sus compañeros:

Hitler y Göring están en lo alto de la torre de radiodifusión de Berlín. Hitler dice “Habría que darles una alegría a los berlineses”, a lo que Göring contesta: “¡Entonces, salta desde la torre!”

Aquella ingenua broma le costaría muy cara. Su compañero de trabajo, quizá por miedo a que alguien más la hubiese escuchado, o puede que por convicción ideológica o para ganar puntos ante los nazis, la denunció a las autoridades. Marianne fue detenida y acusada de derrotismo. El caso fue remitido al Volksgerichtshof, el temido “Tribunal del Pueblo” encargado de juzgar los delitos políticos, presidido por el sádico juez Roland Freisler, famoso por su crueldad y por el trato burlón y despectivo que daba a los acusados durante los procesos.

En el juicio Marianne admitió haber contado el chiste, pero alegó que en el momento en el que lo hizo estaba muy afectada por la reciente pérdida de su marido en el frente y no actuaba de forma racional. El tribunal no tuvo piedad. El 26 de junio de 1943 el Volksgerichtshof dictó sentencia: «La señora Marianne Kürchner, en su condición de viuda alemana de guerra, ha intentado socavar nuestra sólida moral de defensa y nuestro trabajo eficiente en aras de la victoria en una fábrica de armas haciendo uso de palabras malévolas contra el Führer y el pueblo alemán, expresando con ello el deseo de que perdamos la guerra. Por eso, y debido a que se ha comportado como una checa, aunque es alemana, se ha situado al margen de nuestra comunidad patriótica. Ha perdido el honor para siempre y por lo tanto es condenada a muerte». El hecho de ser viuda de guerra no le ayudó en nada. Por el contrario, fue considerado un agravante, ya que el tribunal estimó que con su comportamiento Marianne también había manchado la memoria de su esposo.

Pocos días más tarde Marianne Elise Kürchner fue guillotinada.

En el libro de Herzog se identifica a la acusada solo como Marianne Elise K.
Su nombre completo lo he encontrado aquí:
http://www.executedtoday.com/2012/06/26/1943-marianne-elise-kurchner-condemned-for-a-joke/