El mito de los paracaidistas disfrazados de monjas

En el libro de Richard Collier Las arenas de Dunkerque, uno de los más famosos que se han escrito sobre la Operación Dynamo, se relata este curioso episodio:


En las proximidades de Dixmude, el teniente Alexander Lyell repasaba una orden recibida del Cuartel General de la división en la cual se le hacía una advertencia desconcertante. Lo mismo que habían hecho en Holanda, los paracaidistas alemanes se lanzaban a tierra disfrazados de monjas. La misma orden aclaraba, que tales monjas podían ser descubiertas a simple vista por las marcas que dejaban las correas de los paracaídas en la parte posterior de los germanos. 

A pesar de lo absurda que pudiera parecer la noticia, se trataba de un hecho real. 

En la madrugada de aquel día, el artillero William Brewer y cuatro camaradas, que se retiraban hacia Dunkerque, se hallaban tomando una taza de té en una granja cuando penetró en ella el soldado Geordie Allen, pálido y desencajado. 

- ¿Habéis visto alguna vez en vuestra vida una monja afeitándose...? 

Avanzando cuerpo a tierra sobre las verdes praderas, los cinco hombres lograron convencerse de la realidad de lo que hasta entonces habían creído la más descabelladas de las mentiras: dos paracaidistas alemanes, con sendas tocas blancas a sus pies y crucifijos colgando de sus pechos, se afeitaban al amparo de un montón de heno recién segado. 

Segundos más tarde, aquellas "pobres monjas" morían acribilladas por el fuego de los fusiles británicos y amplias manchas de sangre teñían los oscuros hábitos.


El libro Mitos y leyendas de la Segunda Guerra Mundial, de James Hayward, tiene todo un capítulo dedicados a las “monjas paracaidistas”. En todos los países aliados, incluyendo los que no hubo ninguna operación de tropas aerotransportadas (Polonia, Noruega, Bélgica, Holanda, Francia e incluso Inglaterra), se contaron historias similares de lanzamientos de paracaidistas alemanes vestidos con uniformes aliados o con ropas civiles, de curas o de monjas. El autor incluye estas historias en la obsesión, casi paranoia, que se desató en los primeros meses de la guerra por la amenaza oculta de los espías y los quintacolumnistas. El autor sitúa el origen del mito de las monjas paracaidistas en unas declaraciones a la prensa francesa del ministro holandés de Asuntos Exteriores E. N. van Kefflens el 16 de mayo de 1940, en las que afirmaba que miles de paracaidistas alemanes habían saltado sobre Holanda disfrazados de curas, monjas y enfermeras. A partir de ahí, muchas crónicas periodísticas recogieron testimonios de combates contra monjas armadas de ametralladoras o capturas de monjas de manos peludas o con botas de clavos que resultaron ser fieros Fallschirmjäger. La leyenda tuvo mucho éxito, y se mantuvo durante el avance alemán en Francia, e incluso llegó a aparecer alguna información sobre saltos de monjas en Inglaterra, aunque la gran mayoría de los ingleses parece que se tomaban a broma estas historias. El autor del libro se sorprende de la pervivencia de este mito, y que Richard Collier le diese crédito en su libro, escrito en 1961, o incluso que apareciese en otras obras de la década de los 70. Otros rumores similares no duraron más que unos días, y no parecen más ridículos que el de las monjas paracaidistas: En Amsterdam, alemanes uniformados como policías holandeses se pusieron a dirigir el tráfico provocando el caos en las calles. Sobre Bélgica saltaron paracaidistas “invisibles”, con uniformes de color azul cielo y paracaídas transparentes. También en Bélgica hubo paracaidistas que saltaron cargando con maniquís para simular su propia muerte y poder escapar. En Noruega los paracaidistas alemanes se lanzaban sin paracaídas, confiando en que la nieve amortiguase la caída. Los paracaidistas alemanes eran muchachos de 16 años que tenían que saltar del avión obligados a punta de pistola, o por sorpresa cuando una trampilla se abría bajo sus pies, como si fuesen un cargamento de bombas. Las tripulaciones de los aviones alemanes estaban formadas por mujeres... Hay un gran número de historias absurdas parecidas. Es posible que algunas de ellas fuesen fomentadas por los servicios de propaganda, que los utilizarían para explicar las derrotas aliadas como causa de las malas artes del enemigo, o para mantener en estado de alerta a la población civil.

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