Cuando el Reino Unido propuso a Francia la unión de ambos países en una sola nación

Estos últimos días se ha hablado mucho de las concesiones que el gobierno británico ha obtenido de las autoridades europeas para convencer a sus ciudadanos de que voten por la permanencia en la UE en el referéndum que se va a celebrar dentro de unos meses. Una buena parte de los comentarios que he leído y escuchado se refieren al poco compromiso con el proyecto europeo que han tenido históricamente los británicos. Siendo eso cierto (y nada criticable, al menos desde el punto de vista de un antieuropeísta como yo), también se pueden encontrar momentos en la historia en los que los británicos abandonaron sus sentimientos "aislacionistas" para buscar la unión con otros pueblos del continente. Uno de aquellos momentos fue en plena Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno presidido por Winston Churchill ofreció a Francia la constitución de una Unión Franco-Británica que convertiría ambas naciones en una sola.

A mediados de junio de 1940 la situación de Francia era desesperada. Los ejércitos alemanes habían destrozado sus defensas y avanzaban en todas direcciones sin encontrar apenas resistencia. El gobierno francés, que se había trasladado al sur, a Burdeos, huyendo del avance enemigo, estaba dividido entre los partidarios de continuar la lucha desde las colonias y los que estaban dispuestos a solicitar el armisticio para salvar todo lo salvable. En un último intento por evitar la capitulación francesa, el gobierno británico propuso que Gran Bretaña y Francia se uniesen en una sola nación. La Unión Franco-Británica tendría una única ciudadanía y políticas de defensa, exterior, financiera y económica comunes.

En realidad el padre de la idea fue un francés, Jean Monnet, que por entonces ocupaba el cargo de presidente del Comité Franco-Británico de Compras de Armamentos. El 14 de junio, durante una reunión celebrada en Londres, explicó su plan a Lord Halifax, el ministro de Asuntos Exteriores británico. Al día siguiente Monnet se ganó para la causa a Charles de Gaulle, viceministro de Defensa, que había llegado a Londres con la misión de presionar al gobierno británico para que enviase a Francia toda la ayuda posible. Por tanto, en esos momentos De Gaulle era el máximo representante del gobierno francés en el Reino Unido. Tanto él como Monnet eran conscientes de que la batalla de Francia estaba perdida y que Churchill no aceptaría comprometer más fuerzas en una derrota segura, así que ambos vieron la propuesta de federación como la única posibilidad de continuar la lucha.

Curiosamente, los dos hombres que poco tiempo más tarde acabarían convertidos en símbolos del espíritu de lucha por la independencia de sus respectivas naciones, Winston Churchill y Charles de Gaulle, coinciden en no reconocer el papel de Monnet en esta historia. En sus memorias, De Gaulle se olvida incluso de su propia participación y zanja el tema presentándolo poco menos que como una absurda ocurrencia de Churchill. Éste, por su parte, aunque menciona las reuniones con Monnet, viene a decir que en ellas el único interés del francés había sido implorar la ayuda británica y da a entender que fue su gobierno el promotor de la idea.

Churchill cuenta en sus memorias que el 16 de junio recibió la visita de Monnet y De Gaulle. Según él, Monnet le pidió la ayuda de la RAF en la batalla de Francia (ayuda que él le negó) y le habló de transferir a Gran Bretaña los contratos que Francia había firmado para fabricar municiones en Estados Unidos. A continuación Churchill pasa a hablar de la reunión del consejo de ministros de aquella misma tarde en la que se debatió la propuesta de Unión Franco-Británica, pero lo hace sin vincularla a la visita previa de los representantes franceses. De hecho, afirma que fue su gobierno el que había desarrollado la propuesta “unos días antes”.

Aunque Churchill ya hubiese tenido conocimiento de ella a través de Halifax, lo lógico es suponer que en la entrevista del día 16 Monnet y De Gaulle presentaron la propuesta de unión al primer ministro británico. Inmediatamente después éste convocó una reunión de su gobierno para debatir la cuestión. Tras dos horas de discusión, en las que hubo que convencer a varios de sus miembros que se mostraban reticentes, el gobierno británico aprobó el plan y redactó una declaración. Sin perder un instante, De Gaulle telefoneó al primer ministro francés, Paul Reynaud, y le leyó el texto:

“Los dos gobiernos del Reino Unido y la República Francesa hacen la declaración de unión indisoluble y la resolución inflexible en su defensa común de la justicia y la libertad contra el sometimiento a un sistema que reduce la humanidad a una vida de autómatas y esclavos. Los dos gobiernos declaran que Francia y Gran Bretaña nunca más serán dos naciones, sino una Unión Franco-Británica. Todos los ciudadanos de Francia van a disfrutar de inmediato de la ciudadanía de Gran Bretaña; cada ciudadano británico se convertirá en un ciudadano de Francia. Todas las fuerzas armadas de Gran Bretaña y Francia serán colocadas bajo la dirección de un único gabinete de guerra”.

Reynaud necesitaba desesperadamente la declaración para acudir con ella a su propio consejo de ministros. Aquella mañana, su viceprimer ministro, el anciano mariscal Pétain, había amenazado con la dimisión si el gobierno francés no pedía inmediatamente el armisticio. La llamada de Londres llegó a tiempo para la segunda reunión del día, prevista para las cinco de la tarde. El primer ministro contaría con una última baza para enfrentarse a la mayoría partidaria de la capitulación.

Al comienzo de la reunión Reynaud leyó la declaración a sus ministros, se manifestó totalmente a favor y explicó que había concertado una entrevista con Churchill en persona para discutir los detalles. La propuesta no llegó a someterse a votación. Los partidarios del armisticio, encabezados por el mariscal Pétain, la rechazaron de plano sin tan siquiera planteársela. Afirmaban que no era más que una jugada británica para hacerse con el imperio colonial francés y que relegaba a Francia a la inaceptable condición de dominio británico. Y no solo eso: dando por hecho que la derrota de Gran Bretaña era también cuestión de semanas, aquella unión, en palabras de Pétain, habría sido como “fusionarse con un cadáver”. Churchill escribió en sus memorias: “Pocas veces una propuesta tan generosa encontró una recepción tan hostil”. Aparte de Reynaud, la única intervención favorable a la Unión que recoge Churchill fue la de Georges Mandel, ministro del Interior, que preguntó a sus colegas: “¿Les parece mejor ser una región alemana que un dominio británico?” (supongo que aquí hay que entender “dominio” con el significado de Dominio del Imperio Británico, lo que equivalía a un territorio en la práctica independiente, como lo eran Canadá o Australia).

Reynaud tuvo que rendirse ante la aplastante mayoría de los opositores a continuar la lucha. Al haber firmado un acuerdo con Gran Bretaña por el que se comprometía a no negociar por separado un armisticio, no podía ser él quien solicitase la paz a Alemania. El primer ministro dimitió recomendando para el puesto al mariscal Pétain. El héroe de Verdún parecía la persona con más fuerza y autoridad moral para negociar el armisticio y salvar todo lo posible de la derrota. Así, el proyecto de Unión Franco-Británica quedó olvidado. A las once y media de la noche concluyó la tormentosa reunión. Francia tenía nuevo gobierno, encabezado por Pétain, cuya primera misión iba a ser entablar negociaciones de paz con Hitler. Aquella misma madrugada el nuevo primer ministro se puso en contacto con el embajador español para que actuase como mediador.

Lo cierto es que son comprensibles las suspicacias de los franceses. Por muy generosa que considerase Churchill la propuesta, con la Francia metropolitana ocupada por el enemigo la unión difícilmente habría sido en un plano de igualdad. Pero la auténtica razón de su negativa era otra. Los británicos buscaban por encima de todo que sus aliados no abandonasen la lucha, pero muchos en Francia, en el gobierno y fuera de él, habían decidido ya que lo mejor para su país era buscar la colaboración con los nuevos amos de Europa. Pétain no tardó en instaurar una dictadura de corte fascista. Reynaud fue detenido y entregado a los alemanes, que le mantuvieron prisionero hasta el final de la guerra. Finalmente los vencedores fueron los que optaron por no rendirse y continuar combatiendo, encabezados por Charles de Gaulle. Pétain, convertido en una vergüenza para su país por su régimen colaboracionista con el invasor, fue condenado a muerte, aunque su pena sería más tarde conmutada por la de cadena perpetua.

Jean Monnet, europeísta convencido, dedicó su vida a buscar la unión de los Estados del continente. Fue uno de los fundadores del Consejo de Europa y de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y hoy está considerado como uno de los padres de la Unión Europea.

Será por papel...

Siguiendo con Operation Petticoat, al comienzo de la película se ve cómo un suboficial se queja amargamente al capitán del submarino (el personaje que interpreta Cary Grant) de que sus reiteradas solicitudes de papel higiénico son rechazadas por la burocracia de la Marina (en otro momento el mismo personaje afirma que "el único pedido que han atendido es el pedido de más impresos para pedidos"). Pues esta es otra de las anécdotas que se incluyeron en el guión de la película basadas en hechos reales. Su protagonista auténtico fue el capitán James Wiggins Coe, considerado uno de los mejores comandantes de submarino de la US Navy, que cuando estaba al mando del USS Skipjack tuvo que librar una pequeña batalla epistolar con el departamento de suministros del Arsenal Naval de Mare Island a cuenta del papel higiénico.

El capitán Coe había escrito varias veces al encargado de suministros de la base quejándose de la falta de papel higiénico en su buque, recibiendo la inexplicable respuesta de que su solicitud era rechazada porque el material que reclamaba había sido considerado “equipamiento desconocido”. Coe escribió entonces una carta en la que incluía “una muestra del material deseado”, para ayudar al personal del almacén a identificarlo correctamente, y la explicación de que su tripulación estaba utilizando como sustituto la gran cantidad de papeleo burocrático inútil que llegaba continuamente al submarino, una medida que, con el fin de contribuir al esfuerzo bélico de la nación con un pequeño sacrificio, pensaba mantener hasta el final de la guerra.

El submarino colorado

El 10 de diciembre de 1941, el tercer día de la guerra en el Pacífico, la aviación japonesa lanzó un raid aéreo contra el Arsenal Naval de Cavite, en la bahía de Manila, la mayor base de mantenimiento de la US Navy en el Pacífico occidental. En ese momento se encontraban allí, amarrados uno junto al otro, el Seadragon y el Sealion, dos submarinos gemelos de la clase Sargo. Durante el ataque el Sealion recibió el impacto de dos bombas. Murieron cuatro tripulantes, y los daños en el sumergible fueron tan graves que se descartó su reparación. Dos semanas más tarde fue destruido con cargas de demolición para evitar que fuese capturado por los japoneses, que estaban ya a las puertas de Manila. El Seadragon, aunque no recibió ningún impacto directo, también se vio afectado por las explosiones en el buque amarrado a su costado. Parte del puente quedó destruido, murió un tripulante y cinco resultaron heridos. La metralla provocó daños menores en los tanques de lastre, y el calor del incendio del Sealion hizo que se levantasen ampollas en la pintura negra que recubría su casco.

El personal de Cavite realizó las reparaciones de urgencia necesarias para que el Seadragon pudiese zarpar cuanto antes. La noche del 16 de diciembre el submarino dejó el puerto al mando del teniente John G. Johns y con una tripulación de cincuenta y cinco hombres. Acompañado por el destructor Bulmer, el Seadragon se dirigió al sur, navegando a través de los mares de Sulú y las Célebes, hasta llegar a Soerabaja (la actual Surabaya, en la isla de Java), la principal base de la Marina holandesa en las Indias Orientales. Allí el sumergible fue sometido a reparaciones más a fondo. Era evidente que necesitaba una mano de pintura para restaurar los desperfectos que había causado el fuego, pero se decidió que había que dar prioridad a otros trabajos más necesarios. La pintura podía esperar.

El 30 de diciembre el Seadragon zarpó de Soerabaja en su primera patrulla de combate. Se dirigió a aguas del mar de China Meridional para operar contra el tráfico naval japonés a lo largo de las costas de Indochina. El 10 de enero de 1942 el submarino estadounidense tuvo su primer encuentro con buques enemigos. Persiguió durante horas un convoy japonés, lanzando varios torpedos sin éxito, y tuvo que zafarse de un destructor que lo atacó con cargas de profundidad. Dos días después avistó un nuevo convoy formado por seis barcos. Cuando había iniciado las maniobras de aproximación y estaba buscando una buena posición de disparo, fue descubierto por un avión japonés. Tuvo que renunciar al ataque y sumergirse a gran profundidad para ocultarse. Horas más tarde el capitán ordenó emerger para hacer una inspección y descubrir qué era lo que les había delatado. Esperaban encontrar alguna pérdida de aire o aceite que hubiese podido dejar un rastro de burbujas o manchas en la superficie. En cambio, lo que vieron cuando salieron al exterior les dejó con la boca abierta: gran parte de la pintura se había desprendido del casco del submarino, dejando a la vista la capa inferior de minio, un material de un llamativo color rojo que se aplicaba directamente sobre el metal para protegerlo de la corrosión.

Pintado de rojo, el Seadragon era visible desde millas de distancia cuando navegaba en superficie. Y desde el aire, también a profundidad de periscopio o incluso a profundidades mayores. A partir de ese momento, siempre que hubiese la más mínima sospecha de amenaza aérea, el submarino se sumergía a gran profundidad para ocultarse. Pero aquel contratiempo no les hizo abandonar su misión. Continuaron tres semanas más patrullando en aguas enemigas. El 16 de enero fueron de nuevo descubiertos y atacados con cargas por un avión de patrulla marítima. Una semana más tarde otro avión les obligó a retirarse cuando habían iniciado el ataque a un convoy.

La mañana del 2 de febrero el Seadragon descubrió un convoy de cinco barcos en el golfo de Lingayen. Uno de sus torpedos alcanzó al Tamagawa Maru, un transporte militar de 6.441 toneladas de desplazamiento. El hundimiento del Tamagawa Maru y la pérdida de todo el material que transportaba supuso un duro golpe para las fuerzas de invasión japonesas en las Filipinas.

La noche del 5 de febrero el Seadragon burló el bloqueo japonés y fondeó en la península de Batán, el único territorio de la región de Manila que aún estaba en manos estadounidenses. Después de embarcar suministros, el submarino permaneció posado en el fondo hasta la noche siguiente, cuando se dirigió a la vecina isla de Corregidor para evacuar a un grupo de veinticinco hombres, en su mayor parte expertos criptoanalistas. A continuación el sumergible abandonó la bahía y puso rumbo a Soerabaja. Así finalizaba la primera patrulla del Seadragon. Desde entonces hasta el final de la guerra completaría otras once, ya pintado de un color más convencional.

Años después la historia del Seadragon sirvió de inspiración para una famosa película. Operation Petticoat (literalmente “Operación Enaguas”, aunque en España se tituló Operación Pacífico) es una comedia de 1959 protagonizada por Cary Grant y Tony Curtis. Narra las peripecias del Sea Tiger, un ficticio sumergible de la US Navy, en los primeros días de la Segunda Guerra Mundial. En la película el submarino es hundido en el ataque aéreo a Cavite y reflotado posteriormente. Debido a la escasez de pintura de imprimación, su tripulación tiene que hacer una mezcla con dos tipos distintos, de colores rojo y blanco, dando como resultado un bonito tono rosado. Un nuevo ataque les obliga a zarpar apresuradamente antes de aplicar la capa de pintura gris definitiva. Así, el Sea Tiger se dirige a la batalla con el casco pintado enteramente de rosa.

En el guión se incluyeron otras anécdotas protagonizadas por distintos submarinos estadounidenses en el Pacífico. Por ejemplo, el momento en el que el Sea Tiger torpedea por accidente un muelle y “hunde” un camión está basado en un hecho real: le ocurrió al Bowfin en Okinawa, en julio de 1944. Un elemento fundamental de la trama, la presencia de mujeres en el submarino, se inspira en la evacuación de Corregidor a Australia de un grupo de enfermeras del Ejército a bordo del Spearfish en mayo de 1942.

Operación K, el segundo ataque japonés a Pearl Harbor

El Kawanishi H8K (“Emily”, según la nomenclatura aliada) era un modelo de hidroavión cuatrimotor japonés de gran autonomía, capaz de volar en velocidad de crucero más de 7.000 kilómetros sin repostar. Diseñado para misiones de reconocimiento de larga distancia, se le había dotado también de enganches para torpedos bajo sus alas y una capacidad de carga de hasta 2.000 Kg de bombas convencionales. Aquellas posibilidades ofensivas, unidas a un poderoso armamento (cinco cañones de 20 mm y cinco ametralladoras de 7´7 mm) y a un blindaje que lo hacía difícil de derribar, lo convertía además en una aeronave ideal para realizar incursiones contra puertos enemigos.

El H8K fue desarrollado como sustituto del Kawanishi H6K, el hidroavión utilizado en la Marina Imperial para labores de patrulla marítima de largo alcance. Considerablemente mayor que su predecesor, su autonomía y su polivalencia lo hacía superior no solo al resto de hidros japoneses, sino a cualquier otro que estuviese en servicio en el resto de Armadas del mundo. El primer vuelo de prueba tuvo lugar el 31 de diciembre de 1941, con resultados más que esperanzadores. Poco después la Nippon Kaigun dio el visto bueno a su fabricación.

Los estrategas de la Marina Imperial estaban impacientes por poner a prueba las capacidades de sus nuevos hidroaviones de largo alcance. No les costó mucho elegir el objetivo de su primera misión. Después del ataque a Pearl Harbor, los japoneses no habían tenido forma de obtener ninguna información fiable sobre el estado real en el que habían quedado las instalaciones navales y los aeródromos de Oahu. Si querían hacerse una idea de la capacidad de combate de la US Navy en el Pacífico, necesitaban conocer la marcha de los trabajos de reparación y hasta qué punto la base naval de Pearl Harbor estaba operativa.

Cuando la idea estaba tomando forma, alguien propuso que los aparatos llevasen una carga de bombas y las lanzasen sobre la base naval. Así, lo que en un principio se ideó como una simple misión de reconocimiento acabó convertido en un proyecto de raid aéreo nocturno. El plan definitivo consistía en un bombardeo a cargo de una fuerza de cinco Kawanishi H8K. Su objetivo principal sería el muelle Ten-Ten (llamado así, “diez-diez”, por sus 1.010 pies de longitud), el dique seco más grande del puerto. Sobre el papel era un plan muy ambicioso, pero a la hora de ponerlo en práctica se encontraron con un “pequeño” inconveniente: en la fecha fijada para el ataque, comienzos de marzo de 1942, solo estarían disponibles dos aparatos. De hecho, se trataba de dos prototipos de pre-producción, que no contaban ni con el armamento ni con el blindaje de la versión definitiva que saldría de las factorías de Kawanishi. El Alto Mando japonés estaba obligado a escoger entre aplazar la operación o llevarla a cabo con los aviones disponibles en ese momento. Optaron por lo segundo. En cierto modo se trataba de un ensayo: si todo salía bien, aquella sería solo la primera de una serie de misiones de bombardeo realizadas por una flota más numerosa de hidros H8K.

El prototipo Nº2 del Kawanishi H8K1, uno de los aparatos que participaron en el raid contra Pearl Harbor, en una fotografía de febrero de 1942:


Las tripulaciones fueron escogidas entre los miembros del Yokohama Kaigun Kokutai, una unidad de hidroaviones de la Marina Imperial que en los primeros días de la guerra ya había realizado operaciones de bombardeo sobre Wake con sus Kawanishi H6K. El comandante de la misión y piloto de uno de los hidros sería el teniente Hisao Hashizume. El otro aparato lo pilotaría el alférez Shosuke Sasao. Las dos aeronaves y sus veinte tripulantes se trasladaron a una base de hidroaviones que los japoneses habían construido en el atolón de Wotje, en el archipiélago de las Marshall. Aquel sería el punto de partida de la misión, que fue bautizada con el nombre en clave de Operación K.

Los hidroaviones iban a cubrir la distancia hasta su objetivo en dos etapas. Primero volarían a los Bajos de la Fragata Francesa (el nombre se lo puso su descubridor, el marino francés Jean-François de La Pérouse, cuando su fragata encalló allí en 1786), un atolón, o más bien un grupo disperso de arrecifes que apenas sobresalían del agua, situado en medio de las islas Leeward, al noroeste de Hawai. En aquel remoto y olvidado conjunto de islotes repostarían combustible de un submarino antes de despegar de nuevo y dirigirse directamente hacia Pearl Harbor.

En el plan estaba previsto que un submarino japonés del Tipo B-1, el I-23, estuviese situado a unas pocas millas de la entrada a la bahía de Pearl Harbor para enviar informes meteorológicos y rescatar a las tripulaciones en el caso de que los hidroaviones fuesen derribados. El 14 de febrero el I-23 radió un mensaje informando que había llegado a su zona de patrulla, al sur de Oahu. Nunca se volvió a recibir otra comunicación del sumergible. El I-23 desapareció sin dejar rastro, y aún hoy se desconoce cuál pudo ser su final. A pesar de aquel contratiempo, los japoneses decidieron seguir adelante con la operación.

El cuatro de marzo los dos hidroaviones despegaron de Wotje cargados con cuatro bombas de 250 kilogramos cada uno. Pusieron rumbo a los Bajos de la Fragata Francesa, a 3.000 kilómetros de distancia, donde un submarino les esperaba para repostar. Era ya noche cerrada cuando se pusieron en marcha de nuevo con los depósitos llenos de combustible. Desde allí, “solo” tenían que salvar los 900 kilómetros que les separaban de Oahu, siguiendo la línea casi recta de atolones, islotes y bancos de arena que forman las islas Leeward.

Al sobrevolar Kauai, la más occidental de las grandes islas del archipiélago hawaiano, los hidroaviones fueron detectados por varias estaciones de radar estadounidenses. Un grupo de Curtiss P-40 despegó para interceptar a los intrusos. La noche era muy nubosa y la visibilidad mínima, y los cazas fueron incapaces de localizarlos. Al mismo tiempo se dio orden de despegar a varios hidroaviones Catalina de reconocimiento marítimo para buscar al portaaviones del que, supuestamente, habían partido los atacantes. Lógicamente, ellos tampoco encontraron nada.

Pero las nubes también hicieron que los dos hidroaviones perdiesen el contacto entre sí. Al llegar a Oahu, Hashizume decidió sobrevolar el interior de la isla y atacar Pearl Harbor desde el norte. Eran las 2 de la madrugada, y la base naval y toda la ciudad de Honolulu estaban a oscuras (al comienzo de la guerra se habían decretado apagones generalizados como medida de protección), dejando a los japoneses sin ningún punto de referencia que les sirviese para orientarse entre lo poco que les permitían ver las nubes. Incapaz de localizar sus objetivos, Hashizume acabó lanzando sus bombas en la ladera del monte Tantalus, un cono volcánico situado unos kilómetros al norte de Honolulu. Las cuatro bombas cayeron a unos trescientos metros de un instituto (el President Theodore Roosevelt High School), abriendo grandes cráteres de más de dos metros de profundidad. Mientras tanto, Sasao, que había perdido de vista a su compañero, trató de seguir la línea de costa hasta alcanzar el objetivo. Tampoco él consiguió orientarse, y finalmente terminó por dejar caer sus bombas sobre el mar.

Tras el ataque las dos aeronaves pusieron rumbo al suroeste e iniciaron el regreso por separado. La de Sasao llegó a Wotje sin problemas tras un vuelo de casi 4.000 Kilómetros. El teniente Hashizume decidió pasar de largo y continuar hasta el atolón Jaluit, una de las principales bases de la Marina Imperial en las islas Marshall. Durante la operación de repostaje en los Bajos de la Fragata Francesa su hidroavión había sufrido algunos daños, y en Jaluit iba a encontrar mejores instalaciones donde realizar las reparaciones necesarias. Aunque eran de poca importancia, los problemas mecánicos en el avión de Hashizume, unidos al cansancio de las tripulaciones, bastaron para que el Alto Mando japonés decidiese cancelar una nueva misión sobre Pearl Harbor prevista para solo dos días más tarde.

Los dos hidroaviones volvieron a despegar el 11 de marzo, en una misión de reconocimiento sobre los atolones de Midway y Johnston, dos bases avanzadas estadounidenses situadas al noroeste y al suroeste de Hawai, respectivamente. El hidroavión pilotado por el teniente Hashizume fue descubierto y derribado en Midway por un caza Brewster Buffalo del Cuerpo de Marines. No hubo supervivientes. Sasao regresó a Wotje con valiosas fotografías tomadas sobre Johnston. Una semana más tarde él y su tripulación recibieron la orden de regresar a Japón.

Para entonces ya eran héroes. Oficialmente, su raid contra Pearl Harbor había sido un enorme éxito. En Japón la prensa aseguró, citando una supuesta información de una emisora de radio californiana, que el bombardeo había provocado treinta muertos, setenta heridos y considerables daños en las instalaciones militares. Pero lo cierto es que la incursión no causó ninguna baja ni daños materiales, a excepción de varios cristales rotos por la onda expansiva en el instituto Theodore Roosevelt. En un principio se pensó que había sido un accidente o un fallo de cálculo durante unas maniobras. El Ejército y la Marina estadounidenses llegaron a culparse mutuamente de las explosiones. Más tarde, cuando se confirmó que se trataba de un bombardeo enemigo, aumentó la preocupación en Hawai por que se produjesen nuevos ataques. El almirante Nimitz ordenó multiplicar las patrullas navales en los atolones al oeste del archipiélago. Como consecuencia, cuando a finales de mayo un submarino japonés llegó a los Bajos de la Fragata Francesa para preparar un segundo ataque (previsto para el 30 de ese mes), informó de presencia de buques norteamericanos en la zona y la misión tuvo que ser cancelada. No se volvería a intentar.

Los casi 8.000 kilómetros que recorrieron los dos hidroaviones desde su salida de Wotje hasta su infructuoso lanzamiento de bombas sobre Pearl Harbor y su regreso a las Marshall hacen de la operación K la misión de bombardeo que más distancia recorrió en toda la Segunda Guerra Mundial.

Un submarino sin suerte

En junio de 1942 el I-33 entró en servicio en la Marina Imperial con el capitán Tsunayoshi Ogawa al mando. Era un submarino del Tipo B1, un sumergible oceánico, de dimensiones considerables y gran autonomía, diseñado para realizar misiones de larga distancia. Estaba armado con un cañón de 120 mm y seis tubos lanzatorpedos. Contaba además con un hidroavión de reconocimiento Yokosuka E14Y, guardado en un hangar estanco sobre la cubierta. Tenía una tripulación de cien hombres.

El 15 de agosto el I-33 zarpó de Kure en su primera misión, una patrulla de seis semanas en el área de las islas Salomón. En plena lucha por el control de Guadalcanal, aquella zona era escenario de continuos combates navales entre estadounidenses y japoneses. Pero el bautismo de fuego del I-33 no fue demasiado afortunado. A finales de agosto se encontró con una fuerza naval enemiga, pero no logró obtener una buena posición de ataque y tuvo que renunciar a lanzar sus torpedos. El 25 de septiembre arribó a la base naval de Truk, sin haber disparado ningún torpedo y con uno de sus tubos dañado por un golpe contra el fondo marino.

Aprovechando que el sumergible iba a ser reparado, la mayor parte de la tripulación recibió un permiso. La mañana del 26 de septiembre el I-33 amarró al costado del barco de reparaciones Urakami Maru y varios técnicos embarcaron en él con intención de comenzar a trabajar en el tubo lanzatorpedos dañado. El oficial de derrota, al mando del submarino en aquel momento, ordenó llenar parcialmente los tanques de lastre de popa con intención de estabilizar el buque y reducir el zarandeo provocado por el oleaje. Fue un error. El agua entró por varias escotillas abiertas y el submarino se hundió en menos de dos minutos. Treinta hombres de la tripulación del I-33 y tres técnicos del Urakami Maru se quedaron atrapados en su interior.

El capitán Ogawa, a bordo del buque de reparaciones, trató de organizar una operación de salvamento. Un buzo descendió hasta el submarino, posado a 35 metros de profundidad, e informó que había tripulantes vivos. Pero en Truk no tenían el equipo necesario para rescatarles a tiempo. Veinticuatro horas más tarde, cuando inevitablemente todos los hombres atrapados habían muerto ya asfixiados, se abandonaron los trabajos.

Casi dos meses después llegó a Truk el barco de rescate Mie Maru. El 19 de diciembre hizo su primer intento de reflotar el I-33 inyectando aire a presión en su casco. El submarino ascendió hasta la superficie, pero unos minutos después una escotilla reventó por un exceso de presión y el I-33 volvió a hundirse. Después de varios días de trabajo, al fin el 29 de diciembre el submarino fue reflotado y asegurado.

En marzo de 1943 el submarino fue remolcado desde Truk hasta el Arsenal Naval de Kure para ser reparado y modernizado. En junio de 1944 se completaron los trabajos. El I-33 estaba listo para entrar una vez más en servicio en la Marina Imperial. El día 13 de junio, al mando del teniente Mutsuo Wada y con una tripulación completamente nueva, zarpó de Kure para realizar una serie de inmersiones de prueba. Al iniciar la segunda inmersión del día, una válvula se quedó atascada, inundando todas las secciones de popa del submarino. Unos minutos más tarde, gracias al vaciado de los tanques de lastre, la tripulación consiguió que el I-33 volviese a la superficie durante unos segundos. Pero el problema de la válvula no se había solucionado y la inundación continuaba.

En la sala de control, en la torreta del submarino, se encontraban el teniente Wada y una decena de sus hombres. Wada dio la orden de abandonar el buque, aunque él mismo se negó a hacerlo y prefirió hundirse con su barco. Ocho de los marineros de la sala de control lograron saltar al agua. En la superficie se separaron. Unos optaron por dirigirse al suroeste tratando de llegar a la isla de Aoshima, y otros decidieron nadar hacia el norte, en dirección a la costa. La mayor parte de ellos murieron agotados antes de alcanzar la orilla. Solo dos lo lograron, el alférez Yoshiaki Konishi, oficial de comunicaciones del I-33, y el marinero Keiichi Okada.

Inmediatamente comenzó la operación de salvamento. Los aviones de búsqueda encontraron las manchas de petróleo que había dejado el I-33 y dirigieron hacia allí al buque nodriza de submarinos Chogei. El 15 de junio los buzos del Chogei localizaron el submarino hundido, posado a 55 metros de profundidad, y lograron recuperar algunos cadáveres. Al día siguiente una barcaza equipada con una grúa llegó a la zona, pero la llegada de un tifón obligó a interrumpir todas las labores de rescate. En el segundo naufragio del I-33 murieron cien hombres.

En 1953 el submarino fue reflotado. Se descubrió que en un compartimento de proa no inundado habían quedado atrapados trece marineros. Trataron de abandonar el sumergible, pero la escotilla de escape del compartimento se había atascado. Tuvieron tiempo de dejar notas de despedida a sus seres queridos antes de morir asfixiados. Era la segunda vez que se recuperaban mensajes de ese tipo del I-33.