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Parecía buena idea: algunos de los diseños más absurdos de la Segunda Guerra Mundial

El Gran Panjandrum, una atracción de playa

El Gran Panjandrum fue una creación del Departamento de Desarrollo de Armas Diversas (DMWD), una dependencia del Almirantazgo británico cuyo trabajo era la investigación y diseño de armas no convencionales. Se trataba de una bomba autopropulsada que en teoría permitiría destruir bunkers costeros de hormigón de varios metros de grosor. Sería lanzada desde una lancha a una distancia considerable de la costa y se esperaba que alcanzase su objetivo sin necesidad de guiado, allanando así el camino para el asalto posterior de las fuerzas de desembarco. Consistía en un tambor cargado con hasta 1.800 Kg de explosivo al que se le habían añadido en sus extremos dos grandes ruedas de madera y superficie de rodadura de hierro de tres metros de diámetro. Unos pequeños cohetes de combustible sólido colocados en las ruedas las harían girar y proporcionarían al artefacto la propulsión necesaria para alcanzar una velocidad de cerca de 100 Km/h, pasar por encima de cualquier obstáculo que encontrase en su camino y estrellarse contra su objetivo.


El desarrollo de la nueva arma se realizó en el máximo secreto... hasta que el primer prototipo estuvo listo. A alguien se le ocurrió que el mejor lugar para hacer los ensayos era una playa de Devon, que, casualmente, era también un popular destino de veraneo. El 7 de septiembre de 1943 decenas de personas fueron testigos involuntarios de la primera prueba del Panjandrum. El artefacto salió de la barcaza que le servía de lanzadera y continuó en línea recta en dirección a su objetivo teórico, pero en un determinado momento viró y se adentró en el mar. Los responsables del proyecto al principio creyeron que el problema tenía fácil solución. Por razones de seguridad habían reducido al mínimo el número de cohetes, de forma que el apagado accidental de uno solo de ellos hacía perder el rumbo al Pajandrum. En las pruebas posteriores fueron aumentando progresivamente el número de cohetes y su potencia, pero el artefacto siempre terminaba desviándose de su curso. Se propusieron otras posibles soluciones, como colocar una tercera rueda para darle estabilidad, o utilizar cables de acero como sistema de guiado. Ninguna funcionó.

En cada uno de los ensayos la playa se llenaba de una multitud de curiosos que acudían a presenciar el espectáculo. Ni siquiera el peligro les ahuyentaba. Y es que, aunque en las pruebas la carga explosiva del tambor era sustituida por su peso en arena, no dejaba de haber un riesgo considerable para los espectadores, ya que con frecuencia algunos de los cohetes de propulsión se desprendían de las ruedas y salían disparados.

Al fin, tras cuatro meses de trabajos, en enero de 1944 los técnicos del DMWD creyeron haber solucionado todos los problemas técnicos y organizaron una última prueba en la ya famosa playa de Devon. El resultado fue aún peor que en las ocasiones anteriores: Cuando el Panjandrum corría por la playa un par de cohetes se desprendieron de las ruedas, el aparato comenzó a dar tumbos en la arena, giró y se lanzó directamente contra un cámara que estaba rodando el ensayo. El hombre salió corriendo y se libró por los pelos de que aquel artefacto infernal le pasase por encima. El Panjandrum acabó estrellándose en la arena, lo que provocó que una gran cantidad de cohetes saliesen disparados cruzando la playa en todas direcciones. Después de aquel nuevo fracaso, el proyecto fue abandonado definitivamente.

Bob Semple, un tanque de andar por casa

A finales de 1940 un miembro del gobierno neozelandés, el ministro de Obras Públicas Bob Semple, decidió hacer algo para contribuir a la defensa de la nación. Nueva Zelanda no tenía vehículos blindados ni industrias que pudiesen desarrollarlos, y Semple se propuso solucionar aquella carencia diseñando un tanque que fuese fácil de construir con los escasos medios de los que disponía el país.

Los diseñadores fueron el propio Bob Semple y un ingeniero de obras públicas llamado T.G. Beck. Su inspiración fue el Disston "Six Ton Tractor Tank", un vehículo blindado desarrollado en 1937 por una empresa estadounidense a partir de un chasis de un tractor Caterpillar y que los norteamericanos habían logrado vender a China y Afganistán. El problema era que Semple y Beck no disponían de planos ni ningún tipo de información técnica del modelo original. Literalmente, tuvieron que diseñar su tanque mirando una postal del Disston y utilizando los materiales que se podían encontrar en una granja. A pesar de los modestos medios con los que contaban, el ministro estuvo tan orgulloso del resultado final que bautizó su creación con su propio nombre. Había nacido el tanque Bob Semple.


Las primeras unidades se completaron en poco tiempo en los talleres que el Ministerio de Obras Públicas tenía en Christchurch. Los tanques no eran otra cosa que tractores sobre orugas Caterpillar sobre los que se había atornillado una caja blindada. A falta de mejores materiales, el blindaje consistía en chapas onduladas para tejados. Supuestamente, la superficie ondulada serviría para desviar las balas. El tanque estaba coronado por una torreta giratoria, que elevaba la altura total a tres metros y medio. Ante las complicaciones que suponía montar armamento pesado sobre aquel engendro, los diseñadores optaron por armarlo con tantas ametralladoras como pudiesen meter en él. En total contaba con dos ametralladoras Bren en los laterales, otras dos en el frontal, una en la parte trasera y otra en la torreta. La tripulación teórica era de ocho personas. Las comodidades para los ocupantes dejaban mucho que desear: el artillero encargado de una de las ametralladoras delanteras tenía que ir tumbado en un colchón sobre la tapa del motor.

El Departamento de Obras Públicas ofreció al Ejército una flota de 81 Semples, pero cuando los militares probaron las primeras unidades se dieron cuenta de que no tenían ninguna utilidad práctica y rechazaron la oferta. Su blindaje era ridículo, y eran muy pesados, inestables y lentos. Para cambiar de marcha el conductor estaba obligado a frenar o incluso detener por completo el vehículo. Por si fuera poco, las vibraciones del motor hacían que las ametralladoras se encasquillasen con frecuencia, y cuando había suerte y alguna disparaba era muy difícil hacerlo con un mínimo de precisión.

Ninguno de los tres o cuatro Semples que se completaron llegó a entrar nunca en combate. Su única contribución al esfuerzo de guerra nacional fue su participación en desfiles por las calles de varias ciudades neozelandesas para ayudar a levantar la moral de la población (aunque es probable que consiguiesen el efecto contrario). Después volvieron a sus antiguas funciones agrícolas.

Kaiten, los torpedos tripulados

Los Kaiten eran torpedos tripulados japoneses. Se diseñaron a partir de los torpedos tipo 93 "Lanza Larga", a los que en su parte central se les añadía un pequeño habitáculo para el piloto. Originalmente no estaban pensados como armas suicidas, ya que el piloto tenía la posibilidad de salir del torpedo tras dirigirlo hacia su blanco. Para ello el Kaiten tenía una escotilla de escape, pero que se sepa nunca fue utilizada por ningún tripulante. Todos ellos eran voluntarios, escogidos entre los pilotos de la aviación naval japonesa. Los Kaiten alcanzaban una velocidad máxima de 30 nudos y llevaban una cabeza de guerra de 1.350 Kg de explosivo. Al ser de mayores dimensiones que los torpedos que habitualmente utilizaban los submarinos japoneses, los sumergibles tenían que ser modificados para poder transportarlos sobre la cubierta. El desarrollo del Kaiten fue aprobado en febrero de 1944. Al final de la guerra se habían fabricado unos cuatrocientos, aunque apenas fueron lanzados la cuarta parte de ellos.

kaiten
El primer ataque de Kaiten tuvo lugar el 20 de noviembre de 1944 a cargo de dos submarinos de la clase B1 (el I-36 y el I-47) contra la flota estadounidense fondeada en el atolón de Ulithi. El golpe pretendía ser demoledor: tres días antes un avión de reconocimiento con base en Truk había informado de que Ulithi estaba abarrotada de buques, entre ellos cuatro portaaviones y tres acorazados. Los submarinos soltarían los ocho Kaiten que transportaban y abandonarían el área rápidamente mientras los Kaiten buscarían los blancos más valiosos y lanzarían su ataque por sorpresa.

Aunque el control del Kaiten era muy difícil, los tripulantes solo recibían un entrenamiento de unas pocas semanas antes de ser enviados a una misión. En teoría, se pondría rumbo al blanco en el momento del lanzamiento, y para evitar su detección el piloto alzaría el pequeño periscopio apenas quince segundos antes del momento estimado del impacto para corregir el rumbo si fuese necesario. Solo entonces se pondría el torpedo a máxima velocidad. Pero en el ataque a Ulithi no se dieron esas condiciones: los Kaiten se lanzaron sin un blanco predeterminado, y tuvieron que arriesgarse a revelar su presencia buscando blancos con el periscopio. Además, fueron lanzados al amanecer, con poca luz, y a una distancia considerable de los objetivos. Los resultados fueron mucho más pobres de lo esperado por los japoneses. El I-47 lanzó sus cuatro Kaiten sin problemas, pero en el I-36 tres de ellos tuvieron fallos mecánicos y sólo se pudo lanzar uno. Dos Kaiten fueron probablemente hundidos por destructores estadounidenses (uno de ellos dos horas después de su lanzamiento, lo que indica la dificultad que tuvieron en encontrar blancos) y otro consiguió impactar y hundir el buque cisterna Mississinewa. Los dos restantes desaparecieron por causas desconocidas.

Las misiones de los Kaiten continuaron hasta el final de la guerra, con un balance final de dos buques norteamericanos hundidos, un destructor (el Underhill) y el citado petrolero Mississinewa, por el centenar de Kaiten que fueron utilizados. No estaría del todo mal si no fuese porque por las condiciones en las que los submarinos que los transportaban tenían que hacer las maniobras de aproximación al blanco (tenían que lanzarlos semisumergidos y a poca distancia) fueron hundidos ocho de esos submarinos.

Surcouf, un crucero submarino

A finales de la década de los 20 la Marina francesa proyectó una serie de submarinos de gran tonelaje, con artillería propia de un crucero, cuya función principal sería realizar la guerra corsaria, además de poder presentar batalla a las flotas enemigas tanto en superficie como sumergidos. El primero entró en servicio en mayo de 1934 con el nombre de Surcouf. En su tiempo recibió la denominación de crucero submarino. Iba a ser el primero de una serie de tres, pero pronto quedaron en evidencia sus limitaciones y sus fallos, por lo que finalmente fue el único que se construyó.

Surcouf
La idea era combinar las virtudes de un crucero con las de un submarino: contaba, como todos los submarinos, con tubos lanzatorpedos (8 de 550 mm y 4 de 400mm) a los que se añadían dos cañones de 203 mm situados en una torre doble estanca con los que podía presentar batalla a unidades de superficie de rango igual o menor a un crucero ligero. Contaba también con armamento antiaéreo, consistente en dos cañones de 37 mm y cuatro ametralladoras. Tenía además un hidroavión de reconocimiento guardado en un hangar estanco tras la torre.

Con sus 4.000 toneladas y 110 metros de largo, el Surcouf fue el mayor sumergible del mundo hasta la entrada en servicio del I-400 japonés. Tenía una tripulación numerosa, de más de 120 hombres, además de tener la capacidad de transportar hasta 40 prisioneros. Su autonomía era considerable, pudiendo hacer casi 20.000 Km sin repostar combustible y pudiendo almacenar alimentos para tres meses. Sus condiciones como buque corsario parecían temibles.

Pero muy pronto quedaron en evidencia sus deficiencias: tardaba mucho tiempo en sumergirse (dos minutos en llegar a profundidad de periscopio), lo que le hacía muy vulnerable a los ataques aéreos. En superficie era muy inestable para utilizar los cañones con eficacia, aparte de que al tener la cubierta tan baja su visibilidad y su alcance efectivo disminuían considerablemente. Su mantenimiento era muy caro en comparación con los submarinos convencionales, a causa de su tamaño y su numerosa tripulación. Por si fuera poco, fue muy propenso a sufrir averías graves, que más de una vez estuvieron a punto de acabar en tragedia.

Cuando los alemanes invadieron Francia, el Surcouf se encontraba averiado en Brest. Para evitar su captura se hizo a la mar y huyó cruzando el Canal de la Mancha, aún sin completar las reparaciones. El 18 de junio entró renqueante en Plymouth, con un motor quemado y un timón fuera de servicio. En los meses siguientes, ya como un buque de la Francia Libre, fue destinado a la escolta de convoyes en el Atlántico. De nuevo problemas mecánicos hicieron que el Surcouf fuese enviado en 1941 a Estados Unidos, para realizar más reparaciones y trabajos de modernización. A finales de ese año tomó parte en la liberación de las islas de Saint Pierre y Miquelon, un pequeño enclave francés situado frente a las costas de Terranova. Desde allí zarpó con rumbo a las islas de soberanía francesa en el Pacífico sur. El 12 de febrero de 1942 envió un mensaje a la base estadounidense de Guantánamo informando de que se dirigía al canal de Panamá. Fue la última noticia que se tuvo del Surcouf, que desapareció con los 126 hombres de su tripulación.

Natter, el caza de usar y tirar

A comienzos de 1944 el Reichsluftfahrtministerium (RLM, "Ministerio de Aviación de Reich") encargó a los principales fabricantes aeronáuticos alemanes el desarrollo de nuevos modelos de caza de defensa zonal para hacer frente a los cada vez más frecuentes bombardeos aliados. Se trataba en realidad de buscar un híbrido entre un caza convencional, con capacidad para enfrentarse a los bombarderos enemigos en combate aéreo, y un misil tierra-aire, cuya principal carencia en aquella época era la ausencia de un sistema efectivo de guiado. La solución sería una aeronave tripulada con motor cohete, de despegue vertical o en rampa, que sería lanzada al darse la alarma de ataque aéreo y tendría la autonomía justa para enfrentarse a las formaciones de bombarderos cuando sobrevolasen el objetivo. Entre las distintas propuestas hechas por fabricantes como Heinkel, Junkers o Messerschmitt, el Ministerio del Aire eligió finalmente el proyecto más sencillo y económico, que había sido presentado por Bachem, una modesta empresa aeronáutica de Baden-Wurtemberg.


El Bachem Ba 349 Natter (“Víbora”) era una aeronave robusta pero de líneas simples, que no requería de instalaciones sofisticadas ni mano de obra especializada para su fabricación. Despegaba en vertical, utilizando la fuerza de cuatro cohetes desechables de combustible sólido. Una vez desprendidos éstos, la energía para el vuelo de crucero se la proporcionaba un motor cohete de 1.700 toneladas de empuje a máxima potencia. Sus alas eran muy cortas y carecía de alerones. No estaba diseñado para realizar maniobras complejas en el aire. Se trataba de sobrepasar la altura de las formaciones de bombarderos enemigos en un rápido ascenso vertical, picar inmediatamente contra éstos, disparar sus armas y caer a tierra con el combustible agotado.

Durante el despegue el Natter era dirigido por un piloto automático. Después, para lanzar su ataque, el piloto pasaba a control manual. Antes de iniciar el picado, el morro del avión se desprendía, dejando al descubierto una batería de veinticuatro cohetes de 73 mm. Tras dispararlos, el piloto tenía que desprender toda la sección delantera de la aeronave, dejándole vía libre para saltar en paracaídas. La sección trasera del fuselaje contaba con su propio paracaídas, que permitiría recuperar y reutilizar el motor cohete en nuevas unidades. El Natter en sí era un avión de un solo uso.

En cuanto se completó el primer prototipo del Natter, en octubre de 1944, se iniciaron las pruebas de pilotaje y planeo sin motor, con el aparato remolcado por un bombardero. En diciembre comenzaron los tests de despegue vertical con los cohetes aceleradores, y dos meses más tarde con el motor cohete, pero todavía sin el piloto. A finales de febrero de 1945 todo estaba preparado para poner a prueba el Natter completo, piloto incluido. El 1 de marzo de 1945 el primer vuelo tripulado acabó con el Natter estrellado y con la muerte del piloto de pruebas Lothar Siebert. Al parecer, la causa fue que durante el ascenso la cubierta de la carlinga se desprendió y golpeó al piloto, No habría más lanzamientos tripulados. No está claro cuántas unidades del Natter completó Bachem hasta el final de la guerra, aunque podrían estar en torno a la quincena.

Defiant, el caza que solo disparaba hacia atrás

Esto a muchos os sonará repetido, porque dediqué una entrada al Defiant hace solo dos meses. Lo cierto es que he escrito entradas sobre la mayoría de las armas de la lista, aunque de las demás hace ya unos cuantos años.

El Boulton Paul Defiant era un modelo de caza británico con una característica muy peculiar: carecía de armamento frontal. En su lugar disponía de una torreta artillada con múltiples ametralladoras operada por un segundo tripulante y situada tras la cabina del piloto. Su diseño era el resultado de una novedosa concepción táctica de la aviación de caza por la que había apostado la RAF a finales de la década de los 30. Se suponía que le daba dos grandes ventajas respecto a los cazas convencionales: permitía que el piloto se desentendiese del combate y se concentrase en el pilotaje del avión, y proporcionaba al artillero un campo de tiro mucho más amplio que el que daban las ametralladoras fijas.


Se dijo que durante la evacuación de Dunkerque los Defiants desplegados en Francia causaron estragos entre las escuadrillas de caza alemanas. Según se contaba, su parecido con el Hawker Hurricane confundía a los pilotos de la Luftwaffe, que al atacarlos desde atrás se encontraban con el inesperado fuego de cola de sus cuatro ametralladoras. En una sola tarde, la del 29 de mayo de 1940, los Defiants reclamaron el derribo de 38 aviones enemigos en el transcurso de dos misiones, sin sufrir ninguna baja propia. Pero lo cierto es que su gran victoria sobre la Luftwaffe fue una creación de la propaganda británica. Ese día los alemanes perdieron tan solo 14 aparatos sobre Dunkerque, por lo que su cifra real de derribos tuvo que estar muy lejos de los 38 reclamados.

La realidad fue que entre mayo y julio de 1940 las escuadrillas de Defiants fueron aniquiladas una y otra vez en sus enfrentamientos con los cazas alemanes. En comparación con otros cazas de su época eran muy pesados, lentos y poco maniobrables, y además estaban indefensos ante los ataques frontales o desde abajo. Su imposibilidad de abrir fuego contra objetivos situados frente a ellos era una característica especialmente significativa, ya que los convertía en aviones de caza que de hecho no podían cazar y que conseguían sus mejores resultados cuando eran ellos los atacados. A pesar de sus supuestas virtudes, sus limitaciones eran ya demasiado evidentes, y los Defiants no tardaron en ser retirados de primera línea.

En el invierno de 1940/41 los Defiants tuvieron una actuación destacada como cazas nocturnos, defendiendo las ciudades británicas contra los raids de la Luftwaffe. Pero en poco tiempo fueron sustituidos en esa función por otros modelos de caza pesado con prestaciones muy superiores. Después de aquello, medio centenar de Defiants fueron modificados para su uso en misiones de salvamento marítimo. El resto, la inmensa mayoría, acabaron siendo utilizados como remolcadores de blancos para prácticas de artillería antiaérea.

Un paseo por las nubes

La WAAF (Women's Auxiliary Air Force) era el cuerpo femenino de la Fuerza Aérea británica. Aunque no tenían permitido pilotar aviones ni formar parte de tripulaciones aéreas, decenas de miles de mujeres sirvieron en la RAF durante la guerra, ocupándose de todo tipo de tareas en centros de mando, estaciones de radar, centros de comunicaciones, equipos de análisis de inteligencia, servicios meteorológicos, talleres de mantenimiento y reparación de aeronaves...

A comienzos de 1945 la LACW (Leading Aircraftwoman, o soldado de primera) Margaret Horton estaba destinada en Hibaldstow, un aeródromo secundario de la base aérea de Kirton in Lindsey, en Lincolnshire. utilizado para tareas de entrenamiento. Allí trabajaba como mecánica en el mantenimiento de los cazas de la unidad de entrenamiento de la base.

El viernes 9 de febrero de 1945 amaneció frío y desapacible. Durante toda la mañana el tiempo estuvo revuelto, con vientos racheados y lluvias intermitentes. Margaret y sus compañeros terminaron de reparar un Supermarine Spitfire y, siguiendo la rutina habitual, uno de los instructores de vuelo de la base subió al avión para realizar un corto vuelo de prueba. En los días de viento, como aquel, el procedimiento marcaba que uno de los mecánicos debía sentarse sobre la cola mientras el aparato rodaba desde el hangar hasta la pista, para evitar que la parte trasera del avión se levantase. Cuando llegaba al comienzo de la pista, antes de iniciar el despegue, el piloto tenía que detenerse un momento para permitir que el mecánico saltase a tierra.

Cuando el Flight Leutnant (capitán) Neil Cox arrancó el motor del Spitfire, a Margaret le tocó subirse a la cola para hacer contrapeso. Así llegó al inicio de la pista de despegue, sentada sobre el estabilizador horizontal. Antes de comenzar a rodar por la pista, Cox detuvo por un instante el aparato e inició los controles rutinarios previos al despegue. En ese momento el piloto hizo un gesto casual con la mano, que Margaret interpretó como un “espera, no bajes todavía”. Instantes después, sin percatarse de que la chica aún seguía subida a la cola del avión, Cox aceleró e inició la maniobra de despegue.

Antes de que Margaret pudiese reaccionar, el Spitfire ya había tomado demasiada velocidad como para atreverse a saltar. Se aferró lo mejor que pudo a la aleta vertical, rodeándola con el torso por un lado y las piernas por el otro, y cerró los ojos mientras el avión comenzaba a separarse del suelo. En tierra una compañera suya vio lo ocurrido y fue corriendo a avisar a su sargento. El suboficial por un momento pensó que la chica estaba bromeando, pero su cara de susto no tardó en convencerle de que iba en serio. El hombre se dirigió a toda velocidad a la torre de control para informar de lo que estaba sucediendo. La torre envió un mensaje por radio al capitán Cox ordenándole que aterrizase cuanto antes, sin darle más explicaciones para no ponerle nervioso.

Mientras tanto, Cox había despegado y había ascendido hasta los 800 pies (unos 250 metros). Desde el primer momento notó que algo iba mal. Le había costado ganar altura, y le parecía que el avión estaba pesado y no respondía correctamente a los controles. Eran el peso de Margaret en la cola y el impulso instintivo que la obligaba a agarrarse, aunque fuese a los timones de profundidad o de dirección, los que provocaban el comportamiento irregular del aparato. Así que cuando Cox recibió el mensaje de la torre no necesitó nada más para convencerle de que lo que mejor que podía hacer era completar un circuito de pruebas cuanto antes y volver a aterrizar. Mientras estuvo en el aire, en ningún momento fue consciente de que llevaba una pasajera.

El caza aterrizó sin problemas, e instantes después una ambulancia cruzó la pista para trasladar a Margaret hasta la enfermería, aunque el único daño que había sufrido era una torcedura en un brazo y ella insistía en volver cuanto antes a su puesto.

La investigación oficial del incidente se cerró sin consecuencias para ninguno de los implicados, aunque la soldado Horton fue amonestada por sus superiores... por haber perdido su boina.

En los años posteriores Margaret Horton aceptó varias veces posar para la prensa subida en la cola de un Spitfire para recordar su involuntario paseo por las nubes.

¿Hay alguien ahí?

Al atardecer del 4 de noviembre de 1944 el 466th Squadron de la RAAF (la Real Fuerza Aérea Australiana) despegó de su base de Driffield, en el este de Inglaterra, en una misión de bombardeo nocturno que tenía como objetivo el complejo minero-industrial de Bochum, en la cuenca del Ruhr. A esas alturas de la guerra la Luftwaffe apenas podía ya enfrentarse a los raids masivos que arrasaban las ciudades alemanas, pero tripular un bombardero aliado en una misión sobre el Reich aún suponía un gran riesgo. Miles de baterías antiaéreas protegían las áreas de mayor importancia estratégica de Alemania. Y una de ellas era precisamente la región industrial del Ruhr. Allí los bombarderos tenían que enfrentarse a la mayor concentración de defensas antiaéreas de toda Europa.

El 466th Squadron operaba con bombarderos pesados Handley Page Halifax, cuatrimotores de fabricación británica con una tripulación de siete hombres y una carga de casi seis toneladas de bombas cada uno. Como se esperaba, al llegar sobre el objetivo los Halifax fueron recibidos por un intenso fuego de artillería. Volando entre las explosiones de los proyectiles antiaéreos y las luces de los reflectores que barrían el cielo, soltaron sus cargamentos de bombas y se alejaron lo más rápido que pudieron.


Uno de los Halifax del 466th Squadron estaba pilotado por el flight lieutenant (el rango equivalente a capitán en las fuerzas aéreas de la Commonwealth) Joseph B. Herman, un experimentado piloto que sumaba más de treinta misiones de combate. En cuanto su oficial de bombardeo le comunicó que habían acabado de lanzar las bombas, Herman puso rumbo al oeste para alejarse del fuego antiaéreo. Cuando parecía que habían dejado atrás lo peor, un proyectil golpeó al avión en la cola, e instantes después otros dos impactaron en ambas alas. Los depósitos de combustible situados en las alas comenzaron a arder. Herman, sabiendo que el bombardero estaba condenado y que podía explotar en cualquier momento, dio a su tripulación la orden de abandonarlo.

Herman se quedó a los mandos, tratando de mantener el avión nivelado, mientras sus compañeros se lanzaban en paracaídas. Cuando creía que ya habían saltado todos, oyó por el intercomunicador la voz del artillero de la torreta dorsal, el sargento John Vivash, pidiendo ayuda. Se giró y vio a Vivash intentando llegar hasta él arrastrándose con una pierna herida. Herman desabrochó las correas de su asiento, se quitó el casco de cuero y fue a recoger su paracaídas, guardado en un contenedor en el compartimento del ingeniero de vuelo. Estaba a punto de alcanzarlo cuando el ala derecha del Halifax se dobló y desapareció en medio de una bola de fuego. El avión comenzó a caer en espiral y Herman fue arrojado contra un lateral del fuselaje. Cuando apoyó sus manos en él, el fuselaje se abrió y Herman se encontró flotando en el vacío. El bombardero se había desintegrado en el aire.

Durante unos segundos Herman fue presa del pánico. Pataleó y gritó, tratando desesperadamente de hacer algo. Pero cualquier cosa que pudiese hacer sería inútil. Cuando fue consciente de ello, se relajó. Iba a morir. Recordó haber visto que el marcador de altitud indicaba 17.500 pies (unos 5.300 metros) instantes antes de que el avión estallase. No sabía cuánto tiempo se tardaba en recorrer 17.500 pies en caída libre, pero supuso que sería algo más de un minuto. Después todo se acabaría.

Estaba rodeado de piezas de metal, aparentemente estáticas a pocos metros de distancia. Tardó unos instantes en darse cuenta de que eran fragmentos del avión que caían a su misma velocidad. Tuvo la esperanza de encontrar su paracaídas flotando entre aquellos restos. Pero no había nada que se le pareciese, y, de cualquier modo, no habría sabido cómo hacer para alcanzarlo en el caso de que lo encontrase. A la luz de la luna distinguió bajo él el curso sinuoso de un río. Podía tener la suerte de caer en él. Sabía perfectamente que a esa velocidad no habría mucha diferencia entre aterrizar en una masa de agua o en un suelo de hormigón, pero su mente se agarró a aquella última esperanza. Mientras caía, girando sobre sí mismo, alternaba los momentos de terror con otros en los que tenía una sensación de desapego, de estar viendo aquella situación como espectador, y no como protagonista.

De repente su cuerpo golpeó bruscamente contra algo. Su primer pensamiento fue que al fin se había estrellado en el suelo. Pero un instante después se dio cuenta de que seguía con vida. Inconscientemente se había aferrado con ambos brazos al objeto que le había golpeado. Cuando se fijó mejor tuvo un sobresalto al percatarse de que estaba abrazado a un par de piernas. Entonces escuchó una voz conocida, la del sargento Vivash:

- ¿Hay alguien ahí?

- Sí, estoy aquí abajo.

- ¿Dónde? ¿Dónde estás?

- Aquí, justo debajo. Estoy colgado de tus piernas.

En ese momento fue cuando Vivash reconoció la voz de Herman.

- Ten cuidado con mi pierna derecha, Joe, creo que está rota.

- O.K.

En realidad no estaba rota. Vivash tenía ambas piernas con múltiples heridas de metralla y entumecidas, pero con todos los huesos sanos. El paracaídas de Vivash estaba desplegado sobre ellos. Tardaron tres o cuatro minutos en llegar al suelo. En ese tiempo casi no volvieron a hablar. Vivash estaba más preocupado de su pierna que de su compañero, y Herman estaba concentrado únicamente en agarrarse. Los brazos le dolían, y a medida que pasaba el tiempo el cansancio era cada vez mayor. Cuando ya pensaba que no iba a ser capaz de aguantar más, pasaron entre las ramas de un árbol e instantes después cayeron a tierra. El final del descenso tomó por sorpresa a Herman. No tuvo tiempo de soltarse, y Vivash aterrizó pesadamente sobre su pecho, rompiéndole un par de costillas.

Durante unos minutos se quedaron en el suelo, recuperando el aliento. Cuando Herman se incorporó vio que estaban en un pequeño claro en medio de un bosque de pinos. El paracaídas se había quedado colgado encima de ellos, enganchado a un árbol. Las costillas rotas le provocaban un fuerte dolor en el pecho. Además descubrió que tenía una gran cantidad de cortes en la cara y en la pierna izquierda. Vivash sangraba por sus heridas en las piernas. Herman las vendó con tiras de seda arrancadas del paracaídas y le ayudó a ponerse en pie. Sin perder tiempo enterraron el paracaídas y se alejaron de allí. Durante cuatro días permanecieron ocultos, siempre moviéndose en dirección oeste, con la esperanza de alcanzar las líneas aliadas en Holanda. Pero finalmente el 8 de noviembre fueron descubiertos y capturados. Pasaron el resto de la guerra en un campo de prisioneros alemán.

Herman había sobrevivido gracias a una increíble casualidad. Durante su caída estuvo consciente en todo momento. Vivash, en cambio, perdió el conocimiento con la explosión del avión. Seguramente descendieron todo el tiempo el uno junto al otro. Alguno de los objetos que había visto Herman acompañándole en su caída tuvo que ser el cuerpo de su compañero, aunque él no pudo reconocerlo. Tras más de un minuto de descenso (cuando reconstruyeron mentalmente lo ocurrido calcularon que habrían recorrido más de 3.500 metros en caída libre), Vivash recuperó la consciencia lo suficiente como para tirar del cordel de apertura del paracaídas (él no recordaba haberlo hecho, así que puede que lo hiciese de forma instintiva cuando aún estaba semiinconsciente). Cuando el paracaídas comenzó a desplegarse, el cuerpo de Vivash hizo un movimiento de bamboleo. Sus piernas se quedaron por un mínimo instante en posición casi horizontal. Ese fue el momento en el que golpearon el cuerpo de Herman. La casualidad quiso que Herman, que caía girando sobre sí mismo, tuviese los brazos en dirección al cuerpo de Vivash en el momento exacto en el que sintió el golpe. Unas décimas de segundo más tarde, el paracaídas se habría desplegado lo suficiente como para empezar a frenar la caída de Vivash y los dos hombres se habrían separado definitivamente. Cuando Vivash comenzó a desacelerar, Herman ya se había aferrado a sus piernas. Un gesto instintivo que le había salvado la vida.

Tras dejar la Fuerza Aérea, Joseph Herman siguió volando como piloto comercial y fumigador aéreo.

Una grabación en la que se puede oir a Joe Herman relatando su historia (en inglés, claro):

https://www.awm.gov.au/collection/S00113/

Nick Alkemade, un hombre con suerte


La noche del 24 al 25 de marzo de 1944 la Royal Air Force lanzó un gran raid contra Berlín en el que participaron más de 800 aviones. En el vuelo de regreso muchos de los bombarderos británicos fueron empujados hacia el sur por un fuerte viento que les llevó directamente sobre la región industrial del Ruhr, la zona con mayor concentración de defensas antiaéreas del Reich. Poco antes de la medianoche, uno de aquellos aviones, un Avro Lancaster del 115th Squadron, fue atacado por un caza nocturno Junkers Ju 88. Los cañones del caza alemán destrozaron el ala izquierda del Lancaster, que empezó a caer envuelto en llamas. Sin ninguna posibilidad de salvar el bombardero, su piloto, el teniente James Newman, ordenó a sus seis compañeros que abandonasen el avión antes de saltar él mismo en paracaídas.

En la torreta de cola se encontraba el sargento Nick Alkemade, de 21 años. El acristalamiento había saltado por los aires, y Nick se encontraba expuesto a las gélidas temperaturas del aire exterior. Cuando abrió la escotilla para tratar de escapar se encontró con que toda la parte trasera del bombardero estaba ardiendo. La torreta trasera era demasiado estrecha como para que el artillero que la ocupaba llevase puesto el paracaídas. Éste se guardaba en un recipiente junto a la escotilla, de forma que el artillero no tenía más que engancharlo al arnés, que sí llevaba siempre colocado, antes de saltar del avión. Pero cuando Alkemade se asomó fuera de la torreta vio el paracaídas ardiendo dentro de su contenedor. Huyendo del fuego, que le chamuscaba ya la cara, volvió a cerrar la portezuela. Alkemade estaba atrapado en el interior de un avión en llamas a punto de estrellarse.

Por si fuera poco, el fuego alcanzó el líquido hidráulico de la torreta, que también empezó a arder. Las llamas prendieron en su traje y le quemaban las manos y la cara, aunque Alkemade estaba tan excitado que no sintió dolor. Sus únicas opciones eran quedarse y morir abrasado o saltar al vacío. Así que se giró y se dejó caer fuera del avión. Según contó más tarde, sintió una gran tranquilidad. No tenía ninguna sensación de estar cayendo, era más bien como si estuviese suspendido en el aire. Tampoco recordó haber tenido miedo. Había aceptado con una extraña naturalidad la idea de que iba a morir. A pesar de tanta serenidad, o quizá debido a ella, en un momento indeterminado de la caída Alkemade perdió el conocimiento.

Se despertó tres horas más tarde. Estaba tumbado en la nieve, rodeado de abetos. Por encima de él veía las estrellas a través del agujero que había abierto entre las ramas durante su caída. Estaba casi ileso. Aparte de las quemaduras y los cortes sufridos dentro del avión, tan solo tenía una torcedura en una rodilla. Había perdido sus botas, seguramente desprendidas de sus pies cuando cayó golpeando contra las ramas. Después de unos instantes de confusión, Alkemade comprendió lo que había pasado: las ramas de los árboles habían ido amortiguando su caída lo suficiente como para que al llegar al suelo bastase el colchón de nieve que lo cubría (de cerca de medio metro de espesor) para salvarle la vida. A pocos metros de distancia se acababa el bosque, y allí, sin la sombra de los árboles, la nieve había desaparecido casi por completo.

Incapaz de moverse, debido al esguince de su rodilla, dolorido y aterido de frío, Alkemade sacó su silbato de emergencia y lo sopló para pedir socorro. Unos civiles alemanes le encontraron y le llevaron al hospital de Meschede, una pequeña ciudad a orillas del Ruhr. Allí le atendieron de sus quemaduras y de los cortes producidos por fragmentos del plástico de la torreta y del fuselaje del avión. Más tarde recibió la “visita” de la Gestapo. Cuando le preguntaron qué había hecho con el paracaídas y él respondió que había saltado sin él, los interrogadores no le creyeron y amenazaron con ejecutarle por espía. Por suerte tenía una prueba irrefutable. Alkemade les indicó que si querían confirmar su historia no tenían más que ir al lugar de la caída y buscar su arnés, sin utilizar, que se había quitado cuando estaba esperando ayuda.

Después de tres semanas en el hospital, Alkemade fue enviado al centro de tránsito de prisioneros de Dulag Luft, cerca de Frankfurt. Allí su milagrosa supervivencia le convirtió en una pequeña celebridad entre los otros prisioneros. Para dar fe de la veracidad de su historia, algunos de sus compañeros de cautiverio redactaron una especie de certificado en una hoja arrancada de una Biblia:

"Dulag Luft.
Ha sido investigado y corroborado por las autoridades alemanas que la afirmación del sargento Alkemade, No. 1431537, es verdadera en todos los aspectos, a saber: que ha hecho un descenso de 18.000 pies sin paracaídas y ha hecho un aterrizaje seguro sin heridas. Su paracaídas había ardido en el avión. Él aterrizó en la nieve entre unos abetos.
Corroborado y atestiguado por:
Teniente de vuelo H.J. Moore (Oficial superior británico)
Sargento de vuelo R.R. Lamb
Sargento de vuelo T.A. Jones
(25/4/44) "


Alkemade fue enviado al Stalag Luft III, el campo de prisioneros de La gran evasión. Fue liberado al finalizar la guerra. Tras su desmovilización consiguió trabajo en una planta química de su ciudad natal, donde se dice que sobrevivió a una descarga eléctrica severa, una intoxicación con gas de cloro, una rociada de ácido sulfúrico y el golpe de una viga de acero. Murió en 1987.

Nick Alkemade no ha sido ni mucho menos el único superviviente a una caída a gran altura sin paracaídas, pero sí el más famoso. De hecho ya había aparecido en este blog en alguna ocasión, como cuando conté la anécdota de cómo rechazaron su solicitud de ingresar en el Caterpillar Club. Su fama relativa, en comparación con otros casos similares, puede deberse a que a él mismo le gustaba contar su historia. No parecía guardar ningún tipo de trauma por su experiencia. Aquí le vemos, años después, visitando el lugar donde aterrizó y hablando para un reportaje de la televisión francesa:

Las declaraciones de guerra en la Segunda Guerra Mundial (algunos datos curiosos)

- La Segunda Guerra Mundial en Europa comenzó el 1 de septiembre de 1939 cuando Polonia fue invadida, sin previa declaración de guerra, por los ejércitos de Alemania... y Eslovaquia.

- El 3 de septiembre de 1939 Francia, Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda declararon la guerra a Alemania en respuesta a la invasión de Polonia. El quinto país en hacerlo, el 4 de septiembre, fue Nepal. Su gobierno trataba de asegurar así la máxima protección legal a los gurkhas nepalíes que servían en el Ejército británico. En los días posteriores les seguirían Canadá, Sudáfrica y los protectorados británicos de Omán y Bahréin.

- La Francia de Vichy, pese a ser oficialmente no beligerante, mantuvo una guerra no declarada con los Aliados que costó miles de vidas en Argelia, Siria, Madagascar... Uno de los ataques que sufrió se produjo entre el 23 y el 25 de septiembre de 1940, cuando tropas de la Francia Libre apoyadas por la Royal Navy trataron de hacerse con el control de Dakar. Esos mismos días fuerzas japonesas atacaron Lang Son, en la Indochina Francesa. Durante tres días Francia estuvo librando dos guerras paralelas no declaradas, una contra los Aliados y otra contra una de las potencias del Eje.

- El primer país que declaró la guerra a Japón después del ataque a Pearl Harbor fue Panamá. Lo hizo su presidente Ricardo Adolfo de la Guardia el 7 de diciembre de 1941, el mismo día del ataque, adelantándose a Estados Unidos, Filipinas, los países de la Commonwealth, Holanda y otros estados centroamericanos y del Caribe, que hicieron la declaración formal al día siguiente. De la Guardia llevaba menos de dos meses en el cargo, después de que un golpe de estado hubiese apartado del poder al anterior presidente, Arnulfo Arias Madrid, a quien los estadounidenses acusaban de simpatizar con el Eje.

- Aunque China estaba en guerra con Japón desde 1937, el gobierno de Chiang Kai-shek solo presentó una declaración formal el 8 de diciembre de 1941, el día siguiente al ataque a Pearl Harbor. Además de a Japón, declaró también la guerra a Alemania e Italia. Se aseguraba así de que la guerra chino-japonesa fuese considerada parte del conflicto mundial.

- Solo en una ocasión el gobierno de Hitler hizo una declaración formal de guerra previa al inicio de las hostilidades con otro país. Fue a Estados Unidos, el 11 de diciembre de 1941. Aunque, de hecho, hacía meses que la US Navy y los submarinos alemanes estaban librando una guerra no declarada en el Atlántico.

- El 11 de diciembre de 1941 el gobierno polaco exiliado en Londres declaró la guerra a Japón. El gobierno japonés no aceptó la declaración, argumentando que Polonia había sido empujada a presentarla por las presiones británicas. En realidad tanto la declaración como su rechazo fueron sobre todo gestos propagandísticos.

- Portugal permaneció neutral durante todo el conflicto, a pesar de que ambos bandos atacaron e invadieron territorio portugués. La colonia de Timor Oriental fue ocupada por tropas australianas y holandesas en diciembre de 1941, y por fuerzas japonesas en febrero de 1942. La ocupación se mantuvo hasta la rendición de Japón en septiembre de 1945.

- El último país que declaró la guerra a Alemania fue Finlandia, el 3 de marzo de 1945. Lo cierto es que ya llevaban seis meses en guerra. Tras firmar el armisticio con la URSS, en septiembre de 1944, los finlandeses cambiaron de bando y se enfrentaron a las tropas alemanas desplegadas en su territorio. Las presiones soviéticas hicieron que el gobierno finlandés presentase una declaración de guerra formal cuando los alemanes ya habían sido casi totalmente derrotados.

- El último país en entrar en la guerra fue Chile. En una acción puramente simbólica (la participación chilena en el conflicto fue nula), el gobierno de Juan Antonio Ríos declaró la guerra a Japón el 13 de abril de 1945.

- Después de unirse Chile a los Aliados, la totalidad del continente americano estaba en guerra con Japón, con una única excepción: Colombia. El 26 de noviembre de 1943 el gobierno colombiano declaró la guerra a Alemania por los reiterados ataques que habían sufrido barcos colombianos por parte de submarinos alemanes en el Caribe. Pero Colombia nunca llegó a unirse oficialmente a la guerra contra el Imperio Japonés.

- La última declaración formal de guerra la presentó la República Popular de Mongolia a Japón el 10 de agosto de 1945, dos días después de que lo hiciese la URSS, y cuando tropas mongolas ya habían iniciado junto a las soviéticas la invasión de Manchuria. Mongolia era el país número 41 que declaraba la guerra a Japón. Anteriormente había estado en guerra con Alemania.

- En esos momentos el único aliado que le quedaba a Japón (sin contar estados títeres sin reconocimiento internacional, como Manchukuo) era Tailandia. Pero tras el derrocamiento del impopular mariscal Phibun en agosto de 1944 el gobierno tailandés fue distanciándose progresivamente de los japoneses, y un año después la teórica alianza solo existía sobre el papel. El 16 de agosto de 1945 el primer ministro decretó que la declaración de guerra promulgada en 1942 contra Estados Unidos y el Reino Unido había sido inconstitucional, por lo que no tenía ninguna validez. Así evitaba pedir el armisticio.

- El continente con más países oficialmente neutrales (o no beligerantes, que no era exactamente lo mismo) durante toda la Segunda Guerra Mundial fue Europa (Portugal, España, Andorra, Irlanda, Suecia, Suiza, Liechtenstein y el Vaticano), seguido de Asia (Yemen, Afganistán, Bután y el Tibet). El resto del mundo estuvo oficialmente en guerra en algún momento del conflicto.

Un puente aéreo de cerveza

Después del desembarco de Normandía, el abastecimiento de los ejércitos aliados a través del canal de la Mancha se convirtió en un gigantesco desafío logístico. Hacer llegar diariamente alimentos y todo tipo de suministros básicos a cientos de miles de hombres, muchos de ellos en primera línea de combate, era una tarea titánica que a duras penas permitía satisfacer todas las necesidades y obligaba a marcar ciertas prioridades. Uno de los lujos al que las tropas de invasión tuvieron que renunciar (y probablemente el favorito, al menos para los soldados británicos) fue la cerveza. Era imposible conseguirla a través de los canales logísticos oficiales. Por eso en las escuadrillas de caza de la RAF tuvieron que recurrir a soluciones imaginativas para mantener el suministro constante del preciado líquido.

El Spitfire Mk IX era una versión evolucionada del Supermarine Spitfire que contaba con enganches bajo las alas para transportar bombas o tanques de combustible supletorios. Algún mecánico anónimo ideó la forma de modificar los enganches de forma que pudiesen servir para llevar barriles de cerveza. Una vez por semana, los Spitfires modificados eran enviados a Inglaterra en misiones de enlace o mantenimiento, o con cualquier otra excusa, para que a su regreso a Francia pudiesen transportar un par de barriles bajo las alas. Las bajas temperaturas del aire durante el vuelo hacían que la cerveza llegase refrigerada y lista para su consumo. Cuando los servicios de propaganda se enteraron de la historia no tardaron en sacarle provecho. Tanta publicidad se les dio que los Spitfires cerveceros llegaron a tener su propia denominación semioficial, Spitfire Mk XXX. No se sabe si los barriles se podían desprender en caso de emergencia, aunque de ser así el piloto habría necesitado un muy buen motivo para hacerlo. En caso contrario se arriesgaba a convertirse en el hombre más odiado de la escuadrilla durante toda la semana.


Se dice que la práctica acabó (al menos de forma oficial) cuando el Ministerio de Hacienda británico notificó a las empresas que suministraban la cerveza que estaban violando la ley por exportar un producto sin pagar las tasas correspondientes. Pero es bastante probable que los pilotos encontrasen la manera de continuar con los transportes de cerveza, con o sin el permiso de sus mandos.

Los últimos soldados del Reich

El 23 de mayo de 1945, casi tres semanas después del final de la guerra en Europa, un pequeño barco de pesca francés fondeó en Les Minquiers, un grupo de islotes deshabitado y de soberanía británica situado al sur de las islas Anglonormandas. Un soldado alemán, perfectamente uniformado y armado, se presentó ante los pescadores y se dirigió al patrón de la embarcación diciendo: “Los británicos se han olvidado de nosotros, tal vez nadie en Jersey les dijo que estábamos aquí. Quiero que nos lleves a Inglaterra, nos queremos rendir”. La guarnición alemana en Jersey y en el resto del archipiélago (el único territorio británico ocupado por los alemanes durante la guerra) se había rendido el 9 de mayo.

Hubo otras rendiciones mucho más tardías. El final de la guerra sorprendió al submarino U-530 patrullando las costas orientales de Norteamérica. Al conocer la noticia, el comandante del sumergible, el teniente Otto Wermuth, optó por poner rumbo a Argentina, el más “amistoso” de los países enemigos (forzado por las presiones estadounidenses, Argentina había declarado la guerra a Alemania pocas semanas antes). El 10 de julio el U-530 apareció frente al puerto de Mar del Plata. El teniente Wehrmuth se comunicó con las autoridades portuarias por medio de señales luminosas para ofrecer su rendición. La tripulación destruyó toda la documentación, armamento y equipo secreto del buque antes de entregarlo a los argentinos. Más de un mes después, el 17 de agosto, un segundo u-boote se rindió en Mar del Plata. Se trataba del U-977, un submarino del Tipo VII-C al mando del capitán Heinz Schäffer. Habían hecho una larga travesía desde aguas noruegas, donde se encontraban cuando les llegó la noticia de la rendición alemana. Tras someterlo a votación, la tripulación decidió dirigirse a Argentina. Antes de partir se permitió que un tercio de los tripulantes, que no estaban de acuerdo con la decisión, desembarcasen en Noruega.

Pero tampoco fueron ellos los últimos militares alemanes en rendirse. Ese honor corresponde a los once hombres que operaban una estación meteorológica situada en la isla deshabitada de Nordaustlandet (“Tierra del Nordeste” en noruego), en el archipiélago de las Svalbard. Desde septiembre de 1944 aquella pequeña guarnición, formada por hombres de la Wehrmacht y la Kriegsmarine y al mando de un oficial del Ejército, geógrafo, geólogo y experto en regiones polares, el teniente Wilhem Dege, había permanecido allí oculta, enviando regularmente informes meteorológicos a Alemania. En mayo de 1945 se enteraron por emisoras de radio noruegas de la muerte de Hitler y del final de la guerra. Después de destruir todo el material no imprescindible para su subsistencia, se pusieron en contacto con los noruegos informando de su posición. Nunca recibieron respuesta. Parecía que el mundo entero se había olvidado de ellos. Continuaron con su rutina de trabajo, confeccionando sus informes y radiándolos a Berlín, más como una forma de mantenerse ocupados que porque pensasen que podían ser de utilidad para alguien. Al fin, a comienzos de septiembre de 1945 un barco noruego de pesca de focas recibió la orden de dirigirse a recogerles. Cuando llegaron los noruegos, el teniente Dege se rindió al patrón del pesquero, el capitán Albersen, entregándole su pistola. Albersen aceptó la rendición, y, un poco confuso por la solemnidad de la ceremonia, lo único que acertó a decir fue si podía quedarse con el arma de recuerdo.

Será por papel...

Siguiendo con Operation Petticoat, al comienzo de la película se ve cómo un suboficial se queja amargamente al capitán del submarino (el personaje que interpreta Cary Grant) de que sus reiteradas solicitudes de papel higiénico son rechazadas por la burocracia de la Marina (en otro momento el mismo personaje afirma que "el único pedido que han atendido es el pedido de más impresos para pedidos"). Pues esta es otra de las anécdotas que se incluyeron en el guión de la película basadas en hechos reales. Su protagonista auténtico fue el capitán James Wiggins Coe, considerado uno de los mejores comandantes de submarino de la US Navy, que cuando estaba al mando del USS Skipjack tuvo que librar una pequeña batalla epistolar con el departamento de suministros del Arsenal Naval de Mare Island a cuenta del papel higiénico.

El capitán Coe había escrito varias veces al encargado de suministros de la base quejándose de la falta de papel higiénico en su buque, recibiendo la inexplicable respuesta de que su solicitud era rechazada porque el material que reclamaba había sido considerado “equipamiento desconocido”. Coe escribió entonces una carta en la que incluía “una muestra del material deseado”, para ayudar al personal del almacén a identificarlo correctamente, y la explicación de que su tripulación estaba utilizando como sustituto la gran cantidad de papeleo burocrático inútil que llegaba continuamente al submarino, una medida que, con el fin de contribuir al esfuerzo bélico de la nación con un pequeño sacrificio, pensaba mantener hasta el final de la guerra.

Las ratas explosivas del SOE

Uno de los artilugios más exóticos de todos los ideados por el Special Operations Executive era una trampa explosiva camuflada en una rata muerta. A los roedores se les podía introducir en sus cuerpos una pequeña cantidad de explosivo plástico, que por sí solo no sería lo suficientemente potente como para provocar daños graves. Pero los británicos creyeron haber encontrado la manera de causar estragos con aquella sencilla arma. El plan era distribuir las ratas-bomba entre los grupos de resistencia de la Europa ocupada, que las dejarían cerca de carboneras o salas de calderas. Cuando el encargado de palear el carbón viese la rata, lo que haría casi por instinto sería lanzarla al fuego. La presión del vapor multiplicaría los efectos de la explosión, y la caldera y todo lo que se encontrase cerca de ella saltarían por los aires. Los planificadores del SOE imaginaban el desconcierto y el pánico de los alemanes al enfrentarse a una inexplicable oleada de explosiones de calderas.

Las ratas-bomba nunca llegaron a utilizarse. El primer contenedor cargado de ratas muertas que fue lanzado en paracaídas cayó en manos de los alemanes, y al desvelarse el secreto el SOE decidió abandonar el plan. Sin embargo, según sus propios informes, la operación logró un éxito inesperado. Los alemanes se quedaron tan impresionados al descubrir la trampa que ellos mismos se encargaron de publicitarla y de extender el miedo entre sus propias tropas. Se dedicaron una gran cantidad de recursos a la búsqueda de roedores explosivos por toda Europa. A decir de un informe del SOE: "los problemas causados al enemigo supusieron un éxito mucho mayor para nosotros que el que habrían tenido si las ratas se hubiesen utilizado realmente".

Camuflaje urbano



Lo que se ve en estas imágenes (sin audio) de un noticiario de la época no es otra cosa que el techo de la gigantesca factoría de Boeing en la ciudad de Seattle, el lugar donde se fabricaban las "fortalezas volantes" B-17. Un grupo de diseñadores de decorados de Hollywood lo cubrió de maquetas, a tamaño real o a escala, construidas con madera, cartón y otros materiales, que simulaban casas, calles, automóviles y árboles. Además se contrató a figurantes para que se paseasen por las falsas calles o tomasen el sol en los jardines de cartón piedra. El objetivo era camuflar la fábrica para que desde el aire tuviese el aspecto de un típico barrio suburbano estadounidense.

Lo cierto es que este tipo de medidas de enmascaramiento eran innecesarias. En toda la guerra solo un avión del Eje llegó a sobrevolar territorio continental de los Estados Unidos, el pilotado por el sargento Nobuo Fujita.

El rey republicano

Como vimos en la entrada anterior, las familias reales europeas están todas emparentadas entre sí. Durante siglos han practicado una endogamia que solo en tiempos muy recientes se ha comenzado a romper.

Aunque de vez en cuando aparecía sangre nueva. Normalmente, cuando un rey no dejaba descendencia (o era depuesto) y obligaba a inaugurar una dinastía, se recurría a alguien de la alta nobleza local o a algún príncipe de una casa real extranjera para sucederle. Pero no siempre fue así.

Un día el rey Carlos XIV de Suecia se puso enfermo. Su médico decidió aplicarle una sangría, el remedio para casi todos los males en aquella época. Cuando el doctor le pidió que se subiese la manga derecha, el monarca se negó. Después de mucho insistir, el rey aceptó mostrarle el brazo, pero antes hizo que el medico jurase guardar el secreto de lo que iba a ver. Al remangarse mostró un tatuaje con la inscripción: “Muerte a los reyes”.

Carlos XIV no nació de sangre azul. Era un militar francés, mariscal de Napoleón, de nombre Jean Baptiste Bernadotte. El prestigio que consiguió en el norte de Europa hizo que el parlamento sueco le eligiese como sucesor del rey Carlos XIII, muerto sin descendencia. Bernadotte era un republicano convencido. Antes de la Revolución un hombre de clase relativamente humilde como él (era hijo de un abogado de Pau) nunca habría podido llegar a oficial. La República le había permitido hacer carrera en el Ejército hasta alcanzar cargos anteriormente reservados a la alta aristocracia. Incluido el de rey.

The Deadly Double

El 22 de noviembre de 1941, apenas dos semanas antes del ataque japonés a Pearl Harbor, dos extraños anuncios aparecieron en la revista estadounidense New Yorker. Parecían ser publicidad de algo llamado The Deadly Double (“El Doble Mortal”). Uno de ellos, publicado en la página 32 de la revista, estaba encabezado con una advertencia en varios idiomas: “Achtung! Warning! Alerte!”. Debajo se veía un dado blanco que mostraba los caracteres 12, 24 y XX, y otro negro con los números 0, 5 y 7. Sobre ellos tan solo había una frase: “Ver anuncio página 86”.


En la mencionada página 86 se encontraba el segundo anuncio. Un dibujo mostraba a un grupo de gente de aspecto alegre reunida en un bunker subterráneo, jugando a los dados en torno a una mesa, mientras sobre ellos se desarrollaba lo que parecía ser un ataque aéreo, con focos reflectantes y explosiones en el aire y en tierra. Se repetía la advertencia “Achtung! Warning! Alerte!”, y bajo ella un texto explicativo (que en realidad no explicaba demasiado): “Esperamos que usted nunca tenga que pasar una larga noche de invierno en un refugio antiaéreo, pero pensamos ... que es de sentido común estar preparado. Si no está demasiado ocupado entre este momento y la Navidad, por qué no sentarse y planear una lista de las cosas que usted querría tener a mano... Productos enlatados, por supuesto, y velas, Sterno [latas de combustible para barbacoas y estufas], agua embotellada, azúcar, café o té, brandy, y un montón de cigarrillos, suéteres y mantas, libros o revistas, cápsulas de vitaminas ... y aunque no es tiempo, realmente, de pensar en lo que está de moda, apostamos a que la mayoría de sus amigos se acordará de incluir esos intrigantes dados y fichas que componen el juego favorito de Chicago”. A continuación aparecían en gran tamaño las palabras “The Deadly Double” y un águila bicéfala, con un aspecto sospechosamente germánico, e incrustado en ella un escudo con las siglas XX.


Después de Pearl Harbor, aquellos misteriosos mensajes parecieron adquirir un significado siniestro. Hubo quien pensó que los anuncios habían sido el método utilizado por las potencias del Eje para avisar a sus agentes en Estados Unidos de que la guerra era inminente. En los dados aparecía la fecha del ataque (los números 7 y 12, es decir, 7 de diciembre). El resto de caracteres podrían incluir mensajes en clave con más información o instrucciones para espías y saboteadores (se han intentado descifrar de distintas maneras, pero ninguna de las interpretaciones tenía mucho sentido). “Deadly Double” podía ser una forma de describir la doble amenaza que se cernía sobre la nación, Alemania y Japón. Y las premonitorias alusiones a bombardeos “entre este momento y la Navidad” parecían referirse a los ataques japoneses. Se cuenta que, ante tanto indicio sospechoso, el FBI se vio obligado a realizar una exhaustiva investigación. Lo que descubrieron (o, mejor dicho, lo que no descubrieron) no hizo sino aumentar el misterio. A pesar de todos sus esfuerzos, no se logró averiguar la identidad del hombre que había contratado los anuncios en el New Yorker. Había pagado en efectivo y no había dejado ningún nombre ni dirección. Los anuncios aparecían firmados por una compañía de Nueva York llamada Monarch Trading Co., que resultó ser una empresa ficticia.

El caso del "Deadly Double" se ha convertido en uno de los grandes misterios de la Segunda Guerra Mundial, y así aparece en infinidad de sitios. Por ejemplo, en este libro de curiosidades matemáticas, además del día y el mes del ataque japonés, el autor es capaz de encontrar en los anuncios del New Yorker el año y la hora, e incluso la latitud de Pearl Harbor. Afirma también que en 1967 se reveló que el FBI había estudiado el asunto en 1941 y había llegado a la conclusión de que todo podía atribuirse a una gran coincidencia. En este artículo de Los Angeles Times el autor asegura que conoció la historia a través de un oficial de inteligencia con el que habló durante la guerra (el artículo es de 1989). En este otro, el autor se atreve a afirmar que en el dibujo del segundo anuncio "todas las imágenes sugieren Pearl Harbor en Hawai", y cree ver una bomba cayendo en la superficie del mar, cuando es evidente que lo que representa es un ataque aéreo sobre tierra y un refugio subterráneo. Se dice también que el FBI sí consiguió identificar al misterioso hombre que contrató los anuncios, pero que éste murió pocas semanas después en circunstancias extrañas. Son versiones no exactamente coincidentes, pero todas llegan a la misma conclusión: el misterio sigue sin resolverse.

Pero lo cierto es que nunca hubo tal misterio. The Deadly Double era exactamente lo que parecía, un juego de mesa.


En medio de la paranoia que siguió al ataque a Pearl Harbor, resulta incluso creíble que el FBI se interesase por el asunto, pero en cualquier caso la investigación no les llevaría demasiado tiempo. Monarch Trading Co. era una empresa auténtica y completamente legal, y The Deadly Double un juego que se comenzó a comercializar en la campaña navideña de aquel año. Es posible que las alusiones a bombardeos en su publicidad fuesen de mal gusto, pero hay que tener en cuenta que era el tema de moda (Europa llevaba dos años en guerra y la amenaza sobre Estados Unidos era cada vez mayor) y que el primer objetivo de cualquier campaña de marketing es llamar la atención. Por supuesto, que apareciesen los números 12 y 7 en los anuncios fue una simple casualidad (y no demasiado sorprendente), y el resto de cifras y símbolos no tenían ningún significado oculto.

Blackhawk

Como contaba en una entrada anterior, pocos cómics estadounidenses sobrevivieron al final de la Edad Dorada, al término de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, solo cuatro títulos se mantuvieron ininterrumpidamente desde los años 40 hasta el inicio de la llamada Edad de Plata, ya en la década de los 60. Tres de ellos eran los superhéroes más populares, Superman, Batman, y Wonder Woman. El cuarto era muy distinto. Aunque tenía rasgos en común con el género de superhéroes, era en realidad un cómic bélico (uno de los primeros ejemplos de la historia). Y a pesar de que estaba ambientado en la guerra contra el Eje, no compartía el patriotismo de los cómics de su época. De hecho, a excepción de algún personaje muy secundario, sus protagonistas no eran estadounidenses.

El personaje principal, que daba nombre a la serie, se hacía llamar Blackhawk, y era un piloto de caza polaco de identidad desconocida que había reunido en torno a él a un grupo de aviadores de diversas nacionalidades para luchar contra los nazis. Apareció por primera vez en agosto de 1941, en el número 1 de Military Comics, una publicación de la editorial Quality Comics. Durante la guerra se convirtió en uno de los personajes de historieta más populares de Estados Unidos. A partir de 1944 sus aventuras comenzaron a publicarse en su propia revista, Blackhawk.


Blackhawk era un oficial polaco que había logrado huir de su país tras la invasión alemana y había reunido un grupo multinacional de aviadores para seguir combatiendo por su cuenta. El villano en aquella primera etapa era el capitán Von Tepp, un piloto nazi responsable de la muerte de la familia del protagonista. El Escuadrón Blackhawk presenta numerosas variaciones a lo largo de la serie. Los personajes más habituales eran: Stanislaus, su segundo, también polaco; Olaf, un gigantesco sueco que había luchado en Finlandia contra los soviéticos; Chuck, un estadounidense (el único) voluntario en la RAF; André, francés elegante y conquistador; Hendrickson, un bigotudo alemán opositor a Hitler (a veces se le presenta como holandés); y Chop-Chop, el cocinero chino. Este último era el personaje humorístico de la serie, representado de forma burlona, obeso, con coleta y vestido con ropas multicolores. Con los años los autores fueron eliminando los rasgos racistas (habituales en los cómics de la época cuando se representaba a orientales), y Chop-Chop acabó convertido en Liu Huang, un delgado piloto chino, que, como miembro de pleno derecho de la unidad, vestía el mismo uniforme azul que el resto del equipo.

El Escuadrón Blackhawk operaba desde una base secreta situada en una pequeña isla en medio del Atlántico, bautizada con el original nombre de Blackhawk Island. Aunque con el paso del tiempo tendrían una mayor variedad de enemigos (recordemos que la publicación se mantuvo durante décadas), en los primeros años sus aventuras narraban siempre episodios de su guerra contra los nazis. Con frecuencia tenían que enfrentarse a imaginativas armas ideadas por sus oponentes, como aviones submarinos, tanques voladores...

Los aviones utilizados por Blackhawk y sus hombres eran unos bimotores pequeños y achatados, con un extraño diseño en el que las alas sobresalían por delante del morro del avión. La cabina y los motores parecían demasiado grandes en relación al fuselaje. Sus formas redondeadas y sus proporciones poco ortodoxas les daban un aspecto estrafalario y simpático:


Lo curioso es que esos aviones existían realmente. Los creadores de Blackhawk habían copiado el diseño del Grumman XF5F Skyrocket, un prototipo de caza naval. Voló por primera vez el 1 de abril de 1940. Era muy potente, y al no tener el motor en el morro el piloto gozaba de una excelente visibilidad, una característica muy importante en un caza diseñado para operar en portaaviones. Pero, a pesar de todas sus virtudes, Grumman acabó finalmente por descartar el Skyrocket y optó por fabricar el Wildcat, de formas más convencionales.

Superman y el secreto de la bomba atómica

En los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial cualquier estadounidense podía tener un cierto conocimiento de lo que significaba la energía nuclear (al menos en sus fundamentos básicos) gracias a las obras de divulgación y los numerosos artículos de prensa que se escribían sobre el tema. Pero lo que realmente ayudó a que el público estadounidense asimilase en relativo poco tiempo, en el mundo post-Hiroshima, términos como "energía atómica" o "armas atómicas", fueron los cómics de ciencia-ficción de la década de los 30. Los personajes más populares de aquellos años, Buck Rogers (creado en 1929) y Flash Gordon (1934), lograron que al norteamericano medio le resultasen familiares aquellos conceptos e incluso que tuviese una cierta idea de los peligros y las posibilidades que implicaba la manipulación del átomo. Claro que los cómics trataban el tema situándolo siempre en un futuro muy lejano, junto a otras maravillas como los viajes interplanetarios o las ciudades submarinas.

Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial la Oficina de Censura impuso un "apagón informativo" sobre todo lo relacionado con la investigación atómica. La prohibición en un principio afectaba solo a artículos de divulgación o informaciones de prensa, pero a medida que el Proyecto Manhattan crecía, la censura se fue extendiendo progresivamente hasta alcanzar también a las obras de ficción. Términos que aparecían hasta entonces con relativa frecuencia en los cómics de ciencia-ficción, como "haces atómicos", "motores atómicos" o "gases radiactivos" dejaron de utilizarse casi por completo, aunque sus representaciones, productos de la imaginación de guionistas y dibujantes más que de auténticos datos científicos, tuviesen muy poco que ver con la realidad.

A finales de 1944 la editorial DC Comics estaba preparando la publicación de un cómic de Superman titulado Battle of the Atoms. La historia comenzaba con Clark Kent y Lois Lane dirigiéndose en coche al campo para investigar el origen de una "terrible convulsión". Allí descubrían árboles enormes derribados, rocas fundidas y estructuras de acero retorcidas por una fuerza desconocida. Sus pesquisas les conducían hasta Lex Luthor. El supervillano había fabricado un dispositivo al que llamaba "bomba atómica", una poderosa arma que planeaba utilizar contra la ciudad de Metrópolis.


Como es lógico, nadie en DC había oído hablar del Proyecto Manhattan ni se imaginaba que su gobierno estaba gastándose miles de millones de dólares en la fabricación de una auténtica bomba atómica. Cuando los censores del Departamento de Guerra tuvieron conocimiento de la historia, se dirigieron a la editorial para impedir la publicación del cómic. La prohibición tardó más de un año en levantarse. El relato apareció finalmente en enero de 1946, meses después del final de la guerra, en el número 38 de la revista Superman.


El 14 de abril de 1945 se publicó en numerosos diarios estadounidenses el primer capítulo de una tira titulada The Science of Superman. En ella un profesor de física proponía al Hombre de Acero poner a prueba sus poderes exponiéndole a un ciclotrón. Según el científico, el aparato, que definía como un "colisionador de átomos", podía bombardear al superhéroe con electrones "a una velocidad de 100 millones de millas por hora y con una 'carga' de tres millones de voltios".


En principio no parece que hubiese nada en aquella historia que pudiera poner al lector en la pista del Proyecto Manhattan, pero en aquellos días el programa atómico estadounidense estaba en su momento crítico, y cualquier referencia a átomos o energía atómica que apareciese publicada era mirada con lupa por los censores. El guionista se había inspirado en un artículo sobre ciclotrones que había leído en Popular Mechanics, y, por supuesto, no tenía el más mínimo conocimiento del Proyecto Manhattan. Al ser una tira diaria, el gobierno no pudo evitar que varios episodios se publicasen en todo el país antes de que el FBI obligase a DC Comics a cambiar el argumento de la historia evitando más alusiones al poder de los átomos. A partir de entonces, los censores solicitaron a DC la supervisión de todos sus cómics antes de su publicación, incluyendo las tiras diarias de los periódicos. Era la segunda vez en pocos meses que la editorial revelaba información sobre las posibilidades de la energía atómica, curiosamente a través del mismo personaje, Superman, aunque con diferentes autores, que probablemente ni se conocían entre sí.

No fue hasta agosto de 1945, tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, cuando el mundo pudo conocer realmente el inmenso poder destructivo del átomo. Lo que no parecía más que un imaginativo elemento de cuentos de ciencia-ficción resultó ser una estremecedora realidad. A partir de entonces, y sobre todo en la década de los 50 (la época del "terror atómico"), los cómics se llenaron de historias de explosiones nucleares, nubes radiactivas, mutaciones... Uno de los primeros relatos con tema atómico, todavía en un tono amable, se publicó en octubre de 1946, en el número 101 de Action Comics. En él se contaba cómo Superman filmaba para el Ejército de los Estados Unidos una explosión de prueba de un artefacto nuclear.


Es posible que el Hombre de Acero aceptase aquel trabajo como forma de compensar sus anteriores indiscreciones.


Fuentes:
http://www.thespeedingbullet.com/atomic.html
http://almostchosenpeople.wordpress.com/2013/11/15/battle-of-the-atoms/
http://www.cracked.com/article_18836_6-eerily-specific-world-events-predicted-by-comics.html
http://www.comicvine.com/superman-38-battle-of-the-atoms/4000-120075/
http://thebulletin.org/buck-rogers-and-atomic-education-america

Palomas de guerra

La colombofilia militar tiene siglos de historia. Aunque tuvo su apogeo durante la Gran Guerra, el desarrollo de las radiocomunicaciones en los años posteriores hizo que el uso de palomas mensajeras se convirtiese en poco tiempo en algo casi anecdótico. Sin embargo, en la Segunda Guerra Mundial todos los ejércitos en conflicto utilizaban todavía palomas para enviar mensajes escritos. Y aunque todos recurrieron a ellas, hay algo que hace que el caso británico destaque sobre los demás: la Medalla Dickin, una condecoración que se otorgaba a los animales que habían destacado en su servicio con las fuerzas armadas del Reino Unido y la Commonwealth. La concesión de medallas hace que sea mucho más fácil encontrar información sobre episodios concretos del uso militar de palomas mensajeras británicas, en comparación con otros países. Ejemplos no faltan. Desde que fue instaurada en 1943, 54 animales han recibido la Medalla Dickin, y de ellos 32 eran palomas, un 60% del total. Condecorar a unas palomas parece algo ridículo (no creo que se mostrasen especialmente contentas por recibir semejante honor), aunque me imagino que se trataba sobre todo de reconocer el trabajo de sus criadores.

La Royal Air Force utilizaba con frecuencia palomas en sus bombarderos. Si el avión era derribado o tenía que efectuar un aterrizaje de emergencia, la paloma era liberada para que regresase a su base, llevando un mensaje en el interior de un cilindro atado a una de sus patas en el que se indicaban el lugar y las circunstancias en las que había caído.

El 10 de octubre de 1940 una paloma de nombre Royal Blue, propiedad del rey Jorge VI (había sido criada en los Palomares Reales de Sandringham), fue liberada por la tripulación de su bombardero, después de que este se hubiese visto obligado a efectuar un aterrizaje forzoso en Holanda, y recorrió los casi doscientos kilómetros que la separaban de su base en un tiempo de poco más de cuatro horas. Fue la primera ocasión en que una paloma avisaba del derribo de un avión de la RAF.

Habría muchos más casos a lo largo de la guerra. Por ejemplo, Winkie, “miembro de la tripulación” de un Bristol Beaufort que se estrelló en el mar el 23 de febrero 1942 tras haber sido alcanzado por fuego antiaéreo durante un raid sobre Noruega. La única esperanza de supervivencia de los tripulantes, apretujados en un bote sobre las gélidas aguas del Mar del Norte, era que que la paloma regresase a su base con un mensaje en el que se indicaban las coordenadas del punto en el que habían amerizado. Cuatro horas más tarde, Winkie llegó con el mensaje a la base aérea de Leuchars, en Escocia. Inmediatamente se puso en marcha una operación de búsqueda, los náufragos fueron localizados por un avión de reconocimiento y un buque se dirigió al lugar para rescatarlos. Como gesto de agradecimiento por haberles salvado la vida, los hombres celebraron una cena en honor a Winkie, a la que la paloma asistió dentro de su jaula.

White Vision era otra hembra criada en Escocia. El 11 de octubre de 1943 el hidroavión de reconocimiento Consolidated PBY Catalina en el que “servía” se vio obligado a amerizar en medio de un fuerte temporal cerca del archipiélago de las Hébridas. Con la radio inutilizada, una vez más la paloma se convirtió en la única esperanza de los once hombres de la tripulación. Tuvo que volar cien kilómetros con un tiempo infernal para llegar a su base en las Shetland y dar la alarma. Los tripulantes fueron rescatados después de pasar dieciocho horas a la deriva.

El 6 de junio de 1944 una paloma gris macho llamada Gustav fue liberada desde Normandía por el corresponsal de Reuters Montague Taylor para informar del inicio de los desembarcos. Recorrió en cinco horas, con fuerte viento en contra, los doscientos cuarenta kilómetros que la separaban de la base aérea de Thorney Island (era una paloma de la RAF). Como la flota de invasión había prohibido a los corresponsales utilizar las comunicaciones por radio, aquella fue la primera crónica que se recibió en Gran Bretaña desde la costa normanda. Gustav murió después de la guerra en un accidente, cuando uno de sus cuidadores la pisó involuntariamente mientras limpiaba su palomar.

No solo la RAF utilizaba palomas mensajeras. Miles de ellas sirvieron en el Ejército británico, en el Servicio de Palomas del Cuerpo de Señales. Su misión era acompañar a las tropas y transmitir al alto mando informaciones esenciales sobre el desarrollo de las operaciones.

En la operación Market Garden la 1ª División Aerotransportada británica tenía como objetivo capturar la ciudad y el puente de Arnhem, más de cien kilómetros al norte de las líneas aliadas, y mantenerlos hasta la llegada de las fuerzas terrestres. La operación fue un completo fracaso. Dos mil paracaidistas británicos se quedaron atrapados en Arnhem y tuvieron que hacer frente con escasos medios al contraataque de una división acorazada alemana. Por si fuera poco, las comunicaciones por radio se hicieron casi imposibles, al parecer a causa de ciertas características del terreno que dificultaban la difusión de las ondas. Los hombres cercados dependían de las palomas para transmitir su situación al mando aliado. De las muchas que lanzaron, solo un puñado logró llegar a Inglaterra. Una de ellas fue William of Orange, lanzada el 19 de septiembre de 1944, que recibió una Medalla Dickin por aquella acción.

Las medallas Dickin eran otorgadas casi exclusivamente a animales que se habían destacado por su servicio en las fuerzas armadas británicas o de los países de la Commonwealth, aunque hay una excepción. El 18 de octubre de 1943 la 169ª Brigada de Infantería británica tomó prestada una paloma de la USAAF antes de iniciar una ofensiva contra la ciudad italiana de Colvi. Según el plan, en el avance contarían con un bombardeo de apoyo a cargo de la fuerza aérea estadounidense. Estaba previsto que el ataque aéreo comenzase a las 11 de la mañana, pero los británicos se adelantaron y a las 10 ya habían ocupado la ciudad. Al no conseguir comunicarse por radio para que se cancelase el bombardeo, soltaron la paloma. El animal llegó al aeródromo cuando los bombarderos estaban a punto de despegar, justo a tiempo para evitar que los estadounidenses lanzasen sus bombas sobre sus aliados. La paloma fue bautizada por los británicos con el nombre de GI Joe. Es el único animal yankee condecorado con una Medalla Dickin.

Por cierto, puede que los lectores habituales del blog recuerden la historia de un programa experimental estadounidense que pretendía utilizar palomas para guiar misiles: el Proyecto Orcon.

El servicio secreto británico también recurrió masivamente a las palomas mensajeras. Se lanzaron cientos de ellas en paracaídas (dentro de sus jaulas, por supuesto) sobre la Europa ocupada para que fuesen recogidas por agentes o miembros de las organizaciones de resistencia. Cuando regresaban a Gran Bretaña portaban mensajes con información recopilada sobre el terreno. La rama de los servicios de inteligencia que se encargaba de las palomas mensajeras era el MI14, y la información obtenida por ese medio era conocida con el nombre en clave (poco sutil) de COLUMBA. Los alemanes trataban de evitar de todas la maneras posibles que las palomas llegasen a su destino. Entre otros medios, utilizaban cetreros con halcones para cazarlas en vuelo. Solo un pequeño porcentaje de las palomas concluía con éxito sus misiones. La mayoría caían víctimas de soldados alemanes, cazadores locales o aves rapaces salvajes, o morían por otras causas, como el cansancio o el mal tiempo.

La más destacada de las palomas del MI14 fue Commando. A lo largo de la guerra llegó a completar más de noventa vuelos desde Alemania y la Francia ocupada. Le fue otorgada la Medalla Dickin por tres de aquellas misiones en concreto, realizadas entre junio y septiembre de 1942, en las que transportó desde Francia información de gran valor.

Commando, un apuesto agente secreto al servicio de Su Majestad: