El amor irracional de la Marina Imperial por los hidroaviones


Al finalizar la Primera Guerra Mundial, cuando empezaron a surgir los primeros portaaviones propiamente dichos, los hidroaviones, que habían sido los grandes protagonistas en los inicios de la guerra aeronaval, fueron relegados a un papel secundario. Solo un país siguió confiando en ellos como elemento esencial de su poder naval. La anacrónica apuesta de Japón por los hidroaviones tendría como resultado la aparición de algunos de los buques híbridos más extraños de su época: acorazados portahidros, submarinos portahidros, cruceros portasubmarinos-portahidros...

Igual que ocurrió en otras Armadas, los primeros portahidroaviones de la Marina Imperial fueron barcos (generalmente mercantes o petroleros) modificados para su uso como bases flotantes. Aquellos buques permitían a los hidroaviones japoneses operar en costas o islas remotas, donde no existían puertos ni instalaciones de mantenimiento para ellos. Contaban con hangares para guardar las aeronaves, pero no tenían cubierta de vuelo ni catapultas para lanzarlas. Los hidroaviones eran bajados hasta el agua por medio de grúas y tenían que amerizar en el costado del buque para ser izados una vez cumplida la misión. Aquellas operaciones eran lentas, farragosas y peligrosas, y solo se podían hacer con el mar en calma.

El primer portahidroaviones de la Marina Imperial fue el Wakamiya, un antiguo carguero ruso capturado en la guerra Ruso-Japonesa. Entró en servicio como portahidros en agosto de 1914. En septiembre de ese año protagonizó el primer ataque aeronaval de la historia, cuando sus cuatro hidroaviones (Maurice Farman de fabricación francesa) bombardearon buques y objetivos alemanes en tierra durante la batalla de Tsingtao. En 1924 fue retirado del servicio. Su lugar lo ocupó el Notoro, un antiguo petrolero de escuadra de 14.000 toneladas de desplazamiento reconvertido en buque nodriza de hidroaviones. Tras un largo servicio como portaaeronaves, en 1942 el Notoro fue modificado de nuevo para recuperar su antigua función de petrolero. Sobrevivió a la guerra, y acabó siendo desguazado en 1947.


En la década de los 30 el desarrollo de la aviación naval convirtió a los portahidroaviones en buques obsoletos. Con el poder ofensivo y la cobertura aérea de la flota a cargo de los portaaviones, ya casi nadie pensaba en los hidroaviones como armas de ataque o de protección. Al quedar relegados a funciones de patrulla aérea o de enlace, bastaba con mantener algún portahidros para labores secundarias, en el mejor de los casos, y equipar a algunos de los buques mayores de la flota (acorazados o cruceros pesados) con uno o varios hidroaviones de reconocimiento. Curiosamente, en aquellos años ninguna otra potencia vio con más claridad que Japón que el futuro de la guerra naval estaba en el aire (literalmente). Pero al mismo tiempo que apostaban por el desarrollo de una poderosa y moderna fuerza aeronaval basada en sus portaaviones, los japoneses no dejaron de confiar en los hidroaviones, dedicando una enorme cantidad de recursos a la construcción de toda una flota de portahidros.

Cuando estalló la guerra en China, los planificadores de la Marina Imperial decidieron que necesitaban con urgencia más portahidroaviones. El primero de aquellos portahidros tardíos fue el Kamoi, originalmente otro petrolero de escuadra de 15.000 toneladas. Su reconversión no fue completada hasta comienzos de 1939. Más adelante, igual que ocurrió con el Notoro, volvió a ser transformado en petrolero de escuadra. Fue hundido por un ataque aéreo en Hong Kong en 1945.

Al mismo tiempo, la Marina Imperial requisó cuatro mercantes gemelos de 7.000 toneladas para su conversión a transportes de aviones. Se trataba del Kiyokawa Maru, el Kimikawa Maru, el Kumikawa Maru y el Kamikawa Maru. Este último fue modificado en 1939 y transformado en portahidroaviones, con capacidad para 12 aparatos. Los tres restantes fueron también convertidos en portahidros entre 1941 y 1942. El Kamikawa Maru sirvió en la guerra chino-japonesa, y más tarde participó como portahidros de flota en distintas operaciones militares (Mar del Coral, campaña de las Aleutianas, Guadalcanal...). En mayo de 1943 fue hundido por el submarino estadounidense Scamp. Los otros tres fueron utilizados sobre todo para dar escolta a convoyes navales. Ninguno sobrevivió a la guerra. El Kimikawa Maru fue torpedeado por otro submarino norteamericano, el Sawfish, en octubre de 1944. El Kunikawa Maru y el Kiyokawa Maru fueron hundidos por ataques aéreos en mayo y julio de 1945, respectivamente.

Los japoneses diseñaron también una serie de buques de menor desplazamiento (3.500 toneladas) para cumplir las funciones de bases de apoyo a hidroaviones. El primero de los cuatro programados, el Akitsusima, empezó a construirse en octubre de 1940. Poco después comenzó la construcción del segundo, el Chihaya. Pero en 1941 el programa se canceló. El Akitsushima fue el único que se completó, con importantes cambios respecto al diseño original. Más que portahidroaviones, lo correcto sería llamarlo portahidroavión, en singular. Estaba diseñado para transportar y operar con un único aparato, el gigantesco cuatrimotor Kawanishi H6K (y posteriormente un H8K, todavía más voluminoso y pesado). El Akitsushima entró en servicio en abril de 1942. Fue hundido por un ataque aéreo en la bahía de Corón, en Filipinas, en septiembre de 1944.


Hasta aquí los portahidros “convencionales” de la Marina Imperial. Pero en lo que de verdad fueron originales los japoneses fue en sus diseños de portahidroaviones de escuadra. Aunque las prestaciones de los hidroaviones en combate aéreo dejaban mucho que desear, debido a la gran resistencia aerodinámica que generaban sus flotadores, la Armada japonesa confió ciegamente en ellos para dar cobertura aérea a la flota. Los portahidros de escuadra eran auténticos buques de guerra híbridos que podían cumplir con varias funciones simultáneamente o ser modificados en poco tiempo para adaptarse a las necesidades de cada momento. Esta extraña concepción estratégica de la guerra aeronaval tenía una explicación, al menos en su origen. Los tratados de Washington y Londres, de los que Japón era firmante, limitaban el número y el tamaño de los buques de guerra de las potencias navales. Los planes de construcción naval de los años 30 preveían la importancia del poder aéreo (y de hecho los japoneses fueron unos adelantados a su tiempo en ese aspecto), pero el número de portaaviones estaba limitado por los tratados de desarme. Los portahidroaviones, sin embargo, no estaban considerados oficialmente como buques de guerra, sino como barcos auxiliares. Por tanto, no había ninguna restricción a su construcción. Ese fue el motivo por el que Japón se embarcó (nunca mejor utilizada la palabra) en el desarrollo de una serie de buques, en teoría portahidros, pero pensados para una fácil reconversión en cruceros o portaaviones de escolta.

Así nació la clase Chitose, formada por el Chitose, el Chiyoda y el Mizuho, botados entre 1936 y 1938. El último de ellos, el Mizuho comenzó a construirse cuando las limitaciones del tratado de Washington habían expirado y Japón había abandonado ya la conferencia de Londres, pero sorprendentemente (eran más caros y complejos que los portaaviones convencionales) los estrategas navales japoneses siguieron confiando en la utilidad de este tipo de buques y continuaron adelante con el programa. Se trataba de transportes de hidroaviones pensados para dar apoyo a las escuadras navales con hasta 24 aparatos de observación o de combate. Eran buques grandes y veloces, con casco y armamento de cruceros. En teoría estos buques iban a realizar funciones de reconocimiento y apoyo a la flota o a operaciones anfibias, liberando a los portaaviones mayores de labores secundarias, pero en la práctica fueron menos útiles de lo esperado. Acabaron siendo utilizados sobre todo como transportes rápidos de tropas. En 1941 el Chitose y el Chiyoda fueron modificados para su uso como buques nodriza de sumergibles de ataque (submarinos enanos Tipo A), con lo que su capacidad aérea disminuyó a 12 hidroaviones. La necesidad urgente de portaaviones después de la batalla de Midway hizo que finalmente ambos fuesen reconvertidos en portaaviones de escolta. El Chitose y el Chiyoda fueron hundidos en la batalla de Cabo Engaño el 25 de octubre de 1944. El Mizuho, con considerables diferencias respecto a los otros dos (era más lento y estaba mejor armado) fue el único que mantuvo el diseño y las funciones originales de crucero-portahidros. Fue hundido por un submarino estadounidense el 2 de marzo de 1942.


El Nisshin fue otro crucero-portahidros construido con la previsión de ser reconvertido en portaaviones ligero. Pero, al igual que el Mizuho, nunca fue modificado. Cuando se hizo evidente el fracaso de los hidroaviones como armas de apoyo, fue utilizado como transporte rápido de tropas. Sus grúas y hangares, pensados para operar con una veintena de hidroaviones, resultaron ser muy útiles para cargar, transportar y descargar material pesado, como piezas de artillería de gran calibre. Fue hundido por la aviación estadounidense cuando se dirigía desde Rabaul a las islas Shortland en julio de 1943.

El Oyodo también iba a ser originalmente un crucero-portahidros, pero en los cuatro años que transcurrieron desde que se aprobó el proyecto hasta su botadura (de 1938 a 1942) el diseño sufrió tantas modificaciones que acabó entrando en servicio como un crucero ligero convencional (aunque sin tubos lanzatorpedos, habituales en este tipo de buques). En los planos iniciales estaba previsto dotarle de capacidad para operar con una escuadrilla de hidroaviones de ataque, pero al final tan solo conservó las catapultas y grúas necesarias para llevar dos hidros de reconocimiento. Aquella capacidad aérea habría sido normal en un buque de mayor tamaño, como un acorazado, pero resultaba llamativa tratándose de un crucero ligero. El Oyodo participó en las batallas de Truk y Cabo Engaño y en la evacuación de Singapur (junto a los acorazados-portahidros Ise e Hyuga). En marzo de 1945, tras ser alcanzado por varias bombas durante un ataque aéreo contra su base de Kure, fue encallado en la costa para evitar su hundimiento. Fue desguazado tres años más tarde.


Después de la batalla de Midway, donde los japoneses perdieron cuatro de sus portaaviones de escuadra, la Marina Imperial se vio obligada a buscar soluciones de urgencia para dotar de cobertura aérea a su flota. Una de las imaginativas propuestas aprobadas por los planificadores japoneses fue la de modificar dos viejos acorazados para convertirlos en portahidroaviones mixtos. Los elegidos fueron dos acorazados gemelos botados en los años de la Primera Guerra Mundial, el Ise y el Hyuga. En un principio las modificaciones iban a ser más profundas, dándoles capacidad de transporte para más de 50 aviones, pero finalmente se optó por una solución intermedia. Se desmontaron las dos torres de popa y toda la superestructura de la mitad posterior de los buques para convertirla en un hangar, y colocar sobre él una cubierta de vuelo de 70 metros. Cada uno de los buques tenía capacidad para 22 aeronaves. Los hidroaviones eran lanzados por medio de dos catapultas y recogidos con una grúa desde el costado del buque.

Los dos acorazados participaron en la batalla del golfo de Leyte, formando parte de la flota de señuelo del almirante Ozawa. Ambos fueron atacados por la aviación estadounidense, recibiendo el impacto de varias bombas que los dejaron gravemente dañados. Fueron hundidos con tres días de diferencia en julio de 1945, en bombardeos estadounidenses contra la base naval de Kure.


Otro buque transformado en portaaeronaves mixto fue el crucero pesado Mogami. Aprovechando los trabajos a los que fue sometido tras ser gravemente dañado en la batalla de Midway, se le desmontó toda la superestructura de la parte posterior y se le dotó de capacidad de transporte para 11 hidroaviones. Igual que el Ise y el Hyuga, el Mogami conservó todo su armamento de proa. En octubre de 1944 fue hundido en el golfo de Leyte, rematado por los torpedos de un destructor japonés tras haber sufrido daños irreparables en un ataque de la aviación estadounidense.


Y por último, los submarinos. Los japoneses no fueron los únicos en dotar de hidroaviones a sus sumergibles, pero lo que en otras Armadas no pasaron de ser diseños experimentales (el único que tuvo relativo éxito fue el Surcouf francés), en los submarinos oceánicos de la Marina Imperial se convirtió en norma. Los veinte submarinos del Tipo B-1 transportaban en un hangar estanco sobre la cubierta un hidroavión para misiones de reconocimiento. A algunos de ellos se los retiraron en los meses finales de la guerra, cuando fueron modificados para el transporte de Kaiten (torpedos tripulados). El hidroavión de uno de estos submarinos, el del I-25, pilotado por Nobuo Fujita, protagonizó el primer ataque aéreo de la historia contra la Norteamérica continental. En septiembre de 1942 bombardeó una zona boscosa en el norte de Oregón, en una misión que pretendía sembrar el pánico en la costa oeste de los Estados Unidos, pero que apenas tuvo consecuencias.

La Marina Imperial contaba además con otros submarinos de mayor tamaño y con capacidad para operar con varias aeronaves, pensados para su uso en operaciones ofensivas. Fueron los dos sumergibles del Tipo AM, que llevaban dos hidroaviones cada uno, y sobre todo, los tres de la Clase I-400, o Sen Toku. Los I-400, auténticos submarinos-portahidros, fueron los mayores sumergibles de la historia hasta la aparición de los modernos submarinos nucleares. Tenían un hangar cilíndrico de 28 metros de largo con capacidad para tres aparatos. Al llegar a la zona de operaciones, los tripulantes sacaban los hidroaviones del hangar, desplegaban sus alas y les instalaban los flotadores. A continuación se colocaban, uno a uno, en una catapulta situada en la proa del submarino para lanzarlos. Una vez cumplida la misión, los aviones amerizaban a un costado del buque y eran izados con una grúa, desmontados y guardados de nuevo en el hangar.

Se completaron tres submarinos de la clase I-400. Dos de ellos fueron asignados a la operación Arashi, que tenía como objetivo volar las esclusas del Canal de Panamá con un ataque aéreo. Cuando ya habían partido, en agosto de 1945, recibieron la orden de regresar a Japón y rendirse a las fuerzas aliadas. Los estadounidenses los llevaron a Hawai y estuvieron estudiándolos por un tiempo antes de hundirlos definitivamente cerca de Oahu, al parecer para evitar que los soviéticos pudiesen tener acceso a su tecnología.

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