John Capes y su escape del Perseus

A finales de noviembre de 1941 el submarino británico Perseus zarpó de Malta con cincuenta y nueve tripulantes y dos pasajeros a bordo en una patrulla de varios días de duración a lo largo de las costas griegas del mar Jónico. La última noche de su misión, el 6 de diciembre de 1941, navegaba en superficie cerca de la costa de Cefalonia mientras recargaba las baterías, para hacer al día siguiente la travesía en inmersión hasta el puerto de Alejandría. De repente una gran explosión sacudió el submarino, que se hundió en segundos y golpeó con su proa en el fondo marino. El Perseus había chocado con una mina.

Uno de los pasajeros del Perseus era John Capes, un fogonero de 31 años, hijo de un diplomático británico (quienes le conocían se sorprendían de que con sus contactos familiares en lugar de aspirar a oficial se hubiese conformado con un destino tan modesto en la Royal Navy) que se dirigía a Alejandría para unirse a la tripulación de otro submarino. En el momento de la explosión Capes se encontraba descansando en un compartimento de popa, al lado de la sala de máquinas. Tras el impacto las luces se apagaron y el agua comenzó a filtrarse en el interior del sumergible. Capes encontró una linterna y entró en la sala de máquinas. Allí, entre unas docena de cuerpos destrozados, vio a tres tripulantes todavía con vida. Les condujo hasta una escotilla de escape situada a popa y les ayudó a ponerse unos aparatos Davis de escape submarino. El aparato Davis estaba formado por una botella de acero con oxígeno a presión, una bolsa de respiración de caucho que regulaba la presión del oxígeno a la profundidad y que además podía usarse como flotador, una boquilla con tubo flexible y unas gafas de buceo. Era un sistema de rescate rudimentario, que nunca había sido utilizado a profundidades mayores de treinta metros. De hecho, se consideraba peligroso a partir de los siete metros o en inmersiones prolongadas.

El agua seguía subiendo y los tres heridos comenzaron a tiritar de frío. Entonces Capes se acordó de una botella de ron que tenía guardada. Fue a buscarla e hizo beber unos sorbos a sus compañeros para que entrasen en calor. A continuación cerró la puerta estanca del compartimento y buscó la forma de inundarlo para poder abrir la escotilla de escape. Cuando el agua llegó a la altura de la escotilla, la abrió, ayudó a salir a los tres hombres, dio un último trago a la botella, y abandonó el submarino. Antes de introducirse por la escotilla se fijó en un indicador de profundidad. Marcaba 270 pies (82 metros).

“Iluminé con la linterna a mi alrededor, pero fui incapaz de ver más allá de unos pocos metros de acero de la cubierta de popa. Esa fue mi última visión del valeroso Perseus (…) Me dejé ir y el oxígeno me elevó rápidamente. De repente estaba solo en la profundidad del mar. El dolor se volvió desesperante, parecía que mis pulmones y todo mi cuerpo iban a reventar. Me empecé a marear con aquella agonía. ¿Cuánto más puedo durar? me pregunté (…) Todavía tenía mi linterna, que de repente iluminó unos cables que colgaban de un gran objeto cilíndrico. Era una mina acústica. ¡Dios mío! Cualquier sonido podía hacerla estallar. Solo Dios sabe por qué no lo hizo. Tal vez yo estaba destinado a vivir. El dolor iba en constante aumento, y justo cuando creía que no podía aguantarlo más, me di cuenta de que había salido a la superficie. El mar estaba agitado. Miré a mi alrededor, pero no había ninguna señal de mis compañeros. Me negaba a creer que yo fuese el único superviviente de los sesenta miembros de la tripulación del Perseus, un submarino británico cuyo trágico destino ahora solo era señalado por las burbujas de aire que todavía subían a la superficie. Mis ojos escudriñaron desesperadamente las olas. Entonces, a cierta distancia, vi una cinta de color blanco, flotando sobre las crestas de las olas. Parecía ser una línea quebrada de acantilados, probablemente una playa en la isla griega de Cefalonia. A pesar de los intensos dolores en mis pulmones, empecé a nadar hacia la orilla, con la esperanza de que mis compañeros ya se hubiesen dirigido en esa dirección”.

La descompresión causada por su rápido ascenso le provocaba terribles dolores, y el agua fría agarrotaba sus músculos, pero Capes no se rindió. No sabe cuántas horas estuvo nadando. Cada poco tiempo tenía que pararse a descansar, utilizando la bolsa de oxígeno de su aparato Davis como flotador. Por fin sus pies tropezaron con las rocas de la orilla. Se arrastró fuera del agua y se tumbó en la arena. Por la mañana unos pescadores le encontraron inconsciente en la playa. Capes permaneció año y medio en Cefalonia, ocultándose de los ocupantes italianos que ocupaban la isla. En aquel tiempo muchos habitantes de la isla arriesgaron sus vidas por ayudarle sin pedir nada a cambio. En mayo de 1943 embarcó en un pesquero que le llevó a Turquía, en una operación de rescate organizada por los servicios secretos británicos.

Cuando John Capes contó su odisea mucha gente reaccionó con escepticismo. De hecho hubo quien puso en duda incluso que hubiese estado a bordo del Perseus. Después de todo, su nombre no figuraba entre los miembros de la tripulación del submarino. Además, durante las patrullas de combate en los sumergibles británicos se atornillaban desde el exterior las escotillas de escape para evitar que se abriesen accidentalmente por las explosiones de las cargas de profundidad, un detalle que ponía en duda la veracidad de su historia. Y sobre todo, parecía increíble que alguien pudiese haber escapado de un submarino hundido a más de 80 metros de profundidad.

La confirmación de la historia de John Capes (o de la mayor parte de ella) no llegó hasta 1997, doce años después de la muerte de su protagonista, cuando el submarinista griego Kostas Thoctarides localizó el pecio del Perseus en aguas de Cefalonia, a 52 metros de profundidad. Según Capes, el indicador que él había visto marcaba 82 metros. Ese fue el único elemento de su historia que no coincidía con lo que vieron los submarinistas. La escotilla de escape de popa estaba abierta, y cuando entraron por ella encontraron el compartimento tal y como lo había descrito Capes, incluyendo la botella a la que había dado un último trago de ron antes de abandonar el sumergible.



Fuentes:
http://www.bbc.co.uk/news/magazine-15959067
http://www.divernetxtra.com/wrecks/perse898.htm

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