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De la Alemania nazi al espacio exterior

Todo empezó en 1923 con la publicación en Alemania del libro Cohetes hacia los espacios interplanetarios, escrito por un joven y desconocido físico nacido en 1889 en la ciudad transilvana de Hermannstadt (por aquel entonces perteneciente al Imperio Austrohúngaro, hoy conocida por su nombre rumano, Sibiu) llamado Hermann Julius Oberth. En él se afirmaba que el estado tanto de la ciencia como de la técnica permitían ya entonces la construcción de cohetes tripulados capaces de vencer la atracción del campo gravitatorio terrestre. Oberth consideraba que podía ser rentable la construcción de ese tipo de máquinas si se cumplían determinadas condiciones, y afirmaba que en unos decenios esas condiciones podían darse. En el libro explicaba matemáticamente esas afirmaciones y argumentaba cada uno de los puntos. La obra era en realidad la tesis doctoral de Oberth, que había sido rechazada por "utópica". La reacción de Oberth fue abandonar la universidad y publicarla por su cuenta.

El 5 de junio de 1927 unos entusiastas de los cohetes fundaron en Berlín el Verein für Raumschiffahrt ("Sociedad para la Navegación Espacial"), un club de aficionados cuya meta era llevar a la práctica las ideas formuladas por Oberth. Entre los socios fundadores estaban Willy Ley, Johannes Winkler y Maximilian Valier (que murió en mayo de 1930 en una explosión accidental). Más tarde ingresó un joven alumno de la Universidad Técnica de Berlín llamado Wernher von Braun. Entre 1929 y 1932 este grupo se dedicó a experimentar con cohetes en las proximidades de Berlín.

Miembros del Verein für Raumschiffahrt hacia 1930:


El hombre que está a la derecha del cohete es Hermann Oberth. Los dos de blanco son Rudolf Nebel y Klaus Riedel. El del sombrero Franz Ritter. El joven de la derecha es Wernher von Braun, por entonces un simple ayudante.

El Ejército alemán vio en los cohetes posibles armas futuras, incluso antes de que comenzase el rearme impulsado por los nazis. En la primavera de 1932 el por aquel entonces capitán Walter Dornberger se dirigió al Verein für Raumschiffahrt y les ofreció financiación militar para sus investigaciones. La mayoría de los socios votó por rechazar la oferta, pero no el joven Von Braun, que la aceptó y comenzó a trabajar por su cuenta con apoyo militar. En un principio las cantidades que recibía del Ejército eran modestas, pero en los años siguientes los militares fueron destinando al grupo cada vez más medios y fondos. Finalmente crearon para ellos unos laboratorios experimentales secretos en Peenemünde, en la isla de Usedom, en la costa báltica. Allí se trasladaron en abril de 1937 Von Braun y su equipo de técnicos, inicialmente unas decenas de personas, para continuar con el desarrollo de sus cohetes. A medida que iban consiguiendo éxitos la importancia del proyecto y el apoyo del régimen crecían. Durante la guerra las instalaciones de Peenemünde llegaron a albergar a más de 3.500 personas. También aumentaban las presiones para que el equipo de Von Braun dedicase menos tiempo a la investigación teórica y se centrase en el desarrollo de los misiles balísticos.

El 3 de octubre de 1942 el cohete A4 logró llevar a cabo por primera vez un vuelo que le permitió alcanzar una altura de 90 Km, sobrepasando el límite teórico de la atmósfera terrestre. Era la primera vez en la historia que un ingenio creado por el hombre salía al espacio. El A4, de 14 metros de longitud, se dirigía gracias a un accionamiento giroscópico, empleado a lo largo de tres ejes, y mediante el uso de alerones aerodinámicos. Tenía un alcance de 320 Km y un peso al despegue de 12.500 Kg, de los que aproximadamente 10.000 Kg correspondían a la carga útil. Los constructores del cohete lo crearon con el objetivo aún lejano de emplearlo como cohete portador, más que como arma de largo alcance. Los cohetes que se habían construido hasta entonces utilizaban combustible sólido, debido a que no tenían problemas de exceso de peso para su lanzamiento. En cambio el A4 usaba combustible líquido almacenado en dos depósitos separados, uno de etanol y otro de oxígeno líquido. Al disponer de un depósito de oxígeno para el proceso de combustión, el A-4 se convirtió en el primer aparato volador completamente independiente de la atmósfera, capaz por tanto de viajar por el espacio. Además, los cohetes de combustible líquido se pueden gobernar con más facilidad durante el vuelo: el paso de combustibles a la cámara de combustión se controla mediante válvulas, y puede incluso suspenderse temporalmente. Hay que decir que la idea de usar combustible líquido con sus depósitos de oxígeno independientes para los vuelos más allá de la atmósfera ya había sido formulada décadas antes por el gran precursor de la astronáutica, el ruso Konstantin Tsiolkovski.

Los ingenieros y físicos celebraron su triunfo no como un avance de tipo militar, sino como un paso de gran importancia en el camino hacia los viajes espaciales. Wernher von Braun escribió: “El único fallo de este lanzamiento ha sido que el cohete ha aterrizado sobre un planeta equivocado”. Una frase humorística, evidentemente exagerada, pero que muestra la motivación que les movía, al igual que el detalle de que la carcasa del A4 estuviese decorada con una media luna sobre la que se pintó a una joven sentada, un homenaje a Fraum in Mond ("La mujer en la luna"), una película de ciencia-ficción rodada en 1928 por el director de cine alemán Fritz Lang. Durante la guerra se prohibió la exhibición de la película en Alemania y la Gestapo incautó todas la copias que pudieron ser localizadas, además de los apuntes de escenografía y diseño. Su delito: el gran parecido del cohete y la rampa de lanzamiento que aparecían en ella con las futuras V2. No fue casualidad: Lang era muy cuidadoso con los detalles técnicos, y en ese tema sus asesores habían sido dos conocidos expertos, Hermann Oberth y uno de los cofundadores del Verein für Raumschiffahrt, Willy Ley.

El director de los trabajos de desarrollo del A4, Walter Dornberger, explicó tiempo después las metas que se habían propuesto alcanzar: “En respuesta a nuestra constante demanda de nuevos fondos para el desarrollo de cohetes experimentales, el mando militar nos respondió diciendo que solo habría fondos para el desarrollo de cohetes capaces de transportar grandes cargas útiles, con extrema precisión y a largas distancias. Me había propuesto como primera meta un cohete de grandes dimensiones capaz de lanzar una tonelada de explosivos a una distancia de 250 Km. Además de las exigencias militares, quise que la dispersión en latitud y en longitud se redujese a tan sólo a un 2 o 3 por mil de la distancia. Limité las dimensiones externas a fin de que el aparato fuese apto para su transporte por carretera sin necesidad de desmontarlo, y que no sobrepasase las dimensiones máximas permitidas para los vehículos de transporte. Nos introdujimos con nuestro cohete en el espacio, y empleamos por primera vez, y esto lo recogerán los anales de la técnica, el espacio como puente entre dos puntos de la tierra. Hemos demostrado que la propulsión mediante cohetes es aplicable a la astronáutica. Junto a la tierra, el agua y el aire, el espacio vacío infinito se convertirá en un futuro en el escenario de vuelos intercontinentales, adquiriendo por tanto importancia política”.

Pero aunque el propio director militar del programa, el general Dornberger, destacase por encima de su utilidad militar el valor que tenía como paso adelante en la conquista del espacio, esta no es solo una historia de inocentes románticos que soñaban con los viajes interplanetarios. También fue el desarrollo de un arma terrible para la que no había defensa posible. Después del éxito de la prueba, el mando militar ordenó comenzar la producción en serie del A4, que pasó a denominarse V2 (Vergeltungswaffe Zwei, "Arma de Represalia 2"), el primer gran misil balístico de la historia. Las V2 no podían ser interceptadas en vuelo, a diferencia de las V1 (la primera Vergeltungswaffe, un misil de crucero). Se disparaban desde lanzaderas móviles, y su vuelo era guiado mediante señales de radiofrecuencia emitidas desde tierra o por giroscopios instalados a bordo. Cuando agotaban su combustible seguían en trayectoria balística hacia su objetivo. En los últimos meses de la guerra fueron lanzados más de 4.300, la mayor parte de ellos contra las ciudades de Amberes y Londres, que causaron la muerte de un número estimado de 7.250 personas. Además las V2 se producían en la gran fábrica subterránea Mittelwerk, que utilizaba como mano de obra esclava a prisioneros provenientes del campo de concentración de Buchenwald, obligados a vivir y trabajar en condiciones inhumanas. La fabricación de los cohetes costó la vida a miles de ellos. De hecho, la V2 es probablemente la única arma de la historia que causó más muertes durante su fabricación que en su uso.

Lanzamiento de prueba de un A4 en Peenemünde, en el verano de 1943:


Mientras, el equipo de Von Braun continuaba trabajando en el diseño de sus cohetes. Para aumentar su alcance lo primero que hicieron fue añadirles alas adaptadas al vuelo supersónico, permitiendo una trayectoria aerodinámica con ondulaciones. Esta idea parte de 1940, antes incluso de la construcción de la primera V2, pero para aplicarla fueron necesarios muchos estudios y pruebas en túneles de viento, al no existir nada parecido hasta entonces. Al proyecto de V2 alado se le llamó A9, pero se mantuvo en suspenso entre octubre de 1942 y junio de 1944 para concentrarse en el desarrollo de las V2 operativas. Una vez terminó éste, se retomaron los estudios del A9, hasta que el 27 de diciembre de 1944 se pudo lanzar el primer misil de prueba en las instalaciones de Peenemünde. El sistema de guiado falló en esta primera prueba y en la siguiente, pero a la tercera, el 24 de enero de 1945, se consiguió el primer lanzamiento con éxito. No hubo más pruebas, y se consideró finalizado el desarrollo del A9, que más tarde pasaría a ser conocido como A4b.


El siguiente paso fue el diseño de los primeros misiles intercontinentales. Consistían simplemente en añadir una primera etapa (un cohete denominado A10) a los A4 o A4b. No pasó de los estudios teóricos.

El desarrollo del A10 comenzó a finales de 1944, a partir de la orden dada por el gobierno alemán de centrarse en encontrar la forma de bombardear territorio norteamericano, el conocido como Proyecto Amerika Bomber. En un principio se pensó en modificar submarinos de la clase XXI para que pudiesen transportar y lanzar misiles V2. El denominado Proyecto Lafferenz consistía en un contenedor que sería remolcado por un submarino tipo XXI a un mínimo de 220 Km de la costa americana. Una vez allí el contenedor se colocaría flotando en posición vertical para disparar el A4 que transportaba en su interior. Pero la guerra submarina en el Atlántico también estaba perdida. Conscientes de la dificultad de que los submarinos pudiesen alcanzar las proximidades de la costa este de Norteamérica, los investigadores lo descartaron para centrarse en el A10, que habría dado lugar al primer misil balístico intercontinental de la historia.

Usando el A10 como primera etapa, la segunda etapa sería una V2 normal, un A4b, o incluso un avión-cohete de bombardeo: a este proyecto se le llamó A9 (igual que el de mejora del A4, porque en un principio eran el mismo proyecto), por lo que el conjunto de A10 más el avión-cohete era conocido como A9/A10. Se pensó en el avión-cohete tripulado porque no había ningún sistema de guiado útil en distancias tan grandes. En principio no era un arma suicida, aunque el piloto tenía pocas posibilidades de sobrevivir (y en caso de poder lanzarse en paracaídas, evidentemente iba a ser hecho prisionero).

Representación artística de un avión-cohete A9 desprendiéndose de la primera etapa:


A los técnicos de Peenemünde se les prohibió continuar con el desarrollo de estos proyectos de ciencia-ficción y se les ordenó centrarse en la producción de las V2. Von Braun incumplió la orden y continuó con sus estudios dentro del programa de desarrollo del A4b, pero no se puede decir que el proyecto estuviera cerca de conseguir resultados. Tanto el A9 como el A10 estaban aún en fase de estudios teóricos cuando terminó la guerra.

Mientras tanto, otro miembro del Verein für Raumschiffahrt y seguidor del trabajo de Hermann Oberth, el austriaco Eugen Sänger, había conseguido también el apoyo del régimen nazi para su propio programa de investigación, centrado en el desarrollo de un avión-cohete suborbital.

Entre junio de 1935 y febrero de 1936 la revista austriaca Flug publicó una serie de artículos sobre aeronaves propulsadas por cohetes. Estaban firmados por el doctor Eugen Sänger, un joven ingeniero aeronáutico austriaco. Sänger había estado trabajando desde 1930 en el desarrollo de un motor cohete de refrigeración regenerativa (era la circulación del propio combustible en la cámara de combustión la que enfriaba el motor) con el que aseguraba poder alcanzar la impresionante velocidad de escape de 3.000 metros por segundo. Los artículos llamaron la atención del Reichsluftfahrtministerium (RLM, "Ministerio de Aviación de Reich"), que ofreció al doctor Sänger la dirección de un centro secreto de investigación aeronáutica en Alemania. Las instalaciones, situadas en Trauen, en la Baja Sajonia (en la actualidad sigue siendo un centro de la industria aeroespacial alemana), incluían un banco de pruebas para un motor cohete de 100 toneladas de empuje y el único túnel de viento del mundo capaz de simular las condiciones de vuelo hipersónico.

Sänger se trasladó a Alemania (el Anschluss aún no se había producido) para hacerse cargo del nuevo centro de investigación, nacido pese a la oposición de Wernher von Braun, que vio cómo aparecía un rival que amenazaba su liderazgo en la materia. Y en buena parte tenía razón. En un rasgo típico de la Alemania nazi, en lugar de buscar la colaboración de los grupos de trabajo que desarrollaban proyectos similares, se imponía la competencia entre distintos organismos y la duplicidad de esfuerzos.

En 1938 Sänger y sus colaboradores completaron los aspectos básicos de diseño de su aeronave, bautizada como Sirbelvogel (“Pájaro de Plata”). Se trataba de un auténtico híbrido entre avión y nave espacial, un vehículo hipersónico estratosférico, propulsado por cohetes de gasolina y oxígeno líquido. Tenía un diseño futurista, con líneas estilizadas y aerodinámicas, perfil de cuña, alas cortas y fuselaje achatado. Montaba en la cola un motor cohete de 100 toneladas de empuje, flanqueado por dos propulsores auxiliares. El combustible se almacenaba en dos grandes tanques situados detrás de cada una de las alas. El proyecto incluía una cabina presurizada, tren de aterrizaje retráctil, pañol de bombas interno y escudo térmico eyectable que daba protección a las ventanas de la cabina. Para el despegue utilizaría un trineo propulsado por cohetes montado en un monorraíl inclinado de tres kilómetros de longitud. Los cohetes de despegue darían al avión un empuje de 600 toneladas durante 11 segundos, permitiéndole alcanzar una altitud de 1,5 kilómetros y una velocidad de 1.850 Km/h. En ese momento se accionaría el motor principal durante 8 minutos, quemando 90 toneladas de combustible y llevando al avión hasta una altitud de más de 145 kilómetros y una velocidad de 5.000 Km/h. Al apagarse el motor, el Silbervogel aún no habría alcanzado la velocidad orbital. Así que en lugar de entrar en órbita iniciaría una trayectoria balística, pero llegaría un momento en su descenso en el que la densidad del aire le haría rebotar y elevarse nuevamente. Se desplazaría entonces por los límites superiores de la estratosfera realizando una serie de “saltos”, como cuando se tira una piedra a un estanque. Cada “salto” sería más corto que el anterior, a causa de la fricción del aire, hasta que finalmente reentraría en la atmósfera e iniciaría el descenso planeando.

Maqueta del Silbervogel construida para pruebas en el túnel de viento:


El Silbervogel fue concebido como bombardero de muy largo alcance, dentro del Proyecto Amerika Bomber, así que se diseñó para poder transportar una carga de varias toneladas de bombas. La distancia total que podía recorrer estaba entre los 19.000 y 24.000 kilómetros, dependiendo del peso de la carga. Se calculaba que con seis toneladas de bombas, podría alcanzar Nueva York una hora y cuarenta y cinco minutos después de haber despegado de Alemania. Tras bombardear su objetivo, se suponía que continuaría planeando hasta aterrizar en alguna base japonesa del Pacífico.

Representación artística de un Silbervogel:


En diciembre de 1941 Sänger envió al RLM un informe con la propuesta de construir un bombardero suborbital. Por entonces, tras el fracaso de la Operación Barbarroja y ante la perspectiva de una guerra larga, el gobierno de Hitler había decidido priorizar los proyectos de investigación y desarrollo con tecnología comprobada y que pudiesen dar resultados a corto plazo. Uno de los programas afectados fue el del Silbervogel. El Ministerio del Aire decidió archivarlo al ver su enorme complejidad y la gran cantidad de recursos que habría requerido. El doctor Sänger abandonó los trabajos sobre su avión espacial y hasta el final de la guerra se centró en el diseño de pulso-jets para el Deutsche Forschungsanstalt für Segelflug (o DFS, "Instituto Alemán de Investigación en Planeadores").

El doctor Sänger en Trauen, junto a la matemática Irene Bredt, su futura esposa:


Aunque el RLM había prohibido a Sänger la publicación de los resultados de sus investigaciones, algunas copias de un informe que escribió en 1944 con la colaboración de la matemática Irene Bredt (con la que se casaría poco después) se filtraron al finalizar la guerra. El informe Sänger-Bredt fue publicado por la US Navy y despertó el interés de varias potencias. El doctor Sänger rechazó las propuestas estadounidenses y británicas y en 1946 aceptó trabajar para el Ministerio del Aire francés. Pero donde mayor impacto tuvo su obra fue en la URSS. Intrigados por los informes que habían recibido sobre el Sirbelvogel, los soviéticos enviaron a Francia una delegación encabezada por Vasily Dzhugashvili, hijo de Stalin y en aquella época teniente general de la VVS (Fuerza Aérea Soviética), para tratar de convencerle de que continuase sus estudios en la URSS. Se dice que en 1947, después de rechazar la oferta soviética, Sangër fue víctima de un intento de secuestro por parte de agentes del NKVD. No parece una historia muy creíble, aunque es cierto que los soviéticos iniciaron a finales de 1946 un proyecto de investigación sobre el bombardero suborbital. Abandonaron los trabajos pocos años después, en 1950, al encontrarse con dificultades técnicas insuperables.

Lo cierto es que el Sirbelvogel no tenía ningún futuro. Estaba muy adelantado a las posibilidades tecnológicas de su época, como demostró el fracaso del Proyecto Keldish, el intento soviético de desarrollar un bombardero basado en el trabajo de Sänger. Pero incluso en el hipotético caso de que los alemanes hubiesen logrado solucionar todas las dificultades técnicas y hubiesen conseguido completar la construcción de una flota de bombarderos suborbitales, su impacto militar habría sido despreciable. Con una carga de cuatro a seis toneladas de bombas por avión (en comparación, un B-29 Superfortress podía cargar hasta nueve toneladas), habrían sido necesarios centenares de ellos para conseguir efectos significativos, y más teniendo en cuenta que con las enormes velocidades que alcanzaban en su vuelo la precisión del bombardeo habría sido prácticamente nula. En resumen, era un proyecto antieconómico, que de haber seguido adelante habría supuesto el desperdicio de una enorme cantidad de recursos para conseguir en el mejor de los casos unos resultados insignificantes. Exactamente lo mismo se puede decir del A9 concebido por el equipo de Von Braun, que al igual que el Sirbelvogel se incluye en muchas ocasiones en la lista de las míticas Wunderwaffen ("armas maravillosas") que iban a cambiar el curso de la guerra. La construcción y el lanzamiento de cada misil intercontinental iba a suponer para Alemania un coste mucho mayor que el daño que ese misil pudiese causar en América. La única forma de que el uso de un arma como esa fuese provechoso habría sido elegir objetivos de gran importancia estratégica y poder alcanzarlos con una precisión absoluta, y eso estaba fuera de las posibilidades de la tecnología de la época, incluso con los previstos misiles pilotados.

Quedaba el efecto psicológico que aquellas armas pudiesen provocar en el pueblo estadounidense. En eso es curioso ver cómo Hitler, que había esperado tanto de los efectos del bombardeo sobre Inglaterra con las V1 en junio de 1944, siguió confiando en sus "armas de represalia" aún después de constatar el fracaso de éstas. Los recursos que se destinaron a buscar la forma de golpear en América habrían sido más útiles si se hubiesen dedicado a desarrollar misiles antiaéreos, por ejemplo.

En mayo de 1945, en los últimos días de la guerra, Von Braun y la mayor parte de su equipo abandonaron Peenemünde huyendo del avance de las tropas soviéticas y se dirigieron al sur para entregarse a los norteamericanos. En Estados Unidos los "pecadillos" del SS-Sturmbannführer Wernher von Braun fueron perdonados, y él y muchos de sus colaboradores comenzaron a desarrollar cohetes para sus antiguos enemigos. Von Braun empezó trabajando para la fuerza aérea estadounidense, y más tarde para la NASA. Eran los inicios de la guerra fría y de la carrera espacial con la Unión Soviética, y Von Braun y su equipo pudieron tener a su disposición recursos casi ilimitados. En la década de los 60, cuando dirigía el desarrollo de los gigantescos cohetes Saturno dentro del Programa Apolo, Von Braun era toda una celebridad, la auténtica imagen pública de la agencia espacial estadounidense.

Fotografía de 1956 en la que aparecen los directores del programa de desarrollo de misiles para el ejército estadounidense (conocido como ABMA, Army Ballistic Missile Agency):


El que está en primer término es Hermann Oberth, el pionero. Sentado en la mesa, detrás de él a su izquierda Wernher von Braun, antiguo discípulo suyo y en aquella época su jefe (era el director del programa). Los otros dos civiles son el doctor Ernst Stuhlinger, sentado a la derecha de Oberth, y el doctor Robert Lusser, de pie detrás de Von Braun, ambos alemanes y colaboradores de Von Braun desde Peenemünde. El militar es el general estadounidense Holger Toftoy.

El 20 de julio de 1969 un cohete Saturno V llevaba hasta la Luna una nave tripulada. Por primera vez el hombre caminaba sobre un astro fuera de la Tierra. Finalmente el sueño que aquellos locos de los cohetes habían tenido cuarenta años antes se había cumplido.

Estocadas al nazismo


Esta fotografía recoge uno de los momentos históricos de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Muestra la ceremonia de entrega de medallas de la competición de esgrima femenina. Aparte de ser las mejores esgrimistas de su generación y de ser todas ellas campeonas olímpicas (las ganadoras de la plata y el bronce había sido respectivamente medallas de oro en los Juegos de Amsterdam 1928 y Los Ángeles 1932), las mujeres que ocupaban el podio tenían algo más en común: las tres eran judías (en realidad en los tres casos solo el padre era judío, o medio judío, y ninguna de ellas practicaba la religión hebrea, aunque pequeños detalles como aquellos no tenían demasiada importancia para los nazis).

En los meses anteriores a la celebración de los Juegos de Berlín, las amenazas de boicot en Estados Unidos y otros países como protesta por el trato discriminatorio que sufrían los judíos en Alemania pusieron en grave riesgo el éxito del gran escaparate propagandístico que los nazis estaban poniendo a punto. Para acallar a los críticos, el Comité Olímpico Alemán, a sugerencia de un miembro estadounidense del COI, invitó a una veintena de deportistas judíos a competir en las pruebas de selección. Los atletas recuperaron su ciudadanía y sus derechos, incluyendo a los exiliados, que pudieron regresar a su país y reintegrarse a los clubes deportivos de los que habían sido expulsados en cumplimiento de las leyes de Nuremberg. Pero las autoridades alemanas no tenían ninguna intención de dejarles representar al Reich en los Juegos de Hitler. En cuanto amainaron las protestas, todos ellos fueron apartados de las selecciones olímpicas. Solo hubo una excepción: la esgrimista Helene Mayer, la única judía entre los 470 deportistas que integraban el equipo olímpico alemán.

Helene Mayer había sido campeona olímpica de florete (en aquella época la única prueba femenina de esgrima) en los Juegos de Amsterdam, con solo 17 años. Residía en California desde 1932 y era muy popular en Estados Unidos. Su exclusión habría reavivado los movimientos a favor del boicot. Además, Mayer mostraba un patriotismo a toda prueba. Nunca se planteó sumarse voluntariamente al boicot ni dudó en participar en la mayor competición deportiva de la historia de su país. Y, por si eso fuera poco, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria.

En Berlín, Mayer iba a tener como rival a otra judía alemana, Ellen Müller-Preis (o Ellen Preis a secas, su nombre de soltera), una joven berlinesa de 24 años que competía por Austria, el país de su padre. Cuatro años antes, cuando la Federación Alemana de Esgrima no la incluyó entre los deportistas que iban a acudir a los Juegos de Los Ángeles (la elegida fue la propia Mayer, que defendía el oro olímpico ganado en 1928), decidió solicitar la nacionalidad austriaca. Y no le fue mal. En Los Ángeles logró para Austria la medalla de oro de florete, mientras que Mayer tuvo que conformarse con la quinta posición. Por tanto, Preis, la berlinesa residente en Viena, se presentaba a los Juegos de su ciudad natal como defensora del título de campeona olímpica.

La tercera en discordia iba a ser la húngara Ilona Elek (de soltera Ilona Schacherer), nacida en Budapest en 1907, hija de padre judío y madre católica. Con 29 años era la mayor de las tres, pero también era con mucha diferencia la que tenía menos experiencia en competición. Los de Berlín eran sus primeros Juegos Olímpicos. Sin embargo, fue ella la que finalmente resultó vencedora. En la lucha por el oro derrotó a Mayer, que se tuvo que conformar con la medalla de plata. La de bronce fue para Preis. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la ganadora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, la alemana Mayer sorprendió al mundo haciendo el saludo nazi.

Después de los Juegos, Mayer volvió a Estados Unidos. A pesar de la medalla que había ganado para su país, el gobierno alemán le retiró de nuevo la ciudadanía e ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez solo un año más tarde). En 1952, enferma de cáncer de mama, regresó a Alemania para pasar en su tierra natal sus últimos meses de vida. Murió en Múnich en octubre de 1953, con solo 42 años.

Preis también se vio obligada a exiliarse durante el Anschluss. Tras la derrota del Tercer Reich decidió regresar a Viena. Elek permaneció en Budapest, soportando las cada vez más duras leyes antisemitas y ocultándose en los meses finales del conflicto, cuando los alemanes derribaron el régimen de Horthy y ocuparon el país. Ambas volvieron a competir tras el paréntesis obligado por la guerra. En Londres 1948, doce años después de los Juegos de Berlín, Elek y Preis se enfrentaron de nuevo en un torneo olímpico. Repitieron medallas, con la húngara ganando el oro y la austriaca el bronce. Elek se retiró con una plata en Helsinki 1952, ya con 45 años. Preis con un séptimo puesto en Melbourne 1956, con 44.

La de Ilona Elek no fue la única victoria de un deportista judío en los Juegos Olímpicos de Berlín. También subieron a lo más alto del podio un par de integrantes de la selección húngara de waterpolo (que, por cierto, derrotó a Alemania en la final), y otro de la estadounidense de baloncesto. Y, en deportes individuales, el luchador húngaro Károly Kárpáti y el haltera austriaco Robert Fein. Pero por encima de todos ellos destacó otro esgrimista húngaro llamado Endre Kabos, que fue campeón olímpico por partida doble.

Kabos, de 29 años y nacido en Nagyvárad, la actual Oradea rumana, sí era un auténtico judío practicante. En los Juegos de Los Ángeles había ganado la medalla de bronce en sable individual y el oro por equipos, así que llegaba a Berlín como uno de los grandes favoritos. Y no defraudó, venciendo en la final individual de sable al italiano Gustavo Marzi y volviendo superar a los italianos junto a su selección en la prueba por equipos.

Durante la guerra Kabos fue internado en un campo de trabajos forzados para judíos. Mientras estuvo en cautiverio se dedicó a dar clases de esgrima a oficiales del Ejército húngaro. Su fama le permitió recibir un trato relativamente priviegiado. Su principal función era conducir una de las carretas que se utilizaban para transportar provisiones desde la capital. Murió el 4 de noviembre de 1944 en la explosión del puente Margarita. El puente, uno de los principales de Budapest, había sido minado por zapadores de la Wehrmacht con la intención de volarlo en cuanto el Ejército Rojo avanzase sobre la ciudad. A las 2 de la tarde del 4 de noviembre, cuando cientos de ciudadanos circulaban despreocupadamente sobre él, las cargas hicieron explosión por causas desconocidas. Murieron unos 600 civiles y 40 soldados alemanes.

Los hombres-bomba que trataron de matar a Hitler

El atentado fracasado de Tresckow y Schlabrendorff supuso solo el primero de una serie de intentos de asesinar a Hitler por parte de un numeroso grupo de conspiradores militares que finalizaría con el golpe de estado frustrado del 20 de julio de 1944.

Inmediatamente después de aquella primera intentona, el barón Rudolf von Gersdorff, un primo de Schlabrendorff, se ofreció para acabar con el Führer en un atentado suicida. Solo ocho días más tarde, el 21 de marzo de 1943, estaba prevista la inauguración de una exposición de armamento soviético capturado en el Zeughaus (el antiguo Arsenal de Berlín, convertido en un museo militar). Además de Hitler, asistirían Keitel, Dönitz y Göring y Himmler (es decir, los comandantes supremos de la Wehrmacht, la Kriegsmarine, la Luftwaffe y las SS). La intención de Gersdorff era acudir a la ceremonia con los bolsillos de su guerrera llenos de explosivos, esperar la llegada de Hitler y abrazarse a él, activando las cargas antes de que tuviese tiempo de reaccionar. Pero cuando llegó el momento el Führer pasó a su lado a gran velocidad y rodeado de todo su séquito y no le dio oportunidad de ejecutar su plan. Gersdorff se escondió en los baños del museo, desactivó las bombas y abandonó el lugar sin llamar la atención. Poco después fue destinado al frente oriental. No rompió sus conexiones con el grupo de conspiradores reunido en torno a Tresckow. Fue él quien consiguió los explosivos de fabricación británica que utilizaría Claus von Stauffenberg en el atentado del 20 de julio de 1944. A pesar de su gran implicación en la conjura, ninguno de los arrestados tras el intento de golpe de estado reveló su nombre. Gersdorff fue uno de los pocos que se salvaron incluso de ser detenidos.

En septiembre de 1943 Claus von Stauffenberg asumió la dirección del grupo de conspiradores. Dos meses más tarde, un joven capitán de 24 años, el barón Axel von dem Bussche, se ofreció para realizar un atentado suicida en el cuartel general del Führer en Rastenburg. Bussche se había unido el año anterior a los círculos de resistencia antinazi que se estaban formando en el Grupo de Ejércitos Centro, después de haber sido testigo involuntario del asesinato de miles de civiles en el aeropuerto de Dubno, en Ucrania. A mediados de noviembre estaba prevista la llegada a Rastenburg de los primeros uniformes de invierno para las tropas del frente oriental. Bussche sería uno de los oficiales encargados de mostrar los uniformes a Hitler. Su plan era esconder una granada en sus pantalones y detonarla cuando el Führer se acercase a él. Pero el 16 de noviembre, un día antes del previsto para el atentado, el tren que transportaba los nuevos uniformes fue destruido en un ataque aéreo aliado. La inspección de Hitler se aplazó indefinidamente, y Bussche tuvo que reincorporarse a su unidad en el frente unos días más tarde. Su intención era repetir el intento en febrero de 1944, pero en enero fue herido de gravedad. Fue trasladado al gran complejo de hospitales de las Waffen-SS en Lychen, donde le amputaron una pierna. Los meses que estuvo ingresado le hicieron perder el contacto con el grupo de resistencia, lo que le permitió pasar desapercibido y no ser descubierto tras el fracaso de la operación Walkiria.

Ewald-Heinrich von Kleist-Schmenzin, otro joven oficial de solo 21 años, también descendiente de una aristocrática y adinerada familia prusiana, se presentó voluntario para sustituir a Bussche. Lo hizo con la bendición de su padre, Ewald von Kleist-Schmenzin, un histórico opositor al nazismo. Como en la ocasión anterior, pretendían aprovechar una inspección de uniformes prevista para el 11 de febrero de 1944. Kleist escondería una bomba en su maletín y la haría estallar cuando el Führer se acercase a él. Pero una vez más la inspección fue cancelada en el último momento. Después del atentado del 20 de julio padre e hijo fueron arrestados. Ewald-Heinrich fue enviado al campo de concentración de Ravensbrück. Cuando quedaban pocos días para el final de la guerra le excarcelaron para enviarle a combatir al frente. Fue el último superviviente de todos los que participaron en la operación Walkiria (murió el año pasado). Su padre fue condenado a muerte por el Volksgerichtshof y ahorcado en la prisión de Plötzensee el 9 de abril de 1945.

Un último intento tuvo lugar el 7 de julio de 1944. Su protagonista fue el general del OKH Helmuth Stieff, que se ofreció para matar a Hitler durante una conferencia que se celebró en el castillo de Schloss Klessheim. Pero en el momento de la verdad no encontró la ocasión de detonar la bomba que escondía (o quizá le faltó el valor). Su fracaso empujó a Stauffenberg a intentarlo él mismo. En un principio estaba dispuesto también a inmolarse en una acción suicida, pero sus compañeros de conspiración le convencieron de que su presencia iba a ser necesaria en Berlín tras la muerte del Führer. La historia del atentado del 20 de julio de 1944 ya es sobradamente conocida (o eso creo).

Todas estas tentativas fueron casi idénticas entre sí, no solo por el método elegido, sino también por las características de los hombres que se ofrecieron a llevarlas a cabo. Casi todos ellos eran jóvenes militares de carrera pertenecientes a familias de la nobleza prusiana. Formaban parte de la élite social del Reich alemán. Algunos, como Kleist-Schmenzin, tenían una larga trayectoria de oposición política al nazismo (desde una ideología conservadora), pero otros se unieron a la resistencia solo cuando la brutalidad de la guerra en el este superó todos los límites morales y cuando las primeras grandes derrotas hicieron evidente que Alemania iba a perder la guerra. Las grandes familias de las clases altas prusianas (los junkers) podían sentir desprecio por los nazis, su populismo y su lenguaje revolucionario, pero, salvo honrosas excepciones, en un primer momento apoyaron con entusiasmo sus planes de conquista. Después de todo compartían con ellos el militarismo, el imperialismo y el anticomunismo.

Pese a todo, aquel grupo de hombres consiguió el objetivo que se había propuesto Henning von Tresckow: dejar para la historia el ejemplo de los militares alemanes que se negaron a seguir siendo cómplices de la locura nacionalsocialista y se mostraron dispuestos a sacrificar sus vidas para detenerla.

Operación Relámpago, una cuestión de honor

Henning von Tresckow era un brillante oficial de Estado Mayor, veterano y héroe de la Gran Guerra, descendiente de una tradicional familia de militares prusianos (hijo de un general de caballería y sobrino del mariscal de campo Fedor Von Bock). Era también un destacado miembro de los círculos militares de resistencia clandestina al régimen nazi. Destinado como jefe de operaciones en el Estado Mayor del Grupo de Ejércitos Centro, en el frente ruso, había sido testigo de las atrocidades que se cometían contra civiles y prisioneros por orden directa del Führer, y de las que la Wehrmacht, muy a su pesar, se había convertido en cómplice. Aunque su oposición al nazismo era anterior a la guerra, fueron aquellos crímenes los que le empujaron a tomar la decisión de hacer lo que estuviese en su mano para limpiar el honor del Ejército alemán. Y para él solo había una forma de conseguirlo. Con el tiempo Tresckow logró reunir en torno suyo a un grupo de oficiales de confianza, entre los que destacaba su primo y ayudante de campo, el joven teniente Fabian von Schlabrendorff, y con su ayuda comenzó a planificar el asesinato de Hitler.

Los conspiradores pretendían atentar contra el Führer aprovechando una de sus visitas al cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro. En un primer momento pensaron en hacerlo “a la brava”: reunirían un grupo suficiente de hombres y esperarían a que Hitler aterrizase en el aeródromo para enfrentarse a tiros a su guardia personal y matarle allí mismo. Pero las dudas sobre la actitud que tomarían sus superiores ante aquella acción les llevaron a descartar el ataque directo y optar por un método menos arriesgado. Se decidieron por un atentado con explosivos. Colocarían una bomba en el avión de Hitler, preparada para estallar durante el vuelo de regreso.

El avión personal del Führer era un Focke-Wulf Condor especialmente modificado para aumentar la seguridad del pasajero principal. La cabina de Hitler estaba acorazada y su asiento tenía incorporado un paracaídas. Pero aquellas medidas no le habrían servido de mucho en caso de una explosión inesperada en pleno vuelo. Sus posibilidades de sobrevivir habrían sido casi nulas.

Tresckow y Schlabrendorff probaron varios tipos de minas y explosivos buscando los que mejor se adaptasen a su plan. Eligieron finalmente unos explosivos plásticos británicos con sus correspondientes detonadores, procedentes del material capturado que el SOE enviaba a los grupos de resistencia en los territorios ocupados. Eran potentes y al mismo tiempo moldeables y de poco volumen, de forma que la cantidad de explosivo que se podía meter en un paquete que no llamase la atención sería suficiente para hacer pedazos el Condor.

Al fin llegó el día que esperaban. El 13 de marzo de 1943 se anunció una visita de Hitler al cuartel general del Grupo de Ejércitos Centro, en Smolensko. Unas horas antes de su llegada, Tresckow y Schlabrendorff llenaron cuatro minas lapa con los explosivos británicos y les añadieron un detonador tipo lápiz con temporizador de media hora. A continuación metieron todo en un paquete que simulaba contener dos botellas de licor. Tresckow fue uno de los oficiales que acudieron aquella mañana a recibir al Führer al aeródromo. Allí se encontró con una desagradable sorpresa: en la pista aterrizaron dos Focke-Wulf idénticos. El Führer iba acompañado de un séquito tan numeroso (oficiales de Estado Mayor, guardaespaldas, asistentes, sus propios cocineros...) que necesitaban más de un avión para trasladarse. Antes de introducir la bomba iban a tener que asegurarse de que lo harían en el aparato correcto.

La visita duró apenas unas horas, casi el tiempo justo para celebrar una conferencia en el cuartel general. Después de la comida Hitler y sus acompañantes se dispusieron a regresar al campo de aviación. Tresckow se dirigió a uno de los asistentes del Führer, el coronel Heinz Brandt, y aparentando una charla de cortesía logró que este le confirmase que iba a volar junto a Hitler. Tresckow le preguntó entonces si podría llevar un paquete a Rastenburg, el cuartel general del Führer en Prusia Oriental. Explicó que se trataba de unas botellas de licor para su amigo el coronel Stieff. Aunque sabía que se estaban saltando el reglamento, Brandt aceptó, como un favor personal.

Tresckow acompañó a la comitiva hasta el aeródromo y allí vio subir a Hitler a su Focke-Wulf. Justo antes de que lo hiciese Brandt, Schlabrendorff activó el detonador y le entregó el paquete. Los aviones despegaron y pusieron rumbo al oeste acompañados por una escolta de cazas. Tresckow y Schlabrendorff regresaron al cuartel general a esperar acontecimientos.

Unas horas después recibieron la noticia de que el Führer había aterrizado sin novedad en Rastenburg. Algo había fallado. Tratando de aparentar tranquilidad, Tresckow telefoneó a Brandt para preguntarle si había entregado las botellas al coronel Stieff. Respiró aliviado cuando Brandt respondió que aún no había tenido tiempo de hacerlo. Entonces le explicó que por error le habían dado un paquete equivocado, y que Schlabrendorff se pasaría a recogerlo aprovechando un viaje que tenía que hacer a Berlín. Schlabrendorff llegó a Rastenburg con dos botellas auténticas de Cointreau y se las dio a Brandt a cambio del primer paquete. Recuperó así la prueba que les incriminaba sin que el coronel Brandt llegase a sospechar nada. En el tren en el que se dirigía a Berlín, Schlabrendorff deshizo el paquete y examinó la bomba. El fusible que accionaba el detonador había fallado. Es posible que la causa fuese el frío del compartimento de equipajes del avión.

Hitler nunca se enteró de lo cerca que había estado de la muerte aquel día de marzo de 1943. Más de un año más tarde, el 20 de julio de 1944, uno de los oficiales que habían pertenecido al círculo de conspiradores de Tresckow, el coronel Claus von Stauffenberg, trató de asesinar a Hitler con una bomba en su cuartel general de Rastenburg. El Führer sobrevivió al atentado, condenando al fracaso el golpe de estado militar que se debía poner en marcha tras el anuncio de su muerte (la operación Walkiria). Al día siguiente Tresckow se suicidó con una granada de mano, simulando un ataque de partisanos soviéticos, cerca de Białystok, en la región fronteriza entre Bielorrusia y Polonia. Unas semanas más tarde las investigaciones de la operación Walkiria descubrieron sus conexiones con los conjurados. La muerte no le iba a librar del castigo. Por orden de Hitler sus restos fueron desenterrados del panteón familiar e incinerados en el campo de concentración de Sachsenhausen. En aplicación del Sippenhaftung, el principio legal por el que la responsabilidad penal de alguien acusado de crímenes contra el Estado se extendía a sus familiares, su viuda y sus hijos fueron detenidos y encarcelados, aunque sobrevivieron a la guerra. Fabian von Schlabrendorff fue también arrestado y torturado. Juzgado por el Volksgerichtshof ("Tribunal del Pueblo"), presidido por el sádico juez Roland Freisler, se enfrentaba a una casi segura pena de muerte. Pese a ello mantuvo una actitud altiva y desafiante. El 3 de febrero de 1945, durante la audiencia, Freisler le dijo que le iba a mandar "directo al infierno". Schlabrendorff respondió: "Con gusto le permitiré ir delante".

Y fue delante. El juicio fue interrumpido por un ataque aéreo y el tribunal de justicia fue alcanzado por una bomba antes de se completase su evacuación. Entre los escombros se encontró el cadáver de Freisler. Su sucesor, menos fanático, absolvió a Schlabrendorff por falta de pruebas. Pero no le pusieron en libertad. Schlabrendorff permaneció prisionero en un campo de concentración hasta el final de la guerra.

Hitler ensayando ante el espejo

Que Adolf Hitler era un extraordinario orador es algo que nadie puede negar. Su presencia escénica y la gran fuerza de su oratoria jugaron un papel importante en su ascenso al poder. Lo que no es tan conocido es lo poco que dejaba a la improvisación en sus actos públicos. Hacia 1927 el fotógrafo Heinrich Hoffmann captó estas imágenes de Hitler ensayando poses. La meticulosa revisión de aquellas fotografías le servían para adoptar o descartar los gestos que practicaba ante el espejo. Hasta el más mínimo ademán que utilizaba en sus discursos estaba preparado de antemano.



Hitler nunca tuvo intención de que estas fotografías se hiciesen públicas. Después de utilizarlas en los ensayos de sus discursos las destruía y pedía a Hoffmann que hiciese lo mismo con los negativos. Pero el fotógrafo no siguió sus instrucciones, y después de la guerra dio a conocer nueve de aquellas imágenes que había mantenido ocultas durante un cuarto de siglo.

Heinrich Hoffmann fue el fotógrafo personal de Hitler desde 1921 hasta la muerte del Führer en 1945. Era además uno de sus pocos amigos íntimos (fue él quien le presentó a Eva Braun, una muchacha que trabajaba como ayudante en su estudio). Ganó una fortuna con los derechos de sus fotografías, entre las que se incluían, por ejemplo, las efigies de Hitler utilizadas en los sellos de correos. En 1946 fue condenado a cuatro años de prisión por su trabajo como propagandista del régimen nazi. Murió en Munich en 1957, a los 72 años, dejando para la posteridad un legado de decenas de miles de fotografías y retratos de los dirigentes de la Alemania nacionalsocialista.

Más fotos, aquí:
http://rarehistoricalphotos.com/hitler-rehearsing-speech-front-mirror-1925/


Marianne Kürchner, ejecutada por contar un chiste

En la primera mitad de 1943 gran parte de la población alemana comenzó a ser consciente de que Hitler estaba conduciendo a su país al desastre. En Rusia, la derrota de Stalingrado había supuesto un punto de inflexión en la guerra. Los soviéticos habían pasado a la ofensiva, que ya no detendrían hasta llegar a Berlín. En el Mediterráneo los restos del Afrika Korps capitulaban en Túnez, con la débil Italia de Mussolini en el punto de mira de los aliados. Y dentro del propio Reich, los civiles veían cómo los bombardeos aéreos se repetían con una frecuencia cada vez mayor, sin que aparentemente la Luftwaffe pudiese hacer nada para impedirlos.

A pesar del esfuerzo propagandístico del régimen, no se podía ocultar que la guerra empezaba a ir muy mal para los alemanes. Fue entonces cuando Hitler trató de frenar el derrotismo endureciendo las leyes contra el que consideraba “enemigo interior”. Se intensificó la persecución contra los que se atrevían a expresar en voz alta sus críticas o a hacer comentarios burlones sobre los dirigentes nazis o sobre la marcha de la guerra. La ley contemplaba diversas penas, que en algunas ocasiones podían llegar a la pena de muerte, para quien públicamente contribuyese a “socavar la voluntad nacional” o incitase a los militares al incumplimiento del deber. Era una ley intencionadamente ambigua que en la práctica dejaba en manos de los jueces la decisión de castigar con mayor o menor severidad un chiste o un comentario derrotista. Muchos acusados se libraron con una advertencia, otros fueron condenados a pasar una temporada en un campo de “reeducación”. Solo en casos extremos se decretaban penas más graves, aunque a medida que la derrota se iba viendo cada vez más próxima, los castigos se fueron endureciendo progresivamente.

Rudolph Herzog relata un caso trágico en su libro Heil Hitler, el cerdo está muerto, dedicado al humor en el Tercer Reich. Marianne Elise Kürchner era una joven viuda de guerra de origen checo que trabajaba en una fábrica de municiones situada en el distrito berlinés de Mariendorf. Un día, durante el trabajo, cometió el error de contar un chiste a uno de sus compañeros:

Hitler y Göring están en lo alto de la torre de radiodifusión de Berlín. Hitler dice “Habría que darles una alegría a los berlineses”, a lo que Göring contesta: “¡Entonces, salta desde la torre!”

Aquella ingenua broma le costaría muy cara. Su compañero de trabajo, quizá por miedo a que alguien más la hubiese escuchado, o puede que por convicción ideológica o para ganar puntos ante los nazis, la denunció a las autoridades. Marianne fue detenida y acusada de derrotismo. El caso fue remitido al Volksgerichtshof, el temido “Tribunal del Pueblo” encargado de juzgar los delitos políticos, presidido por el sádico juez Roland Freisler, famoso por su crueldad y por el trato burlón y despectivo que daba a los acusados durante los procesos.

En el juicio Marianne admitió haber contado el chiste, pero alegó que en el momento en el que lo hizo estaba muy afectada por la reciente pérdida de su marido en el frente y no actuaba de forma racional. El tribunal no tuvo piedad. El 26 de junio de 1943 el Volksgerichtshof dictó sentencia: «La señora Marianne Kürchner, en su condición de viuda alemana de guerra, ha intentado socavar nuestra sólida moral de defensa y nuestro trabajo eficiente en aras de la victoria en una fábrica de armas haciendo uso de palabras malévolas contra el Führer y el pueblo alemán, expresando con ello el deseo de que perdamos la guerra. Por eso, y debido a que se ha comportado como una checa, aunque es alemana, se ha situado al margen de nuestra comunidad patriótica. Ha perdido el honor para siempre y por lo tanto es condenada a muerte». El hecho de ser viuda de guerra no le ayudó en nada. Por el contrario, fue considerado un agravante, ya que el tribunal estimó que con su comportamiento Marianne también había manchado la memoria de su esposo.

Pocos días más tarde Marianne Elise Kürchner fue guillotinada.

En el libro de Herzog se identifica a la acusada solo como Marianne Elise K.
Su nombre completo lo he encontrado aquí:
http://www.executedtoday.com/2012/06/26/1943-marianne-elise-kurchner-condemned-for-a-joke/


Helene Mayer, la judía que confió en Hitler

Antes de los Juegos Olímpicos de Berlín hubo una fuerte campaña internacional para promover un boicot como protesta por las leyes racistas del gobierno nazi. En Estados Unidos, el Sindicato Atlético Amateur presionaba al Comité Olímpico de su país pidiendo que no respondiese a la invitación hecha por Alemania para participar en los Juegos a menos que el gobierno de Hitler garantizase la no discriminación de los deportistas judíos. Otros países amenazaron también con el boicot por el temor (más que fundado) de que sirviese de escaparate propagandístico para el régimen nazi, pero era evidente que la clave estaba en Estados Unidos. La decisión del Comité Olímpico Estadounidense arrastraría a los demás tanto en un sentido como en otro.

Para tranquilizar a los partidarios del boicot, uno de los miembros estadounidenses del COI, el general Charles Sherryll, propuso la inclusión de la esgrimista judía Helene Mayer en el equipo olímpico alemán como gesto que demostrase la sinceridad de las autoridades nazis. Con la mediación de Sherryll, el Comité Olímpico de Alemania se puso en contacto con Mayer, que residía en Estados Unidos, para saber si estaría dispuesta a representar al Reich en los Juegos. Aceptó encantada. En Estados Unidos muchos la criticaron por no apoyar el boicot, pero ella sentía que no podía negarse a participar en la competición deportiva más importante que se había celebrado nunca en su país. Junto a ella, otros veinte deportistas judíos fueron invitados a competir en las pruebas de selección. Se les permitió regresar a su país (en el caso de los exiliados) y reintegrarse en los clubes deportivos de los que habían sido expulsados.

Los gestos del gobierno de Hitler consiguieron su objetivo. Con el inestimable apoyo de los principales dirigentes de los comités olímpicos internacional y estadounidense, que buscaban por encima de todo asegurar la celebración de los Juegos, los nazis convencieron al mundo de que en Berlín no iba a haber ningún tipo de discriminación hacia los judíos. En cuanto se disipó la amenaza de boicot, las autoridades alemanas volvieron a deshacerse de los deportistas judíos excluyéndolos de sus equipos. De los veintiún preseleccionados solo mantuvieron a una: Helene Mayer. Tenía a su favor su popularidad en Estados Unidos, su patriotismo a toda prueba y su carácter nada reivindicativo. Y además, no respondía en absoluto a la teórica imagen del judío que pregonaba el nazismo. Alta, esbelta, rubia y de ojos azules, era más bien un ejemplo inmejorable de raza aria. Por todo ello Helene Mayer fue la única judía entre los cuatrocientos setenta deportistas que integraron el equipo olímpico alemán en los Juegos de Berlín (en realidad Mayer solo era de padre judío, pero para los nazis aquello no suponía una gran diferencia).

Helene Mayer tenía 25 años y era hija de un médico de Offenbach del Meno, en Hesse. Los de Berlín iban a ser sus terceros Juegos Olímpicos. En Amsterdam 1928, con solo 17 años, había ganado la medalla de oro en la especialidad de florete. Para entonces ya se había impuesto en cuatro campeonatos de Alemania consecutivos (el primero con tan solo 13 años) con el club de Esgrima de Offenbach. Antes de sus segundos Juegos ganaría otros tres campeonatos nacionales más y los mundiales de 1929 y 1931. En Los Ángeles 1932 acabó en un discreto (para su palmarés) quinto puesto. Pero su participación en aquellos juegos le valió una beca deportiva de la Universidad del Sur de California. Mayer se fue a estudiar a Estados Unidos coincidiendo prácticamente con la llegada de los nazis al poder en Alemania. La entrada en vigor de las leyes de Nuremberg en 1935 le supuso la pérdida de su ciudadanía y de gran parte de sus derechos civiles. Entre otras cosas, fue expulsada del Club de Esgrima de Offenbach, al que tantos triunfos había dado. Pero a pesar de todas las ofensas e injusticias que tuvo que sufrir, ella nunca quiso renunciar a su país.

En Berlín, Helene Mayer ganó la medalla de plata en la competición de florete. Fue derrotada por otra judía, la húngara Ilona Schacherer-Elek. Durante la ceremonia de entrega de medallas, cuando sonaba el himno de la vencedora y se izaban las banderas nacionales de las tres medallistas, Mayer sorprendió a todo el mundo haciendo el saludo nazi.


Más tarde Mayer conoció a Hitler en una recepción celebrada en la Cancillería del Reich. El Führer la alabó afirmando que era "la mejor y más limpia deportista del mundo".

Después de los juegos, Mayer regresó a Estados Unidos pensando que cuando quisiese volver a su país encontraría las puertas abiertas. Se equivocaba. El gobierno de Hitler se desdijo de sus halagos y promesas y le retiró nuevamente la ciudadanía. La prensa alemana ignoró sus éxitos deportivos posteriores (se proclamó campeona del mundo por tercera vez en 1937) y sus compatriotas no tardaron en olvidarse de ella. Mayer no perdía la esperanza de poder regresar a Alemania, pero unos años más tarde, al estallar la guerra, su sueño se volvió imposible. Se estableció en San Francisco y continuó con su impresionante carrera deportiva, ganando todo lo que podía ganar en aquellos años (que no era mucho, con los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos cancelados por la guerra). Venció en los campeonatos estadounidenses ocho veces, la última en 1946. Por entonces ya había obtenido la nacionalidad estadounidense y compaginaba la esgrima con un trabajo de profesora de ciencias políticas en la Universidad de California.

En 1952 Helene Mayer regresó a Alemania. Le habían diagnosticado un cáncer de mama, y quiso pasar sus últimos meses de vida en su tierra natal. Allí se casó con un antiguo novio de juventud, el ingeniero aeronáutico Erwin Falkner von Sonnenburg. Murió en Munich en octubre de 1953, con solo 42 años.

El escándalo de Dora Ratjen

Cuando el Comité Olímpico de Estados Unidos amenazó con boicotear los Juegos de Berlín si el gobierno de Adolf Hitler mantenía su política discriminatoria contra los deportistas judíos, las autoridades alemanas reclamaron la presencia de varios atletas judíos que habían sido expulsados de los clubes y selecciones deportivas o habían abandonado el país tras la llegada de los nazis al poder. Entre ellos estaba la saltadora de altura Gretl Bergmann, de 22 años, que residía en Inglaterra desde 1933. Bergmann aceptó regresar a su país cuando le aseguraron que podría competir en igualdad de condiciones con el resto de atletas. En las pruebas de selección consiguió una plaza para los Juegos, igualando el record nacional con un salto de 1'60 metros. Bergmann se presentaba como una de las más claras opciones a medalla del atletismo alemán. Pero dos semanas antes del inicio de la competición recibió una carta de su federación en la que le comunicaban que se quedaba fuera del equipo olímpico por bajo rendimiento. Las medidas cosméticas de Hitler habían convencido a los estadounidenses, que habían retirado sus amenazas de boicot, lo que tuvo como consecuencia que veinte judíos alemanes clasificados para los Juegos Olímpicos (todos menos la esgrimista Helene Mayer, muy popular en Estados Unidos) fuesen expulsados de sus selecciones.

El lugar de Bergmann en el equipo alemán lo ocupó una prometedora saltadora de Bremen de tan solo diecisiete años llamada Dora Ratjen. En los Juegos Dora tuvo un papel más que meritorio, acabando cuarta, a un paso del podium, con un mejor salto de 1'58 metros. El oro fue para la húngara Ibolya Csák (judía, por cierto). En los años posteriores Ratjen tuvo una progresión meteórica. En 1937 se impuso en los Campeonatos de Atletismo de Alemania con una marca de 1'63. En 1938, en los Campeonatos de Europa celebrados en Viena, ganó la medalla de oro igualando el récord mundial con un salto de 1'67. En segundo lugar quedó la húngara Csák, dando inicio a lo que prometía ser una mítica rivalidad deportiva entre las dos mejores saltadoras de su época.

Dora Ratjen superando los 1'63 en los campeonatos nacionales de 1937:


Pero poco después ocurrió algo que iba a acabar con la carrera deportiva de Dora Rajten. De hecho, acabaría con la existencia oficial de Dora Rajten.

El 21 de septiembre de 1938 Dora tomó un tren expreso para viajar de Viena a Colonia. Al llegar a Magdeburgo el revisor bajó del tren y se presentó en el puesto de policía de la estación afirmando que en uno de los vagones viajaba un joven travestido de mujer. Siguiendo las indicaciones del empleado del ferrocarril, los agentes se dirigieron a Dora y la obligaron a bajarse para interrogarla. Dora les mostró su documentación, en la que se atestiguaba que efectivamente era una chica, pero ante la insistencia de los agentes acabó por derrumbarse y confesar que en realidad era un hombre. Fue arrestada y obligada a someterse a un reconocimiento médico. El estudio dictaminó que Dora Rajten era biológicamente un hombre, aunque sufría varias malformaciones genitales de nacimiento (hipospadias, criptorquidia y micropene) que hacían que a simple vista pudiera parecer que tenía órganos sexuales femeninos.

Dora Ratjen nació el 20 de noviembre de 1918 en Erichshof, un pequeño pueblo cerca de Bremen. Tras el parto surgieron las primeras dudas sobre el sexo del bebé. La partera en un primer momento anunció el nacimiento de un varón, pero unos minutos más tarde cambió de opinión. Sus padres finalmente “decidieron” que habían tenido una hija. Cuando tenía nueve meses, y ya había sido bautizado e inscrito en el registro civil con el nombre de Dora, un médico le inspeccionó y confirmó a los Ratjen lo que ellos creían, que su hijo era una niña. Y como tal fue educado durante toda su infancia. A los diez u once años comenzó a darse cuenta de que era en realidad un chico, pero nunca se atrevió a enfrentarse a sus padres. Todos a su alrededor le trataban como a una chica, y él acabó aceptándolo como algo inevitable contra lo que no podía luchar. A medida que crecía sus rasgos masculinos se hacían más visibles, y él reaccionó encerrándose cada vez más en sí mismo. Sentía que para la gente se había convertido en un bicho raro, pero la vergüenza le impedía pedir ayuda o explicar a alguien lo que le estaba pasando. En su adolescencia Dora se volcó en el deporte, una actividad que le servía como refugio y le daba una oportunidad de destacar y de encontrar su lugar en la sociedad. Su confesión a la policía supuso una auténtica liberación para Dora, después de veinte años viviendo una vida que no era la suya.

Fotografías de la ficha policial de Dora Ratjen:


Dora tuvo que enfrentarse a una acusación de fraude. El 10 de marzo de 1939 el juez dictaminó que al no haber intención de lucro no se podía considerar que hubiese cometido delito alguno. Además la sentencia obligaba a Dora a abandonar la actividad deportiva y a comenzar a vivir como un hombre. Al principio su padre se opuso e insistió en que se le siguiese considerando mujer, pero finalmente, veinte días después, él mismo se dirigió a la oficina del registro de Bremen para solicitar el cambio de nombre. A partir de ese momento Dora se convirtió oficialmente en Heinrich Ratjen.

Heinrich/Dora fue despojado de sus títulos deportivos y su nombre se eliminó de los registros de las competiciones en las que había participado. El caso Ratjen fue un duro golpe para la imagen deportiva del Reich. Nada menos que la campeona alemana y europea de salto de altura resultaba ser un hombre. Además, la medalla de oro del campeonato de Europa de Viena pasaba automáticamente a Ibolya Csák, la judía húngara, lo que tampoco haría demasiada gracia a los nazis.

No es fácil saber qué fue de Heinrich a partir de entonces. Al parecer se volvió a cambiar el nombre por Heinz, y después de la guerra se hizo cargo de la cantina que sus padres tenían en Bremen. Hizo todo lo que pudo por llevar una vida anónima y siempre rechazó las peticiones de la prensa cuando trataron de contactar con él. Murió en Bremen en 2008.

Desde hace décadas circula una versión de esta historia según la cual Heinrich habría sido obligado por los nazis a hacerse pasar por mujer. Supuestamente quisieron ahorrar a Hitler la vergüenza de ver cómo una judía ganaba una medalla para Alemania en los Juegos Olímpicos de Berlín, y lo único que se les ocurrió para impedirlo fue sustituir a Gretl Bergmann por un hombre. Aparte de que parece un plan absurdo (y que, de hecho, la única judía del equipo olímpico alemán, Helene Mayer, ganó una medalla de plata), no hay ninguna prueba que indique que Dora pudo ser una “creación” de los nazis. Ni siquiera hay pruebas de que las autoridades conociesen y ocultasen su verdadera condición, que yo sepa, y no tiene ningún sentido que le hiciesen continuar con la farsa una vez acabadas las competiciones en las que participaba.

Dora Ratjen en 1937:


En este caso no se puede decir aquello de “no es lo que parece”. Resulta difícil de creer, viendo las fotografías que se pueden encontrar de él, que nadie sospechase nada. Pero parece que fue así. Gretl Bergmann, la judía expulsada del equipo alemán en el último momento, contó muchos años después que Dora tenía un comportamiento extraño. Era “una chica muy tímida” que, por ejemplo, siempre evitaba desnudarse ante sus compañeras. Pero nadie planteó nunca dudas sobre su sexo. Y no es que fuese un tema novedoso. En los Juegos Olímpicos de Berlín se habló mucho del aspecto excesivamente masculino de algunas atletas. El caso más sonado fue el de las dos primeras clasificadas en la prueba de los 100 metros lisos, la estadounidense Helen Stephens y la polaca Stanislawa Walasiewicz. Stephens llegó a protagonizar un desnudo integral ante los jueces para demostrar su feminidad. Por entonces Dora tenía solo diecisiete años. Puede que su aspecto fuese todavía muy aniñado. Dos años más tarde habría cambiado lo suficiente como para llamar la atención de un revisor de tren que no le conocía de nada. Es posible también que, aunque no hubiese manipulación consciente de las autoridades, a Dora le beneficiase el haber competido siempre en casa (los Campeonatos de Europa de 1938 se celebraron en Viena poco después de la anexión de Austria al Reich). En cualquier caso, no le hicieron ningún favor.

Matthias Sindelar, un futbolista rebelde

Matthias Sindelar nació en febrero de 1903 en Kozlau, un pueblo de Moravia, por entonces uno de los estados integrados en el Imperio Austrohúngaro. Tres años después se trasladó con su familia a Viena cuando su padre, un humilde albañil, encontró trabajo en una fábrica de ladrillos de la capital. Matthias creció en un ambiente multicultural, en un barrio obrero habitado por judíos y emigrantes checos, croatas, húngaros, y del resto de nacionalidades del Imperio. De niño compartía una pasión con la mayor parte de sus amigos: el fútbol. Para los chicos que jugaban con pelotas de trapo en las calles de los suburbios industriales de Viena, aquello era más que un juego. Suponía una de las pocas oportunidades que se les presentaba de ascender socialmente y escapar de un futuro de miseria.

En 1917 el padre de Matthias murió en combate en el frente del Isonzo, y el muchacho tuvo que empezar a trabajar como aprendiz de cerrajero para ayudar a mantener a la familia. En aquella época comenzó a jugar en el equipo juvenil de su barrio, y pronto llamó la atención del Hertha Viena, con el que firmó su primer contrato con tan solo 15 años. Poco después fichó por el equipo más poderoso del país, el Austria de Viena.

Matthias se convirtió en la indiscutible estrella del equipo y en una auténtica celebridad nacional (fue uno de los primeros futbolistas de la historia en protagonizar anuncios publicitarios). Era un delantero centro goleador y muy técnico, que destacaba por su regate y su visión de juego. Debido a su delgadez y su aparente fragilidad se le conocía con el apodo de die Papierene ("el hombre de papel"). En 1926 debutó con la selección austriaca. Fue internacional en 44 partidos, anotando un total de 27 goles con su selección. En la década de los 30 Austria tenía una de los equipos nacionales más poderosos de Europa. Se les conocía como el Wunderteam, el “equipo maravilloso”. En la Copa Mundial de Fútbol de 1934 la selección austriaca llegó hasta semifinales, donde fue eliminada por Italia, el equipo anfitrión, que, según cuentan las crónicas, fue beneficiado con escandalosas ayudas arbitrales.

En marzo de 1938 se produjo el Anschluss, la incorporación de Austria al Reich alemán. Inmediatamente después de hacerse con el país, el gobierno nazi decretó la desaparición de la federación austriaca de fútbol. Se organizó un partido entre el Wunderteam y la selección alemana que sirviese como despedida del equipo austriaco ante su público. El encuentro se jugó el 3 de abril de 1938 en el Prater de Viena. Se dice que los dos equipos habían acordado un empate, y al llegar al último cuarto de hora el marcador continuaba con el 0-0 inicial, pero en ese momento varios de los jugadores austriacos se salieron del guión e hicieron todo lo posible por ganar. Karl Sesta marcó el primer gol de un disparo lejano, y poco después Sindelar marcó el definitivo 2-0 al aprovechar un rechace del portero contrario. Eufórico, Matthias se dirigió frente al palco, repleto de autoridades, y comenzó a bailar para celebrar su gol. A causa de aquel insulto y del liderazgo que ejercía sobre sus compañeros, los nazis le consideraron el instigador de la revuelta de los futbolistas austriacos. El partido también fue la despedida del fútbol de Matthias Sindelar. El seleccionador alemán trató de convencerle para que acudiese con su nuevo país la Copa Mundial que se iba a celebrar en Francia aquel verano, pero Matthias siempre se negó a jugar con Alemania.

Por si fuera poco, Sindelar se opuso públicamente a la “limpieza” de judíos que pretendían realizar los nazis en el fútbol austriaco. Apoyó al presidente del Austria de Viena, Michl Schwarz, de origen judío, cuando se vio obligado a abandonar su cargo. Aquello le colocó definitivamente en el punto de mira de la Gestapo.

Tras su retirada Sindelar se convirtió en un asiduo cliente de bares y clubs nocturnos. Su afición a las juergas y las mujeres era conocida en toda Viena, aunque él mostraba una clara predilección por los ambientes de judíos e inmigrantes. En septiembre de 1938 compró a un amigo judío de su barrio un bar famoso por su clientela de revolucionarios, artistas y otra gente “de mal vivir”.

El 23 de enero de 1939 un amigo de Sindelar llamado Gustav Hartmann, preocupado por no saber nada de él desde hacía varios días, forzó la puerta de su casa y le encontró muerto en la cama junto a su última pareja sentimental, Camilla Castagnola, una italiana de origen judío diez años mayor que él. La investigación concluyó que las muertes se habían producido por intoxicación voluntaria de monóxido de carbono, pero pocos de los que conocían a Matthias estuvieron dispuestos a creer que se hubiese suicidado. Tratando de despejar las dudas de la gente, las autoridades hicieron circular rumores sobre la vida desordenada del futbolista y sus excesos con las drogas. Al final acabaron modificando la versión oficial para explicar que había sido un accidente casero. Eso les permitía esquivar un grave problema que se les planteaba: las leyes alemanas prohibían que los suicidas tuviesen funerales públicos, pero no había forma de impedir que los vieneses se echasen masivamente a la calle para dar su último adiós a uno de sus conciudadanos más populares. Decretando que las muertes habían sido accidentales evitaban que el funeral acabase convertido en una manifestación popular antinazi.

El día del entierro de Matthias Sindelar se superaron todas las previsiones y decenas de miles de personas abarrotaron las calles de Viena. Muchos de los amigos del futbolista estaban convencidos de que Sindelar y su novia habían sido asesinados por la Gestapo, que supuestamente habría manipulado las conducciones de gas de su casa. Otros seguían creyendo que el acoso al que les estaban sometiendo los nazis había empujado al suicidio a la pareja. La muerte de Sindelar se convirtió en un apasionado tema de debate en bares y reuniones familiares, aunque en público pocos se atrevieron a poner en duda las explicaciones oficiales.

Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán ¿un partido obrero?

En las últimas semanas me he encontrado varias veces con comentarios y artículos en los que se hacía un paralelismo entre el triunfo del FN en Francia en las elecciones europeas y la llegada al poder del partido nazi en Alemania. Hay quien dice que, igual que ocurrió entonces, la crisis económica y la falta de soluciones de los partidos tradicionales han hecho que el voto obrero se fuese en masa a apoyar a formaciones de extrema derecha. No estoy seguro de que ese sea el caso de Francia. Después de todo, eran unas elecciones europeas, que allí interesan tan poco o menos que aquí (en España).

¿Y qué hay de cierto en la segunda parte de la comparación? ¿Realmente fueron los obreros alemanes los que dieron el poder a Hitler?

Veamos:

El SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) era uno de los pilares sobre los que se asentaba la República de Weimar. En mayo de 1928 ganó las elecciones al Reichstag con 9,2 millones de votos. Segundo, con 4,4 millones, fue el DVNP (Partido Nacional del Pueblo Alemán), de ideología nacionalista y conservadora. El KPD (Partido Comunista de Alemania) quedó en cuarto lugar, por detrás del Zentrum (de centro, como se puede adivinar por su nombre), con 3,3 millones. El NSDAP era todavía un partido marginal, con un peso político insignificante.

En las elecciones de septiembre de 1930 el NSDAP dio la sorpresa y se convirtió en la segunda fuerza política con 6,3 millones de votos. El SPD, aunque perdió escaños, siguió siendo el partido más votado, con 8,6 millones. En el tercer puesto apareció con fuerza el KPD (4,6 millones). Entre socialdemócratas y comunistas consiguieron 13,2 millones de votos, 700.000 más que en las elecciones anteriores.

En julio de 1932 el NSDAP se convirtió en el primer partido de Alemania con 13,7 millones de votos. Sería el mejor resultado conseguido por Hitler en unas elecciones realmente libres. El SPD siguió bajando (8 millones), pero el KPD continuó con su ascenso (5,3). Fueron el segundo y tercer partido más votados, respectivamente, y superaron entre ambos la suma de 13,2 millones de votos que habían conseguido dos años antes.

Después de que Hitler se negase a apoyar un gobierno de centro, al canciller Von Papen no le quedó más remedio que disolver el parlamento y volver a convocar elecciones. Se celebraron apenas tres meses más tarde, el 6 de noviembre de 1932. El NSDAP perdió dos millones de votos, quedándose en 11,7. El SPD, aunque continuó su descenso, conservó el segundo puesto con 7,2 millones. El KPD llegó a los 6 millones. Entre ambos partidos sumaron de nuevo en torno a los 13,2 millones, millón y medio más que los nazis.

Los resultados de las elecciones de marzo de 1933 no se pueden tener en cuenta. El presidente Von Hindenburg había nombrado canciller a Hitler y los nazis habían entrado en el gobierno y tenían todos los instrumentos del Estado a su servicio. Las votaciones se celebraron en un estado de excepción y en medio de una campaña de acoso contra los comunistas aprovechando el incendio de Reichstag. Muchos dirigentes comunistas habían sido ya detenidos, y ni uno solo llegaría a ocupar su escaño. En solo cuatro meses transcurridos desde la convocatoria de noviembre, el KPD perdió más de la mitad de sus votos y el SPD una cuarta parte. Sin embargo, ni siquiera así el NSDAP pudo lograr la mayoría absoluta.

En la actualidad es más difícil identificar el sentido del voto por estratos sociales. Todos los partidos aspiran a ser transversales, y cuentan con la ventaja de que el sentimiento de clase hoy en día está muy diluido (si es que sigue existiendo). En los años 30 las cosas estaban más claras. La mayoría del voto de izquierdas provenía de la clase obrera, entendiendo esta como la formada por los asalariados industriales. Así que si los obreros se hubiesen pasado al nazismo se habría notado en un descenso en el apoyo a socialistas y comunistas, algo que vemos que no ocurrió en absoluto. En las cuatro convocatorias electorales que hubo entre 1928 y 1932, mientras el NSDAP pasaba de ser un partido marginal a ser la primera fuerza política de la nación, la suma de votos del SPD y el KPD se mantuvo sorprendentemente estable en torno a los 13 millones de votos, con un porcentaje de voto que oscilaba en una estrecha franja entre el 36% y el 38%, y ambas formaciones se habían consolidado entre las tres primeras del parlamento. El NSDAP no creció a costa de los partidos que recibían tradicionalmente el voto obrero. Estos, en conjunto, mantuvieron e incluso aumentaron su base electoral, además con una visible radicalización, con una reducción del voto socialdemócrata y un ascenso de los comunistas, que en 1932 estaban ya pisando los talones al SPD.

Por tanto la creencia de que fue la clase obrera la que llevó al poder a Hitler no se sostiene a la vista de los distintos resultados electorales. A pesar de todos los esfuerzos de los nazis por presentarse a sí mismos como un movimiento de base obrera, no se puede decir que tuviesen éxito. Y si no fueron los obreros ¿quiénes votaron a Hitler? En primer lugar, y en una primera fase, el NSDAP se hizo con el voto nacionalista tradicional, numeroso por ejemplo en las regiones agrícolas protestantes. El DVNP, que en 1928 era la segunda fuerza política, en 1930 perdió gran parte de su base electoral a favor del NSDAP y pasó al quinto puesto, adelantado incluso por los centristas católicos del Zentrum. Más tarde, a medida que los efectos de la Gran Depresión se hacían notar en la economía alemana, los nazis fueron ganando apoyos entre las clases medias urbanas. Eran profesionales liberales, pequeños empresarios, comerciantes, artesanos, funcionarios... sectores que estaban sufriendo con dureza la crisis económica y que se veían ignorados por las fuerzas políticas tradicionales (la izquierda proletaria y la derecha conservadora).

Lo que no voy a hacer ahora es analizar la política francesa contemporánea para ver si realmente existen coincidencias con la Alemania de la República de Weimar. No era esa mi intención. Tan solo quería dar mi opinión sobre una afirmación que he escuchado y leído con frecuencia estos últimos días y que me parecía equivocada. Ese análisis queda para quien quiera hacerlo. Puede que incluso tengan algo de razón. Pero suele ser un error hacer paralelismos entre situaciones o hechos ocurridos en épocas distintas.

Bruno Lüdke, el monstruo de Köpenick


Bruno era el cuarto de los seis hijos de Otto y Emma Lüdke, los propietarios de una lavandería en Köpenick, una pequeña ciudad del extrarradio de Berlín. Desde una edad temprana empezó a dar señales de tener una deficiencia intelectual. Inició sus estudios en la escuela pública de su barrio, pero era incapaz de seguir el ritmo de los niños de su edad, y con once años los profesores acabaron por enviarle a un colegio para alumnos con problemas de aprendizaje. No estuvo mucho tiempo allí. En 1922, a los catorce años, dejó la escuela y comenzó a trabajar en la lavandería familiar.

En 1937 su padre Otto murió de cáncer de laringe, y Bruno se vio obligado a encargarse del trabajo pesado del negocio. En esos años tuvo numerosos problemas con la policía. Era muy conocido en el pueblo como un ladrón de poca monta y un voyeur que acechaba a las niñas y las mujeres. También se decía que era un sádico al que le producía placer tratar con crueldad a los animales. Varias personas le denunciaron por maltratar al caballo que tiraba de la carreta de la lavandería, aunque, después de pasar por algunas pruebas médicas, se le permitió seguir conduciendo el carro.

El 31 de enero de 1943 unos niños descubrieron el cadáver de una mujer en un bosque cercano a Köpenick. Resultó ser Frieda Rössener, una viuda de 59 años que residía cerca de allí. Había sido asesinada dos días antes, estrangulada con su propio chal, presentaba señales de abuso sexual post-mortem y su bolso había desaparecido. Inmediatamente la policía de Köpenick avisó al departamento de homicidios de Berlín. Ese mismo día llegó de la capital un grupo de tres detectives al mando del Kriminalkommisar Heinrich Franz para hacerse cargo de la investigación. Cuando los vecinos mencionaron el comportamiento extraño de Lüdke, Franz ordenó detenerle para interrogarle como sospechoso. Poco después Bruno confesó que había estrangulado a la señora Rössener.

La sorpresa llegó cuando Lüdke continuó confesando crímenes. Los interrogatorios de Franz descubrieron que Bruno era responsable del asesinato de al menos 51 mujeres en un periodo de quince años, entre 1928 y 1943. El Kriminalkommisar trabajó varios meses comprobando los casos y descubrió que los datos que le daba Lüdke corroboraban los recogidos en los informes.

Bruno Lüdke murió en abril de 1944 en Viena, en circunstancias poco claras. Posiblemente fue ejecutado extraoficialmente en un calabozo de la policía. Según otra versión, fue usado como conejillo de indias en un instituto de investigación criminológica de las SS (lo que explicaría su traslado a Viena) y falleció “por accidente” durante un experimento. Hay fuentes que elevan su cifra de sus víctimas a más de 80. Está considerado uno de los asesinos en serie más sanguinarios de la historia de Europa.

Y hasta aquí la historia oficial.

Décadas después algunos investigadores comenzaron a poner en duda esta versión de los hechos. Y es cierto que algunos aspectos son muy difíciles de creer. ¿Cómo pudo un hombre tan limitado intelectualmente como Bruno Lüdke cometer decenas de crímenes a lo largo de tantos años sin ser descubierto? La mayor parte de los asesinatos habían tenido lugar durante el gobierno nacional-socialista, donde el control del Estado sobre la población llegó a ser asfixiante. Incluso continuaron después del comienzo de la guerra, cuando los trenes y los caminos se llenaron de controles policiales en busca de desertores y prisioneros fugados. Muchos de los supuestos crímenes de Bruno se habían cometido en el área de Berlín, pero también había otros de lugares alejados, como las ciudades de Hamburgo y Munich. Y Bruno tenía evidentes problemas para orientarse, no conocía la geografía de Alemania (no distinguía provincias de ciudades) y ni siquiera sabía comprar un billete de tren. Sin embargo, teóricamente, se movía por todo el Reich, en ferrocarril, en bicicleta o a pie, cometía sus crímenes y regresaba a casa sin llamar la atención, y, más extraño aún, sin que nadie en Köpenick hubiese detectado su ausencia.

Las únicas pruebas que había contra Bruno Lüdke eran sus confesiones. No parecía seguir un modus operandi concreto, ni dejaba una firma en sus crímenes (similitudes claras entre ellos que indicasen que eran obra de una misma persona). El móvil más habitual parecía ser el sexual, pero no siempre era así. Tampoco había ni una sola prueba física que le relacionase con los asesinatos. Ni una huella dactilar. Un cuidado por no incriminarse que resulta extraño, viniendo de una persona que, en una ocasión que robó una gallina, no se le ocurrió otra cosa que entrar con ella en una cervecería.

En contra de lo que afirmó el comisario Franz, los investigadores modernos aseguran que Bruno no tenía antecedentes por delitos sexuales. Era un hombre pacífico, sin amigos ni enemigos, y sin aparente interés por las mujeres. Sus únicos vicios conocidos eran el tabaco y alguna cerveza ocasional. Es cierto que le acusaron de maltratar a su caballo, un episodio que serviría para sumar a sus supuestas perversiones sexuales un historial de sadismo, aunque en aquella ocasión un tribunal de Berlín acabó decretando que era apto para manejar caballerías. Sus antecedentes policiales eran por pequeños hurtos. El más grave era una condena de tres meses por robo de madera, en otra ocasión estuvo en prisión preventiva por robar un pato, y un mes después le volvieron a pillar cuando intentaba vender en un bar una gallina robada. Esos antecedentes, y el hecho de que conociese a la víctima, bastarían para que el Kriminalkommissar Franz interrogase a Bruno entre una amplia lista de “sospechosos habituales”. Fue arrestado el 18 de marzo de 1943, casi dos meses después del asesinato de la señora Rössener, sin que hubiese ninguna prueba contra él y sin que, que se sepa, ninguno de sus vecinos le señalase como sospechoso.

Y si era inocente ¿por qué confesó Bruno Lüdke? Hay quien cree que fue una víctima del ambicioso Kriminalkommissar Franz, quien desde los primeros interrogatorios se habría dado cuenta de que podía manejarle e incitarle a declarar cualquier cosa.

Después de confesar el asesinato de Rieda Rössener, Bruno afirmó haber cometido también los de Käthe Mundt, Bertha Schulz y el matrimonio Umann. Franz aparentó no saber nada de aquellos casos hasta que Bruno los mencionó, pero según Jan Blaauw, un ex-policía holandés que investigó el caso en los años 90, el comisario mentía, ya que previamente había consultado los expedientes en los archivos policiales de Berlín. Igual que ocurría con la muerte de la viuda, las pruebas contra Bruno en aquellos crímenes se limitaban a su confesión, sin que pudiese reforzarla con alguna pista sobre el paradero de los objetos robados o detalles sobre los lugares en que se cometieron.

Ese fue solo el principio. La lista fue aumentando hasta llegar a los 51 asesinatos confirmados. Bruno parecía seguir el orden que le proponía Franz. Las primeras veinte confesiones fueron de crímenes cometidos en Berlín y sus alrededores, pero a partir de ahí comenzó a “acordarse” de otros casos no resueltos en el resto de Alemania. Había un patrón que se repetía en los interrogatorios: las primeras veces que Franz mencionaba un caso, Bruno aparentaba no saber nada. Varias entrevistas después, comenzaba a recordar y a dar detalles. Supuestamente, esos “recuerdos” habían sido inducidos por Franz.

El comisario Franz fue el único interrogador de Bruno durante la investigación. En las entrevistas consiguió ganarse su confianza tratándole con amabilidad. Es posible que le convenciese de que no tenía nada que temer de la policía, ya que al ser deficiente mental no podía ser juzgado, y que cuanto antes dijese todo lo que los policías querían oír, antes regresaría a casa. También puede que Bruno se sintiese fascinado por todo el interés que despertaba. Le llevaban de un lado a otro del país, le hacían fotos, le daban buena comida y tabaco... Y lo único que tenía que hacer para que aquello no se acabase era seguir confesando asesinatos.

Si de verdad el caso de Bruno Lüdke fue un montaje del Kriminalkommissar Franz, parece difícil que no contara como mínimo con el silencio cómplice de otros policías y de sus superiores, que no habrían tardado en darse cuenta de que Bruno estaba confesando crímenes que no podía haber cometido. La KRIPO (policía criminal) estaba bajo el control de la RSHA, el Servicio de Seguridad del Reich, parte a su vez del imperio de las SS. Aquel era un caso demasiado llamativo, que sin duda tuvo que alarmar a los responsables políticos. En la Alemania nacional-socialista era impensable que pudiese surgir un monstruo como Lüdke, pero lo era aún más que decenas de terribles crímenes se sucediesen año tras año y quedasen impunes ante la incompetencia de las autoridades. Los deficientes mentales eran para los nazis individuos indeseables que contribuían a la degeneración de la raza (Bruno había sido esterilizado por orden judicial en mayo de 1940). Las confesiones de uno de ellos suponían una gran oportunidad para cerrar muchos casos no resueltos sin comprometer la idea de sociedad perfecta y de orden que representaba el nacional-socialismo. Convenientemente, Bruno murió poco después de que Franz diese por finalizada la investigación.

Distintas versiones de la historia de Bruno Lüdke (en inglés):
http://murderpedia.org/male.L/l/ludke-bruno.htm