Ejército japonés

Al comenzar la guerra con China en 1937 el ejército japonés estaba formado por tan solo 200.000 hombres, distribuidos en 17 divisiones, además de otras 5 divisiones pertenecientes al Ejército Kwangtung de Manchuria. Cuatro años más tarde, en el punto álgido de la movilización, el Ejército tenía 31 divisiones y el Ejército Kwangtung 13 (cada división estaba formada por unos 20.000 hombres). Seguían siendo unas cifras pequeñas, para una nación en guerra de 70 millones de habitantes. Sin embargo eran varios millones los japoneses que habían recibido instrucción militar o estaban en la reserva. En las escuelas secundarias y las universidades la instrucción militar era obligatoria. A partir de la restauración Meiji se vivió en la sociedad japonesa un progresivo proceso de militarización de toda la sociedad japonesa, acelerado en la década de los 30.

La estructura de mando del Ejército era confusa. El Jefe del Estado Mayor del Ejército y el Ministro de Guerra tenían la misma categoría, lo que hacía que no hubiese una cadena de mando clara. Además a nivel regional los comandantes locales gozaban de una autonomía que les permitía funcionar prácticamente como ejércitos independientes de Tokio. Ocurría así en el Ejército Kwangtung de Manchuria, pero también en Corea o Formosa.

A comienzos de los años 30 se inició un programa de modernización a gran escala de las fuerzas armadas japonesas. Se dispararon los gastos en defensa, y el Ejército comenzó a equiparse con material moderno y abundante. La modernización era relativa, ya que en comparación con otras potencias militares el armamento japonés seguía siendo anticuado. Por lo general los japoneses tenían predilección por las armas de fácil producción y poco mantenimiento, baratas y sencillas. Eso las hacía inferiores a las utilizadas por los países occidentales, pero cuando comenzó la guerra en China los japoneses contaban ya con un número importante de vehículos blindados, artillería moderna y armas automáticas, lo que les hacía muy superiores a los ejércitos chinos. Las operaciones militares en general tenían poca preparación logística.

Si el Ejército japonés no ponía demasiado interés en cuidar la calidad de sus armas era porque su doctrina militar presuponía que el soldado japonés era superior a los demás gracias a su entrenamiento y su coraje. El Ejército se regía por el bushido, el antiguo código de los samurais, basado en la adoración al Emperador, el desprecio hacia una muerte no gloriosa y la fortaleza para soportar con indiferencia el dolor físico y las privaciones. El entrenamiento, tanto de simples reclutas como de aspirantes a oficiales, era brutal. Estaban sometidos a una disciplina durísima. Los castigos físicos eran habituales. Manuel Leguineche, en su libro Recordad Pearl Harbor, pone un ejemplo terrible:

En el curso de unas maniobras en el verano de 1937 un comandante de regimiento prohibió a sus soldados que bebieran agua. Los ejercicios duraron varios días, bajo un calor tórrido. Una veintena de hombres cayeron deshidratados, y cinco murieron de sed. Tenían las cantimploras llenas. Vinieron al mundo para sufrir y, gracias al fanatismo de sus jefes, lo consiguieron.

La dureza de su propio código de conducta hacía que los japoneses tendiesen a tratar con extrema crueldad al enemigo vencido. Después de todo ellos mismos habían aprendido en sus carnes que los que mostraban debilidad no merecían ningún respeto.

Los soldados eran entrenados especialmente en la guerra de guerrillas, el camuflaje, la infiltración, el aprovechamiento del terreno y las fortificaciones de campaña. Eso les hacía enemigos temibles cuando estaban a la defensiva, pero cuando pasaban al ataque resultaban muy vulnerables. Los oficiales japoneses aprendían a hacer ataques muy arriesgados y poco preparados, basados casi exclusivamente en la sorpresa, el ímpetu de la carga y el valor de sus soldados. La rigidez en el mando no fomentaba la iniciativa individual, lo que hacía que cuando los planes se torcían los mandos inferiores siguiesen las instrucciones recibidas a pesar de todo aun sabiendo que les llevarían al desastre.


















Fuentes:
W. Murray / A. R. Millet: La guerra que había que ganar
Manuel Leguineche: Recordad Pearl Harbor
Ilustraciones:
The Japanese Army 1931-42 (Osprey)
The Japanese Army 1942-45 (Osprey)


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