El mito de los paracaidistas disfrazados de monjas

En el libro de Richard Collier Las arenas de Dunkerque, uno de los más famosos que se han escrito sobre la Operación Dynamo, se relata este curioso episodio:


En las proximidades de Dixmude, el teniente Alexander Lyell repasaba una orden recibida del Cuartel General de la división en la cual se le hacía una advertencia desconcertante. Lo mismo que habían hecho en Holanda, los paracaidistas alemanes se lanzaban a tierra disfrazados de monjas. La misma orden aclaraba, que tales monjas podían ser descubiertas a simple vista por las marcas que dejaban las correas de los paracaídas en la parte posterior de los germanos. 

A pesar de lo absurda que pudiera parecer la noticia, se trataba de un hecho real. 

En la madrugada de aquel día, el artillero William Brewer y cuatro camaradas, que se retiraban hacia Dunkerque, se hallaban tomando una taza de té en una granja cuando penetró en ella el soldado Geordie Allen, pálido y desencajado. 

- ¿Habéis visto alguna vez en vuestra vida una monja afeitándose...? 

Avanzando cuerpo a tierra sobre las verdes praderas, los cinco hombres lograron convencerse de la realidad de lo que hasta entonces habían creído la más descabelladas de las mentiras: dos paracaidistas alemanes, con sendas tocas blancas a sus pies y crucifijos colgando de sus pechos, se afeitaban al amparo de un montón de heno recién segado. 

Segundos más tarde, aquellas "pobres monjas" morían acribilladas por el fuego de los fusiles británicos y amplias manchas de sangre teñían los oscuros hábitos.


El libro Mitos y leyendas de la Segunda Guerra Mundial, de James Hayward, tiene todo un capítulo dedicados a las “monjas paracaidistas”. En todos los países aliados, incluyendo los que no hubo ninguna operación de tropas aerotransportadas (Polonia, Noruega, Bélgica, Holanda, Francia e incluso Inglaterra), se contaron historias similares de lanzamientos de paracaidistas alemanes vestidos con uniformes aliados o con ropas civiles, de curas o de monjas. El autor incluye estas historias en la obsesión, casi paranoia, que se desató en los primeros meses de la guerra por la amenaza oculta de los espías y los quintacolumnistas. El autor sitúa el origen del mito de las monjas paracaidistas en unas declaraciones a la prensa francesa del ministro holandés de Asuntos Exteriores E. N. van Kefflens el 16 de mayo de 1940, en las que afirmaba que miles de paracaidistas alemanes habían saltado sobre Holanda disfrazados de curas, monjas y enfermeras. A partir de ahí, muchas crónicas periodísticas recogieron testimonios de combates contra monjas armadas de ametralladoras o capturas de monjas de manos peludas o con botas de clavos que resultaron ser fieros Fallschirmjäger. La leyenda tuvo mucho éxito, y se mantuvo durante el avance alemán en Francia, e incluso llegó a aparecer alguna información sobre saltos de monjas en Inglaterra, aunque la gran mayoría de los ingleses parece que se tomaban a broma estas historias. El autor del libro se sorprende de la pervivencia de este mito, y que Richard Collier le diese crédito en su libro, escrito en 1961, o incluso que apareciese en otras obras de la década de los 70. Otros rumores similares no duraron más que unos días, y no parecen más ridículos que el de las monjas paracaidistas: En Amsterdam, alemanes uniformados como policías holandeses se pusieron a dirigir el tráfico provocando el caos en las calles. Sobre Bélgica saltaron paracaidistas “invisibles”, con uniformes de color azul cielo y paracaídas transparentes. También en Bélgica hubo paracaidistas que saltaron cargando con maniquís para simular su propia muerte y poder escapar. En Noruega los paracaidistas alemanes se lanzaban sin paracaídas, confiando en que la nieve amortiguase la caída. Los paracaidistas alemanes eran muchachos de 16 años que tenían que saltar del avión obligados a punta de pistola, o por sorpresa cuando una trampilla se abría bajo sus pies, como si fuesen un cargamento de bombas. Las tripulaciones de los aviones alemanes estaban formadas por mujeres... Hay un gran número de historias absurdas parecidas. Es posible que algunas de ellas fuesen fomentadas por los servicios de propaganda, que los utilizarían para explicar las derrotas aliadas como causa de las malas artes del enemigo, o para mantener en estado de alerta a la población civil.

La Batalla de Los Angeles

Eran las 2.25 horas de la madrugada del 25 de febrero de 1942 cuando más de un millón de habitantes del sur de California despertaron sobresaltados con el sonido de las sirenas que indicaban alarma aérea. Al mismo tiempo comenzaba un apagón general, que formaba parte de las medidas de protección contra bombardeos, y se impedía la emisión a las emisoras de radio. El apagón duró las cinco horas que permaneció el estado de alarma. Doce mil vigías antiaéreos fueron llamados a sus puestos de observación, muchos de ellos seguramente pensando que se trataba de un simulacro. En realidad a esa hora los radares y los vigías del mando de defensa antiaérea ya llevaban varias horas bastante movidas. Todo comenzó cuando el día anterior la Inteligencia Naval emitió un aviso en el que se informaba de que podía producirse un ataque japonés en el transcurso de las diez horas posteriores. Esa tarde hubo una alarma cuando los vigías vieron unas luces parpadeando y moviéndose en la costa. Aunque las luces desaparecieron unos minutos después, la situación de alarma duró más de tres horas, desde las 19:18 hasta las 22:23 horas. Cuando se levantó la alarma la tensión se relajó, pero la calma no duraría mucho. Esa noche los radares detectaron un objeto unos 120 millas (200 kilómetros) al oeste de Los Angeles, sobrevolando el océano, que desapareció de las pantallas al poco tiempo. Aunque los radares no volvieron a detectar nada, algunos vigías seguían informando que habían visto varios aviones enemigos. Finalmente, a las 2:21 horas se decretó la alarma general y se ordenó el apagón. Las dotaciones de las baterías antiaéreas fueron alertadas, mientras que los aviones de intercepción de la Cuarta Fuerza Aérea permanecieron en tierra, esperando indicaciones sobre la dirección del ataque (ni un solo avión llegó a despegar en toda la noche). A partir de ese momento empezaron a llegar desde todas partes reportes de avistamientos de aviones enemigos, aunque el misterioso objeto seguido por los radares no había vuelto a aparecer. A las 2:43 llegó un informe de aviones enemigos sobre Long Beach, y unos minutos después un coronel de artillería de costa informaba que había unos 25 aviones a 12.000 pies de altura exactamente sobre Los Angeles.

Finalmente, a las 3:16, cuatro piezas de artillería abrieron fuego sobre un objeto que sobrevolaba Santa Mónica despidiendo una especie de llamarada rojiza. Fue entonces cuando el cielo de Los Angeles estalló. Las baterías antiaéreas de toda la región comenzaron a disparar contra objetivos que según decían eran de todas formas y tamaños posibles, a velocidades y altitudes muy variadas: las baterías reportaban ataques que iban de un avión solitario (o un globo, en algunos casos) a varios cientos, a alturas que iban desde los 1.000 pies a los 20.000, con velocidades que variaban desde “muy lentos” (o incluso suspendidos en el aire) hasta las 200 millas por hora. Posiblemente la mayor parte de la confusión fue provocada por las explosiones de los proyectiles antiaéreos, que a la vista de los proyectores fueron confundidas con aviones enemigos. Hubo informes de cuatro aviones enemigos derribados, y otro más había sido visto aterrizando envuelto en llamas en una avenida de Hollywood.

El fuego antiaéreo cesó a las 4:14 horas. A las 7:12 de la mañana las sirenas volvieron a sonar indicando el fin de la alarma. Se restableció el suministro eléctrico y se permitió a las emisoras de radio volver a emitir. Esa mañana los habitantes de Los Angeles y las poblaciones cercanas comenzaron el día convencidos de que habían sobrevivido a un ataque aéreo.

La prensa angelina sacó ediciones extraordinarias para informar del “raid aéreo”, pero a medida que pasaban las horas cada vez quedaba más claro que había sido un ataque cuando menos peculiar. A la luz del día se pudo tener una idea más exacta de los daños causados por la batalla. Los misteriosos atacantes no dejaron caer ni una sola bomba, y, a pesar de los 1.430 proyectiles que se dispararon en la hora que duró el fuego de las baterías antiaéreas no se logró derribar ningún aparato enemigo. Eso sí, el fuego antiaéreo causó considerables destrozos en tierra, resultando dañadas varias viviendas. El número de muertes varía según las fuentes, entre una (causada además indirectamente, por un ataque al corazón) y seis (repartidas entre las muertes causadas por los fragmentos de los proyectiles antiaéreos, ataques al corazón o accidentes de tráfico provocados por el apagón general).

Portadas de la prensa de Los Angeles el 25 de febrero:

Batalla de Los Angeles
Batalla de Los Angeles
La crónica del New York Times del 26 de febrero tiene un tono escéptico, casi de burla:

Los residentes de Santa Mónica pudieron ver al sur, hacia Long Beach, balas trazadoras de color amarillento y dorado y proyectiles como cohetes formando un arco de 60 kilómetros que se veía desde tejados, montes y playas. Todo ello fue el primer espectáculo de la Segunda Guerra Mundial que se podía observar desde Estados Unidos.
Durante el apagón los teléfonos de la policía recibieron llamadas informando de que los aviones habían caído aquí y allá, que “un japonés” estaba haciendo señales desde lo alto de una colina, o que “un japonés” estaba en un tejado con un aparato de onda corta, seguramente comunicándose con los aviones que se acercaban. Otro informe, descartado junto a algunos otros por los oficiales, decía que una gran bolsa flotante que se parecía a un globo que volaba alto por el cielo había sido derribada.


Hubo unos 30 arrestados, la mayoría denunciados por los vigías antiaéreos, que decían que los acusados estaban haciendo señales luminosas. Algunos tuvieron que pagar una multa por infringir las normas de oscurecimiento.

Las versiones de los testigos diferían enormemente. Hubo algunos que reconocieron no haber visto ni un solo avión en el cielo, entre ellos reputados periodistas como Ernie Pyle y Bill Henry; otros testigos vieron gran número de aviones (hasta 29, se llegó a decir, aunque el informe oficial, que veremos más adelante, cifraba su número en 15); otros más dijeron haber visto un único objeto de grandes dimensiones, inmóvil o moviéndose lentamente inmune a los disparos de la artillería antiaérea (así lo contó un reportero del Herald Express, que afirmó que muchos disparos impactaron en el centro del objeto sin causarle ningún daño); y otros afirmaron ver gran cantidad de luces en el cielo moviéndose en zigzag o de un modo extraño. Este último fue el caso de Paul Collins, un trabajador de la Douglas Aircraft Company de Long Beach. Cuando regresaba del trabajo a casa esa noche un guardia le paró en Pasadena. Entonces, sobre el horizonte hacia el sur, empezaron ver unas luces rojas:

Parecían “funcionar” o navegar en un plano en un momento, quiero decir, no despegando del suelo con una trayectoria o en línea recta, y después caían de nuevo a tierra; aparecían de la nada y comenzaban a hacer zigzag de un lado a otro. Algunos desaparecían de repente sin que la luz fuera disminuyendo de brillo y se desvanecían de repente. Otros permanecían al mismo nivel y sólo pudimos suponer su altitud, que nos pareció que era de 10.000 pies.
Tomando en consideración la distancia de donde estábamos a Long Beach, el modo en que disparaban las unidades antiaéreas. Que estaban bastante separadas entre sí, y el movimiento en amplias órbitas de los objetos rojos entre y alrededor de los proyectiles, calculamos que su velocidad máxima debía de ser de unas cinco millas por segundo... Nosotros no vimos el enorme OVNI que miles de testigos vieron en la costa. Probablemente estaba por debajo de nuestro horizonte, a unos pocos kilómetros más arriba en la costa.


La primera explicación oficial la dio el almirante Flanklin Knox, secretario de Marina, que ese mismo día, el 25 de febrero, afirmó en rueda de prensa que se había tratado simplemente de una falsa alarma debida al nerviosismo causado por la situación de guerra (hay que tener en cuenta que no habían pasado ni doce semanas desde el ataque a Pearl Harbor). En la misma conferencia advirtió que eso no significaba que hubiese que descartar la posibilidad de que se produjese un ataque real y que sería conveniente que las industrias estratégicas localizadas a lo largo de la costa fuesen trasladadas al interior del país. Pero el Ejército y el Ministerio de Guerra no aceptaron las conclusiones de la Marina y dieron una explicación diferente a la de Knox, lo que aumentó la confusión general que había causado el incidente. Según el secretario de Guerra Henry Stimson, aunque los informes iniciales habían sido exagerados, tras el estudio de estos y el testimonio de los testigos se podía llegar a la conclusión de que realmente se había producido una incursión aérea sobre Los Angeles (en esto no sólo se oponía a la versión de la Marina, también al mando de la Cuarta Fuerza Aérea, que expresó su opinión de que ningún avión enemigo había sobrevolado los Angeles). Según Stimson, se podía considerar un hecho demostrado que un número de uno a cinco aviones no identificados habían volado sobre Los Angeles la noche del 25 de febrero. En cuanto al misterio del origen de los aparatos, daba dos posibles soluciones: o bien eran aviones comerciales pilotados por agentes enemigos que habrían despegado de campos secretos situados en California o México, o bien eran aviones ligeros provenientes de submarinos japoneses. Para explicar por qué razón los japoneses realizarían una incursión sobre la costa oeste sin lanzar ni una sola bomba, Stimson razonó que sus objetivos probablemente habían sido localizar las defensas antiaéreas en el área o dar un golpe a la moral de la población civil. La explicación de Stimson parece tan absurda que se podría pensar en que detrás de ella había un interés no explicado en engañar a la población para ocultar algún hecho que se nos escapa, sin embargo está confirmada por el informe oficial sobre el incidente enviado por el jefe del Estado Mayor, el general George C. Marshall, al presidente Roosevelt. El informe, con fecha del 26 de febrero de 1942, se mantuvo en secreto hasta 1974. En él Marshall insistía en los argumentos de Stimson, aunque se cubrió dejando un margen para la duda (“Aviones no identificados...probablemente sobrevolaron Los Angeles...”) y aumentaba considerablemente la cantidad de aviones enemigos que pudieron participar en la incursión. Este es el informe íntegro:


INFORME PARA EL PRESIDENTE:

Lo siguiente es la información que hemos recibido en este momento del Cuartel General referente a la alarma aérea ocurrida en Los Angeles ayer por la mañana: Con los detalles disponibles a esta hora:
1. Aviones no identificados no pertenecientes a la Marina ni al Ejército americanos, probablemente sobrevolaron Los Angeles y fueron disparados por elementos de la 37ª Brigada de Artillería de Costa (AA) entre las 3:12 y 4:15 AM. Estas unidades emplearon 1.430 cargas de munición.
2. Pudo haber hasta quince aviones volando a diferentes velocidades, algunos “demasiado despacio” para lo que se considera normal, hasta 200 MPH (unos 300 kilómetros por hora) y a una altura de entre 9.000 y 18.000 pies (entre 2.700 y 5.400 metros).
3. No se lanzó bomba alguna.
4. No hubo ninguna baja en nuestras tropas.
5. No se derribó ningún avión.
6. No intervino ningún avión del ejército ni de la marina americana.
La investigación continúa. Parece razonable concluir que si había aviones sin identificar debían de ser aviones comerciales, pilotados por agentes enemigos para causar la alarma, descubrir los emplazamientos de las baterías antiaéreas y disminuir la producción con los apagones que se producen tras la alarma. Esta conclusión queda reforzada por la diversidad de velocidades de los aviones y por el hecho de que no se lanzasen bombas
Firmado: G.C. Marshall - Jefe del Estado Mayor


Las divergencias en las explicaciones oficiales del incidente y la confusión que provocaron causaron un intenso debate en los medios de comunicación, con opiniones para todos los gustos. Los editoriales de los periódicos exigían explicaciones más convincentes para acabar con la incertidumbre que se había generado. Ninguna de las dos versiones convencían, y ambas dejaban en mal lugar a los sistemas de defensa antiaérea de la costa oeste. Si, como afirmaba el Ejército, la incursión había tenido lugar realmente ¿por qué no despegó ningún caza de la Cuarta Fuerza Aérea para interceptar a los atacantes? ¿Y cómo se explicaba que el intenso fuego artillero no lograse alcanzar a ningún aparato enemigo, más aún cuando algunos de ellos, según se afirmaba, volaban a muy baja altura y a velocidades reducidas? Y si había sido una falsa alarma, como defendía la Marina, el haber estado una hora disparando contra el cielo vacío era una muestra de incompetencia todavía mayor (el editorial del New York Times del 28 de febrero se hacía una pregunta demoledora: “¿Qué habría pasado si hubiese sido un auténtico ataque aéreo?”). Una parte de la prensa se quejaba del silencio que rodeaba el caso y según ellos de la censura que operaba en ese tema (Long Beach Independent: “Existe una cierta restricción en todo el asunto, y aparece cierto tipo de censura si se trata de indagar sobre el tema”). Muchos creyeron en una teoría conspirativa de las que tanto gustan en Estados Unidos. Basándose en las advertencias que hizo Knox en su rueda de prensa del día 25, se decía que el propio gobierno había montado el espectáculo con el objetivo de crear el clima necesario para que se aceptase su plan de un traslado masivo de industrias desde la costa oeste al interior del país.

También hubo quienes pensaron en una “visita” extraterrestre, pero no fueron muchos. A pesar del famoso precedente del programa de radio de Orson Welles, aún tenían que pasar unos años para que el fenómeno OVNI se pusiese de moda. Después de todo el país estaba en guerra, y era más fácil acordarse de los japoneses que de los alienígenas. Fue años más tarde cuando se recuperó del olvido este episodio y se convirtió en uno de los grandes mitos de la ufología. El 26 de febrero el diario Los Angeles Times publicó esta famosa fotografía:

Batalla de Los Angeles
Durante muchos años gran cantidad de ufólogos y aficionados al tema han querido ver en ella la prueba de uno de los avistamientos OVNI más espectaculares de la historia. Se ha analizado de todas las formas posibles y al final, como siempre, cada uno ve en ella lo que quiere ver. Lo único que veo yo son varios haces de luz de los proyectores convergiendo en un punto y las explosiones de la artillería antiaérea a su alrededor.

¿Qué ocurrió realmente? La teoría de la incursión con aviones comerciales pilotados por agentes japoneses con el objetivo de sembrar el pánico entre la población, aparte de ser ridícula, quedó descartada tras la guerra (o eso o es el secreto mejor guardado de la historia). La explicación que dio el almirante Knox, que fue una falsa alarma provocada por el nerviosismo del momento, fue descalificada por muchos como parte de la política de las autoridades de hacer olvidar el incidente, echar tierra sobre el asunto y decir que no había nada que investigar. Pero teniendo en cuenta cómo estaba el ambiente es la explicación más razonable. Durante las primeras semanas de la guerra en la costa oeste había una psicosis general provocada por el temor a una invasión japonesa. El desastre de Pearl Harbor hizo pensar a la población estadounidense (incluyendo también a buena parte de sus dirigentes políticos y mandos militares) que eran totalmente vulnerables a ataques japoneses en cualquier punto del Pacífico. La gente creía ver agentes enemigos en todas partes, había un ambiente de sospecha generalizado que acabó por provocar el internamiento en campos de los habitantes de origen japonés.

Tan sólo dos días antes el territorio continental de Estados Unidos había sufrido el primer ataque enemigo de la guerra. La madrugada del 23 de febrero de 1942 el submarino japonés I-17 apareció frente a las instalaciones de extracción de petróleo de Goleta, cerca de Santa Bárbara (a unos 140 Km de Los Angeles), y abrió fuego con su cañón contra ellas. En un bombardeo que duró apenas 25 minutos el I-17 disparó un total de 25 proyectiles y a continuación se retiró de la zona. Los daños fueron mínimos (fueron alcanzados una estación de bombeo y una pasarela, con un coste estimado de 500 dólares de la época), aunque el capitán del I-17 Nishino Kozo informó a Tokio que había dejado la ciudad de Santa Bárbara en llamas. A pesar de la poca importancia del ataque se decretó una alarma general, con apagón incluido que afectó a toda la región. La desproporcionada respuesta de las autoridades y la publicidad que se le dio al ataque hicieron que la psicosis provocada por la amenaza japonesa se hiciese más fuerte que nunca.

Mapa publicado en el Galveston Daily News el 26 de febrero. Se indica el área donde abrieron fuego los antiaéreos el día 25, y también el lugar donde se produjo el ataque del sumergible japonés el día 23:

mapa Batalla de Los Angeles
Con estos precedentes, con los vigías y las dotaciones de las baterías antiaéreas contagiados del nerviosismo general, cualquier avistamiento sospechoso pudo haber provocado la alarma, y esta a su vez pudo haber degenerado en un cañoneo indiscriminado en cuanto una de las baterías abrió fuego. Se ha especulado con que la alarma inicial fuese causada por globos meteorológicos, lo que explicaría las recriminaciones que se hicieron de forma oficial a algunas unidades de artillería antiaérea por malgastar munición contra blancos que se movían demasiado despacio para tratarse de aviones. Después, cuando comenzó el fuego, el humo y las explosiones fácilmente pudieron despistar a los observadores, que veían aparatos enemigos por todas partes, aunque no hay constancia de que nadie oyese ni uno solo de sus motores.

El incidente, que fue bautizado con el nombre de “la batalla de Los Angeles”, pasó a la historia como un espectacular caso de histeria colectiva.

¿O hubo algo más?

Fuentes:
James Hayward: Mitos y leyendas de la Segunda Guerra Mundial.
Jesús Hernández: Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial
http://blog.rarenewspapers.com/?tag=add-new-tag
http://www.sfmuseum.org/hist9/aaf2.html
http://www.planetabenitez.com/ovnis/1942LA.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Ataques_en_Norteam%C3%A9rica_durante_la_Segunda_
Guerra_Mundial#Ca.C3.B1oneo_de_Ellwood


Operación Copperhead

Entre las operaciones disuasorias previas al desembarco de Normandía urdidas por los aliados para distraer fuerzas del Eje, crear confusión sobre el auténtico lugar de los desembarcos y dispersar las defensas alemanas había varias que tenían como objetivo distintos puntos del Mediterráneo: la operación Zeppelín consistía en un asalto a los Balcanes, atacando Grecia, Albania y Rumanía, la operación Vendetta consistía en un desembarco en Marsella, y la operación Ferdinand en una ofensiva anfibia contra Roma. Para reforzar estos engaños y desviar la atención de los alemanes al Mediterráneo se ideó un pintoresco plan que se puso en marcha apenas diez días antes del inicio de Overlord. Como los alemanes sabían que el mariscal Montgomery era uno de los jefes supremos aliados, su aparición en el teatro de operaciones del Mediterráneo significaría que un gran desembarco en la costa atlántica no era inminente y que en su lugar probablemente los aliados estaban preparando una acción importante en el sur de Europa. Los días 26 y 27 de mayo Monty fue visto en Gibraltar, en diversos actos con las autoridades locales e inspeccionando las defensas y las instalaciones militares. La colonia británica se había convertido en un nido de espías alemanes, gracias al gran movimiento de personas que diariamente cruzaban la frontera con España. Había miles de españoles que trabajaban en Gibraltar, y era imposible para las autoridades británicas controlar a todos y detectar a los informantes de los servicios secretos alemanes, así que la visita de Montgomery no pudo mantenerse en secreto y la noticia llegó a Berlín.

Lo cierto es que los británicos contaban con ello. El viaje de Montgomery y sus apariciones en público en Gibraltar formaban parte de otro engaño ideado por los planificadores británicos, conocido con el nombre en clave de Operación Copperhead. En realidad no era Montgomery quien fue visto en Gibraltar, pues en esos días estaba demasiado ocupado en los preparativos de Overlord como para irse de gira al Mediterráneo. Se trataba de un doble suyo, un teniente llamado Clifton James, que tenía un gran parecido con el mariscal británico. Meyrick Edward Clifton James era un actor aficionado nacido en Australia, que servía como teniente en un puesto administrativo en Leicester. Siete semanas antes del Día D, el teniente coronel británico J.V.B. Jervis-Reid vio casualmente una fotografía del teniente Clifton James y se puso en contacto con el MI-5 para proponerles un plan: utilizarle como doble de Montgomery en una operación de engaño. El coronel David Niven aceptó la idea y reclutó a James, que fue destinado al personal de Montgomery, para que aprendiese sus hábitos de comportamiento y su forma de hablar. Descubrieron que los dos hombres tenían personalidades muy diferentes (James tenía problemas con la bebida, mientras que Montgomery no probaba el alcohol), pero a pesar de ello el plan continuó su curso. James tuvo que dejar de fumar, y le tuvieron que poner un dedo postizo en la mano derecha, que había perdido en la Primera Guerra Mundial. Cuando llegó a Gibraltar el 25 de mayo, a bordo del avión personal de Winston Churchill, fue recibido por el Gobernador General de la colonia. Dos días después se trasladó a Argel, donde tenía su cuartel general el sucesor de Eisenhower como comandante supremo aliado en el Mediterráneo, el general sir Maitland Wilson, con quien se dejó ver en varias ocasiones. Tras pasar unos días en Argel, voló en secreto a El Cairo, donde permaneció escondido hasta que hubo pasado el día D. Después de cinco semanas de misión regresó a su destino anterior como si nada hubiese pasado.

El teniente Clifton James, el doble de Monty:

Clifton James
El auténtico Montgomery:

Montgomery
Clifton James publicó un libro en 1954 en el que contaba su historia titulado I Was Monty's Double. En 1958 se estrenó una película basada en el libro, con el mismo título, en la que el propio Clifton James se interpretaba a sí mismo y, por supuesto, a Monty.

I Was Monty Double

Fuentes:
Jesús Hernández: Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial
http://en.wikipedia.org/wiki/M._E._Clifton_James
http://nistovocepodeconfiar.blogspot.com/2008/11/m-e-clifton-james.html


La batalla de Attu

En junio de 1942 una fuerza de 2.500 soldados japoneses desembarcaron en Kiska y Attu, dos de las islas más occidentales del archipiélago de las Aleutianas, y las ocuparon sin encontrar oposición. Los desembarcos formaban parte del plan de Yamamoto de expandir el perímetro defensivo japonés ocupando las Aleutianas occidentales y Midway y forzar a la flota estadounidense a presentar la batalla decisiva.

Después del desastre de la Marina Imperial en Midway la ocupación de las dos islas tomó una importancia inesperada, al menos desde el punto de vista propagandístico. El pueblo japonés no supo nada de la derrota en Midway, y sin embargo fue informado de la ocupación de las Aleutianas como si de una gran victoria se tratase. Por contra, a pesar de que se habían convertido en el único territorio norteamericano propiamente dicho ocupado por el enemigo, la respuesta inicial estadounidense fue casi de indiferencia. En los meses siguientes la estrategia norteamericana fue mantener la presión sobre los japoneses sin destinar demasiados recursos a la región, aunque poco a poco el volumen de fuerzas implicado en el Pacífico Norte fue aumentando hasta alcanzar cantidades considerables. Además de un efectivo bloqueo naval que dificultaba la llegada de suministros a las guarniciones japonesas, éstas estaban sometidas a frecuentes bombardeos aéreos, cada vez más duros y constantes a medida que los estadounidenses iban construyendo aeródromos cada vez más cercanos a las islas ocupadas por los japoneses. Al principio, cuando los ataques aéreos partían de Umnak, tan sólo podían bombardear Kiska (Attu quedaba fuera del radio de acción de los aviones estadounidenses); cuando los norteamericanos construyeron un aeródromo en Adak la distancia se redujo a la mitad, y Attu comenzó a ser bombardeada también; finalmente construyeron otro en Amchitka, a tan sólo 40 millas al este de Kiska. La construcción del aeródromo de Adak en septiembre de 1942 hizo creer a los japoneses de que los estadounidenses estaban preparando una ofensiva por el norte, lo que les llevó a reforzar las guarniciones de Attu y Kiska, a pesar de sus problemas de abastecimientos. El plan inicial había sido mantener guarniciones en ambas islas hasta la llegada del invierno, para después abandonarlas y volver a ocuparlas en la primavera (se suponía que en un clima tan duro ninguno de los dos bandos podría iniciar operaciones durante el invierno). Pero en lugar de evacuar las guarniciones ambas fueron reforzadas con miles de hombres, que comenzaron a trabajar en fortificaciones defensivas. Además iniciaron la construcción de dos aeródromos, para poder contrarrestar el dominio estadounidense del aire y defenderse de los continuos bombardeos. No consiguieron terminar ninguno de los dos, después de estar meses trabajando en ellos en unas condiciones durísimas y sin maquinaria pesada.

Soldados japoneses preparando posiciones defensivas en las montañas:

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Estos soldados arrastran por la nieve una ametralladora Tipo 92:

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A medida que pasaba el tiempo los problemas de abastecimientos eran cada vez mayores. Las dos guarniciones japonesas llevaban meses con los alimentos racionados cuando el almirante Hosogaya trató de romper el bloqueo mandando una poderosa fuerza de combate al norte para escoltar a tres transportes con destino a Attu y Kiska. El intento terminó con la retirada de la flota japonesa tras la batalla de las islas Komandorski a finales de marzo de 1943. El fracaso de la marina japonesa en romper el bloqueo decidió el destino de las guarniciones de Attu y Kiska, que desde entonces sólo pudieron ser reabastecidas ocasionalmente por submarinos.

El Estado Mayor estadounidense no era partidario de desviar fuerzas necesarias en otros teatros de operaciones para reconquistar Attu y Kiska, pero a comienzos de 1943 el general Marshall dio permiso para que comenzasen los preparativos de una operación en las Aleutianas utilizando recursos limitados pertenecientes al Mando de Defensa Oeste. Para la operación podían contar con la 7ª División de Infantería, que había pasado los meses anteriores en el desierto de Mojave adiestrándose para combatir en el norte de Africa. La división, sin experiencia de combate y sin entrenamiento en climas árticos (todo lo contrario), fue enviada a Oregón a hacer prácticas de desembarcos anfibios. Sabiendo los limitados recursos de los que se disponía para la operación, el almirante Thomas Kinkaid, comandante de la Fuerza del Pacífico Norte, propuso al general John L. DeWitt, comandante del Mando de Defensa Oeste, dejar de lado Kiska y utilizar las fuerzas disponibles para atacar Attu, en el extremo occidental de las Aleutianas, con una importancia menor y con menos defensores japoneses. De hecho, como muestra de su menor importancia estratégica, los japoneses ya habían evacuado temporalmente Attu, entre septiembre y octubre de 1942, cuando su guarnición fue trasladada a Kiska para centrarse en la defensa de ésta última (hasta que llegó la contraorden de Tokio, que obligó a reforzar las defensas de ambas islas). Fue una de las primeras ocasiones en que los estadounidenses optaron por pasar de largo los objetivos más importantes dejándolos aislados para atacar otros menores, una estrategia que utilizaron durante toda la guerra en el Pacífico. La inteligencia norteamericana estimaba que habría unos 500 defensores japoneses en Attu, por lo que una fuerza de una división sería más que suficiente para ocupar la isla. En realidad la guarnición japonesa era de unos 2.600 hombres, que habían estado los últimos meses trabajando en preparar sus defensas.

Al terminar el adiestramiento la 7ª División embarcó en San Francisco con rumbo desconocido. Cuando los transportes pusieron rumbo norte las tropas fueron informadas de que su objetivo iba a ser recuperar una de las islas ocupadas por los japoneses en las Aleutianas. Se distribuyó entre los hombres uniformes para el frío, incluyendo unas botas de cuero que demostraron ser totalmente inútiles para moverse por la nieve.

El ataque aliado se retrasó varias veces a causa del mal tiempo. El Día D había sido programado para el 8 de mayo de 1943, después se aplazó para el día siguiente, y finalmente se fijó para el domingo 11 de mayo.

Hombres de la 7ª División en uno de los transportes que les llevaban a Attu:

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El viaje se aprovecha para repasar los planes, con la ayuda de una maqueta de la isla:

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A pesar de que el clima seguía siendo malo, con lluvias y fuertes vientos, el desembarco de las tropas estadounidenses en Attu el día 11 fue tranquilo. Una densa niebla cubría la isla y ocultó las operaciones al enemigo. Los primeros en desembarcar fueron los hombres de la 7ª Compañía de exploradores, que desembarcaron de tres submarinos en diferentes puntos de la costa para reconocer el terreno, entre las 3:30 y las 5:00 horas. El grueso de las fuerzas estadounidenses se había dividido en dos grupos principales, unos como objetivo el norte de la isla y otros el sur. Los primeros 1.000 hombres de la Fuerza Norte desembarcaron en Hortz Bay a las 14:50 horas, sin muchos problemas. El desembarco de 2.000 hombres de la Fuerza Sur en Massacre Bay fue más accidentado: varias lanchas chocaron contra rocas apenas cubiertas por el agua, y otras dos lanchas chocaron entre sí a causa de la densa niebla. El plan era que las dos fuerzas se dirigiesen al interior de la isla hasta unirse, para a continuación empujar a los restos de las tropas japonesas hacia el este (donde se encontraba Chicagof Harbor, el único poblado de la isla y cuartel general japonés) atrapándolas contra el mar.

Fotografías de los desembarcos en Attu el 11 de marzo; los hombres descienden a las lanchas desde los transportes y se dirigen a las playas a través de la niebla:

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La Fuerza Norte avanzó siguiendo la línea de la costa, con un batallón de exploradores cubriendo su flanco derecho. La Fuerza Sur ascendió desde las playas de Massacre Bay hacia el interior de la isla por un valle conocido como Massacre Valley. Nada más salir de las playas los hombres se encontraron sobre la tundra nevada, y los primeros vehículos se quedaron atascados incapaces de seguir avanzando. Los estadounidenses comprendieron que no podrían utilizar sus vehículos ni su artillería, y que iban a tener que ocupar la isla a pie; mientras, en las playas comenzaron a amontonarse grandes cantidades de vehículos y pertrechos que no podían llevar consigo. Además, el apoyo aéreo, a cargo de los aparatos del portaaviones de escolta Nassau, fue muy limitado debido a la densa niebla que cubría más del 90% de la isla. Esa fue una constante durante el tiempo que duraron las operaciones. Cuando los aviones conseguían sobrevolar la isla en numerosas ocasiones acabaron bombardeando unidades amigas. También a causa de la falta de visibilidad las fuerzas desembarcadas no pudieron contar con el apoyo artillero de la flota, formada por los acorazados Nevada, Idaho y Pennsylvania, seis cruceros y 19 destructores (además del Nassau).

Coronel Wayne C. Zimmerman, comandante de la Fuerza Sur:

coronel zimmerman
Hasta la tarde del día siguiente, cuando el tiempo tuvo una mejoría, los atacantes no pudieron contar con la ayuda de la aviación ni de la artillería naval. En esos dos primeros días las fuerzas estadounidenses se encontraban atascadas, debido al fuego enemigo y a las dificultades del terreno. Mientras, en las playas seguían desembarcando refuerzos que aumentaban la congestión.

Los japoneses renunciaron a enfrentarse a los invasores en las playas, a pesar de que allí los estadounidenses se encontraban en una posición de difícil defensa debido al atasco que había en ellas por los vehículos inmovilizados. Las tropas japonesas optaron por atrincherarse en el interior, en posiciones elevadas. Cubiertos por la niebla y ocultos entre los riscos esperaban la llegada de los estadounidenses para abrir fuego sobre ellos desde innumerables posiciones de francotiradores y nidos de ametralladoras.

Desembarco en Massacre Bay el segundo día de operaciones, el 12 de mayo:

Massacre Bay
Soldados estadounidenses descargando suministros en la playa de Massacre Bay, el 13 de mayo:

Massacre Bay
Cañón japonés de 75 mm en una posición capturada por los estadounidenses:

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Las tropas estadounidenses comenzaron a sufrir enormemente de los efectos del frío. Cientos de soldados sufrieron amputaciones a causa de congelaciones y "pie de trinchera" (más de la cuarta parte de todas las bajas norteamericanas fueron causadas por congelaciones). Las tropas norteamericanas, perdidas en la niebla, a menudo se veían obligadas a combatir durante horas sin disponer de ningún refugio contra el frío. La batalla de Attu fue esencialmente una batalla de infantería. El duro clima, con la isla casi permanentemente cubierta de niebla y azotada continuamente por fuertes vientos, limitó mucho el empleo de aviación. El terreno (en las zonas bajas la tundra blanda cubriéndolo todo, y en las alturas riscos húmedos y piedras cortantes como cuchillos cubiertas por la nieve) hizo imposible el empleo de equipo mecanizado y de casi cualquier tipo de vehículo motorizado.

La mayor parte de los suministros y las municiones tenían que ser transportados a pie. Los tractores eran pocos y eran muy vulnerables al fuego enemigo:

tractor attu
La única salida de Blue Beach, una de las dos playas de desembarco de Massacre Bay, era un riachuelo que desembocaba en ella. Los tractores podían aprovechar el suelo pedregoso de ese curso de agua para circular por él, ya que cualquier vehículo que intentaba moverse por la taiga que lo rodeaba acababa hundido en ella. Este tractor regresa vacío río abajo, para recargar en la playa:

tractor attu
Día tras día la tónica era la misma: lentos y costosos avances estadounidenses y continuos ataques japoneses desde posiciones bien cubiertas, preparadas de antemano. Así transcurrieron los ocho primeros días, con combates casi continuos. Finalmente el 18 de mayo de 1943 la Fuerza Norte y la Fuerza Sur hicieron contacto en Jarmin Pass, en el centro de la isla, siguiendo el plan original. Hasta ese momento los estadounidenses habían desembarcado 12.500 hombres. A partir de entonces los japoneses quedaron cercados en una bolsa que comprendía las escarpadas colinas de Fish Hook Ridge y el valle que conducía a Chicagof Harbor. Poco a poco los estadounidenses iban ganando terreno, haciendo valer su superioridad numérica, la falta de suministros del enemigo y los apoyos de la flota y la aviación.

Soldados estadounidenses avanzan hacia el interior de la isla por pasos nevados entre las montañas:

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Nada más conocerse en Tokio el desembarco estadounidense el Estado Mayor Imperial dio la orden de enviar refuerzos a Attu inmediatamente; pero, conscientes de que era imposible de cumplir, la orden fue revocada días después. En su lugar el 21 de mayo se emitió la orden de evacuar las guarniciones de las islas de Attu y Kiska en cuanto fuese posible. Hubo algunos intentos japoneses de ayudar a los defensores de Attu, enviando submarinos o bombarderos con base en las Kuriles, pero todos ellos fracasaron. El día 23, dieciséis bombarderos Betty atacaron a las fuerzas estadounidenses en Attu, con el único resultado de que cinco de ellos fueron derribados por los cazas enemigos. El 28 de mayo los japoneses renunciaron definitivamente a cualquier intento de socorrer a los defensores de Attu.

Ese día, abandonados a su suerte, superados en número, sin comida ni municiones para seguir resistiendo, los japoneses mataron a sus propios heridos con inyecciones de morfina. A continuación lanzaron granadas dentro de la tienda que servía de hospital de campaña, para asegurarse de que no quedaba ninguno con vida. El coronel Yasuyo Yamasaki, comandante de las fuerzas japonesas en Attu, ideó un plan, un último y desesperado intento de dar la vuelta al curso de la batalla, que ya parecía irremediablemente perdida. Aprovechando la noche conduciría a los restos de sus fuerzas (unos 800 hombres de una fuerza inicial de 2.600) contra un punto débil de las líneas estadounidenses, capturaría un alto llamado Engineer Hill (la Colina del Ingeniero) donde estaba situada una batería de artillería enemiga, capturaría los cañones y los utilizaría para bombardear Massacre Bay, donde seguían amontonándose los suministros estadounidenses.

El 29 de mayo de 1943 a las 3:15 a.m., los hombres de Yamasaki aprovecharon la eterna niebla y lograron abrirse camino a través de las líneas norteamericanas sin ser descubiertos. Diez minutos más tarde, con la batería de artillería de Engineer Hill a la vista, el comandante japonés ordenó una carga. Los japoneses atravesaron un campamento estadounidense, matando a muchos de los heridos de un hospital de campaña que se encontraba en su camino. Los estadounidenses, recuperados de la sorpresa, rápidamente reunieron sus fuerzas y contraatacaron, haciendo retirarse a los japoneses tras una terrible lucha cuerpo a cuerpo en medio de la niebla. El fracaso del plan de Yamasaki acabó con la moral japonesa. Yamasaki ordenó una nueva carga banzai, en la que él mismo y la mayor parte de sus hombres acabaron muertos. Los supervivientes se suicidaron en masa con granadas, haciéndolas explotar sujetándolas contra el pecho. La batalla de Attu había terminado.

Japoneses muertos después del ataque final del 29 de mayo:

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Las cifras finales de bajas en la batalla fueron espantosas. Los norteamericanos sufrieron 3.829 bajas, aproximadamente el 25% de la fuerza de invasión (en proporción fue la segunda cifra más alta que tuvieron en toda la guerra después de Iwo Jima). De estos, 549 fueron muertos, 1.148 heridos, 1.200 con congelaciones graves, 614 bajas por enfermedad, y los 318 restantes debidos a otras causas (hubo muchas bajas por fuego amigo). En el lado japonés, los estadounidenses enterraron a 2.351 cadáveres de soldados enemigos, y se supone que algunos cientos más habían sido enterrados anteriormente por los propios japoneses. Tan sólo capturaron a 28 prisioneros, todos ellos demasiado débiles para seguir combatiendo. No había ningún oficial entre ellos. Los japoneses habían luchado prácticamente hasta el último hombre. Los estadounidenses pudieron comprobar que muchos de los soldados enemigos estaban armados únicamente con una bayoneta.

El 15 de agosto de 1943 comenzó la invasión aliada de Kiska. Una fuerza conjunta estadounidense-canadiense de 35.000 hombres, considerablemente mejor preparados y equipados que los que habían tomado Attu tres meses antes, desembarcó tras un formidable bombardeo naval. Los atacantes no encontraron la oposición que esperaban, ya que se llevaron la sorpresa de que la isla estaba desierta. En una audaz acción los japoneses habían evacuado la guarnición tres semanas antes, utilizando submarinos y barcos de superficie. Sin embargo hubo cerca de doscientas bajas aliadas, de ellas más de setenta fueron por fuego amigo o por trampas preparadas por los japoneses (21 muertos y 50 heridos), el resto por "pie de trinchera" o enfermedad.

Terminaba así la campaña de las Aleutianas, una de las más duras y al mismo tiempo de las menos conocidas de la guerra en el Pacífico.


Fuentes principales:
http://www.hlswilliwaw.com/aleutians/attu-homepage.htm
handle.dtic.mil/100.2/ADA437056
http://www.exordio.com/1939-1945/militaris/batallas/aleutianas2.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Batalla_de_las_Islas_Aleutianas
http://commons.wikimedia.org/wiki/Battle_of_Attu
http://www.nps.gov/history/NR/travel/aviation/att.htm


Pointe du Hoc

Pointe du Hoc era un promontorio situado exactamente entre las dos playas conocidas en clave como Utah y Omaha, los dos sectores asignados a las fuerzas estadounidenses en Normandía. En lo alto de sus acantilados de 30 metros de altura la inteligencia aliada había situado una batería alemana de seis cañones de 155 mm que dominaba ambas playas. Con un alcance de 25.000 metros, la batería era una amenaza para ambos sectores de desembarco y para la flota de invasión aliada. La posición había sido atacada durante todo el mes de mayo con bombardeos diurnos, y con bombardeos continuos de día y de noche, los días 2, 3 y 4 de junio. Las imágenes tomadas por los aviones de reconocimiento mostraban que los efectos de los bombardeos habían sido devastadores, pero para asegurarse de que la batería no pudiese ser utilizada el mando aliado decidió incluir Pointe du Hoc como uno de los objetivos del Día D.

Bombardeo de Pointe du Hoc, mayo de 1944:

bombardeo pointe du hoc
Efectos de los bombardeos sobre Pointe du Hoc, fotografía tomada por un avión de reconocimiento aliado:

bombardeo pointe du hoc
El plan era que una fuerza anfibia desembarcase al pie de los acantilados, los escalase, tomase la posición e inutilizase los cañones. A continuación se uniría a las fuerzas estadounidenses que desembarcarían en la playa Omaha, cuyo extremo oriental estaba seis kilómetros al este de Point du Hoc. Los elegidos para realizar el asalto fueron los hombres del 2º Batallón Ranger del Ejército de los Estados Unidos. Los rangers eran una fuerza de élite de infantería inspirada en los comandos británicos, hasta entonces poco probada en combate, pero cuyo duro entrenamiento los hacía idóneos para una operación de esas características. Se esperaba que los rangers estuviesen en inferioridad numérica, ya que se sabía que enfrente tendrían a un regimiento alemán (se trataba del 916º Regimiento de Granaderos, perteneciente a la 352ª División de Infantería).

El teniente coronel Rudder, comandante del 2º Batallón de Rangers:

coronel rudder
La noche del 6 de junio, mientras las fuerzas aerotransportadas aliadas saltaban sobre Normandía, Pointe du Hoc volvió a ser castigada duramente por bombarderos de la RAF. Más tarde, exactamente a las 5:50 de la mañana, comenzó el bombardeo naval a cargo de los acorazados estadounidenses Texas y Arkansas, con el objetivo de cubrir la aproximación de las lanchas de desembarco. La primera oleada de asalto (no habría una segunda, como veremos más adelante) la formaban las compañías D, E y F del 2º Batallón Ranger, al mando del comandante del batallón, el teniente coronel James E. Rudder. Eran unos 200 rangers (cada compañía ranger estaba formada por aproximadamente 70 hombres) embarcados en nueve lanchas de desembarco del tipo LCA. En los cuarenta minutos que duró el bombardeo naval los dos acorazados dispararon un total de 600 proyectiles sobre Point du Hoc. A ellos se les unió el ataque de 18 bombarderos estadounidenses. El brutal bombardeo obligó a los defensores alemanes a permanecer a cubierto mientras las lanchas de desembarco se acercaban a la costa. Siguiendo el plan, el bombardeo naval cesó exactamente a la Hora H, las 6:30 de la mañana, momento en el que tenía que comenzar el desembarco de los rangers. Pero a esa hora las lanchas que transportaban a los rangers estaban todavía luchando contra la marejada que les alejaba de su destino. Se habían desviado muy al este, al parecer debido a que el piloto de la lancha guía había confundido Pointe du Hoc con otro promontorio llamado Pointe de la Percée, cinco kilómetros al este, casi en la playa Omaha. Dos de las nueve LCA naufragaron, una de ellas era una de las que transportaban material (equipo de escalada y municiones). Otra tuvo que tirar por la borda parte del material para no hundirse. El desembarco se produjo finalmente con 35 minutos de retraso con respecto al bombardeo naval, tiempo que aprovecharon los alemanes para tomar posiciones en lo alto del acantilado. Desde allí lanzaban granadas sobre los rangers que desembarcaban. Ante esta situación, Rudder pidió apoyo artillero y dos destructores aliados, el estadounidense Satterlee y el británico Talybont, se acercaron a la costa para abrir fuego con sus cañones contra la cima del acantilado y cubrir el asalto de los rangers. El Satterlee permaneció todo el día frente a Pointe du Hoc para dar apoyo a los rangers.

Cuando las lanchas estuvieron varadas al pie del acantilado utilizaron lanzacohetes cargados con arpones con cuerdas de escalada atadas a ellos, un invento de los comandos británicos. Pero al haberse mojado las cuerdas había aumentado su peso, por lo que tan solo unos pocos arpones consiguieron llegar a la cima del acantilado. Los alemanes no creyeron que los garfios proviniesen de las lanchas situadas al pie de los acantilados. El cuartel general de la 352ª División de Infantería recibió la información de que “desde los buques de guerra en alta mar el enemigo dispara contra los acantilados bombas especiales de las que salen escalas de cuerdas”. También habían previsto utilizar dos camiones anfibios DUKW equipados con escaleras de bomberos de la brigada antiincendios de Londres, pero tan sólo uno de ellos consiguió llegar a la playa, y con la escalera rota.

Un DUKW al pie de los acantilados, después del combate:

dukw pointe du hoc
Los rangers tuvieron que escalar los 30 metros de acantilado utilizando únicamente unas pocas cuerdas y escalerillas. Muchos de ellos optaron por subirlos en escalada libre. Desde la cima recibían fuego de mortero. Algunos alemanes lograban alcanzar el borde del acantilado y soltaban los garfios o cortaban las cuerdas. Entre las lanchas y la base de los acantilados había un tramo horizontal de unos 10 metros batido continuamente por una ametralladora alemana situada en el flanco izquierdo de la playa. Esa ametralladora logró matar o herir a 15 rangers. Una dificultad añadida que tuvieron que superar los rangers fueron los cráteres que habían formado los bombardeos, que habían quedado cubiertos de agua. Cuando un hombre caía en uno de ellos le costaba mucho salir a causa del peso de su equipo, y quedaba allí atrapado y expuesto al fuego enemigo. Stephen Ambrose cuenta un curioso episodio:

Junto a los rangers que asaltaban Pointe-Du-Hoc se encontraba un coronel de los comandos británicos de nombre Travis Trevor y que caminaba por la playa arengando a los rangers mientras las balas silbaban a su alrededor. Un teniente de los rangers gritó a Trevor si no temía que le alcazasen, a lo que éste respondió: “Doy dos pasos cortos y tres largos, así nunca me dan”. Acto seguido, una bala le dio en el casco y lo tiró al suelo. Tras esto, Taylor se levantó y amenazando al ametrallador alemán con el puño en alto le gritó: “¡Tú, maldito bastardo!”. Después se echó cuerpo a tierra y continuó a rastras como los demás.

Escalando el acantilado:

acantilado pointe du hoc
En cinco minutos, con el fuego de cobertura de los destructores y de los BAR desde la base del acantilado, los primeros rangers alcanzaron la cumbre. Tardaron tan solo quince minutos en reunirse la mayoría de los rangers en la cima. Allí se presentó ante ellos un paisaje lunar, debido a la gran cantidad de cráteres que habían producido los bombardeos aéreos. Si en la base del acantilado los cráteres inundados eran una trampa mortal, arriba fueron de gran ayuda a los asaltantes al permitirles avanzar a cubierto saltando de uno a otro. La resistencia alemana había disminuido mucho, ya que sus posiciones defensivas estaban pensadas para cubrir las playas y el acceso desde el interior, pero habían considerado imposible un asalto escalando el acantilado. Acabando con algunos puntos de resistencia aislados, los rangers se dirigieron al emplazamiento de la batería, para descubrir que los cañones habían sido sustituidos por postes de teléfonos. Tan sólo encontraron uno, inutilizado por los bombardeos aéreos. Había rastros que indicaban que los cañones habían sido trasladados poco tiempo antes, posiblemente para ponerlos a salvo del bombardeo naval. Cuando avanzaron hacia el interior para alcanzar su siguiente objetivo, la carretera Grandcamp-Vierville (que tenían que interceptar para cortar la llegada de refuerzos a la playa Omaha) se encontraron con una mayor resistencia alemana, ya que tuvieron que atravesar las defensas que protegían el acceso a Pointe du Hoc desde el interior, consistentes en alambradas campos minados y nidos de ametralladoras. Cuando alcanzaron la carretera y se atrincheraron para cortarla eran las 7:30. Los rangers habían sufrido muchas bajas. Las compañías D y E habían perdido a sus capitanes y estaban mandadas por tenientes. A la compañía D le quedaban apenas 20 hombres de los 70 iniciales.

Rangers en combate:

rangers pointe du hoc
Los rangers no habían podido comunicarse con sus buques de apoyo desde que un proyectil de mortero había destruido la única radio que no había sido dañada por el agua de mar. El plan era que cuando la primera oleada de asalto hubiese escalado el acantilado enviarían el mensaje clave “Alabar al Señor” y comenzaría la segunda oleada. El retraso en el ataque unido a los problemas en las comunicaciones llevó a que el resto del 2º Batallón de Rangers (las compañías A, B y C), que permanecían en sus lanchas para reforzar el ataque, fuesen desviados finalmente a su destino alternativo, como apoyo de la 29ª División de Infantería en el sector Charlie de la playa Omaha, siete kilómetros al oeste. Desde allí avanzarían por el interior para unirse con el resto del batallón. Como curiosidad, las lanchas de la compañía C fueron desviadas de su punto de desembarco a causa del mal tiempo y los hombres quedaron aislados del resto de sus compañeros durante toda la batalla; estos son los protagonistas de Salvar al Soldado Ryan. Con la cumbre ya en su poder el teniente James Eikner pudo comunicarse con el destructor Satterlee utilizando un viejo equipo de señales (un foco con el que podía comunicarse en morse). Así pudieron dirigir el fuego de los cañones del destructor contra la ametralladora que batía la base del acantilado desde su flanco izquierdo (Rudder había mandado un pelotón al mando del teniente Vermeer, de la compañía F, a destruir la posición, pero no habían logrado acercarse lo suficiente a ella). La ametralladora fue neutralizada por el fuego del destructor, lo que fue un alivio para los rangers situados en la base del acantilado. Mientras tanto, con un grupo de unos 35 rangers de las compañías D y F atrincherado en la carretera Grandcamp-Vierville soportando el fuego de las líneas alemanas, otros grupos pequeños se dedicaron a buscar los cañones desaparecidos, sabiendo que tenían que estar en las proximidades. Finalmente fueron los sargentos Leonard Lomell y Jack Kuhn los que los encontraron camuflados en un huerto. Habían seguido un rastro desde la posición original de la batería que los llevó a tan sólo 250 metros de distancia, como a 1 kilómetro tierra adentro. Sorprendentemente, los cañones no estaban defendidos, pero a unos 100 metros vieron a un gran número de alemanes que les parecieron extrañamente tranquilos (al parecer no se habían enterado del desembarco en Pointe du Hoc). Corrieron a pedir granadas de termita a los rangers de la carretera y regresaron para inutilizar los cañones. Al mismo tiempo un pelotón al mando del sargento Frank Rupinski encontró un gran depósito donde estaban almacenados los proyectiles de los cañones. Destruyeron las municiones con cargas explosivas. Eran aproximadamente las 9:00 horas, y los rangers habían alcanzado todos sus objetivos.

Dos rangers junto a uno de los cañones de 155 mm localizados en el interior:

cañones pointe du hoc
A partir de entonces tuvieron que mantener sus posiciones, esperando a que les llegasen refuerzos desde la playa Omaha, con un 50% de bajas, contando únicamente con su armamento ligero, los BAR y algunos morteros de 60 mm, aislados, sin radio y sin asistencia médica. Los rangers se vieron obligados a resistir en esas condiciones durante los dos días siguientes. En ese tiempo aguantaron fuertes contraataques alemanes de los hombres del 916º Regimiento de Granaderos. Esa tarde el coronel Rudder envió un mensaje al teniente Eikner para que lo transmitiera al Satterlee: “Tomado Point-Du-Hoc. Misión cumplida. Necesitamos munición y refuerzos. Numerosas bajas". Una hora después el Satterlee envió un mensaje del general Huebner, comandante del desembarco en Omaha: “No hay refuerzos disponibles, todos los rangers desembarcados". Los únicos refuerzos que recibieron fueron los de dos pelotones de rangers desembarcados en Omaha (unos 25 hombres) y tres paracaidistas de la 101ª División Aerotransportada que habían tenido la mala suerte de caer en su sector.

Prisioneros alemanes son conducidos a la playa:

prisioneros pointe du hoc
En la mañana del día 7 los rangers de Rudder seguían aislados en Pointe du Hoc, resistiendo los contraataques de los granaderos del 916º Regimiento alemán, y con el único apoyo del destructor estadounidense Harding, que había relevado al Satterlee. El general Gerhardt, comandante de la 29ª División de Infantería, envió una fuerza en su ayuda, formada por hombres del 116º Regimiento y del 2º de Rangers desembarcados en Omaha, con el apoyo de dos tanques Sherman. Pero tuvieron que enfrentarse a una fuerte resistencia alemana en los acantilados y no llegaron hasta los hombres cercados en Pointe du Hoc hasta el día siguiente. Como los rangers habían casi agotado sus municiones, muchos de ellos utilizaban las armas capturadas a los alemanes para seguir combatiendo. El sonido de las armas alemanas confundió a los hombres que venían en su auxilio, los Sherman abrieron fuego sobre los rangers matando a cuatro de ellos e hiriendo a otros seis. Los rangers tuvieron que mostrar una bandera estadounidense para que cesara el fuego sobre ellos.

El 8 de junio, cuando terminó la batalla, apenas la cuarta parte de los 200 rangers que habían desembarcado en Pointe du Hoc estaban en condiciones de seguir combatiendo.



El asalto del 2º de Rangers a Pointe du Hoc ha generado cierta polémica porque muchos historiadores consideraron que fue una acción inútil, al no encontrarse los cañones de 155 mm emplazados en la batería. Cornelius Ryan afirma que nunca llegaron a estar instalados en sus posiciones. En una nota a pie de página en su libro El día más largo, comenta que fueron encontrados los cinco cañones “más de dos kilómetros tierra adentro”. También habla de un informador de la Resistencia francesa, jefe de sector de la ciudad de Grandcamp, llamado Jean Marion, que había informado a Londres de que no había cañones en Pointe du Hoc. Por el contrario, otros han defendido la acción, ya que los cañones tan sólo habían sido desplazados 250 metros de su emplazamiento original, por lo que seguían siendo una amenaza para las tropas que desembarcaban en las playas de Utah y Omaha y los buques de la flota de invasión. Al localizarlos e inutilizarlos, los rangers cumplieron la misión que se les había encomendado.


Fuentes:
Stephen E. Ambrose: El Día D. La batalla culminante de la segunda guerra mundial
Antony Beevor: El Día D. La batalla de Normandía
Cornelius Ryan: El día más largo
Sir Martin Gilbert: El desembarco de Normandía. El Día D
http://www.panzerzug.es/pzg/content/view/91/56/
http://www.dday-overlord.com/pointe_du_hoc.htm
http://www.strijdbewijs.nl/normandie8/noreng8.HTM


La invasión de Japón

Downfall

A comienzos de agosto de 1945 Japón estaba derrotado. Desde noviembre de 1944 los B-29 con base en las Marianas habían estado machacando sin descanso las ciudades y las instalaciones industriales japonesas. Los submarinos estadounidenses, aniquilando la flota mercante japonesa, estaban dejando al país sin suministro de petróleo y las materias primas esenciales. El 8 de mayo la rendición de Alemania dejó a Japón solo conta todo el poderío militar norteamericano y británico, y todo hacía prever que la URSS pronto se uniría a su lista de enemigos. La conquista de Okinawa dio a los estadounidenses una base desde la que los B-17 y B-24 podían sumarse a los B-29 de las Marianas en su campaña de bombardeos masivos del territorio japonés. Los territorios que aún conservaban en el sudeste asiático habían quedado incomunicados con la metrópoli. Más tarde, a partir del mes de julio, comenzó el minado masivo de las aguas del Mar del Japón, con el que se quería conseguir que también China, Manchuria y Corea quedasen aislados del archipiélago japonés. Incluso comenzó a minarse del Mar Interior, lo que también amenazaba las comunicaciones internas entere las distintas islas. A pesar de todo, no se preveía una rendición. Los japoneses habían rechazado el ultimátum que los aliados les habían dado en Postdam, y se estaban preparando para librar la batalla definitiva en su propio territorio. Los norteamericanos, por tanto, comenzaron a preparar la conquista del Japón (iba a ser una campaña fundamentalmente estadounidense, con la participación casi testimonial de la flota del Pacífico broitánica).

El plan estadounidense constaba de dos fases:

- Operación Olympic, que comenzaría el 1 de noviembre de 1945, y tendría como objetivo la invasión del sur de Kyushu, la más meridional de las islas mayores del archipiélago japonés.

- Operación Coronet, prevista para el 1 de marzo de 1946, constaría de una serie de desembarcos en Honshu, la isla principal, y la conquista de Tokio.

El conjunto de ambas operaciones recibió el nombre de operación Downfall (Caída). El objetivo era completarla en el plazo de un año, contando a partir del final de la guerra en Europa.

El plan de Olympic consistía en el desembarco de tres cuerpos de ejército en la costa sur de Kyushu, con la cobertura aérea de 34 portaaviones y la aviación con base en tierra que operaba desde Okinawa. Una vez ocupada la mitad sur de Kyushu (la región central de la isla es muy montañosa, y sería fácilmente defendible de contraataques desde el norte, por lo que no se consideraba necesaria la ocupación de toda la isla), la marina norteamericana tendría una base para penetrar en el Mar Interior, y acabar con todas sus comunicaciones marítimas entre los puertos japoneses. Al mismo tiempo, la aviación ligera podría alcanzar Tokio, y los bombarderos B-17 y B-24 tendrían a su alcance todo el territorio japonés.

Coronet consistía en una serie de desembarcos en la costa oriental de Honshu, y el avance a través de la llanura de Kanto hasta Tokio. Para Coronet etstaba prevista la utilización del doble de divisiones que en Olympic, pero se esperaba mucha menos rresistencia, ya que lo mejor del ejército japonés habría sido aniquilado en la defensa de Kyushu, y los bombardeos aéreos impedirían a los japoneses reponer el armamento destruído. Además, se podría contar con tropas de los países aliados, ya disponibles. Se contaba con la posibilidad de que los japoneses se rindieran antes, y la Operación Coronet no fuese necesaria.

Había una alternativa a Olympic, que sería conseguir una victoria sobre Japón por estrangulamiento: continuar con la campaña de bombardeo estratégico y el bloqueo naval, reforzar China, y esperar la entrada de la URSS en la guerra y su ataque a Manchuria y Corea. Sin embargo, a nadie le hacía gracia la idea de continuar la guerra de forma indefinida esperando a la rendición japonesa. La mayoría de los mandos militares coincidían en que la invasión era inevitable. Otra alternativa que se barajó después, cuando se tuvo constancia de que la defensa en Kyushu iba a ser más fuerte de lo previsto inicialmente, fue la ocupación de Hokkaido, la más septentrional de las grandes islas japonesas. Estaba mucho menos defendida, y podía servir igualmente como base para las fuerzas terrestres, navales y aéreas, como paso previo para la posterior invasión de Honshu, pero suponía un problema para los ya sobrecargados medios de transporte norteamericanos, al aumentar en más de 1.000 millas la distancia a recorrer desde los Estados Unidos y Europa. Además, no se contaría con el apoyo desde Okinawa.

Operación Downfall:

operacion downfall
Olympic

Las fuerzas navales estadounidenses se dividirían en dos grandes grupos:

- La 3a Flota, mandada por el almirante William "Bull" Halsey, se extendería a lo largo de las costas orientales de Honshu y Hokkaido, con 21 portaaviones y 10 acorazados rápidos, para impedir los movimientos de las fuerzas japonesas. Formando parte de la 3a Flota estaría la Task Force 37 británica.

- La 5a Flota, al mando del almirante Raymond Spruance, sería la fuerza de asalto. Contaría con 26 portaaviones, reforzados con 8 más de la 3a Flota en el momento de la invasión, 13 acorazados, 20 cruceros, 139 destructores, 167 destructores de escolta, y barcos auxiliares para un total de 800 buques de guerra. Las tropas y el equipo se transportarían dsesde las Filipinas y las Marianas en 1.500 transportes.

La 20a Fuerza Aérea seguiría con la campaña de bombardeo estratégico contra el archipiélago japonés. El apoyo táctico a la invasión estaría a cargo de la 5a, 13a y 7a Fuerzas Aéreas.

El día D estaba fijado para el 1 de noviembre. El 24 de octubre comenzaría el bombardeo naval, con acorazados, cruceros y destructores disparando miles de toneladas de explosivos en las zonas de desembarco. También unos días antes del día D, el 27 de octubre, tendría lugar un desembarco preliminar, a cargo de la 40a División de Infantería, en una serie de pequeñas islas al oeste y suroeste de Kyushu. El día 28, el 158o RCT (Equipo Regimental de Combate) ocuparía la isla de Tanega Shima. Esas islas servirían como bases de hidroaviones, y se instalarían radares que sirvieran como centros de control aéreo para los aviones que diesen cobertura a los desembarcos principal. Además servirían como fondeaderos de emergencia para los buques de la flota de asalto. La experiencia de Okinawa había demostrado la utilidad de contar con esos fondeaderos seguros para los buques dañados o que no se necesitasen en el área de desembarco.

El 1 de noviembre, día D, tendría lugar el desembarco principal, simultáneamente en tres sectores. En el este, las divisiones de infantería 25a, 33a y 41a desembarcarían cerca de Misayaki y avanzarían para capturar la ciudad y su campo de aviación. En el sur, la 1a División de Caballería y la División Americal desembarcarían en el interior de la bahía de Ariake y tratarían de capturar Shibushi, y la ciudad de Kanoya con su campo de aviación. En el oeste desembarcaría el V Cuerpo Anfibio, formado por las divisiones 2a, 3a y 5a de Infantería de Marina, enviando a continuación la mitad de sus fuerzas a Sendai y la otra mitad a la ciudad portuaria de Kagoshima.

El 4 de noviembre la fuerza de reserva, formada por las divisiones de infantería 81a y 98a y la 11a División Aerotransportada, después de simular un ataque a la isla de Shikoku, desembarcarían (si no se precisaban para reforzar otro sector) en el extremo sur de la bahía de Kagoshima. Se esperaba que la conquista y ocupación total de la mitad sur de la isla llevaría un máximo de 4 meses. Si era necesario, desembarcarían tres divisiones de refresco al mes.

Operación Olympic:

operacion olympic
Ketsu-Go

Ketsu-Go era el nombre del plan japonés para la defensa del archipiélago. Toda la población japonesa estaba siendo preparada para la lucha a muerte que se iba a desarrollar. Bajo el lema "La Gloriosa Muerte de los Cien Millones" el gobierno japonés estaba movilizando en masa a los civiles: obreros industriales, agricultores y estudiantes, acogiéndose a la Ley del Servicio Militar Voluntario de enero de 1945, formaron una fuerza combatiente de 28 millones de hombres, armados con viejos fusiles, cócteles Molotov, arcos, espadas, o simplemente lanzas de bambú.

En el verano de 1945 los estadounidenses suponían que la fuerza aérea japonesa había sido prácticamente aniquilada. Los bombarderos arrasaban las ciudades y las instalaciones militares e industriales japonesas sin oposición. Los ataques kamikaze a la flota estadounidense, que en Okinawa habían hundido 32 buques y dañado otros 400, habían cesado por completo. La estimación de la inteligencia aliada era que al Japón le quedaban unos 2.500 aviones de todo tipo, de los que unos 300 serían utilizados en ataques suicidas. Pero la realidad era muy distinta. Los japoneses habían estado reservando sus aviones, pilotos y combustible para enfrentarse a la invasión. Se habían preparado campos de aviación camuflados por todo Japón y Corea, y especialmente en el sur de Kyushu. En pequeños talleres repartidos por todo el país, ocultos en minas, túneles o sótanos, se habían seguido fabricando aviones. Cuando Japón se rindió, el Ejército japonés tenía 5.651 aviones, y la Marina otros 7.074, para sumar un total de 12.725 aviones de todo tipo. Aproximadamente la mitad de ellos iban a ser utilizados en ataques suicidas (los aparatos más antiguos, los aviones de entrenamiento, o los nuevos modelos diseñados expresamente para misiones kamikaze, que se estaban fabricando masivamente).

La mayor parte de esta fuerza iba a ser enviada al sur de Kyushu, mientras se esperaba que la nueva producción sustituyese a los aviones retirados en Honshu. Sólo el primer día de la invasión los japoneses esperaban utilizar 2.000 aviones de combate para enfrentarse a la aviación norteamericana, mientras otros 2.000 kamikazes se lanzarían contra los transportes de tropas en sucesivas oleadas de entre 200 y 300 cada una. Los planificadores japoneses esperaban poder mantener los ataques suicidas durante diez días. Al final, todo avión superviviente sería utilizado en ataques kamikaze.

Los ataques aéreos comenzarían cuando la flota de invasión llegase a una distancia de 180 millas de Kyushu, coordinados con el ataque de los 40 submarinos que le quedaban a la Marina Imperial. Además la Marina aún contaba con 2 cruceros y 23 destructores operativos, que serían enviados contra la flota estadounidense. Algunos de los destructores serían varados en el último momento en las playas de invasión, para ser utilizados como plataformas defensivas. Más cerca de la costa, los norteamericanos serían atacados con las "armas especiales": submarinos enanos, torpedos tripulados, y lanchas cargadas de explosivos. El objetivo era que las pérdidas provocadas al enemigo fuesen tan elevadas antes del desembarco, que los norteamericanos renunciasen a él y se retirasen.

Distribución de las fuerzas japonesas en abril de 1945:

mapa defensas japon
Defensa de Kyushu

Si finalmente los estadounidenses lograban desembarcar, les estarían esperando las defensas en tierra. A diferencia de lo que ocurrió en Okinawa, donde los japoneses permitieron los desembarcos enemigos y presentaron batalla en el interior de la isla, y a pesar de que Kyushu también era una isla muy montañosa, ideal para su defensa en el interior, el plan japonés era aniquilar a los norteamericanos en las playas.

Los japoneses contarían en el sur de Kyushu con un total de 14 divisiones, 7 brigadas mixtas independientes, 3 brigadas acorazadas, y millares de tropas navales y voluntarios mal armados, haciendo un total de 790.000 hombres. En gran parte serían tropas de calidad, de lo mejor del ejército japonés, bien alimentadas y equipadas. Tendrían preparadas redes de comunicaciones camufladas, en muchos casos subterráneas, para que los movimientos de tropas y suministros no pudiesen ser detectados desde el aire. Las fuerzas japonesas se dividirían en dos grandes grupos, uno a cada lado de la bahía central de la isla. En cada una de las probables zonas de invasión se situaría una defensa estática en las mismas playas, con la misión de mantener una defensa suicida, y una reserva móvil en el interior, que sería la encargada de contraatacar y enviar a los norteamericanos de vuelta al mar.

A las tres divisiones que desembarcarían en Mizayaki se les opondrían tres divisiones japonesas, y dos más en segunda línea preparadas para el contraataque. En la bahía de Ariake, dos divisiones estadounidenses se enfrentarían a una división y una brigada independiente. En el oeste, donde desembarcarían las tres divisiones de la Infantería de Marina, estarían esperándoles tres divisiones de infantería, una brigada mixta, una brigada acorazada y un mando de artillería. Otras dos divisiones más estarían esperando para lanzar el contraataque. En la bahía de Kagoshima, donde tenía previsto desembarcar la fuerza de reserva el día D+4, se encontrarían dos divisiones, dos brigadas independientes y millares de tropas navales.

A lo largo de la costa se construirían obstáculos, fortines, bunkers, se emplazarían baterías costeras y se colocarían millares de minas. Centenares de buzos suicidas esperarían a las lanchas de desembarco bajo el agua, armados con pértigas explosivas. Otros hombres, enterrados en la arena con cargas de demolición atadas al cuerpo, esperarían el paso de los vehículos norteamericanos para abalanzarse sobre ellos. En las playas, los atacantes estarían sometidos al fuego de ametralladoras, francotiradores, morteros y artillería, a las minas, las trampas explosivas, y a las unidades suicidas ocultas bajo tierra esperando para contraatacar. La artillería pesada estaría en las montañas del interior, en gran parte en emplazamientos subterráneos, preparada para crear una cortina de fuego en las playas.

Si lograban salir de las playas, los norteamericanos se enfrentarían a las defensas ocultas en las montañas, con fortines y blocaos interconectados entre sí por kilómetros de túneles.

Defensas japonesas en Kyushu en julio de 1945:

defensas kyushu
Coronet

La fecha prevista para el comienzo de Coronet, la invasión de la región central de Honshu y la conquista de Tokio, era el 1 de marzo de 1946. El bombardeo naval y aéreo comenzaría el día D-15. El día D habría dos asaltos anfibios simultáneos. El 1er Ejército desembarcaría al este de Tokio, al sur de Kujukuri, con cuatro divisiones, para asegurar una cabeza de playa. El día D+5, con el añadido de dos divisiones más, se desplazaría a través de la península para despejar el lado este de la bahía de Tokio y para avanzar hacia el norte y tomar la ciudad portuaria de Choshi. Simultáneamente, el 8o Ejército desembarcaría con cuatro divisiones en la bahía de Sagami, al sur de Tokio, para establecer otra cabeza de puente y ocupar la base naval de Yokosuka y la península de Miura. El D+10 dos nuevas divisiones desembarcarían y se dirigirían al norte para aislar Tokio desde el norte. Otras unidades ocuparían las ciudades portuarias de Yokohama y Kawasaki. Hacia el D+30 el 1er Ejército avanzaría sobre Tokio a través de la llanura de Kanto. En total intervendrían 28 divisiones, repartidas en los ejércitos 1o, 8o y 11o, con la posibilidad de enviar más divisiones desde Estados Unidos o Europa si fuesen necesarias. Tendrían el apoyo de 30 grupos aéreos, toda la Flota del Pacífico y la Flota del Pacífico británica.

Operación Coronet:

operacion coronet
Bajas

Si en el momento de aprobarse la operación Olympic el cálculo de bajas era bastante bajo, aumentó mucho cuando se fue descubriendo en parte la magnitud de los preparativos defensivos japoneses. Las estimaciones iniciales se hicieron teniendo como modelos los desembarcos en el golfo de Lingayen, Okinawa y Normandía. Sin embargo, es dudoso que un desembarco anfibio en Kyushu pudiese compararse con los tres anteriores. En Tarawa, un desembarco de los Marines contra una playa bien defendida causó un número de bajas mucho más alto de lo esperado. A partir de entonces los estadounidenses cambiaron de táctica, y en vez del desembarco por sorpresa, realizaban siempre un bombardeo masivo previo en las zonas de invasión. Eso llevó a los japoneses a variar a su vez sus tácticas, y en Okinawa y en el golfo de Lingayen no opusieron ninguna resistencia a los desembarcos, y renunciaron a la defensa de las playas y la trasladaron a las montañas del interior. Pero en Kyushu estaban preparando ambas formas de defensa, en las playas y en las montañas.

Los planificadores japoneses contaban con que los ataques kamikaze serían detectados por los radares a tiempo de enviar a interceptarlos a los aviones que daban cobertura a la operación desde los portaaviones. Los que lograsen pasar serían derribados por el fuego antiaéreo de los buques. Sin embargo, en Okinawa los kamikazes lograron alcanzar a 400 buques de guerra. En Kyushu contarían con la ventaja de la proximidad a tierra y la cobertura de las montañas, en lugar de los ataques en mar abierto de Okinawa. Otra diferencia era que en Kyushu el objetivo prioritario serían los transportes de tropas, en lugar de los portaaviones y los buques de guerra. Cada transporte alcanzado por los kamikazes podía aumentar el número de bajas en varios centenares.

La estimación de bajas del almirante William Leahy para Olympic era de más de 250.000 soldados norteamericanos muertos o heridos. Para el general Charles Williughby, jefe de Inteligencia de Mac Arthur, el número total de bajas estadounidenses para la operación Downfall sería de 1,000.000 de hombres, una cifra redonda que se ha citado en muchas ocasiones. El número de bajas japonesas no se tuvo en cuenta por los planificadores. Si los defensores presentaban una defensa suicida, como en Iwo Jima y Okinawa, la gran mayoría de ellos resultaían muertos en la lucha. Las bajas civiles japonesas son imposibles de calcular. Puede que se contasen en millones.

Pero la guerra terminó más de dos meses antes del comienzo de la invasión. Aunque no se hubiesen producido los bombardos atómicos, muchas otras cosas pudieron haber ocurrido de forma distinta a la esperada. El efecto de los bombardeos aliados sobre las defensas japonesas y sobre sus movimientos de tropas y suministros, el endurecimiento del bloqueo naval, la entrada de la URSS en la guerra, que posiblemente obligase a los japoneses a reforzar sus defensas en el norte, la división en el gabinete japonés, la moral de la población civil, entre otros muchos factores, pudieron haber debilitado la resistencia japonesa. En el momento de la rendición se entregaron en Kyushu 216.627 soldados japoneses, una cifra superior a la que habían calculado los estadounidenses, pero todavía muy inferior a la que estaba previsto que haría frente a la invasión.


Fuentes:
http://www.geocities.com/Athens/Acropolis/8141/downfall.html
http://home.att.net/~sallyann4/invasion2.html
http://www.ww2pacific.com/downfall.html
http://www.fas.org/irp/eprint/arens/chap4.htm
http://en.wikipedia.org/wiki/Operation_Downfall