El hombre del violín

El 28 de septiembre de 1935 el transatlántico Europa arribó a Nueva York en una de sus travesías entre Alemania y Estados Unidos. Mientras el buque permanecía atracado en el muelle, el comportamiento extraño de dos personas llamó la atención de un inspector de aduanas del puerto llamado Morris Josephs. Al pie de la pasarela de la tripulación un hombre alto que lanzaba constantes miradas a su alrededor, como si sospechase que le vigilaban, hablaba con un camarero que sostenía una funda de violín. Josephs pensó que podían estar tratando de introducir el instrumento en el país sin declararlo a las autoridades aduaneras. El hombre alto vio cómo el funcionario se acercaba a ellos y dijo en voz alta y con un fuerte acento alemán: "Muy bien, ahora lleva a declarar el violín a la aduana y yo lo recogeré cuando pague las tasas. Es muy bonito". A Josephs no le convenció la forzada actuación del sospechoso y pidió al camarero que le entregase la funda. Al abrirla descubrió que estaba vacía. Se dirigió entonces al hombre alto y se dio cuenta de que trataba de ocultar bajo su chaqueta un sobre voluminoso y pesado: "Así que esto es lo que había en la funda del violín. Será mejor que me acompañe". Mientras tanto, el camarero había aprovechado para escabullirse y desaparecer por la pasarela.

En la oficina de Aduanas los agentes abrieron el sobre y vieron que contenía una gran cantidad de negativos fotográficos, aparentemente con imágenes de diagramas o planos, y otras tantas hojas con anotaciones en alemán, que por lo que pudieron entender eran en su mayor parte datos técnicos.

El hombre alto dijo ser un afinador de pianos llamado William Lonkowski. Explicó que también era colaborador de una revista de aviación alemana y que los documentos eran copias de publicaciones técnicas que utilizaba para escribir sus artículos. Según dijo, el destinatario del sobre era su editor, y había pensado en hacérselo llegar a través del camarero del Europa para ahorrarse el dinero del franqueo. La historia no tenía ningún sentido, pero los agentes no encontraron motivos para retener al sospechoso. Después de todo, no había cometido ninguna infracción aduanera. Antes de dejarle marchar le dijeron que tendría que volver a presentarse unos días más tarde para un nuevo interrogatorio. La mañana siguiente Lonkowski huyó a Canadá. Allí embarcó en un carguero con destino a Alemania.

La oficina de Aduanas del puerto contactó con el G-2, el servicio de inteligencia del Ejército, que envió al mayor Stanley Grogan para hacerse cargo de la investigación. Grogan estudió los negativos y descubrió que contenían información de algunos proyectos secretos desarrollados por varias industrias aeronáuticas estadounidenses, entre los que se encontraban los planos de un bombardero experimental de la Marina o los de un novedoso tren de aterrizaje. Lonkowski desapareció sin dejar rastro. Al comprobar la dirección que había dado descubrieron que nunca había vivido allí. Tampoco había trabajado nunca como afinador de pianos. El Europa zarpó de Nueva York y con él se esfumó también el misterioso camarero sin que hubiesen conseguido identificarle. El inspector Josephs no había podido dar una descripción detallada de él, y el nombre que había dado Lonkowski no aparecía en la lista de la tripulación del transatlántico.

William Lonkowski había nacido en Silesia en 1893. Se inició en el mundo de la aviación trabajando como mecánico de aeroplanos durante la Primera Guerra Mundial. Con el tiempo se convirtió en un auténtico experto. Después de la guerra estudió ingeniería aeronáutica y se dedicó al diseño de aviones. Por esa época también comenzó a colaborar con el Abwehr. En marzo de 1927 llegó a Estados Unidos y consiguió un empleo en la Ireland Aircraft Corporation, una compañía aeronáutica de Long Island. Unos años después abandonó aquel trabajo al encontrar una nueva tapadera como corresponsal de la revista de aviación alemana Luftreise. Después de ser descubierto se vio obligado a huir del país, pero dejó tras él una amplia y eficaz red de espionaje con numerosos agentes que él mismo había reclutado durante aquellos años entre los trabajadores de origen alemán de las industrias aeronáuticas norteamericanas. Gracias al hombre del violín, en la década de los treinta la aviación estadounidense no tuvo secretos para los alemanes.

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